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Historia y Holocausto

14 diciembre 2006

hitler.jpg  Hace un año,  justamente,  escribí en mi blog sobre el Holocausto. Ahora, vuelvo a sobre ese fenómeno. No es que me repita: es que me repugna el espectáculo de Irán. No tengo nada que añadir. Lo dicho está en lo que sigue.

Lamentablemente, el horror continúa y los negacionistas se empeñan en ocultar o tapar lo evidente. Ayer en una mesa redonda en la que participé me invitaron a hablar del revisionismo histórico. Hoy jueves, en la clase que debo impartir, he de tratar el Holocausto. Reproduzco lo que escribí doce meses atrás y lo que amables comentaristas de entonces me dijeron. Mejoran lo dicho, por supuesto.

 Hitler y el Holocausto


auschwitz.jpg  Martes, 13 de diciembre de 2005

Entre los libros más estremecedores que recuerdo haber leído está, sin duda, Auschwitz. Los nazis y la Solución Final (Barcelona, Crítica), de Laurence Rees, un volumen que ha llegado a las librerías españolas en 2005, inmediata, oportuna, justamente traducido. Es, con toda seguridad, una de las mejores obras de historia que hemos podido leer este año. Lo paradójico, lo significativo, es que quien lo firma no ejerce de historiador, sino de periodista. Rees es documentalista de la BBC y en dicha cadena se ha encargado de distintas series dedicadas a la Segunda Guerra Mundial. El volumen muestra la cercanía, la estrecha relación que hay entre el trabajo del periodista y el del historiador, una afinidad que viene de antiguo.

El cronista es aquel que, fundándose en fuentes, exhuma hechos para darles un significado. La realidad no está en los documentos, sino que es algo desaparecido, concluido. En las fuentes sólo hay testimonios, versiones acerca de lo que ocurre o sucedió y que el historiador lee o compulsa para contrastar, para así alcanzar una versión más depurada de aquellas circunstancias y de aquellas acciones de las que él no suele ser observador directo. Días atrás, tratando de estas cosas, yo mismo insistía en la práctica de esta profesión. El historiador, decía, no busca las fuentes según le convengan, no selecciona arbitrariamente lo que le confirma, no descarta lo que le incomoda. Con gran generosidad de su parte, Martí Perarnau apostillaba que eso que yo decía de la historia le hacía recordar la utopía del periodismo responsable e independiente.

Pues bien, esa utopía investigadora, esa corrección profesional, la he visto materializada en el libro de Laurence Rees. No sé si trabaja como un buen periodista o como un historiador consumado, pero lo cierto es que su detallado examen de Auschwitz se basa en un repertorio inmenso de fuentes escritas y orales, en un minucioso contraste de los distintos testimonios, en una prudente y firme conciencia moral, en una objetividad que es el fundamento de la honestidad, en una esforzada y compleja atribución de significado. No sé, en fin, si Rees opera también como un fino antropólogo de la conciencia humana, como un observador que disecciona los comportamientos y analiza los valores con que sus protagonistas los revisten.

Las cosas a veces suceden de manera simple, es decir, los actos se emprenden guiados por una intención, como, por ejemplo, la decisión de exterminar a los judíos tomada en la Conferencia de Wannsee, de enero de 1942. Los jerarcas nazis pecaron habitualmente de rigidez planificadora, aunque al mismo tiempo solían errar en sus cálculos, culpablemente ignorantes de las circunstancias que rodeaban sus decisiones. En Wannsee se reunieron quince personas para tomar la decisión más terrorífica que se recuerda, más inhumana, pero éstos eran “funcionarios asalariados de una de las grandes naciones de Europa, y no terroristas clandestinos”. Esos quince individuos no constituían “una ‘clase inferior de criminales’ de escasa formación”: más de la mitad “habían alcanzado el grado de doctor universitario”, nos recuerda Rees. El saber, en este caso, no garantizaba por supuesto, la rectitud moral, pero sorprendentemente tampoco avalaba la exactitud de las previsiones mortíferas.  

