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Fernando Savater y los demás

13 junio 2010

Uno. Hablaré en este primer punto de Fernando Savater. En los restantes apartados que vengan hablaré de los demás. ¿Y quiénes son los demás? Ya se verá. De momento vayamos con Savater. Les diré por qué.

Estas palabras que ahora leen se las debo a David P.  Montesinos. Él barruntaba algo y, al conjeturar sobre mis inclinaciones o mis gustos, me ha obligado a expresarme. Lo hago con gusto, agradeciéndoles a él y a ustedes el debate que sus intervenciones provocan. Lo que ahora digo es, pues, una respuesta que expresamente dirijo al sr. Montesinos. Confío, no obstante, en que resulte de interés para otras personas.

Hablando de las Enseñanzas Medias,  David P. Montesinos citaba El valor de educar y mencionaba a su autor. Señalaba: “Fernando Savater, con el que tengo una relación de amor-odio no muy distinta de la que barrunto que con él sostiene nuestro blogger“.  ¿Es así?

Admiro muchas cosas de Fernando Savater: por ejemplo, su alegría expansiva, contagiosa, la de quien siempre está dispuesto a morir de risa; o su capacidad analítica y reflexiva, la del que se toma las cosas seriamente, no severamente, como un preceptor comprensivo y amistoso. Admiro, por supuesto, su voracidad intelectual y lectora, la de quien no se resigna a las cuatro cosas ya sabidas; o su habilidad expresiva, el ingenio verbal del que habla para persuadir. Admiro igualmente su empeño ilustrador, la confianza de quien lo fía todo a la educación formadora; o su defensa del individualismo racional, sensato y compasivo, el apego del que sólo tiene el amor propio. Admiro su eclecticismo filosófico, la libertad de quien repudia los rigorismos, abierto  como está a intereses plurales e incluso opuestos: eso sí, preferemente literarios. La fotografía con la que ilustro estas palabras –cuyo autor lamentablemente ignoro– lo dice todo: vemos a un tipo jovial.

No exagero si digo que mi “Biblioteca Fernando Savater” reúne docenas y docenas de libros, todos ellos leídos: la mayor parte con placer. Le profeso una gran simpatía y por eso saludé con entusiasmo su autobiografría. Escribí sobre ella, implicándome personalmente como lector habitual de sus obras. Me gusta, por ejemplo, cuando ejerce de mosca cojonera. Pero me cansa cuando se entrega al monotema etarra. Y sobre todo me irrita cuando pone sus habilidades al servicio de un partido, de un solo partido, de cuya presentación en Valencia tuvimos aquí una entretenida crónica firmada por Francisco Fuster.

Cuando Savater hace de intelectual partidista pierde el estado de gracia. Él mismo podría responderme a la manera de Guillermo Cabrera Infante: que él no ha venido a hacer gracia o que él no está en estado de gracia; la desgracia la provocan la mala política o la gestión resignada, frente a las cuales hay que perder no la gracia, sino la inocencia etérea de los intelectuales. Hay que ensuciarse las manos, vaya, al modo de Jean-Paul Sartre. Todo eso está muy bien: me refiero a la defensa del intelectual metomentodo. Pero no es lo mismo ser mosca cojonera que pensador picajoso.

Ah, y Fernando Savater me aburre cuando intenta escribir novelas. Incumple lo que él mismo descubrió hace mucho tiempo, aquel diagnóstico con el que empezaba La infancia recuperada (1976): “Si yo supiera contaros una buena historia, os la contaría. Como no sé, voy a hablaros de las mejores historias que me han contado”. Cuando Fernando Savater cree que puede contarnos una buena historia y se aplica como novelista, sé que el libro no me va a entusiasmar. Sí ocurre cuando cuenta lo que otros le han contado, cuando hace suya una novela ajena para glosarla o cuando nos presta su lucidez analítica. Entonces, la ironía nos la entrega a manos llenas. En ese terreno es imbatible: literalmente nos arrastra hacia el libro.

Dos. Michel Foucault. Tiempo atrás lo dije y lo vuelvo a decir ahora. Las páginas más aterradoras que recuerdo haber leído, las más pavorosas, no pertenecen a una novela gótica o a un relato gore, sino a un ensayo filosófico. Creemos que sólo la ficción puede aterrorizarnos, que sólo el cuento de miedo puede angustiarnos. No es necesariamente así. Cierta prosa filosófica puede lastimar hasta provocarnos auténtico fastidio. ¿Un ejemplo? Michel Foucault.

Las páginas de Friedrich Nietzsche suelen procurarnos alegría, el producto de la gaya ciencia: un tónico muy saludable del que no hay que abusar, un reconstituyente que se administra el individuo que se sabe solo y arrojado al mundo. Un yo inestable y descarriado, que se define en cada instante de la vida, que se constituye en cada acto que realiza, no tiene guías que lo orienten: obra o piensa sin mayores recursos, tanteando, acarreando su propio fardo, cargando con sus faltas o sus deserciones.

Las páginas de Michel Foucault, que fue un filósofo de inspiración nietzscheana, son de otra índole: generalmente nos hielan o nos mortifican, produciéndonos congoja o malestar. ¿Es una simple metáfora? En absoluto. Estoy revisando la versión final de un artículo que me pidieron meses atrás. Me ha costado horrores –y nunca mejor dicho— encontrar el hilo conductor, el sentido que yo quería darle. Quien me lo encargó está a punto de perder la paciencia… Los datos los tenía: desde finales de los setenta leo y releo a Michel Foucault sistemáticamente o a salto de mata. El problema de mi artículo no es de información, sino de orientación. Soy un historiador que debe hablar de un filósofo de gran influencia, de repercusión creciente, a pesar…, a pesar de que murió en 1984.

¿Qué escribo?, me preguntaba. ¿Un Michel Foucault para historiadores? ¿Una síntesis de enunciados foucaultianos aprovechables para historiadores de última generación? No me gusta la erudición sistemática y minuciosa, la documentación exhaustiva que practican los señores de la exactitud. Los señores de la exactitud, ése era el reproche que Foucault dedicaba a los historiadores obsesionados con la exhumación de todos los datos. Prefiero el ensayo, el tanteo, al modo de lo que hacía el propio Foucault: por un lado, se dejaba llevar por el archivo, por la atracción del archivo, como si de un auténtico historiador se tratara; por otro, más que el número de los documentos, le interesaba el documento, esa materialización del discurso que es un enigma para quien lo lee.

Además, a la hora de escribir mi artículo, yo no podía aspirar a tener todas las referencias leídas. Como he dicho, la repercusión de este filósofo no deja de aumentar y su incidencia es paradójica, como el crecimiento de una patología o de un contagio. Me permitirán estas metáforas que habrían sido tan del gusto de Foucault. Si echamos un vistazo a Internet, la multiplicación es abrumadora: las alertas de Google que llegan a mi gmail con “Michel Foucault” entrecomillado son frecuentísimas y numerosísimas. De todas las partes del mundo vienen referencias y advertencias. Foucault sigue vivo como filósofo influyente. Lo citan sus colegas norteamericanos o franceses, autralianos o daneses, pero también los sociólogos, los arquitectos, los psicólogos, los semiólogos. Hasta los historiadores, que tanto lo admiraron y de quien tanto recelaron. ¿Por qué razón? Por la naturaleza de sus escritos, por la forma en que expresaba sus ideas, por la libertad con que trataba objetos y disciplinas.

Lo que dijo puede ser leído como propio de una época y de un contexto: eso es lo que le reprochó Jean-Paul Sartre cuando se refería a él diciendo que sus escritos tenían éxito porque daba al público de los sesenta lo que sus destinatarios esperaban: un guisote estructuralista sabiamente cocinado en aquel libro de Foucault que fue Las palabras y las cosas. Pero no es cierto. Foucault sobrepasó esa circunstancia francesa, que tan bien retrató François Dosse en su Historia del estructuralismo. Esa escuela o corriente decaía a partir de su cenit: la publicación en 1966 de  Las palabras y las cosas marcó el punto álgido de la influencia estructuralista, pero  Foucault remontó la moda y la circunstancia. En los años setenta siguió publicando obras decisivas, sin dejar de desmentir los vaticinios de su crisis, negando su condición de estructuralista de primera fila.

Uno de esos textos me cautivó, desazonándome hasta extremos indecibles. Me refiero a Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (1976). Y además me lastimó en fecha temprana, a comienzos de los ochenta: cuando yo sólo era un joven licenciado. Si me permito esta confesión es porque mi caso no es único: por lo que parece, es bastante común entre quienes llegaron a Foucault entre finales de los años setenta y comienzos de los ochenta. Lo dice Paul Veyne con absoluta rotundidad en Foucault. Pensamiento y vida (2009). “Y sin embargo, podemos imaginar a un joven historiador que poseyera el fuego sagrado gracias a la lectura de un libro de Foucault; de Vigilar y castigar, por ejemplo…” Podemos imaginarlo, en efecto. Y añade Veyne: “Cuando éramos estudiantes, a principios de la década de 1950, leíamos con pasión a Marc Bloch, a Lucien Febvre, a Marcel Mauss también, y escuchábamos lo que decía Jacques Le Goff, apenas unos años mayor que nosotros. Soñábamos con escribir algún día la historia tal y como la escribían ellos. Hoy, sueño con jóvenes historiadores que sueñen con escribir como Foucault”.

