ramirez.jpg  Los historiadores  tratan de cosas generalmente desaparecidas, de hechos o procesos del pasado que ya no están y que por tanto no forman parte de la actualidad, de la urgencia de cada día. Bien mirado, es un ejercicio extraño, una tarea rara: contar acontecimientos o mostrar estructuras sociales y políticas de otros tiempos reclamando la atención de los lectores parece una labor inane, casi inexplicable. De hecho, hay jóvenes que toman lo que los historiadores hacen como batallitas del pasado, como asuntos del abuelito. Podemos documentarnos, estudiar, analizar y narrar el proceso revolucionario español del siglo XIX o podemos abordar hechos más recientes, la II República, por ejemplo. En ambos casos, dichos objetos no parecen tener nada de actuales. Por supuesto no es así. Y no sólo por los efectos que esos procesos aún provocan (somos hijos, nietos o herederos de realidades históricas que no han concluido, de generaciones cuyas vivencias nos han sido transmitidas).  

Lo pasado no es un patrimonio inactual, entre otras cosas porque los políticos y los medios lo recrean, lo reviven, porque esos hechos pretéritos estimulan  nuestra imaginación, nos llevan, en fin, a compararnos, a cotejar lo que nuestros antepasados fueron y lo que nosotros creemos ser.  Por tanto, lo actual no es una sucesión vertiginosa de acontecimientos vividos por personajes de hoy, sino todo aquello que nos preocupa o de lo que hablamos hoy:  por ejemplo, los protagonistas de una ficción cinematográfica que, lejos de permanecer en pantalla, salen de sus respectivas historias para albergarse en la imaginación, en la vivencia y en el recuerdo de sus espectadores…, como Alatriste; pero también esos personajes pretéritos que –sensata, razonablemente– sabemos que no son tan pasados, que no están inertes, y cuya actualidad les hace reaparecer de entre los muertos…, como Salvador Puich Antich.  

Bien mirado, lo actual es un concepto extraño: el acto es la consumación de lo que sólo era potencial. Y las historias de Alatriste o de Salvador sólo eran potenciales. De la potencia al acto, pues, por decirlo en términos aristotélicos. Pero para que podamos hablar de actualidad ha de haber registro de esos hechos, un reportero que dé cuenta de ellos, un cámara que los filme, etcétera. Es decir, lo actual no es lo de hoy, sino lo que los medios de comunicación  presentan como tal. Los periódicos o la televisión o la radio o Internet nos multiplican la agenda –que dicen los anglosajones–, nos agrandan y seleccionan el temario de cosas que nos preocupan, de los personajes que nos interesan y de los que sería imperdonable ignorar su presencia o no hablar. 

Durante estos días hemos hablado de la España franquista, de la fascinación estética que el fascismo provocó, del pasado tomado como objeto melancólicamente perdido, del envilecimiento personal de los intelectuales totalitarios, de las fotografías de otro tiempo que son espectros que aún nos intimidan, de la historia potencial, de aquello que bien podría haber ocurrido si un giro, un leve giro de los acontecimientos hubiera cambiado las cosas. Pensaba en ello al recordar lo dicho por Pedro J. Ramírez días atrás, justamente cuando le devolvía al franquismo una actualidad insólita, de significado raro. “El franquismo”, dijo este periodista, “¿no fue una fase larguísima de transición para que se llegaran a dar las condiciones de desarrollo, ahora sí, de la democracia?” Me parece perverso razonar así, me digo a mí mismo en un artículo que hoy publico en Levante, y me parece objetable esa concepción porque convierte el pasado en embrión de lo que ahora hay. Todo lo que hoy tenemos tiene una fecha, tiene un proceso: eso es una evidencia indiscutible, incluso una trivialidad. Pero la idea embrionaria de la historia con la que se maneja Pedro J. Ramírez es algo bien distinto: es aplicar una racionalidad retrospectiva a lo pasado para dar a las cosas de ayer el mismo significado que ahora tienen para nosotros: como si lo que hoy tenemos se estuviera gestando, en efecto, en aquel tiempo. Lo que dice Ramírez…, o bien es una banalidad, o bien es un anacronismo. Me inclino por lo segundo. Un anacronismo, una proyección de lo de hoy en lo de ayer.  

En el artículo de Levante tomo El Valle de los Caídos como ejemplo, como espacio sacrificial del franquismo. Inaugurado en 1959, sería una especie de vierteaguas simbólico y cronológico. Lejos de facilitar la transición o la reconciliación, aquel monumento fue una exaltación de la Victoria, expresión de la alianza del trono y del altar que Franco quiso reactualizar: una Cruzada…, contra los infieles, claro. “Nuestra guerra no fue, evidentemente, una contienda civil más”, dijo Franco en su inauguración, “sino una verdadera Cruzada, como la calificó entonces nuestro Pontífice reinante; la gran epopeya de una nueva y para nosotros más trascendente independencia. Jamás se dieron en nuestra Patria en menos tiempo más y mayores ejemplos de heroísmo y de santidad, sin una debilidad, sin una apostasía, sin un renunciamiento. Habría que descender a las persecuciones romanas contra los cristianos para encontrar algo parecido”. Pero el monumento no sólo fue o es un espacio de religiosidad político-bélica, providencial: es también un lugar propiamente físico, propiamente natural. “La Naturaleza parecía habernos reservado este magnífico escenario de la Sierra” añadía Franco, “con la belleza de sus duros e ingentes peñascos, como la reciedumbre de nuestro carácter; con sus laderas ásperas, dulcificadas por la ascensión penosa del arbolado, como ese trabajo que la Naturaleza nos impone; y con sus cielos puros, que sólo parecían esperar los brazos de la Cruz y el sonar de las campanas para componer el maravilloso conjunto”.  

Por tanto, el espacio es una suerte de documento humano, artificial y gigantesco, labrado sobre la naturaleza en forma de paisaje, con piedra y con esculturas, los colosos de Juan de Ávalos. Es un monumento, sí, pero también es un documento: un testimonio topográfico que niega la afirmación de Pedro J. Ramírez. Es el más rotundo mentís de esa concepción embrionaria de la democracia española. La dureza del Régimen, su inmovilismo ideológico, su apego a una Victoria total…, todo eso está en cada muro, en cada piedra, en el granito, en los mármoles allí encajados. Como el propio discurso del General lo subrayó expresamente. Para eso están los documentos de los historiadores: para desmentir las falsas continuidades que hoy queremos trazar, para impugnar y contradecir lo que algunos fantasiosamente quieren pensar.   

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