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El mundo se derrumba

21 junio 2010

Tierra firme. No hace falta leer novedades de última hora. Podemos deleitarnos con libros que suman años y años y que ahora, en 2000 y pico, son reeditados. ¿Reeditados, por qué? ¿Porque han sido un gran éxito? No necesariamente. En ocasiones, esos volúmenes modestísimos vuelven gracias al azar editorial. Han caducado los derechos, por ejemplo.

Tampoco hace falta leer novelas sobre la globalización o sobre la realidad virtual para sentirnos más modernos o… posmodernos, según. Podemos disfrutar con una historia aparentemente convencional, una nouvelle de Joseph Conrad. ¿Ustedes imaginan qué dicha, qué ambigüedades insondables nos esperan?

Leo lo que acabo de escribir y casi me avergüenzo. ¿Ambigüedades insondables? Parece un tópico o una cursilada. Seguramente sería una cosa o la otra si la refiriéramos a un novelista menor. Hablando de Conrad, lo incierto, lo escaso o lo impreciso son objetos de exploración grandiosa y fracasada. Punto y aparte.

Echen un vistazo a la fotografía del escritor, tan elegantemente vestido. Es una imagen muy conocida. Data de 1923. La mirada de sorpresa –de arrobo incluso– lo dice todo: esa capacidad para asombrarse. Se le ve agradecido. Quién como él. Pero regresemos, que me pierdo…

Si hablo de Conrad, inmediatamente pensarán: ah, claro, nos habla de un relato marino. Pues no, no es una historia ocurrida en alta mar. Sucede en la gran ciudad y, por lo que sabemos, sus protagonistas no se han aventurado jamás por océanos de aguas procelosas. ¿Aguas procelosas? Bueno, sí, lo admito: la fórmula está un poco gastada y suena a frase hecha, pero para cuando Conrad escribía –por ejemplo, a finales del siglo XIX– la expresión era literal y bien precisa: el mundo no estaba enteramente hecho.

Pero dejemos los océanos. Insisto: la historia que he leído con tanto placer o desasosiego ocurre en tierra firme y sus protagonistas no son viejos lobos de mar. ¿Un rareza en Conrad? Como indicaba Javier Marías en Vidas escritas (1992):

“Los libros marinos de Joseph Conrad son tantos y tan memorables que siempre se piensa en él a bordo de un velero y se olvida que los últimos treinta años de su existencia los pasó en tierra, llevando una vida insospechadamente sedentaria. En realidad, como buen marino, detestaba viajar, y nada lo reconfortaba tanto como estar encerrado en su estudio, escribiendo con indecibles dificultades o charlando con sus amigos más íntimos”.

La novela que he leído –editada primorosamente en cuarto, con tapa dura y sobrecubierta de tacto rugoso y noble– ocurre prácticamente en interiores, en la alcoba de un matrimonio burgués que ha de sincerarse –también– con indecibles  dificultades. Sincerarse sobre la infidelidad: ésa es su angustia. ¿Cómo podemos hablar de lo que nos avergüenza, de lo que nos desborda o nos desarbola? ¿Ah, otra novelita más sobre el adulterio?, me dirán. No, no es una novelita de pasiones adúlteras, responderé. En Conrad hay actos que nos hacen culpables, derrotas que sobrellevamos malamente. En Conrad se pierde la tierra firme.

Traiciones sin consumar. Estamos a finales del Ochocientos. La esposa de un burgués que regresa de la City deja una carta en la que se despide de su marido. Parece que lo abandona para echarse en brazos de un amante.

El esposo, ignorante de lo que se fragua, descubre la misiva. El contenido que él lee es inapelable: la esposa anuncia su infidelidad, una infidelidad que finalmente no sucede, pues la mujer regresa sin consumarla.

¿Qué hacer en esa circunstancia? Él sabe lo que ella estaba dispuesta a hacer. Y ella sabe que él lo sabe. ¿Cómo pueden afrontar la situación? Estamos en la Inglaterra victoriana y los valores son muy rígidos. Por eso, el marido, que está inmensamente decepcionado, sueña con taparlo todo. Nadie sabe nada, salvo ellos. Pues bien, quizá sea posible seguir como si tal cosa. ¿Pero cómo se puede seguir?

Vale la pena leer esta historia aparentemente corriente, un asunto –el del adulterio sin consumar– con numerosas variantes en la gran literatura burguesa. De eso escribí en el primer capítulo de Héroes alfabéticos, el titulado precisamente “Adúlteros”.

