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La actitud de Aquiles

31 marzo 2009

Alejandro Lillo Barcelóguerra

 

El canto XXIV de la Ilíada es uno de los más bellos y emotivos del poema escrito por Homero. Aquiles ya ha matado a Héctor, lo ha atado al carro y ha dado tres vueltas a las murallas de Ilión arrastrando su cuerpo por la tierra. Luego, tras celebrar los funerales de Patroclo, Aquiles permanece en su tienda, con el cuerpo de Héctor tirado fuera, dispuesto para ser comido por los perros. Con el cuerpo de Héctor siempre presente, Aquiles representa una y otra vez su victoria sobre Héctor, expresando simplemente su enorme poder, un poder sin sentido, pues nada que haga podrá devolver la vida a su querido Patroclo.

            “Aquiles lloraba, acordándose del compañero querido, sin que el sueño, que todo lo rinde, pudiera vencerle: daba vueltas acá y allá (…) Al recordarlo, prorrumpía en abundantes lágrimas (…) y al fin, levantándose, vagaba inquieto por la orilla del mar; (…) entonces uncía al carro los ligeros corceles y, atando al mismo el cadáver de Héctor, arrastrábalo hasta dar tres vueltas al túmulo del difunto Menetíada [Patroclo]; acto seguido volvía a reposar en la tienda, y dejaba el cadáver tendido de cara al polvo” (XXIV, 1-22).

            Príamo, por su parte, decide, de incógnito, salir de Troya y acudir al campamento de los aqueos para, frente a su más encarnizado enemigo, rogarle que le devuelva el cuerpo de su hijo para poder enterrarlo con los honores y la dignidad que merece.

            En la Ilíada la muerte no es un problema para el héroe. Es un problema para los demás, para las familias que deben continuar viviendo sin ese ser querido. La muerte sólo es un problema para el héroe homérico en la medida en que se siente identificado con los otros, con el dolor que su muerte provocará en los otros. Por eso los funerales en la Ilíada son tan importantes. Son una forma de expresar la ausencia del ser querido y que la vida continuará sin él. Esta ceremonia consiste, pues, en una larga despedida, que generalmente dura varios días.

            Sin embargo, como miembros de una sociedad, de una comunidad en la que se establecen lazos afectivos y de parentesco, la ceremonia no sólo despide al difunto, sino que con él también se despide una parte del doliente. Algo de lo que permanece vivo se marcha también con el muerto. En los versos del poema hay mucha simbología al respecto, como el acto de cortarse y depositar cabellos junto al fallecido. Lo cierto es que la muerte de un hombre no sólo deja un vacío, sino también una herida en la comunidad, herida que no se cerrará hasta que el fuego de la pira funeraria la cauterice y la cure. De este modo el funeral adquiere una dimensión social, de reivindicación y afirmación de la comunidad, pues el fuego sirve para purificarla y ayudarla a reconstruir el tejido social dañado teniendo en cuenta -sin olvidar- al individuo perdido. Es una forma de afirmar su continuidad a pesar de las fuerzas disolventes que la atacan.

            Por otro lado la guerra es la negación de la comunidad en la medida en que quiere destruir a la comunidad enemiga. Pero la muerte que produce la guerra es soportable, incluso en muchos casos motivo de orgullo y gloria. Al fin y al cabo, la guerra y la muerte están muy presentes en la cultura de la Ilíada, forman parte de la vida. Lo horrendo de la guerra, pues, no es la muerte, no es matar al enemigo debilitando con ello a la comunidad rival, sino negarle el funeral al fallecido. Con esa actitud no sólo se daña a la comunidad enemiga, sino que se le niegan los medios para curarse, como ya hemos visto. El pavor, el terror, lo horrendo está en esa negación del funeral, negación que es vista como una herida no curada, como una mancha, como una impureza que marca a toda la comunidad y que le impide recomponerse, mirar hacia adelante, hacia el futuro.

            Tenemos pues, en el Canto XXIV de la Ilíada, a Aquiles negándose a entregar el cuerpo de Héctor a los troyanos, impidiendo, pues, cerrar y purificar las heridas de la comunidad. Y tenemos a Príamo, que acude desesperado y dispuesto a hacer lo necesario para recuperar el cadáver de su hijo: “Y si mi destino es morir en las naves de los aqueos, de broncíneas corazas, lo acepto: máteme Aquiles tan luego como abrace a mi hijo y satisfaga el deseo de llorarle” (XXIV, 224-227). Su herida y la de la comunidad a la que representa sólo se podrá restañar rindiendo el homenaje comunitario apropiado al cadáver de Héctor, pues a Príamo ningún hijo le queda ya.

            “Después que engendré hijos excelentes en la espaciosa Troya, puedo decir que de ellos ninguno me queda. Cincuenta tenía cuando vinieron los aqueos (…) A los más, el furibundo Ares les quebró las rodillas; y el que era único para mí, pues defendía la ciudad y sus habitantes, a ése tú lo mataste poco ha, mientras combatía por la patria, a Héctor; (…) Aquiles, apiádate de mí, puesto que me atreví a lo que ningún otro mortal de la tierra: a llevar a mi boca la mano del hombre matador de mis hijos” (XXIV, 493-506).

            En efecto, el gran Príamo, al llegar a la tienda donde descansa Aquiles junto a sus amigos:

            “Se detuvo cerca de él; sus manos tocaron las rodillas de Aquiles y le besó las manos, las manos terribles y aniquiladoras que le mataran tantos hijos. Como quedan atónitos los que, hallándose en la casa de un rico, ven llegar a un hombre que, poseído por la cruel Ate, mató en su patria a otro varón y ha emigrado a país extraño; de igual manera asombróse Aquiles al ver al deiforme Príamo; y los demás se sorprendieron también y se miraron unos a otros” (477-483).

            Fíjense en el símil de este pasaje, fundamental para entender el conflicto: Príamo se convierte en asesino y Aquiles en un hombre rico. En un momento han intercambiado los papeles. Pero ese intercambio de papeles aún va más allá: en el verso 478 el poeta califica las manos de Aquiles como “androphonos”, palabra que significa “matador de hombres”. Resulta que, junto al calificativo “domador de caballos”, “matador de hombres” (androphonos) es el epíteto específico de Héctor, que se repite en numerosos pasajes del poema (XVIII, 149; XVII, 428, 616, 638; XXIV, 509, y en otros). Por un lado, pues, cuando Príamo besa las manos de Aquiles, rompe una especie de tabú, ya que acaricia el objeto de su aversión. Pero por otro lado también está besando las manos de Héctor, las que podrían ser las manos de Héctor. Esas manos “matadoras de hombres” de Aquiles han matado a un “matador de hombres” (Héctor). Aquiles no ha hecho nada que no hiciera Héctor, en todo caso nada que Héctor no le prometiera a Patroclo (XVI, 836 [Héctor le dice a Patroclo]: “a ti, en cambio, los buitres te devorarán aquí”). Este intercambio de papeles que aparece reflejado en ese genial fragmento, esa idea de que, en otras circunstancias, cada uno de ellos podría ocupar el lugar del otro es el primer paso para la reconciliación.

            Pero hay más. Príamo, entonces, se pode a llorar por su hijo. ¿Y Aquiles? Aquiles “lloraba por su propio padre y a veces también por Patroclo” (XXIV, 511-512). ¿Por qué Aquiles llora por su propio padre? Porque lo ve en Príamo, que llora a su hijo muerto; exactamente igual a como Peleo llorará por Aquiles cuando no regrese de Troya. Además, cuando Aquiles llora por Patroclo se identifica con Príamo, ya que los dos han perdido a la persona más querida. Aquilesasí, se ve reflejado tanto en Príamo como en Héctor. Príamo, por su parte, hace lo que sin duda haría Peleo frente a Héctor, intentar recuperar el cadáver de su hijo. Sólo así, en ese duelo, en la escenificación de ese dolor compartido (el uno por Héctor, el otro por Patroclo), experimentan Príamo y Aquiles la finitud de la vida humana.

