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Cómo ser modernos

15 diciembre 2006

tiempos-modernos.jpg    La modernidad fue un proceso histórico que alteró certidumbres profundas, que quebró instituciones milenarias. El pasado ya no era la evidencia ni la pertenencia necesaria, sino un tiempo del que alejarse para edificar lo nuevo, lo instantáneo, un presente del que eran responsables sus contemporáneos. El pasado ya no era el tiempo que ataba y que justificaba el porvenir. Por el contrario, la modernidad era la exaltación de lo imprevisto y de lo inaudito, de lo que se debía al empeño de individuos que sólo se tendrían a sí mismos. Kant sostuvo que la Ilustración suponía la salida del hombre del estado de minoridad, de la condición sujeta, de la minoría de edad. Atreverse a pensar y atreverse a seguir las audacias del discernimiento frente a las directrices de la autoridad. Eso era la Ilustración como gran proyecto de la modernidad.

Dos siglos después de Kant,  los contemporáneos nos descubrimos distintos y distantes de aquellos planes egregios y resueltos: aplicados unas veces de manera defectuosa o incompleta o ejecutados exactamente con efectos perversos o impensados. El burgués descrito por Karl Marx en el Manifiesto Comunista fue el héroe epónimo de la modernidad, aquel que sabedor de sus metas, conocedor de sus preferencias, edificara un mundo nuevo en el que hacer valer el cálculo de sus intereses. Los beneficios del capital aumentaron gracias a la explotación, decía Marx, pero la riqueza se incrementó mediante una revolución técnica constante, una revolución que mudaba la relación de las personas con las cosas, de los individuos con su entorno. Pero el burgués no fue únicamente un agente dispuesto a optimizar su beneficio. Fue también un individuo preocupado por el ahorro y por el lujo, por la contención y por el placer más o menos morigerado. La vida no es sólo atesoramiento: también obliga a hacer inversiones emocionales en las personas y en cosas; obliga a crear entornos acogedores y hospitalarios y protegidos. Los burgueses de la modernidad se ocuparon de esto último con evidente afán, deseosos de adaptar el espacio de sus vidas a unas ciudades nuevas, sin las pertenencias del pasado, sin las asechanzas de las clases peligrosas.

Pero esos proyectos en gran medida fracasaron o mostraron sus efectos perversos cuando el bolchevismo amenazó el orden, quebró la gran promesa de una sociedad burguesa respetable. Los fascismos que se le opusieron agravaron ese estado de cosas y la violencia más sanguinaria y atroz dejó la modernidad en estado comatoso. El progreso material, la ciencia, la felicidad prometida o anhelada, la velocidad de la máquina, la revolución de la industria no habían traído la paz social, sino el Holocausto y la destrucción generalizada. Los optimismos modernos quedaron seriamente dañados.

Un diagnóstico tardío pero ajustado de los planes erróneos o criminales de la modernidad la hicieron los posmodernos. Ajenos al futuro, vividores del presente y del instante, observadores irónicos del pasado, los posmodernos descreyeron de la emancipación, esa gran promesa ilustrada de la que derivaron todos experimentos revolucionarios. Hacia 1979, el industrialismo estaba en crisis, las restricciones energéticas amenazaban el crecimiento y la ciencia, la propia ciencia, que se había presentado como garante de la verdad aparecía como un instrumento frecuente de dominación moral. Así lo sostuvo Jean-François Lyotard en La condición posmoderna. Más aún, la propia modernidad había impuesto formas de vida rígidas, todavía sometidas a instancias colectivas y superiores de las que el individuo no habría podido desentenderse: la Iglesia, pero también la Nación, comunidades presentes durante el experimento moderno a las que debía atarse o someterse el individuo que aspiraba a ser audaz, a pensar por sí mismo. La necesidad de sentirse acompañado, de acogimiento, de lazos colectivos,  facilitó la servidumbre de los modernos antes Instituciones que restaban sus libertades, que les imponían pertenencias  o que les dictaban morales. La posmodernidad de los años ochenta fue un combate contra estas rigideces aún burguesas y fue también una exaltación del hedonismo (heredero de la fiesta revolucionaria), del disfrute.

