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1. Si reparan en el epígrafe que encabeza, advertirán su ambigüedad: puede leerse como la maldad política o como el político malo. Es decir, hay una perversidad en la gestión, en la representación, en la dirección, en la dominación; y hay mandatarios que son pésimos políticos porque obran el mal o porque, simplemente, son unos ineptos. Leía estos días En el búnker con Hitler, de Bernd Freytag von Loringhoven, un texto del que he escrito una reseña para Posdata (Levante-EMV) y que aparecerá este mismo viernes. Es un libro interesante que, a la vez, desazona. Pero no por el tema que trata (el nazismo en su estado terminal), sino por la inconsciencia y la ceguera a las que voluntariamente se sometió Von Loringhoven mientras fue oficial de la Wehrmacht: mientras estuvo con Hitler en el búnker. En estas memorias escritas varias décadas después y publicadas originariamente en 2005, no hay una página de reflexión profunda sobre el antisemitismo, sobre el exterminio: sólo sobre la experiencia de la guerra.

“Es difícil admitirlo hoy en día, en la era de la libertad de opinión y de la información globalizada”, dice el autor, “pero por razones relacionadas con la naturaleza del régimen y de las operaciones llevadas a cabo, nunca se mencionaron en esas reuniones los campos de concentración ni el destino trágico de los judíos. Hasta el final de la guerra, desconocía los nombres de los campos de exterminio. No tenía ni la menor idea del sistema creado para exterminar a los judíos”, concluye. ¿Creíble? ¿No tenía pista alguna sobre el desarrollo criminal del antisemitismo?

Von Loringhoven era un militar especializado, un técnico al servicio de los intereses bélicos de su patria, dice. Esa convicción le permitió no ver exactamente qué régimen era al que se sometía  como soldado. ¿Cometió crímenes? No. Y si pudo salir con vida del búnker fue precisamente por haber sido eso: un especialista en información bélica, información  que debía plasmar en los mapas de la contienda. Pregunto otra vez: ¿resulta creíble la protesta de ignorancia sobre el exterminio hecha por un oficial del búnker, que además había guerreado en Rusia? “La terrible experiencia de la guerra, de la dictadura nazi y del Holocausto forma parte de nuestra historia”, dice ahora. “El recuerdo lúcido del pasado no debe conducir a las generaciones futuras a un mea culpa generalizado y permanente, pero forma parte de una obligación de vigilancia”, leemos en su última página.

Produce malestar esta declaración aparentemente sensata, pues el hecho de que los germanos de hoy no deban lacerarse sin fin no excluye el mea culpa de los alemanes de ayer. Y  Von Loringhoven es un alemán de ayer: alguien que debe acarrear la ignominia de haber servido sin mayor malestar a un régimen criminal. Desde luego no son sólo los alemanes quienes deben disculparse: hay en la historia europea una larga nómina de ciudadanos que se han desentendido  y que han acrecentado el mal político con su silencio o dejación. Sin embargo, incomoda muchísimo que Von Loringhoven diga de Hitler que “era cualquier cosa menos un loco”, pues “poseía unas dotes intelectuales admirables y un agudo sentido de las relaciones interpersonales”. Incomoda esa afirmación porque no muestra la banalidad del mal (al modo de Hannah Arendt):  pregona el respeto que el líder carismático despierta en sus subordinados.

Pero Hitler era normal y diabólico a un tiempo, un tipo que supo domeñar a todo un país con el fervor de sus conquistas, con las promesas de un espacio vital: un gran empeño militar que los generales y los oficiales alemanes suscribieron básicamente sin oponerse. Ahora bien, lo que llama la atención en dicho libro no es ese dictamen que el autor maquilla, sino la pésima dirección de la guerra que Hitler asumió sin que los estrategas le frenaran. Hay una página en el volumen de Von Loringhoven que vale por todas. Es aquella en la que nos habla del apego que el dictador tenía por los mapas, como dato aproximado, pero fantasioso, de lo irreal. Ese hecho hace más incomprensible el silencio de los generales durante años de ignominia y hace más explícito lo que es un mal político, un pésimo gobernante. Permítanme reproducirla, con la apostilla final que más adelante incluye el autor. 

“Los mapas ilustran  hasta el absurdo la forma en que Hitler ejercía el poder. El Führer había abandonado el ámbito vital de la política para consagrarse a las labores del mando militar. Los mapas respondían a su obsesión por el detalle y le permitían implicarse en las decisiones tácticas más insignificantes, ya que Hitler daba órdenes de desplazamientos de tropas, de ofensivas y de movimientos a escala de batallón o de compañía. Esas órdenes habían de ser comunicadas inmediatamente a los puestos de mando correspondientes para su ejecución. Este procedimiento provocaban un gran descontento en la base, entre los comandantes y la tropa. Sobre el terreno, por desgracia, los soldados pagaron con sus vidas. 

