Uno. Hay que mirar a los ojos de la gente.

El viaje más chocante puede darse cuando nos aventuramos en lo ordinario, en lo cotidiano, en lo próximo, viéndolo de otro modo.

Como traseúntes accidentales, hemos de observar, fotografiar y glosar las caras de la gente, las audacias edilicias, los restos inmobiliarios de bella o fea consumación.

Hemos de pasear por la ciudad, mirando con detalle y con cuidado. En El Cabanyal, por ejemplo. Allí hay casas que se derrumban y hay tapias que se mantienen, pero hay sobre todo gentes. Quienes dirigen la piqueta municipal, quienes gobiernan el martillo neumático o la taladradora deberían mirar a los ojos de la gente, como decía aquella canción.

No son únicamente los tabiques o los espacios vacíos, los solares resultantes, aquello que habría de observar. Lo que deberíamos escudriñar es el rostro de las personas. Antes de accionar la máquina de fotos o la piqueta municipal, miren a los ojos de la gente.

Eso es lo que hace Ricardo Martín desde hace muchos años. Ése es su empeño particular. Martín, de quien el otro día reproducía una fotografía de Josep Renau, es un retratista antiguo. Digo esto en el sentido más noble de la expresión. El retratista no es quien protagoniza la fotografía, sino una presencia invisible y necesaria que capta sutilmente el gesto que el retratado hace, un ademán.

O como dice Antonio Muñoz Molina: “el fotógrafo elige estar en sus fotografías, inadvertido y presente, como está el pintor en el paisaje donde sólo hay una montana y unos árboles”. En cambio, “el mal fotógrafo como el director de cine pedante, están obsesionados por mostrar su propia presencia, y convierte una película o un fotografía en actos de penosa gesticulación”.

Hace unos años, Ricardo Martín fotografió personas y paisajes de La Alpujarra, no para buscar  pintoresquismo. Tampoco para hacer un álbum de  arquetipos. No había en él ningún afán propiamente etnológico, clasificatorio. Lo que veía trataba de representarlo en una escena verosímil de empeño humano y de resistencia. El resultado fue un libro decisivo: Sostener la mirada. Imágenes de La Alpujarra (1993). Las imágenes de dicho volumen las glosó Antonio Muñoz Molina. Su texto es revelador, en el sentido fotográfico de la expresión: habla de los rostros, pero habla sobre todo del espectador, de quien mira dejándose sorprender por los ojos bien abiertos de la gente, personas humildes en sus casas modestísimas.

No hace falta irse muy lejos. «Viajar no consiste sólo en recorrer geografías distantes e incluso inhóspitas», me decía años atrás en la reseña de La Valencia fea, de Adolf Beltran. «Hay una superstición novelesca que nos lleva a creer que la aventura es siempre lejana, que el riesgo que nos madura se da en parajes alejados», me repetía. «Y, sin embargo, lo bueno y lo malo están aquí al lado, así como lo bello, lo siniestro, lo feo o lo sublime: no son sentimientos que se deban buscar a miles de kilómetros, en viajes intercontinentales que templen nuestro espíritu. Hay aventuras sedentarias u ordinarias que nos sorprenden a la vuelta de la esquina». Así es.

Dos. Recuerdos propios. Veo las fotografías de Ricardo Martín que aquí reproduzco, sólo unas pocas de las que están en su libro, y lo primero que me sorprende es el blanco y negro pertinente, remoto: una escala de grises que provocan la impresión de frío y y pobreza. Corresponden exactamente a los recuerdos que yo tengo de mis abuelos. Hablo, en mi caso, de los años sesenta. A mi abuela Valentina sólo la vi un par de veces: pequeña, enérgica, dispuesta siempre a sacar adelante a su numerosa familia. Decían de ella que hacía gala a su nombre.

Mi padre la idolatraba. Por supuesto vestía de negro a causa de algunas muertes familiares: su luto ya no se alivió. De ella sólo se conservaba una fotografía de carnet, un minúsculo retrato que aún pude ampliar para mi padre. Fue uno de los mejores regalos que le hice. En el comodín de su habitación, la fotografía escaneada de mi abuela Valentina disfruta de un lugar de privilegio. Y allí sigue. Cuando entro en ese cuarto siempre la miro. Sus ojos son exactamente igual a los que tenía mi padre, agudos y con un punto de tristeza o de mal humor, no sé. Hay resabio o disgusto antiguo.

