Arles0. Reposo. Debo reposar, sí. Por indicación expresa del médico, del ats, de la enfermera, del asistente,  del vecino, del primo. Leo un e-mail amigo y me vuelve a tumbar. O, en otros términos,  me vuelvo a tumbar en mi cama, que se parece al lecho de Van Gogh. Así de robusta y recia, de madera, es mi cama.

He sido inyectado con Inzitan y drogado con todo tipo de myolastanes, en fin. La ciática está aliviada, ahora. Pero el dolor general e inespecífico en el tórax, no. El practicante –que también se llama Justo (la vida tiende a estas simetrías inverosímiles)– me ha dicho que no me fíe de mi repentina mejoría. Bueno, digo lo de simetrías inverosímiles no porque se llame como yo, sino porque se llama como mi padre, que era ats. O prácticante, que es lo que él siempre decía. El Inzitan tapa el dolor pero el mal sigue. O sea que me voy a acostar. Aunque antes de irme deseaba comenzar  un post cortito pero sentido que se refiere –cómo no– a los libros.

Losojosdeunanina1. Ana Serrano.  Y lo primero que quería es hacerles partícipes de un bello texto con que nos obsequia Ana Serrano: sobre el amor a la lectura, sobre la librería, sobre las viejas colecciones –la Colección Austral–, sobre el mundo que se descubre en la infancia.  Mi padre me inició en las variedades de dicho fondo. De Ana Serrano ya escribí tiempo atrás en este blog. Ahora ha tenido la cortesía de informarme de este texto suyo en el que  nos evoca  aquella colección. Es  un artículo que aparece en el número de mayo de Ínsula. Lean, lean.

A comienzos de los años setenta, aprendíamos Latín. Estábamos en el bachiller elemental y ya estudiábamos latines. Traducíamos a Julio César, a Tito Livio, a Salustio. Ay, Salustio, qué dificultad. Recuerdo que un día mi padre me compró La Eneida. Estábamos, ya digo, a comienzos de los setenta.  El libro no era en versión original, claro, pues mi conocimiento de la lengua era muy primario (en todo caso, superior a mi desnivel actual). Me lo regaló en Austral. La Eneida, de Publio Virgilio Marón. Así rezaba la portada. Octava edición, fechada el 21 de mayo de 1970. Aún la conservo.

Troya2. La Eneida. “Yo, aquel que en otro tiempo modulé cantares al son de leve avena, y dejando luego las selvas obligué a los vecinos campos a que obedeciesen al labrador, aunque avariento, obra grata a los agricultores, ahora canto las terribles armas de Marte y el varón que, huyendo de las riberas de Troya por el rigor de los hados, pisó el primero la Italia y las costas Lavinias. Largo tiempo anduvo errante por tierra y por mar, arrastrado a impulso de los dioses, por el furor de la rencorosa Juno. Mucho padeció en la guerra antes de que lograse edificar la gran ciudad y llevar sus dioses al Lacio, de donde vienen en linaje latino y los senadores albanos, y las murallas de la soberbia Roma…”

Por supuesto, aquel libro no lo leí entero. Mi padre me preguntaba periódicamente sobre mis avances y yo le mentía piadosamente, como si adelantara con orden y regularidad. Leía páginas, trozos que me cautivaban, saltándome lo que un adolescente de entonces consideraba latazos. Pero esos pasajes de La Eneida, de Austral, me transformaron.

De todos ellos, el que más me impresionó fue aquel en que Eneas relata el discurso de Laocoonte en el Libro II.  Troya… Un pasaje previsible, muy conocido, un fragmento que nosotros habíamos traducido en aquellas clases de latines. En estilo directo –y según la versión de Austral–, aquellos endecasílabos describen la escena así : “¡Oh miserables  ciudadanos”, dice Eneas repitiendo las palabras de Laocoonte. “¿Qué increíble locura es ésta? Pensáis que se han alejado los enemigos y os parece que puede estar exento de fraude don alguno de los Dánaos? ¿Así conocéis a Ulises? O en esa armazón de madera hay gente aquiva oculta, o se ha fabricado en daño de nuestros muros, con objeto de explorar nuestras moradas y dominar desde su altura la ciudad, o algún otro engaño esconde. ¡Troyanos, no creáis en el caballo! ¡Sea de él lo que fuere, temo a los Griegos hasta en sus dones!”, acaba. “Dicho esto, arrojó con briosa pujanza un gran venablo contra los costados y el combo del vientre del caballo, en el cual se hincó retemblando…”, añade Eneas.

Aún recuerdo  dos de las  citas más célebres de este pasaje: “timeo Danaos et dona ferentes” y “stetit illa tremens“.  Previsibles, ya digo, pero todavía impresionantes. De stetit illa tremens dice José Cadalso “que no parece sino que está uno viendo vibrar la flecha”. Está clavada (stetit), pero aún está en movimiento: tremens. Todavía impresionante. En efecto, luego, ya en el bachiller superior, esos pasajes volvieron a salir en alguna clase, sugestionándome otra vez, pero no mejorándome: mi nivel de Latín seguía igual. Así de rutinario soy.

3. Colofón.  Y ya corto por hoy, haciendo caso a Ana Serrano, que me lo repite y me lo prescribe. Ya no escribo más: me voy a reposar toda la tarde. Como la flecha clavada que dejó de vibrar.

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