0. Ganar tiempo. En este mundo que percibimos enredada, veladamente, con estrépito y convulsión, las cosas suceden con apresuramientos. Somos espectadores desconcertados, en efecto, y así  hay momentos en que nos angustiamos por la velocidad y por la mixtura de lo que vemos. No es sólo que pasen muchas cosas: es que esto que ahora ocurre se solapa con aquello que ayer sucedió, dando como resultado una aleación monstruosa de hechos que resultan confusos e inexplicables. 

Hay días en que uno echa en falta la luz, la demora, la lentitud, virtudes de ancianos, lecciones aprendidas de viejos luminosos que ponen freno al atolondramiento de los jóvenes. No es la amenaza de la muerte. Es la experiencia de lo banal: en realidad, las cosas valiosas de la vida son pocas y los datos necesarios con que informarnos no son muchos. Hay que ilustrarse con criterio para saber discriminar. Hay que aprender con sensatez para no consumirse en la banalidad, pero asimismo para ganar tiempo en aquello que nos procure placer: el placer es el disfrute del cuerpo, sí, aunque también el deleite del esfuerzo y la mejora intelectual, emocional, pasional incluso. Para alcanzar ese estado, no hace falta vivir resignada o apresuradamente; no hace falta vivir renunciando a todo o consumiendo alocadamente; no hace falta vivir con despredimiento inhumano o quemando materialmente. Tampoco hace falta medirse constantemente con los demás, con la debilidad de los otros: gentes a las que podríamos desdeñar para así exhibir nuestro orgullo, nuestra presunción. Prisa y arrogancia son lo contrario de examen y modestia, de aprendizaje y morigeración.  Cuando un tipo se muestra ufano, engreído, entonces es probable que tenga pocas luces; es probable que ignore cuál es su debilidad o, peor aún, es probable que desee ocultar su oscuridad, ese vacío que le consume. El examen, la modestia, el aprendizaje y la morigeración son virtudes ilustradas. Ilustración: luces, por tanto.

1. La bujía. Decía en un comentario anterior que en este blog yo planteo ciertos temas sobre los que ni siquiera me pronuncio con rotundidad, sólo dejando caer las posibles lecturas y relecturas que el hecho pueda tener. ¿Por miedo, por timidez? No: por cautela intelectual. Luego, quienes intervienen hacen lo que juzgan pertinente. Escribo el blog valiéndome de una pequeña bujía (mis intuiciones y lecturas, decía): avanzando a tientas por una sala oscura de la que no sé lo que conozco o, al menos, de la que no sé bien cuál es su disposición u orientación. Cuando acaba el tanteo, cuando acaba el post, nos hemos hecho un plano incompleto de la habitación. ¿Es al menos fiable? Desde luego, el lector ha ido familiarizándose con algunos rincones de la sala: se le han proporcionado detalles de un todo que en parte aún seguimos ignorando.

La bujía alumbra poco y con su escasa luz nos orientamos a tientas. ¿Una metáfora gastada? Por supuesto, es una imagen archirrepetida, pero aún sigue siendo válida para aludir a la ilustración, a las luces precisamente, que me siguen interesando.

2. Últimas palabras. Leo un libro luminoso. Vamos, un volumen que arroja luz. Es un Diccionario de últimas palabras, de Werner Fuld. Mi estado de ánimo me lleva a esa obra que, no sé por qué, estaba entre los estantes de mi hijo. Es un elenco o repertorio de frases célebres y no tan célebres, dichas o supuestamente dichas por eminencias cuando estaban al borde la muerte. Ya que estamos hablando de ilustración, podríamos decir que resulta muy ilustrativo sobre la condición humana. Suele haber poca grandeza o severidad impostada. Normalmente nos ponemos triviales en el momento del tránsito. Aunque alguno hay que adopta una pose mayestáctica.