Veo a la abuelita fotografiada por Ricardo Martín  y veo inmediatamente a la madre de mi padre. La señora retratada no tiene nombre propio: está identificada como la esposa de José Rodríguez. Pero atisbo algo en su mirada. Fotografiada en leve picado, la anciana nos observa. Tiene el rostro surcado por grandes y numerosas arrugas, el pelo recogido en un moño humilde y viste el negro riguroso del luto permanente.

La pared que le sirve de fondo tiene santos, estampitas: una Virgen, un San José y  quizá un hijo que estuvo en la mili. Esos cuadros están colgados de milagro, de puro milagro, sin falsas simetrías. La anciana no sonríe, simplemente parece resignarse con desconfianza a la pose que se le manda. Su marido esboza el principio de un risa coqueta, conquistadora. No sabemos nada de ellos.

Tres. José López Martín. «Pastor, también solo y también abandonado», dice de él Antonio Muñoz Molina. «Vestido con decencia, afeitado, con una gorra limpia, echado contra la pared junto al televisor y el retrato de su boda, pero sobre todo junto a un búho disecado al que le acertó desde una distancia de doscientos metros, y cuyo cadáver tuvo que guardar varios meses en el congelador hasta que encontró a alguien que quisiera disecarlo», informa.

«Uno imagina las noches de soledad de este hombre», escribe Muñoz Molina, «mirando también al televisor, mirando al búho disecado y el retrato de bodas mientras sorbe la cena y se acuerda del viaje de novios o del día en que vio al búho en lo alto de una higuera y suavemente se llevó la escopeta a la cara, o de cuando se desvelara de noche, abriera el frigorífico para beber un vaso de agua y viera el cadaver tieso del búho en el congelador».

Cuatro. La mariposa de Francisco López. Hay estampas que ya hemos visto, imágenes que Ricardo Martín reproduce para nosotros como si fueran  fotogramas de la España menesterosa del racionamiento. O como si fueran escenas comunes del hambre. Hay personas que parecen supervivientes de otro país que fue nuestro. Uno de ellos es Francisco López.

Antonio Muñoz Molina nos dice de él que «hace romances largos, se afeita poco y lleva una boina sucia como la camiseta cuyos bordes asoman bajo la camisa, y posa junto a un tapiz de caballos a galope, uno de esos tapices con aspecto de alfombras que cuelgan en los comedores de los pobres».

No sé si hablamos de la misma persona. Yo veo otra escena. Distingo a un hombre ya anciano que se asoma con suspicacia, como si hubiera sido sorprendido en sus quehaceres ordinarios. Se ve su soledad. Acaba de llegar al comedor o acaba de incorporarse. Atisbo al fondo el espejo del aparador y un televisor de pocas pulgadas, dispuesto sobre el mismo mueble.

Francisco López tiene el rostro severo, envejecido por la vida a la intemperie; tiene una boina que no se quita en interiores, con una cazadora de plástico o de cuero que lo protege malamente del frío de su vivienda. Parece estar apagando una colilla en ese momento, junto a la perola y el plato, en el que vemos un resto de caldo. De ser así, entonces es que acaba de cenar. Parece estar solo, insisto. La mesa está cubierta por un medio mantel, seguramente un hule.

Sólo vemos  un cubierto: mejor dicho sólo hay una cuchara. El plato de cuchara, la cocina de los humildes, con tocinos nutritivos: para muchos, la única manera de aliviar el frío. La bombilla alumbra porque sobresale. La tulipa es escasa. La luz incandescente daña la vista e ilumina pobremente, como una mariposa antigua.

Cinco. Francisco López, otra vez. Ahora lo entiendo. Ricardo Martín me ha escrito para sacarme de mi error. De paso me manda otro objeto valiosísimo: un nuevo retrato de Francisco López que también está en su libro. Significativa confusión, sí. Esto me pasa por haber mirado sin cuidado. Estoy diciendo aquí que hay que escrutar, que hay que observar con detalle y, de repente, cometo un desliz, incumpliendo mi propio programa.