Cuando era un joven historiador leí a Foucault, en efecto, pero no creo haber poseído el fuego sagrado gracias a su lectura. Todo fue más modesto: me conmocionó, me sedujo su libertad enunciativa, me persuadió su escritura propiamente narrativa, la conversión de los objetos históricos más insólitos  en grave materia filosófica. Y la lectura de Foucault me llevó a releer o a leer por primera vez a quienes eran los maestros de la historiografía: para comprobar qué tenían de común o, incluso, para verificar –a la manera de Jorge Luis Borges– si eran predecesores del filósofo, ese pensador convertido en archivista o en arqueólogo de los discursos. Ahora, casi treinta años después, he regresado a sus obras para releer páginas bellas e irritantes, su sintaxis fría y precisa, esa prosa erudita y poética: ¿esa “escritura demasiado bella para ser verdadera?, según dictaminara Jean Baudrillard.

Les dejo ahora: regreso con Foucault. Releo por enésima vez el principio de Vigilar y castigar, esas páginas pavorosas  que le sirven de pórtico. En ellas se relata minuciosa y fríamente el suplicio a que fue sometido un regicida de la Francia del Setecientos: Robert François Damiens. Sobre esa base he escrito mi artículo. No pretenderán que ahora lo revele, ¿verdad? Olvídense de mi artículo aún inédito y vayan directamente al inicio de dicha obra, esa parte que se titula “El cuerpo de los condenados”:

Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a “pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París”, adonde debía ser “llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano”; después, “en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado [deberán serle] atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asido en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento”.

“Finalmente, se le descuartizó, refiere la Gazette d’Amsterdam. Esta última operación fue muy larga, porque los caballos que se utilizaban no estaban acostumbrados a tirar; de suerte que en lugar de cuatro, hubo que poner seis, y no bastando aún esto, fue forzoso para desmembrar los muslos del desdichado, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas…”

Tres. José Ortega y Gasset. Todos los años, más o menos por estas fechas, releo con entusiasmo renovado La rebelión de las masas (1930). Me lo ha hecho recordar el comentario de David P. Montesinos, siempre tan juicioso. “Creo que Ortega fue una gran animador cultural, un activista de la cultura en un tiempo en que plantar flores en el desierto de un país tan atrasado alcanza dimensiones de heroísmo”. Exacto, exactísimo, el dictamen de David P. Montesinos. Tarea del filósofo es iluminar las sombras de lo obvio o destapar lo que había permanecido oculto.

Pero labor suya también es vitaminar el cuerpo exangüe de un país con tantas gentes sobradas e ignaras: tanto apocalíptico terminante, con lecturas mal digeridas. Hay algo de heroico, en efecto, en la tarea orteguiana, que tanto se parece a la de Fernando Savater: ser acicate. Quien se preocupa de tener una idea original, una para posteridad, es probable que se quede sin ideas para el presente.  Ortega creyó posible mejorar a sus conciudadanos. El porvenir habría de desmentirle: la España de Franco, a la que él regresó derrotado y viejo para sorpresa de tantos exiliados, era un país incorregible, “un intratable pueblo de cabreros”, en célebre verso de Jaime Gil de Biedma. ¿Acertó al volver? ¿Se equivocó totalmente? Gregorio Morán le dedicó El maestro en el erial. Lo leí hace ahora diez años. Mi impresión sigue siendo la misma: un libro entretenido, injusto y absolutamente inmisericorde. Punto y aparte.

Hay una actitud desdeñosa que intelectualmente queda muy bien: vamos que te deja en muy buen lugar. Es la de deplorar la escasa profundidad de las páginas de Ortega. O, mejor, la de despacharlas con un gesto entre altivo y altisonante: a voces, vaya. Ortega –oímos gritar– sólo es un periodista o un divulgador, un tipo que escribió en la prensa y cuyo pensamiento es de vuelo gallináceo. Me hace mucha gracia eso de criticarlo por ser mero publicista. Resulta que si tienes alguna idea, incluso alguna idea prestada, de fuentes reconocibles, de inspiración atendible y practicable, sólo eres un juntaletras. En cambio, si te vales de una expresión oscura, ya tienes un prestigio ganado.

Ortega fue un intelectual, un observador: o un espectador, en sus propias palabras. No es poca cosa para quien quiere asomarse al mundo, informarse, leer libros recios y no folletos de andar por casa; para quien quiere arriesgarse evaluando y sopensando. ¿Y cuál es el resultado? Que tiempo después te desdeñan por ser un pensador de segunda. ¿Y quién quiso tener un sistema? Tras Hegel, la voluntad de sistema es una quimera o un empeño baldío.  En cambio, tras el liberalismo, tras los medios de comunicación, tras la masificación del mundo, lo que toca examinar es la naturaleza de los cambios vertiginosos y aparentemente superficiales que están cambiando el orden del Novecientos. Cuando Ortega y Gasset escribe en los años veinte las páginas de La rebelión de las masas, el mundo se encamina hacia su destrucción, precipitándose en un choque de funestas consecuencias. En el filósofo madrileño, la expresión es meridianamente clara, sus metáforas son moderadas y lo que nos da no es un tratado sistemático: lo que nos ofrece es un cuaderno de apuntes.

Él otea y anota, observa y registra, con esa voluntad honesta de quien quiere entender lo que pasa, eso que está a punto de hundirse: la civilización, las buenas maneras, el orden liberal que se abre a una democracia de futuro incierto, rodeada por enemigos multitudinarios y encuadrados. Ortega tiene un gesto aristocratizante, por supuesto. Y tiene miedo. Tiene prevención a lo que serán las desgracias del siglo:  el bolchevismo y el fascismo. Y cuando escribe aún no sabe hasta qué punto el estalinismo o el hitlerismo serán mortíferos. Es un europeo desorientado que no quiere perder la compostura.

Ejerce de filósofo en el viejo sentido de la expresión: no por acopio de erudiciones, sino por despliegue de intuiciones informadas. “Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender”, dice repitiendo una vieja idea. Vieja, pero exacta. No mirar con familiaridad o con pereza “es el deporte y el lujo específico del intelectual”, añade. Intelectual: es lo que Ortega encarna con aplomo y distinción. ¿Y por qué es un lujo? El intelectual observador no echa un vistazo para vivir, sino para interrogarse sobre el vivir. Por ello, su tarea es “mirar el mundo con ojos dilatados por la extrañeza. Todo el mundo es extraño y es maravilloso para unas pupilas bien abiertas. Esto, maravillarse, es la delicia vedada al futbolista, y que, en cambio, lleva al intelectual por el mundo en perpetua embriaguez de visionario. Su atributo son los ojos en pasmo. Por eso los antiguos dieron a Minerva la lechuza, el pájaron con los ojos siempre deslumbrados”.

Lean a Ortega. Hay una nueva edición de sus obras completas, en Taurus, que yo me compro poquito a poco, administrando los desembolsos y justificándolos con aniversarios y otros regalos que me merezco. Sólo en las fechas señaladas… El regalo es leer ahora a Ortega. Siempre lo ha sido. Y, además, ya no estamos en ese intratable pueblo de cabreros al que regresó Ortega. Eso quiero creer.

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64 Responses to “Fernando Savater y los demás”

  1. jserna Says:

    Comienzo con un filósofo, espoleado por David P. Montesinos, y seguiré con otro pensador del mismo gremio, un analista al que el propio Montesinos no le hará ascos…

  2. aleskander62 Says:

    No sé si está en UP y D, con Rosa Díez. Escribió El valor de educar.

  3. mycroft Says:

    ¿Eclecticismo o arribismo? ¿Pedagogía o adoctrinamiento? ¿Sensatez, o discurso de lo políticamente correcto? ¿Partidismo o proyecto nacionalista (español)?
    Savater me da la impresión de ser un filósofo a sueldo. Puede ser solo una sensación.

  4. Serna??? Says:

    No vales lo que Savater!!

  5. David P.Montesinos Says:

    Estoy de acuerdo en líneas generales con lo que expone Serna, de manera que, aparte de que me alegra sugerirle un post, no tengo muchos motivos para chincharle hoy.

    Pero les cuento una cosa que servirá para explicar por qué, al menos emocionalmente, simpatizo con el personaje. Hace exactamente un cuarto de siglo, yo caminaba con mi pinta de adolescente enjuto con gafas de pasta por la ciudad de Donostia después de un largo y algo surrealista viaje por toda la cornisa cantábrica. Acababa de empezar 1º de Filosofía. En aquel momento mis ojos, algo alterados por el excesivo consumo de cierta sustancia muy popular que suele fumarse, vieron entrar a Fernando Savater en una tienda. No fueron los porros, era él. Y no se me ocurrió mayor marcianada que quedarme fuera a esperarle. Cuando salió, le entré cuál fan del Madriz a Cristiano Ronaldo y la conversación fue literalmente tal que así:

    -”Perdona, Fernando, pero sou un estudiante de Filosofía y me gustaría hacerme una foto contigo”.
    -”¿Y qué te piensas, que soy un atractivo turístico más de la ciudad o qué?”, me dijo el autor de “Ensayo sobre Cioran” y “La tarea del héroe”.

