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0. La rebelión plebeya

 No quería volver a tratar este asunto, pero como para algunos analistas estamos en una situación de emergencia la responsabilidad obliga. Las audiencias se disparan como nunca y eso provoca un desconcierto creciente, mayúsculo, entre las elites culturales. Con su falso tupé, Rodolfo Chikilicuatre nos empitona a todos. Es un fenómeno -porque Rodolfo… es un fenómeno-, algo que a todos desconcierta: a los listos y a los tontos, a los cultos y a los ignaros, a los severos y a los caraduras, que no sé si son los mismos. Incluso quienes estamos dispuestos a no culparnos –quienes estamos preparados para divertirnos con la bulla, asumiendo lo kitsch y aceptando el triunfo inevitable del frikismo–, un caso como éste nos pone en un brete. En efecto, Rodolfo and Friends son un aprieto para todos nosotros. Nos obligan a preguntarnos muchas cosas. Piensen: más allá del producto, la circunstancia seguirá. ¿Y cuál es la circunstancia? El Terrat, la productora que inventó a Rodolfo, se ha propuesto disolver la severidad impostada, ha decidido convertir en rentable el choteo universal.

Saben hacer caja promocionando a todos los monstruos, siempre una figura reconocible. ¿Recuerdan al Neng, inspirado en un bakala? ¿Recuerdan a Narcís Reyerta, un Risto Mejide avant la lettre? La verdad es que Buenafuente and Friends dan vértigo. La evaluación de lo aceptable y de lo inaceptable, de lo bello o lo monstruoso, se quiebra si lo kitsch es consciente y sarcástico. Los de El Terrat parecen un grupo de universitarios gamberros de Colegio Mayor, gentes dispuestas a reventar esa severidad del preceptor, del profe, del tutor. Temibles… Es fácil olvidarse de ellos, descartarlos como los que son: unos bromistas pendencieros. Lo difícil es sobrevivir a una guasa que se impone y se universaliza. Como Chiquito de la Calzada, tan amado por Buenafuente y por un público basto, vasto e interclasista. Hay hallazgos verbales en Chiquito, agudos que perforan el tímpano de sus espectadores, deslizamientos corporales propios de un maiquelyacson.

 Llevamos un siglo perorando sobre la comunicación de masas, sobre el descrédito del elitismo cultural. Llevamos varias décadas interrogándonos sobre el Festival San Remo su arte canoro; sobre el de Eurovisión y su decadencia; sobre Abba y sus arreglos; sobre Julio Iglesias y el embeleso de su voz, y resulta que es ahora cuando la rebelión plebeya y el mal gusto explícito triunfan sin embozo; es ahora cuando se abre una hendidura difícil de sellar. ¿Por qué razón? Porque la exaltación de lo kitsch –que Buenafuente and Friends perpetran– se hace con mañas deliberadas; porque ese mal gusto no es inocente y sus factores, quienes lo elaboran, se sirven de sobreentendidos inteligentes, de guiños muy rentables.

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1. El crusaíto
¿Qué va a quedar del Chiki Chiki? Si las cosas van bien, esta notable pieza musical será un éxito en las verbenas del próximo verano. Ya me imagino mis odiadas fiestas populares con remedos de Rodolfo, Rodolfo multiplicándose: veo orquestas con nombre evocador y antiguo (Ritmo y melodía, Apaches) interpretando el sonsonete universal mientras sus respectivos vocalistas -tocados con tupé- organizan el contoneo colectivo. Ay, qué dolor, qué pena.

El lunes 27 de mayo, un periódico tan circunspecto como El Mundoel diario de la mosca– dedicaba un editorial al Chiki Chiki. Y lo hacía doliéndose también: al editorialista le duele esta España y así lo manifestaba con desgarro, con sentimiento, con escándalo. ¿A quién hay que atribuir este ridículo continental?, se preguntaba. ¿Quién es el responsable de este desaguisado?, insistía. Una sencilla manera de responder a esta cuestión: culpar de todo a Televisión Española y a las instituciones oficiales; decir que esto es un esperpento subvencionado. Días atrás, El País –si, sí, El País de… las Tentaciones– dedicaba dos extensísimas páginas a ello precisamente: a la exaltación y a la subvención del frikismo. Por otro lado, su suplemento juvenil –ese Tentaciones, ahora EP3– se ocupaba de Sébastien Tellier con la excusa de su sofisticación: justamente como el hombre que dignifica Eurovisión. Admito que me sorprende muy agradablemente el cantante francés: con mucho, el más insólito de la noche festivalera. Pero esa  transgresión se apropia de valores y de recursos igualmente frikis. Pero dejemos a los jóvenes formales de Tentaciones. Otros periódicos, igualmente severísimos, también han acabado por lamentar el horror estético que encarnaría el payaso fabricado por El Terrat, ese monstruo del crusaíto. La cuestión no es baladí. ¿De verdad, de verdad, que hemos debido esperar a 2008 para preguntarnos sobre el kitsch, sobre la participación de Televisión Española en la cultura hortera de las últimas décadas?

