Uno. Heart of Darkness. Ha transcurrido más un siglo desde que El corazón de las tinieblas (1902) fuera publicado. A pesar de todo, la obra de Joseph Conrad sigue siendo perturbadora, una novela que incomoda. Sobrecoge.

En los últimos días he tenido que hablar de ella a distintas personas. Espero haber transmitido el efecto que produce, el desorden que provoca.

Una ficción no tiene por qué transtornarnos: al fin y al cabo, lo que una novela nos cuenta pertenece al género de la ficción, de lo que finge ser real.

Si la historia es propiamente irreal o tiene muchas partes inventadas, no parece que deba preocuparnos mucho su lectura.

Si, además, la novela acarrea más de un siglo a sus espaldas, tampoco parece que deba inquietarnos lo imaginado décadas atrás.

El corazón de las tinieblas suele leerse ahora como un alegato contra la colonización, contra el dominio y el reparto de África, algo sucedido en el Ochocientos.  Ya no es nuestro mundo… Después del proceso de la descolonización, los hechos relatados nos quedan muy lejos. Por tanto, la novela trataría de un tiempo que tampoco es el nuestro.

Y, sin embargo, la relectura de esta obra (en mi caso, es la tercera vez que he vuelto sobre ella, contrastando la versión española con la inglesa) nos devuelve un texto nuevo, un clásico que se sale de su contexto, un relato que no nos habla expresamente del Congo, como suele decirse, sino del mal, de lo primitivo, de la civilización y de la barbarie. De la amenaza que hay en cada uno de nosotros.  De las tinieblas del yo.

Dos. “We live, as we dream–alone”. En Conrad –como en tantos otros–, la vida es un viaje azaroso. O, mejor, el viaje incerto es metáfora de la vida, esa existencia que él eligió con empeño, sin pertenencias a las que ceñirse, sin naciones heredadas a las que rendirse.

Fue un polaco que dejó de serlo. Con orgullo y con esfuerzo: un polaco que abandonó su idioma materno y que sustituyó su identidad para abrazar el inglés, lengua imperial. Se hizo capitán de la marina mercante y se hizo británico sin sentir culpa.

Se propuso escribir, justamente para pensarse en otras circunstancias o para variar levemente los propios avatares que le tocó vivir. Luchó con un idioma nuevo para expresarse sin tapaderas y sin subterfugios, siendo consciente de cada palabra.

Huérfano temprano de madre, toda la existencia de Conrad fue una construcción del yo: sin sentimientos consoladores. No buscó  la referencia nutricia e inmadura. Sus personajes viven solos y se saben solos, arrojados al mundo. Son arrogantes y frágiles,  orgullosos y hasta temerarios. Lector infatigable, Conrad reconoce con humidad, con generosidad, los valores de sus iguales.

Las novelas le sirven para inventarse identidades posibles, personajes que son proyecciones de sí mismo. O, mejor, reconstrucciones de ese yo roto por la fatalidad. Pero Conrad no es un cobarde. Tampoco sus personajes: no se emboscan o no agasajan a los otros para ganarse su piedad, su compasión. No les importa la soledad, la extrema soledad. Allí en cubierta, en el velero o en el vapor, demuestran coraje y cargan con el fardo: asumen  sus responsabilidades,  la mancha que nunca se quitarán o  el orgullo de ser como son.

Tres. “The bond of the sea”. En El corazón de las tinieblas, casi todo es impreciso. Pese a lo que se dice y se insiste, no hay dato textual alguno que nos informe concretamente sobre el lugar de los hechos. Tampoco de la época en que ocurren los acontecimientos.

Salvo la localización inicial, la de la desembocadura del Támesis,  ignoramos los  parajes en que transcurren los acontecimientos. Por los pocos datos que se nos proporcionan, todo sucede en el Ochocientos, en la época esplendorosa de la marina mercante, pero también en el siglo del reparto de África, de su colonización, de su explotación masiva.

No se menciona el Congo, tampoco Bélgica ni Bruselas. Pero los lectores de entonces debieron de reconocer esos lugares y esas localizaciones.

