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Las tinieblas del yo

11 marzo 2010

Uno. Heart of Darkness. Ha transcurrido más un siglo desde que El corazón de las tinieblas (1902) fuera publicado. A pesar de todo, la obra de Joseph Conrad sigue siendo perturbadora, una novela que incomoda. Sobrecoge.

En los últimos días he tenido que hablar de ella a distintas personas. Espero haber transmitido el efecto que produce, el desorden que provoca.

Una ficción no tiene por qué transtornarnos: al fin y al cabo, lo que una novela nos cuenta pertenece al género de la ficción, de lo que finge ser real.

Si la historia es propiamente irreal o tiene muchas partes inventadas, no parece que deba preocuparnos mucho su lectura.

Si, además, la novela acarrea más de un siglo a sus espaldas, tampoco parece que deba inquietarnos lo imaginado décadas atrás.

El corazón de las tinieblas suele leerse ahora como un alegato contra la colonización, contra el dominio y el reparto de África, algo sucedido en el Ochocientos.  Ya no es nuestro mundo… Después del proceso de la descolonización, los hechos relatados nos quedan muy lejos. Por tanto, la novela trataría de un tiempo que tampoco es el nuestro.

Y, sin embargo, la relectura de esta obra (en mi caso, es la tercera vez que he vuelto sobre ella, contrastando la versión española con la inglesa) nos devuelve un texto nuevo, un clásico que se sale de su contexto, un relato que no nos habla expresamente del Congo, como suele decirse, sino del mal, de lo primitivo, de la civilización y de la barbarie. De la amenaza que hay en cada uno de nosotros.  De las tinieblas del yo.

Dos. “We live, as we dream–alone”. En Conrad –como en tantos otros–, la vida es un viaje azaroso. O, mejor, el viaje incerto es metáfora de la vida, esa existencia que él eligió con empeño, sin pertenencias a las que ceñirse, sin naciones heredadas a las que rendirse.

Fue un polaco que dejó de serlo. Con orgullo y con esfuerzo: un polaco que abandonó su idioma materno y que sustituyó su identidad para abrazar el inglés, lengua imperial. Se hizo capitán de la marina mercante y se hizo británico sin sentir culpa.

Se propuso escribir, justamente para pensarse en otras circunstancias o para variar levemente los propios avatares que le tocó vivir. Luchó con un idioma nuevo para expresarse sin tapaderas y sin subterfugios, siendo consciente de cada palabra.

Huérfano temprano de madre, toda la existencia de Conrad fue una construcción del yo: sin sentimientos consoladores. No buscó  la referencia nutricia e inmadura. Sus personajes viven solos y se saben solos, arrojados al mundo. Son arrogantes y frágiles,  orgullosos y hasta temerarios. Lector infatigable, Conrad reconoce con humidad, con generosidad, los valores de sus iguales.

Las novelas le sirven para inventarse identidades posibles, personajes que son proyecciones de sí mismo. O, mejor, reconstrucciones de ese yo roto por la fatalidad. Pero Conrad no es un cobarde. Tampoco sus personajes: no se emboscan o no agasajan a los otros para ganarse su piedad, su compasión. No les importa la soledad, la extrema soledad. Allí en cubierta, en el velero o en el vapor, demuestran coraje y cargan con el fardo: asumen  sus responsabilidades,  la mancha que nunca se quitarán o  el orgullo de ser como son.

Tres. “The bond of the sea”. En El corazón de las tinieblas, casi todo es impreciso. Pese a lo que se dice y se insiste, no hay dato textual alguno que nos informe concretamente sobre el lugar de los hechos. Tampoco de la época en que ocurren los acontecimientos.

Salvo la localización inicial, la de la desembocadura del Támesis,  ignoramos los  parajes en que transcurren los acontecimientos. Por los pocos datos que se nos proporcionan, todo sucede en el Ochocientos, en la época esplendorosa de la marina mercante, pero también en el siglo del reparto de África, de su colonización, de su explotación masiva.

No se menciona el Congo, tampoco Bélgica ni Bruselas. Pero los lectores de entonces debieron de reconocer esos lugares y esas localizaciones.

Explícitamente, Conrad no detalla nada o casi nada, a excepción –ya digo– de ese río londinense en donde empieza todo, un día, al caer la tarde. El Nellie (“a cruising yawl“) espera el cambio de marea para seguir avanzando. Quienes están a bordo aguardan. ¿Quiénes son? El director de las Compañías (comerciales) y capitán de la nave: parece un auténtico piloto; el abogado (“the best of old fellows“); el contable, que se aburre y juguetea; Marlow, el capitán Charlie Marlow, dispuesto a matar el tiempo de espera contando una vieja aventura por otro río; y un quinto miembro –no reconocido, alguien que nunca se identifica– que es quien narrará para nosotros el relato oral de Marlow.

