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Quiénes son los maestros pensadores

7 octubre 2009

Los archivos de Justo Serna, primera época, 7 de mayo de 2005

ClaudeLeviStraussFernandBraudel

Claude Lévi-Strauss  y Fernand Braudel

Justo Serna

La Universidad de Valencia ha publicado dos volúmenes imprescindibles, dos biografías intelectuales: una, dedicada al antropólogo Claude Lévi-Strauss y otra, al historiador Fernand Braudel. Con ellas vuelven dos de los maestros pensadores más influyentes del Novecientos.

Braudel fue –y Lévi-Strauss aún lo sigue siendo— un importantísimo académico de la cultura francesa de posguerra, es decir, en ese último momento de esplendor de Francia que comenzaba con la liberación de París y con ese beso joven, lascivo y tierno de dos enamorados que captara con afán simbólico la cámara de Robert Doisneau.

Fue aquella una cultura de reconstrucción, de ajuste de cuentas con la propia humillación nacional vivida por Francia en la que era preciso reexaminar el vigor o el agotamiento de las tradiciones intelectuales. El existencialismo brilló durante un tiempo y Jean-Paul Sartre fue su principal adalid, el epítome de la Resistencia intelectual. La estampa es bien conocida. Les pido disculpas por compendiarla de manera esquemática.

Inspirado en Heidegger, Sartre logró interpelar y conmover a sus compatriotas y, después, al mundo con un humanismo trágico que, en principio, exaltaba la libertad solitaria: admitía y aceptaba con daño incurable, con coraje, la condición del individuo, un ser arrojado al mundo sumido en un radical aislamiento precisamente cuando debe afrontar su vida y cuando debe optar. En El existencialismo es un humanismo, la célebre conferencia que impartiera el filósofo en una sala abarrotada del París de 1946, pregonaba este hecho e invitaba al hombre a sacudirse la última servidumbre que le ataba y con la que se excusaba. No hay humanidad que elija por ti, no hay amparo que venga del grupo o de la colectividad; eres tú, en extrema soledad quien emprende un curso de acción conscientemente, quien elige, y al hacerlo los efectos que provoca tu decisión no sólo te conciernen a ti: conciernen también al resto, pues con tu acto, siempre deliberado, defines qué tipo de ser humano quieres ser, a qué tipo de humanidad quieres pertenecer, qué tipo de sociabilidad quieres erigir. Solos, elegimos y con ello nos aventuramos mejorando o poniendo en riesgo moral o material a la humanidad en su conjunto.

La figura del intelectual comprometido fue, indudablemente, la especie humana a que daban lugar las ideas de Sartre, esa filosofía del sujeto, del sujeto consciente, siempre libre y creador, capaz de acarrear con la historia y empeñado en hacer su propio porvenir, abocado a un incurable, a un irreparable fin. El propio Sartre fue ese intelectual implicado que cautivó a sus lectores y admiradores a pesar de su extrema fealdad y a pesar de su desaliño indumentario, ese desaseo que tanto se le reprocharía. Fue prolífico hasta el exceso, de vida marital agitada y promiscua, el escritor alejado de la Universidad, de la Academia y de sus servidumbres, el literato libre que emborrona cuartillas en las terrazas parisinas, que agranda su obra garabateando papeles, obras dramáticas, ensayos filosóficos, novelas… sobre los mármoles del Café de Flore, en Saint-Germain-des-Prés.

Claude Lévi-Strauss y Fernand Braudel fueron dos contemporáneos suyos, dos rivales de Sartre, muy distintos. En aquella Francia de los años cuarenta y cincuenta, frente a la figura impostada, enfática, universal, del escritor comprometido, Lévi-Strauss y Braudel representaban maneras diferentes de abordar la vida intelectual. En los cuarenta, por ejemplo, eran ya dos académicos de cierto relieve, dos académicos que se habían dedicado tempranamente a investigar en sus respectivos campos (en antropología y en historia) y que habían coincidido en los treinta en Brasil, al frente de las misiones educativas que este país tenía acordadas con Francia. Allí se hicieron amigos y sólo después de la guerra, el cese de las hostilidades y la derrota del nazismo les permitirían reencontrarse en París. Publicaron sus tesis doctorales, que eran monumentos basados en un acopio amplísimo de fichas y en intuiciones o reflexiones profundas, audaces y parejas, todo lo parejas que puedan ser dos obras tan distintas.