    Me vi perdido y sin foto, pero entonces tuve un rapto de inspiración que me salvó:

    _”Bueno… es que en realidad lo que quiero es hacerme la foto contigo para presumir en la facultad y decirle a las chicas que eres amiguete mío”

    Tras unos segundos interminables se relajó y…

    -”Bueno, siendo así, qué demonios, a mí también me gusta presumir con las chicas”

    Y el tío posó… Y la foto está en mi poder a disposición de cualquiera de ustedes. Es verdad punto por punto lo que acabo de contarles. Y si no que ciegue.

    Juré entonces que siempre le tendría cariño… Y soy un hombre aburridamente fiel.

  6. jserna Says:

    Sr. Montesinos, simpatiquísima anécdota. Yo habría hecho lo mismo que usted si hubiera tenido más coraje o si hubiera sido un cazador de dedicatorias o de fotos. Consérvela: no haga como yo, que todo lo pierdo. Ya dije días atrás que no sé en qué lugar de mis papeles está la carta que me remitió Umberto Eco: con su firma…

  7. jserna Says:

    Dice mycroft, a quien teníamos olvidado desde el post dedicado a las elecciones universitarias, que “Savater me da la impresión de ser un filósofo a sueldo”. No sé si lo dice como reproche. Parece que sí. A mí, si quiere que le diga la verdad, me parece un ideal, una meta: pensar a cambio de una remuneración. Tener una idea y que te la paguen. Ejercer de filósofo no venal parece un romaticismo trasnochado.

    En cambio, si lo quiere decir es que Savater está a sueldo del del Estado, del Poder, del Capital, de la Clase Dominante y del Sistema… (así, con Mayúsculas), entonces también envidio al filósofo donostiarra, pues sus ingresos deben de ser efectivamente Mayúsculos: no como los míos, que son los de un profesor de la mediocrísima Universidad española que usted, mycroft, con tanto ahínco denunciaba semanas atrás.

  8. Serna??? Says:

    Serna no aguantas a Mycrof porque te critica . Solo se te puede decir “Si bwana” .Dale fuerte Mycrof!!

  9. David P.Montesinos Says:

    He dicho que comparto las líneas generales de su análisis respecto a este personaje. No obstante, creo que en la actividad política del Savater de los últimos veinte años hemos de saber encontrar algo más que un discurso colérico y poco permeable a las discrepancias, cosa que con frecuencia parece. En textos como “La tarea del héroe”, Savater, con una prosa ciertamente sugerente y magníficamente documentada, da lecciones sobre el desafío ético que la vida nos propone cada día. No se trata de ser castos, caritativos u obedientes, como nos enseñaban desde los púlpitos cuando aún no leíamos a Nietzsche, se trata de ser valientes, de tener el coraje suficiente para asumir que ser justos trae con frecuencia incómodas consecuencias… pero es que en eso consiste precisamente el ejercicio de la libertad.

    “¿Qué queréis? Yo me eduqué con el Capitán Trueno”. Como yo también me eduqué con el Capitán Trueno, sé perfectamente a qué se refiere. Llega un punto en que uno ya no puede callar y dejar que los bárbaros sigan ganando más y más espacio por medio del lenguaje que conocen, el del miedo. Llega un punto en que uno descubre que la única manera de salir del exilio interior del silencio es dejar de pegar gritos ahogados en casa y salir a los medios, dejar de hablar solo de héroes literarios y decir, como Zola, como tantos otros intelectuales a lo largo de la historia: “Yo acuso”. Y acuso no solo a los bárbaros si no también a los que les son conniventes, a quienes indirectamente extraen rentas de la violencia o a quienes simplemente callan.

    Aquella decisión era irreversible. Él lo sabía y aún así fue capaz de arrostrarla. “Matad a Savater”, ponía una pintada en las paredes de Deusto, qué quieren que les diga. Veinte años con guardaespaldas hasta para entrar a una librería de viejo. Joder, debe ser muy duro, yo creo que me hubiera vuelto loco, como a veces parece que se haya vuelto el propio Savater.

    Con esto no pretendo decir que tenga razón en todas las acusaciones que lanza, que su óptica respecto al conflicto vasco sea la adecuada, que haya sido afortunada su deriva política o que dirija su cólera siempre en las direcciones adecuadas. Lo que sí creo es que el día que aquella media docena de personas se reunieron por primera vez en el casco viejo de Bilbao con la pancarta “¡Basta ya!”, después del enésimo asesinato, Savater estaba entre ellas. ¿Qué habríamos hecho cada uno de nosotros?

  10. mycroft Says:

    Lo malo no es recibir un sueldo sino escribir con el condicionamiento implícito de satisfacer al que paga.

    Lo malo no es recibir un sueldo por pensar lo que quieras, sino recibirlo por pensar lo que te mandan.

    Es indudable que sin Médicis no hay Miguel Angel, pero también es indudable que quien paga, manda.

    Savater no se hace un sinfín de preguntas incómodas (para él o para sus patronos). Otros pensadores sí. (Y no solo me refiero a ciertos filósofos estrella por los que siento debilidad, pero que son cincuenta por cien pensamiento y cincuenta fenómeno pop. También hombres tranquilos como el teólogo Leonardo Boff)

    Y hacer preguntas es mucho más necesario, que exponer un ideario cerrado, o hacer un resumen de la historia de la filosofía sin aportar nuevas ideas o enfoques. Cuando lo que hace falta es eso.

  11. mycroft Says:

    En fin todo esto es parte de una visión del cuarto poder bastante crítica y desencantada, en el que, me parece, la principal información que lleva un diario, es la información corporativa.

  12. Sigue... Says:

    Dos. Michel Foucault. Tiempo atrás lo dije y lo vuelvo a decir ahora. Las páginas más aterradoras que recuerdo haber leído, las más pavorosas, no pertenecen a una novela gótica o a un relato gore, sino a un ensayo filosófico. Creemos que sólo la ficción puede aterrorizarnos, que sólo el cuento de miedo puede angustiarnos. No es necesariamente así. Cierta prosa filosófica puede lastimar hasta provocarnos auténtico fastidio. ¿Un ejemplo? Michel Foucault.

    Las páginas de Friedrich Nietzsche suelen procurarnos alegría, el producto de la gaya ciencia: un tónico muy saludable del que no hay que abusar, un reconstituyente que se administra el individuo que se sabe solo y arrojado al mundo. Un yo inestable y descarriado, que se define en cada instante de la vida, que se constituye en cada acto que realiza, no tiene guías que lo orienten: obra o piensa sin mayores recursos, tanteando, acarreando su propio fardo, cargando con sus faltas o sus deserciones.

    Las páginas de Michel Foucault, que fue un filósofo de inspiración nietzscheana, son de otra índole: generalmente nos hielan o nos mortifican, produciéndonos congoja o malestar. ¿Es una simple metáfora? En absoluto. Estoy revisando la versión final de un artículo que me pidieron meses atrás. Me ha costado horrores –y nunca mejor dicho— encontrar el hilo conductor, el sentido que yo quería darle. Quien me lo encargó está a punto de perder la paciencia… Los datos los tenía: desde finales de los setenta leo y releo a Michel Foucault sistemáticamente o a salto de mata. El problema de mi artículo no es de información, sino de orientación. Soy un historiador que debe hablar de un filósofo de gran influencia, de repercusión creciente, a pesar…, a pesar de que murió en 1984.

    ¿Qué escribo?, me preguntaba. ¿Un Michel Foucault para historiadores? ¿Una síntesis de enunciados foucaultianos aprovechables para historiadores de última generación? No me gusta la erudición sistemática y minuciosa, la documentación exhaustiva que practican los señores de la exactitud. Los señores de la exactitud, ése era el reproche que Foucault dedicaba a los historiadores obsesionados con la exhumación de todos los datos. Prefiero el ensayo, el tanteo, al modo de lo que hacía el propio Foucault: por un lado, se dejaba llevar por el archivo, por la atracción del archivo, como si de un auténtico historiador se tratara; por otro, más que el número de los documentos, le interesaba el documento, esa materialización del discurso que es un enigma para quien lo lee.

    Además, a la hora de escribir mi artículo, yo no podía aspirar a tener todas las referencias leídas. Como he dicho, la repercusión de este filósofo no deja de aumentar y su incidencia es paradójica, como el crecimiento de una patología o de un contagio. Me permitirán estas metáforas que habrían sido tan del gusto de Foucault. Si echamos un vistazo a Internet, la multiplicación es abrumadora: las alertas de Google que llegan a mi gmail con “Michel Foucault” entrecomillado son frecuentísimas y numerosísimas. De todas las partes del mundo vienen referencias y advertencias. Foucault sigue vivo como filósofo influyente. Lo citan sus colegas norteamericanos o franceses, autralianos o daneses, pero también los sociólogos, los arquitectos, los psicólogos, los semiólogos. Hasta los historiadores, que tanto lo admiraron y de quien tanto recelaron. ¿Por qué razón? Por la naturaleza de sus escritos, por la forma en que expresaba sus ideas, por la libertad con que trataba objetos y disciplinas.