No nos engañemos y no nos ensañemos. ¿Es que acaso la cultura popular del tardofranquismo puede pensarse sin la canción del verano, aquel vulgarísimo certamen que se disputaban Los Diablos, Fórmula V o Tony Ronald? Yo los seguía con fidelidad adolescente, sintiéndome culpable: una culpa solitaria sólo compensada con mi afición simultánea a Lou Reed o David Bowie. ¿O quizá estos cantantes del rock o del glam, del gay power, eran figuras egregias e indiscutibles de la música ligera. Por otra parte, la poesía del pop y del rock: es, con frecuencia, síntoma de deseos toscamente expresados y de desechos menores, sin atisbo de grandeza; es, comúnmente, señal de frustraciones nada trágicas, de aspiraciones incluso colectivas y poco inspiradas; cuando eso ocurre, también es indicio de una empeñosa escritura, virtud demasiado tosca. Pero insistamos ahora en el pasado hortera de TVE. 

 ¿Es que acaso la cultura audiovisual de la transición puede concebirse sin Aplauso (1978-1983), dirigido por José Luis Uribarri? Aquel programa producido por Televisión Española, bien popular a comienzos de los ochenta, tenía un microespacio que se titulaba La juventud baila y del que era responsable José Luis Fradejas: convertían el plató en una provisional sala de baile, simulando una discoteca febril, precisamente: era la de la época de John Travolta, de los Bee Gees, de Grease, de Olivia Newton-John. Allí, en estudio televisivo, numerosos muchachos se esforzaban y se empeñaban demostrando sus habilidades coreográficas: un antecedente, vaya, de los Operación Triunfo, ¡Mira quién baila!, Fama, Tú sí que vales, etcétera. ¿Cuál es la diferencia con Rodolfo? Pues que la celebración de lo cutre que Chikilicuatre ahora emprende es deliberada, sacando el estereotipo a pasear, a bailar, a perrear, parodiándolo con sarcasmo y ternura, con la consciencia de que dinamitamos con guasa impenitente la idea loca de un certamen canoro: eslavo, báltico, mediterráneo, británico, centroeuropeo o de Uribarri. Sólo encuentro un precedente más o menos equiparable: el programa de Chicho Ibáñez Serrador que Televisión Española emitió años atrás, El Semáforo. De todos los virtuosos que allí accedieron para cantar provocando espanto hay uno al que se le recuerda con estupor y cariño: Cañita Brava, se llamaba aquel políglota cantante cuyas piezas aún suenan (¡un saludo!). En un viaje reciente lo vi paseando por la capital coruñesa, con determinación y tímido desparpajo: era una leyenda local, alguien que tenía repertorio, que había hecho galas y bolos y que, para colmo, había participado en Torrente.

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2. El plebeyismo

Hay una conexión estética, sin duda, entre El semáforo… El Terrat o Amiguetes Entertainment, la productora de Santiago Segura. Es más: se dice que el autor de la letra del Chiki Chiki es el director y protagonista de Torrente. Más allá de colaboraciones esporádicas o vinculaciones efectivas (entre Buenafuente y Segura, o entre Rodolfo y Santiago), lo cierto es que todo ese feísmo explícito y esa guasa consciente forman parte del plebeyismo. ¿Una patología? ¿Una novedad? Ya Ortega y Gasset se lamentaba de esta afección en un ensayo de… 1917. ¿Su título? Democracia morbosa.

