Alejandro Lillo Barcelóguerra

 

El canto XXIV de la Ilíada es uno de los más bellos y emotivos del poema escrito por Homero. Aquiles ya ha matado a Héctor, lo ha atado al carro y ha dado tres vueltas a las murallas de Ilión arrastrando su cuerpo por la tierra. Luego, tras celebrar los funerales de Patroclo, Aquiles permanece en su tienda, con el cuerpo de Héctor tirado fuera, dispuesto para ser comido por los perros. Con el cuerpo de Héctor siempre presente, Aquiles representa una y otra vez su victoria sobre Héctor, expresando simplemente su enorme poder, un poder sin sentido, pues nada que haga podrá devolver la vida a su querido Patroclo.

            “Aquiles lloraba, acordándose del compañero querido, sin que el sueño, que todo lo rinde, pudiera vencerle: daba vueltas acá y allá (…) Al recordarlo, prorrumpía en abundantes lágrimas (…) y al fin, levantándose, vagaba inquieto por la orilla del mar; (…) entonces uncía al carro los ligeros corceles y, atando al mismo el cadáver de Héctor, arrastrábalo hasta dar tres vueltas al túmulo del difunto Menetíada [Patroclo]; acto seguido volvía a reposar en la tienda, y dejaba el cadáver tendido de cara al polvo” (XXIV, 1-22).

            Príamo, por su parte, decide, de incógnito, salir de Troya y acudir al campamento de los aqueos para, frente a su más encarnizado enemigo, rogarle que le devuelva el cuerpo de su hijo para poder enterrarlo con los honores y la dignidad que merece.

            En la Ilíada la muerte no es un problema para el héroe. Es un problema para los demás, para las familias que deben continuar viviendo sin ese ser querido. La muerte sólo es un problema para el héroe homérico en la medida en que se siente identificado con los otros, con el dolor que su muerte provocará en los otros. Por eso los funerales en la Ilíada son tan importantes. Son una forma de expresar la ausencia del ser querido y que la vida continuará sin él. Esta ceremonia consiste, pues, en una larga despedida, que generalmente dura varios días.

            Sin embargo, como miembros de una sociedad, de una comunidad en la que se establecen lazos afectivos y de parentesco, la ceremonia no sólo despide al difunto, sino que con él también se despide una parte del doliente. Algo de lo que permanece vivo se marcha también con el muerto. En los versos del poema hay mucha simbología al respecto, como el acto de cortarse y depositar cabellos junto al fallecido. Lo cierto es que la muerte de un hombre no sólo deja un vacío, sino también una herida en la comunidad, herida que no se cerrará hasta que el fuego de la pira funeraria la cauterice y la cure. De este modo el funeral adquiere una dimensión social, de reivindicación y afirmación de la comunidad, pues el fuego sirve para purificarla y ayudarla a reconstruir el tejido social dañado teniendo en cuenta -sin olvidar- al individuo perdido. Es una forma de afirmar su continuidad a pesar de las fuerzas disolventes que la atacan.

            Por otro lado la guerra es la negación de la comunidad en la medida en que quiere destruir a la comunidad enemiga. Pero la muerte que produce la guerra es soportable, incluso en muchos casos motivo de orgullo y gloria. Al fin y al cabo, la guerra y la muerte están muy presentes en la cultura de la Ilíada, forman parte de la vida. Lo horrendo de la guerra, pues, no es la muerte, no es matar al enemigo debilitando con ello a la comunidad rival, sino negarle el funeral al fallecido. Con esa actitud no sólo se daña a la comunidad enemiga, sino que se le niegan los medios para curarse, como ya hemos visto. El pavor, el terror, lo horrendo está en esa negación del funeral, negación que es vista como una herida no curada, como una mancha, como una impureza que marca a toda la comunidad y que le impide recomponerse, mirar hacia adelante, hacia el futuro.

            Tenemos pues, en el Canto XXIV de la Ilíada, a Aquiles negándose a entregar el cuerpo de Héctor a los troyanos, impidiendo, pues, cerrar y purificar las heridas de la comunidad. Y tenemos a Príamo, que acude desesperado y dispuesto a hacer lo necesario para recuperar el cadáver de su hijo: “Y si mi destino es morir en las naves de los aqueos, de broncíneas corazas, lo acepto: máteme Aquiles tan luego como abrace a mi hijo y satisfaga el deseo de llorarle” (XXIV, 224-227). Su herida y la de la comunidad a la que representa sólo se podrá restañar rindiendo el homenaje comunitario apropiado al cadáver de Héctor, pues a Príamo ningún hijo le queda ya.

            “Después que engendré hijos excelentes en la espaciosa Troya, puedo decir que de ellos ninguno me queda. Cincuenta tenía cuando vinieron los aqueos (…) A los más, el furibundo Ares les quebró las rodillas; y el que era único para mí, pues defendía la ciudad y sus habitantes, a ése tú lo mataste poco ha, mientras combatía por la patria, a Héctor; (…) Aquiles, apiádate de mí, puesto que me atreví a lo que ningún otro mortal de la tierra: a llevar a mi boca la mano del hombre matador de mis hijos” (XXIV, 493-506).

            En efecto, el gran Príamo, al llegar a la tienda donde descansa Aquiles junto a sus amigos:

            “Se detuvo cerca de él; sus manos tocaron las rodillas de Aquiles y le besó las manos, las manos terribles y aniquiladoras que le mataran tantos hijos. Como quedan atónitos los que, hallándose en la casa de un rico, ven llegar a un hombre que, poseído por la cruel Ate, mató en su patria a otro varón y ha emigrado a país extraño; de igual manera asombróse Aquiles al ver al deiforme Príamo; y los demás se sorprendieron también y se miraron unos a otros” (477-483).

