0. Léxico familiar (16 de junio de 2008)

Durante las últimas semanas, lo que he vivido, lo que he sentido y lo que he leído me hacían evocar Padres e hijos, la novela de Iván Turguéniev. No creo ser nada original, pero el asunto está en que me he visto con casos propios o ajenos que me remitían a las relaciones familiares que él tan bien describe en sus páginas. Me he recordado leyendo el relato de Turguéniev: y, en efecto, he recordado vagamente cómo trataba el novelista esas relaciones afectivas que son, claro, la base de nuestra madurez o inmadurez, el momento en que siendo niños definimos el mundo, la etapa en que nos distanciamos de los viejos para oponernos con orgullo legítimo. Hijos que forjan sus ideales contra el padre o contra lo que creen que es el padre; muchachos que se definen sacudiéndose la férula del progenitor bajo que la que aún estaban. Yo leí la novela de Turguéniev hace años, durante unos días de verano: en Requena, en casa de mis padres, el lugar en que, precisamente, pasan las vacaciones. Meses después escribí un artículo en el que indirectamente reproducía el efecto que aquella lectura me había provocado. No puedo ahora repetir mis subrayados o anotaciones pertinentes –que seguramente hice en los márgenes– porque no puedo acceder a dicho ejemplar, que sigue estando allí…

Pero no sé por qué cuando pienso en Padres e hijos inmediatamente me viene a la cabeza Léxico familiar, de Natalia Ginzburg. Hay una parte de nuestras vidas que consumimos reafirmándonos contra el tronco precisamente familiar, hijos contra padres, hijos que se aúpan contra la evidencia de las cosas recibidas, del mundo heredado. Tenemos derecho a oponernos a ese mundo heredado, rehaciéndonos en la individualidad, inventando unos referentes que serán propios. Hacemos eso  y luego resulta, como dice Natalia Ginzburg, que hay un lenguaje del que no podemos desprendernos, un lenguaje al que se asocian imágenes que se verbalizaron y que ahora regresan, estemos donde estemos. “Cuando nos vemos, podemos estar indiferentes o distraídos el uno con el otro, pero basta que uno de nosotros diga una palabra, una frase, una de aquellas antiguas frases que hemos oído y repetido infinidad de veces en nuestra infancia”, añade, “para volver a recuperar de pronto nuestra antigua relación y nuestra infancia y juventud”. Para bien y para mal. Cada uno de nosotros puede aspirar a ser distinto, a alejarse de ese léxico familiar que hemos aprendido en innumerables conversaciones y momentos, y justo en un instante un hecho singular y probablemente banal nos hace remontarnos a pasados que creíamos desaparecidos y que juzgábamos superados.

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1. ¿Matar al padre? (16 de junio de 2008)

“Antonio Muñoz Molina ha tenido a bien hacernos saber que todavía anda matando al padre. Lo ha hecho desde las páginas de ese suplemento cultural que un día lo fue, también, de libros”, dice Àngel Duarte en su blog. Comenta un artículo de Antonio Muñoz Molina titulado “Arte de matar“.  “Como todo buen español de ideas avanzadas ha arremetido contra los toros”, insiste Duarte. “Costumbre bárbara a la que su padre acudía porque no tenía otra cosa que hacer en su escaso tiempo de ocio. Afición que él, afortunadamente, nunca había hecho propia y que el tiempo, y se supone que la democracia, habían conseguido arrinconar. Pero el pasado no cesa”. Las palabras de Duarte son irónicas, incluso sarcásticas, y le sirven al blogger-historiador para criticar al literato, acusándole de ignorante, ese literato que nos amonestaría semanalmente sobre temas que domina o que ignora.

Creo que Àngel Duarte es extraordinaria e innecesariamente severo con Antonio Muñoz Molina.  La andanada a la que lo somete no es por lo que el novelista revela de su padre, sino por la taurofobia que el escritor expresa, una crítica o una denuncia que se toleran a duras penas entre la gente fina de la cultura actual. Claro que Muñoz Molina anda todavía matando al padre: como tantos y tantos de su edad que aún vivimos nuestra relación con ternura, con cariño, pero también con una distancia irónica que ya no nos hace daño. Sólo ahora  podemos hablar con el padre, un señor mayor que ya no puede frustrase más si coteja lo que somos con lo que íbamos a ser, con esa proyección que en nosotros volcó cuando niños. Pero también a la inversa: ese anciano ya no puede decepcionarnos más si lo comparamos con el ideal de padre que, como un objeto interno, aún tenemos alojado. Podemos conversar con el viejo valiéndonos de la suficiente ternura irónica, aceptando su decrepitud, sus cosas y nuestra vida. Nuestra vida, ¿aún potente? Tampoco es nada del otro mundo. Muñoz Molina no puede hablar con su progenitor porque falleció hace unos años: el impacto emocional, las palabras que pudo decirle o no y la muerte misma están admirablemente recreadas en El viento de la Luna, una novela en la que el autor regresa a la adolescencia desde un presente en el que el padre ya no está.