Los tiempos actuales son bien distintos y ya no podemos decir que todavía predomine la sensibilidad libidinosa o el descreimiento felizmente irresponsable de los posmodernos. Hemos apeado a esas Instituciones de la posición moral incuestionable (Iglesia, Nación, etcétera) desde la que nos exigían libramientos colectivos y hay una moral indolora con la que nos tratamos unos a otros. Pero no nos dejamos llevar por el goce del mero presente en que confiaron los posmodernos de estricta obediencia: estamos cada vez más angustiados por el futuro y el por cuerpo, por el envejecimiento y por el entorno, por la pobreza escandalosa y por las masacres que se extienden. Justamente porque nos sabemos finitos y no esperamos promesas reparadoras. El declive de la pasión política, la desideologización y la pérdida de valores ancestrales, patriarcales o religiosos no han traído el hedonismo absoluto ni el nihilismo totalitario (como la derecha intelectual se encarga de repetir). Aún compartimos muchos valores laicos que son lo mejor de nosotros mismos, valores que triunfan de manera paradójica en un mundo desbocado, un mundo en el que, a pesar de todo, muchos queremos hacer o mantener un entorno hospitalario para nosotros y para nuestros hijos.

Una parte de estos argumentos los aborda Gilles Lipovetsky en su última obra, Los tiempos hipermodernos  (título con el que homenajea a Chaplin y a Sartre). La leo y compruebo una vez más la lucidez de este analista francés, después de haberle seguido en otros libros suyos: Metamorfosis de la cultura liberal, El crepúsculo del deber, El imperio de lo efímero, etcétera. Siempre regreso a Lipovetsky con gran placer, con el deleite que proporciona un filósofo que escribe con elegancia y claridad y con la exactitud de sus dictámenes. Admiro a un autor en cuyo bagaje se reúnen las lecturas provechosas de Marx, de Freud, de Lévi-Strauss, de Nietzsche, de Lyotard, pero también de los mejores representantes del individualismo sociológico: Alexis de Tocqueville, Louis Dumont o Daniel Bell. Le acusarán de eclecticismo. ¿Y…? Para abastecerse, Lipovetsky no le hace ascos a todo autor o a toda obra que le pueda servir para arrojar luz en un presente que no es como los modernos habían predicho, que no es exactamente como los posmodernos habían  diagnosticado y que no es como la Iglesia y sus turiferarios sostienen: un presente de hedonismo rapaz y de nihilismo huero.

“Hay que deshacerse del tópico del universo nihilista, anárquico, exento de todo sentido moral, de toda creencia en el bien y el mal: la decadencia de los valores es un mito, no precisamente nuevo por lo demás (…). Gracias a la fantasía de la igualdad y al culto al bienestar, los individuos se siente más ‘conmovidos’ por el espectáculo del sufrimiento ajeno: esto es lo que está en la base de las diversas reacciones de indignación, del aumento de críticas contra la explotación de los sentimientos por los medios de información, de las nuevas formas de altruismo y de generosidad, no por menos ‘obligatorias’ menos reales”.

Debemos leer a Lipovetsky: quizá así evitemos tantas simplezas como se dicen del hoy urgente y resabiado. Ahora bien, nos crearemos otra dependencia intelectual: la de seguir con cada nueva entrega sus sutilezas analíticas.

——————–

Hemeroteca:

Artículo de Justo Serna sobre “El Laboratorio burgués”, en Levante-EMV 15 de diciembre.

 Artículo de Justo Serna sobre Novelas y actualidad, en Levante-EMV, 16 de diciembre.

Artículo de Vicent Soler sobre Burguesía y cosmopolitismo, en Levante-EMV,  15 de diciembre.

(A este generoso y polémico artículo sobre el Diario de un burgués y sus ecos actuales responderé la semana que viene en otra tribuna del mismo periódico).

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13 Responses to “Cómo ser modernos”

  1. Guillermo Says:

    Yo no creo que la postmodernidad esté superada. Es un diagnóstico muy valido de lo que le ocurre a occidente desde hace treinta años. No acabo de entender eso de los tiempos hipermodernos.

  2. Jaime Says:

    Pues yo no creo que la postmodernidad nos aclare todas nuestras dudas. No sera que la postmodernidad es un mar de dudas?

  3. Rose Says:

    Lo intento por última vez.
    ¡Ojaá nos hubieramos librado ya de la Iglesia y la Nación y fuésemos un poquito más (post)modernos! Me temo que aún nos queda mucho.
    Agradezco la recomendación de Lipovetsky y de su eclecticismo. ya decía Einstein que, para el metodológo ruguroso, el verdadero científico es siempre reo de alta traición (al método).

  4. Paco Says:

    No hoy estás ligerito ¿eh Serna? Denso y pedagògico o eso crees. Ja.

  5. jserna Says:

    Me temo, querida Rose, que no nos será posible librarnos de la Iglesia o la Nación. Nos gusta aturdirnos con la ilusión, con el embotamiento de lo colectivo, con la nostalgia del limo original. Y digo “ilusión” exactamente en el sentido de Freud…, o de Freíd, como apostilla con guasa Anaclet Pons en su blog:

    http://blogs.epi.es/grandtour/2006/12/15/la-biografia-de-blanche-y-marie/

    Yo le sigo la corriente.