    Lo que dijo puede ser leído como propio de una época y de un contexto: eso es lo que le reprochó Jean-Paul Sartre cuando se refería a él diciendo que sus escritos tenían éxito porque daba al público de los sesenta lo que sus destinatarios esperaban: un guisote estructuralista sabiamente cocinado en aquel libro de Foucault que fue Las palabras y las cosas. Pero no es cierto. Foucault sobrepasó esa circunstancia francesa, que tan bien retrató François Dosse en su Historia del estructuralismo. Esa escuela o corriente decaía a partir de su cenit: la publicación en 1967 de Las palabras y las cosas marcó el punto álgido de la influencia estructuralista, pero Foucault remontó la moda y la circunstancia. En los años setenta siguió publicando obras decisivas, sin dejar de desmentir los vaticinios de su crisis, negando su condición de estructuralista de primera fila.

    Uno de esos textos me cautivó, desazonándome hasta extremos indecibles. Me refiero a Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (1976). Y además me lastimó en fecha temprana, a comienzos de los ochenta: cuando yo sólo era un joven licenciado. Si me permito esta confesión es porque mi caso no es único: por lo que parece, es bastante común entre quienes llegaron a Foucault entre finales de los años setenta y comienzos de los ochenta. Lo dice Paul Veyne con absoluta rotundidad en Foucault. Pensamiento y vida (2009). “Y sin embargo, podemos imaginar a un joven historiador que poseyera el fuego sagrado gracias a la lectura de un libro de Foucault; de Vigilar y castigar, por ejemplo…” Podemos imaginarlo, en efecto. Y añade Veyne: “Cuando éramos estudiantes, a principios de la década de 1950, leíamos con pasión a Marc Bloch, a Lucien Febvre, a Marcel Mauss también, y escuchábamos lo que decía Jacques Le Goff, apenas unos años mayor que nosotros. Soñábamos con escribir algún día la historia tal y como la escribían ellos. Hoy, sueño con jóvenes historiadores que sueñen con escribir como Foucault”.

    Cuando era un joven historiador leí a Foucault, en efecto, pero no creo haber poseído el fuego sagrado gracias a su lectura. Todo fue más modesto: me conmocionó, me sedujo su libertad enunciativa, me persuadió su escritura propiamente narrativa, la conversión de los objetos históricos más insólitos en grave materia filosófica. Y la lectura de Foucault me llevó a releer o a leer por primera vez a quienes eran los maestros de la historiografía: para comprobar qué tenían de común o, incluso, para verificar –a la manera de Jorge Luis Borges– si eran predecesores del filósofo, ese pensador convertido en archivista o en arqueólogo de los discursos. Ahora, casi treinta años después, he regresado a sus obras para releer páginas bellas e irritantes, su sintaxis fría y precisa, esa prosa erudita y poética: ¿esa “escritura demasiado bella para ser verdadera?, según dictaminara Jean Baudrillard.

    Les dejo ahora: regreso con Foucault. Releo por enésima vez el principio de Vigilar y castigar, esa páginas pavorosas que le sirven de pórtico. En ellas se relata minuciosa y fríamente el suplicio a que fue sometido un regicida de la Francia del Setecientos: Robert François Damiens. Sobre esa base he escrito mi artículo. No pretenderán que ahora lo revele, ¿verdad? Olvídense de mi artículo aún inédito y vayan directamente al inicio de dicha obra, esa parte que se titula “El cuerpo de los condenados”:

    Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a “pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París”, adonde debía ser “llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano”; después, “en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado [deberán serle] atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asido en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento”.

    “Finalmente, se le descuartizó, refiere la Gazette d’Amsterdam. Esta última operación fue muy larga, porque los caballos que se utilizaban no estaban acostumbrados a tirar; de suerte que en lugar de cuatro, hubo que poner seis, y no bastando aún esto, fue forzoso para desmembrar los muslos del desdichado, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas…”

    Tres. Continuará…

  13. mycroft Says:

    Foucault si! Un “si” enfático, entusiasta. Un hombre radical en un sentido no de ideología, sino de pensamiento extremo, al filo del abismo.
    Un hombre que se hace preguntas incómodas precisamente por ser incómodas.

  14. jserna Says:

    ¿Michel Foucault sí? ¿Fernando Savater no? Vaya, uno sólo acierta a medias. Habla, mycroft, de “pensamiento extremo, al filo del abismo”. No sé usted, pues no sé quién se embosca tras ese nick, pero yo ya le puedo decir que soy una persona muy moderada.

    Procuro evitar los abismos, esos de los que usted habla, y sobre todo procuro no pensar cuando estoy al filo: para que no me entre el vértigo. Ya ve: algunos somos de moral burguesa y amodorrada.

  15. mycroft Says:

    Me refiero al abismo de la propia vida en sociedad. Foucault huye de acomodamientos, estudia la locura, la prisión, el poder. No ofrece soluciones, no da respuestas simples a preguntas complejas.
    Caminar en el filo es, en este caso, atreverse a cuestionar procesos y hechos que se dan por “normales”. De cuestionar qué es y como se inventa esa “normalidad”.
    Foucault es de todo, menos un burgués “amodorrado”.
    Lo de mi identidad, resulta un poco reiterativo ya. No sé que tiene que ver con la moderación o la falta de ella. En todo caso uno puede tener sus preferencias, no se trata de acierto o error, sino de afinidad o no con su relato, con su post.

  16. mycroft Says:

    A lo mejor usted evita el aspecto radical del discurso foucaultiano, pero eso no quiere decir que no esté ahí. No me parece un error usar ese edjativo en concreto.
    ¿O cómo calificaría este ejemplo?:

    “Únicamente una ficción puede hacer creer que las leyes están hechas para ser respetadas, que la policía y los tribunales están destinados a hacer que se las respete. Únicamente una ficción teórica puede hacernos creer que nos hemos suscrito de una vez por todas a las leyes de la sociedad a la que pertenecemos. Todo el mudo sabe también que las leyes están hechas por unos y que se imponen a los demás. Pero al parecer podemos dar un paso más. El ilegalismo no es un accidente, una imperfección más o menos inevitable. Es un elemento absolutamente positivo del funcionamiento social, cuyo papel está previsto en la estrategia general de la sociedad. Todo dispositivo legislativo ha articulado unos espacios protegidos y provechosos en los que la ley puede ser violada, con otros en los que puede ser ignorada, con otros finalmente en los que las infracciones son sancionadas. En el límite, me atrevería a decir que la ley no está para impedir tal o cual comportamiento, sino para diferenciar las maneras de vulnerar a la misma ley.”

    (Un diálogo sobre el poder, Michel Foucault)

  17. jserna Says:

    Foucault no estuvo siempre en el filo del abismo. Estudió la locura, la prisión, el poder, dice usted. Claro: para entender mejor la normalidad. Pero no se lo imagine como un tipo que siempre estaba ejerciendo de pensador extremo. El sadomasoquismo lo reservaba para la intimidad.

    Fue un señor universitario de moral circunspecta, incluso severísima, que enseñó en el Collège de France. Vestía con corrección burguesa y su aspecto era incluso grave. A ratos, y sobre todo al final de su vida, fue un epicúreo que escapaba periódicamente de las convenciones y de la gravedad parisina: en su viajes a California. Ya digo: sólo periódicamente. Era entonces cuando se quitaba la americana para vestirse con prendas de cuero…

    Lea alguna de las biografías que hay sobre él (las de Didier Eribon, David Macey, o James Miller, entre otras) y verá que el pensador extremo sólo lo era de vez en cuando. Como Borges, el escritor que tanto gustaba a Foucault. “Usted es Borges”, le preguntaron una vez. El escritor argentino respondió: “Sólo de vez en cuando”. Del mismo modo, Foucault era Foucault sólo de vez en cuando. Precisamente por el cuestionamiento del yo, del propio yo, que no es lo mismo que tapar la identidad.

  18. jserna Says:

    Eso que usted cita es un paratexto de sus textos: entrevistas, por ejemplo, literatura circunstancial que servía de refuerzo o de “aclaración”. No busque lo que tenía que decir en las entrevistas o en los textos periodísticos: búsquelo en las obras mayores. Esa obrita que cita, ‘Un diálogo sobre el poder’, fue un artefacto alimenticio: más radical, en efecto, que lo que antes o después enseñaba en la Cátedra. Si busca radicalidades de Foucault, lea lo que dijo del Irán de Jomeini. Un error o un horror… Verá cómo se deja los textos circunstanciales para ir a ‘Las palabras y las cosas’ o a ‘Vigilar y castigar’. Más que los objetos que trata, importa el modo en que los aborda.

  19. mycroft Says:

    Bueno, bueno, no podemos disentir más. Las entrevistas, en otros autores, pueden ser menos importantes, pero en Foucault son esenciales. Me preocupa que use esos adjetivos de connotaciones despreciativas para referirse a ese libro.

