fasci.jpg     ¿Hubo una vía estética hacia el fascismo? ¿Hubo una vía estética hacia el falangismo? He acabado de leer La Falange Teórica (Planeta, 2006), de Manuel Penella. Este libro es históricamente correcto, aunque se maneje con una bibliografía  demasiado concisa y aunque al final deje caer alguna conclusión muy desacertada. No es el único, desde luego, que trata este asunto en España: ahí está también el libro de Jordi Gracia… Pero la lectura del volumen de Penella me sirve ahora para recordar, setenta años después del inicio de la Guerra Civil, cómo se formó por la vía estética el fascismo español, cómo se creó la corte literaria de José Antonio Primo de Rivera, cómo un grupo selecto de jóvenes universitarios u obreros, culturalmente mal acomodados, insatisfechos y desazonados con su tiempo, creyeron constituirse en vanguardia de su época frente a la inminencia bolchevique, frente a una realidad cierta o fantaseada de la que sentían su amenaza u hostigamiento. Ya lo sabemos: el fascismo italiano nacía después de la Gran Guerra, con veteranos de difícil regreso, con desempleados, con un movimiento obrero pujante y amenazador… 

“Tanto el fascismo como el nazismo se habían nutrido de grandes contingentes de soldados desmovilizados que, al volver a sus lares, encontraron todo peor que antes, sin ninguna compensación”, nos recuerda Penella. “Muchos de esos hombres, todavía muy jóvenes, se vieron sin ningún horizonte vital y, por lo tanto, en situación de añorar la vida militar (…). Los mismos hombres que habían arrasado las aldeas belgas y francesas, los mismos que habían dejado las calles sembradas de cadáveres y de botellas vacías (…) no se consideraban unos bárbaros. Actuaban por una idea, al amparo de un patriotismo extremo. Esos hombres jóvenes pero ya curtidos en hechos de armas fueron los que sirvieron de fundamento a Musolini y a Hitler”, señala Manuel Penella. 

Los falangistas nacieron en un país que no había tenido nada de eso, cosa que no les impidió forjarse su propia realidad, una poesía entre cursi y grandilocuente que añoraba la Hispanidad, un Imperio a restaurar… Admiraron el coraje de sus colegas italianos, aquellos fascistas uniformados, su escuadrismo, la dialéctica de los puños y las pistolas, la poesía arrebatadora que exalta y que empuja, que eleva y que lleva más allá de la vida muelle del burgués. “José Antonio”, dice Penella, “disfrutaba con el trato de estos escritores” españoles, castellanos viejos, muchos de ellos, que él consiguió atraer a su causa. ¿Por qué razón buscaba la proximidad intelectual? “Porque, a diferencia de su padre, quería sentirse arropado por  los intelectuales”, añade Penella.  

Sin embargo, aunque uniformados y ataviados con correajes y símbolos militares, los falangistas no venían de una guerra; y aunque eran jóvenes la mayoría de ellos no disponían de titulación universitaria: como mucho eran estudiantes en formación que envidiaban a los escuadristas italianos cuando éstos cantaban Giovinezza o exaltaban el cuerpo y el deporte al modo de la culura precristiana. Los falangistas, en cambio, solían ser creyentes, incluso beatos, con un sentido social…, cosa que no les frenó para ejercer la violencia propia de los jóvenes, cosa que no les contuvo a la hora de la represión que impuso el franquismo. Ahora bien, esa limitación –el ser fervientes católicos, a su manera– les salvó de la fiebre más exaltada y, desde luego, su acomodación al régimen de Franco les impidió construir exactamente el Estado totalitario o Imperio como el que soñaron con su retórica enardecida, cuando creían reproducir la poesía exasperada del primer fascismo, aquel que se había inspirado en la elocuencia alegre y combativa del futurismo.  Si abandonamos el falangismo y regresamos al germen del fascismo, podremos apreciar las diferencias doctrinales, algunas de las cosas que comparten estéticamente y, sobre todo, para nuestra sorpresa, el gran número de motivos que el futurismo legó a la cultura de masas de nuestro tiempo.  

El Manifiesto futurista de Filippo Tommasso Marinetti fue, en efecto,  el cimiento de lo que después vendría. Se publicó en Le Figaro el 20 de febrero de 1909. Formado como hombre de Leyes, de orden y de contención, Marinetti se consideró, sin embargo, un creador, alguien dotado para el empeño, para el genio. Fue el suyo el riesgo de la poesía y quiso hacer de la escritura literaria un acto de fundación y de impugnación de lo real. O mejor: quiso enfrentarse a la realidad acomodaticia concibiendo un mentís popular (es decir, antiburgués) y elitista (esto es, vanguardista); quiso pensar un movimiento moderno (vale decir, admirador del progreso técnico) y bárbaro (en otros términos, violento, agresivo).  

