tiempos-modernos.jpg    La modernidad fue un proceso histórico que alteró certidumbres profundas, que quebró instituciones milenarias. El pasado ya no era la evidencia ni la pertenencia necesaria, sino un tiempo del que alejarse para edificar lo nuevo, lo instantáneo, un presente del que eran responsables sus contemporáneos. El pasado ya no era el tiempo que ataba y que justificaba el porvenir. Por el contrario, la modernidad era la exaltación de lo imprevisto y de lo inaudito, de lo que se debía al empeño de individuos que sólo se tendrían a sí mismos. Kant sostuvo que la Ilustración suponía la salida del hombre del estado de minoridad, de la condición sujeta, de la minoría de edad. Atreverse a pensar y atreverse a seguir las audacias del discernimiento frente a las directrices de la autoridad. Eso era la Ilustración como gran proyecto de la modernidad.

Dos siglos después de Kant,  los contemporáneos nos descubrimos distintos y distantes de aquellos planes egregios y resueltos: aplicados unas veces de manera defectuosa o incompleta o ejecutados exactamente con efectos perversos o impensados. El burgués descrito por Karl Marx en el Manifiesto Comunista fue el héroe epónimo de la modernidad, aquel que sabedor de sus metas, conocedor de sus preferencias, edificara un mundo nuevo en el que hacer valer el cálculo de sus intereses. Los beneficios del capital aumentaron gracias a la explotación, decía Marx, pero la riqueza se incrementó mediante una revolución técnica constante, una revolución que mudaba la relación de las personas con las cosas, de los individuos con su entorno. Pero el burgués no fue únicamente un agente dispuesto a optimizar su beneficio. Fue también un individuo preocupado por el ahorro y por el lujo, por la contención y por el placer más o menos morigerado. La vida no es sólo atesoramiento: también obliga a hacer inversiones emocionales en las personas y en cosas; obliga a crear entornos acogedores y hospitalarios y protegidos. Los burgueses de la modernidad se ocuparon de esto último con evidente afán, deseosos de adaptar el espacio de sus vidas a unas ciudades nuevas, sin las pertenencias del pasado, sin las asechanzas de las clases peligrosas.

Pero esos proyectos en gran medida fracasaron o mostraron sus efectos perversos cuando el bolchevismo amenazó el orden, quebró la gran promesa de una sociedad burguesa respetable. Los fascismos que se le opusieron agravaron ese estado de cosas y la violencia más sanguinaria y atroz dejó la modernidad en estado comatoso. El progreso material, la ciencia, la felicidad prometida o anhelada, la velocidad de la máquina, la revolución de la industria no habían traído la paz social, sino el Holocausto y la destrucción generalizada. Los optimismos modernos quedaron seriamente dañados.

Un diagnóstico tardío pero ajustado de los planes erróneos o criminales de la modernidad la hicieron los posmodernos. Ajenos al futuro, vividores del presente y del instante, observadores irónicos del pasado, los posmodernos descreyeron de la emancipación, esa gran promesa ilustrada de la que derivaron todos experimentos revolucionarios. Hacia 1979, el industrialismo estaba en crisis, las restricciones energéticas amenazaban el crecimiento y la ciencia, la propia ciencia, que se había presentado como garante de la verdad aparecía como un instrumento frecuente de dominación moral. Así lo sostuvo Jean-François Lyotard en La condición posmoderna. Más aún, la propia modernidad había impuesto formas de vida rígidas, todavía sometidas a instancias colectivas y superiores de las que el individuo no habría podido desentenderse: la Iglesia, pero también la Nación, comunidades presentes durante el experimento moderno a las que debía atarse o someterse el individuo que aspiraba a ser audaz, a pensar por sí mismo. La necesidad de sentirse acompañado, de acogimiento, de lazos colectivos,  facilitó la servidumbre de los modernos antes Instituciones que restaban sus libertades, que les imponían pertenencias  o que les dictaban morales. La posmodernidad de los años ochenta fue un combate contra estas rigideces aún burguesas y fue también una exaltación del hedonismo (heredero de la fiesta revolucionaria), del disfrute.