Pero de Sartre también les separaba la carrera universitaria: ambos ocuparían y prosperarían a lo largo de los años en un medio académico tan feroz e inmisericorde como el francés. Y no sólo eso: fundarían instituciones universitarias o parauniversitarias demostrando ser eficaces organizadores del poder institucional y avispados recaudadores de fondos, de subvenciones. Hay coincidencias personales entre Lévi-Strauss y Braudel y hay chiripas que los aproximaron. Pero lo que les acercó más, si cabe, fue su común repudio del humanismo existencialista. Lévi-Strauss y sus seguidores fueron identificados como estructuralistas y Fernand Braudel profesó lo que él mismo llamaría la historia estructural. Estructuralismo, historia estructural… ¿eran intercambiables? ¿Significaban lo mismo? Demos un pequeño salto temporal, abandonemos los cincuenta e instalémonos a mediados de los sesenta.

Hace cuarenta años, el estructuralismo era una corriente intelectual muy pujante en el París vertiginoso de entonces y parecía haber sustituido la moda, el brillo y el prestigio de un Sartre ya envejecido. Estábamos en el momento de mayor esplendor de Lévi-Strauss, en el sesenta y tantos, en aquel 1965-1966 que François Dosse llamó ‘el año luz’ en su ‘Historia del estructuralismo’. Los maestros pensadores habían copado la Sorbona, l’École, el College de France, sus ideas se divulgaban a través de los ‘media’, y numerosos adeptos hacían declaraciones de fe estructuralista. A Claude Lévi-Strauss se le reconocía en aquellos años, en los sesenta, como el autor que había dado origen a dicha corriente y en quien abierta o implícitamente se habían inspirado sus pares intelectuales. Lévi-Strauss era ya para entonces ese etnólogo de gran prestigio que había publicado textos de relieve académico, Las estructuras elementales del parentesco, Antropología estructural y El pensamiento salvaje, entre otros, pero cuya celebridad la había alcanzado con una obra rara y bellísima: Tristes trópicos, una especie de memorias de explorador, una suerte de cuaderno de campo sobre su estancia en el Brasil de los Bororo, una clase de relato viajero, un tipo, en fin, de géneros confusos, de literatura transversal en la que con una prosa sutil y metafórica divulgaba las certidumbres básicas del estructuralismo. Clifford Geertz ha dedicado páginas muy perspicaces a analizar Tristres Trópicos.

¿Y cuáles eran éstas, esas ideas que entonces se vieron con el mentís más rotundo del existencialismo de Jean-Paul Sartre? Fernand Braudel, cuyo prestigio se había incrementado con El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, también contribuiría a desmantelar la filosofía del sujeto propia del existencialismo. Podemos muy bien, pues, enumerar brevemente las características de las ideas estructurales…

El individuo, el agente emprendedor de acciones conscientes, es parte infinitesimal del mundo, de un espacio que otros también ocupan y que está atravesado por relaciones que conoce o que desconoce, un espacio regulado por normas que sabe o que ignora. Es decir, el supuesto del estructuralismo era exactamente contrario al del existencialismo. Mientras que para éste, el individuo es átomo y la sociedad es suma o agregado de esos individuos, conscientes, autónomos, racionales, sabedores trágicos de sus preferencias y de sus responsabilidades, para el estructuralismo, los seres humanos estarían presos en una cárcel que, muy frecuentemente, ignoran, unas restricciones objetivas y externas que limitan su acción. Así, lo que llamamos libertad no era más que el determinismo que se desconoce; lo que llamamos libre albedrío no era más que fatalidad que se ignora. De acuerdo con esa concepción, los individuos se insertan en un sistema complejo de relaciones, de combinaciones y de reglas, sistema al que habría que llamar estructura.

Estas ideas fueron antihistoricistas y antihumanistas. Al decir esto no debemos entenderlas como una denuncia moral: es un mera descripción. Fueron antihistoricistas y antihumanistas en el sentido de que las normas descubiertas que regulan las acciones y relaciones de los hombres no se modifican por la simple deliberación del individuo o no se alteran por la resolución consciente de las personas. Las reglas, esas reglas en buena medida inconscientes a las que nos sometemos, atraviesan las sociedades, perduran, se prolongan en el tiempo y hacen irrelevantes los estudios históricos a corto plazo, las investigaciones que se ocupan de mostrar la acción humana en acontecimientos breves y espectaculares. Ese determinismo de Lévi-Strauss y de Braudel tenía mucho de Marx, en efecto.

