1. Juan Goytisolo

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Estaba releyendo el post anterior para continuarlo cuando me entero de que a Juan Goytisolo le han concedido el Premio Nacional de las Letras 2008. ¿Qué hacer? ¿Sigo en el mismo post o reemprendo la marcha con una nueva entrada? He optado por esto último, pues la verdad es que nada tiene que ver el futuro de la ciencia-ficción y  de nuestras desazones venideras con la obra de este autor, aunque el novelista barcelonés haya intentado el género de la política-ficción y de la sociología-ficción. Me digo que es mejor abrir un nuevo post, pues. Goytisolo ha intentando los géneros citados con desiguales resultados: quizá demasiados simbolismos y un cierto desdén por la precisión de los personajes lastran esos intentos. No es extraño, pues, que en los últimos años, al menos, las críticas no le hayan sido muy favorables.
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Fernando Valls, por ejemplo, lo ha juzgado con dureza. Me temo que su importante trayectoria como narrador, hasta mediados de los ochenta, va a quedar algo empañada por su desmesurada afición al nepotismo”, leo en su blog. “Así y todo, el premio es merecido, sin duda, pero más por lo que ha significado como escritor, entre los años sesenta y primeros ochenta, que por lo que hoy vale su narrativa, de cuyo desbarre es buena prueba su última novela”.
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Primeros de los ochenta… Leí hace muchos años, en 1982, Paisajes después de la batalla . Estaba en Sevilla sirviendo al Rey y en las guardias de Estado Mayor las horas de tedio las resolvía con los libros. Uno de los que leí fue éste, precisamente, y entonces me pareció un texto notable: en un barrio de París, creo recordar, el protagonista comienza una rebelión individual que es a la vez un contagio magrebí o musulmán. Algo así como un levantamiento de las banleiues antes de que históricamente sucediera. Pero no es de esta novela de lo que quería hablarles, sino de mi experiencia con otras obras Goytisolo. Lo haré brevemente y recordando alguno de sus libros, que eran para mí, y a una determinada edad, el futuro literario. Sabrán perdonarme si abandono el porvenir tecnológico y metafísico de Blade Runner para regresar al pasado adolescente.
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Verán, yo me inicié en la literatura antifranquista leyendo la trilogía que integran Señas de identidad (1966), Reivindicación del conde don Julián (1970) y Juan sin Tierra (1975).  Era, seguramente, una decisión equivocada para un jovencito que entonces aún no había leído mucho. Pero la inconsciencia es marca de esta casa y aquellas novedades me deslumbraron, sirviéndome de acicate la propia dificultad de los textos, su enrevesado orden narrativo, su disposición estructural… Corría el año 1975 y yo exhibía con orgullo algun libro del autor: prohibido, para más galones. En 1975 me hice con Juan sin Tierra en un librería de barrio que yo llegué a estimar mucho, El Cudol, un establecimiento regentado por otro Alejandro: Alejandro Sanz. Juan sin Tierra había sido publicado ese mismo año. Fue secuestrado inmediatamente, creo recordar. Tener un libro prohibido por el Régimen era una posesión incalculable para un muchacho de 16 años, pero era también una lectura extemporánea y nada recomendable para un púber bastante desorientado. De repente me introducía en distintas tradiciones literarias a las que el autor invocaba quebrándolas, alterándolas, mezclándolas.
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Me gustaba su prosa culta, sonora y algo arcaica, dispuesta para ser recitada con erudición, con entonación y algo de guasa: dicha en una estructura novelesca experimental o que yo juzgaba experimental. Era sólo un muchacho, me exculpo: yo venía de Camilo José Cela, del Cela anterior a San Camilo 1936, y Goytisolo me parecía el colmo de la osadía literaria y política. Y, desde luego, audacia la había. Cito de memoria y sin comas el íncipit de Señas de identidad, tal como él escribió en su novela: “Instalado en París cómodamente instalado en París con más años de permanencia en Francia que en España”. Cito igualmente Don Julián, ahora en minúscula y con comas: “tierra ingrata, entre todas espúrea y mezquina, jamás volveré a ti”. Y cito finalmente Juan Sin Tierra: “según los gurús indostánicos, en la fase superior de la meditación”.