En ese sentido, este libro arroja luz sobre el hecho terminal. Las últimas palabras no configuran la vida entera: no hay racionalidad retrospectiva que informe toda una existencia, que dé sentido coherente a la biografía de éste o de aquél. Pero, quién sabe, una expresión te remite a lo pasado y perdido, a lo pesado, a lo que nos pesa de principio a fin. “Rosebud”, decía Charles Foster Kane cuando expiraba, buscando la luz de la infancia: ¿el símbolo que resumía  su niñez y que le recordaba a la madre? ¿Una bola de cristal, un trineo? No me hagan psicoanálisis salvaje. Rosebud es un objeto que sólo se convierte en símbolo retrospectivamente. La expresión misma es interpretable…  

Leo el volumen de Fuld y confirmo que al final sólo se dicen banalidades, que sólo decimos banalidades: cosas sin importancia incluso cuando hay conciencia del fin. “La cosa se acaba, ¡rápido el postre!”, dijo Josephte Brillat-Savarin, hermana de Jean Anthelme (el autor de La fisiología del gusto). O leo lo que apostillara Winston Churchill poco antes de morir: “¡Todo es tan aburrido!”. Sin duda: después de haber llevado una vida grande y heroica, le resultaba tedioso ser un jubilado. El aburrimiento: esa conclusión es semejante, por otra parte, a la que llegó Gabriele d’Anunzio cuando  agonizaba. “Me aburro”, dijo. ¿Se aburría cuando fallecía? Pues sí. Precisamente él, que había consumido su vida huyendo del tedio, entregado a la velocidad.

No sé, quizá sólo son atribuciones embusteras o iluminaciones reparadoras.  Iluminaciones, sí, porque una parte importante de las últimas palabras tienen que ver con la luz. “No puedo ver lo que ha pasado. Mis gafas, ¿dónde están mi gafas?”, decía Louis Barthou, antiguo ministro francés de Asuntos Exteriores. O leo lo que pidió O. Henry (William S. Porter): “Encended la luz. No quiero marcharme a oscuras”. Una marcha, en efecto: “Ahora parto para mi último viaje”, leo que dijo Thomas Hobbes. “Un gran salto a la oscuridad”, añadió. Vaya, qué falta de luces.

3. ¿Las últimas palabras de Shelley? “Ya lo dijo Shelley antes de morir en el mar de su exilio italiano: los poetas son los ‘desconocidos legisladores de la humanidad’, los que preparan con sus palabras el vocabulario en que se han de escribir las leyes más justas del mañana, los que nos señalan la urgencia de un futuro ineludiblemente diferente y definitivamente más bello”. Podemos convenir en ello; podemos estar de acuerdo con esas últimas palabras del poeta, que parafrasea Ariel Dorfman. Aplicadas a un candidato presidencial, a Barack Obama, resultan inquietantes. Repaso lo que antes yo mismo había escrito, lo repaso a la luz del artículo que acabo de leer en El Países una tribuna de Ariel Dorfman titulada precisamente “Obama: el presidente como poeta“. Le doy vueltas a ese dictamen final de Percy B. Shelley: pienso en el político demócrata y  me pregunto por la oportunidad e inoportunidad de esas últimas palabras sacadas de contexto. Por muy elocuente que sea el candidato americano, Obama no debería ser un poeta en el desempeño de su puesto.

Si es cierto que los poetas son los “desconocidos legisladores de la humanidad”, aquellos que rehacen el vocabulario en que han de escribirse las leyes más justas del mañana, ese futuro diferente y más bello, entonces preferiría que el candidato no fuera un versificador incipiente; preferiría que dedicara su actividad al ejercicio cotidiano de sus atribuciones, cumpliendo el protocolo. No me gustaría que fuera marcadamente imaginativo: me conformaría con que fuera disciplinado y levemente audaz, como un piloto de avión que sabe cuáles son las reglas, pero que sabe también cuáles son las que hay que saltarse cuando un imprevisto nos pone en riesgo. Un poeta dotado es un ser clarividente y poco fiable: disciplinado para extraer de sí lo que la belleza es o puede ser, el creador es capaz de abstraerse, de abandonarse a su genio verbal, de recrear con el verso lo que sólo es la prosa del mundo. Si Obama obtiene el triunfo electoral, una parte de su éxito se deberá a su elocuencia, a su capacidad verbal, a su habilidad para decir lo que la gente necesitaba pero no sabía que necesitaba: a sus palabras, cierto. Que esas palabras no sean las últimas, por Dios…

Mientras tanto, Obama ya se ha convertido en un icono, según leo en El País. Un icono es lo más parecido a un muerto, a un símbolo que ya no es ordinario. Jorge Rodríguez Gerada, un artista cubano-neoyorquino, ha decidido reproducir la cara del candidato en el suelo del Fòrum de Barcelona. Valiéndose de arena, plasmará dicho rostro, “lo bastante grande (una hectárea) como para ser reconocible y fotografiado desde el aire”, leo en el periódico. Arena: polvo eres y en polvo te convertirás. Vaya, todo lo que leo y escribo remite a la muerte…

About these ads