            Lo que por fin comprende el mirmidón tras su encuentro con Príamo es que lo mismo que la felicidad siempre es parcial en la vida, al igual que los dioses conceden dolor y sufrimiento al hombre, también le han otorgado el don de la finitud. Por eso mismo el dolor también debe tener un final, debe concluir. Aquiles capta esa norma universal y la pone en práctica. Tanto él como Príamo son seres concretos incrustados en una sociedad y, por tanto, nunca dejarán de ser enemigos. Pero en la medida en que ambos se ven como representantes de algo universal, esa enemistad desaparece. Lo que visto de cerca, como individuos, les enfrenta, con la distancia de lo universal se esclarece. Cuando Aquiles comprende eso, cuando se da cuenta de lo que está en juego, deja marchar el cuerpo de Héctor, purificando con ello también su dolor.

            El reconocimiento de Aquiles y Príamo, su reconciliación, se escenifica con una comida: “El veloz Aquiles levantóse y degolló una blanca oveja; sus compañeros la desollaron y prepararon bien, como era debido (…) y cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Príamo Dardánica admiró la estatura y el aspecto de Aquiles, pues el héroe parecía un dios; y a su vez, Aquiles admiró a Príamo Dardánida, contemplando su noble rostro y escuchando sus palabras, y de este modo ambos disfrutaron viendo al otro” (XXIV, 621-633).

            En esta escena ambos se ven como objetos totalmente independientes, como individuos absolutamente aislados. Están en un plano puramente individual y, a la vez completamente universal. Han dejado de lado la separación que ejerce la cultura sobre los hombres, los amores, los odios, las lealtades, las obligaciones, el estatus, las relaciones de parentesco. Todo lo que conforma a un hombre en su ser social, diferenciándolo de los demás, ha quedado a un lado. Ambos se observan puros, como lo que son, dos seres humanos unidos por un mismo destino: la muerte. Eso es lo que reconocen los dos compartiendo su duelo, que el destino de los hombres es morir; pero también que el destino de los hombres es vivir, y eso es lo que reconocen en la comida que comparten. Hay que vivir. Restañar las heridas y vivir.

            La despedida se narra así [Príamo le dice a Aquiles]: “Ya sabes que vivimos encerrados en la ciudad; y la leña hay que traerla de lejos, del monte, y los troyanos tienen mucho miedo. Durante nueve días lo lloraremos en el palacio, el décimo lo sepultaremos y el pueblo celebrará el banquete fúnebre, el undécimo le erigiremos un túmulo y el duodécimo volveremos a pelear, si necesario fuere. Contestóle el divino Aquiles, el de los pies ligeros: Se hará como dispones, anciano Príamo, y suspenderé la guerra tanto tiempo como me pides” (XXIV, 660-671).

            La reconciliación de Príamo y Aquiles simboliza, de alguna manera, el fin de la guerra, aunque sólo sea de forma temporal. El conflicto, pues, está resuelto, y la Ilíada puede terminar. Pero la Ilíada nunca termina. Su verdad, severa e incómoda, se repite una y otra vez, una historia escrita hace miles de años de la que aún nos queda mucho por aprender.

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Biblioteca

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El niño que soñaba con ser arquitectoRelato de Alejandro Lillo

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Hemeroteca. La guerra

 

-Nuevo artículo de Justo Serna, “El caballo de Franco”, El País, 1 de abril de 2009

 

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58 Responses to “La actitud de Aquiles”

  1. jserna Says:

    Quiero agradecer a Alejandro Lillo la sensibilidad y la inteligencia con que ha tratado el tema. Lean, lean.

  2. Juan Antonio Millón Says:

    Enhorabuena don Alejandro por su magnífica glosa y su reseñable sentido ético de la lectura. Gracias por devolvernos unas páginas memorables y señalarnos legibilidades de la vida y la muerte de las que hemos de aprender. Celebro su frase: “Restañar las heridas y vivir”. No puedo aquí sino recordar las palabras de otra víctima, y con él de otras víctimas de nuestra historia patria: Manuel Azaña y las últimas palabras de su último discurso:

    “Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído magníficamente por una ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, piedad, perdón”.

  3. Ramón Says:

    Me he emocionado al leer un comentario tan hermoso como inteligente. Muchas gracias. Apago el ordenador (por varios días, que me voy de viaje. Antes de partir, repasaré la Ilíada, con la tristeza de no poder hacerlo en la lengua en que fue escrita

  4. Marisa Bou Says:

    No tengo palabras, Alejandro, para describir la emoción de leer su narración de la Ilíada, su forma oportuna y comedida de hacernos ver el horror del duelo no cumplido, de lo necesario que es el adiós para cerrar las heridas, precisamente para que nunca se repitan.

    Con una juventud como la que usted tan dignamente representa, estoy convencida que nunca más habrá muertos en las cunetas.

    Voy a hacer llegar su relato a cuantas personas pueda. Me siento orgullosa de ser su amiga.

  5. David P.Montesinos Says:

    Siempre me entendí mejor con La Odisea que con la Ilíada,pero leyéndole, este relato que siempre me pareció demasiado lleno de sangre recobra fuerte interés. También creo que el pasaje de la visita de Príamo es uno de los más interesantes de la obra. Me sumo a la felicitación por su estupendo texto, que me sugiere una reflexión en base a algo que Alejandro y yo hemos estado hablando esta misma tarde: debe usted acabar El origen de la tragedia, de Nietzsche, no lo dude.


  6. [...] La actitud de Aquiles « Los archivos de Justo Serna [...]


  7. [...] para el conjunto de la sociedad es tarea del periodismo, en el momento de los hechos, y de los historiadores y filósofos cuando se asienta el polvo que éstos provocan. Pero ¿dónde queda la memoria personal y familiar de la gente [...]

  8. jserna Says:

    Nuevo artículo de Justo Serna, “El caballo de Franco”, El País, 1 de abril de 2009

  9. La ratita presumida Says:

    Precioso relato, Alejandro. Dice Balmes que “en la lectura debe cuidarse dos cosas: escoger bien los libros y leerlos bien”. En su caso no queda la menor duda. Enhorabuena.

    Hablar de Franco es complicado. La cercanía de la dictadura, el testimonio vivo de los que sufrieron el horror de aquella represión, la soberbia de los que la apoyaron… Cualquier posición siempre resultará polémica.
    Destaco tu valentía, Serna, porque tu opinión acerca de mantener a la vista de todos los vestigios de la dictadura, “sin asear el pasado” con la intención de “mantenerlo para ilustración y enseñanza” (que comparto plenamente), no es aceptada por la inmensa mayoría de la izquierda, y las críticas en estos casos son…bueno, ya sabes cómo son (como le suele ocurrir a tu colega Muñoz Molina ;-)).

    Felicidades, Justo. Ah! y el final, genial. Juas, juas.

  10. Alejandro Lillo Says:

    Les agradezco mucho sus palabras, de verdad. Don Justo, don Juan Antonio, don Ramón, doña Marisa (a mí si que me ha emocionado su comentario), don David, Ratita…, muchas gracias. Pero créanme, lo único que he hecho ha a sido plasmar algunas ideas propias y desarrollar y resumir otras que pueden encontrarse en el libro de James M. Redfield titulado “La tragedia de Héctor”, publicado por Destino en 1992. En cualquier caso, y más allá de otras consideraciones, he contado esta historia porque creo que, sinceramente, merece ser recordada. Un fuerte abrazo a todos.