Desde 1919, su adhesión al fascismo fue estrecha y sin dudas. Su más célebre contribución a la cultura fascista sería ese temprano Manifiesto, un texto literario fundacional y fundamental del siglo XX. Allí se recogen algunas de las audacias a que se creyeron convocados los futuros fascistas y allí se resumen algunas de las catástrofes estéticas y éticas de la pasada centuria. Nace ese texto en un momento de conciencia decadente, tras la Europa finisecular que se juzga sumida en un declive. Nace en el momento mismo de las vanguardias, cuando la provocación eufórica, el arrojo aristocrático, el repudio de lo burgués –de evidente resonancia nietzscheana– son actitudes que se extienden entre los creadores e intelectuales. En su letra está el tópico de la decadencia, pero está también el vértigo de la velocidad, del porvenir. El progreso no puede frenarse por los patrones contemporizadores: ha de expresarse sin trabas con la tecnología que avanza y nos hace avanzar. Los hombres del futurismo no se arredran, no se contentan con la vida de provincia…  

Queremos cantar el amor al peligro, habituarnos a la energía y a la temeridad, dice el primer punto del Manifiesto. Esa forma de vida, vivir peligrosamente, es la muestra de un coraje, de la audacia, de la rebelión, que es un modo de existir y es a la vez una manera de hacer poesía, hacer de la vida poesía, afirman rotundamente en su segundo punto. Durante mucho tiempo, la literatura se conformó con el sedentarismo creativo, aquel que produce pensamientos inmóviles, aquel que es fruto del éxtasis y del sueño. Ahora, por el contrario, ha de exaltarse el movimiento agresivo que está en el hombre, el desvelo, la fiebre de quien no se acomoda, la carrera, el salto mortal, la bofetada, el puñetazo, añaden.  

Ese movimiento es, además, algo artificial, producido por la máquina, algo que es hermoso en sí mismo. Por eso, como tantas veces se ha repetido, parafraseando a Marinetti, que sí: que un coche de carreras que ruge con su motor de explosión es bello, “más bello que la Victoria de Samotracia”; que un conductor que pilota su automóvil, que guía enérgicamente su volante, es la metáfora misma de la existencia y de la naturaleza, pues ese piloto es como un asta que atraviesa la Tierra, lanzada ella misma a una carrera orbital. Por eso, el poeta es algo así como ese aeronauta que corre sin miedo, con esplendidez, con ardor, con prodigalidad: no se contiene, sino que lucha y de la lucha es de donde surge la belleza.  

Al fin y al cabo, la obra bella no es un producto involuntario o previo o estático, sino fruto de la energía agresiva de quien compone y  rehace por encima de los obstáculos que se le oponen. Por eso, lo más poético es la violencia de quien se enfrenta a lo desconocido para obligarle a postrarse. Pero esto no se dice en abstracto, sino en una centuria de avance, en lo más alto de los siglos, en una época que a la vez derriba los límites del tiempo y del espacio, una época que vive con el vértigo de la velocidad y del empuje.  

Es por eso por lo que la guerra es la máxima expresión de ese brío, de ese coraje, un arresto masculino que desprecia todo utilitarismo, todas blandura femenina, el sedentarismo de los museos y del patrimonio acumulado que ahora nos arrancamos de cuajo. Es ésta una energía que no es sólo la del individuo temerario, sino la de las masas agitadas por la conmoción del trabajo y del placer, ejemplo máximo de esa energía, moderna e industrial: los arsenales y las canteras, las fábricas humeantes, los puentes que se estiran como gimnastas, las locomotoras de acero, los aeroplanos…

Es ésta, en fin, una proclama italiana y mundial, que expresa y exalta una violencia arrolladora, incendiaria, la que ha de extirpar esta “fetida cancrena di professori, d’archeologi, di ciceroni e d’antiquari”. “Noi”, dice Marinetti de la nación, “vogliamo liberarla dagli innumerevoli musei che la coprono tutta di cimiteri”.  

Uf, leo lo anterior, una paráfrasis del Manifiesto, y me impresiono: yo pertenezco a esa gangrena de profesores que se ocupan del pasado, de lo viejo, de lo antiguo, de lo que se acumula en los museos y de lo que se pudre en los osarios de la historia.  Frente a los viejos –dice el futurismo, dirá el fascismo, dirá el falangismo– están esos jóvenes que no temen el riesgo y que aman la velocidad, que se enardecen con la máquina y que quieren hacer compatible la violencia y la creación. Uf, el tema del siglo… 

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