Pude escribir sobre ella y sobre otros libros suyos en mi ensayo Pasados ejemplares. En una parte significativa de sus narraciones, son historias transfiguradas de esa relación paterno-filial. ¿Le sirven El viento… o el artículo “Arte de matar” para demorar ese pasado contra el que se ha afirmado, para realimentar una literatura que no encuentra nuevas fuentes de inspiración? Cosas así he leído y oído. En todo caso, el tema que puede ser objeto de recreación literaria no es necesariamente aceptable porque sea nuevo, sino por su tratamiento. Pero el padre en Muñoz Molina era un precipitante, una percha en la que colgar el asunto principal: los toros. Lo siento, pero la Fiesta me produce un enorme desinterés, seguramente semejante al que le provocan los toros a tantos hijos actuales. No lo digo porque me considere joven o porque mi desinterés tenga por motivo el mismo repudio: probablemente en los muchachos de hoy, la lidia del toro bravo es un espectáculo sangriento de una España castiza que está desapareciendo… En mí, ese casticismo es una herencia del abuelo, algo que para él era evidente: un arte, un coraje, un momento especial (ya no habrá nadie como Manolete). Para mí, sin embargo, es gore esteticista, un ensañamiento adornado. Siendo joven viví en algún pueblo en el que hacían vaquillas, en el que también se soltaban toros “embolaos”, esos morlacos incendiados. Qué tradición… Lo siento, pero cuando acudí a ver una corrida no vi arte muy superior.

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2. El filósofo sin padre (16 de junio de 2008)

Es curioso hasta qué punto puede influir en un filósofo el hecho de haber tenido un padre policía al que prácticamente no conoció. Ése es el caso de Gianni Vattimo, el célebre autor del pensamiento débil. He leído con interés y un punto de decepción No ser Dios. Una autobiografía a cuatro manos: dos manos del filósofo y dos manos de su escriba, Piergiorgio Paterlini. ¿Y por qué decepción? Pues porque hay algo de perezoso en la reconstrucción personal que aquí se recoge. Teniendo en cuenta el outing corajudo de Vattimo -pronto, en 1976, y a lo grande: en unas listas electorales como candidato homosexual, “un maricón, del norte, un filósofo”-, frustran unas páginas tan poco empeñosas, tan breves. ¿Cómo puede profesar el maoísmo a partir de 1968 sin precisar ahora si dura su adhesión y por qué? Parece un texto concebido como mera justificación, como reproche contra tantos y tantos que no lo estimarían como el filósofo se merece o cree merecer. Habla de la posmodernidad, de Nietzsche, de Heidegger, de Gadamer, de Pareyson. Habla de sí mismo, de su condición, de su origen. Habla de su cristianismo cada vez más tibio, más templado, más liviano o débil (“muchos me acusan de haberme diseñado un cristianismo a mi gusto. ¿Y…? ¿Tendría que vivir según una religión que me disgusta?”). Habla de Richard Rorty, con quien escribió un libro incluso. Pero sobre todo habla de su padre…, en pocas páginas.