    Don David, no me diga más. Ya le contaré cuando lo acabe.

  11. Paco Fuster Says:

    Enhorabuena por tu texto, Alejandro. La Ilíada y la Odisea me recuerdan siempre a mi ex profesor -y ahora buen amigo (aún tengo en mi casa un ejemplar de “Héroes alfabéticos” para él)- Jose Antonio Molina. Gran tipo. Nos decía en clase que nadie debería morir sin haber leído a Homero y nos deleitaba con su lectura dramatizada de los Himnos Homéricos.

    Una vez asistí a una conferencia de un especialista en Alejandro Magno. La charla era sobre la guerra en la Antigüedad. Nos habló de la película “Troya” (de los pasajes que reconstruyes en tu texto) y nos dejó a todos helados cuando nos mostró la imagen de una armadura muy parecida a la que debió llevar Aquiles. Nada que ver con esa tan brillante que lleva Brad Pitt en la película.

    Sobre el artículo de Justo, nada que añadir. De acuerdo en la idea de mantener vivo lo que nos avergüenza. Sobre la decisión del Ayuntamiento de Valencia, decir que en Xátiva también sucedió lo mismo (no sé si en mi pueblo también tenemos ese honor, lo averiguaré). Un amigo del PSPV de Xàtiva me contó que habían elaborado una propuesta para quitarle ese título al Generalísimo. Alfonso Rus (sin comentarios) se lo impidió:

    http://www.elpais.com

  12. Angel Duarte Says:

    ¿Qué se habrá hecho del duelo entre nosotros? ¿De ese duelo compartido que permite dar por finito el dolor, sin dejar de saber; que abre las puertas, también, comida y bebida mediante, al reconocimiento del otro?

    En fin, don Alejandro, que me sumo a los plácemes y felicitaciones.

  13. Paco Says:

    serna. solo vives del rencor!!

  14. Ana Serrano Says:

    El escrito emocional y erudito de Alejandro Lillo sobre la Iliada, es de una lucidez y de una belleza que sí, Marisa, le hace a uno sentirse orgulloso de copartir espacio con él. Un espacio tan gratificante como este blog que Justo nos regala cada día.

    Todas las gracias para ambos.

  15. Ana Serrano Says:

    Estupendo su artículo, Justo. Estoy muy de acuerdo en que no hay que asear la historia (me encanta ese modo de expresarlo “asear”) y, por si tenemos tentaciones, ahí está el PP para oponerse. Luego les molesta que que se les asocie con el franquismo, que nunca han condenado, ay. Tambien yo tengo ganas de relinchar, pero no sólo a veces, todo el rato.

  16. Alejandro Lillo Says:

    El artículo del señor Serna es muy interesante y valiente, pues propone un camino alternativo al que generalmente ofrecen los medios de comunicación, tanto los próximos a la derecha defendiendo una cosa, como los afines a la izquierda abogando por la contraria. Para mí el caballo de Franco no debe estar presidiendo la plaza del Ayuntamiento (¿o tal vez sí?), pero tampoco encerrado en la Capitanía General. En definitiva, la propuesta del señor Serna me parece muy refrescante, como un soplo de aire fresco. Me quedo, como doña Ana, con la idea de mantener vivo lo que nos avergüenza, aunque creo que eso sólo se podrá hacer cuando consigamos mirar de frente a nuestro pasado.

    Gracias, señor Fuster, gracias, don Ángel, doña Ana. El placer es mío.

  17. Josep-Manel Vert Says:

    Esta es una magnífica lección que da la literatura clásica griega, que has sabido interpretar profunda y sabiamente. Es cierto que para quien sabe leer. Pero para que no pase desapercibida sin más sabes remarcar el valor de la finitud de la vida, y consecuentemente, del funeral, de restañar las heridas y de honrar la Vida. Precioso. Mi más sincera gratitud, Alejandro. Un abrazo.

  18. Pumby de Villa Rabitos Says:

    Lamento ser tan poco original pero también yo voy a sumarme al elogio hacia Alejandro. Me has cerrado la boca (¡albricias! dirá algún Rasputín de provincias) pero de admiración. Muy bueno, Alejandro, muy bueno.

    Arnau – que se que nos lees, aunque últimamente participes poco – ¿tu ves cómo sí hay madera en la juventud?… El serrín cerebral es el de otros, mira qué detallazo nos regala Alejandro.

    Recuerdo, David, que en otra ocasión reseñaste el aspecto sanguinario de la Ilíada. No te lo voy a negar, de hecho, cuando leí por primera vez el texto – era un niño – lo que me subyugó del texto e impulsó a acabarlo fue la cantidad de cabezas aplastadas, cuellos cortados, cimbreantes lanzas clavadas y demás carnicería que, a falta de cine gore, era lo único a lo que podíamos aspirar los chicos de entonces. Sin embargo, pasados los años y realizadas nuevas lecturas en la adolescencia y sucesivas juventudes (hasta alcanzar la actual), fue un factor que pasó de lo anecdótico a lo inapreciable. No creo que fuera tanto por la maduración de los ojos del lector cuanto más por las barbaridades sanguinarias que iba descubriendo en un presente que se tildaba de “moderno” y que empequeñecía las andanzas de tirios y troyanos. La nobleza de la guerra, como nos cuenta la Ilíada e interpreta tan acertadamente Alejandro – si alguna vez la guerra lo fue – concluyó con la Edad de Bronce; lo que siguió después fue ese festín de sinrazones que sintetiza el Manifiesto Futurista y que, consciente o inconscientemente, es hoy nuestra visión de las cosas (velocidad y violencia). Así pues, yo te recomendaría que si eso fuera lo que te frenara, soslayaras ese aspecto y te lanzases a su lectura: la disfrutarás. La Odisea es la historia de un hombre, la Ilíada, la de una sociedad, la del estertor de una cultura y, sin embargo, ese crepúsculo se ve a través de las vidas individuales, reconocibles y singulares de personas concretas que, coralmente, componen un mural, para mí, mucho más complejo que el deambular borde-aventurero de Ulises. Si de algo te vale mi recomendación, yo te impelería a que la leyeses, sobre todo, con tus ojos nietzschianos.

    A todo esto, ¿sabéis qué es lo que más me choca de la crítica literaria poco avezada y del cine hollywoodiense, cuando, irremediablemente, han de pasar por La Ilíada?… El sepulcral silencio sobre el “leit motiv” del poema. O la mentira esperpéntica sobre el tema. Todos callan el motivo último por el cual estalla la cólera de Aquiles, motor de toda la narración y piedra angular del poema. Oh, sí, claro, la muerte de Patroclo – se dice como sonsonete – ¿cómo?… sí, de Patroclo, el amigo de Aquiles… ¿el amigo de Aquiles?… La obra capital de Occidente, el espejo de la épica europea más varonil, la quintaesencia de la masculinidad, el Aquiles como modelo del “Hombre-hombre”… es un poema de enamorados. De guerreros enamorados. De hombres enamorados cuando, por las desdichas del amor (Eros), la muerte (Thanatos) arrebata al ser amado. ¿Y dices que hay que ver Brokeback Mountain? ¡Léete antes La Ilíada, panoli!

  19. Juan Antonio Millón Says:

    Estimado don Justo, siento decirle que tanto en su propuesta de la colocación de una lápida a la entrada del Ayuntamiento de Valencia (informando del acuerdo de nombramiento de Franco como Alcalde Honorario junto a un memorial donde se detallara el contexto de aquella decisión), así como en su consideración de que la eliminación de la estatua ecuestre de Franco de la Plaza del Ayuntamiento:”…que nos deja en la ignorancia, como si el caballo jamás hubiera estado entre nosotros”; lamento decirle, digo, que no las comparto.

