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Dentro de unas semanas rebaso el medio siglo. Dentro de unos días se cumplen cincuenta años de la inauguración del Valle de los Caídos. Me adelanto, no aguanto hasta el 1 de abril para hablar de ese 1959. Ambos hechos no tienen nada que ver entre sí, pero la simple coincidencia me produce desazón. La cronología y la chiripa te gastan estas jugarretas. Ya hablé de ello muchos meses atrás… Regreso ahora a dicho Valle y a dicho tiempo, pero de otro modo y con otros recuerdos.

Les preciso lo fundamental sin mayores didactismos: el Valle de los Caídos se levantó en Cuelgamuros, en la sierra de Guadarrama, como exaltación de la Victoria franquista, oficialmente establecida con fecha 1 de abril de 1939. El conjunto arquitectónico comienza a construirse en 1940. Sus obras concluyen en 1959. Los responsables del diseño habían sido Pedro Muguruza y Diego Méndez, arquitectos, y  Juan de Ávalos, escultor. El resultado es bien conocido. Comprende dos templos para el culto: una abadía benedictina y una basílica excavada en la roca. Pero lo más conocido es la gigantesca cruz  (ciento cincuenta metros de altura) que corona el Valle de los Caídos: como acostumbran a decir los cronistas, es visible a más de cuarenta kilómetros de distancia: es como una señal de tráfico que advierte a propios y extraños, que regula el paso temporal, que no vial.

Si la memoria no me falla, estuve en el Valle el año anterior a la muerte de Francico Franco. Concretamente en agosto de 1974. Yo era un adolescente de provincias, de viaje por Madrid. Iba acompañado por mis padres y aquella primera visita nos llevaba a algunos de los lugares más destacados de la Villa y Corte. Estuvimos en el Zoo, viendo a animales en semilibertad, cosa que me sorprendió; estuvimos en el Retiro, que para mí era un parque decimonónico y romántico, o así me lo quería imaginar; estuvimos en la Puerta del Sol, paseando entre multitudes que transitaban sin desmayo en un espacio pequeño y municipal; estuvimos en la Gran Vía, admirando el tráfico automovilístico y las dimensiones gigantescas del edificio de la Telefónica; estuvimos en El Escorial, visitando tumbas reales, criptas remotas y las dependencias de Felipe II;  estuvimos en el Valle de los Caídos.

Nos alojábamos en un modesto hotel del centro de Madrid, muy próximo a la Plaza Mayor, y desde allí programábamos las distintas visitas: practicábamos un turismo obvio y voluntarioso, con plano y guía. Hoy, aquí y mañana, allí: con  un régimen de media pensión y ciertas apreturas. Tengo un recuerdo imborrable de la muchedumbre que cada día almorzaba en el comedor de aquel establecimiento: un grupo de portugueses. Yo los observaba con curiosidad: miraban en silencio lo que la televisión española les mostraba. El 25 de abril aún estaba próximo y la Revolución de los Claveles se desarrollaba entre lo civil y lo pretoriano. Yo no acaba de entender por qué los oficiales y generales del Ejército portugués seguían teniendo tanto protagonismo si nuestros vecinos habían derribado un régimen dictatorial y ordenancista. A pesar de ignorarlo todo o casi todo de lo que se avecinaba, yo sabía que lo ocurrido en Lisboa nos afectaba. Qué quieren, había una cierta emoción contenida en lo que estaba sucediendo.

Digo esto y recuerdo una lectura muy posterior. En El dueño del secreto (1994) Antonio Muñoz Molina le hace vivir a su joven narrador aquel mismo ambiente que yo visitaba en 1974. Es también un muchacho de provincias que por entonces comienza sus estudios universitarios. Vive con aprietos en un Madrid todavía franquista. En la novela, todo es deliberadamente menesteroso y jocundo, como corresponde a la España aún retrasada de 1974. Sus páginas, tan irónicas, también tienen a Portugal como fondo: el narrador habla de “los acontecimientos jubilosos del 25 de abril, fecha que para las personas de mi generación es tan inolvidable como la del 11 de septiembre chileno, que había ocurrido unos meses antes, a finales del verano del 73: las matanzas y los hacinamientos en el estadio nacional de Santiago nos recordaban que para los militares fascistas adiestrados y protegidos por el Departamento de Estado no existía el menor escrúpulo de tibieza o piedad; los acontecimientos de Lisboa nos enseñaban la lección contraria, porque en este caso también los militares eran los protagonistas, pero traían la democracia en vez de derribarla”.

En dicho año, ese joven cree participar en una trama antifranquista. Justamente aquello a lo que yo no me atrevía. ¿Fue así? ¿Realmente el muchacho de la novela participó en un plan de la oposición armada ? “En 1974, en Madrid, durante un par de semanas del mes de mayo, formé parte de una conspiración encaminada a derribar el régimen franquista”, admite retrospectivamente. Lo admite sin asomo de duda, campanudo y orgulloso. Una vez concluida la novela, el lector tiene sus dudas y desde luego se pregunta si todo aquello no habrá sido fruto de la ensoñación aún adolescente de ese muchacho.  

Recuerdo la impresión que me causó el conjunto de los Caídos, la mezcla de  historia reciente y edificación ostentosa. Estábamos en 1974 pero aún resonaban las palabras del Caudillo. “¿Qué inspiración sería precisa para contar las heroicas gestas de nuestros caídos; para poder reflejar el entusiasmo, segado tantas veces en flor, de los que con los primeros rayos del sol de la mañana caían con la sonrisa en los labios al asaltar las posiciones enemigas”, dice Franco el día de su inauguración. Las posiciones enemigas: sin duda, en 1959 la Guerra Civil no había concluido…

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Hemeroteca

-Justo Serna, “El Valle de los Caídos”, Los archivos de JS, 20 de noviembre de 2007.

-JS, “Las cacerías de Franco”, Los arhivos de JS, 20 de noviembre de 2008.

-Julián Casanova, “Setenta años de la victoria de Franco”, El País, 29 de marzo de 2009.

-Tereixa Constela, “Aquel 1 de abril”, El País, 29 de marzo de 2009.

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