“A mi padre prácticamente no lo conocí, murió cuando yo tenía dieciséis meses”. Vattimo vivirá su infancia y primera juventud rodeado de mujeres. Como filósofo convertirá la falta del padre en una quiebra definitiva de la metafísica. Dios no existe, el padre no está. Eso “significa que no existe fundamento último”. Somos seres arrojados al mundo, en términos de Heidegger: no hay una concepción objetiva estable por la que sentir nostalgia; no hay un Ser al que regresar, situado más allá de lo contingente. Cristo es así, para Vattimo, un hombre literal que rehace por sí solo su condición perdida y última. ¿Padre, por qué me has abandonado?, dice Jesús. “Mi padre, Rafael, nació en 1885″, indica Vattimo. “Era un campesino calabrés emigrado al Norte y había llegado a Turín en torno a 1910″, precisa. “Era policía”, admite con orgullo herido. “Mis orígenes son éstos. Las raíces en el Sur, un padre inmigrado, una pobreza digna. Yo, un niño medio huérfano”. De ese abandono viene su dolor incurable, su rencor contra los cultos laicos y ricos de Turín o de Roma. “Consiguen –lo admito– hacerme sentir siempre un poco fuera de lugar. No hay nada que hacer. Me siento y me sentiré siempre un parvenu“, insiste. “Es una reserva de clase, yo soy un proletario, hay poco que rascar. Luego también seré un intelectual, pero ante todo procedo de los bajos fondos; no soy de buena familia. Provengo de la nada y, por si fuera poco, soy un miserable  ex católico”. Por si no lo sabíamos, apostilla: “mi padre era calabrés. Y policía”.

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3. “Ese señor que era mi papá” (17 de junio de 2008)

No haber tenido cerca al padre no es necesariamente un problema. La orfandad no es, fatalmente, un grave quebranto, como tampoco lo es por fuerza la familia monoparental. Hay jóvenes que han crecido sin el padre o muchachos que lo han perdido tempranamente (siempre es tempranamente) y han sabido componérselas o reponerse. Han rehecho su vida asumiendo la orfandad, haciendo el duelo. El problema se da cuando el padre real existe pero se le toma como un tipo fraudulento: cuando se fantasea con el padre biológico como un impostor. Es entonces cuando se piensa: llegará un día en que mi progenitor auténtico regrese… A esta patología (bastante corriente, por otra parte, Freud la llamaba “novela familiar del neurótico”). El problema se da también cuando la figura del padre, olvidada o sepultada, reaparece real o fantasiosamente. Ésos son los casos, por ejemplo, de Mario Vargas Llosa o de Barack Obama.

Aún recuerdo el primer capítulo de El pez en el agua, las memorias de Vargas Llosa que leí en 1993. Me dejó muy impresionado dicho apartado. ¿Su título? “Ese señor que era mi papá”. Esas páginas son una recreación personal del complejo de Edipo…, pero con un retraso de diez años. Ni más ni menos. Marito había crecido creyendo haber perdido al padre. Así se lo habían dicho en la familia. De repente, a la edad de diez años, justo cuando descubre lo que significa cachar, cuando descubre que sus padres también habían cachado, regresa un señor que dice ser su papá. “La revelación fue traumática”, admite, “al imaginar a esos hombres animalizados, con los falos tiesos, montados sobre esas pobres mujeres que debían sufrir sus embestidas. Que mi madre hubiera podido pasar por trance semejante para que yo viniera al mundo me llenaba de asco, y me hacía sentir que, saberlo, me había ensuciado y ensuciado también  mi relación  con mi madre y ensuciado de algún modo la vida”. Tuvo que pasar mucho tiempo, añade Vargas Llosa, “antes de que me resignara a aceptar que la vida era así, que hombres y mujeres hacían esas porquerías resumidas en el verbo cachar y que no había otra manera de que continuara la especie humana y de que hubiera podido nacer yo mismo”.

Cómo decir: que un padre desaparecido –al que se ha idealizado, al que se ha mejorado, con el que se ha fantaseado– regrese para hacerse cargo de la realidad, para reapropiarse de la madre, debe de ser insoportable…. Insoportable: especialmente para un niño de diez años que, años después, aún recuerda la tensión, el odio, la pesadilla. O más exactamente: “la crueldad, el miedo, el rencor, dimensión tortuosa y violenta que está siempre”. Las páginas que Vargas Llosa le dedicaba a su padre en 1993 aún transpiran esos sentimientos. “Se inclinó, me abrazó y me besó. Yo estaba desconcertado y no sabía qué hacer. Tenía una sonrisa falsa, congelada en la cara. Mi desconcierto se debía a lo distinto que era este papá de carne y hueso, con canas en las sienes y el cabello tan ralo, del apuesto joven uniformado de marino del retrato que adornaba mi velador. Tenía como el sentimiento de una estafa: este papá no se parecía al que yo creía muerto”. Ese sentimiento es exactamente el que describe Freud en su ensayo dedicado a la novela familiar del neurótico: es una impresión fuera de contexto, igualmente retrospectiva, pero aún más fraudulenta.