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En esas obras, Goytisolo había emprendido un extrañamiento voluntario de lo castizo, un rechazo de los particularismos heredados. O eso mismo decía él. Recuperaba tradiciones propias, pero para repudiar  el franquismo, el nacionalismo, la imposición de lo ortodoxamente español. Desde hace años dice y repite que la Historia de los heterodoxos españoles, de don Marcelino Menéndez Pelayo, es su libro de cabecera: ha idolatrado a los autores que el polígrafo condenaba. En aquellas novelas que yo leí, Goytisolo quería pensarse como un traidor, como un nuevo Don Julián que da paso a las tropas norteafricanas para que invadan la Península. Quería pensarse como un exiliado que desanuda los cabos que le atan a su familia, a su linaje, a su evidente pertenencia conservadora y confesional. Quería pensarse como un hereje que violenta y profana el tronco católico al que está uncido. Estamos hablando de unas novelas que se publican entre 1966 y 1975, un período de agitación y de creciente oposición.
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Por esas fechas, Goytisolo está en París (¿”cómodamente instalado en París”?) y se vincula al grupo de Ruedo Ibérico y a Gallimard, a Monique Lange y tantos otros intelectuales que toman la capital de Francia como el centro de la rebelión y de la experimentación. Se hace detestar por el Régimen: Goytisolo vinculará el odio de los gerifaltes franquistas –que a él le agiganta y nutre– con el desdén que le profesan algunos de sus escritores rivales. De alguna manera, un hijo de familia franquista como él había sabido separarse del Régimen: había tenido que rehacerse. Y ese empeño costoso no lo veía en muchos de sus colegas, a quienes reprochaba su silencio o comodidad: todos aquellos que no habían seguido su camino y en el mismo tiempo. Desde fecha temprana y hasta ahora mismo, Goytisolo ha cultivado un carácter expresamente arisco y ha hecho del desdén que tantos le profesan un nutriente literario y personal.
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Pero Goytisolo ensancha su percepción y sus relaciones. Ya en los setenta pasa largas temporadas en Marruecos, un enclave y un retiro. En Marrakech, concretamente:  y desde allí acentúa la carga sarracina y antiespañola y anticatólica de sus escritos. De ahí procede Paisajes después de la batalla (1982), que antes mencionaba. Pero de ahí proviene también Makbara (1980), que yo leí el mismo año en que se publicó. La leí con recogimiento y con exaltación algo bobalicona, sobre todo por su capítulo final (“Lectura del espacio en Xemaá-El-Fná”). De esa plaza ya hablamos en este blog para hacer metáfora de Internet y su plétora e incluso Miguel Veyrat nos hizo algunas revelaciones sobre Goytisolo en Marrakech. Pero sigo.
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O, mejor dicho, no sigo. Fue a comienzos de los ochenta, en plena fiebre sarracina de Goytisolo, cuando dejé de leerlo. Me cansaban ese estilema y ese estilete. De hecho me perdí la lectura de sus dos volúmenes de memorias: Coto vedado (1985) y En los reinos de Taifa (1986). Sólo en fecha reciente, en 2002, cuando esas memorias las reeditó Península en un solo volumen las leí completas. Y la impresión fue ambivalente. Venían precedidas por una gran fama: una aureola de sinceridad abrupta. Goytisolo es inmisericorde con muchos, pero sobre todo es inmisericorde consigo mismo: eso leía yo en las críticas. En efecto, así es, pero no juzgo esas memorias con tanto entusiasmo. Están espléndidamente escritas, por supuesto. Son durísimas con la España rancia y carpetovetónica y con el Goytisolo que fue. En principio, mostrar esa dureza contigo mismo te agiganta: prueba que el autor es capaz de hacer autocrítica incluso severísima. Nuestro reconocimiento, pues. Pero en dichas memorias la autocrítica del yo primigenio es, al cierre, una exaltación del yo actual. Lamento haber sido así; destapo aquello que fui; muestro cómo fui. Dedico mi desdén a quien ya no soy…: todo, a la postre, redunda en la celebración de quien ahora soy.
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2. Críticas y panegíricos
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José María Ridao, “Ni ortodoxia ni heterodoxia“, El País, 25 de noviembre de 2008.
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Vicente Molina Foix, “Tierra de Juan“, El País, 25 de noviembre de 2008.
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Juan Ángel Juristo, “El pájaro solitario“, Abc, 25 de noviembre de 2008.
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