Estamos a comienzos del siglo XX y las masas parecen imponer su dominio sobre la cultura, sobre la política, sobre la sociedad. Hay indicios que el aristocratismo de Ortega le permite percibir. La descortesía o el dicterio, el grito y el estrépito ganan: como ganan lo bajo y lo ruin, añade. La democracia entendida estricta y exclusivamente como norma del derecho político parece una cosa óptima, precisa Ortega. Pero la democracia como igualitarismo exasperado de la plebe es el triunfo del mínimo común denominador. La ley del número no tiene por qué aplicarse a dominios en los que no juzgan ni pueden juzgar las mayorías. Nació la democracia, añade Ortega, como el noble propósito de salvar a la plebe de su condición: nace para romper la desigualdad jurídica, para elevar al pueblo, para proporcionarle las posibilidades –culturales, entre otras– que la fatalidad histórica no ha concedido. Pero lo que está ocurriendo es que el demócrata ha acabado por simpatizar con la plebe en cuanto plebe: se generalizan sus costumbres, sus hábitos, sus enfoques. ¿Y? Pues, según Ortega, parece toda una venganza de los bajos contra los antiguos privilegiados, parece la consumación del resentimiento que dictaminara Friedrich Nietzsche: se abandona toda excelencia y se impone lo ordinario, de modo que –como una zorra perezosa– el hombre vulgar prefiere lo agraz, las uvas amargas; prefiere abandonarse sin exigirse a sí mismo.

Pero no se piense que lo ordinario es sólo característico de la plebe: la vulgaridad se ha impuesto entre escritores o políticos mediocres, entre gentes cultivadas, entre gentes con posibilidades, que deberían exigirse algo más. No lo hacen y desdeñan cuanto les desmiente y cuanto les contraría: y todo envenena su interior. Es inútil, insiste Ortega, que consigan desempeñar algún papel vistoso en la sociedad. “El aparente  triunfo social envenena más su interior, revelándoles el desequilibrio inestable de su vida, a toda hora amenazada de un justiciero derrumbamiento. Aparecen ante sus propios ojos como falsificadores de sí mismos, como monederos falsos de trágica especie, donde la moneda defraudada es la persona defraudadora”. ¿Y en qué oficios o tareas se manifiesta más evidentemente?, se pregunta. Ese estado del espíritu se hace presente sobre todo en “aquellos oficios donde la ficción de las cualidades ausentes es menos posible”. ¿Hay algo más triste que un escritor, un profesor o un político carentes de talento, sin capacidad sensitiva, sin finura expresiva, doblegados por el fracaso íntimo que les duele? Periodistas, profesores y políticos sin talento son, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, dice Ortega. Literalmente, “la purulenta secreción de esas almas rencorosas”.

Si regresamos a 2008, ¿a quiénes podríamos aplicar esos diagnósticos ciertamente apocalípticos? Podría parecer que hablamos de los payasos que hacen reír a las masas en la televisión. En ese caso concluiríamos que son avispados cómicos quienes rebajan el nivel de la plebe: aquellos que serían responsables de la confusión, del desorden. No niego que en ciertas ocasiones algunos de ellos se entreguen a lo fácil, incluso a la procacidad más palmaria; pero en otras ocasiones su humor es un corrosivo de la impostura, un disolvente de la falsa gravedad, de la tiranía del pijo. En ese sentido son biehechores y su labor es benemérira: son cómicos, los de una tradición dignísima de la cultura popular, de aquella que viene del carnaval, de la inversión del mundo, de la critica soez. Hay, sin embargo, otros payasos que pertenecen por derecho propio a la cultura de masas más degradada: a aquella en la que triunfa el charlatán cuyo fin es enredar, ese charlatán sibilino, que opera con cinismo, que se instala en un cinismo encubierto atreviéndose a juzgar desde allí.

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 3. La educación

En realidad, las procacidades o las gansadas no son gran cosa ni producen graves consecuencias si aprendemos a ver, si aprendemos a leer, si sabemos discernir, si asistimos con ironía y y distancia a lo soez o lo chocarrero: al espectáculo del horror estético, por ejemplo. Buenafuente  es un payaso, ya digo, un payaso plebeyo cuyas bromas son perfectamente digeribles si tenemos estómago para asimilarlas. Desde luego no hay que hacer un curso especial: solamente tener una cultura aceptable, tener inquietudes, tener un puntico de ironía. Es lo que procuramos en casa. Allí, por ejemplo, algunos de los lectores que nos reunimos hemos disfrutado con el último volumen de Buenafuente. Entre nosotros es tradición adquirir los libros del showman. Tenemos ya una Biblioteca Buenafuente. La nueva obra se titula Digo yo y recoge los monólogos de La Sexta. Mi hija, de once años, ha disfrutado con algunos de sus sermones más entretenidos. ¿Le han hecho daño? ¿Le han sentado mal?