            Fíjense en el símil de este pasaje, fundamental para entender el conflicto: Príamo se convierte en asesino y Aquiles en un hombre rico. En un momento han intercambiado los papeles. Pero ese intercambio de papeles aún va más allá: en el verso 478 el poeta califica las manos de Aquiles como “androphonos”, palabra que significa “matador de hombres”. Resulta que, junto al calificativo “domador de caballos”, “matador de hombres” (androphonos) es el epíteto específico de Héctor, que se repite en numerosos pasajes del poema (XVIII, 149; XVII, 428, 616, 638; XXIV, 509, y en otros). Por un lado, pues, cuando Príamo besa las manos de Aquiles, rompe una especie de tabú, ya que acaricia el objeto de su aversión. Pero por otro lado también está besando las manos de Héctor, las que podrían ser las manos de Héctor. Esas manos “matadoras de hombres” de Aquiles han matado a un “matador de hombres” (Héctor). Aquiles no ha hecho nada que no hiciera Héctor, en todo caso nada que Héctor no le prometiera a Patroclo (XVI, 836 [Héctor le dice a Patroclo]: “a ti, en cambio, los buitres te devorarán aquí”). Este intercambio de papeles que aparece reflejado en ese genial fragmento, esa idea de que, en otras circunstancias, cada uno de ellos podría ocupar el lugar del otro es el primer paso para la reconciliación.

            Pero hay más. Príamo, entonces, se pode a llorar por su hijo. ¿Y Aquiles? Aquiles “lloraba por su propio padre y a veces también por Patroclo” (XXIV, 511-512). ¿Por qué Aquiles llora por su propio padre? Porque lo ve en Príamo, que llora a su hijo muerto; exactamente igual a como Peleo llorará por Aquiles cuando no regrese de Troya. Además, cuando Aquiles llora por Patroclo se identifica con Príamo, ya que los dos han perdido a la persona más querida. Aquilesasí, se ve reflejado tanto en Príamo como en Héctor. Príamo, por su parte, hace lo que sin duda haría Peleo frente a Héctor, intentar recuperar el cadáver de su hijo. Sólo así, en ese duelo, en la escenificación de ese dolor compartido (el uno por Héctor, el otro por Patroclo), experimentan Príamo y Aquiles la finitud de la vida humana.

            Lo que por fin comprende el mirmidón tras su encuentro con Príamo es que lo mismo que la felicidad siempre es parcial en la vida, al igual que los dioses conceden dolor y sufrimiento al hombre, también le han otorgado el don de la finitud. Por eso mismo el dolor también debe tener un final, debe concluir. Aquiles capta esa norma universal y la pone en práctica. Tanto él como Príamo son seres concretos incrustados en una sociedad y, por tanto, nunca dejarán de ser enemigos. Pero en la medida en que ambos se ven como representantes de algo universal, esa enemistad desaparece. Lo que visto de cerca, como individuos, les enfrenta, con la distancia de lo universal se esclarece. Cuando Aquiles comprende eso, cuando se da cuenta de lo que está en juego, deja marchar el cuerpo de Héctor, purificando con ello también su dolor.

            El reconocimiento de Aquiles y Príamo, su reconciliación, se escenifica con una comida: “El veloz Aquiles levantóse y degolló una blanca oveja; sus compañeros la desollaron y prepararon bien, como era debido (…) y cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Príamo Dardánica admiró la estatura y el aspecto de Aquiles, pues el héroe parecía un dios; y a su vez, Aquiles admiró a Príamo Dardánida, contemplando su noble rostro y escuchando sus palabras, y de este modo ambos disfrutaron viendo al otro” (XXIV, 621-633).

            En esta escena ambos se ven como objetos totalmente independientes, como individuos absolutamente aislados. Están en un plano puramente individual y, a la vez completamente universal. Han dejado de lado la separación que ejerce la cultura sobre los hombres, los amores, los odios, las lealtades, las obligaciones, el estatus, las relaciones de parentesco. Todo lo que conforma a un hombre en su ser social, diferenciándolo de los demás, ha quedado a un lado. Ambos se observan puros, como lo que son, dos seres humanos unidos por un mismo destino: la muerte. Eso es lo que reconocen los dos compartiendo su duelo, que el destino de los hombres es morir; pero también que el destino de los hombres es vivir, y eso es lo que reconocen en la comida que comparten. Hay que vivir. Restañar las heridas y vivir.

            La despedida se narra así [Príamo le dice a Aquiles]: “Ya sabes que vivimos encerrados en la ciudad; y la leña hay que traerla de lejos, del monte, y los troyanos tienen mucho miedo. Durante nueve días lo lloraremos en el palacio, el décimo lo sepultaremos y el pueblo celebrará el banquete fúnebre, el undécimo le erigiremos un túmulo y el duodécimo volveremos a pelear, si necesario fuere. Contestóle el divino Aquiles, el de los pies ligeros: Se hará como dispones, anciano Príamo, y suspenderé la guerra tanto tiempo como me pides” (XXIV, 660-671).

            La reconciliación de Príamo y Aquiles simboliza, de alguna manera, el fin de la guerra, aunque sólo sea de forma temporal. El conflicto, pues, está resuelto, y la Ilíada puede terminar. Pero la Ilíada nunca termina. Su verdad, severa e incómoda, se repite una y otra vez, una historia escrita hace miles de años de la que aún nos queda mucho por aprender.

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Biblioteca

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El niño que soñaba con ser arquitectoRelato de Alejandro Lillo

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Hemeroteca. La guerra

 

-Nuevo artículo de Justo Serna, “El caballo de Franco”, El País, 1 de abril de 2009

 

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