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El desdén de Juan Goytisolo

25 noviembre 2008

1. Juan Goytisolo

juangoytisolo
Estaba releyendo el post anterior para continuarlo cuando me entero de que a Juan Goytisolo le han concedido el Premio Nacional de las Letras 2008. ¿Qué hacer? ¿Sigo en el mismo post o reemprendo la marcha con una nueva entrada? He optado por esto último, pues la verdad es que nada tiene que ver el futuro de la ciencia-ficción y  de nuestras desazones venideras con la obra de este autor, aunque el novelista barcelonés haya intentado el género de la política-ficción y de la sociología-ficción. Me digo que es mejor abrir un nuevo post, pues. Goytisolo ha intentando los géneros citados con desiguales resultados: quizá demasiados simbolismos y un cierto desdén por la precisión de los personajes lastran esos intentos. No es extraño, pues, que en los últimos años, al menos, las críticas no le hayan sido muy favorables.
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Fernando Valls, por ejemplo, lo ha juzgado con dureza. Me temo que su importante trayectoria como narrador, hasta mediados de los ochenta, va a quedar algo empañada por su desmesurada afición al nepotismo”, leo en su blog. “Así y todo, el premio es merecido, sin duda, pero más por lo que ha significado como escritor, entre los años sesenta y primeros ochenta, que por lo que hoy vale su narrativa, de cuyo desbarre es buena prueba su última novela”.
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Primeros de los ochenta… Leí hace muchos años, en 1982, Paisajes después de la batalla . Estaba en Sevilla sirviendo al Rey y en las guardias de Estado Mayor las horas de tedio las resolvía con los libros. Uno de los que leí fue éste, precisamente, y entonces me pareció un texto notable: en un barrio de París, creo recordar, el protagonista comienza una rebelión individual que es a la vez un contagio magrebí o musulmán. Algo así como un levantamiento de las banleiues antes de que históricamente sucediera. Pero no es de esta novela de lo que quería hablarles, sino de mi experiencia con otras obras Goytisolo. Lo haré brevemente y recordando alguno de sus libros, que eran para mí, y a una determinada edad, el futuro literario. Sabrán perdonarme si abandono el porvenir tecnológico y metafísico de Blade Runner para regresar al pasado adolescente.
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Verán, yo me inicié en la literatura antifranquista leyendo la trilogía que integran Señas de identidad (1966), Reivindicación del conde don Julián (1970) y Juan sin Tierra (1975).  Era, seguramente, una decisión equivocada para un jovencito que entonces aún no había leído mucho. Pero la inconsciencia es marca de esta casa y aquellas novedades me deslumbraron, sirviéndome de acicate la propia dificultad de los textos, su enrevesado orden narrativo, su disposición estructural… Corría el año 1975 y yo exhibía con orgullo algun libro del autor: prohibido, para más galones. En 1975 me hice con Juan sin Tierra en un librería de barrio que yo llegué a estimar mucho, El Cudol, un establecimiento regentado por otro Alejandro: Alejandro Sanz. Juan sin Tierra había sido publicado ese mismo año. Fue secuestrado inmediatamente, creo recordar. Tener un libro prohibido por el Régimen era una posesión incalculable para un muchacho de 16 años, pero era también una lectura extemporánea y nada recomendable para un púber bastante desorientado. De repente me introducía en distintas tradiciones literarias a las que el autor invocaba quebrándolas, alterándolas, mezclándolas.
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Me gustaba su prosa culta, sonora y algo arcaica, dispuesta para ser recitada con erudición, con entonación y algo de guasa: dicha en una estructura novelesca experimental o que yo juzgaba experimental. Era sólo un muchacho, me exculpo: yo venía de Camilo José Cela, del Cela anterior a San Camilo 1936, y Goytisolo me parecía el colmo de la osadía literaria y política. Y, desde luego, audacia la había. Cito de memoria y sin comas el íncipit de Señas de identidad, tal como él escribió en su novela: “Instalado en París cómodamente instalado en París con más años de permanencia en Francia que en España”. Cito igualmente Don Julián, ahora en minúscula y con comas: “tierra ingrata, entre todas espúrea y mezquina, jamás volveré a ti”. Y cito finalmente Juan Sin Tierra: “según los gurús indostánicos, en la fase superior de la meditación”.