Los tiempos actuales son bien distintos y ya no podemos decir que todavía predomine la sensibilidad libidinosa o el descreimiento felizmente irresponsable de los posmodernos. Hemos apeado a esas Instituciones de la posición moral incuestionable (Iglesia, Nación, etcétera) desde la que nos exigían libramientos colectivos y hay una moral indolora con la que nos tratamos unos a otros. Pero no nos dejamos llevar por el goce del mero presente en que confiaron los posmodernos de estricta obediencia: estamos cada vez más angustiados por el futuro y el por cuerpo, por el envejecimiento y por el entorno, por la pobreza escandalosa y por las masacres que se extienden. Justamente porque nos sabemos finitos y no esperamos promesas reparadoras. El declive de la pasión política, la desideologización y la pérdida de valores ancestrales, patriarcales o religiosos no han traído el hedonismo absoluto ni el nihilismo totalitario (como la derecha intelectual se encarga de repetir). Aún compartimos muchos valores laicos que son lo mejor de nosotros mismos, valores que triunfan de manera paradójica en un mundo desbocado, un mundo en el que, a pesar de todo, muchos queremos hacer o mantener un entorno hospitalario para nosotros y para nuestros hijos.

Una parte de estos argumentos los aborda Gilles Lipovetsky en su última obra, Los tiempos hipermodernos  (título con el que homenajea a Chaplin y a Sartre). La leo y compruebo una vez más la lucidez de este analista francés, después de haberle seguido en otros libros suyos: Metamorfosis de la cultura liberal, El crepúsculo del deber, El imperio de lo efímero, etcétera. Siempre regreso a Lipovetsky con gran placer, con el deleite que proporciona un filósofo que escribe con elegancia y claridad y con la exactitud de sus dictámenes. Admiro a un autor en cuyo bagaje se reúnen las lecturas provechosas de Marx, de Freud, de Lévi-Strauss, de Nietzsche, de Lyotard, pero también de los mejores representantes del individualismo sociológico: Alexis de Tocqueville, Louis Dumont o Daniel Bell. Le acusarán de eclecticismo. ¿Y…? Para abastecerse, Lipovetsky no le hace ascos a todo autor o a toda obra que le pueda servir para arrojar luz en un presente que no es como los modernos habían predicho, que no es exactamente como los posmodernos habían  diagnosticado y que no es como la Iglesia y sus turiferarios sostienen: un presente de hedonismo rapaz y de nihilismo huero.

“Hay que deshacerse del tópico del universo nihilista, anárquico, exento de todo sentido moral, de toda creencia en el bien y el mal: la decadencia de los valores es un mito, no precisamente nuevo por lo demás (…). Gracias a la fantasía de la igualdad y al culto al bienestar, los individuos se siente más ‘conmovidos’ por el espectáculo del sufrimiento ajeno: esto es lo que está en la base de las diversas reacciones de indignación, del aumento de críticas contra la explotación de los sentimientos por los medios de información, de las nuevas formas de altruismo y de generosidad, no por menos ‘obligatorias’ menos reales”.

Debemos leer a Lipovetsky: quizá así evitemos tantas simplezas como se dicen del hoy urgente y resabiado. Ahora bien, nos crearemos otra dependencia intelectual: la de seguir con cada nueva entrega sus sutilezas analíticas.

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Hemeroteca:

Artículo de Justo Serna sobre “El Laboratorio burgués”, en Levante-EMV 15 de diciembre.

 Artículo de Justo Serna sobre Novelas y actualidad, en Levante-EMV, 16 de diciembre.

Artículo de Vicent Soler sobre Burguesía y cosmopolitismo, en Levante-EMV,  15 de diciembre.

(A este generoso y polémico artículo sobre el Diario de un burgués y sus ecos actuales responderé la semana que viene en otra tribuna del mismo periódico).

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