pique.jpg    22, 23 y 24 de septiembre de 2006

Es increíble que todo esto se repita y que desde hace tres años el Partido Popular siga atascado en idénticas cuestiones, en idénticos asuntos, en idénticos protagonistas, dando vueltas sin parar. Podría hacer pasar como dictamen de ahora lo que yo mismo escribiera en 2004. Podría retocar aquí y allá lo publicado para presentarlo como una valoración de hoy. Pero no lo haré. Por un lado, me siento apenado y ufano. Apenado, porque deseo un Partido Popular que no se atore…, un Partido Popular dispuesto a ganar las elecciones sin enredos, sin gatuperios, sin estar encallado entre extremistas, internos y externos. Ya analicé, por ejemplo, el lenguaje incendiario de este último (en noviembre de 2005): recordarán que Vidal-Quadras proponía perseguir a Rodríguez Zapatero por alta traición. Ahora, Pío Moa, que suele reprochar al PP su debilidad, regresa sobre semejantes argumentos pero en términos aún más apocalípticos en algunos comentarios de su bitácora:  los días 20 y 21 de este mismo mes, sin ir más lejos. Si la principal organización opositora reparte sus críticas con tanta perturbación, con perfecto aturdimiento, entonces el Gobierno se crece, lo haga bien, mal o regular. Para los comicios venideros espero y deseo que nadie obtenga la mayoría absoluta y que, por tanto, el ganador precise el apoyo parlamentario de otros grupos para sumar escaños y para aprobar leyes.  

A la vez, me siento ufano, porque veo cómo se confirman mis previsiones, mis diagnósticos. No hacía falta tener una gran agudeza o un fino vislumbre para acertar con lo que ahora está pasando. Desde 2004, el PP no remonta su derrotero y su desconcierto. Se les ve como una opción de tardíos reflejos, sometidos durante meses a la iniciativa estratégica que marcaba el Gobierno socialista. Al margen del acierto o desacierto del Gabinete, sus medidas sorprendieron a los populares, que se veían forzados a adoptar una política de protesta ruidosa escasamente acorde con los principios liberales en los que dicen inspirarse. De hecho, la política y la teoría de sus correligionarios europeos no se basa precisamente en el pancarteo, en el callejeo. Ah, y no vale decir que no fueron los responsables del Partido Popular quienes convocaron esas manifestaciones; no vale decir que fueron organizaciones de la sociedad civil. Eso es una patraña mediática, pues la agitación de los partidos, de todos los partidos, pasa también por delegar en asociaciones afines. “Alguien tiene que hacer el trabajo sucio en esta ciudad”, que decía aquel personaje de película. El caso, insisto, es que el PP no remonta desde su caída y aturdimiento. ¿A causa de qué? 

¿A causa de aquella atrocidad que a todos sacudió, aquel espantoso 11 de marzo? Creo más bien que se debe a la ceguera voluntaria de algunos de sus máximos dirigentes, empeñados en intimidar a su electorado de centro.  El caso de Josep Piqué, por ejemplo, es bien ejemplar: acosado entre otros por Alejo Vidal-Quadras, ha de sortear como puede la celada que le han tendido, pero también su inminente, su cantada derrota electoral. Genial la trampa en que han metido a Piqué: si adopta el estilo duro y la estrategia explosiva de Acebes and Co. perderá estrepitosamente en Cataluña siendo desplazado por sus correligionarios más graníticos, más berroqueños. Si adopta un estilo batallador y negociador a un tiempo, alejándose del vocerío incendiario de Vidal-Quadras, entonces será objeto de críticas en el seno de su propio partido o en las proximidades, en esa vecindad incómoda de Ciutadans, que le harán pagar los malos resultados electorales (o ahora demoscópicos) que su partido obtenga. Nunca lo atribuirán a la estrategia general del PP de Rajoy, sino al propio liderazgo de Piqué, insuficiente, escaso, implícitamente pactista, frente a la defensa de los principios. Es, justamente, lo que Jiménez Losantos le reprocha desde hace meses, muchos meses, un Jiménez que vigila y condena a quienes no dan la murga un día y otro también con las revelaciones de El Mundo. Y Piqué es templado… A un político, como sabemos desde Max Weber, no se le pide que sea creyente y defensor de convicciones firmes, al estilo de Vidal-Quadras, dispuesto a atizar el rescoldo, sino responsable y negociador. ¿Qué le quedará a Piqué cuando pierda las elecciones, cuando su partido obtenga magros resultados?

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Lean este artículo de Manuel Martín Ferrand sobre Josep Piqué, en Abc.

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