sittingbullUno. Decía Guillermo Cabrera Infante que nadie, que ningún niño, espera o desea ser crítico de cine. Eso indicaba en Un oficio del siglo XX,  un delicioso volumen en el que se reúnen precisamente sus primeras críticas cinematográficas. ¿Qué quieres ser de mayor?  Crítico de cine. ¿Hay alguien que responda eso? Que yo sepa nadie se imagina de adulto ejerciendo la crítica cinematográfica, desempeñando dicha profesión.

Para empezar, es posible que el infante ni siquiera sepa que se puede vivir de eso. Además, ¿para qué vas a comentar las obras de otros cuando tienes la posibilidad de contar tus historias? O, en términos diferentes, ¿para qué vas a analizar  películas ajenas si puedes realizar tus propios films? Siendo jovencitos, no nos imaginamos ejerciendo la profesión de crítico. Pero, de repente, descubrimos que no, que no estamos dotados para ello. Por eso acabamos hablando o escribiendo de lo que otros relatan, narran.

“Si yo supiera contaros una buena historia, os la contaría. Como no sé, voy a hablaros de las mejores historias que me han contado”, decía Fernando Savater al inicio de La infancia recuperada (1976). Savater habla muy bien de las historias que le han contado, explica admirablemente los libros que le entusiasman. Andando el tiempo ha incumplido su precepto y su experiencia: ha pasado a contarnos historias, es decir, a escribir novelas. ¿Por qué esa obstinación? No lo sé.

Es preferible que cada uno descubra qué es lo que se le da bien y qué es lo que se le da menos bien. Qué quieren, yo sigo prefiriendo al Savater lector que glosa las novelas de otros. Como sigo prefiriendo contar películas y analizarlas a soñar con lo imposible: que yo filme una historia. No dispongo preparación ni tampoco tengo cualidades. Punto y aparte.

EHCARRDos. No conozco a nadie que de niño haya dicho que quiere ser historiador. Como mucho, a los jovencitos les gusta que les cuenten historias reales, ocurridas, sucedidas, pero no sueñan con ser ellos mismos los que investiguen esos hechos. No es raro oír en la infancia frases de este tenor: me gusta la historia.

En realidad, lo que nos gusta es el pasado que desearíamos vivir, ese tiempo inerte que algunos adultos exhuman con el arte de la narración, con los recursos de la investigación, con el rigor de la informaciones y de la documentación. Porque, en el fondo, el deseo de ser historiador es una aspiración extraña que nos enajena, que nos aparta del tiempo, de nuestro tiempo.

Si uno fuera de verdad un indio, siempre alerta, y sobre el caballo galopante, sesgado en el aire, vibrara una y otra vez sobre el suelo vibrante, hasta dejar las espuelas, pues no había espuelas, hasta desechar las riendas, pues no había riendas, y por delante apenas veía el terreno como un brezal segado al raso, ya sin cuello ni cabeza de caballo“.  Este famosísimo microrrelato de Franz Kafka, titulado Deseo de ser piel roja (o también Deseo de convertirse en indio) expresa una imposibilidad y un sueño: la desaparición de todo límite material, la multiplicación de la potencia, la confusión del objeto y del sujeto, la eliminación del tiempo.

El historiador no puede ser un indio: puede recrear, sí, la vida del piel roja a partir de los restos que perduran. Pero a veces sueña con serlo, como el niño que desea convertirse en indio. Se piensa en el centro de los acontecimientos, a lomos de un caballo que es él mismo. O, como dijera Edward Hallet Carr en ¿Qué es la historia?, el historiador no es un alguien que observa distante y ajeno el proceso histórico: se sabe arrastrado por la marcha misma de la historia, disolviéndose. Leo la biografía que de su vida ha escrito Jonathan Haslam y las vicisitudes de su existencia prueban ese dictamen realista.

Concreta y literalmente: “hablamos a veces del curso histórico diciendo que es «un desfile en marcha». La metáfora no es mala”, admite E. H. Carr, “siempre y cuando el historiador no caiga en la tentación de imaginarse águila espectadora desde una cumbre solitaria, o personaje importante en la tribuna presidencial. ¡Nada de eso! El historiador no es sino un oscuro personaje más, que marcha en otro punto del desfile”. Más aún, añade Carr, “el historiador es parte de la historia. Su posición en el desfile determina su punto de vista sobre el pasado”. No somos águilas espectadoras pues nos sabemos dentro de esa marcha, colocados en una parte. Pero desde luego ambicionamos encontrar un punto de vista que nos eleve algo por encima de ese desfile, como el piel roja de Kafka que, a fuerza de cabalgar, pierde materialidad y límite, posición y determinación.