Alvan Hervey y esposa, de la que nunca llegaremos a saber su nombre, pasan por esta circunstancia. O, mejor dicho, Joseph Conrad les hace pasar por ello tras cinco años de matrimonio. Son dos personas acomodadas, con la rutina de las parejas que creen conocerse, incapaces de auténtica intimidad, nos dice el narrador: exactamente como “dos animales que se alimentaran en el mismo pesebre, bajo el mismo techo, en unas lujosas cuadras”.

La imagen es poderosa, ciertamente. No se puede describir mejor ese tedio conyugal y, sobre todo, el muro de secretos que ambos han levantado durante cinco años. No es que tengan mucho que ocultarse: es que no tienen nada que decirse, ricos y “esclavos de ideas vulgares que ni siquiera son las suyas”.

Una fisura moral. Todo, absolutamente todo, depende del relator. No identificaremos jamás a quién nos cuenta esta historia. Sólo sabemos que alguien se expresa en tercera persona adoptando dos perspectivas, la del esposo y la de la esposa. Prácticamente, toda la narración está contada a partir del punto de vista de Alvan Hervey y sólo en breves pero decisivos momentos se nos transmite la información desde la mirada y los sentimientos de la mujer.

Primero veremos cómo el marido descubre la carta en que se anuncia la infidelidad; después, al regresar la esposa, comprobaremos qué esfuerzos les toca hacer para seguir adelante cuando el mundo personal se les derrumba. Nadie tendrá por qué saber qué es lo que ha ocurrido, se dice el marido. Externamente es así, pero internamente ese mundo personal del esposo se disuelve sin remisión, sin freno.

El estilo libre indirecto que emplea Conrad y los diálogos que se transcriben en la novela nos permiten avanzar comprobando qué es la impotencia. La impotencia del individuo, presionado por los valores y las normas sociales que le tocan asumir y presionado por un atisbo de vida conyugal amorosa que ya no es posible. ¿Vida conyugal amorosa? ¿Ustedes saben lo que es eso en pleno Ochocientos? Lo que Hervey está reclamando y reclamándose es la sinceridad frente a la convención. Nada menos.

Todo transcurre en unas pocas horas, y el narrador de Conrad nos precisa la angustia del marido: de repente, éste se da cuenta de que a pesar de la hipocresía en la que pueden vivir, la hipocresía que todo lo tapa, no tendrá confianza alguna, no habrá amor correspondido. El dolor del marido es muy actual. Un burgués típico del Ochocientos habría podido sobrevivir sin amor gracias a la hipocresía: así había sido educado.

Alvan Hervey, por el contrario, ya no puede. Es, pues, uno de los nuestros, un tipo contemporáneo: exige como nosotros la entrega amorosa, la confianza, la correspondencia, valores que están por encima del qué dirán y del orden reinante: eso es una fisura moral. El narrador también nos detallará  el silencio hostil y desorientado de la dama, de esa esposa que ha regresado sin saber muy bien qué hacer a partir de entonces. ¿Entonces…?

Hervey ve a su mujer, la examina, la observa para ver sus cambios de humor, para verificar su estado de ánimo. A pesar del regreso, que puede interpretarse como la derrota femenina, como la humillación de una dama, la esposa parece tener ahora un gran poder. De repente, el marido comprueba que es una esfinge con secreto, alguien con un mundo interior impenetrable. Ya no es transparente. “¿Qué significaba esa palidez, ese rostro pálido, esa frente cándida, esos ojos puros? ¿Qué había pensado ella durante todos esos años? ¿Qué pensaba ayer, hoy? ¿Qué pensaría mañana? Tenía que descubrirlo… ¿Pero cómo lograrlo”, nos dice el narrador pafraseando los pensamientos de Hervey. “Imposible saber nada”, admite. “Esta mujer lo había aceptado, lo había abandonado, y había regresado a él. Y en los tres casos, él nunca sabría la verdad”. Ante el más mínimo reproche, la esposa afecta servidumbre y una lasitud muy femenina, pero tras su pose hay una rebelde que se afirma frente al marido que dice haberla querido:

“Te equivocas. Nunca me has querido. Necesitabas una compañera, una mujer, cualquier mujer capaz de pensar, de hablar y conducirse de cierta manera; de una manera que aprobases. Te querías a ti mismo”.