Lo que nos disponemos a leer es la historia de una búsqueda por un río jamás nombrado en un Continente que tampoco se cita. Un inglés, Marlow, es contratado por una compañía comercial europea para desplazarse hasta una de sus estaciones. ¿El objeto? Buscar a Kurtz, agente de la compañía que está enviando ingentes cantidades de marfil. El viaje de Marlow es propiamente una odisea. Su barco es un viejo vapor, el río es peligroso: acechado por lo que parecen nativos amenazantes, rodeado por una vegetación feraz, absolutamente salvaje, opresiva. Ominosa, llega a decir el narrador. Fuera del agua sólo hay una naturaleza indómita, entrevista, en tinieblas, con espesas humedades y con calores asfixiantes.

Cuatro. ¿Quién es Kurtz? Es difícil decirlo. Como en la imagen ensombrecida del Kurtz cinematográfico interpretado por Marlon Brando, en principio no vemos más que lo que Marlow ve. El personaje parece fascinante y repulsivo a un tiempo. Fascinante y repulsivo por lo que conseguimos averiguar, que es poco, justamente porque él nunca cuenta su propia historia. En realidad, siempre es contado, cosa que te hace dudar de la verdad de todo lo que afirman de él…

En este caso,  numerosos informantes dicen a Marlow quién es Kurtz. Antes de conocerlo en persona, ya le han hablado de sus grandes cualidades o capacidades, de su aspecto físico imponente, del enloquecimiento a que le ha llevado la soledad selvática, de los métodos improcedentes que ha aplicado para extraer más marfil. Es un personaje evocado y sólo entrevisto para nosotros, los lectores.

Es un tipo cuya figura real depende de su relator o del punto de vista. Será de una manera o de otra según quién cuente las cosas o las entrevea. Nosotros hemos de fiarnos… ¿Fiarnos de qué y de quién? ¿De Marlow, que es quien trató con él y luego lo cuenta? Quedan numerosas dudas, espacios en blanco, vacíos.

Sólo sabemos lo que uno de los oyentes de Marlow nos cuenta a nosotros, los lectores. ¿Dicen la verdad  uno y otro? En Conrad, la perspectiva con la que se narra siempre es parcial y sesgada. Por lo común, la voz narrativa no es la de quien más conoce, sino la de quien fue testigo indirecto o despistado, una mirada que sólo capta parcial, indirecta y vicariamente. Esto nos exige interpretación y conjetura.

En las novelas de Conrad, sus protagonistas suelen cargar con algún mal. Suelen tener algún baldón, alguna mancha. Una deserción o una traición cometida, por ejemplo: algo de lo que arrepentirse, algo moralmente reprensible y a la vez humano, una indignidad propia de una especie débil, finita y contingente. Viven averiados. Pero son a su manera valerosos, bravos. No se esconden. Si hemos de creer lo que nos cuenta el narrador, Kurtz no se oculta en la selva: simplemente se hace adorar por los nativos, a quienes explota y guía, seduce y esclaviza, todo ello invocando el nombre del progreso, de la civilización. Kurtz ha perdido sus frenos morales, su contención, frente a lo salvaje. Ha descendido a la naturaleza y ha experimentado una auténtica regresión, un retroceso pulsional.

Leo y reproduzco un pasaje de El corazón de las tinieblas en la versión española de Sergio Pitol (en Galaxia Gutenberg): “Remontar aquel río era como volver a los inicios de la creación cuando la vegetación estalló sobre la faz de la tierra y los árboles se convirtieron en reyes. Una corriente vacía, un gran silencio, una selva impenetrable. El aire era caliente, denso, pensado, embriagador. No había ninguna alegría en el resplandor del sol. Aquel camino de agua corría desierto, en la penumbra de las grandes extensiones. En playas de arena plateada, los hipopótamos y los cocodrilos tomaban el sol lado a lado. Las aguas, al ensancharse, fluían a través de archipiélagos boscosos; era tan fácil perderse en aquel río como en un desierto, y tratando de encontrar el rumbo se chocaba todo el tiempo contra bancos de arena, hasta que uno llegaba a tener la sensación de estar embrujado, lejos de todas las cosas una vez conocidas… en alguna parte… lejos de todo tal vez en otra existencia”.

Cinco. El mal. Marlow tendrá ocasión de tratar con Kurtz, en el viaje de vuelta, tras el abandono de la estación de la Compañía. Charlará con un Kurtz gravemente enfermo, casi mudo o silencioso, mientras se desvanece, un Kurtz que susurra más que  habla. Con una voz que, sin embargo, aún impresiona. “¡Qué voz! ¡Qué voz! Era grave, profunda y vibrante, a pesar de que el hombre no parecía emitir un murmullo. Sin embargo, tenía la suficiente fuerza como para acabar con todos nosotros”. En efecto, es sobre todo una voz que sale de un cuerpo de dos metros, un cuerpo ya vencido en el que aún se atisban “el fuego de sus ojos y la serena languidez de su expresión”.