EHCARR2Tres. Les confesaré algo personal, algo que es la conclusión de lo dicho anteriormente. De niño, yo nunca quise convertirme en historiador. Me parecía poco excitante. Hasta aquí, lo normal. Siendo ya adolescente no sabía si estudiar periodismo o filosofía, materias que imaginaba de acción o de mayor vuelo. Finalmente opté por estudiar historia. Moderado como era y aún soy, con esa carrera me parecía cubrir múltiples intereses, justamente a mitad de camino entre lo concreto y lo abstracto, entre la minucia y la especulación. Uno de los factores que me animaron a cursarla fue descubrir un volumen de tapas blancas publicado por Seix Barral: ¿Qué es la historia?, ese volumen que he releído en tres o cuatro ocasiones en distintas reediciones (ahora en Ariel) y al que regreso con motivo de una reseña que he escrito para Ojos de Papel.

Me maravilló y aún me sorprenden su prosa recia e irónica, las bromas que el severo académico se permitía, el common sense o ese toque levemente progresista  que se consentía. Leído, claro, en su versión española, de aquel libro me entusiasmaban la precisión de sus metáforas y el apasionamiento de su rigor. Yo lo veía como un ejemplo excelso del mejor método inglés, de la academia, de Cambridge. Suponía a Carr cómodamente instalado en una cátedra, ajeno al mundo convulso del Novecientos. Estaba totalmente equivocado y las relecturas me dieron las primeras pistas. Carr no era un docente normal. No era un académico corriente, sino un outsider, un historiador sobrevenido, un diplomático con estudios clásicos que supo estar en el centro del desfile elevándose.

Supo, en efecto, mirar con perspectiva, sin ser arrollado por su tiempo y por las ideas recibidas. Era un victoriano nacido en 1892, un liberal britanico de destino previsible. Pero, en cada página de aquella maravillosa obra, el historiador perdía materialidad y límite, posición y determinación, como el piel roja del cuento, hasta confundirse con sus objetos: la Rusia soviética, por ejemplo. Ahora lo vuelvo a confirmar con su biografía. Justamente eso es lo que la obra de Haslam detalla también con precisión e ironía. Tan bien lo cumple que me han hecho regresar al historiador. ¿Imaginan el placer que supone releer aquellas páginas de Carr? No es preciso estar conforme con todos sus dictámenes, pero, ah amigos, su inteligencia, su humor, sus obsesiones, sus vaticinios exactos, sus errores, sus predicciones equivocadas y apasionadas brotan con amenidad. Los ojos de Carr no miran: escrutan tras sus lentes de aumento. Como hace el historiador, como debe hacer todo historiador. Pero, si nos fijamos bien, hay algo más: sus pupilas examinan con una dureza que sólo aligera esa sonrisa apenas expresada.

EHCARR3Cuatro. ¿Y qué lección podemos extraer de lo dicho por Carr? ¿Cómo se maneja un historiador, este historiador? Tanto insistir en que nadie aspira a serlo cuando niño y he dejado sin precisar en qué consiste su tarea.

Para Carr, el historiador es alguien que observa, alguien que está en el desfile de la historia, alguien que se aúpa para divisar: un rastreador de huellas. Le interesa un objeto histórico, algo ocurrido, y se dispone a enterarse: en su caso, por ejemplo, la Rusia contemporánea.

Ya sé que la del rastreador es una analogía –y como tal de valor aproximado– pero no encuentro otra imagen que exprese mejor lo que el historiador hace inicialmente, lo que Carr se propone hacer. Está atento a lo que le rodea, a ese desfile en marcha, para distinguir vestigios que otros no ven. Y esos vestigios son restos del pasado, restos materiales o inmateriales: documentos que le sirven para hacerse una idea aproximada de lo que pudo ser y ya no está. Porque el pasado por inmediato que sea no existe, ya está desaparecido, y sólo con eso –con eso que queda– el historiador podrá conjeturar la parte del entero, el hecho en su circunstancia y el acto en su contexto.