    Ah, Paco, ánimo…

  6. El lector de Lipovetsky Says:

    Le agradezco estas palabras que dedica a mi autor preferido!

  7. Modernosssss Says:

    Y usted se pregunta como ser postmoderno? Lo postmoderno es crisis de emacipación y es derrota de lo ilustrado!

  8. Calicles_me_pareció_más_listo Says:

    Me parece una buena y clara reseña, de un autor al que también he leído con interés. Pero quisiera decir algo: a mí me ha hecho “ver” más claro Agustín García Calvo que Lipovetsky y los demás: pongamos como “los demás” incluso a Gabriel Albiac.
    Mire señor Serna. Yo he hecho “mis estudios” universitarios, soy padre, soy esposo, soy funcionario, soy hijo de trabajadores y trabajador. Siento tener que decirle que no he visto otra cosa más que envidia y maldad. Siento tener que decirle que cuanto más descienda en la escala, más se puede observar la podredumbre. Sé que es un buen historiador, respetado, admirado, y escuchado. Pero Vd. no vive entre el pueblo llano. El pueblo llano es ese que llegado el caso puede votar a Hitler o lincharme a mí o a Vd. por decir cualquier cosa razonable. Vd. no sabe, por así decirlo, cómo está el patio por aquí abajo por los arrabales. Le digo más, tendría verdaderos problemas para citar a alguien que crea que es lo que llamaríamos una “buena persona”. No veo a nadie así en mi entorno.

    Sé que Vd. me entiende perfectamente. De todas formas, lo que quiero decir es que en realidad, todos los grandes, Vd., cualquiera, incluso yo mismo, podemos pensar con justicia, podemos pensar con el rigor que queramos, podemos luchar porque merezca la pena vivir y ser ciudadanos, pero nunca en el fondo cambia nada, porque la mayoría vive embrutecida, por así decirlo, y no hay nada que hacer.

    Mire, le cuento una anécdota. Como le dije antes, yo también me licencié -como buen aspirante a puesto de trabajo. Ahora estoy yendo a un centro de formación profesional a mejorar mis conocimientos sobre informática. Estoy verdaderamente alucinado con el nivel, calidad, y preparación del profesorado. No exagero en absoluto. Es increíble lo mal que se puede enseñar una materia, lo mal que se puede preparar, etc. Sólo le voy a decir una cosa para que se sitúe: uno de los profesores, nos pasa apuntes de “El Rincón del Vago” llenos de faltas de ortografía, erratas, etc. Quiero decir, si Vd. viera, si Vd. se sentara en esas clases y viese lo que yo veo, creo que incluso Vd. que ya tiene mucha experiencia del desencanto, se sentiría muy mal. Luego los chavales, decimos que fracasan… cuando yo los veo esforzarse y sufrir por el aprobado.

    Mire, Serna, por acabar, déjeme que diga en su blog que la sociedad es una máquina de hipocresía, una máquina de mentira generalizada, una máquina de extorsión descendente. Y déjeme que diga que algunos de Vds. pueden valer la pena, puede valer la pena escucharles, pero aquí abajo, donde Marx decía que se cuece el potaje, da pena ver el escenario.

    *** Aquí venía un poco más de texto, pero ha dado algún error, así que he recuperado sólo lo que tenía en memoria en ese momento, no obstante recuerdo pongo algo de lo que iba a continuación:

    Decía que para mí la posmodernidad es tener la certeza ¡curiosa afirmación para hablar de posmodernidad!- de que va a volver a pasar: España 1936, Kosovo, Irak, etc…


  9. [...] principal industria”, concluye dolida y resignadamente. ¿Le doy la razón? Como sostuviera Gilles Lipovetsky, desde hace décadas Occidente vive gobernándose con una ética indolora. ¿Algo malo? Es [...]

  10. Loloia Says:

    Helow!!! well i wish that this tex will be traduite at inglish…please. Becuse it is very interesitng.
    Good Bay

  11. Peda Says:

    ¡Ojaá nos hubieramos librado ya de la Iglesia y fuésemos un poquito más (post)modernos! Me temo que aún nos queda mucho.

  12. megustatirarmepedos@uhiqueolor Says:

    JAJAJA MI COMENTARIO ES EL Q TIENE MAS ONDA!!!!!!


  13. [...] Tocqueville, Émile Durkheim, etcétera), es el de Gilles Lipovetsky. Su último libro traducido, que no es el primero que aquí comentamos, es un ejemplo de sensatez analítica, de diálogo instructivo. ¿Su título? La sociedad de la [...]


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