“Los mapas dibujados minuciosamente, con las indicaciones de cuerpos de ejército, divisiones y otras formaciones señaladas por pequeñas banderas, alimentaban la ilusión sobre las posibilidades reales del ejército alemán. Al mirarlos, cabía pensar que esas líneas continuas correspondían a divisiones con tropas plenamente operativas. Quienes conocían la dura realidad del frente sabían que esos mapas cuidadosamente trazados no eran más que un simulacro (…). El Führer se obstinaba en realizar sus propios análisis, arrastrado por la magia de los dibujos representados en los mapas…

“Inclinado sobre la mesa de los mapas, el Führer se perdía en conjeturas, desplazaba ejércitos y divisiones que no existían y daba unas órdenes inaplicables que cada vez éramos más incapaces de transmitir”, concluye. 

Un mal político es aquel que se deja llevar por la convicción, por la quimera, desatendiendo lo que le contraría. ¿Cómo es posible que generales bien informados dejaran hacer, dejaran pasar, a un mal estratega como Hitler? El mandatario erróneo o diabólico agranda los males del mundo, preferentemente esa parte del mundo que le es más cercana. Pésimo estratega, mal político. Insisto: ¿cómo es posible? El libro de Von Loringhoven no lo aclara.  

2. Atención. Presentación. Jueves, 25 de enero, a las 19 horas, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, se presenta Diario de un burgués. El acto contará con los editores, con uno de los autores (Justo Serna) y sobre todo y principalmente con la presencia de Antonio Muñoz Molina. No se lo pierdan.

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 3. Crónica, por Ana Serrano 

En la llamada Sala Nueva del Círculo de Bellas Artes de Madrid, se ha presentado hoy el hermosísimo libro de Justo Serna y Anaclet Pons, Diario de un Burgués. La Europa del siglo XIX vista por un valenciano distinguido

Edición cuidadosa y preciosa, tanto por la encuadernación en magnífica tapa dura y estupendo cosido, con tejuelo de tela y perfecto chiflado de guardas, como por el papel, por las cuidadas y magníficas ilustraciones y su impresión a doble columna, al tenerlo en la mano, casi podría decirse de él que es uno de esos llamados libro objeto, lo que se ha dado en llamar libro para regalo y regalo precioso, preciosísimo, a fé mía, pero no, no es sólo un libro de regalo, es un libro de consulta, erudito y magnífico, escrito por dos historiadores prestigiosos y serios, de criterios modernos y científicos que nos llevan de la mano, de modo ameno y singular, por la vida, las costumbres, los hechos y modos del siglo XIX, por medio de un diario que encontraron, de manera fortuita, de un burgués valenciano que, mejor que nada, les ha ayudado a colocarnos en ese tiempo. Hasta el lenguaje, naturalmente, nos ayuda a entender esa época de la que procedemos y de la que ya no queda nada, hasta habiendo hecho casi necesaria, para los más jóvenes, una guía de palabras en desuso a pie de página.

Ningún historiador, ningún escritor de la época, con una sola palabra, podría colocarnos del modo en que lo hace el burgués en su tiempo, porque ningún escritor profesional de la época hubiera utilizado una palabra, que sin ser vulgar, era, sobre todo de uso doméstico. Cito de memoria: “Fuimos al iluminador de fotografías…” y, de pronto, el recuerdo. Mi abuelo me contaba que iban a hacerse foto y, pocos días después, iban al “iluminador” para que colorease (iluminase) las mejores, para que viera su color y le dijeran el de las ropas. “Iluminador”. Un acierto rotundo basarse en el diario del burgués para escribir su libro de historia y de viajes.

Pero no quería yo hacer crítica del libro, que no es lo mío, quería contar que hace tiempo que entro en este blog de Justo Serna, por el que siento un gran afecto y profunda admiración  y que me avisó de este acto, al que he ido contenta.

En la Sala Nueva, unas veinte personas, han asistido entusiasmadas a las palabras del editor, de Antonio Muñoz Molina y de Justo Serna, en un acto sencillo y estupendo. He de advertir rápidamente, que en Madrid estábamos ésta tarde a 2º y con viento y, del mismo modo que, con varios bajo cero, cientos de personas son capaces de estar a la intemperie viendo correr a unos millonarios tras una pelota, para la presentación de un libro de historia y de autores valencianos, veinte son un tropel.

El editor, Juan Lagardera, nos ha dicho del porqué y del cómo de la colección, de la edición y del libro, con una modestia encomiable y colocándose en un segundo término muy poquito frecuente en editores. Ha presentado a Antonio Muñoz Molina como a un gigante de las letras y ese escritor, del que acaba de decirme un amigo, con un símil jocoso, que es la estrella de las letras españolas y que con Javier Marías forma el Dúo Dinámico de las mismas, en un tono pausado y agradable, sin leer más que una cita literal del libro (ninguno de los tres ha leído y eso se agradece muchísimo) y con la sencillez característica de los grandes, nos ha explicado que estábamos casi frente a una novela, pero que no, que al final, un hijo del burgués muere y “ya está”. Esto es una característica de un diario, de la historia. Ha muerto y no pasa nada más. No volvemos a saber nada de Paquito, porque el hombre no debió de llagar a nada en la vida. En una novela habríamos tenido toda la información, porque es tramposa y el autor crea la mentira.