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4. “Mi padre era un príncipe” (17 de junio de 2008)

Leo en El País del domingo 15 de junio de 2008 que próximamente aparecerá Los sueños de mi padre, el primer libro de Barack Obama . Ya vimos la importancia que las memorias escritas han tenido en la carrera política del candidato presidencial. No es sorprendente que una historia de desamparo, de abandono paterno en este caso, se repita y que ese hecho desgraciado sirva otra vez para echar cuentas con el progenitor…, también a los diez años. Desde luego es puro azar que Vargas Llosa y Obama  descubran a sus respectivos padres a esa edad. Lo que en el escritor es un rencor inextinguible, en el senador es idealización absoluta que oculta una herida. No quiero, no puedo y no sé psicoanalizar, y menos a distancia y con cuatro datos, pero admitirán que ambos casos se prestan a examen. Ante unos niños de su misma edad, el joven Barack Obama cuenta quién es su padre, el descendiente de un jefe tribal de Kenia.

“Mi abuelo, ¿sabéis?, es un jefe. Una especie de rey de la tribu, ¿no?… como los indios. Y eso hace que mi padre sea un príncipe. Él subirá al poder cuando muera mi abuelo”, escribe Obama recordando aquella escena infantil. “¿Y qué pasará después?”, le pregunta uno de sus amigos. “¿Volverás allí y serás un príncipe?” El joven Obama, según escribirá después, recrea en ese momento y agiganta sus posibilidades, no descartando el regreso. De repente descubre que los otros niños se le acercan: “una parte de mí empezaba a creerse realmente la historia. Pero la otra parte sabía que lo que les estaba contando era una mentira, algo que había construido a partir de retazos de información”. En ese momento. Obama daba forma al padre –realzaba un objeto interno– sin tener que vérselas con alguien inevitablemente decepcionante, ese ser que estaba a punto de regresar, ese señor que pronto iba a conocer. Lo conoce y, aunque hay mucho que contar, la verdad es que el joven Obama queda paralizado por una especie de silencio, de estupor, quizá de reproche: también de intimidación real.

Pero ese padre se acercará un día a la escuela del muchacho. “El padre de Barry Obama”, dice la profesora, “está aquí, y ha venido desde Kenia, en África, para hablarnos de su país”. Se dirigirá a todos los colegiales reafirmando su condición, repudiando la esclavitud, el colonialismo, celebrando la libertad. “Todos mis compañeros aplaudieron de corazón” y hasta los más reacios pudieron confirmar que el padre de Obama no tenía nada que ver con los episodios de canibalismo que habían imaginado en un país tan remoto.  “Dos semanas más tarde, se había ido”, concluye el senador.

No hay más. El periódico no reproduce más y, por tanto, quienes no hemos leído el libro en versión original hemos de aguardar. Queda, sin embargo, una impresión de ese pasaje, la de que Obama sabe sacar provecho de un rencor sutil, la de que sabe desempeñar su cometido: destrona a su padre íntima y públicamente afectando sinceridad y luciendo cicatrices filiales. Ahora bien, quien escribe no parece un hijo que odie incurablemente. Hay en la escena escolar una reparación que Obama agradece. El padre desempeña a su vez otro papel, de gran lucimiento, muy favorecedor para ambos: el del africano que tiene un sueño de libertad.

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5. Colofón (18 de junio de 2008)

¿Colofón? Conclusión, al menos, no hay. La historia de los padres y de los hijos, de lo que nos debemos o nos reprochamos mutuamente, es inagotable: seguimos en ello. He recuperado una versión reciente de la novela de Turguéniev. No es el ejemplar que está en casa de mi padre. Es otro distinto, otra edición que, por desidia, ignoraba tener. En mi casa me han recordado que este volumen existía. Por respeto a todos ustedes y por cumplir con el asunto que me inspiraba he regresado a dicha novela. ¿Regresado? Las traducciones no coinciden y, salvo pasajes muy conocidos que evoco inmediatamente, el resto me parece casi nuevo. Hay momentos decisivos en la narración que me hacen disfrutar otra vez de un gran relato del Ochocientos. ¿Y quién dijo aquí que ya no leía novelas? Juan Planas. Le pido que regrese a este género. 

