0. Es un varón de rostro anguloso. Es un hombre joven cuyos rasgos y perfiles le dan un aspecto ciertamente viril. La frente es prominente y destapada, como si una incipiente alopecia  la despejara. La oreja es de trazado grande, con un lóbulo que se extiende. La nariz, con orificios muy negros, describe una línea perfecta, incisiva, un ariete. La cuenca alberga un ojo que adivinamos almendrado, protegido por el arco superciliar. Ahora, el párpado está entornado.

El individuo parece entregado al sueño o a un placer propiamente sensual. Su rostro severo, algo envarado, no añade dato alguno. Al observar el detalle de esta imagen no podemos saber lo que ocurre fuera de campo.  Imaginemos: entorna los párpados para apreciar mejor un sonido que embriaga. ¿Un himno, una marcha militar, una cancioncilla? Los himnos se escuchan con el mentón levantado, mostrando respeto y aplomo marcial. Imaginemos: el varón retador atiende y se contiene. Ese mentón, justamente, alarga el rostro confirmando su masculinidad.

Sin embargo, hay algo en esta imagen varonil que desmiente su aspecto pétreo; algo que revela rasgos casi femeninos; algo que suaviza dicho porte. ¿Quizá ese claroscuro que exagera la distribución de la luz y las sombras? El individuo está expuesto al sol, de eso no hay duda, y  ello acentúa el sombreado: los brillos de su rostro iluminado los vemos como retoques de maquillaje. Las cejas parecen dibujadas, excesivamente perfiladas; las pestañas son largas y el repliegue de los labios es muy carnoso. Ahora bien, lo que le da un aspecto menos viril es la pieza con la que se cubre la cabeza (¿una redecilla, un bonete?), pieza de la que cuelgan esas borlas que distinguimos.

Recuerdo Tu rostro mañana, de Javier Marías. Hay allí, en esa novela, un personaje llamado Rafita, alguien detestable para el narrador. Cierta noche, Rafita acude a una discoteca londinense tocado con una redecilla, un complemento absolutamente incongruente y anacrónico del que Javier Marías escribirá páginas divertidísimas. Pero en esta imagen que ahora tenemos al costado no vemos anacronismo alguno. Las borlas, por ejemplo, parecen formar parte de una indumentaria preceptiva.  ¿De qué indumentaria estamos hablando? Ampliemos algo la imagen, un nuevo detalle.

1. ¿Brindando? Ahora lo vemos mejor. Quien aparece en esta imagen está vestido con un traje de inspiración goyesca. ¿Es un matador brindando un toro? Desde luego, su aspecto parece el de un torero con montera, o algo así.  Quizá ha concluido el paseíllo y brinda con recogimiento y seriedad ante el respetable. Ya lo sabemos: el brindis es un rito con el que se ofrece la muerte del toro a una persona elegida. O la faena en su conjunto. Pero, vamos, es la muerte del animal la suerte que se brinda con mayor implicación. El matador se destoca y ofrece la montera. Por ejemplo, a todo el público.

Pero no. Hay indicios que esto no puede ser así. Si lo observamos bien, éste no puede ser un torero a pesar de su aspecto goyesco. Si lleva redecilla o bonete, no puede tocarse con montera. Sobre la indumentaria del matador leo en Mundo Toro: “En cuanto al tocado de la cabeza se empieza a emplear la típica redecilla de malla negra, que envuelve el cabello y lo recoge en trenza sobre la nuca. Esta redecilla se fija con un pañuelo o cinta de seda negra, lo que con los años se convertiría en la actual castañeta. Sobre 1830 esa redecilla se empieza a sustituir por una pequeña montera adornada con borlas, que evolucionará hasta convertirse en la actual”.

Es decir, que si lleva redecilla y borlas no lleva montera. Luego, no es un torero que vista preceptivamente. No puede estar brindando con montera.  Vemos el escudo de Valencia en el ángulo inferior izquierdo. Eso significa que esta imagen alude a un festejo local. No sabemos si es una corrida en la Plaza de Toros de Valencia. Agrandemos el detalle. Nuevos datos, nuevas informaciones, nos permitirán completar la pesquisa.

2. ¡Arriba España! Ahora empezamos a verlo mejor. El personaje es un valenciano de guardarropía, un presunto huertano vestido de torrentí, no de torero. Sobre un fondo de farolillos y banderas victoriosas con el águila imperial, hace el saludo falangista. ¿Cuarenta y cinco grados preceptivos? Hemos de suponer que acaba de gritar Arriba España. O que está punto de vocearlo. Vuelvo a mirar el ojo del apócrifo huertano. La disposición del párpado parece incongruente. Si está cantando el himno falangista –el Cara al sol, que nos recuerda Marisa Bou–, entonces sorprenden la languidez o el éxtasis, esos ojos cerrados. O no: ahora me parece que ese párpado está entreabierto. En fin…