Creo que, a poco que les ayudemos, los niños saben distinguir muy pronto cuándo se les toma el pelo, cuándo se les trata con cinismo, cuándo se les toma en serio. El volumen de Buenafuente es no engaña: aparece como autor el cómico catalán y detrás de él aparecen también Jordi Évole, Joan Grau, Xavi Roca y Berto Romero, entre otros: así hasta un docena de firmantes. Exactamente lo contrario de lo que ocurre con el autor más prolífico de la España reciente: César Vidal. ¿Cuántas obras suyas aparecen al mes? Pestañeas y seguro que te pierdes uno de sus libros: firmado por él, sin duda. ¿Escrito por él? Suponemos que, al menos, leído por él…

Buenafuente, en cambio, suele hacernos una entrega anual y, encima,  los guionistas también firman. El Terrat  nos saca los cuartos, pero aún no les he visto un producto totalmente insolvente o completamente cínico.  Digo yo está bien escrito (para lo que es el nivel del periodismo  actual), tan bien escrito que es muy recomendable como lectura infantil. No es broma: yo no pasaría cualquier cosa a mis hijos. No puedo consentirme ese cinismo. Procuro recomedarles páginas que les eleven el espíritu, y los monólogos de Digo yo son instrucción moral y guasa, todo ello expresado con prosa resuelta y correctísima. No es necesario estar siempre de acuerdo con Buenafuente and Friends. No es preciso reírse de todas sus gansadas, pero, ah amigos, los gamberros de El Terrat son inteligencia explosiva.

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Nuevo post, vienes 29 de mayo a las 12 horas

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Variedades

-A. El intelectual de guardia. Escribe Àngel Duarte sobre José María Lassalle. Escribe con tino y sutileza, pero creo que falta algo en su dictamen. Lassalle es un intelectual que, frente a otros, no pierde fuelle teórico o analítico por el hecho de ser asesor áulico. Se le nota, quizá, la ambición, pero eso, en política, no es malo. Sólo es erróneo calcular malamente las consecuencias imprevistas de la acción. Y creo que Lassalle, experto conocedor de la tradición liberal, no siempre ha calculado los efectos inintencionales de lo que hace o de lo que escribe. Por ejemplo, meses atrás me decepcionaba una y otra vez cuando se ponía el disfraz de diputado pendenciero, algo que sucedía con alguna frecuencia en la pasada legislatura, la legislatura de la bronca: perdía su brillo, su lozanía reflexiva, para convertirse en ariete de un partido confuso, el suyo. En cambio, cuando escribe sobre el liberalismo o sobre Isaiah Berlin (en Abc recuerdo alguno), generalmente acierta. Se lo dije al propio Lassalle en un correo privado y él tuvo la generosidad de remitirme un artículo más extenso sobre el mismo tema titulado “Hamlet en Oxford”, publicado en la revista de la FAES. En FAES, precisamente: ése es el fardo que acarrean los moderados del PP. O, en otros términos, el problema de Lassalle es el problema de Rajoy: han creído que lo liberal, lo sensato o lo moderado pueden finalmente salir adelante en un medio hostil, guerrero, al que ellos no le hicieron ascos en su momento. Han creído que ciertos apoyos y ciertas colusiones eran beneficiosas (sin efectos secundarios). Ahora estamos viendo que no es así. Habrá que volver sobre Lassalle. Hace años, nos rendimos homenajes mutuos a pesar de no ser de la misma cuerda: Anaclet Pons y yo escribimos una reseña de su espléndida tesis doctoral (dedicada a John Locke) y él –en contraprestación y agradecimiento–nos hizo otra de Cómo se escribe la microhistoria. Todo en Ojos de Papel. Ahora, Àngel Duarte nos hace regresar… Qué vueltas da la vida

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-B. Gramsci y Espada.Tengo prisa. No en el blog. En la vida. Sé que a veces no se me entiende con facilidad. Lo sé. Pero es que tengo prisa. No puedo perder el tiempo con nexos y pedagogías. Léautaud: lo que me importa es que concuerden las ideas y no las frases”, nos decía el periodista en Ojos de Papel. No y no. Han de concordar las ideas y también las frases.

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-C. El cuento de Federico. Aquí.

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