Explícitamente, Conrad no detalla nada o casi nada, a excepción –ya digo– de ese río londinense en donde empieza todo, un día, al caer la tarde. El Nellie (“a cruising yawl“) espera el cambio de marea para seguir avanzando. Quienes están a bordo aguardan. ¿Quiénes son? El director de las Compañías (comerciales) y capitán de la nave: parece un auténtico piloto; el abogado (“the best of old fellows“); el contable, que se aburre y juguetea; Marlow, el capitán Charlie Marlow, dispuesto a matar el tiempo de espera contando una vieja aventura por otro río; y un quinto miembro –no reconocido, alguien que nunca se identifica– que es quien narrará para nosotros el relato oral de Marlow.

Lo que nos disponemos a leer es la historia de una búsqueda por un río jamás nombrado en un Continente que tampoco se cita. Un inglés, Marlow, es contratado por una compañía comercial europea para desplazarse hasta una de sus estaciones. ¿El objeto? Buscar a Kurtz, agente de la compañía que está enviando ingentes cantidades de marfil. El viaje de Marlow es propiamente una odisea. Su barco es un viejo vapor, el río es peligroso: acechado por lo que parecen nativos amenazantes, rodeado por una vegetación feraz, absolutamente salvaje, opresiva. Ominosa, llega a decir el narrador. Fuera del agua sólo hay una naturaleza indómita, entrevista, en tinieblas, con espesas humedades y con calores asfixiantes.

Cuatro. ¿Quién es Kurtz? Es difícil decirlo. Como en la imagen ensombrecida del Kurtz cinematográfico interpretado por Marlon Brando, en principio no vemos más que lo que Marlow ve. El personaje parece fascinante y repulsivo a un tiempo. Fascinante y repulsivo por lo que conseguimos averiguar, que es poco, justamente porque él nunca cuenta su propia historia. En realidad, siempre es contado, cosa que te hace dudar de la verdad de todo lo que afirman de él…

En este caso,  numerosos informantes dicen a Marlow quién es Kurtz. Antes de conocerlo en persona, ya le han hablado de sus grandes cualidades o capacidades, de su aspecto físico imponente, del enloquecimiento a que le ha llevado la soledad selvática, de los métodos improcedentes que ha aplicado para extraer más marfil. Es un personaje evocado y sólo entrevisto para nosotros, los lectores.

Es un tipo cuya figura real depende de su relator o del punto de vista. Será de una manera o de otra según quién cuente las cosas o las entrevea. Nosotros hemos de fiarnos… ¿Fiarnos de qué y de quién? ¿De Marlow, que es quien trató con él y luego lo cuenta? Quedan numerosas dudas, espacios en blanco, vacíos.

Sólo sabemos lo que uno de los oyentes de Marlow nos cuenta a nosotros, los lectores. ¿Dicen la verdad  uno y otro? En Conrad, la perspectiva con la que se narra siempre es parcial y sesgada. Por lo común, la voz narrativa no es la de quien más conoce, sino la de quien fue testigo indirecto o despistado, una mirada que sólo capta parcial, indirecta y vicariamente. Esto nos exige interpretación y conjetura.

En las novelas de Conrad, sus protagonistas suelen cargar con algún mal. Suelen tener algún baldón, alguna mancha. Una deserción o una traición cometida, por ejemplo: algo de lo que arrepentirse, algo moralmente reprensible y a la vez humano, una indignidad propia de una especie débil, finita y contingente. Viven averiados. Pero son a su manera valerosos, bravos. No se esconden. Si hemos de creer lo que nos cuenta el narrador, Kurtz no se oculta en la selva: simplemente se hace adorar por los nativos, a quienes explota y guía, seduce y esclaviza, todo ello invocando el nombre del progreso, de la civilización. Kurtz ha perdido sus frenos morales, su contención, frente a lo salvaje. Ha descendido a la naturaleza y ha experimentado una auténtica regresión, un retroceso pulsional.

Leo y reproduzco un pasaje de El corazón de las tinieblas en la versión española de Sergio Pitol (en Galaxia Gutenberg): “Remontar aquel río era como volver a los inicios de la creación cuando la vegetación estalló sobre la faz de la tierra y los árboles se convirtieron en reyes. Una corriente vacía, un gran silencio, una selva impenetrable. El aire era caliente, denso, pensado, embriagador. No había ninguna alegría en el resplandor del sol. Aquel camino de agua corría desierto, en la penumbra de las grandes extensiones. En playas de arena plateada, los hipopótamos y los cocodrilos tomaban el sol lado a lado. Las aguas, al ensancharse, fluían a través de archipiélagos boscosos; era tan fácil perderse en aquel río como en un desierto, y tratando de encontrar el rumbo se chocaba todo el tiempo contra bancos de arena, hasta que uno llegaba a tener la sensación de estar embrujado, lejos de todas las cosas una vez conocidas… en alguna parte… lejos de todo tal vez en otra existencia”.