No entendía las palabras que Antonio Muñoz Molina le dedicaba a  Francisco López. Yo lo veía junto a la bombilla. Este segundo retrato lo aclara todo. Esta imagen es la única que el escritor comenta de López y que yo ya no recordaba.

Se le ve poco afeitado, con ese rostro curtido del campesino criado a la intemperie extrema, como antes decía. Y se le ve la boina sucia, en efecto. No sabría decir si la camiseta tiene la misma falta de limpieza que le atribuye Muñoz Molina. Al escritor le  llama la atención el tapiz de caballos a galope junto al que posa. A mí, por el contrario, me sorprende el rostro. En el retrato anterior, el personaje era alguien suspicaz; aquí se le ve con cierto abatimiento, incluso con un resto de miedo: como alguien inerme que se abandona ante su única pertenencia valiosa. Está exactamente recostado en el tapiz. No sé, me da mucha pena.

Seis. Una exposición religiosa. La tía Eloísa está bien tiesa, firme ante la cámara. Seguramente se  ha mudado o arreglado para la ocasión. Tiene un punto coqueto: ese collar de perlas que alivia el luto de sus prendas.

Nos muestra un rincón de su casa, probablemente el más apreciado del hogar, ese espacio en el que se combinan lo moderno y lo antiguo. Allí atiende las visitas. Allí parece hacer la vida. Hay un indicio: está el televisor. Colocado sobre un mueble de diseños audaces, de metales y railites, ahora no está prendido.

Como ocurría antes, la parte superior del aparato está decorada con un tapetito, que le da humanidad y calor a sus aristas. Otra puntilla gigantesca cubre la mesa. Sobre el televisor navega un barco velero. ¿Se trata de una ensoñación incongruente?

El rincón de la tía Eloísa está atestado: lo tiene como si hubiera deseado mostrar sus mejores posesiones para salir en la foto. Por eso aparece con un Sagrado Corazón. Alguien le ha puesto una estampa al Cristo: es un impreso de Juan Pablo II con la leyenda Totus Tuus, el lema de la visita papal de 1982.

La tía Eloísa está protegida por la sombra tutelar de Jesucristo, que parece señalarla expresamente. A sus pies tiene bucaritos con flores seguramente artificiales, de un plástico tieso e irreal, que ella habrá dispuesto para honrar al hijo de Dios. La tía Eloísa no se retrata con gesto contento. No sé. O tal vez es su mohín habitual. En su rostro hay algo de miedo, pero yo percibo una expresión enérgica. Hay que ser una persona muy segura, nada indecisa, para posar con una figura tan desproporcionada.

Tengo un recuerdo de infancia en un pueblecito cercano a Valencia. Es un episodio que se repetía regularmente. Tras hacer una ronda de varias semanas, a mi casa llegaba un altarcito. Durante unos días podíamos disponer de él. Tenía sus puertas, que se cerraban con llave para mayor protección. Descubrí esa práctica piadosa a los diez años. Yo procedía de la ciudad y me sorprendió la naturalidad de dicha costumbre, las rutinas a que obligaba: adecentar las figuras, principalmente. Creo que tenía alguna perilla para iluminarlas.

Las responsables de la pieza, quienes debían custodiarla, eran las mujeres de la casa. Sé que mi madre nunca se sintió cómoda con esa obligación adquirida. Además, el cristo, la virgen o el santo no llegaban solos: coincidió por aquellas fechas la recepción periódica de El Propagador de las Tres Avemarías.  Mi madre había sido obsequiada con una suscripción gratuita. Me recuerdo leyendo sus páginas en cuarto.

Siete. “Sácame guapa”. Escribo lo anterior y al cabo de un rato recibo un correo del retratista que tan agudamente captó los rasgos de la tía Eloísa. Veo que esta vez no me he equivocado en la descripción y en la conjetura. No creo ser indiscreto si revelo parte de su contenido.

Dice Ricardo Martín: «Pues sí, ésta es la tía del fotógrafo, la famosa tía Eloísa, hermana de mi padre, soltera toda la vida, con un carácter fuerte y dominante. Recibía en esta sala un montón de visitas porque  además era muy alegre y dicharachera».