    En cuanto al tema, ahora resulta qeu es lo mismo hablar de un tema puramente retórico, filológico, o técnico, que de asuntos como la libertad, la tortura, la violencia, la pobreza.

    Usted utiliza la palabra radical en un sentido únicamente político-ideológico muy determinado. Radical no es solo el Che Guevara.

    Yo más bien lo utilizo para configurarlo como un “filósofo a martillazos” a-la-nietzshe. Por la forma en que analiza lo social, y nos ofrece una genealogía detallada de los mecanismos por los que se autoregula la sociedad. ¿O es que las referencias al poder en “tecnologías del yo” también es anecdótica? ¿O es que “Vigilar y castigar” no es un texto absolutamente radical a su modo, del mismo modo en que radical fueron en su momento y respecto del pensamiento dominante, Galileo o Rousseau?

  20. mycroft Says:

    “El sadomasoquismo lo reservaba para la intimidad”.

    Me parece un comentario despreciable y fuera de lugar.

  21. mycroft Says:

    Y pido disculpas como es habitual por mi pobre mecanografía.

  22. mycroft Says:

    Tirando un poco de autorictas, Miguel Morey, sobre Vigilar y Castigar, en el prólogo a ese “paratexto” como lo califica el sr. Serna:

    “Es ante todo un texto en el que se describen las condiciones de posibilidad que van a permitir el nacimiento de la penalidad carcelar moderna y harán de la prisión modelo abstracto para todas las instituciones totales (escuela, hospital, cuartel, fábrica) que tienen a su cargo la producción técnica de individiuos normalizados”

    Pues menos mal que es un pensador acomodado que si no…

  23. jserna Says:

    Oiga, ¿usted sabe lo que es el Collège de France? ¿Usted cree que alguien verdaderamente disolvente puede entrar en esa venerable institución para ocupar una cátedra? Foucault era una autoridad en el seno del Collège de France. Nietzsche jamás habría podido –ni habría querido– ingresar en una institución tan acomodada y conservadora.

    Foucault fue un académico francés que supo ver, analizar y observar lo que a simple vista las luces –o mejor la Luces– no nos dejan ver. Es decir, estudió lo que la Ilustración dejaba en sombras o lo que simplemente no reconocía. Lo estudió a partir de los discursos y de las prácticas y, muy frecuentemente, el propio Foucault se vio rebasado por la fama de radical o extremo con la que estaba aureolado su pensamiento. Él no quería ser un pensador extremo: quería radicalizar la Ilustración, que es otra cosa.

    Le parece a usted que mi afirmación “el sadomasoquismo lo reservaba para la intimidad” es “un comentario despreciable y fuera de lugar”. Oiga, el sadomasoquismo es una práctica no punible siempre que se haga con consentimiento de los practicantes. Como han documentado sus biógrafos, eso fue habitual en la vida de Foucault. No es un chisme: es un hecho probado que usted puede confirmar si avanza en sus lecturas y no se queda en ese librito circunstancial. Contrastaba la vida de vigilia, burguesa y acomodada del profesor parisino –la del académico– con la vida libertina y nocturna que el burgués Foucault se consentía.

    Y, ahora, me permitirá retirarme a mis aposentos: les dejo por unas horas. Mi vida acomodada me lo exige.

  24. Marisa Bou Says:

    ¿Cómo sabe, mycroft, que “El sadomasoquismo lo reservaba para la intimidad” es un comentario despreciable? Yo no me atrevería a decir eso, sin antes asegurarme de si Foucault era aficionado o no al “sado”. Y para ello. procuraría leer las biografías que nos recomienda el blogger, sin ideas preconcebidas sobre lo que pudo ser verdad (o no).

    Es decir, que hablaré sobre Savater, que algo le he leído: aunque había sobrepasado -y con mucho- la adolescencia, compré en su día “Política para Amador”. porque quería saber cómo un filósofo (con cuyas opiniones solía coincidir por aquel entonces) explicaba a su hijo, en lenguaje sencillo y comprensible para un niño, lo que es la política. Me gustó mucho y me sirvió para explicar a los míos aquello que yo, como Savater, pensaba que era la política.
    Puede que hoy día, nuevamente como Savater, no piense lo mismo de la política, por razones que no vienen al caso traer aquí. Pero sigo creyendo que aquel ensayo era, como poco, fresco, inteligente y cargado de alegría de vivir, algo que hay que saber enseñar a los hijos. Sus opiniones actuales prefiero no comentarlas. Me acojo a lo que dice el señor Serna: “no es lo mismo ser mosca cojonera que pensador picajoso”.

    Señor Montesinos, yo también habría estado encantada de retratarme con Savater cuando usted lo hizo. No ahora. Y ello a pesar de reconocer lo duro que es tener que llevar escolta para defender tu vida. Pero lo que no puede hacerse es ofender a los demás pasando de una convicción a otra sin lógica (aparente) alguna. ¿Pretende el señor Savater hacernos creer que amanece, cuando todos vemos que se pone el sol?

  25. David P.Montesinos Says:

    Yo creo, Marisa, que me habría seguido haciendo la foto con él en la actualidad. De lo que no estoy tan seguro es de que él resolviera la situación con el buen humor de entonces.

  26. mycroft Says:

    Precisamente, Marisa, porque lo del sadomasoquismo no viene al caso de su figura pública como pensador. Es algo que debe quedar entre esa persona y su pareja sexual. Yo no juzgaría lo que el señor Serna tenga que decirme aunque fuese pública y notoria su postura sexual favorita, a partir de ella.

    Es algo que forma parte de una personalidad, pero que debe quedar en la esfera privada fuera del debate.

    En cuanto a las contradicciones, es evidente que el ser humano esta sometido a ellas. Y nadie es revolucionario, o político, o filosófico, o historiador 24 horas. De lo contrario la vida sería insoportable.

    Yo solo digo que hay una faceta explítica, que el mismo Foucault remarca en sus conversaciones, clases, entrevistas y correspondencia, como parte del marco general de su obra, que el señor Serna simplemente no quiere ver. No digo que haya que interpretarlo todo de forma determinista en favor de ese único prisma, pero no querer verlo es de un sesgo manifiesto de flaseamiento intencionado.

  27. mycroft Says:

    El propio Foucault, que duda cabe, era consciente de ser parte del establishment cuya estructura está describiendo.
    Me pregunta Serna si sé yo que era un catedrático y no un perroflauta, y le pregunto yo a él si sabe que la revolución inglesa que puso el mundo patas arriba la hicieron puritanos moralistas. Hay más de un modo de entender la radicalidad. Por cierto, era tanto su “empeño por el proyecto Ilustrado” (yo más bien pienso que comprendió el reverso oscuro de ese proyecto), que anunció no ya la muerte de Dios, sino la del Hombre. Si eso no es filosofar a golpe de martillazos con una referencia a Nietzsche explícita, no sé que más pruebas pueden darse.
    Una cosa no quita a la otra.
    La contradicción no solo es posible, además es usualmente inevitable.

  28. mycroft Says:

    Por cierto, sobre las entrevistas. No sé qué clase de historiador desprecia una fuente histórica que ofrece luz sobre un personaje, solo porque no encaja con la concepción predeterminada que tiene del mismo.

    No entiendo. ¿Son falsas, son apócrifas, son como los diarios de Hitler, una inveción?

    Sin duda la controversia que más me confunde es ese tema: ese “alimenticio”, ese “paratexto”. Es un lenguaje muy orwelliano oiga. Si era un burgués y catedrático además, no creo que una edición de unas entrevistas lo sacaran de pasar hambre (parece que no).

    Más bien me parece que son un completmento que ayuda a entender al personaje, como puede serlo la correspondencia de Walter Benjamin, o las conferencias dictadas en clase de Heidegger. No todo es libro oiga.

  29. Marisa Bou Says:

    Vale, mycroft, admito que nada tienen que ver las preferencias sexuales de una persona con sus opiniones, y jamás se me ocurriría juzgar a una persona por ellas. Lo que me chirría es ese calificativo (o más bien descalificativo) de “despreciable”. Podría aceptar “irrelevante”, pero no me negará que la sexualidad es parte, y no menor, de la personalidad, y a veces incluso modifica el posicionamiento de la persona ante un problema concreto, aunque no lo haga en los generales. Puede usted restarles importancia, pero no negar su existencia.

  30. mycroft Says:

    Más bien, porque en el caso del sr Serna, podría defenderse interponiendo una demanda en defensa de su intimidad.

    Pero es muy fácil hablar de la vida privada de alguien que está muerto.

    Por eso me indigno un poco.

  31. mycroft Says:

    Tampoco me la quiero coger con papel de fumar. Más que nada, me parece que no ha pasado el tiempo suficiente. Decir según que sobre Enrique V, Sade, Isable II de España, no es lo mismo.
    No pienso que los herederos de Michel Foucault anden leyéndo esto, pero me parece que es un poco desafortunado todavía.