    Me explicaré. Coincido con usted cuando expone: “No hay que asear el pasado. Hay que mantenerlo para ilustración y enseñanza…el mejor modo de manejarse con el pasado de nuestras instituciones es mantener vivo lo que nos avergüenza para instrucción de las generaciones actuales”. Esto es, comparto tanto la necesidad de no olvidar, como la necesidad de la enseñanza de nuestra historia. El problema, para mí, surge de la gestión de esa memoria, del sentido de los simbolos y las imágenes, y del uso de los espacios públicos.

    Me niego a compartir espacio público con la exhibición -en la mayoría de los casos, como es el de la estatua de Franco, exaltadora- de aquellos que conculcan el estado de derecho democrático y constitucional, con aquellos que utilizan la extorsión y la violencia, esto es, la represión y la intolerancia, para imponer y dominar. Comprendo, perfectamente cómo han de sentirse los familiares y otros ciudadanos del País Vasco ante las fotografías de los etarras en los parques públicos. Lo sentiría, y así lo expreso, como una invasión ignominiosa del espacio colectivo, cívico.

    Puestos a proponer -y más allá de la simple eliminación de las estatuas-, propondría, como un ejercicio de memoria colectiva, al tiempo que de enseñanza de aquel aciago régimen, la institución de un monolito o conjunto escultórico dedicado a las víctimas, tanto de la guerra civil como de la represión franquista. No es la imagen del represor lo que quiero recordar, sino la de todos aquellos que fueron sus víctimas, y son éstas a quienes me siento obligado moralmente a recordar, de quienes quiero mantener vivo recuerdo.

  20. jserna Says:

    Sr. Millón, por supuesto yo no propongo que Franco y su caballo regresen a la Plaza. Tampoco sostengo que se vuelva a rotular con el nombre del Caudillo, claro. Ahora bien, en la actual Plaza del Ayuntamiento (de Valencia) se ha eliminado todo vestigio de un pasado cercano. Tal vez nos resulte tranquilizador pero, al final, es poco instructivo, dejando a los jóvenes sin referencia alguna. Poner una estatua de Vinatea en el espacio que ocupó Franco me parece –perdonen que lo diga así– una memez: allí debería haber un monumento que recordara a las víctimas, por supuesto, pero también un resto material de lo que aquella Plaza fue, del tributo voluntario que a Franco se le rindió. El Ayuntamiento de Valencia concedió el título de alcalde honorario a Franco: no deberíamos olvidarlo. Fueron una institución y sus hombres quienes obraron así. ¿Nos sacudimos eso?

    Insisto: lo público ha de ser un espacio de ilustración. Vuelvo a insistir: si evacuamos toda referencia a material a lo que nos repugna, entonces dejaremos las plazas y las calles muy aseadas, en efecto. Nada nos perturbará. Pero a mí me gusta ver el pasado en la esfera pública: no sólo lo que me corrobora. Prefiero sentir cierto malestar: no olvidar que las instituciones honraban servilmente a generales victoriosos. El título del alcalde honorario de Valencia también se le concedió a la Virgen de los Desamparados a comienzos de los años cincuenta. ¿Qué hacemos? La verdad es que no propongo apear a la Virgen, a pesar de mi contumaz ateísmo. De hecho, no me molesta especialmente esa distinción por la figura religiosa a la que se le concede, sino por el nacionalcatolicismo. Quiero saber y no olvidar. En la Plaza del Ayuntamiento debería figurar una placa con todos los nombres que han merecido esa distinción. ¿Se imaginan que algo así pudiéramos verlo en el centro de todas las ciudades (españolas o no) que visitáramos? La urbe convertida en un archivo expreso de sí misma…

    Estuve este verano pasado en Alemania. Visité distintas ciudades hermosas, entre otras Baden Baden, tan burguesa, tan balnearia. Visité también Heidelberg, Friburgo, de cuya Universidad fue rector Martin Heidegger en 1933. En dicha localidad y en las otras que visité no vi nada que remitiera a un pasado ignominioso. Insisto: en la trama urbana de las ciudades. Salvo en Colonia, en cuya Catedral hay imágenes ilustrativas del estado en que quedó el templo tras los bombardeos. Pero yo no vi nada en las distintas poblaciones que recordara aquel régimen al que tantos se entregaron. Supongo que es un alivio para los habitantes y muy tranquilizador para nosotros, los turistas. Sin duda, los efectos de la desnazificación dejaron Alemania muy aseada, en los dos sentidos que expreso. Pero la desnazificación no siempre supuso un ajuste de cuentas con los ‘verdugos voluntarios’. No sé. El caso es que cuando paseaba por esas ciudades no veía nada: quizá sí que lo había; quizá era mi ceguera de turista que no deseaba ser molestado con lo siniestro.

  21. concha ridaura Says:

    Alejandro, felicitarte por el artículo y animarte a que sigas escribiendo para disfrutar leyéndote. como ves yo tampoco soy nada original al pronunciarme. un abrazo.
    concha ridaura

  22. Juan Antonio Millón Says:

    Coincido con usted, don Justo, en la necesidad del recuerdo y en la impertinencia del “higienismo” con respecto al pasado. En lo que no coincido es en qué debe exhibirse, cuál debe ser la representación de ese pasado. No me avergüenza la figura de Franco y sus títulos ignominiosos -no tengo nada que ver con eso y para mí la vergüenza es mi compromiso, mi deber moral. Me avergüenzan -y no sabe hasta qué punto- las victimas de su represión, el recuerdo de los derrotados, la memoria de la lucha antifranquista. La imagen de éstos, el recuerdo de sus nombres, la celebración de su lucha, son para mí la salvaguarda del recuerdo y la acusación y el repudio de los opresores y los asesinos.

    ¿Y nuestra justicia, y las familias que aún esperan la ayuda para enterrar dignamente a sus muertos -príamos avergonzados? ¿Qué lugar han de ocupar, quién se molestará por contar sus historias, quién exhibirá su recuerdo?

  23. Marisa Bou Says:

    Nosotros, señor Millón. Hemos de ser nosotros los narradores de esa historia a las generaciones venideras. Cada cual, desde su posición, como buenamente pueda. Don Justo lo hará desde su cátedra, como lo hace también en la prensa. Otros la transmitimos oralmente a nuestros hijos. Y no nos cansaremos nunca de hacerlo.

    Si bien es verdad que, optimistamente, pienso que algún día los libros de texto de la enseñanza obligatoria nos dirán toda la verdad, sin escamotear los datos que “no interesan” a alguna de las partes.

    Sobre todo pensemos que, quien no conoce su pasado, corre el riesgo de repetirlo. Con respecto a las deudas pecuniarias, mi abuela siempre nos colocaba un refrán que decía: “lo olvidado, ni agradecido ni pagado”. Esto vale también para la deuda histórica. Hagamos que nuestros muertos no lo hayan sido en balde.

  24. J. Moreno Says:

    Maravillosa manera de expresar las metáforas homéricas encerradas en mensajes universales de la antigüedad y dirigidas a preservar:
    El honor, la dignidad, la expiación, la liturgia……

    Gracias… Alejandro.

  25. jserna Says:

    Por supuesto comparto con usted, sr. Millón, la necesidad de enterrar dignamente a los muertos. Pero no coincido cuando dice: “No me avergüenza la figura de Franco y sus títulos ignominiosos -no tengo nada que ver con eso…”

    Tenemos que ver con eso. Vaya si tenemos que ver con eso… Nos guste o no nos guste.