Por lo que cuenta, debió de ser decidida, sí. «…“Sácame guapa”, casi me ordenó el día de la foto; era domingo y acababa  de arreglarse para ir a misa. Se tomó la pose muy en serio. Murió a los 95 años con la memoria intacta. El que hay detrás en una foto es mi abuelo Paco», revela Ricardo Martín. Leo lo anterior y, la verdad, regreso a aquellos años. Yo también tuve tías así, enérgicas, resolutivas. Es un modelo entrañable y temible, y quizá perdido.

La descripción que Antonio Muñoz Molina hace en 1993 lo confirma: la tía Eloísa «vive sola, a los ochenta y siente años, tiene las paredes de la casa llena de fotos de sobrinos y de parientes muertos»; además, «guarda en el comedor un Sagrado Corazón imponente, el que hubo en la iglesia hasta que llegó aquel cura posconciliar e iconoclasta que dejó la capilla tan desnuda de santos como la de una antipática iglesia protestante…», concluye Muñoz Molina.

Por su parte, Ricardo Martín corrobora hoy, en su correo, el otro elemento piadoso de la vida cotidiana: esos santos familiares que saliendo de las iglesias ingresan en los hogares. Eran  imágenes a las que encomendarse, figuras protectoras. Me dice: «Yo también recuerdo esos altarcitos de madera con santos. Iban de casa en casa, tenían un cristal y dos puertas, y debajo una pequeña ranura, el cepillo, para las limosnas».

El pasado no es algo inerte.


Ocho. Ut pictura poesis. Ahí los tienen. Muchos, identificados por su mote. Enumeraré a unos cuantos: el Trigorro, el Rebeco, el Sordo, el Guarda, el Aguardientero, el Cortijero. El nombre propio es un designador muy secundario en la vida rural. En cambio, el mote personal o familiar lo es todo: identifica a un individuo o a sus ancestros por su habilidad o por su vicio, por un hecho memorable. Los motes son el aura o el estigma de un linaje.

Aquí los vemos. Cinco de pie y cinco sentados, descubiertos, posando con sus respectivas vidas. Miran el objetivo. Los aúna la uniformidad de su indumentaria. Si examináramos rostro a rostro, descubriríamos aquello que los distingue, lo que a cada uno separa. En sus caras hay algún gesto retador; hay algún ademán de sorpresa, hasta de estupefacción; hay alguna mirada atravesada, achulapada incluso; hay alguna piel que adivinamos quemada, de soles, vinos y fríos; y hay sonrisas que se esbozan, con incomodidad y duda. Pero en todos ellos hay una fraternidad anciana.

El fotógrafo ha sabido reunirlos, sacando de ellos lo que tienen de común, lo que los amista. Luego, la mirada encuentra las diferencias, incluso los rencores que entre ellos quizá se profesan. “Qualquier lance en la escena se reduce / o a representación, o a narrativa. / Cierto es que hace impresión menos activa / lo que por los oídos se introduce / que lo que por los ojos se aprehende / y el mismo Espectador por sí lo entiende”. Eso decía Horacio en su Arte poética, también llamada Epístola a los Pisones, que reproduzco en versión de Tomás de Iriarte.

Lo que por los ojos se aprehende. Eso es lo que Ricardo Martín nos enseña: a aprehender por los ojos, a captar lo que parece evidente. Y a estos viejos nos los saca con todas sus pintas, con su aspecto de aseo festivo o de muda dominical, cargando orgullosamente con sus biografías, pues, como dice Horacio del anciano, tienen a la vida un inmortal cariño. Literalmente:

“Una tropa de afanes importuna / Al hombre anciano asalta, / Ya por que junta bienes de fortuna, / Y por ruindad mezquina / Para usar de ellos ánimo le falta / Y por que en él domina, / La fría timidez y la tardanza. / Con su irresolución nada termina; / Difícilmente admite la esperanza; / Tiene a la vida un inmortal cariño; / Siempre gruñe o se quexa”.

Como estos ancianos, yo también me descubro. Me quito el sombrero.

Galería alpujarreña de Ricardo Martín

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Hemeroteca del día

Justo Serna, “Retrato feo”, El País, 20 de enero de 2010 (aquí).

Reseña de La Valencia fea, de Adolf Beltran,  Ojos de Papel, 4 de abril de 2006 (aquí).

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