Lo importante de la sociedad humana está siempre bajo la sombra, oculto, o es un lento discurrir de estructuras que apenas se modifican durante siglos, es una urdimbre profunda de reglas, de coerciones o de prescripciones que dirigen, tutelan o finalmente determinan lo que es nuestra vida colectiva, nuestro psiquismo, incluso. La tarea del investigador que profesa el paradigma estructural es la de exhumar lo enterrado, penetrar hasta las capas más subterráneas e insondables, sumergirse más allá del oleaje superficial del Océano, según indicaba Braudel. La acción consciente del hombre es el ‘humus’ y las reglas profundas son los estratos más recónditos, añadía Lévi-Strauss.

Aunque no lo crean, o tal vez sí, estas ideas tuvieron un éxito rotundo en la Europa continental de los años sesenta y setenta, y sirvieron, como ya he dicho, para rebajar los humos de Jean-Paul Sartre y su humanismo existencialista, su filosofía del sujeto, una concepción que depositaba en la acción consciente, en el compromiso a menudo trágico de las elecciones deliberadas, la base de la vida humana: una vida humana en la que la historia era el espacio de posibilidad, ese porvenir en el que todo es dable si el hombre se lo propone. Lévi-Strauss y Braudel, por el contrario, rechazaban lo que creían que era una idea bienintencionada pero absolutamente errónea y así el individuo se lo imaginaban preso, incapaz de modificar el curso de la historia o de alterar nada decisivo en el mundo, siempre sometido a todo tipo de restricciones, una parte infinitesimal, irrelevante, para lo que es el curso colectivo y sobre todo para lo que es la gran trama de códigos que nos envuelven y que rigen, lo sepamos o no, nuestras acciones.

En estas condiciones, escribir biografías intelectuales de los autores que profesaron dichas ideas puede parecer paradójico, contradictorio con las intenciones de los biografiados e incluso condenado al fracaso… Y, sin embargo, las biografías de estos maestros pensadores han de ser por fuerza excitantes. Que dos académicos tengan vida más allá del aula y que ésta pueda traducirse en palabras hasta el punto de provocar nuestro interés, nuestra avidez intelectual, es un prodigio de los libros que hoy presentamos. Hay una superstición muy literaria o novelesca que nos fuerza a suponer que la aventura existencial es siempre lejana, que el riesgo que nos curte se da en otros lares distintos de los ordinarios. Pero para quienes se han aventurado, precisamente, en la feroz vida académica, los peligros de la existencia están aquí mismo: los pánicos, las expectativas, las derrotas o las gestas, no son hechos que transcurran a miles de kilómetros: pasan en los corredores de las Facultades, en los salones de Grados y en los Despachos lujosos o menesterosos de los profesores. La novela de sus vidas, de estos dos grandes maestros pensadores, está recogida, documentada y minuciosamente detallada en estos volúmenes que, seguro, harán las delicias del público cultivado y sensible. Hay en ellos poco cotilleo, pero sí que hay en sus páginas el desvelamiento imprescindible y la indiscreción necesaria para mostrar el rostro de quienes han sido dos mandarines muy influyentes de la cultura francesa.

Qué curioso… Hace treinta años, justamente cuando fallecía el anterior jefe del Estado, cuando en España comenzaba a tambalearse un régimen político ya declinante, cuando comenzaba a ventilarse el aire mefítico de la dictadura, yo leía a hurtadillas a Lévi-Strauss, atraído por lo que trataba pero sobre todo por la extrañeza que su apellido provocaba en un adolescente que calzaba sus primeros tejanos Levi-Strauss. No entendí gran cosa. No me pregunten por qué. Hace casi treinta años me compré mi primer libro de Fernand Braudel, La historia y las ciencias sociales, en donde pude leer el ensayo sobre la larga duración. Me irritó especialmente. No me pregunten por qué. Lo cierto es que muchos años después me veo traduciendo con Anaclet Pons su biografía intelectual y me veo hablando con nostalgia de unos autores que fueron el descubrimiento de un adolescente aturdido y, cómo no, rabioso. No me pregunten por qué, pero veo en todo ello una modesta empresa de autobiografía personal…

JS, 2005

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