    Hoy, un joven alemán no es culpable de lo que hicieron algunos de sus antepasados. Pero si se reconoce como tal, como alemán, si hasta él llega Alemania, entonces no debe ocultársele el vestigio manifiesto del horror. La historia material no nos muestra sólo lo digno. También hemos de hacer manifiesto lo horrendo. Hemos de conservarlo. Lo digo como ciudadano, no como historiador.


  26. Nos ha hecho hoy un buen regalo, Justo, al ofrecernos para la lectura el artículo de Alejandro Lillo “La actitud de Aquiles”. Seguramente habrá pocas maneras más hermosas de recordarnos los asuntos pendientes que tenemos los españoles, setenta años después de concluir la guerra civil. Tiene, además, otra virtud: la sutileza y sensibilidad de su análisis no puede ofender a nadie. Empatía y compasión son los sentimientos y actitudes que se requieren para que las partes en conflicto se humanicen – siquiera durante un tiempo limitado – y puedan reconocerse mutuamente en su dolor. En la comprensión del dolor del otro, en el saberlo idéntico al propio dolor, nace y florece el respeto mutuo, como de manera tan magistral nos ha mostrado Lillo. Los clásicos nos ofrecen lecciones que nos empeñamos en no escuchar.

    Respecto a su artículo, he de confesar que me siento más próxima a los argumentos de Juan Antonio Millón. Quizá yo parto también de una desconfianza básica: dudo mucho que la gente común y corriente, quienes viven día a día la ciudad, estén en condiciones de “leerla” con la sutileza que vd. presupone. Exigiría un conocimiento de la historia y una actitud crítica que debemos reconocer están lejos del ciudadano común. Los símbolos tienen fuerza porque son capaces de expresar un mensaje reconocible para todos en general. A veces, el mensaje viene transmitido por el simple hecho de existir el símbolo. Quiero decir que cualquier persona, al ver un busto en un parque o en una calle, automáticamente entiende que la persona en él representada tuvo un papel importante y – no lo olvidemos – positivo en la ciudad, fuera por su dedicación a las artes, a la medicina, a la política o a cualquier otra actividad noble. Con un monumento se rinde tributo, ese es el mensaje. ¿Cómo conseguir, entonces, que los sucesos deleznables permanezcan en la memoria de la ciudad sin que haya posibilidad de que los ciudadanos se confundan? Eso requeriría un tratamiento especial. No estoy en desacuerdo con ello, pero debe ser extraordinariamente claro e inequívoco y, por tanto, bien estudiado y planificado. Eso excluye el azar y, en mi opinión, excluye también el mantenimiento de aquellos símbolos que, en su momento, se crearon para ensalzar lo intolerable. En fin, es un tema muy interesante que bien merece un debate amplio y sosegado.

    Saludos cordiales.

  27. Juan Antonio Millón Says:

    Siento vergüenza de algún acto u omisión que yo haya cometido. Me compromete mi falta, me siento deshonroso, siento culpa de mis actos y omisiones. Puedo extender mi vergüenza, en eso que se llama “vergüenza ajena”, pero es la primaria la que me incube personalmente, la que debo afrontar, y es, desde esta idea, desde la que digo que no me siento avergonzado de Franco. Siento repudio, rabia. Sin embargo, sí siento culpa por aquellas atrocidades cometidas en las víctimas, y no sólo porque me hurtaron a mi abuelo y abocaron a una solitaria, miserable,difcilísima vida a mi abuela y sus seis hijos.

  28. Ana Serrano Says:

    “En dicha localidad y en las otras que visité no vi nada que remitiera a un pasado ignominioso. Insisto: en la trama urbana de las ciudades. Salvo en Colonia, en cuya Catedral hay imágenes ilustrativas del estado en que quedó el templo tras los bombardeos.”

    ¿No estuvo usted en Berlin, Justo? Berlín está repleto de recuerdos, perfectamente documentados, no sólo del nazismo (hay ruinas con imágenes ilustrativas también), hasta el muro de la vergüenza está señalizado y hay guías a toda hora para explicar a quien quiera conocer la historia lo que ocurrió allí.

    Yo creo que, al quitar esos símbolos que a muchos nos hieren y que no tienen sentido porque no conmemoran nada plausible, que me parece imprescindible retirar, se debería poner, como en los buenos parque tiene los árboles su origen, nombre científico etc. Una historia, incluso con foto, de lo que había allí. Si al ciudadano común no le interesa, me parece que lo que hay que intentar es que le interese ¿no? Yo creo, Isabel, que no debemos cejar en el intento de inculcar esa actitud crítica de la que habla en el ciudadano común.

  29. jserna Says:

    No estuve en Berlín. Lo reservo para otro viaje…

    Ana, comparto enteramente lo que dice en su último párrafo. No hay que evacuar lo horrendo. Hay que dejar constancia de lo que era. Con fotografías, por ejemplo.

  30. David P.Montesinos Says:

    Sigo tu consejo, querido Pumby, ya que Serna no acepta mi propuesta de que sea expulsado. Volveré a La Iliada. Creo que otro de mis problemas con ella es que me pasa como con la Guerra Civil, me molesta que me la cuenten porque pierden los buenos… pero es que prefiero infinitamente a Héctor que al cacho mula de Aquiles.
    Quid pro quo, mi fascinación por La Odisea proviene de su lectura en sí, pero muy especialmente de las luces que proporcionó el primer excurso de Adorno y Horkheimer en “Dialéctica de la Ilustración”, titulado, “Odiseo, o mito e ilustración”. Refrenda la idea que tú apuntas: el relato homérico del viaje de regreso a Itaca encarna el mito de la constitución del sujeto occidental desde la antigua Grecia hasta el individuo burgués de la modernidad. “Astucia”, ese concepto define al protagonista ya desde el momento final de la Iliada, pues le pertenece la autoría de la añagaza del caballo que origina la destrucción de Troya… y atraviesa uno tras otros los episodios del viaje. Fascinante relato, reservemos otro espacio largo para Lillo al respecto,¿no te parece?

  31. David P.Montesinos Says:

    Que no se me olvide. En mayo viene Stanley Cavell a la UIMP de Valencia, interesante personaje. Consultenlo en la web si les pica la curiosidad. Antonio Lastra dirige el curso.

  32. Juan Antonio Millón Says:

    Es muy difícil obviar las profundas sensibilidades, bien de afecto, bien de repudio, que convocan las estatuas, esculturas, placas conmemorativas y demás símbolos urbanos, ante todo cuando éstos convocan actos luctuosos, fidelidaes asesinas, etc. Es historia reciente las convocatorias de exaltación alrededor de estos símbolos, o los movimientos ciudadanos de petición de eliminación o derribo de los mismos. Esta realidad social -que ni es sólo actual, ni mucho menos únicamente española- no puede soslayarse, al presentar una propuesta como la suya, don Justo, que no dudo, en ningún momento, que es bienintencionada y está regida por unos valores intachables, como le dije anteriormente, y con los que coincido: el valor de la memoria y la enseñanza de la historia.

    Estoy con usted en que lo abyecto no ha de hurtarse, ante todo cuando es dirigido por una finalidad justa. Pero no me negará el material altamente delicado que mueve la mostración de la abyección y cualquier intervención en el ámbito público, ciudadano, ha de contar con un respaldo unánime, que, creo, no es el caso que nos ocupa.

  33. jserna Says:

    Isabel, reciba un saludo.

    El pasado abyecto no desaparece cuando las víctimas ya han fallecido. En París, cuando visité la tumba de Napoleón, sentí una repugnancia cierta ante el nacionalismo impenitente y guerrero con que allí se cultiva la imagen del Emperador. Resulta insoportable y vergonzoso. ¿Pido que desmonten el panteón? No, por supuesto. Lo que pido es que las lápidas que lo homenajean con desparpajo patriótico (y que tienen fecha y autoría) se acompañen por otras que contrasten y contextualicen. Que esa enmienda histórica nos haga soportable la visita, muy aleccionadora, a la tumba del Emperador idolatrado. Desde luego hay que acudir a ese panteón para experimentar lo que es un pasado abyecto. El malestar que provoca es grande, muy grande. Y muy aleccionador. Insisto.