¿Folletinesco? ¿Acaso estos pasajes revelan un tono folletinesco? Pues no: lo que muestran es un cambio moral decisivo, la quiebra de un modelo conyugal. Ya no es posible sobrevivir con la mera hipocresía; ya no es posible sujetar a esa dama capaz de analizar tan cruelmente al marido. ¿Qué hacer cuando ese mundo efectivamente se derrumba? Para unos sólo queda la huida. Para otros…, pues para otros queda lo que aparece en las páginas 50 y 51 de Héroes alfabéticos y que yo ahora no revelaré.

Hemeroteca

Justo Serna, “Todo es lo que parece”, El País, 23 de junio de 2010


Los libros marinos de Joseph Conrad son tantos y tan memorables que siempre se piensa en él a bordo de un velero y se olvida que los últimos treinta años de su existencia los pasó en tierra, llevando una vida insospechadamente sedentaria. En realidad, como buen marino, detestaba viajar, y nada lo reconfortaba tanto como estar encerrado en su estudio, escribiendo con indecibles dificultades o charlando con sus amigos más íntimos.
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24 Responses to “El mundo se derrumba”

  1. Marisa Bou Says:

    ¿Sedentarismo? No me parece una mala actitud. Disfrutar de un lugar agradable en el hogar, ese sitio exacto en el que se dan las condiciones ideales: luz, silencio, comodidad, aislamiento y tiempo libre, ese espacio ameno donde los libros devienen la mejor compañía. ¿Quien mejor que esos personajes de Conrad, tanto los altivos hombres de mar como los entrañables de tierra adentro, para llenar nuestras horas de conversaciones soñadas, de anécdotas compartidas?

    Pero hoy quiero compartir con ustedes una impresión: la que me produjo ayer la película “La última estación”. Viendo las interpretaciones de Christopher Plummer y Hellen Mirren, no es ya que uno pueda desear ser Tolstoi huyendo de los conflictos conyugales con la condesa Sofía, sino que, lo que de verdad quisiera, es ser Christopher Plummer o Hellen Mirren, para que el mundo pueda saber de cómo fueron los últimos días de la vida del escritor y de cómo el pueblo ruso lloró su muerte.

    Por favor, vean la película y díganme si sólo son figuraciones mías…

  2. Profeballa Says:

    Lamentablemente en Venezuela no ha llegado esa película y no sé si llegue…

    En estos días he estado buscando literatura sobre aventuras en barcos a vela entre el XIV y el XIX claro especialmente. No conozco muchos autores, gracias por el dato que por cierto ya había escuchado algo sobre Conrad y dicha literatura.

    Don Justo olvidé recomendarle mi blog
    http://venezuelaysuhistoria.blogspot.com/
    y señalar que ya he colocado el suyo entre los blogs de historiadores que recomiendo.

    Saludos!

  3. Anónima Says:

    Disculpe sr. Serna, es obvio que no procede, con un post recién publicado, con una discusión recién empezando, pero me gustaría saber si tiene previsto escribir una entrada sobre José Saramago.
    Gracias.

  4. Isabel Zarzuela Says:

    “En Conrad hay actos que nos hacen culpables, derrotas que sobrellevamos malamente. En Conrad se pierde la tierra firme.”

    Pero ¿¿¿de qué libro está usted hablando??? Oiga, Sr. Serna, no puede pararse en este punto del post así como así, por muy in progress que sea.
    Ya le vale.

  5. jserna Says:

    Ya verá. Aprendamos de Conrad. Hagamos como él: administra la información sin decirnos aún lo esencial. Aunque no estemos en alta mar, al final… no hay tierra firme.

  6. Alejandro Lillo Says:

    Creo saber de qué libro habla, aunque por supuesto guardaré silencio. Debo decirle que, como ocurre en otras ocasiones, la frase con la que acaba esta primera entrega del post me encanta (aunque veo que alguien se me ha adelantado):

    “En Conrad se pierde la tierra firme”.

    El propio Marías, en la obra que don Justo menciona, sigue diciendo: “el autor que más detestaba era Dostoievski. Lo odiaba por ruso, por loco y por confuso, y la sola mención de su nombre le provocaba arrebatos de furia. Era un devorador de libros…”.