3. 1939. La oscuridad al final del tunel. Todo lo que precede lo he ido pensando y escribiendo para llegar a lo que quería anunciar. En la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Valencia se desarrollan unas Jornadas Internacionales los días 23, 24 y 25 de noviembre. El título: 1939. La oscuridad al final del tunel. Es un programa ciertamente ambicioso con conferencias, mesas redondas y proyecciones de películas (aquí). Entre otros, acuden expertos como Julián Casanova, Gabriele Ranzato o Ronald Fraser. Y el cartel de las Jornadas es este que abajo reproduzco (pueden hacer click para verlo en tamaño mayor):

Ahora creemos entenderlo todo, ¿no es cierto? Alguien puede reprocharme este largo excursus. ¿He jugado con ustedes? No exactamente. Lo que he hecho desmenuza lo que el ojo ve o lo que creemos ver, lo que inmediatamente solemos pensar. Pasamos del detalle al entero, de la parte al conjunto, y de repente parece todo aclarado. El primer plano del rostro se prestaba a interpretaciones quizá equivocadas. ¿Es así? Cuando vemos el plano general, creemos entenderlo todo. En realidad, aún hay más. Dicho póster es una recreación de otro que vio la luz nada más acabar la Guerra Civil, con ese lema que figura en la parte izquierda inferior: “1939 · Año · de · la · Victoria“. El primitivo era un cartel anunciador de la “Gran Feria de Valencia“, del 17 de julio al 2 de agosto de… 1939.


¿Qué es lo que nos muestra? Pues una representación de las adhesiones políticas. Una institución, el Ayuntamiento de Valencia, adopta una iconografía renovada, acorde con el régimen de Franco, nacido de la Guerra Civil. Se anuncia, en efecto, la Feria de  Julio, que organiza la corporación, y en el faldón de cartel original se añade una leyenda que empieza diciendo: “Festejos en conmemoración del Glorioso Alzamiento Nacional“. Los autores del cartel original son Bellver y Diago, ilustradores acreditados de la Valencia de los años treinta. Ambos eran profesor y auxiliar respectivamente de la Escuela de Artes y Oficios y forman parte de una destacable aportación valenciana: la de la ilustración gráfica. Leo en Abc una nota breve correspondiente al jueves 12 de febrero de 1931. Es una noticia local. “Valencia 11, 10 de la mañana. El Jurado municipal del concurso de carteles anunciadores de las ‘fallas’ en las próximas fiestas de San José, ha concedido el premio al boceto presentado por los Sres. Bellver y Diago, profesor y auxiliar, respectivamente, de la Escuela de Artes y Oficios”. En los archivos de la Junta Central Fallera se conserva el cartel definitivo. Es este que abajo reproduzco.

Hay fuego y llamada, y sobre todo hay un porvenir que estaba todavía por definirse. No había llegado la República y, por supuesto, no hay cataclismo alguno. No hay un fascismo que se avizore. Como tampoco lo había, meses después, cuando el Ayuntamiento convoque a la Feria de Julio, la correspondiente a 1931. Un cartelista acreditado es el encargado de convocar a los veraneantes para disfrutar de los regocijos públicos. Es Josep Renau. Se acaba de afiliar al Partido Comunista de España.

“Vista la historia desde hoy”, decía yo mismo en un artículo varios años atrás, “todo su proceso parece obvio y su curso, inevitable. Sin embargo, nada hay garantizado de antemano y cualquier cosa alcanzada, cualquier bien por modesto que sea o cualquier ventaja tenazmente conquistada pueden extinguirse, malograrse, como esa alegría republicana con que Madrid festejaba el nuevo régimen y que luego acabó en amargura. Creemos posible hacernos un destino y de repente descubrimos que todo designio sólo es un privilegio fortuito o una chiripa menuda. Todo aquello que importa, como el amor, como la democracia, como la mejora personal, tarda en llegar, hay que acarrearlo y, una vez logrado, puede perderse. No sabemos qué nos espera y ese hecho trivial cobra retrospectivamente un dramatismo fatal, un augurio de desastre”.

Acabo La noche de los tiempos,  la nueva novela de Antonio Muñoz Molina, entre otras cosas, una crónica republicana. En mi intervención en las Jornadas Internacionales dedicadas a 1939 trataré de plantear ese porvenir del que los protagonistas aún no son enteramente conscientes. La historia está sucediendo y la gente menuda no sabe qué les va a deparar el futuro. Ese futuro se cierne sobre ellos bajo la forma de una Guerra Civil aún impensada. Se cierne, sí, sobre  los cartelistas valencianos y sobre el arquitecto Ignacio Abel, el personaje de ficción que protagoniza la novela. Leo esta obra y me conmueve y me angustia.  Qué impresión da leerla, qué felicidad se perdió, qué proyectos sensatos se arruinaron, qué alocada inconsciencia.

Colofón. Finalmente no he podido ir a la mesa redonda a la que estaba invitado. Un odioso virus me ha tenido postrado durante estos días. Ahora, cuando ya estamos a miércoles 25 de noviembre, me recupero. Acaban las Jornadas y yo me despido de 1939 con una columna. Otra vez será.

Hemeroteca

Justo Serna, “1939”, El País, 25 de noviembre de 2009.

About these ads