  32. mycroft Says:

    Joder con las teclas.
    Es que estoy preparando un examen de meca, y claro, quiero abarcar más de lo que me corresponde por habilidad.

  33. jserna Says:

    Escrito tiempo atrás…

    “Poco a poco –decía Nietzsche en un célebre pasaje de ‘Más allá del bien y del mal’— se me ha ido manifestando qué es lo que ha sido hasta ahora toda gran filosofía: a saber, la autoconfesión de su autor y una especie de ‘memoires’ no queridas y no advertidas”. En el filósofo, añadía, “nada, absolutamente nada es impersonal; y es especialmente su moral la que proporciona un decidido y decisivo testimonio de quién es él –es decir, de en qué orden jerárquico se encuentran recíprocamente situados los instintos más íntimos de su naturaleza”. Exactamente eso es lo que se propuso Michel Foucault y por dicha razón confesaba en 1983: “la idea del bios como material para una obra de arte estética es algo que me fascina”.

  34. jserna Says:

    Por cierto, ¿por qué me suena tanto el tono de mycroft? Incluso, sus lamentaciones mecanográficas y ortográficas me recuerdan a alguien…

  35. mycroft Says:

    Le recuerdo a mi mismo en el post universitario.

    Me parece que usted reduce la filosofía a un retazo de personalismo solipsista a cuenta de un existencialismo mal entendido.

    Si solo hubiere un individuo…pero hay muchos yoes. Es lo que llamamos sociedad. El hombre es un animal social. Negar la dimensión social, es tanto como negar al hombre mismo.

  36. mycroft Says:

    Tal vez ese sea el sentido del fin del hombre. Tal vez Foucault se adelanta al fin de la historia, a los últimos hombres nietzscheanos, a la burbuja en que vivimos, a la incomunicación, al individualismo.

    En todo caso no creo que lo celebre.

    Acabo con una cita no textual de la película “Eternal sunshine of the spotless mind”. hablar constantemente no significa comunicarse.

    Digamos que no estamos en la misma onda. El herrero ve clavos en todos los problemas, el historiador y el politólogo, también ven realidades distintas ante el mismo discurso.

  37. mycroft Says:

    Lo que yo no entiendo es por qué tiene que ser mutuamente excluyente que Foucault sea el filósofo del poder, que haya superado la formación estructuralista, pero no haya perdido de vista los mecanismos sociales de la exclusión de lo diferente a la norma, con que sea un filósofo interesado también en el “yo”, en su formación y transformación.
    ¿Por qué son excluyentes ambos dilemas o problemas?

  38. jserna Says:

    “Me parece que usted reduce la filosofía a un retazo de personalismo solipsista a cuenta de un existencialismo mal entendido”.

    Así es. Yo reduzco la filosofía. Usted la aumenta. Y a mí… que me suena este ego.

    Taluego.

  39. Marisa Bou Says:

    Aténgase a su propio cuento, mycroft, y no hable tanto. Comuníquese más. Y permita, por favor, que los demás se sientan con derecho a tener, al menos, tanta razón como la que usted cree tener.

    Taluego, señor Serna.

  40. David P.Montesinos Says:

    El apelativo “radical” es ciertamente problemático. Se es radical en la medida en que uno trata de situarse en las raíces. Dado que la labor del filósofo es pensar, su radicalidad no nos importa tanto por ciertas actitudes personales, ni siquiera por la posición que públicamente adopta ante ciertos fenómenos coyunturales -por ejemplo la emergencia de la revolución islámica del Irán posterior al Sha-, como por el espacio desde el que construye su análisis de la cultura. El modelo genealógico que Foucault pone al día, a partir de la escuela de pensamiento que arranca de Nietzsche, es radical en el sentido de que necesita instalarse en el origen de los valores, de los juegos de verdad, de las configuraciones que determinan las relaciones entre el saber y el poder. Ser por ejemplo un marxista “ortodoxo” en los setenta sería ser muy poco radical en el sentido en el que lo fue Foucault. Lo que éste pretende es “pensar lo impensado” de una tradición dentro de cuyo horizonte nos movemos. Si hablamos de democracia, de derechos humanos o de Ilustración, Foucault se lanza a los archivos para reconstruir el tortuoso proceso por el cual hemos llegado a dar por hechos ciertos conceptos que hemos llegado a considerar incuestionables, como si nos hubieran venido perfectamente redondos y clausurados desde siempre, como si no tuvieran historia. Pero todo, hasta los “sentimientos”, hasta el derecho a la vida, que parece un invariante innegociable, es el producto de una larga elaboración histórica. En ese sentido, Foucault no solo no es el enemigo de la historiografía que algunos han creído, sino más bien el que nos invita a repensar nuestra labor como historiadores, pero desde el desafío de unos presupuestos interpretativos que ya no son los mismos.

    Foucault filosofa muchas veces a martillazos, es cierto. Pero, no lo olvidemos, su trabajo requiere una erudición encarnizada. Su estilo escritural fascina, casi hipnotiza, como sugiere Baudrillard. Junto a pasajes que producen espanto, como el que cita Serna, nos encontramos otros muchos que consiguen subyugar porque se instalan en lugares donde nunca habían estado los intelectuales y desde los que se iluminan estancias nuevas. Los manicomios, los archivos judiciales, las escuelas, las naves de los locos, los hospicios, la clínica, las prisiones… Me cuesta imaginar a Habermas o a Sartre deambulando por tales rincones que, sin embargo, han existido o existen.

  41. Paco Fuster Says:

    Dos cosas:

    1.- Sobre Savater digo lo mismo que Justo y Montesinos: en algunas cosas me encanta y en otras no le entiendo. Lo dije en los comentarios a esa crónica que escribí de su visita a Valencia para promocionar su partido. Poniendo en una balanza, me quedo con lo bueno y con su interés por la divulgación y por explicar las cosas a la gente de la calle, cosa que valoro y aprecio mucho en un intelectual.

    2.- Sobre Foucault, justamente hace unos días releí (llegué a ella buscando otro dato) la polémica – si se puede llamar así – que mantuvieron en 2006 Félix de Azúa y Fernando Álvarez-Uría (un prestigioso sociólogo de la Complutense), a raíz de un artículo publicado en “El País” y en el que el primero arremetía con dureza contra Foucault, su supuesta promiscuidad sexual y su supuesta irresponsabilidad con la enfermedad mortal que padecía:

    http://www.filosofos.org/modules/news/article.php?storyid=43

    Álvarez-Uría le respondió con una carta al director y luego de Azúa hizo la contraréplica:

    http://www.filosofos.org/modules/news/article.php?storyid=48

  42. mycroft Says:

    Precisamente mi utilización de radical es en la línea de “pensar lo impensado”. O Repensarlo en ocasiones. Evidentemente que lo admiro precisamente por resultar tan incómodo e inapropiable para los ortodoxos de todo el espectro.

    En cuanto a comunicarse vs simple monólogo, es que yo si me aplico el cuento. No digo que mi interpretación sea la única, la verdadera. Solo digo que es posible, que es una dimensión más de la obra, que hay trabajos no míos sino de gente mejor que yo, trabajos académicos incluso, que van en esa dirección. Si esto irrita a otros que pretenden reducir a Foucault a su propia visión de Foucault, pues bueno, hay una diferencia de opinión, ni más ni menos.

  43. David P.Montesinos Says:

    El tiempo pasa, lo cual es malo, porque nos hacemos viejos, pero también es bueno, porque cada día que pasa nos permite aumentar la distancia desde la que atisbamos la trascendencia del gesto filosófico que constituye la obra de Michel Foucault. Compararlo con alguien como Savater me parece una pérdida de tiempo, son cosas completamente distintas, niveles de discurso, temas de conversación completamente irreductibles uno a otro. Creo que es inteligente leer los textos que el último Foucault escribió sobre su propia obra. En contra del mito rupturista a ultranza, Foucault se reconocía instalado en la tradición de aquellos pensadores que, desde Kant o Hegel hasta Nietzsche, Heidegger o Adorno, fueron capaces de cuestionarse el modo histórico en que la sociedad ha ido construyendo subjetividades. En ese sentido, suscribo la impresión de Serna de que Foucault radicaliza ciertos gestos característicos de la Ilustración. Si el kantismo establece críticamente los límites de lo pensable, o lo que es lo mismo, determina cuál es la posición del sujeto ante la experiencia racional, Foucault investiga los términos en que se han ido estableciendo históricamente las disciplinas sobre los cuerpos y las mentes hasta el punto presente en el cual decimos “yo”, como si tal cosa fuera “natural” y poco menos que concedida por los dioses,es decir, dado desde siempre y de una vez por todas.