  7. jserna Says:

    Sr. Lillo, al leer su comentario he acabado precipitándome: ya revelo qué obra es. Pero lo importante, al final, no es acertar con el título, sino la lección moral que imparte Conrad sin pedagogías explícitas. El mundo de ambos cónyuges se derrumba. ¿Por qué? ¿Por el adulterio? No exactamente…

  8. Alejandro Lillo Says:

    Vaya, la trama de la novela de Conrad me recuerda otra de Stefan Zweig. “Veinticuatro horas en la vida de una mujer” se llamaba. La publicó hace no mucho El Acantilado, esa magnífica editorial. Esta última novela debe ser algunos años posterior a la de Conrad, pero plantea el tema de las relaciones de pareja de una forma similar, quizá enriquecedora. Porque es cierto que eso del adultero no consumado es un tema que se trata en esa época, y no me olvido de su extraordinario capítulo de “Héroes Alfabéticos”, ese magnífico análisis de “Eyes wide shut”. Si no recuerdo mal, Zweig plantea en esta novela una variante: una mujer, casada y con hijos, decide marcharse, abandonar a su familia y seguir a un hombre del que casi nada conoce. Algo parecido, si no me equivoco, le sucede a Nikole Kidman en la película…

  9. David P.Montesinos Says:

    Recientemente revisité una vieja pelìcula de Lang, “La mujer del cuadro”, no muy lejana de lo que plantea la maravillosa “Breve encuentro”, de David Lean, original del film de Eastwood que, sin duda, han visto la mayoría de ustedes, “Los puentes de Madison”. ¿Por qué genera tanta fecundidad creativa este trasunto cuya vertebración narrativa arranca siempre de Karenina y Bovary? Yo creo que porque la mujer bovariana, con frecuencia caprichosa e irresponsable -no pretendo que sea éste el caso de la heroína conradiana, cuya peripecia por cierto no he leído- introduce con su conducta “disoluta” una cuña que amenaza con hacer desmoronar todo el sistema de valores que llamamos “victorianismo”, y del cual somos nietos los europeos. (“Nosotros los victorianos”, llama Foucault al primero de sus capítulos de la “Historia de la sexualidad”) La mujer enamoradiza, ciertamente descontenta con la vida aburrida que le otorga su matrimonio -tan lejos de todos los ensueños románticos que constituyeron un imaginario adolescente no suficientemente puesto a prueba por la vida- termina asociando su liberación a un segundo hombre, un extraño capaz de encarnar la realización de las viejas promesas de la vida. Su papel estaba destinado a ser el de la sumisa, algo así como un espejo que no hace sino reflejar en negativo -en “femenino”, como ausencia del varón, diría De Beauvoir- la imagen del patriarca. Si simplemente huyera, si envenenara al marido, si optara por no desposarse, si se rebelase a todos los efectos, no pondría en peligro el sistema, pues sería una marginada más. Pero en el relato victoriano la esposa regresa y, desde entonces, encarna la ambigüedad de la fingidora, aquella forma de resistencia pasiva cuya arma es la incertidumbre, la ambigüedad, el asentimiento fingido, el orgasmo simulado, el amor declarado y “moral” pero no real. Esa duda que dura ya hasta la muerte tiene mayor valor de corrosión sobre los valores de la burguesía europea que cualquier otra forma directamente hostil, pues pone al sistema ante el espejo de su propia vaciedad, de su hipocresía, de su vocación de someter y explotar a las personas.

  10. jserna Says:

    Sr. Montesinos, miedo me da: “…en el relato victoriano la esposa regresa y, desde entonces, encarna la ambigüedad de la fingidora, aquella forma de resistencia pasiva cuya arma es la incertidumbre, la ambigüedad, el asentimiento fingido, el orgasmo simulado, el amor declarado y “moral” pero no real. Esa duda que dura ya hasta la muerte tiene mayor valor de corrosión sobre los valores de la burguesía europea que cualquier otra forma directamente hostil, pues pone al sistema ante el espejo de su propia vaciedad, de su hipocresía, de su vocación de someter y explotar a las personas”.

  11. aleskander62 Says:

    Joseph Conrad. Heart of darkness.

  12. Isabel Zarzuela Says:

    “No es mala cosa, no”, la alternativa propuesta en las páginas 50 y 51 de ‘Héroes alfabéticos’ frente a la huída. Aunque ahora que lo pienso, también sería una buena alternativa para los protagonistas de ‘Todo es lo que parece’… Al menos se les alegraría un poquito las caras.

    Felicidades por ese artículo, don Justo.

