Uno. Hablaré en este primer punto de Fernando Savater. En los restantes apartados que vengan hablaré de los demás. ¿Y quiénes son los demás? Ya se verá. De momento vayamos con Savater. Les diré por qué.

Estas palabras que ahora leen se las debo a David P.  Montesinos. Él barruntaba algo y, al conjeturar sobre mis inclinaciones o mis gustos, me ha obligado a expresarme. Lo hago con gusto, agradeciéndoles a él y a ustedes el debate que sus intervenciones provocan. Lo que ahora digo es, pues, una respuesta que expresamente dirijo al sr. Montesinos. Confío, no obstante, en que resulte de interés para otras personas.

Hablando de las Enseñanzas Medias,  David P. Montesinos citaba El valor de educar y mencionaba a su autor. Señalaba: “Fernando Savater, con el que tengo una relación de amor-odio no muy distinta de la que barrunto que con él sostiene nuestro blogger“.  ¿Es así?

Admiro muchas cosas de Fernando Savater: por ejemplo, su alegría expansiva, contagiosa, la de quien siempre está dispuesto a morir de risa; o su capacidad analítica y reflexiva, la del que se toma las cosas seriamente, no severamente, como un preceptor comprensivo y amistoso. Admiro, por supuesto, su voracidad intelectual y lectora, la de quien no se resigna a las cuatro cosas ya sabidas; o su habilidad expresiva, el ingenio verbal del que habla para persuadir. Admiro igualmente su empeño ilustrador, la confianza de quien lo fía todo a la educación formadora; o su defensa del individualismo racional, sensato y compasivo, el apego del que sólo tiene el amor propio. Admiro su eclecticismo filosófico, la libertad de quien repudia los rigorismos, abierto  como está a intereses plurales e incluso opuestos: eso sí, preferemente literarios. La fotografía con la que ilustro estas palabras –cuyo autor lamentablemente ignoro– lo dice todo: vemos a un tipo jovial.

No exagero si digo que mi “Biblioteca Fernando Savater” reúne docenas y docenas de libros, todos ellos leídos: la mayor parte con placer. Le profeso una gran simpatía y por eso saludé con entusiasmo su autobiografría. Escribí sobre ella, implicándome personalmente como lector habitual de sus obras. Me gusta, por ejemplo, cuando ejerce de mosca cojonera. Pero me cansa cuando se entrega al monotema etarra. Y sobre todo me irrita cuando pone sus habilidades al servicio de un partido, de un solo partido, de cuya presentación en Valencia tuvimos aquí una entretenida crónica firmada por Francisco Fuster.

Cuando Savater hace de intelectual partidista pierde el estado de gracia. Él mismo podría responderme a la manera de Guillermo Cabrera Infante: que él no ha venido a hacer gracia o que él no está en estado de gracia; la desgracia la provocan la mala política o la gestión resignada, frente a las cuales hay que perder no la gracia, sino la inocencia etérea de los intelectuales. Hay que ensuciarse las manos, vaya, al modo de Jean-Paul Sartre. Todo eso está muy bien: me refiero a la defensa del intelectual metomentodo. Pero no es lo mismo ser mosca cojonera que pensador picajoso.

Ah, y Fernando Savater me aburre cuando intenta escribir novelas. Incumple lo que él mismo descubrió hace mucho tiempo, aquel diagnóstico con el que empezaba La infancia recuperada (1976): “Si yo supiera contaros una buena historia, os la contaría. Como no sé, voy a hablaros de las mejores historias que me han contado”. Cuando Fernando Savater cree que puede contarnos una buena historia y se aplica como novelista, sé que el libro no me va a entusiasmar. Sí ocurre cuando cuenta lo que otros le han contado, cuando hace suya una novela ajena para glosarla o cuando nos presta su lucidez analítica. Entonces, la ironía nos la entrega a manos llenas. En ese terreno es imbatible: literalmente nos arrastra hacia el libro.