La imagen de un tipo imponente con la que Marlow ha ido fantaseando aún se confirma. Y eso que Kurtz sólo parece un guiñapo. ¿Un guiñapo? La imagen sigue agrandándose con distintos documentos o testigos que corroborarán las habilidades o condiciones de quien fue Kurtz en sus mejores tiempos, cualidades que Marlow no sabe si fueron ciertas: periodista, músico,  poeta, ensayista, redactor de informes y panfletos, pintor y, sobre todo, líder de masas, un orador de brillante elocuencia que “electrizaba a las multitudes”, un extremista de partido. “Su madre era medio inglesa, su padre medio francés. Toda Europa participó en la educación de Kurtz”, un tipo refinado, amante del progreso y de la raza blanca, que creerá firmemente en la civilización exterminadora.

Marlow siempre sentirá cierto apego por él, una especie de lealtad a pesar de aquella locura selvática, a pesar de los métodos improcedentes que empleó. No sabe bien en qué consiste ese vínculo, en parte forjado durante horas y horas de calma chicha, en espera, cuando aún no lo conoce, cuando avanzan lentamente con el vapor, observados desde las márgenes en penumbra.

“Aquellas grandes extensiones se abrían ante nosotros y volvían a cerrarse, como si la selva hubiera puesto poco a poco un pie en el agua para cortarnos la retirada en el momento del regreso. Penetramos más y más espesamente en el corazón de las tinieblas. Allí había verdadera calma. A veces, por la noche, un redoble de tambores, detrás de la cortina vegetal, corría por el río, se sostenía débilmente, se prolongaba, como si revoloteara el aire por encima de nuestras cabezas, hasta la primera luz del día. Si aquello significaba guerra, paz u oración es algo que no podría decir”, dice Marlow. “Éramos vagabundos en medio de una tierra  prehistórica, de una tierra que tenía el aspecti de un planeta desconocido. Nos podíamos ver nosotros mismos como los primeros hombres tomando posesión de una herencia maldita”, añade.

En el avance de la vida, en el río de la existencia, no hay conocimiento exacto. No hay certidumbres. Sólo los cobardes se expresan con la tranquilidad del cliché. O sólo los fatuos se pronuncian con la seguridad de sus cuatro erudiciones. Algunos creen saberlo todo, creen interpretarlo todo, protegidos y patéticos. Sin embargo, quienes no nos emboscamos avanzamos a tientas, sorteando las dificultades, dando la cara.

Como Marlow y los suyos, también nosotros estamos incapacitados para comprender todo lo que nos rodea. Y lo que nos circunda es la amenaza de los encubiertos, la agresión de quienes se valen de la tupida cortina selvática para atacar, dice el narrador de Conrad. Avanzamos y el mal está fuera, pero también está alojado en el interior del hombre. La regresión natural destapa los frenos, levanta las censuras morales en este viaje iniciático que ya acaba.

Ahora, hay que saber regresar para morir.

Fin.

Fotografías:

1. Joseph Conrad, 1916.

Alvin Langdon Coburn—George Eastman House/Getty Images

2. Joseph Conrad, 1923.

Courtesy Library of Congress Prints and Photographic Division

3. Marlon Brando como Kurtz, 1979.

Fotograma de Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola

4. Joseph Conrad, 1923

Corbis

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41 Responses to “Las tinieblas del yo”

  1. Alejandro Lillo Says:

    Magnífica esta introducción a Conrad: “Las tinieblas del yo”. Precioso título. “El corazón de las tinieblas” de dejó bastante indiferente (supongo que no era el momento), pero ¡ay! “Benito Cereno” y “La línea de sombra” me parecieron nos novelas maravillosas. Veremos cómo sigue…

  2. Santi Says:

    Magnífico? lo dirá usted.Yo no lo veo. Está demostrado que Conrad fue un patriota.

  3. David P.Montesinos Says:

    Con Joseph Conrad solo consigo ser elogioso. A mí me atrapó “El corazón de las tinieblas” desde el primer momento. Tuve la suerte de leerlo gracias a la enloquecida bibliofilia de mi padre en aquella Biblioteca Borges de libros encuadernados en rústica y de color negro. Con esa materia prima hizo Coppola “Apocalypsis now”, trasladando a Kurz y a su hipnotizado perseguidor desde el Congo hasta el Vietnam… el mismo paisaje hechizado, la misma corriente que arrastra irremediablemente hacia el abismo.Hay por cierto un poema de Borges inspirado por el magnetismo de la obra de Conrad:

    “Y en ociosas canoas, de cara a las estrellas,
    El hombre mide el vago tiempo con el cigarro.”