    Ah. Otra cosa que creo haber dicho ya. En Santa Cruz de Tenerife, al final de la Rambla hay un conjunto escultórico –también de Juan de Ávalos– dedicado a Franco. A lomos de un Ángel que apunta la Península, el futuro Caudillo parece dirigirse a salvar la Península: a cumplir su misión redentora, vaya. ¿Qué se hace con esa estatua? Quitarla de allí sería lo deseable. Es un sarcasmo, sin duda, que siga ocupando el espacio público tal cual, que es lo que los distintos gobiernos municipales han decidido. ¿Pero saben cuántas lecciones de provechosa historia podrían impartirse a los pies del ángel exterminador?

  34. Ana Serrano Says:

    Al museo de la infamia, a la explanada del Valle. Yo sigo erre que erre con eso. Quizás lo lógico sería dejarla en su lugar, Justo, pero es que no puedo, es superior a mi.

    Pobre Juan de Ávalos, lo escogió el monstruo para perpetuarse, quizás por su clasicismo y por su monumentalismo y ha quedado ligado a ese nombre y acabarán quitando sus esculturas.

    Ahora que usted es comisario de una exposición, Justo, y que hablamos de Juan de Ávalos, me he acordado de algo que le escribí cuando murió, porque yo le conocí, cuando fui comisaria y pude realizar la cosa más hermosa de mi vida laboral. Espero no haberlo traído aquí ya y me permito contarles la “batallita”

    http://www.emboscados.com/foro/viewtopic.php?TopicID=1787&page=0#13374

  35. Ana Serrano Says:

    Y me dijo, Juan de Ávalos, que, cuando Franco le comunicó que tenía que hacer las esculturas del Valle de los Caidos, él era militante socialista. No podía decir que no. No se le podía decir que no a Franco ¿Se figuran?, que, además, hacer aquello suponía comer, pero que toda su vida: toda su vida había quedado marcada. Que era una oportunidad única para un escultor, que se sentía orgulloso de su obra, pero que tenía una sensación extrañísima porque sus esculturas más ambiciosas estuvieran allí.

    No logro ponerme en su lugar; no puedo imaginar qué se puede sentir en su caso.

  36. jserna Says:

    Ana, es muy sensible lo que dice y me gusta compartir con usted esa ambivalencia que la realidad nos provoca, que las personas nos provocan. Yo creo sentir lo mismo que usted cuando veo y vuelvo a ver las esculturas de Juan de Ávalos. He tenido que cargar con una sensación extraña desde que las vi por primera vez, en aquel viaje extraño que hice a Madrid en 1974: admito que están lastradas, claro, por el monumentalismo de inspiración fascista, pero hay maestría en su ejecución y, sobre todo, transmiten información. De monumento a mí se me convierten en documento.

  37. Pumby de Villa Rabitos Says:

    Sí, David, me parece espléndida tu idea y me sumo a ella: que Alejandro (por cierto, vaya nombre apropiado…) nos ofrezca su visión de la Odisea. Sin duda, ambas obras, tan diferentes en realidad, tienen un nexo común que nos fascina desde hace milenios.

    Qué curiosa coincidencia contigo. Pareciera como si en una obra coral – ya lo dije – como La Ilíada, donde los personajes apasionantes se suceden, hasta se atropellan, tres destacan. El papel de las mujeres es inconmensurable, se merece los posteriores desarrollos que de ellas se hizo en el teatro y la literatura desde Eurípides a nuestros días; también en el teatro perdurará el Ayax de Sófocles y su suicidio heroico y en las letras, Diomedes, Néstor, Eneas, el Príamo citado, los Átridas (y los Atreides)… hasta Agenor, un secundario que sólo sale en unos pocos versos de una sola escena (pero que a mi me hechiza) acumulan vivencias y vida, vida a mares. Sin embargo pareciera que existiese una tríada básica, Aquiles, Ulises y Héctor, sobre la que se centra la atención. Aquiles, el bruto enamorado, desesperado, inconsolable por su amor perdido y protegido por los Dioses Inmortales, capaz de cualquier hecho desmedido. Ulises ¿el astuto? sí, podría traducirse así, pero también como el artero o el engañador, qué interesante reflejo del propio Occidente que ve en la sinvergüencería y la deshonestidad un valor plausible revistiéndolo de inteligencia. Y Héctor, domador de caballos. ¿Quién es Héctor, David? Me apresuro a reconocerte que también es mi favorito pero, caramba, vaya héroe nos buscamos: un honrado trabajador, sereno, circunspecto, dilecto padre de familia, fiel esposo, obediente hijo, fraternal hermano, escudo de su pueblo, honrado, cabal, sensato, olvidado por los Dioses, sólo ante el Destino… no tiene aventuras ni desafueros que narrar como no sean las de su trabajo cotidiano; ni mujeres o efebos de los que gozar mas que los que la Ley y su corazón le mandan; su viaje se da en su comunidad; su gloria es sin Dioses. Extraño héroe nos buscamos: un hombre común que tiene por todo capital, la dignidad. Con Troya se extinguió la saga de los hectóridas, un Occidente que nunca sería. De las cenizas de Troya surgió un Occidente dubitativo entre la “terribilità” apasionada y destructiva de Aquiles y la mentalidad retorcida y ambivalente de Ulises. Así nos han ido las cosas.

    Otros contertulios habéis optado por entrar en el tema de la simbología franquista en las calles… No eludo la cuestión pero me encuentro en una situación de encrucijada. La propuesta que entre bromas y veras hacíamos Ana y yo, más allá de la mayor o menor “boutade” (aquello de la reutilización del Valle de los Caídos), rogaría que se interpretase en toda su extensión porque lo que Justo nos está proponiendo, creo, es el compromiso real de los representantes políticos de los ciudadanos, a través de sus partidos, para pedagogizar la sociedad en valores democráticos. Oh, tremendo.

    Tremendo porque la derecha NO quiere hacerlo. Su no condena explícita del franquismo en la práctica delata su condición real postfranquista. No son demócratas y este caso es el que lo demuestra. Pero la izquierda TAMPOCO quiere hacerlo; vive parapetada tras sus escritorios burocráticos, convencida de su Infalibilidad y su Verdad Absoluta ante la que el pueblo, bajo y vil, ha de acudir deslumbrada por su progresismo. La izquierda hace muchas décadas – casi tantas como años tiene la actual monarquía constitucional – que no ejerce su labor de formar e informar a la gente, que no enseña, que no tiene una actitud proactiva, que carece de iniciativa (como no sea la de sumarse a las propuestas de la derecha, de la peor derecha) que no está en la calle, junto a la gente de la calle, y por lo tanto, plantearse ahora, esos partidos, tener que ponerse a explicar lo que fue aquella dictadura, uy, qué tedio… ¿y quién lo hace? (porque los burócratas de los partidos, ni lo sueñan) ¿y quien los contrata? (porque, de hacerse, se haría mediante una contrata externa a una empresa de comunicación).

    Así que aquí estamos, con un franquismo rampante ganando terreno cada día y una izquierda sumida en la indigencia mental y la quietud más vergonzosa. Si el franquismo fuera Aquiles, el hijo del Dios, el bruto de “corazón partío”, añorando recuperar lo perdido – aunque sabe que es imposible, de la muerte nadie vuelve – y Héctor quedó en Troya, a la izquierda sólo le queda el papel de Ulises, pero es un Odisea idiota, ni el astuto, ni el artero, el hechizado por Circe, el que ve pasar los años en la molicie mientras los militantes y simpatizantes – su tripulación – yace convertida en bestias sin razón ni horizonte por la magia de aquella. Me queda la esperanza de que Eneas llegue a las playas del Lacio pero, ahora mismo, de verdad, no tengo ni idea de por donde navega.