  13. Alejandro Lillo Says:

    Desde luego, con Conrad no se pisa tierra firme. Menuda novela, pura turbación. Lo transmite muy bien, señor Serna. Como también me parece magnífica la interpretación que de Bovary realiza don David. Lo que no acabo de tener claro es que la actitud de la dama tenga “mayor valor de corrosión sobre los valores de la burguesía europea que cualquier otra forma directamente hostil”. No es porque no esté de acuerdo, más bien necesitaría más información, más datos, porque es cierto que si huyes te conviertes en un paria y te sitúas al margen del sistema, pero si te quedas, si regresas…

    Del artículo de El País, estando muy de acuerdo con esas descripciones de los políticos que efectúa don Justo (en especial la de Alarte), me quedo con el párrafo final. Permítanme que acote:

    “Vemos lo que vemos en televisión, esos afeites, y nos preguntamos cuándo distinguiremos la realidad. No, no hay nada más. Justamente por eso no se despisten: empezamos a aprender la lección democrática cuando escrutamos la tele…Lo que hay es lo que ves”.

    Volveré sobre el tema.

  14. David P.Montesinos Says:

    La única forma posible de poner en cuestión el régimen de prácticas y valores dominantes no es el amotinamiento puro y duro. Las sufraguistas fueron revolucionarias en toda la extensión de la palabra, reclamaban la igualdad de derechos y el poder se lo hizo pagar. Su destino fue pues heroico, puesto que se movían en el horizonte trágico de una utopía que terminó dejando de serlo gracias a ellas y a otras muchas-aunque no ignoro que la isonomía de los sexos proclamada en las actuales constituciones europeas no acaba con todas las
    prácticas discriminatorias-. Nada que objetar a ello, este es el mismo paisaje que se dibuja en todo proceso de emancipación desde la revolución burguesa, en torno a lo cual se configura lo que denominamos modernidad.

    Yo intento ir más allá. Creo que el arte y la literatura -a veces antes que la política- sugieren formas de estar en el mundo que ponen el dedo en la llaga de las contradicciones que la ideología dominante intenta exorcizar. No sé si las sufraguistas leyeron Madame Bovary, pero ese relato, como el de Tolstoi, construye el conflicto que le da sentido a partir de las heridas desde cuya supuesta sutura el sistema se identifica. Lo que sucede es que este tipo de relatos plantean el problema desde una lógica mucho más sutil que la de la contestación política al uso. Bovary no reclama derechos, no tiene una conciencia de “objeto” que reivindica ser reconocido como sujeto de derechos. Lo que revela la infiel del victorianismo, incluso en autores reaccionarios, es la negativa a interiorizar el lugar que le es destinado. Ante un entorno que la condena a la indigencia económica, la reprobación moral o el abandono familiar, la infiel solo puede fingir que acepta pasivamente su derrota, instaurando en torno a ella un silencio, una enigmática ambigüedad que, paradójicamente, será ya su único poder, esa inquietud del marido que ha descubierto que había un alma dentro de la supuesta esclava… esas certezas que ya jamás volverán a ser las que fueron.

    Hay otra alternativa para ella, claro…la muerte.

  15. R.S.R. Says:

    Decía Guelbenzu que nada mejor que el verano para volver a los clásicos.La propuesta del blogger parece corroborar estas palabras.

    Estoy de acuerdo con el Sr. Montesinos, comparto la idea de que una obra de arte, en este caso una obra de ficción, puede representar de alguna manera las voces sociales e ideológicas de su tiempo, constituyen un universo que encierra la heterogeneidad de los discursos, formas de vida y conflictos sociales.

    Desconozco esta obra de la que nos habla Justo, pero en el debate literario son muchas las que recogen el tema del adulterio y el papel de la mujer en el matrimonio. En Edith Wharton, esa discípula de James, este es un tema recurrente. Señalo a esta autora, porque generalmente las historias de adulterio en esa época eran narradas por hombres, algo debieron captar o percibir para que fuese un tema de preocupación o inspiración en sus creaciones.
    En “Almas Rezagadas” un relato corto y con un final abierto, aparece un modelo de mujer que se rebela contra los convencionalismos de la época, no por el adulterio que se perpetra, no por su divorcio para irse con su amante, sino por su negativa a formalizar esas relaciones como instrumento para limpiar esa mancha social.