El documento no es copia ni reflejo completo de lo que sucedió, sino algo escaso, como una fotografía que congela la vida que transcurre, una vida que sobrepasa el marco, el campo de lo retratado: una vida de la que vemos una imagen superficial, muda; una imagen cuyos protagonistas se nos presentan, se nos muestran sólo en parte, adoptando poses, enfocados a partir de una determinada perspectiva. ¿Qué pensaban, qué se decían entre sí? ¿Qué había ocurrido antes de que los retrataran? ¿Qué sucede inmediatamente después de que el fotógrafo inmortalizara ese hecho?

El historiador suele contar con otros retratos de los mismos personajes: quiero decir, el historiador no se maneja con un solo documento, sino con otros muchos que le sirven para completar la información limitada de ese primer documento. Carr operaba básicamente con fuentes escritas, con lo que los testigos o protagonistas decían de sí mismos o de los hechos. Por eso, la analogía del retrato que he propuesto hay que tomarla como lo que es: una licencia que me sirve como ejemplo.

El historiador tiene, ya digo, documentos varios, cuantos más mejor. Y Carr reunió obsesivamente datos y más datos extraídos de series escritas, de fondos pertenecientes a distintos archivos. ¿Para documentar qué cosa? La historia de la Rusia soviética, la magna obra a la que se entregó durante años y años. Como historiador contemporaneísta, Carr acopiaba sus informaciones habiendo transcurrido pocos años desde los hechos (la Rusia de Lenin). Le faltaba, pues, una perspectiva de larga duración: no podía hacerlo de otro modo. Pero por eso tiene mayor mérito su esfuerzo, un esfuerzo de exhaustividad, de prudencia analítica. ¿Reúne datos y ya está? No, por supuesto: ha de dar sentido a lo que trata, analiza y, sobre todo, ha de narrarlo, ha de darle un hilo conductor.

El historiador establece un entero de informaciones, todo aquello que puede saber de esos actos del pasado para pasarlo a un relato histórico. Y eso que puede saber no es todo lo que sucedió: de todo lo acontecido no hay registro o lo que se conserva no es necesariamente lo más relevante. Él selecciona a partir de algún criterio fundamentado. Y es que los datos no se parecen “en nada a los pescados en el mostrador”, dice Carr con una imagen bien gráfica. “Más bien se asemejan a los peces que nadan en un océano anchuroso y aun a veces inaccesible; y lo que el historiador pesque dependerá en parte de la suerte, pero sobre todo de la zona del mar en que decida pescar y del aparejo que haya elegido, determinados desde luego ambos factores por la clase de peces que pretenda atrapar”. ¿Peces, datos?

Más aún: todos esos datos que el historiador ha conseguido pescar no son necesariamente congruentes entre sí. Hay, en efecto, contradicciones, porque el investigador se maneja con versiones. Los documentos son eso: versiones de hechos, contemporáneos o posteriores a los mismos. El historiador ha de dar su versión, que no es una opinión dicha a bote pronto, sino una reconstrucción metódica, erudita, laboriosa, fundamentada, prudente, una reconstrucción que es la escritura de un pasado a partir de lecturas y lecturas, de consultas y consultas, a partir de una observación objetiva.

La objetividad no es el acierto eterno o la equidistancia. Tampoco es la explicación definitiva de los hechos, la interpretación ya clausurada de los actos. La objetividad es el rigor, la disciplina, la documentación, el respeto a los hechos, la precisión. Y, como le gustaba decir a Carr, la precisión no es una virtud del historiador: es su deber. Debemos evitar la superficialidad, la desinformación, el sectarismo; debemos evitar el uso sesgado e interesado de lo sucedido; debemos evitar el pasado como munición actual, como arma de choque. Y debemos escribir, porque al final una tarea básica del historiador es la de escribir, poner en orden eso que ha averiguado lo mejor que ha sabido y podido. ¿Y cuándo hay que escribir?

“En lo que a mí respecta”, admite Carr, “no bien llevo algún tiempo investigando las que me parecen fuentes capitales, el empuje se hace demasiado violento y me pongo a escribir, no forzosamente por el principio, sino por alguna parte, por cualquiera, Luego leer y escribir van juntos. Añado, suprimo, doy nueva forma, tacho, conforme voy leyendo. La lectura viene guiada, dirigida, fecundada por la escritura: cuanto más escribo, más sé lo que voy buscando, mejor comprendo el significado y la relevancia de lo que hallo”.

Seguiría. Digo que seguiría recreando lo dicho por Carr, homenajeando su manera de enfocar la investigación, mostrando también sus errores. Pero hay que acabar. Un historiador también acierta cuando sabe poner punto final: cuando admite que no podría o no sabría decirlo mejor.

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Defensa del historiador

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