Quizá los actos sean simples, ya digo, pero los efectos que provocan no pueden explicarse simplemente. ¿Por qué razón?, podríamos preguntarnos con Rees. Porque las acciones humanas se refuerzan, se complican, se tuercen o se desvían al cruzarse con otras acciones o al desarrollarse en contexto mudables o no previstos o insuficientemente analizados. Los nazis siempre estaban dispuestos a ‘solucionar’ hechos o datos de la realidad que ellos concebían como tales. Así es, nos dice Rees: tal como solían hacer a menudo, los nacionalsocialistas creaban “las circunstancias que mejor concordaban con sus prejuicios”. Pero ese acomodo de la realidad al estereotipo solía provocar obstáculos que eran fruto del fanatismo, de la ceguera: los nazis en su ignorancia y en su imprevisión, en su fatua ambición, creaban un verdadero problema…: para ellos mismos, de tan pésimos planificadores como eran.

Les pasó con Stalin y la campaña del Frente Oriental y les pasó con la organización del exterminio. En este último caso, por ejemplo, hasta 1942, la persecución y muerte de los judíos se hizo de manera absolutamente desorganizada, sin tener en cuenta, además, que ejecutar directamente, a palos o fusilando, con los verdugos mirando a los ojos de su víctimas es algo difícil de soportar: más aún cuando es numerosa la población a eliminar y cuando no se cuentan con medios suficientes. Matar a distancia y sin intervenir directamente es una forma muy cómoda de irresponsabilizarse, ya que uno no es quien acciona el gatillo o el detonador. Por eso, el comandante del campo de Auschwitz, Rudolf Hoess, dijo sentirse aliviado cuando gracias al refinamiento técnico del gas Zyklon B podía multiplicar las muertes evitando un baño de sangre. “No podía estar más equivocado”, apostilla Laurence Rees, pues “el verdadero baño de sangre estaba a punto de producirse”, en parte nuevamente por la imprevisión planificadora.

¿Por qué razón? Porque la Solución Final no había previsto con suficiente antelación y organización una red de campos de exterminio. En los albores de 1942, dice Rees, sólo un campo estaba especializado en el exterminio, centro absolutamente insuficiente para los fines que se proponían, cosa que les obligó a reacomodar otros establecimientos con gran improvisación. Otra vez, por tanto, “a diferencia de quienes adoptan un sistema menos radical, planificando primero en detalle sus acciones para después –y sólo después— llevarlas a cabo, el gobierno nacionalsocialista se entregó a la deportación de los judíos antes de probar la eficacia de los métodos de destrucción que habían diseñado o instalarlos de forma adecuada. Fue a impulsos del desorden subsiguiente como estructuraron su genocidio”.

“De hecho, ésta es una de las constantes de esta historia”, precisa Rees. “La cúpula nazi hubo de hacer frente, una y otra vez, a acontecimientos que no había previsto de forma correcta. Llevados siempre de una ambición y un optimismo inconmensurables –fundados en el convencimiento de que la ‘voluntad’ podía lograrlo todo por sí sola–, sus dirigentes acabaron por estrellarse, bien a causa de su propia falta de planificación y previsión, bien porque el enemigo era más poderoso de lo que les permitía reconocer su hinchada autoestima”.

En Belzec, Sobibór y Treblinka murieron un millón setecientos mil presos; en Auschwitz, un millón cien mil personas. Pero antes de que se pudiera administrar de manera eficaz la muerte industrial, limpia, expedita, “tranquila, desapasionada y sistemática”, añade Rees, los nazis organizaron un cruento caos con “escenas que parecían sacadas del infierno”, reduciendo a los prisioneros a un estado infrahumano. “Al proclamar que aquellos contra los que luchaban eran seres inferiores, los nazis habían generado una profecía que ellos mismos se proponían hacer realidad”. Etcétera, etcétera.

Pero Lawrence Rees es sobre todo un narrador, alguien que sabe que la virtud de un texto (o de un documental) no depende del objeto o del problema. Es decir, a los lectores o a los espectadores no se nos gana de antemano, por muy estremecedor que sea el tema abordado. A los destinatarios más exigentes se les persuade cuando no se atenta a la verdad, cuando se da ese respeto deontológico que todo periodista o historiador debe cumplir, pero también cuando el tratamiento del objeto se hace con intriga y significado, cuando se administra la información de manera estratégica, como si el autor y los lectores o los espectadores estuvieran asistiendo a los hechos mismos y en el tiempo en que suceden.  