    El capítulo de adúlteros en “Héroes alfabéticos” fue uno de los que más me gustó. El adulterio, traído a nuestros días por el film de Kubrick, está tratado -desde mi punto de vista- más desde una perspectiva íntima que desde su significación social. Lo que propone en esas páginas llenas de erotismo, eso que preserva de alguna forma nuestro bienestar, esa “rutina” hacia la que mostramos una gran ambivalencia, tampoco garantiza- a pesar de que lo creamos- que tengamos tierra segura bajo los pies.

    “Creemos conocer a los que amamos. Pero lo que amamos resulta ser una mala traducción, hecha por nosotros, de un idioma que apenas dominamos”. Así se inicia “Historia de un matrimonio”, no es un clásico, no es una novela de la burguesía del Ochocientos. Es una novela ambientada en los años 50 en EEUU, en esa época dorada en esa época de “aparente tranquilidad” que, sin embargo, estaba preparando la revolución de los valores y la segunda ola de feminismo. Una novela inquietante, la historia de un adulterio ¿real o fantaseado? con un componente muy actual. En esta obra el mundo se derrumba, se pone de manifiesto que realmente sabemos muy poco de quién creemos saber mucho.

    El otro a veces es sólo un espejo sobre el que nos proyectamos.

  16. Alejandro Lillo Says:

    Me interesa mucho, don David, ese punto de vista. Tendremos que tratarlo en profundidad, tendrá que aconsejarme. ¿Sabe? Lo que dice me recuerda cierta teoría (valiente y arriesgadísima) de Frederic Jameson según la cual hasta los productos destinados al consumo de masas tienen una dimensión utópica, guardan, en lo más recóndito, una crítica y una puesta en cuestión del orden social al que supuestamente sirven y le hacen el juego.

  17. David P.Montesinos Says:

    La lógica del consumo tiene una condición de posibilidad que es en sí mismo paradójica. Lo sorprendente, lo que hace que resulte tan difícil pensar lógicamente los mecanismos de la sugestión publicitaria -que es mucho más que ver spots televisivos- es que su propia paradoja es lo que los hace posibles. Un ejemplo muy simple. Uno de los procedimientos publicitarios que más veces encontramos es el que penetra en el alma del consumidor a través de valores asociados a lo permanente, lo clásico, lo duradero, lo que de alguna manera acerca una mercancía material o espiritualmente a Dios o, lo que es lo mismo, lo que lo aleja de lo que todos más tememos, que es la caducidad. Pues bien, la mercancía se adquiere desde esos parámetros, su efecto de sugestión ha dado en la diana y compramos. Desde ese momento ya nos hemos convertido en víctimas de la condición de consumidores en que hemos tolerado que se nos convierta. Y la consecuencia es que, como el mecanismo del consumo necesita engendrar permanentemente la sensación de hastío, no tardaremos en traicionar la fidelidad a la supuesta promesa de duración que le hicimos a aquella mercancía, lo cual sustituimos por otra que -curiosamente- nos seduce también por su promesa de eternidad, ya que sin dicha promesa no la adquiriríamos. El consumidor se convierte así en una especie de adolescente enamoradizo y pueril, que cada estación ve en su nueva pareja al “amor de su vida”. Este tipo de procedimiento tramposo se reproduce en la propaganda que vende estilos de vida rebeldes, díscolos y libertarios. Burberry, por ejemplo, la marca de ropa de los niños pijos y conservadores por excelencia, articula su discurso publicitario a partir de un valor tan juvenil como el de la libertad. Benetton se basa en el mestizaje y su filosofía se articula desde el supuesto rechazo al racismo. ..

    Bien, el planteamiento de Jameson al que se refiere Alejandro va más allá, y es ciertamente sugerente. Creo que no está lejos del de Baudrillard y de algún otro teórico de la postmodernidad como Maffesoli, si bien hay importantes diferencias entre ellos. Baudrillard habla de la “estrategia del objeto”. Es como si hubiera algo en la mercancía, una misteriosa resistencia que se ríe de quien la consume. La idea es que los objetos tienen un valor en sí mismos, tienen una vida en cierto modo misteriosa y fascinante, pero en la medida en que se les destina a ser consumidos dentro de un ciclo voraz cuyo programa está perfectamente determinado, el consumidor simplemente los devora y excreta. Los niños, con su peculiar manera tan irracional de dirigirse al mundo, se reapropian de las mercancías, las releen, las reinterpretan, las hacen formar parte de un ciclo simbólico, de tal manera que cobran nueva vida. Es en esa revolución de los signos donde cobra vida el artista. Es ese el sentido de la labor del grafitero, que deja su firma en un muro que antes de él estaba muerto. Es esto lo que hace el indio amazónico que, entre sus amuletos, incluye una lata de Pepsi-Cola que ha pasado ya a adquirir un valor simbólico completamente nuevo. El secreto es repensar nuestra relación con los objetos. Creo que los últimos ensayos de Bruce Bégout, en especial “Lugar común. El motel americano” -ojo a este texto, quizá el que más me ha impresionado en años- se entienden desde esta lógica.