Me conmueven tantas cosas de esas páginas de Turguéniev. Tantas… Pero hay algo irrepetible: la rebeldía de los hijos frente a los padres, una rebeldía aturdida, incluso vesánica, una oposición a todo. Los muchachos, recién licenciados, con la graduación bajo el brazo, proclaman el nihilismo –¿recuerdan?–, manifestándose con insolencia, con suficiencia, con altanería, con petulancia. Así lo denuncia uno de los adultos que observa con estupor el repudio de los jóvenes. Desde luego, la novela es, entre otras muchas cosas, una exposición del conflicto ruso (eslavismo-europeísmo). Pero la narración es para mí algo más perdurable. Releída ahora, la novela es un examen sutil del choque moderno que enfrenta a jóvenes y padres, el mismo choque y expresado prácticamente con las mismas palabras que un siglo después.

“Antes, los jóvenes tenían que estudiar, no querían pasar por ignorantes y estudiaban aunque fuera en contra de su voluntad”, se lamenta uno de los personajes más ancianos. “Ahora pueden decir: ¡todo en el mundo es un absurdo!, y asunto concluido”, apostilla. Deplora el orgullo casi satánico de los muchachos, la burla destructora y anticivilizada. Eso dice. Los hijos se separan, en efecto. Se alejan, destronan a los padres, les reprochan todo y proceden a vivir a su modo, de otro modo. Creo entender lo que Arkadi, uno de esos jóvenes, dice y emprende: me suena esa música, me suenan esas palabras. Es más, creo haber pronunciado cosas semejantes cuando siendo joven manifestaba con rabia mi oposición al mundo de los adultos. Sin éxito, claro. El padre de Arkadi se llama Nikolái Pietróvich Kirsánov. Puede parecer un tipo rezagado, pero apenas sobrepasa los cuarenta años. Qué raro es todo. Por edad, yo podría ser el hermano mayor de Nikolái. En fin. Espero que todo esto acabe bien. ¿Pero qué es eso? ¿Qué significa “acabar bien” cuando hablamos de padres e hijos? 

Ilustración: Fotografía de cubierta de Padres e hijos (Ediciones El Cobre), titulada El marido de la fotógrafa y su hijo, de Eveleen Myers.

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Variedades

Toros, taurófilos y antitaurinos. No tengo nada contra los toros, lo siento; ni a favor, tampoco. Me hago taurófilo en cuanto oigo a los fanáticos de ERC ponerse en contra; y antitaurófilo cuando escucho las demagógicas explicaciones de Sánchez Geta Dragó. En toda mi vida, sólo he estado en una ocasión en la plaza, y se remonta a la noche de los tiempos, tanto que ni siquiera recuerdo a uno solo de los toreros. Más allá de la niñez, tampoco recuerdo haber visto una corrida en televisión. Pero no es esto, desde luego, lo que hoy quería contar, sino lo mucho que me llama la atención el despliegue que últimamente dedica el diario El País a la fiesta, la entronización -incluso ¿intelectual?- que ha hecho del torero José Tomás”. Leer más

Papa, jo vull ser torero. “Papa jo vull ser torero / papa jo vull matar toros / papa jo vull saltar ruedos / ai papa jo vull ser torero / i el pare es desesperava / ell que era tan honorable / potestat de la sardana / de les lletres catalanes”. Leer másAlbert Pla. Escuchar Papa, jo vull ser torero. Escuchar El lado más bestia de la vida.

Padres tóxicos. “…Kafka es un hijo que tiene miedo al padre, un miedo general e inespecífico. “Yo, flaco, débil, esmirriado; tú, fuerte, alto, de anchas espaldas”. Es un patriarca que ha trabajado duro, alguien que sólo se debe a su propio esfuerzo y que ha conseguido llegar tan alto que tiene una confianza ilimitada en su propia opinión. Es un padre que lo ha sacrificado todo por su descendencia, a la que ha procurado darle todas las comodidades, el alimento. Pero esa entrega no ha aliviado hijo, puesto que, en lugar de sentir gratitud o simpatía por el progenitor, dice haberse “ocultado de ti, en mi habitación, con libros, con amigos alocados”. Por eso, jamás, hasta ahora, le había hablado con franqueza…”. Leer más

¿El protopadre? “Esos prehumanos, emparentados con extraviados eslabones genéticos, temblorosos y asustadizos ante el inesperado movimiento de los matorrales, temerosos ante la estruendosa aparición del relámpago, asomados a las más espantosas simas de terror ante el vibrante aullido de la bestia, se habían aferrado en una nada simbiótica relación a una potestad majestuosa y unánime: el protopadre”. Leer más.

Fútbol es fútbol. El balompié según Martes y trece y según Monty Python. Por cortesía de Anaclet Pons.

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