Compara el libro con alguno de los maravilloso de viajes de Eça de Queirós y se ha congratulado de tener historiadores como Serna y Pons, recordando su época de estudiante de historia en que todo era “intragable” y se estudiaba terminología, lo que él compensaba leyendo a historiadores anglosajones. No había en la historia de su época personajes, sólo la figura del tirano porque se negaba la realidad del individuo. Después, dice, aparece algo que pretendía hacer de la historia algo próximo y que es igualmente tóxico: la novela histórica.

“El conocimiento de la realidad siempre es preferible al delirio” y ha afirmado que ese delirio y ese falseamiento de la Historia que todos los tiranos han practicado, dificulta muchísimo la labor del historiador riguroso y científico.

Ha terminado diciendo que el trabajo de este libro supone una labor ética encomiable y que continúa una larga tradición, la de escribir la historia con el máximo rigor y que es falso el dicho popular de que un libro de historia es bueno porque se lee como una novela. “Eso es una tontería. La realidad es que hay novelas tan buenas que se leen como si fueran un libro de historia”.

Como detalle curioso, ha dicho, en su tono mesurado y discretísim, que a él le dan miedo los daguerrotipos, con esa inquietante sensación de realidad que dan, de realidad imposible ya hoy.

Y ha tomado la palabra Justo Serna y lo ha hecho de modo realmente ameno y grato, con la desenvoltura que da estar acostumbrado a hablar de modo claro y ameno a un montón de discípulos que seguro que no es que les de miedo un daguerrotipo, por real e imposible, por veraz y distante, es que seguro que no tienen ni idea de qué es un daguerrotipo. Con voz firme y muy clara y expresión sonriente y amable, nos ha dado el porqué de éste libro, concebido para demostrar cómo en siglos anteriores, se podía viajar desde Valencia hacia el resto del mundo y de sus lecturas, para ello, de libros entendidos como de viajes, como La Muerte en Venecia, o las Cartas de viaje, de Freud, porque en ambos se siente identificado en la búsqueda de la belleza, del arte, de la luz del Sur… Un libro de viajes y un libro de burgués. Un burgués siempre era vilipendiado, nos ha dicho, por la izquierda, mientras, curiosamente, Marx y Engels los consideraban precursores de cambios y de avances.

El burgués invierte en su preparación, quiere mejorar y lograr algo que Serna nos ha explicado minucioso lo que era en el XIX, el confort. Va, sobre todo, a Londres y a París y “no se pierde nada”. Disfruta de todas las novedades: el ferrocarril, la iluminación por gas, el agua potable canalizada. También viaja por negocios. El burgués José Inocencio de Llano y White se formó viajando de 1842 a 1895 y haciendo lo que Eça de Queirós dice que ya nadie hace: dedicar mucho dinero y tiempo a cultivarse.

Ha hecho hincapié minucioso en que han procurado que la conjetura estuviera bien señalada en su intento de reconstruir un modo y un concepto de vida que desapareció por completo con la Primera Guerra Mundial y lo han hecho de modo asequible para todos. Afirma que los historiadores suelen escribir para sus iguales, aunque nadie los entienda y en tono encantadoramente próximo, nos ha contado que su padre, un lector exhaustivo e incansable, no leía sus libros, o los comenzaba y los dejaba, pero no les entendía, aunque le jaleaba. Este libro sí lo ha leído y ha sentido la felicidad de entenderlo. Para mi padre y para las personas como mi padre, he escrito mi parte de éste libro.

Realmente un acto estupendo presidido por el talento, por los ojos profundamente inteligentes y tristes de Antonio Muñoz Molina y los ojos profundamente inteligentes y alegres de Justo Serna.

Gracias.

P. S. Lo de las cañas no lo cuento. Haber ido.
4. Monigote, blanco y negro (26 de enero de 2007).

Dedicado a Ana Serrano y a Miguel Veyrat…

Quisiera agradecer a Ana Serrano su magnífica y generosa crónica del acto, sus amables calificaciones… Quisiera agradecer a Miguel Veyrat su cariñosa anotación, su presencia estimulante en el acto de ayer en Madrid. Cómo es posible que yo haya tardado cuarenta y tantos años en conocer a esta persona que idolatré cuando era corresponsal de TVE en París. La tarde de ayer era imposible, pero la presencia de ambos (y de otros amigos) caldeó el acto. Hoy, cuando regresaba de Madrid en el Alaris, he visto nieve, mucha nieve. Como obsequio a ambos y como presente a los amables lectores de esta bitácora les regaló con el muñeco de Monigote: un monstruito de nieve hecho por el siempre comedido Víctor Serna. Ustedes se lo merecen. Lo pueden encontrar aquí abajo.monigotenieve.jpg 

 

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