  38. Alejandro Lillo Says:

    Resulta normal, don David, que prefiera a Héctor que a Aquiles. Héctor se presenta como el más humano de todos aquellos héroes, el más consciente de sus actos, de sus capacidades y de sus debilidades. Amante esposo, marido fiel, buen padre y defensor de la ciudad, comete errores, errores propiamente humanos que lo conducen a la muerte de forma trágica. El rival al que se enfrenta es demasiado incluso para él, el más aguerrido de los dánaos. Aquiles, en efecto, es una máquina de matar, un semidios invencible e implacable, y encima cabreado…, pero no es tan bruto como parece. Aquiles es un personaje fascinante y muy complejo, no sólo por la mitología tardía, que enriquece su figura, sino por su mismísimo papel en la Ilíada, inmerso en unas normas sociales que no acaba de comprender y que no hacen sino alejarlo de la misma. Es un héroe trágico también, pues se siente excluido de la sociedad a la que pertenece, pero a la vez ésta, para su supervivencia, depende de él. Se trata de un guerrero que dice lo que piensa, que no entiende mucho de parlamentos ni diplomacia. Es joven e impetuoso, tiene mucho que aprender, le falta el sentido de la moderación. Pero aún así siente, padece y sufre. Y se equivoca. Aprende y se recompone. Fascinante, en cualquier caso.

    Comparto la opinión de Pumby sobre las diferencias entre la Ilíada y la Odisea, y creo que la interpretación de ésta última que hace David también es acertada. En la Odisea está el origen del hombre occidental moderno, de la novela moderna. No olvidemos que es el propio Odiseo el que ejerce de narrador durante gran parte de la historia -un narrador subjetivo, por tanto-, contándole al rey Alcínoo las aventuras vividas hasta entonces: “¿Cuál cosa relataré en primer término, cuál en segundo lugar, siendo tantos los infortunios que me enviaron los celestiales dioses? Lo primero, quiero deciros mi nombre, para que los sepáis (…) Soy Odiseo Laertíada, tan conocido de los hombres por mis astucias de toda clase…”. Siendo un poema extraordinario y magistral, del que también se podría hablar largo y tendido, prefiero la Ilíada. Como dice Pumby, en ella se habla de un mundo ya desaparecido (incluso en el momento en el que Homero lo compuso). Las claves de su interpretación plena, por tanto, no las tenemos al alcance de la mano, se nos escapan, cosa que no sucede (al menos en la misma medida) con la Odisea. Comprender plenamente el sentido de la Ilíada es una tarea ardua, pero el solo hecho de intentarlo produce resultados maravillosos. En cuanto se hace ese esfuerzo interpretativo, la Ilíada destila una sabiduría casi mágica, por lo mucho que enseña teniendo en cuenta la distancia que nos separa de ella. El mural del que habla Pumby es impresionante: Aquiles y Héctor, sí, pero también Patroclo, Áyax, Diomedes y Odiseo; Príamo, Hécuba, Eneas, Agamenón, Menelao y Paris, Helena, Cassandra, Andrómaca, Néstor, o el propio Protesilao… Cada uno de esos personajes es un mundo… al alcance de nuestra mano y sujeto a controversia. Maravilloso.

  39. Alejandro Lillo Says:

    ¡Vaya, Pumby! Su comentario no ha salido hasta que puse el mío. Le leo atentamente y, luego, si se tercia, le comento…

  40. Alejandro Lillo Says:

    Veo que una vez más coincidimos, Pumby. Ya le comentaré ya…

  41. La ratita presumida Says:

    Plas, plas, plas. Pumby, me quito el sombrero. Totalmente de acuerdo con usted, desde “Sí, David” hasta “navega”.

  42. La ratita presumida Says:

    Vaya, Alejandro. No había leído su intervención. Interesante…

  43. Marisa Bou Says:

    Queridos contertulios todos: supongo que se avendrán ustedes a que yo no esté de acuerdo con Pumby al cien por cien.

    Les he leído en mi descanso del café (¡funcionaria, al fin y al cabo) así que esta tarde contestaré, en mi tiempo libre. He de pensar muy bien mi respuesta.

  44. Alejandro Lillo Says:

    Gracias, ratita. Le voy a contar una cosa, así, entre nosotros… ¿Sabe cuál es el colmo de un gato? ¡Pasarse el día haciendo el perro! ¡Ja, ja, ja!

    (¡Glup! ¡Espero que Pumby no se me tire al cuello!)

  45. La ratita presumida Says:

    Juas, juas, juas, ¡ay! juas, juas, juas

  46. Pumby de Villa Rabitos Says:

    No hombre, no, Alejandro ¿cómo voy a tirarme a tu cuello?… el gato es un animal en dos, porque es un felino y araña. Lo que pasa es que, últimamente, no se… como si me hubierahecho la manicura.

    Marisa… fíjate en lo que digo… fíjate que separo a las personas de los partidos… fíjate que mis dardos (por ponernos en plan teucro) van dirigidos contra las estructuras burocráticas de los partidos de izquierda, habilmente instaladas en la inoperancia, no contra su Idea, ni contra los que se la creen, ni mucho menos, contra los que quieren cambiar esa situación. Fíjate, que te veo venir… miau

  47. Friedrich Nietzsche Says:

    ¿Qué me importa el ronroneo de alguien que no sabe amar, como el gato?

  48. Pumby de Villa Rabitos Says:

    Tu sabrás lo que te importa… y lo que te inoportuna, Friedrich. Así que el gato no sabe amar… ja, ja, ja… “¿a quién le importa?” como dijo Carlos Berlanga por voz de Alaska o “¿qué sabe nadie”, cual Manuel Alejandro, dixit y cantó, de forma lamentablemente imborrable, Raphael.

  49. jserna Says:

    Pero qué nivel tenemos. Aquí, hasta quienes incomodan lo hacen con máscaras nobles. Hubo un Kant, que nos abandonó para irse con su amada a un invernadero lleno de humedades. Qué raro es todo, que diría Millás (perdonen los ex progres). Ahora vemos aparecer a un Nietzsche completamente verbal. A mí no me la pega. ¿Qué quiere decir con ese aforismo animal?

    Por otra parte, también es casualidad. El otro día comentaba algo de esto con Alejandro Lillo. Que si gatos –la gran matanza–; que si Nietzsche. Perdonen pero a mí todo esto me suena. Me refiero a lo del gato y a lo del ronroneo. ¿Quién está jugando?

    Y ahora les dejo. Me voy a una reunión…

  50. David P.Montesinos Says:

    O sea Serna, que nos deja, que le interesan más los de la reunión que nosotros, únicos que le queremos por ser como es y no por su dinero.

    Yo, esta vez, al contrario que Marisa, que se prepara para una acometida, no discreparé en nada de Pumby. Su visión de los paisajes homéricos, como la de Mister Lillo, me desborda, y además llenan de sutilidad y contenidos lo que en mí son meros esbozos. Un placer leerles, caballeros.

  51. Marisa Bou Says:

    Amigo gatuno: Si me veías venir ¿para qué me provocas? Sí, ya lo sé, soy de embestida fácil. Tal vez influencia de mi apellido… He de aprender a contenerme y no entrar al trapo a trote ligero. Pero ahora, una vez iniciada la suerte, no puedo parar en seco.