    Es de buen gusto recuperar a Conrad. Me trae el olor de muchas viejas conversaciones con amigos a los que ya perdí de vista hace largos años. Pienso en “Lord Jim”, aquella culpa eterna, aquella deuda que no se paga jamás, el sentimiento trágico de que nunca podemos estar seguros de que la intención de hacer el bien no sirva sino para originar nuevos desastres. Qué hombre tan solo, Lord Jim, qué personaje tan abandonado por los dioses.

    Coincido con Alejandro respecto a “La línea de sombra”, y yo esa sí que la leí en el momento justo. “Así me siento”, pensé al leerla”, “en esta calma chicha que me consume lentamente, esta nada tan absoluta, necesitando cualquier viento, cualquier dirección, la que sea, necesito cambiar mi vida, salir de la línea de sombra”. Me gusta la frase con la que se le entrega al joven capitán el mando de su barco: “Ya es usted dueño de su destino”. Es algo que digo a veces a mis alumnos cuando acaban su periplo en el instituto: llega el momento en que uno debe tomar su propio derrotero.

    Hay algo muy muscular, muy primitivo en las obras de Conrad.

    Respecto a su condición de “extranjero” a la que se refiere Justo Serna, me recuerda a algunas cosas que le leí a Cioran sobre la peculiar desgarradura de quien habla con una lengua prestada, polaco que escribe inglés, como Conrad, rumano que escribe en francés, como él. Una curiosidad, no sé si saben que “Nostromo”, el título de uno de sus numerosos relatos marinos es el nombre de la nave de una de las películas fetiche de la gente de mi quinta, “Alien”.

    Kurz, Cioran, la sargento Ripley, me voy a callar ya la boquita… pero me alegra volver a saber de este viejo amigo que es Joseph Conrad.

  4. J, A. Arbeloa Says:

    Hombre como lector de Conrad desde chico creo que son verdaderas las dos cosas. Conrad dejó de ser polaco, pero volvía a hablarlo, cuando se encontraba mal y tenia sus famosas enfermedades. Entonces ya no era ingles y se volvia el aristócrata polaco antizarista con patria

  5. jserna Says:

    Sr. Montesinos y restantes contertulios, intentaré responder a sus amables y críticas sugerencias, a sus comentarios con el desarrollo del post.

  6. David P.Montesinos Says:

    Ahora que veo la cara del actor a la medida de un personaje tan irrepetible como Kurz, presiento los textos de Nietzsche por todas partes en este relato, inconsciente en Conrad, acaso no en Coppola. Y me viene a la memoria la voz de Jim Morrison cuando se inicia el film, con los jinetes del horror incorporándose por la parte baja de la pantalla, los helicópteros: “This is the end”. Creo que voy a coger otra vez la novela…

  7. jserna Says:

    1. Por cierto, sr. Arbeloa, sea usted bienvenido. Si recuerdo bien las lecturas biográficas de Conrad, ya maduro, el novelista no profesó el patriotismo polaco.

    2. Sr. Montesinos, le recomiendo la versión de Sergio Pitol en Galaxia Gutenberg. Es cara pero es maravillosa, con unas ilustraciones de Ángel Mateo Charris que son esbozo y precisión a un tiempo. Yo he destrozado mi ejemplar rayándolo con un lapiz, anotándolo…

    3. Ha muerto Miguel Delibes. Un gran narrador. Seguramente el que mi padre más admiró y de cuyos libros siempre me hablaba, induciéndome a leerlos. Aún recuerdo Las ratas, Cinco horas con Mario y aquel otro librito que él también me hizo disfrutar siendo muy joven: Viejas historias de Castilla la Vieja.
    Una pena.

  8. Sigue... Says:

    3. ¿Quién es Kurtz? Es difícil decirlo. Como en la imagen ensombrecida del Kurtz cinematográfico interpretado por Marlon Brando, en principio no vemos más que lo que Marlow ve. El personaje parece fascinante y repulsivo a un tiempo. Fascinante y repulsivo por lo que conseguimos averiguar, que es poco, justamente porque él nunca cuenta su propia historia. En realidad, siempre es contado, cosa que te hace dudar de la verdad de todo lo que afirman de él…

    En este caso, numerosos informantes dicen a Marlow quién es Kurtz. Antes de conocerlo en persona, ya le han hablado de sus grandes cualidades o capacidades, de su aspecto físico imponente, del enloquecimiento a que le ha llevado la soledad selvática, de los métodos improcedentes que ha aplicado para extraer más marfil. Es un personaje evocado y sólo entrevisto para nosotros, los lectores.

    Es un tipo cuya figura real depende de su relator o del punto de vista. Será de una manera o de otra según quién cuente las cosas o las entrevea. Nosotros hemos de fiarnos… ¿Fiarnos de qué y de quién? ¿De Marlow, que es quien trató con él y luego lo cuenta? Quedan numerosas dudas, espacios en blanco, vacíos.