    El pasaje del suplicio de Amiens se explica en “Vigilar y castigar” porque el autor necesita hacernos entender que el mundo que convierte los castigos en aterradoras catarsis de masas, donde se asistía al espectáculo del Poder omnímodo del Rey, ya nada tiene que ver con la lógica del humanismo que se empieza a extender con lo que llamamos la modernidad. Sin embargo incita más a “olvidar a Foucault”, a rechazar con cierta aprensión su lectura, que a leerlo con la fascinación con la que yo le leí. No lo considere ganas de competir, pero yo incluiré otro, al inicio de Historia de la locura:

    “Al final de la Edad Media, la lepra desaparece del mundo occidental. En los márgenes de la comunidad, en las puertas de las ciudades, se abren terrenos, como grandes playas, en los cuales ya no acecha la enfermedad, la cual, sin mebargo, los ha dejado esteriles e inhabitables por mucho tiempo. Durante siglos, estas extensiones pertenecerán a lo ibnhumano. Del siglo XIV al XVII, va a esperar y a solicitar por medio de extraños encatamientos una nueva encarnación del mal, una mueca distinta del miedo,una magia renovada del purificación y de exclusión. Desde la Alta Edad Media, hasta el mismo fin de las Cruzadas, los leprosarios habían multiplicado sobre toda la sufperficie de Europa sus ciudades malditas. Según Meteo de París, había hasta 19 mil en toda la Cristiandad…”

    Entiendan que esto me enamorara después de leer a tanto ilustre pelmazo dedicado a la metafísica. Las razones para leer este libro son las mismas que para leer “El queso y los gusanos”. Son prosas que fascinan. Y fascinan porque son capaces de conmovernos con una belleza que, a pesar de Baudrillard, puede ser verdadera.

    Un último “pero” a Foucault. Creo que debió haberse encontrado antes con el pensamiento de Adorno. Pero murió de SIDA en el 84 y nos dejó, además, sin concluir la Historia de la sexualidad. Qué terrible pérdida, lo digo con toda el alma…

  44. mycroft Says:

    Por cierto, señor Fuster, no seré yo el que ponga en duda la divulagación, pero en ocasiones, me puede. Me parece que el mundo se está saturando de “predicadores laicos”, opinólogos, expertos, y que todos ellos, en lugar de proporcionar datos en informaciones para que cada cual extraiga sus conclusiones, le sugieren más o menos explicitamente cuáles deben ser éstas.

    y me aplico el cuento si hace falta.

  45. David P.Montesinos Says:

    Desconocía esta polémica,señor Fuster, es muy oportuno el rastreo que nos propone.

  46. David P.Montesinos Says:

    Es esa misma, señor Mycroft, la línea en que yo asumo la radicalidad de Foucault.

  47. David P.Montesinos Says:

    Ya… Y bueno, pobre Félix de Azúa, empieza a darme pena.

  48. mycroft Says:

    Félix de Azúa. No me siento cualificado para abrir ese frente. En todo caso, casi pueden adivinar que no despierta mis entusiasmos.

    Digamos que en los enlaces (bastante interesantes) de Fuster, me alineo en la posición de Álvarez-Uría.

  49. Paco Fuster Says:

    ¡Caray con el compañero Mycroft! Aparece poco por aquí, pero cuando lohace la ración es doble (o triple). Me parece bien que discrepe, pero ya me dirá lo que desyuna para llegar a estas horas del día – o de la noche – con esa energía.

    Lo de la divulgación – hablo de la buena divulgación – es una batalla personal que mantengo desde hace cierto tiempo con algunos profesores de Universidad que la miran con desprecio, quizá por son incapaces de hacerla. La mayoría de los grandes historiadores, por centrarnos en mi gremio, son aquellos que han sido capaces de combinar la investigación a un alto nivel con la divulación documentada e informada, con la capacidad para explciar al hombre de la calle los conceptos y las teorías más difíciles. De ese perfil de pensador no creo que esté cansado porque en España no abundan. No confunda la divulgación con otras cosas. Habla de “opinólogos” (yo a esos los llamo “todólogos” y no suelen ser historiadores ni filósofos, más bien suelen ser periodistas o “colaboradores”) y de expertos pero si no me da nombres, no sé a quien se refiere en concreto. En el caso de Savater, yo reitero que para mí es un gran filósofo, capaz de explicar a Nietzsche o a Unamuno de forma que casi todos lo podamos entender.

  50. Isabel Zarzuela Says:

    Qué gusto leerles; qué placer conocerles.

  51. mycroft Says:

    No dudo de la labor de Savater en sus libros. Pero me parece que cuando “se ensucia las manos” por usar las palabras del post, y nos explica el estado de derecho al resto de mortales, o muchos otros temas nada inocentes, en su labor de opinión de columnista, la cosa es que se une a ese coro de todólogos, encuestadores, malos analistas politicos y peores juntaletras.

  52. mycroft Says:

    De todos modos lo que si me parece es que divulgar no es lo mismo que investigar. Que crear.
    ¿Tiene Savater alguna, no ya teoría propia, idea propia, sino matiz, algún aporte académico, alguna investigación más allá del compendio?
    Lo digo porque es el más mediático de entre los filósofos españoles, sería una ironía que en lugar de pensar, solo catalogara los pensamientos de otros. Mientras otros se arriesgan en lugares, no más radicales (ay, la palabrita) sino menos sobados.
    Y como hemos indicado, repensar algo puede ser tan importante como pensarlo. Pero bueno, todo esto no son más que impresiones, apuntes, vibraciones.

  53. Serna??? Says:

    una porqueria radical!! Serna un post de pena

  54. M. Florence Says:

    Os felicito. Por uno o dos no pasa nada. Hay que aguantar compañeros

  55. David P.Montesinos Says:

    Enigmática intervención ésta última. Maurice Florence es el seudónimo bajo el que se ocultan Michel Foucault y su amigo François Ewald para escribir un artículo que se titula, justamente, “Foucault, Michel, 1926(-1984). Hay que suponer, por razones obvias y un pelín macabras que el añadido final entre paréntesis fue de Ewald. “Escribo para perder el rostro”. La actitud de Foucault ante el problema de la identidad explica su afición a “deslocalizar” su lugar como sujeto. Es una de las razones por las cuales nunca quiso hacer un reconocimiento público de su homosexualidad -o habría que decir de sus “prácticas” homosexuales-, simplemente no quiso nunca satisfacer esa demanda de ubicación. No se trataba en cualquier caso de esconderse -en todo caso sí de jugar al escondite- ni tampoco de jugar a cierta esquizofrenia creativa en plan Pessoa. Lo que Foucault y Ewald intentaban era situarse en la atalaya del historiador de las ideas, de tal manera que pudieran contemplar con la mayor “neutralidad” posible cuál podría ser el lugar de los textos de Foucault en sus diferentes etapas dentro del discurso filosófico de la modernidad. Se presenta a sí mismo como un gesto de ruptura, ruptura que hay que entender en el contexto intelectual francés, imperialmente dominado en los setenta por la figura de Jean Paul Sartre y el marxismo, cuyos conceptos habían llegado a convertirse en auténtica “koiné”, algo así como una escolástica a la que todo analista terminaba yendo a parar, aunque fuera para ser declarado hereje. Pero no es una ruptura -ya que hablamos de radicalidades- con el global de una tradición a la que pudiéramos llamar “occidental”, “racionalista”, “metafísica”,
    logocéntrica”, “ilustrada”… No, no, Foucault se sitúa como dentro de la tradición del kantismo, en tanto que lo que pretende elaborar es una “historia crítica del pensamiento”.

    Creo que deberíamos saber ser indulgentes con Fernando Savater, incluso aunque él no lo sea muchas veces con nosotros. Es cierto que no tiene nada a lo que se pueda reconocer como “doctrina”. ¿La ha tenido algún filósofo español desde Francisco Suárez? Quizá la haya tenido Zubiri, pero ya se la podía haber ahorrado, dicho sea de paso. Ningún filósofo español es más conocido fuera que Ortega, y se ha convertido en un clishé todo aquello del “raciovitalismo”, que a mí, la verdad, y sé lo que digo porque me tocó empollármelo, me suena por todas partes a un refrito de teorías de Heidegger y de otros muchos que Ortega se tomó la molestia de leer y traducir, cosa que no podían hacer sus coetáneos o simplemente no se preocuparon de hacer. No sé. Yo creo que Ortega fue una gran animador cultural, un activista de la cultura en un tiempo en que plantar flores en el desierto de un país tan atrasado alcanza dimensiones de heroismo. Pues bien, traslado este planteamiento al hombre sobre el que ustedes discuten. Yo creo que Savater tuvo la virtud de traer ciertos aires que nuestros pulmones no habían aprendido a respirar, acostumbrados como estábamos a que en clase de Filosofía viniera un cura a explicarnos los argumentos tomistas de la existencia de Dios y que éste, para colmo, es “uno y trino”. Yo conocí a Cioran y a Nietzsche a partir de Savater, parece poca cosa ahora, pero tiene su valor. ¿Será olvidado? No lo sé, y tampoco me importa mucho. Creo que es un buen conversador y un agitador cultural y moral notable. De no haber existido hubiera sido necesario inventarlo. Y como dice Adso de Melk al final de El nombre de la rosa, refiriéndose por supuesto a su maestro: “Ruego
    siempre que Dios haya acogido su alma y le haya perdonado los muchos actos
    de orgullo que su soberbia intelectual le hizo cometer”.