Decía Clifford Geertz que una de las virtudes más sobresalientes de los grandes antropólogos es la de provocar un efecto en sus lectores: el de hacerles copartícipes del descubrimiento, el de testimoniar los hechos como si el investigador y sus destinatarios hubieran estado allí. “Estar allí”, ése es el efecto provocado, un resultado que no es impostura. “Los etnógrafos”, precisaba Geertz en El antropólogo como autor, “necesitan convencernos” a los lectores “no sólo de que verdaderamente han ‘estado allí’, sino de que (…), de haber estado nosotros allí, hubiéramos visto lo que ellos vieron, sentido lo que ellos sintieron, concluido lo que ellos concluyeron”. A ese efecto, que está en la obra de los grandes antropólogos, pero también en los textos de los mejores periodistas e historiadores, lo podemos llamar narración, esa conversión de los datos brutos de la experiencia en un relato con significado. Y, en eso, Laurence Rees se nos ha revelado como un gran maestro: como un periodista que hace crónica, pero también como un antropólogo capaz de analizar los valores mismos de la inhumanidad, como un historiador preparado para enfrentarse a los testimonios vivos o muertos del horror.

* * *

Coda

Visita virtual al campo de Auschwitz (enlace por cortesía de Dolores García Cantús) Por: Justo Serna | La historia | Comentarios (12) | Referencias (0)

Comentarios

Estremece pensar que hombres cultos, inteligentes y civilizados pudieran tomar semejantes decisiones.Estremece pensar que todo un pueblo de muchos millones de habitantes pudiera cerrar los ojos, transigir e incluso apoyar esto.Estremece pensar que la democracia sirviera para aupar al poder a este gente. (Si , gente, no monstruos)Y lo que más estremece es que, a diferencia de lo que nos intentan hacer creer, Hitler, Goebbels, Goering, Himmler, etc… no eran monstruos. Eran gente, en algunos casos completamente normal, con una vida familiar , social,… de los más idílica. Si ellos fueron capaces en su momento ¿qué nos garantiza que no sé volverá a repetir? ¿Qué es el ser humano, cuando es capaz de acontecimientos como este, Camboya, el Gulag, Yugoslavia..?

Hellblazer| 13-12-2005 09:12:52

…………………….

Unos fragmentos de incomprensión al azar:
-¿Por qué de pequeño me enseñaron a aplaudir y animar a los genocidas conquistadores del Oeste, o a los torturadores policías?
-¿Por qué las buenas gentes nos movilizamos tanto por la limpieza de las costas del del norte (no hubo que lamentar ningún muerto) y damos la espalda o entregamos a la policía, a los homres mujeres y niños que huyen del hambre y de la miseria? ¿No hacían lo mismo los alemanes de los años 40? ¿Qué manchas queremos limpiar?
- ¿Por qué ni siquiera nos planteamos un boicot contra los estados que no respetan los más elementales derechos humanos y nos cae la baba recreándonos en un boicot contra una nación que reclama su nombre y sus derechos?
No huyan, no huyan. Los otros somos nosotros.

dd| 13-12-2005 09:48:43

…………………… 

En el comentario que ha puesto, Hellblazer señala, con acierto, que a los jerarcas nazis hay que considerarlos tipos sanguinarios pero, a la vez, gente ordinaria, no sujetos monstruosos. Si los conceptuamos como tales, como monstruos, la inhumanidad de que somos capaces los individuos bajo determinadas circunstancias no se puede explicar. Por ejemplo, ¿fue Adolf Eichmann un simple psicópata? Me permito reproducir algún párrafo de una entrada mía del 28 de abril de 2005: “Adolf Eichmann, según la célebre radiografía de Hannah Arendt [Eichmann en Jerusalén], fue un funcionario ejemplar. Tuvo bajo su responsabilidad la muerte de cientos de miles, que digo cientos de miles, de millones, de hebreos: una tarea que ejecutó con rigor y puntualidad. Fue un ciudadano más que, en el desempeño de sus funciones, no se preguntó sobre lo que hacía o dejaba de hacer, no se interrogó sobre el mal que infligía. Fue una persona que no experimentó incomodo particular o desazón o duda: simplemente no se hacía reproche alguno, no se imputaba nada. Era tan trabajador, tan escrupuloso en el cumplimiento de sus obligaciones, que sus labores se desempeñaron impersonalmente, sin inquina particular contra los judíos, algunos de los cuales incluso habían sido amigos suyos.En general, los funcionarios nazis desplegaron una gran capacidad administrativa. Sus trabajos se ejecutaron a satisfacción de sus superiores, como advertía Sebastian Haffner [en Alemania: Jekyll y Hyde], con un ordenancismo obsesivo. Así, por ejemplo, no es casualidad que el capitán Wofgang Hoffman, jefe de una de las tres compañías del Batallón Policial 101, un funcionario que acribillaba con verdadero entusiasmo a los judíos que estaban a su cargo…, no es casualidad, digo, que dicho verdugo se sintiera herido en su honor al recordarle sus superiores una orden para él evidente. En efecto, relata Daniel Goldhagen [en 'Los verdugos voluntarios de Hitler'] que Hoffman experimentó un auténtico ultraje cuando se le indicó la prohibición de robar a los prisioneros polacos, algo para él evidente. “El asesino genocida”, añade Goldhagen, “se sentía herido en su honor, y herido doblemente, como soldado y como alemán”. El funcionario, en efecto, conocía cuáles eran sus obligaciones dictadas por la ley del Reich, obligaciones sobre cuya moralidad no se interrogaba”. Etcétera”.Un largo etcétera de horrores.