    Sólo sabemos lo que uno de los oyentes de Marlow nos cuenta a nosotros, los lectores. ¿Dicen la verdad uno y otro? En Conrad, la perspectiva con la que se narra siempre es parcial y sesgada. Por lo común, la voz narrativa no es la de quien más conoce, sino la de quien fue testigo indirecto o despistado, una mirada que sólo capta parcial, indirecta y vicariamente. Esto nos exige interpretación y conjetura.

    En las novelas de Conrad, sus protagonistas suelen cargar con algún mal. Suelen tener algún baldón, alguna mancha. Una deserción o una traición cometida, por ejemplo: algo de lo que arrepentirse, algo moralmente reprensible y a la vez humano, una indignidad propia de una especie débil, finita y contingente. Viven averiados. Pero son a su manera valerosos, bravos. No se esconden. Si hemos de creer lo que nos cuenta el narrador, Kurtz no se oculta en la selva: simplemente se hace adorar por los nativos, a quienes explota y guía, seduce y esclaviza, todo ello invocando el nombre del progreso, de la civilización. Kurtz ha perdido sus frenos morales, su contención, frente a lo salvaje. Ha descendido a la naturaleza y ha experimentado una auténtica regresión, un retroceso pulsional.

    Leo y reproduzco un pasaje de El corazón de las tinieblas en la versión española de Sergio Pitol (en Galaxia Gutenberg): “Remontar aquel río era como volver a los inicios de la creación cuando la vegetación estalló sobre la faz de la tierra y los árboles se convirtieron en reyes. Una corriente vacía, un gran silencio, una selva impenetrable. El aire era caliente, denso, pensado, embriagador. No había ninguna alegría en el resplandor del sol. Aquel camino de agua corría desierto, en la penumbra de las grandes extensiones. En playas de arena plateada, los hipopótamos y los cocodrilos tomaban el sol lado a lado. Las aguas, al ensancharse, fluían a través de archipiélagos boscosos; era tan fácil perderse en aquel río como en un desierto, y tratando de encontrar el rumbo se chocaba todo el tiempo contra bancos de arena, hasta que uno llegaba a tener la sensación de estar embrujado, lejos de todas las cosas una vez conocidas… en alguna parte… lejos de todo tal vez en otra existencia”.

  9. Inés Climent Says:

    El Camino fue el primer libro de verdad que yo me leí. No era una niña aficionada a la lectura, sin embargo, la historia de estos tres niños rurales y salvajes me conmovió tanto que, a partir de ese momento, me aficioné a leer. Por primera vez sentí el placer de la lectura. Miguel Delibes está y estará siempre en mi vida por su sencillez, humildad, honestidad, austeridad, integridad, por su bondad.

  10. jserna Says:

    Inés, yo no he leído El camino, pero por lo que cuenta ha de ser una historia conmovedora. Y además, por lo que dice, provocó su efecto.

    Saludos.

  11. Alejandro Lillo Says:

    “El cauce se abría ante nosotros y se cerraba a nuestro paso, como si la selva se hubiera apoderado del río lentamente para cortarnos la retirada. Penetrábamos poco a poco en el corazón de las tinieblas. Todo estaba en calma. Por la noches oíamos a veces el retumbar de los tambores, ascendía por el río y permanecía suspendido en el aire, sobre nuestras cabezas, hasta el primer albor del día. No sabíamos si significaba la guerra, la paz o una plegaria (…) Éramos vagabundos en una tierra prehistórica, en una tierra que tenía el aspecto de un planeta desconocido (…)El vapor se deslizaba lentamente bordeando un negro e incomprensible frenesí. El hombre primordial nos maldecía, nos adoraba, nos daba la bienvenida -quién podría saberlo-. No comprendíamos lo que nos rodeaba, nos deslizábamos como fantasmas, sin dejar de hacernos preguntas y secretamente abatidos, como hombres cuerdos ante un estallido de entusiasmo en un manicomio. No entendíamos porque estábamos demasiado lejos y no podíamos recordar porque nuestro viaje atravesaba la noche de los tiempos, de aquellos tiempos que ya pasaron, que apenas han dejado huellas -y ningún recuerdo.