    Soportamos a los maestros porque encontramos en ellos un talento y un coraje del que acaso nosotros carecemos. No queda otra pues que soportar sus pecados”

  56. Paco Fuster Says:

    Amigo Mycroft: sobre el pensamiento de Savater se han escrito tesis doctorales. Con eso se lo digo todo. Búsquelas, lealas y ya nos dice si tiene alguna teoría propia.

  57. mycroft Says:

    Se han escrito tesis hasta sobre las exportaciones de queso francés en siglos precedentes. Yo no afirmaba (sino me interrogaba al respecto) que no tuviera pensamiento, sino que es irónico que, siendo un filósofo mediático, éste pensamiento propio no ocupe un lugar destacado en las intervenciones o performances, o escritos o entrevistas de esa marca (no lo digo en sentido peyorativo) filosófica que es Fernando Savater, S.A.

  58. Sigue... y acaba Says:

    Tres. José Ortega y Gasset. Todos los años, más o menos por estas fechas, releo con entusiasmo renovado La rebelión de las masas (1930). Me lo ha hecho recordar el comentario de David P. Montesinos, siempre tan juicioso. “Creo que Ortega fue una gran animador cultural, un activista de la cultura en un tiempo en que plantar flores en el desierto de un país tan atrasado alcanza dimensiones de heroísmo”. Exacto, exactísimo, el dictamen de David P. Montesinos. Tarea del filósofo es iluminar las sombras de lo obvio o destapar lo que había permanecido oculto.

    Pero labor suya también es vitaminar el cuerpo exangüe de un país con tantas gentes sobradas e ignaras: tanto apocalíptico terminante, con lecturas mal digeridas. Hay algo de heroico, en efecto, en la tarea orteguiana, que tanto se parece a la de Fernando Savater: ser acicate. Quien se preocupa de tener una idea original, una para posteridad, es probable que se quede sin ideas para el presente. Ortega creyó posible mejorar a sus conciudadanos. El porvenir habría de desmentirle: la España de Franco, a la que él regresó derrotado y viejo para sorpresa de tantos exiliados, era un país incorregible, “un intratable pueblo de cabreros”, en célebre verso de Jaime Gil de Biedma. ¿Acertó al volver? ¿Se equivocó totalmente? Gregorio Morán le dedicó El maestro en el erial. Lo leí hace ahora diez años. Mi impresión sigue siendo la misma: un libro entretenido, injusto y absolutamente inmisericorde. Punto y aparte.

    Hay una actitud desdeñosa que intelectualmente queda muy bien: vamos que te deja en muy buen lugar. Es la de deplorar la escasa profundidad de las páginas de Ortega. O, mejor, la de despacharlas con un gesto entre altivo y altisonante: a voces, vaya. Ortega –oímos gritar– sólo es un periodista o un divulgador, un tipo que escribió en la prensa y cuyo pensamiento es de vuelo gallináceo. Me hace mucha gracia eso de criticarlo por ser mero publicista. Resulta que si tienes alguna idea, incluso alguna idea prestada, de fuentes reconocibles, de inspiración atendible y practicable, sólo eres un juntaletras. En cambio, si te vales de una expresión oscura, ya tienes un prestigio ganado.

    Ortega fue un intelectual, un observador: o un espectador, en sus propias palabras. No es poca cosa para quien quiere asomarse al mundo, informarse, leer libros recios y no folletos de andar por casa; para quien quiere arriesgarse evaluando y sopensando. ¿Y cuál es el resultado? Que tiempo después te desdeñan por ser un pensador de segunda. ¿Y quién quiso tener un sistema? Tras Hegel, la voluntad de sistema es una quimera o un empeño baldío. En cambio, tras el liberalismo, tras los medios de comunicación, tras la masificación del mundo, lo que toca examinar es la naturaleza de los cambios vertiginosos y aparentemente superficiales que están cambiando el orden del Novecientos. Cuando Ortega y Gasset escribe en los años veinte las páginas de La rebelión de las masas, el mundo se encamina hacia su destrucción, precipitándose en un choque de funestas consecuencias. En el filósofo madrileño, la expresión es meridianamente clara, sus metáforas son moderadas y lo que nos da no es un tratado sistemático: lo que nos ofrece es un cuaderno de apuntes.

    Él otea y anota, observa y registra, con esa voluntad honesta de quien quiere entender lo que pasa, eso que está a punto de hundirse: la civilización, las buenas maneras, el orden liberal que se abre a una democracia de futuro incierto, rodeada por enemigos multitudinarios y encuadrados. Ortega tiene un gesto aristocratizante, por supuesto. Y tiene miedo. Tiene prevención a lo que serán las desgracias del siglo: el bolchevismo y el fascismo. Y cuando escribe aún no sabe hasta qué punto el estalinismo o el hitlerismo serán mortíferos. Es un europeo desorientado que no quiere perder la compostura.

    Ejerce de filósofo en el viejo sentido de la expresión: no por acopio de erudiciones, sino por despliegue de intuiciones informadas. “Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender”, dice repitiendo una vieja idea. Vieja, pero exacta. No mirar con familiaridad o con pereza “es el deporte y el lujo específico del intelectual”, añade. Intelectual: es lo que Ortega encarna con aplomo y distinción. ¿Y por qué es un lujo? El intelectual observador no echa un vistazo para vivir, sino para interrogarse sobre el vivir. Por ello, su tarea es “mirar el mundo con ojos dilatados por la extrañeza. Todo el mundo es extraño y es maravilloso para unas pupilas bien abiertas. Esto, maravillarse, es la delicia vedada al futbolista, y que, en cambio, lleva al intelectual por el mundo en perpetua embriaguez de visionario. Su atributo son los ojos en pasmo. Por eso los antiguos dieron a Minerva la lechuza, el pájaron con los ojos siempre deslumbrados”.

    Lean a Ortega. Hay una nueva edición de sus obras completas, en Taurus, que yo me compro poquito a poco, administrando los desembolsos y justificándolos con aniversarios y otros regalos que me merezco. Sólo en las fechas señaladas… El regalo es leer ahora a Ortega. Siempre lo ha sido. Y, además, ya no estamos en ese intratable pueblo de cabreros al que regresó Ortega. Eso quiero creer.

  59. mycroft Says:

    Me da la impresión de que más de un padre de la constitución tenía “España invertebrada” en la mesilla de noche. Hay que leer a Ortega, aunque solo sea para comprender la influencia de su visión, de su proyecto político, que tras fracasar, vuelve por la vía del referente años después. Además del problema identitario español, del fracaso de los liberales con el proyecto jacobino (Castilla hace a España, y Castilla la deshace, decía Ortega)
    Otra cosa es si todo cambia para seguir un poco siendo lo mismo, y estamos otra vez de Canovas a Sagasta y tiro porque me toca.
    Por cierto, lo de juntaletras lo decía por la gran mayoría de cocinadores de encuestas, supuestos periodistas, y demás compañeros de viaje del rotativo de turno y su línea editorial.
    En el fondo soy un gran admirador del pragmatismo inglés, de las ideas practicables. Pero eso no quita para que, cuando haya una idea luminosa, brilla más que las exégesis y las notas al pie de página. Del mimo modo que está bien perfeccionar los mecanismos técnicos ya existentes, pero es mucho mejor contar con nuevas invenciones que puedan ofrecer alternativas (Está bien mejorar el aprovechamiento de la energía del carbón, pero es mejor aún inventar nuevos modos de producir energía)

  60. jserna Says:

    Hay premura por decir la última, por fijar la conclusión…

  61. David P.Montesinos Says:

    Vaya por delante que me parece oportuno el apunte que realiza el blogger sobre Ortega, y me lo parece lo conclusión: hay que volver con frecuencia a él, no hay motivo coyuntural que le descarte, en todo caso lo hay para lo contrario. Si se puede interpretar de lo que dije antes que lo considero un filósofo menor, por aquello que comenté de sus “refritos” de Heidegger y demás. No, no pienso así, no exactamente. Yo creo que hoy Ortega habría sabido hablar inteligentemente de Foucault. Lo que no sé es si habría tenido fuerzas para volver a fundar la Revista de Occidente, en esto si nos hallamos en otra coyuntura, una coyuntura “mejor” en gran medida. Pese a todo, a veces sí me parece que seguimos siendo un poquito “pueblo de cabreros”. La frase que Mycroft atribuye a Ortega yo se la atribuía a Sánchez Albornoz. Pero no, Mycroft tiene razón. Para Ortega, Castilla hizo a España y luego la deshizo. Para S.Albornoz, Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla. Parece un pequeño matiz lingüístico, pero en ese matiz que invierte el sujeto y el predicado de la segunda frase hay todo un mundo de diferencias. Prefiero, por cierto, el aserto de Ortega. Lo de la España invertebrada me parece una metáfora afortunada porque permite ver las cosas bajo luces poderosas.

  62. jserna Says:

    “Escribo para perder el rostro”, dice Foucault y nos recuerda Montesinos.

  63. aleskander62 Says:

    Perder el rostro … escribiendo poesía.
    1. La casa encendida de Luis Rosales.
    2. Mesteres de Arcadio López-Casanova.
    3. Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez.
    4. De ríos que se van de Juan Ramón Jiménez.
    Cae la máscara.


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