Dos. Michel Foucault. Tiempo atrás lo dije y lo vuelvo a decir ahora. Las páginas más aterradoras que recuerdo haber leído, las más pavorosas, no pertenecen a una novela gótica o a un relato gore, sino a un ensayo filosófico. Creemos que sólo la ficción puede aterrorizarnos, que sólo el cuento de miedo puede angustiarnos. No es necesariamente así. Cierta prosa filosófica puede lastimar hasta provocarnos auténtico fastidio. ¿Un ejemplo? Michel Foucault.

Las páginas de Friedrich Nietzsche suelen procurarnos alegría, el producto de la gaya ciencia: un tónico muy saludable del que no hay que abusar, un reconstituyente que se administra el individuo que se sabe solo y arrojado al mundo. Un yo inestable y descarriado, que se define en cada instante de la vida, que se constituye en cada acto que realiza, no tiene guías que lo orienten: obra o piensa sin mayores recursos, tanteando, acarreando su propio fardo, cargando con sus faltas o sus deserciones.

Las páginas de Michel Foucault, que fue un filósofo de inspiración nietzscheana, son de otra índole: generalmente nos hielan o nos mortifican, produciéndonos congoja o malestar. ¿Es una simple metáfora? En absoluto. Estoy revisando la versión final de un artículo que me pidieron meses atrás. Me ha costado horrores –y nunca mejor dicho— encontrar el hilo conductor, el sentido que yo quería darle. Quien me lo encargó está a punto de perder la paciencia… Los datos los tenía: desde finales de los setenta leo y releo a Michel Foucault sistemáticamente o a salto de mata. El problema de mi artículo no es de información, sino de orientación. Soy un historiador que debe hablar de un filósofo de gran influencia, de repercusión creciente, a pesar…, a pesar de que murió en 1984.

¿Qué escribo?, me preguntaba. ¿Un Michel Foucault para historiadores? ¿Una síntesis de enunciados foucaultianos aprovechables para historiadores de última generación? No me gusta la erudición sistemática y minuciosa, la documentación exhaustiva que practican los señores de la exactitud. Los señores de la exactitud, ése era el reproche que Foucault dedicaba a los historiadores obsesionados con la exhumación de todos los datos. Prefiero el ensayo, el tanteo, al modo de lo que hacía el propio Foucault: por un lado, se dejaba llevar por el archivo, por la atracción del archivo, como si de un auténtico historiador se tratara; por otro, más que el número de los documentos, le interesaba el documento, esa materialización del discurso que es un enigma para quien lo lee.

Además, a la hora de escribir mi artículo, yo no podía aspirar a tener todas las referencias leídas. Como he dicho, la repercusión de este filósofo no deja de aumentar y su incidencia es paradójica, como el crecimiento de una patología o de un contagio. Me permitirán estas metáforas que habrían sido tan del gusto de Foucault. Si echamos un vistazo a Internet, la multiplicación es abrumadora: las alertas de Google que llegan a mi gmail con “Michel Foucault” entrecomillado son frecuentísimas y numerosísimas. De todas las partes del mundo vienen referencias y advertencias. Foucault sigue vivo como filósofo influyente. Lo citan sus colegas norteamericanos o franceses, autralianos o daneses, pero también los sociólogos, los arquitectos, los psicólogos, los semiólogos. Hasta los historiadores, que tanto lo admiraron y de quien tanto recelaron. ¿Por qué razón? Por la naturaleza de sus escritos, por la forma en que expresaba sus ideas, por la libertad con que trataba objetos y disciplinas.

Lo que dijo puede ser leído como propio de una época y de un contexto: eso es lo que le reprochó Jean-Paul Sartre cuando se refería a él diciendo que sus escritos tenían éxito porque daba al público de los sesenta lo que sus destinatarios esperaban: un guisote estructuralista sabiamente cocinado en aquel libro de Foucault que fue Las palabras y las cosas. Pero no es cierto. Foucault sobrepasó esa circunstancia francesa, que tan bien retrató François Dosse en su Historia del estructuralismo. Esa escuela o corriente decaía a partir de su cenit: la publicación en 1966 de  Las palabras y las cosas marcó el punto álgido de la influencia estructuralista, pero  Foucault remontó la moda y la circunstancia. En los años setenta siguió publicando obras decisivas, sin dejar de desmentir los vaticinios de su crisis, negando su condición de estructuralista de primera fila.