    Aquella tierra no parecía terrenal (…) No, aquella tierra no era de este mundo, y los hombres eran… No, no eran inhumanos. Y, ¿saben ustedes?, la sospecha de que no fueran inhumanos era lo peor (…) Lo que aterraba era pensar que, como tú, eran humanos…”

  12. Fin Says:

    Cinco. El mal. Marlow tendrá ocasión de tratar con Kurtz, en el viaje de vuelta, tras el abandono de la estación de la Compañía. Charlará con un Kurtz gravemente enfermo, casi mudo o silencioso, mientras se desvanece, un Kurtz que susurra más que habla. Con una voz que, sin embargo, aún impresiona. “¡Qué voz! ¡Qué voz! Era grave, profunda y vibrante, a pesar de que el hombre no parecía emitir un murmullo. Sin embargo, tenía la suficiente fuerza como para acabar con todos nosotros”. En efecto, es sobre todo una voz que sale de un cuerpo de dos metros, un cuerpo ya vencido en el que aún se atisban “el fuego de sus ojos y la serena languidez de su expresión”.

    La imagen de un tipo imponente con la que Marlow ha ido fantaseando aún se confirma. Y eso que Kurtz sólo parece un guiñapo. ¿Un guiñapo? La imagen sigue agrandándose con distintos documentos o testigos que corroborarán las habilidades o condiciones de quien fue Kurtz en su smejores tiempos, cualidades que Marlow no sabe si fueron ciertas: periodista, músico, poeta, ensayista, redactor de informes y panfletos, pintor y, sobre todo, líder de masas, un orador de brillante elocuencia que “electrizaba a las multitudes”, un extremista de partido. “Su madre era medio inglesa, su padre medio francés. Toda Europa participó en la educación de Kurtz”, un tipo refinado, amante del progreso y de la raza blanca, que creerá firmemente en la civilización exterminadora.

    Marlow siempre sentirá cierto apego por él, una especie de lealtad a pesar de aquella locura selvática, a pesar de los métodos improcedentes que empleó. No sabe bien en qué consiste ese vínculo, en parte forjado durante horas y horas de calma chicha, en espera, cuando aún no lo conoce, cuando avanzan lentamente con el vapor, observados desde las márgenes en penumbra.

    “Aquellas grandes extensiones se abrían ante nosotros y volvían a cerrarse, como si la selva hubiera puesto poco a poco un pie en el agua para cortarnos la retirada en el momento del regreso. Penetramos más y más espesamente en el corazón de las tinieblas. Allí había verdadera calma. A veces, por la noche, un redoble de tambores, detrás de la cortina vegetal, corría por el río, se sostenía débilmente, se prolongaba, como si revoloteara el aire por encima de nuestras cabezas, hasta la primera luz del día. Si aquello significaba guerra, paz u oración es algo que no podría decir”, dice Marlow. “Éramos vagabundos en medio de una tierra prehistórica, de una tierra que tenía el aspecti de un planeta desconocido. Nos podíamos ver nosotros mismos como los primeros hombres tomando posesión de una herencia maldita”, añade.

    En el avance de la vida, en el río de la existencia, no hay conocimiento exacto. No hay certidumbres. Sólo los cobardes se expresan con la tranquilidad del cliché. O sólo los fatuos se pronuncian con la seguridad de sus cuatro erudiciones. Algunos creen saberlo todo, creen interpretarlo todo, protegidos y patéticos. Sin embargo, quienes no nos emboscamos avanzamos a tientas, sorteando las dificultades, dando la cara.

    Como Marlow y los suyos, también nosotros estamos incapacitados para comprender todo lo que nos rodea. Y lo que nos circunda es la amenaza de los encubiertos, la agresión de quienes se valen de la tupida cortina selvática para atacar, dice el narrador de Conrad. Avanzamos y el mal está fuera, pero también está alojado en el interior del hombre. La regresión natural destapa los frenos, levanta las censuras morales en este viaje iniciático que ya acaba.

    Ahora, hay que saber regresar para morir.

    Fin.

  13. Alejandro Lillo Says:

    Vaya, señor Serna, debo felicitarle sinceramente por este texto. Es impresionante. Verdaderamente precioso y abrumador. Me ha dejado sin palabras.

  14. David P.Montesinos Says:

    Coincido, es más, voy a plagiárselo.

  15. David P.Montesinos Says:

    Todos tenemos un Kurz dentro. Cuando aún no nos ha educado la vida, necesitamos que el narrador nos deje claro desde el principio quiénes son los malos y quienes los buenos, que sea “claro” a la hora de asignarnos el bando de cuya parte hemos de estar. Así nos quedamos tranquilos y podemos seguir el relato con la convicción de que, antes o después, los buenos -es decir, nosotros- alzarán el puño victoriosos sobre la podredumbre moral de los enemigos. No otra cosa es la cobardía del que habita en el cliché o las cuatro verdades de erudito… Así de densa, como la selva del Río Congo, es la vida. Habrá que aprender a entendérselas a diario con ese colonialista violento, racista, ambicioso, capaz de hacerse fuerte en un aire que, acaso por exceso de oxígeno, se vuelve irrespirable para los que, como es mi caso, no sabemos si es una difusa formación moral o la simple cobardía lo que nos impide sacar a pasear a ese Kurz que, como una úlcera, ha ido haciéndose día a día dentro de nosotros. Enhorabuena por el artículo.