Justo Serna | 13-12-2005 10:07:49

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Para una versión cinematográfica de la reunión fatal de Wannsee, véase “La solución final”, protagonizada por Keneth Branagh. Es cierto, no eran monstruos, y eso es lo que nos estremece. ¿Seríamos nosotros, sería yo, capaz de ejecutar -o justificar- un acto semejante?Justo, ¿qué opinión te merece la interpretación de Goldhagen en “Los verdugos voluntarios de Hitler”?

Juan | 13-12-2005 11:07:09

……………….. 

Basta de literatura cataplásmica, de repetir consignas archisabidas cómo novedades (no me refiero al nuevo volumen). Sobre otros temas no molesta tanto, la literatura. Léan también a Jéan Améry, por favor. Leérle no es un placer. Páginas para no releerle nunca más, para recordarle siempre.

dd | 13-12-2005 11:28:05

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¿Literatura cataplásmica? Explíquese, dd. Hay que leer a Améry, pero también a Primo Levi, por ejemplo su obra ‘Los hundidos y los salvados’. Usted conocerá la polémica que enfrentó a Levi con Hans Mayer, alias Jean Améry, “el filósofo suicida, y teórico del suicidio”, añade Levi. Mientras Améry sería el pensador de la venganza, Lévi sería el teórico de la justicia (que puede entrañar después el perdón), que no del olvido. “Améry me definió como ‘el perdonador’. No lo considero ni una ofensa ni una alabanza pero sí una imprecisión”, insiste Levi. “No sé de ningún acto humano que pueda borrar una culpa; pido justicia, pero no soy capaz personalmente de liarme a puñetazos ni de devolver los golpes”. Levi confía en las leyes reparadoras de su país, en la Italia de posguerra. Ahora bien, le admite a Améry la mayor pérdida: “si yo también hubiera visto caérseme encima el mundo, si hubiese sido condenado al exilio y a la pérdida de la nacionalidad, si hubiese sido torturado hasta perder el conocimiento, quizás hubiese aprendido a devolver el golpe, y alimentaría, como Améry, esos sentimientos a los que ha dedicado un largo ensayo cargado de angustia”.

Justo Serna | 13-12-2005 11:48:50

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“Infinitos hombre civilizados que retrocederían temerosos ante el incesto ó el homicidio, no se privan de satisfacer su codicia, sus impulsos agresivos y aplicarles la muerte a distancia a miles de seres humanos”. El presidente Bush ayer en una rueda de prensa preguntado sobre el nº de víctimas en Irak reconoció, -sin reparar en ello-, que son unas 30.000. Lo cual provocó que sus asesores de imagen intervienieran rápido para deshacer la metedura de pata del “genocida”.

charnego impertinente | 13-12-2005 12:13:02

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Desde un punto de vista increíblemente cínico… el error de Hitler (Rusia aparte) fué el de invadir Polonia, provocando así el enfrentamiento contra Francia e Inglaterra. ¿Qué hubiera pasado -hipótesis poco probable, claro está, dada la necesidad de expansión de la maquina militar alemana- si el Fuhrer se hubiera conformado con anexionar Austria, el Ruhr y hubiera ejecutado, tarde o temprano, la solución final? ¿Se habría conocido el destino de los judíos, gitanos, homosexuales,etc.? De haber sido así, ¿se hubieran levantado alguna de las potencias para impedir el genocidio? Lo dudo mucho. Me da la impresión de que sólo el ansia desmedida provocó el derrumbe militar del III Reich, no una reacción de los aliados que sólo se produjo después de gravísimos ataques (Rusia y EEUU).  