    Y como soy toro resabiado, intentaré que te confíes para, luego, ir directa al bulto:

    Estoy de acuerdo conbastantes cosas de las que dices cuando atacas a los partidos de izquierdas. Sí, has leído bien. Yo también creo que muchos de nosotros estamos -están- “parapetados tras sus escritorios burocráticos”. Y que “hace muchas décadas que no ejerce [la izquierda] su labor de formar e informar a la gente”. Pero hasta ahí.

    Comprenderás que me haga poca gracia que compares a los “militantes y simpatizantes” con las “bestias sin razón ni horizonte” en las que Circe convirtió a la tripulación de Ulises. De repente, como un fogonazo imaginario, me he representado a mí misma, mentalmente, como una cerdita rebozada en barro y excrementos, hozando alegremente en el fondo de una cochiquera. ¡Y eso no, gatito! ¡Zape!

    Tampoco aceptaré que me digas que separas a las personas de los partidos. Por la sencilla razón de que, estos comentarios que a mí me cazbrean, se los haces a personas, y no a partidos. Y porque somos muchos, te lo aseguro, los que estamos hartos de la estulticia de algunos y el desinterés de otros. A poco que podamos, nos cueste lo que nos cueste -y aunque alguna, por edad, no llegue a verlo- acabaremos por hacerlos a un lado (por no decir echarlos) y volveremos a nuestros orígenes. Políticos, sociales y pedagógicos. He dicho.

  52. Marisa Bou Says:

    Mientras escribía lo anterior, ha entrado David P., haciéndose el gracioso (que, por otra parte, lo es) con lo de mi “acometida”. ¿Sabías que iba a utilizar el símil taurino? ¿Tanto se me nota el “trapío”?

  53. daalla Says:

    Vengo a tu blog, que me ha sido recomendado por una madre orgullosa a la que ya hace algún tiempo que sigo en su magnífico “Mujeres de Roma”. La entrada que tan estupendamente has escrito glosando la Ilíada y la negación del duelo por parte de Aquiles a los deudos de Héctor enlaza perfectamente con la “damnatio memoriae” que ha existido desde siempre pero que fue actualizada por los sublevados fascistas en 1936. Entre los cientos de miles de víctimas de ese daño a la memoria se encontró mi abuelo, asesinado en octubre de ese año y enterrado en una fosa común, y por ende mi abuela y mi madre a quienes se les prohibió el luto y el darle unas exequias y un entierro digno.Incluso hablar de él estaba proscrito.
    Razón tenía tu madre al decir que “a veces es preciso remontarnos muy atrás en el tiempo para poder ver y comprender mejor los conflictos sociales”.
    Te agrego a mi blogroll pues a partir de ahora te seguiré con interés.
    Un saludo.

  54. jserna Says:

    Hola, buenas noches, sr. Daalla. Bienvenido a este blog.

    Vengo de la reunión, sr. Montesinos.

    ¿Contento? No exactamente, no.

    Torne esgotat, que es diu en valencià.

    Pero imagino que nada comparable con las reuniones que con porfía ciudadana libra la sra. Bou.

  55. Pumby de Villa Rabitos Says:

    El placer es mutuo, David.

    Querida Marisa, aprecio tu contención porque – ya que estamos con un pie en el mundo clásico – mi gladiador favorito es el llamado “provocator”, cuya función en los juegos ya indica su título. Me gusta, pues ese papel de provocador. Se provoca para generar la acción, para que los otros gladiadores entraran en lid, embistieran, si prefieres el término taurino, que el espectáculo tuviera un sentido. Yo provoco y acepto gustoso tu acometida si esta es para que tu misma o nuestros contertulios puedan cuestionarse aspectos que, de entrada, parecen tan de sentido común (ay, el “sentido común”) que nunca se replantean y lo que ahora nos provoca es el papel de la izquierda cuando la derecha, amparada en el embuste, la reacción y la corrupción, lejos de perder espacio, lo gana.

    Si te ofendió que usara la palabra “bestias” para definir la mágica transformación de los compañeros de Odisea, la retiro ya, cualquier símil me vale. Lo que resulta interesante de la imagen homérica es que mientras Ulises vive una falsa felicidad – la inducida por Circe – su tripulación, más, sus compañeros de viaje, han sido encantados, precisamente, para rebajarlos, para romperles el espíritu humano de consciencia, de razón – o sea, de los que los hace personas – por eso quedan – y la imagen que aportas es de lo más adecuada – como cochinos en porqueriza, por eso no tienen horizonte; si lo tuvieran, actuarían, cambiarían la situación, salvarían a su capitán (¡qué paradoja para un héroe!), destruirían los hechizos de Circe y hasta acabarían con ella. Pero no lo hace. Están embrutecidos por el consumo, la hipoteca, la mediocridad, el miedo, la comodidad… fueron aguerridos marinos aqueos, fueron aguerridos luchadores de la izquierda; son peleles de Circe.

    Otro asunto. Precisamente porque se de tus ideales y de los ideales de otros – incluso de los que no comparto aunque real o ficticiamente se sitúen en la izquierda – es por lo que, específicamente, separo los partidos de las personas (militantes y simpatizantes). Obviamente y con la misma firmeza del bisturí para separar y tratar a cada parte por su lado. No puedo acusar de burócratas a las personas que se esfuerzan por romper con esa dinámica; no puedo cambiar los papeles, como pareces sugerir. Lo que pasa es que, por eso, entonces, fijándome en las personas, sí puedo señalarles su necesidad de actitudes menos condescendientes para con sus propios aparatos, más críticas, más decididas. Argumentar que lo que hay ahora es un “mal menor” es perpetuar la inoperancia. ¿Cuándo será el momento del cambio? ¿cuándo decida el que debe ser cambiado? Decía Vicent Ventura que “todo mal menor, no por ser menor de deja de ser un mal” así que por ahí habría que comenzar a ser conscientes de que la cochinera es producto de Circe, sí, pero los perros guardianes de las mismas son otros humanos hechizados. Son muchos los que pretenden acabar con la Maga pero, para alcanzarla deberán, antes, acabar con quienes los enchiqueran, si de toros o bueyes, en vez de marranos habláramos.

    Admiro tu trapío, mas que de “bou”, de “bou brau” (bajo explico el juego de palabras para los lectores hispanos) No te quepa duda que seguiremos el camino a Itaca, que acabaremos con Circe y espabilaremos a Ulises, a falta de un buen Héctor. Pero deberá ser pronto. No tanto por la “impaciencia revolucionaria” – si me permites la expresión – sino porque cada vez hay más cerdos en la granja y, cada vez más, se parecen a los de Orwell y menos a ciudadanos participativos, comprometidos y libres.

    Permíteme darte a mi también la bienvenida, Daalla, tu alusión a la “damnatio memoriae” es impecable y muy oportuna. Ojalá pudiera ser, contrariamente a su propósito, uno de los elementos que coadyuvasen ese replanteamiento general de la actual izquierda que, entre tirios y troyanos, estamos debatiendo aquí.

    Respecto al juego de palabras antedicho: el apellido de Marisa, Bou, traducido del catalán significa buey. Por otra parte, en el País Valenciano, los toros de lidia se llaman “bous braus”. Marisa alude a su propio apellido en referencia al “bou brau”, claro, al toro, que es el que embiste, no al buey, más dado a la mansedumbre y yo se lo reafirmo.

  56. Ana Mª González Says:

    Es un placer tu lectura. Ojalá, en un futuro inmediato, gente como tú pueda intervenir en nuestras vidas.


  57. Curiously, a well executed piece of writing!

  58. zule Says:

    Gracias por este hermoso texto, estaba buscando algo para concretar una idea que expresé en un poema para Héctor, y lo he encontrado aquí.


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