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En esas obras, Goytisolo había emprendido un extrañamiento voluntario de lo castizo, un rechazo de los particularismos heredados. O eso mismo decía él. Recuperaba tradiciones propias, pero para repudiar  el franquismo, el nacionalismo, la imposición de lo ortodoxamente español. Desde hace años dice y repite que la Historia de los heterodoxos españoles, de don Marcelino Menéndez Pelayo, es su libro de cabecera: ha idolatrado a los autores que el polígrafo condenaba. En aquellas novelas que yo leí, Goytisolo quería pensarse como un traidor, como un nuevo Don Julián que da paso a las tropas norteafricanas para que invadan la Península. Quería pensarse como un exiliado que desanuda los cabos que le atan a su familia, a su linaje, a su evidente pertenencia conservadora y confesional. Quería pensarse como un hereje que violenta y profana el tronco católico al que está uncido. Estamos hablando de unas novelas que se publican entre 1966 y 1975, un período de agitación y de creciente oposición.
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Por esas fechas, Goytisolo está en París (¿”cómodamente instalado en París”?) y se vincula al grupo de Ruedo Ibérico y a Gallimard, a Monique Lange y tantos otros intelectuales que toman la capital de Francia como el centro de la rebelión y de la experimentación. Se hace detestar por el Régimen: Goytisolo vinculará el odio de los gerifaltes franquistas –que a él le agiganta y nutre– con el desdén que le profesan algunos de sus escritores rivales. De alguna manera, un hijo de familia franquista como él había sabido separarse del Régimen: había tenido que rehacerse. Y ese empeño costoso no lo veía en muchos de sus colegas, a quienes reprochaba su silencio o comodidad: todos aquellos que no habían seguido su camino y en el mismo tiempo. Desde fecha temprana y hasta ahora mismo, Goytisolo ha cultivado un carácter expresamente arisco y ha hecho del desdén que tantos le profesan un nutriente literario y personal.
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Pero Goytisolo ensancha su percepción y sus relaciones. Ya en los setenta pasa largas temporadas en Marruecos, un enclave y un retiro. En Marrakech, concretamente:  y desde allí acentúa la carga sarracina y antiespañola y anticatólica de sus escritos. De ahí procede Paisajes después de la batalla (1982), que antes mencionaba. Pero de ahí proviene también Makbara (1980), que yo leí el mismo año en que se publicó. La leí con recogimiento y con exaltación algo bobalicona, sobre todo por su capítulo final (“Lectura del espacio en Xemaá-El-Fná”). De esa plaza ya hablamos en este blog para hacer metáfora de Internet y su plétora e incluso Miguel Veyrat nos hizo algunas revelaciones sobre Goytisolo en Marrakech. Pero sigo.
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O, mejor dicho, no sigo. Fue a comienzos de los ochenta, en plena fiebre sarracina de Goytisolo, cuando dejé de leerlo. Me cansaban ese estilema y ese estilete. De hecho me perdí la lectura de sus dos volúmenes de memorias: Coto vedado (1985) y En los reinos de Taifa (1986). Sólo en fecha reciente, en 2002, cuando esas memorias las reeditó Península en un solo volumen las leí completas. Y la impresión fue ambivalente. Venían precedidas por una gran fama: una aureola de sinceridad abrupta. Goytisolo es inmisericorde con muchos, pero sobre todo es inmisericorde consigo mismo: eso leía yo en las críticas. En efecto, así es, pero no juzgo esas memorias con tanto entusiasmo. Están espléndidamente escritas, por supuesto. Son durísimas con la España rancia y carpetovetónica y con el Goytisolo que fue. En principio, mostrar esa dureza contigo mismo te agiganta: prueba que el autor es capaz de hacer autocrítica incluso severísima. Nuestro reconocimiento, pues. Pero en dichas memorias la autocrítica del yo primigenio es, al cierre, una exaltación del yo actual. Lamento haber sido así; destapo aquello que fui; muestro cómo fui. Dedico mi desdén a quien ya no soy…: todo, a la postre, redunda en la celebración de quien ahora soy.
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2. Críticas y panegíricos
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José María Ridao, “Ni ortodoxia ni heterodoxia“, El País, 25 de noviembre de 2008.
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Vicente Molina Foix, “Tierra de Juan“, El País, 25 de noviembre de 2008.
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Juan Ángel Juristo, “El pájaro solitario“, Abc, 25 de noviembre de 2008.
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12 Responses to “El desdén de Juan Goytisolo”