  16. Isabel Zarzuela Says:

    Su post es estremecedor, Sr. Serna. Me quedé sin palabras. En fin…

  17. R.S.R Says:

    Me sumo a las felicitaciones, un post imponente e inquietante, como Kurtz.
    Realmente “el corazón del las tinieblas” es una novela con fuertes resonancias.

    “Marlow siempre sentirá cierto apego por él, una especie de lealtad a pesar de aquella locura selvática, a pesar de los métodos improcedentes que empleó. No sabe bien en qué consiste ese vínculo, en parte forjado durante horas y horas de calma chicha, en espera, cuando aún no lo conoce, cuando avanzan lentamente con el vapor, observados desde las márgenes en penumbra”

    Una de las cosas que llama poderosísimamente la atención es la importancia que en esta novela adquiere la palabra. Kurtz hasta el final es un relato, el que hacen otros de él pero es sobre todo, lo que Marlow imagina; el fantasma que construye de él con los datos de otros y los de sus propias proyecciones. Es el mismo proceso que el autor consigue con el lector: el lector si lo pensamos bien va construyendo también un fantasma acerca de Kurt con los datos que nos facilitan Marlow y ese narrador desconocido /autor conocido y lo que nosotros ponemos de nuestra cosecha, lo que imaginamos que va a encontrar, por eso, al final, Kurtz decepciona de alguna manera, como todos los fantasmas es mucho más aterrador lo que hemos imaginado que enfrentare a él.

    Cuando dice que Marlow no sabe bien en qué consiste ese vínculo yo creo que sí, creo que lo sabe, ve en él lo que no puede identificar en sí mismo pero que reconoce. Reconoce esa parte instintiva y animal empatiza con esa regresión de Kurtz.

    “vivimos igual que soñamos: solos”

    El final puede tener varias interpretaciones y no me queda claro si finalmente Kurtz representa a un individuo que ha sido despojado de esa función superyoica y represora que realiza la cultura. Si representa la imagen del “Otro” diferente desde una mirada etnocentrica. Si representa esa parte que -como muy bien dice Montesinos- todos llevamos dentro y que creo que no sacamos a pasear porque nos asusta demasiado) si es esa parte de Marlow que depositada en “otro” le permite “salvarse”. ¿Por qué el autor salva a Marlow? ¿por qué no sucumbe?

    Todo interrogantes, como Kurtz, como la vida misma.

  18. jserna Says:

    Les agradezco palabras tan generosas como las que han escrito. Sólo les digo que Conrad es casi siempre una maravilla y lo tiene fácil quien se pone a glosarlo. Sólo hay que ceñirse a lo que aparece dentro del texto. Si se fijan, en el post he evitado cuatro cosas principalmente.

    La primera es “aclarar” con datos del autor el sentido ambiguo de la obra, de ‘El corazón de las tinieblas’. Hay, sin embargo, dos espléndidas biografías recientes y accesibles. Recomendables, si se quiere saber más de su vida. Una es la de John Stape, ‘Las vidas de Joseph Conrad’. Densa, erudita, entretenida y hasta excesiva… Otra es la de Juan Gabriel Vásquez (sí: Vásquez), titulada ‘Joseph Conrad. El hombre de ninguna parte’. Es un libro lamentablemente breve: inteligente y entusiasta.

    La segunda cosa que he evitado es “aclarar” el sentido impreciso del relato valiéndome de la experiencia del Congo. ¿Es que acaso Conrad no remontó el río en su vida real? Sí, claro que sí. Y el Congo fue sometido a un expolio devastador por el rey Leopoldo de Bélgica. Pero lo que leemos en ‘El corazón de las tinieblas’ jamás se concreta en una acusación literal. Por otro lado, y como ya decía en el post, nunca se dan precisiones geográficas. Conrad quiso dejarlo brumoso, interpretable… Por eso, me parece objetable la edición que de esta novela hay en Alianza editorial. Tiene un prólogo y unas notas, un aparato crítico, que impiden la lectura. Ese prólogo y esas notas deberían leerse después, nunca antes.

    La tercera cosa que he evitado, a pesar de que las palabras de Conrad puedan invitar a ello, es valerme directamente de Sigmund Freud. Lo salvaje, lo indómito, lo primitivo…, esa falta de represiones o de contenciones, puede ser analizado sirviéndonos de Freud, de su descripción del ‘ello’. No he querido citarlo porque el texto de Conrad se basta por sí mismo. Y Kurtz no es un salvaje, en efecto. Es un civilizado que ha levantado toda contención.