Uno de esos textos me cautivó, desazonándome hasta extremos indecibles. Me refiero a Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (1976). Y además me lastimó en fecha temprana, a comienzos de los ochenta: cuando yo sólo era un joven licenciado. Si me permito esta confesión es porque mi caso no es único: por lo que parece, es bastante común entre quienes llegaron a Foucault entre finales de los años setenta y comienzos de los ochenta. Lo dice Paul Veyne con absoluta rotundidad en Foucault. Pensamiento y vida (2009). “Y sin embargo, podemos imaginar a un joven historiador que poseyera el fuego sagrado gracias a la lectura de un libro de Foucault; de Vigilar y castigar, por ejemplo…” Podemos imaginarlo, en efecto. Y añade Veyne: “Cuando éramos estudiantes, a principios de la década de 1950, leíamos con pasión a Marc Bloch, a Lucien Febvre, a Marcel Mauss también, y escuchábamos lo que decía Jacques Le Goff, apenas unos años mayor que nosotros. Soñábamos con escribir algún día la historia tal y como la escribían ellos. Hoy, sueño con jóvenes historiadores que sueñen con escribir como Foucault”.

Cuando era un joven historiador leí a Foucault, en efecto, pero no creo haber poseído el fuego sagrado gracias a su lectura. Todo fue más modesto: me conmocionó, me sedujo su libertad enunciativa, me persuadió su escritura propiamente narrativa, la conversión de los objetos históricos más insólitos  en grave materia filosófica. Y la lectura de Foucault me llevó a releer o a leer por primera vez a quienes eran los maestros de la historiografía: para comprobar qué tenían de común o, incluso, para verificar –a la manera de Jorge Luis Borges– si eran predecesores del filósofo, ese pensador convertido en archivista o en arqueólogo de los discursos. Ahora, casi treinta años después, he regresado a sus obras para releer páginas bellas e irritantes, su sintaxis fría y precisa, esa prosa erudita y poética: ¿esa “escritura demasiado bella para ser verdadera?, según dictaminara Jean Baudrillard.

Les dejo ahora: regreso con Foucault. Releo por enésima vez el principio de Vigilar y castigar, esas páginas pavorosas  que le sirven de pórtico. En ellas se relata minuciosa y fríamente el suplicio a que fue sometido un regicida de la Francia del Setecientos: Robert François Damiens. Sobre esa base he escrito mi artículo. No pretenderán que ahora lo revele, ¿verdad? Olvídense de mi artículo aún inédito y vayan directamente al inicio de dicha obra, esa parte que se titula “El cuerpo de los condenados”:

Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a “pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París”, adonde debía ser “llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano”; después, “en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado [deberán serle] atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asido en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento”.

“Finalmente, se le descuartizó, refiere la Gazette d’Amsterdam. Esta última operación fue muy larga, porque los caballos que se utilizaban no estaban acostumbrados a tirar; de suerte que en lugar de cuatro, hubo que poner seis, y no bastando aún esto, fue forzoso para desmembrar los muslos del desdichado, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas…”

Tres. José Ortega y Gasset. Todos los años, más o menos por estas fechas, releo con entusiasmo renovado La rebelión de las masas (1930). Me lo ha hecho recordar el comentario de David P. Montesinos, siempre tan juicioso. “Creo que Ortega fue una gran animador cultural, un activista de la cultura en un tiempo en que plantar flores en el desierto de un país tan atrasado alcanza dimensiones de heroísmo”. Exacto, exactísimo, el dictamen de David P. Montesinos. Tarea del filósofo es iluminar las sombras de lo obvio o destapar lo que había permanecido oculto.

Pero labor suya también es vitaminar el cuerpo exangüe de un país con tantas gentes sobradas e ignaras: tanto apocalíptico terminante, con lecturas mal digeridas. Hay algo de heroico, en efecto, en la tarea orteguiana, que tanto se parece a la de Fernando Savater: ser acicate. Quien se preocupa de tener una idea original, una para posteridad, es probable que se quede sin ideas para el presente.  Ortega creyó posible mejorar a sus conciudadanos. El porvenir habría de desmentirle: la España de Franco, a la que él regresó derrotado y viejo para sorpresa de tantos exiliados, era un país incorregible, “un intratable pueblo de cabreros”, en célebre verso de Jaime Gil de Biedma. ¿Acertó al volver? ¿Se equivocó totalmente? Gregorio Morán le dedicó El maestro en el erial. Lo leí hace ahora diez años. Mi impresión sigue siendo la misma: un libro entretenido, injusto y absolutamente inmisericorde. Punto y aparte.