Cinco. El mal. Marlow tendrá ocasión de tratar con Kurtz, en el viaje de vuelta, tras el abandono de la estación de la Compañía. Charlará con un Kurtz gravemente enfermo, casi mudo o silencioso, mientras se desvanece, un Kurtz que susurra más que  habla. Con una voz que, sin embargo, aún impresiona. “¡Qué voz! ¡Qué voz! Era grave, profunda y vibrante, a pesar de que el hombre no parecía emitir un murmullo. Sin embargo, tenía la suficiente fuerza como para acabar con todos nosotros”. En efecto, es sobre todo una voz que sale de un cuerpo de dos metros, un cuerpo ya vencido en el que aún se atisban “el fuego de sus ojos y la serena languidez de su expresión”.

La imagen de un tipo imponente con la que Marlow ha ido fantaseando aún se confirma. Y eso que Kurtz sólo parece un guiñapo. ¿Un guiñapo? La imagen sigue agrandándose con distintos documentos o testigos que corroborarán las habilidades o condiciones de quien fue Kurtz en sus mejores tiempos, cualidades que Marlow no sabe si fueron ciertas: periodista, músico,  poeta, ensayista, redactor de informes y panfletos, pintor y, sobre todo, líder de masas, un orador de brillante elocuencia que “electrizaba a las multitudes”, un extremista de partido. “Su madre era medio inglesa, su padre medio francés. Toda Europa participó en la educación de Kurtz”, un tipo refinado, amante del progreso y de la raza blanca, que creerá firmemente en la civilización exterminadora.

Marlow siempre sentirá cierto apego por él, una especie de lealtad a pesar de aquella locura selvática, a pesar de los métodos improcedentes que empleó. No sabe bien en qué consiste ese vínculo, en parte forjado durante horas y horas de calma chicha, en espera, cuando aún no lo conoce, cuando avanzan lentamente con el vapor, observados desde las márgenes en penumbra.

“Aquellas grandes extensiones se abrían ante nosotros y volvían a cerrarse, como si la selva hubiera puesto poco a poco un pie en el agua para cortarnos la retirada en el momento del regreso. Penetramos más y más espesamente en el corazón de las tinieblas. Allí había verdadera calma. A veces, por la noche, un redoble de tambores, detrás de la cortina vegetal, corría por el río, se sostenía débilmente, se prolongaba, como si revoloteara el aire por encima de nuestras cabezas, hasta la primera luz del día. Si aquello significaba guerra, paz u oración es algo que no podría decir”, dice Marlow. “Éramos vagabundos en medio de una tierra  prehistórica, de una tierra que tenía el aspecti de un planeta desconocido. Nos podíamos ver nosotros mismos como los primeros hombres tomando posesión de una herencia maldita”, añade.

En el avance de la vida, en el río de la existencia, no hay conocimiento exacto. No hay certidumbres. Sólo los cobardes se expresan con la tranquilidad del cliché. O sólo los fatuos se pronuncian con la seguridad de sus cuatro erudiciones. Algunos creen saberlo todo, creen interpretarlo todo, protegidos y patéticos. Sin embargo, quienes no nos emboscamos avanzamos a tientas, sorteando las dificultades, dando la cara.

Como Marlow y los suyos, también nosotros estamos incapacitados para comprender todo lo que nos rodea. Y lo que nos circunda es la amenaza de los encubiertos, la agresión de quienes se valen de la tupida cortina selvática para atacar, dice el narrador de Conrad. Avanzamos y el mal está fuera, pero también está alojado en el interior del hombre. La regresión natural destapa los frenos, levanta las censuras morales en este viaje iniciático que ya acaba.

Ahora, hay que saber regresar para morir.

Fin.

Fotografías:

1. Joseph Conrad, 1916.

Alvin Langdon Coburn—George Eastman House/Getty Images

2. Joseph Conrad, 1923.

Courtesy Library of Congress Prints and Photographic Division

3. Marlon Brando como Kurtz, 1979.

Fotograma de Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola

4. Joseph Conrad, 1923

Corbis

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