  1. Paco Fuster Says:

    Ayer escuché en la Cadena Ser el momento en el que le dicen Goytisolo lo del premio y la sorpresa y el desdén con que recibe la notícia. Se pueden escuchar (si lo he copiado bien) aquí

  2. Alejandro Lillo Says:

    Gracias, Paco, por sus enlaces, ahora y siempre, que no se lo había dicho antes.
    Fíjese, Justo, a qué nos lleva el futuro, a hablar de Goytisolo (al que no he leído y prometo hacerlo en breve) y a la literatura de los años 70, a la etapa de la transición, con lo que volvemos a la más rabiosa actualidad. ¡Vaya círculo!

    PD. Ya verá lo bien que nos los pasamos el Miércoles…

  3. jserna Says:

    Gracias,Paco, por el enlace. No he oído esas declaraciones. Prometo hacerlo. El título, “El desdén de Juan Goytisolo”, es una expresión deliberadamente ambigua: puede referirse al desdén del propio Goytisolo hacia el premio o hacia el mundo literario o hacia el mundo en su conjunto; o puede referirse al desdén que muchos le muestran…

    ……

    Alejandro, eso espero: que lo pasemos muy bien y en compañía.

  4. Miguel Veyrat Says:

    Niego la mayor, querido Justo. No es desdén. Goytisolo lo ha explicado muy bien. Y en España la “vida literaria” se construye por un batallón de impostores sobre un túmulo de “premios” y “premiados” que sirven para que alguien se haga una foto con él y un editor se haga rico. Los premios están todos, o casi todos, en manos de auténticas mafias de gentes que poco o nada tienen que ver con la literatura y sí con sus pompas y sus…
    Goytisolo ha peleado solo a lo largo de su vida, ha escrito, ha publicado y ha sido leído, en eso reside su gloria, la única que le pertenece por derecho propio y la única que desea. En estos momentos sigue siendo el mejor… y no creo que haya sentido ni una gota de amargura por recordar que recién inaugurada la Santa Transición, el entusiasmo partidista “hizo” académico a su hermano Luis, escritor mediocre donde los haya, ignorando a Juan y a José Agustín. Para mí, los únicos “buenos” de la saga Goytisolo.

  5. jserna Says:

    Interesante planteamiento el de Miguel Veyrat, pero no creo que Goytisolo -que, insisto, escribe muy bien– haya “peleado solo a lo largo de su vida”. Ha formado parte de ciertos cenáculos muy decisivos.

  6. Miguel Veyrat Says:

    Sí, quizás,de carácter político, pero sin poder decisivo alguno en cuanto a la vida de un escritor.Es evidentemente imposible vivir aislado, sin amigos o lo que llamas cenáculo o clan, pero todo depende de cuales sean los propósitos de ese tipo de asociación, sea de malhechores o para crear una ONG pro niños hambrientos del mundo.

  7. Angel Duarte Says:

    No entraré en el tema de la soledad de Goytisolo, simplemente creo que no hay tal cosa. En cambio, me parece atinada la reflexión de don Justo sobre las memorias. Lo que ocurre es que en mi caso me parece la más completa, la mejor, de las utilidades de unas memorias. Tenemos todo el derecho del mundo no ya a repensarnos, sino a redimirnos y a celebrar, exactamente, el dolor y el placer de hoy.
    Nota de lectura: en mi caso el efecto descrito lo tuvo Volverás a Región. De las pocas obras que releo de tanto en vez.

  8. Juan Planas Says:

    Aunque su trilogía, en su momento, me pareció el no va más de lo que podía y debía leerse sin falta, lo cierto es que era por pura seducción ideológica (lo que obviamente es una perversión demasiado obvia como para transigir con ella a estas alturas del partido:-)

    Por lo demás me parece perfecto que le den un premio. Primero porque su literatura ya pertenece, por completo, al pasado y segundo por ver si si así deja ya de quejarse.

    PD.- Justo, te deseo lo mejor para mañana, ya hoy, en la Casa del Llibre. No estaré, pero como si estuviera. Mucha suerte, querido.

  9. jserna Says:

    Gracias, Juan, y gracias a todos.

    Sigo pensando que vale la pena leer a Goytisolo. De hecho no es una pena pese a su dolor y quejido constantes: que no se me quiere, que si se me orilla. Creo que Goytisolo ha obtenido un reconocimiento que no justifica su actual lamento: quizá sí el que hacía público bajo el franquismo. Pero conceder un premio de estas características y con ese fin es galardonar el pasado…

  10. Miguel Veyrat Says:

    El presente se verá galardonado esta tarde noche (a poqueta nit, sí, Justo) con la afluencia de lectores ávidos de escucharos a ti y a los co-celebrantes del rito. Yo no podré estar, lo sabes, pero te estaré leyendo en esos momentos,a esa hora, en el único homenaje que puedo permitirme. Recuerdo muy bien ese sótano de la Casa del libro de Madrid y todavía me emociona vuestra presencia allí. Gracias por entonces, y mucha felicidad literaria por hoy.Insisto en que, ni pasado ni presente precisan de galardones, sólo de lectores y editores que sepan distinguir la morralla de la excelencia. Y a ello contribuyen personas como tú.

  11. Miguel Veyrat Says:

    En otro orden de cosas, me parece muy bien que Àngel no crea que exista esa soledad de Goytisolo, aunque creo que no maticé bien o no me entendió: me refería a la misma independencia partidaria —y era difícil en la época— que caracterizó a Cernuda o a Julien Gracq en Francia y que les vetó los ensalzamientos típicos concedidos a los “autores orgánicos”. Y me refería a nuestro país: Goytisolo hace mucho que ha sido reconocido fuera de nuestras fronteras. Me refería a su desencanto por la falsa Transición (a la que a menudo llamo Santa con sorna, ya lo sabes) y su alejamiento de banderías literarias. Esa sería para mí la causa de un premio tardío que intenta reparar y cerrar también en falso un hipócrita reconocimiento a una de las obras narrativas más brillantes escritas en castellano en muchos años.
    NAturalmente esa actitud conlleva más odios que alabanzas y lleva a la soledad y melancolía.


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