Hay una actitud desdeñosa que intelectualmente queda muy bien: vamos que te deja en muy buen lugar. Es la de deplorar la escasa profundidad de las páginas de Ortega. O, mejor, la de despacharlas con un gesto entre altivo y altisonante: a voces, vaya. Ortega –oímos gritar– sólo es un periodista o un divulgador, un tipo que escribió en la prensa y cuyo pensamiento es de vuelo gallináceo. Me hace mucha gracia eso de criticarlo por ser mero publicista. Resulta que si tienes alguna idea, incluso alguna idea prestada, de fuentes reconocibles, de inspiración atendible y practicable, sólo eres un juntaletras. En cambio, si te vales de una expresión oscura, ya tienes un prestigio ganado.

Ortega fue un intelectual, un observador: o un espectador, en sus propias palabras. No es poca cosa para quien quiere asomarse al mundo, informarse, leer libros recios y no folletos de andar por casa; para quien quiere arriesgarse evaluando y sopensando. ¿Y cuál es el resultado? Que tiempo después te desdeñan por ser un pensador de segunda. ¿Y quién quiso tener un sistema? Tras Hegel, la voluntad de sistema es una quimera o un empeño baldío.  En cambio, tras el liberalismo, tras los medios de comunicación, tras la masificación del mundo, lo que toca examinar es la naturaleza de los cambios vertiginosos y aparentemente superficiales que están cambiando el orden del Novecientos. Cuando Ortega y Gasset escribe en los años veinte las páginas de La rebelión de las masas, el mundo se encamina hacia su destrucción, precipitándose en un choque de funestas consecuencias. En el filósofo madrileño, la expresión es meridianamente clara, sus metáforas son moderadas y lo que nos da no es un tratado sistemático: lo que nos ofrece es un cuaderno de apuntes.

Él otea y anota, observa y registra, con esa voluntad honesta de quien quiere entender lo que pasa, eso que está a punto de hundirse: la civilización, las buenas maneras, el orden liberal que se abre a una democracia de futuro incierto, rodeada por enemigos multitudinarios y encuadrados. Ortega tiene un gesto aristocratizante, por supuesto. Y tiene miedo. Tiene prevención a lo que serán las desgracias del siglo:  el bolchevismo y el fascismo. Y cuando escribe aún no sabe hasta qué punto el estalinismo o el hitlerismo serán mortíferos. Es un europeo desorientado que no quiere perder la compostura.

Ejerce de filósofo en el viejo sentido de la expresión: no por acopio de erudiciones, sino por despliegue de intuiciones informadas. “Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender”, dice repitiendo una vieja idea. Vieja, pero exacta. No mirar con familiaridad o con pereza “es el deporte y el lujo específico del intelectual”, añade. Intelectual: es lo que Ortega encarna con aplomo y distinción. ¿Y por qué es un lujo? El intelectual observador no echa un vistazo para vivir, sino para interrogarse sobre el vivir. Por ello, su tarea es “mirar el mundo con ojos dilatados por la extrañeza. Todo el mundo es extraño y es maravilloso para unas pupilas bien abiertas. Esto, maravillarse, es la delicia vedada al futbolista, y que, en cambio, lleva al intelectual por el mundo en perpetua embriaguez de visionario. Su atributo son los ojos en pasmo. Por eso los antiguos dieron a Minerva la lechuza, el pájaron con los ojos siempre deslumbrados”.

Lean a Ortega. Hay una nueva edición de sus obras completas, en Taurus, que yo me compro poquito a poco, administrando los desembolsos y justificándolos con aniversarios y otros regalos que me merezco. Sólo en las fechas señaladas… El regalo es leer ahora a Ortega. Siempre lo ha sido. Y, además, ya no estamos en ese intratable pueblo de cabreros al que regresó Ortega. Eso quiero creer.

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