Hellblazer | 13-12-2005 14:16:32

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Abusando de la amabilidad de D. Justo, me gustaría pedirle referencias de bibliografía sobre el frente soviético en la II Guerra Mundial (Stalingrado aparte), pues si bien las campañas de los aliados en el frente occidental han sido mucho más popularizadas (el Bulge, la operación Market Garden,etc), el avance del ejército rojo queda bastante al oscuro.

Hellblazer | 13-12-2005 14:23:24

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Intentaré explicarme mejor. Me refería a un uso cataplásmico de la historia y la literatura en el mismo sentido que denunciaba Améry. Améry concebía que tal pasado no había “pasado”, era sobretodo presente y aún más, futuro immediato. La “herida”, seguia abierta y la sociedad seguía desentendiéndose de ella. ¿A quién hay que perdonar? ¿En qué hay que confiar? Su resentimiento era eminentemente ético. Me parece equivocado y demasiado fácil, por la predominancia de la moral cristiana, insinuar que la acitud moral de Améry es inferior a la de Levy. Creo sinceramente que no se le ha entendido: ¿Podemos perdonar el presente y el futuro?

dd | 13-12-2005 14:27:58

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Juan, sobre los ‘verdugos voluntarios’, algo de eso he tratado en:http://www.uv.es/jserna/NorbertElias.htmSobre el frente oriental, amigo Hellblazer, me perdonará si no le respondo como debiera. No tengo suficientes recursos bibliográficos en este momento y lo que es peor: no tengo tiempo ahora de sistematizarlos para poder proporcionárselos, como sería mi intención. Reciba un saludo cordial.

Justo Serna | 13-12-2005 15:05:56

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“La gente cambia bajo ciertas condiciones. La gente me pregunta qué aprendí”, dice Toivi Blatt, superviviente de Auschwitz y uno de los testimonios del libro de Laurence Rees. “Y creo que sólo hay una cosa de la que estoy seguro: nadie se conoce a sí mismo. La persona amable y simpática a la que en la calle usted pregunta cómo ir a determinado lugar y lo acompaña media manzana para indicarle el camino, podría en una situación diferente convertirse en el peor sádico. Nadie se conoce a sí mismo. Todos podemos ser buenas personas en [diferentes] situaciones. A veces, cuando alguien es realmente bueno conmigo, me descubro preguntándome cómo se habría comportado en Sobibór”

Justo Serna | 13-12-2005 15:25:40

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No Responses Yet to “Historia y Holocausto”

  1. Juan Moreno. Says:

    Unos atracadores entran en una casa . En el interior se encuentran sus moradores. Al ser descubiertos huyen. Uno de los moradores pistola en mano los ahuyenta, sale de su propiedad y en plena calle ejecuta a uno de los asaltantes. Detenido por la policía es conducido al juez.
    Este determina prisión por homicidio. De momento está en prisión.
    Anoche unas mil personas bramaron libertad para defender la “propiedad privada” a tiro limpio.
    Los mismos que están encontra de la pena de muerte están a favor de ella en momentos emocionales.

  2. Jaime Says:

    Compraré este libro. Parece muy muy interesante

  3. Gertraud Tilemann Says:

    Juan Moreno. said,
    Diciembre 14, 2006 at 11:22
    Los mismos que están encontra de la pena de muerte están a favor de ella en momentos emocionales.

    No todos, querido, no todos. Además, para eso están las leyes, para frenar el ojo por ojo, tan humano en según en qué ocasiones.

  4. Gertraud Tilemann Says:

    En según qué ocasiones, quise decir, claro.

  5. cecy de 3 k Says:

    no pues nomas diho que hitler era un loco pense que le habia hecho algo en su niñez no se como violacion o algo peor que le pegaran mucho de niño una cosa masssssssssssss

    los chicharines son los mejores

    puro chicharrin


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