    Dice Baudrillard: “La metafísica sólo deja filtrar las buenas radiaciones, quiere convertir al mundo en un espejo del sujeto (pasado él mismo por el estadio del espejo), un mundo de formas distintas de su doble, de su sombra, de su imagen: eso es el principio del Bien. Mientras que el objeto siempre es el fetiche, lo falso, el feiticho, , lo ficticio, el señuelo, todo lo que encarna la abominable mescolanza de una cosa y de su doble mágico y artificial, y que ninguna religión de la transparencia y del espejo conseguirá jamás resolver: eso es el principio del Mal.”

  18. jserna Says:

    Qué nivelazo, oigan. Qué nivelazo. Me tienen patidifuso con sus intervenciones. Ya sabía yo que el adulterio literario es algo que provoca interés y atención particulares. La mujer adúltera, en las novelas decimonónicas, es un ser perturbador, en efecto. Es un agente de disolución y crisis que, en ocasiones, sólo puede frenarse con el suicidio. Pero los adulterios de las novelas no siempre se consuman –como sucede en la obra Joseph Conrad– y entonces para los esposos sólo hay dos soluciones: vivir la tentación adúltera como lo que es (un adulterio fantaseado es un adulterio deseado), arrastrando el dolor o la infidelidad real; vivir la tentación adúltera como eso, como un acicate que mejora la relación de dicha pareja, o vivir el cuerpo de la otra o del otro como ‘terra incognita’. O, más que el cuerpo, las sensaciones nerviosas que el placer despierta.

    Son diez mil.

  19. Eskup, la nueva red social de El País Says:

    Eskup, la nueva red social de El País

    Se acaba de inaugurar la ‘Zona Valencia’
    http://eskup.elpais.com/*zonavalencia

    Puede entrar a través de JS, redactor:

    http://eskup.elpais.com/justoserna

  20. Alejandro Lillo Says:

    Doña Marisa, le doy toda la razón. Disfrutar de con la lectura de un buen libro es algo que no tiene precio. El lugar en el que se haga es importante, sí, aunque también puede ser al revés, el lugar se vuelve agradable tras leer un buen libro.

    Vaya R.S.R., me ha dejado intrigado con esa novela, tiene muy buena pinta. Habrá que agenciársela.

    En efecto, don David. Jameson está bastante influido por Baudrillard. No le es ajeno, no. La suya ess una explicación magnífica, sí, y descuide que tengo muy presente a Begout, gracias a usted.

    Cuando esos anuncios apelan a palabras tan biensonantes como libertad, eternidad o juventud, igualdad, fraternidad y armonía, se está apelando a toda una serie de ideas utópicas que aparecen, de alguna manera, desprovistas de su sentido y fuerza original. ¿Qué diferencia existe, en esencia, entre un anuncio de Repsol o de Iberdrola que habla de un mundo armonioso, igualitario, libre y que vive en paz, y aquellos postulados utópicos de los revolucionarios del XIX? Pues creo que es la dimensión política la que los diferencia. Es la ausencia de interpretación política –en su sentido más amplio- la que posibilita que esos anuncios sean inocuos, que su mensaje active y apele únicamente a la dimensión individualista del hombre. Y sin embargo, los mensajes están ahí, diciéndonos incesantemente que otro mundo es posible…


  21. [...] This post was mentioned on Twitter by acarceller, Justo Serna. Justo Serna said: El mundo se derrumba http://justoserna.wordpress.com/2010/06/21/el-mundo-se-derrumba/ [...]

  22. David P.Montesinos Says:

    Voy a enviarle vía mail algo que le va a divertir mucho, don Alejandro, es un power point que puse en varias sesiones en la optativa de Psicopedagogía de 1º de Bachiller. Lo último que podremos decir tras verlo es que el mundo de la publicidad está conducido por gentes zafias o poco sutiles.


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