    La cuarta cosa que he querido evitar es revelarles el final, lo que pasa con Marlow una vez regresa. ¿Qué ha sido de Kurtz? ¿Tiene familiares o amigos? ¿Qué sabemos de él? En efecto, todo son interrogantes. Pero no por incapacidad de Conrad, sino por deliberación expresa del autor. Por otra parte, una vez leída o releída la novela, con las célebres palabras de Kurtz, el final es también objeto de interpretación y reinterpretación.

    Para acabar este comentario que ahora escribo, permítanme reproducir en inglés una parte pequeña de lo que suponemos que ha dicho Kurtz y que Marlow dice a sus oyentes. He releído la novela –como les he dicho– contrastándola con la versión original:

    “…He cried in a whisper at some image, at some vision–he cried out twice, a cry that was no more than a breath:

    ‘The horror! The horror!’

  19. David P.Montesinos Says:

    Soy yo, señora R, quien le debe el elogio:”Kurtz
    decepciona de alguna manera, como todos los fantasmas es mucho más aterrador lo que hemos imaginado que enfrentarse a él”. Hermoso y sugerente, no se me había ocurrido, pero es completamente cierto.

  20. J, A. Arbeloa Says:

    No veo la “metafísica” de “El corazón de las tinieblas”. Es mas simple, sr. SERNA Conrad ataca la explotación del Congo

  21. Alejandro Lillo Says:

    Si fuera así de simple, señor Arbeloa, “El corazón de las tinieblas” no sería la novela que es.

  22. R.S.R Says:

    Muchas gracias Sr.Montesinos, el post y la lectura de la novela me inspiró.

  23. jserna Says:

    Buenas noches. Si me permite, señor Arbeloa, yo creo que ‘El corazón de las tinieblas’ es una novela ‘metafísica’, según dice usted. No sé a qué se refiere con ese adjetivo algo desdeñoso. Si alude a la abstracción que hay en el relato, le diré y le insistiré que sí: que es una novela de poquísima concreción, algo deliberado No hay nada prácticamente preciso y todo transcurre entre tinieblas, entrevisto o dicho por alguien de quien hemos de fiarnos sin tener pruebas. Ah, el Congo no se nombra en el texto.

  24. ANUNCIO GENERAL Says:

    Anuncio

    Descanso del blogger por fiestas locales. Regresaremos con nuevo post el domingo 21 de marzo. Mientras tanto, una broma de Producciones Monigote sobre la paciencia que hay que tener en la semana josefina.

    Valencia en Fallas.
    Producciones Monigote Valencia

  25. jplanas Says:

    Estoy algo aburrido. Ni siquiera he leído otra cosa, del post, que su título. Vivo en compañía de una peligrosa sombra (infantil y familiar; cómo se me parece y cuánto me repele). Pero no soy yo. No soy. No es. Yo. Él. No sé quién es. Pero lleva doce días revolviéndome las entrañas, como la náusea estéril de una parturienta que ya ha salido de cuentas para siempre… y teme descubrir que sólo lleva, adentro, el vacío. No. Eso ya sería algo. Y aquí no hay nada que mostrar… Tengo frío y tengo calor. ¿Oyen este silencio? ¿Por qué se ríe?

    De qué?

    Abrazos!

  26. jserna Says:

    Sr. Planas, estoy desconectado por unos días. Sólo ahora excepcionalmente veo el blog y su comentario. Sé de lo que habla o creo saberlo. Y es algo doloroso. Le mando todo mi cariño y amistad.

  27. jplanas Says:

    Recicí el sms. Gracias. Nos hablamos más adelante;-)

    Un abrazo!

  28. jplanas Says:

    Recibí, mejor;-)

  29. Alejandro Lillo Says:

    Doña R., aunque con retraso, me sumo a la apreciación de don David sobre su refelxión acerca de los fantasmas interiores. Muy cierta, sí señora. Son éstos a los que más hemos de temer, los más peligrosos.

  30. Alejandro Lillo Says:

    Señor Planas, un abrazo.

  31. jplanas Says:

    Gracias, y un abrazo también para ti, Alejandro. Al final, todo acaba siendo literatura…

    Todo…

    ;-)

  32. jserna Says:

    Sr. Planas, menos mal que todo acaba siendo literatura. Reciba un abrazo fraternal.

    Pronto volveré.

  33. Aviso general Says:

    Ye hemos alcanzado los 220 mil.
    Estadísticas de este blog desde 25/05/2008: 220,001 hits

    Domingo 21 de marzo, nuevo post.

  34. christine Says:

    Felicitaciones por su presentación, hermosa biografía


  35. Yo no conniassais esta novela sobre el tema aburrido colonización y sensibles a este mundo!


  36. Verdad o registros de las acciones pasadas siempre vienen un día u otro, gracias por su artículo.

  37. Informatif Says:

    Muchas gracias por todas estas precisiones. Sé un poco más surJusto Serna!


  38. Archivos de búsqueda de trabajo agradable Justo Serna


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