Tierra firme. No hace falta leer novedades de última hora. Podemos deleitarnos con libros que suman años y años y que ahora, en 2000 y pico, son reeditados. ¿Reeditados, por qué? ¿Porque han sido un gran éxito? No necesariamente. En ocasiones, esos volúmenes modestísimos vuelven gracias al azar editorial. Han caducado los derechos, por ejemplo.

Tampoco hace falta leer novelas sobre la globalización o sobre la realidad virtual para sentirnos más modernos o… posmodernos, según. Podemos disfrutar con una historia aparentemente convencional, una nouvelle de Joseph Conrad. ¿Ustedes imaginan qué dicha, qué ambigüedades insondables nos esperan?

Leo lo que acabo de escribir y casi me avergüenzo. ¿Ambigüedades insondables? Parece un tópico o una cursilada. Seguramente sería una cosa o la otra si la refiriéramos a un novelista menor. Hablando de Conrad, lo incierto, lo escaso o lo impreciso son objetos de exploración grandiosa y fracasada. Punto y aparte.

Echen un vistazo a la fotografía del escritor, tan elegantemente vestido. Es una imagen muy conocida. Data de 1923. La mirada de sorpresa –de arrobo incluso– lo dice todo: esa capacidad para asombrarse. Se le ve agradecido. Quién como él. Pero regresemos, que me pierdo…

Si hablo de Conrad, inmediatamente pensarán: ah, claro, nos habla de un relato marino. Pues no, no es una historia ocurrida en alta mar. Sucede en la gran ciudad y, por lo que sabemos, sus protagonistas no se han aventurado jamás por océanos de aguas procelosas. ¿Aguas procelosas? Bueno, sí, lo admito: la fórmula está un poco gastada y suena a frase hecha, pero para cuando Conrad escribía –por ejemplo, a finales del siglo XIX– la expresión era literal y bien precisa: el mundo no estaba enteramente hecho.

Pero dejemos los océanos. Insisto: la historia que he leído con tanto placer o desasosiego ocurre en tierra firme y sus protagonistas no son viejos lobos de mar. ¿Un rareza en Conrad? Como indicaba Javier Marías en Vidas escritas (1992):

“Los libros marinos de Joseph Conrad son tantos y tan memorables que siempre se piensa en él a bordo de un velero y se olvida que los últimos treinta años de su existencia los pasó en tierra, llevando una vida insospechadamente sedentaria. En realidad, como buen marino, detestaba viajar, y nada lo reconfortaba tanto como estar encerrado en su estudio, escribiendo con indecibles dificultades o charlando con sus amigos más íntimos”.

La novela que he leído –editada primorosamente en cuarto, con tapa dura y sobrecubierta de tacto rugoso y noble– ocurre prácticamente en interiores, en la alcoba de un matrimonio burgués que ha de sincerarse –también– con indecibles  dificultades. Sincerarse sobre la infidelidad: ésa es su angustia. ¿Cómo podemos hablar de lo que nos avergüenza, de lo que nos desborda o nos desarbola? ¿Ah, otra novelita más sobre el adulterio?, me dirán. No, no es una novelita de pasiones adúlteras, responderé. En Conrad hay actos que nos hacen culpables, derrotas que sobrellevamos malamente. En Conrad se pierde la tierra firme.

Traiciones sin consumar. Estamos a finales del Ochocientos. La esposa de un burgués que regresa de la City deja una carta en la que se despide de su marido. Parece que lo abandona para echarse en brazos de un amante.

El esposo, ignorante de lo que se fragua, descubre la misiva. El contenido que él lee es inapelable: la esposa anuncia su infidelidad, una infidelidad que finalmente no sucede, pues la mujer regresa sin consumarla.

¿Qué hacer en esa circunstancia? Él sabe lo que ella estaba dispuesta a hacer. Y ella sabe que él lo sabe. ¿Cómo pueden afrontar la situación? Estamos en la Inglaterra victoriana y los valores son muy rígidos. Por eso, el marido, que está inmensamente decepcionado, sueña con taparlo todo. Nadie sabe nada, salvo ellos. Pues bien, quizá sea posible seguir como si tal cosa. ¿Pero cómo se puede seguir?

Vale la pena leer esta historia aparentemente corriente, un asunto –el del adulterio sin consumar– con numerosas variantes en la gran literatura burguesa. De eso escribí en el primer capítulo de Héroes alfabéticos, el titulado precisamente “Adúlteros”.

Alvan Hervey y esposa, de la que nunca llegaremos a saber su nombre, pasan por esta circunstancia. O, mejor dicho, Joseph Conrad les hace pasar por ello tras cinco años de matrimonio. Son dos personas acomodadas, con la rutina de las parejas que creen conocerse, incapaces de auténtica intimidad, nos dice el narrador: exactamente como “dos animales que se alimentaran en el mismo pesebre, bajo el mismo techo, en unas lujosas cuadras”.

La imagen es poderosa, ciertamente. No se puede describir mejor ese tedio conyugal y, sobre todo, el muro de secretos que ambos han levantado durante cinco años. No es que tengan mucho que ocultarse: es que no tienen nada que decirse, ricos y “esclavos de ideas vulgares que ni siquiera son las suyas”.

Una fisura moral. Todo, absolutamente todo, depende del relator. No identificaremos jamás a quién nos cuenta esta historia. Sólo sabemos que alguien se expresa en tercera persona adoptando dos perspectivas, la del esposo y la de la esposa. Prácticamente, toda la narración está contada a partir del punto de vista de Alvan Hervey y sólo en breves pero decisivos momentos se nos transmite la información desde la mirada y los sentimientos de la mujer.

Primero veremos cómo el marido descubre la carta en que se anuncia la infidelidad; después, al regresar la esposa, comprobaremos qué esfuerzos les toca hacer para seguir adelante cuando el mundo personal se les derrumba. Nadie tendrá por qué saber qué es lo que ha ocurrido, se dice el marido. Externamente es así, pero internamente ese mundo personal del esposo se disuelve sin remisión, sin freno.

El estilo libre indirecto que emplea Conrad y los diálogos que se transcriben en la novela nos permiten avanzar comprobando qué es la impotencia. La impotencia del individuo, presionado por los valores y las normas sociales que le tocan asumir y presionado por un atisbo de vida conyugal amorosa que ya no es posible. ¿Vida conyugal amorosa? ¿Ustedes saben lo que es eso en pleno Ochocientos? Lo que Hervey está reclamando y reclamándose es la sinceridad frente a la convención. Nada menos.

Todo transcurre en unas pocas horas, y el narrador de Conrad nos precisa la angustia del marido: de repente, éste se da cuenta de que a pesar de la hipocresía en la que pueden vivir, la hipocresía que todo lo tapa, no tendrá confianza alguna, no habrá amor correspondido. El dolor del marido es muy actual. Un burgués típico del Ochocientos habría podido sobrevivir sin amor gracias a la hipocresía: así había sido educado.

Alvan Hervey, por el contrario, ya no puede. Es, pues, uno de los nuestros, un tipo contemporáneo: exige como nosotros la entrega amorosa, la confianza, la correspondencia, valores que están por encima del qué dirán y del orden reinante: eso es una fisura moral. El narrador también nos detallará  el silencio hostil y desorientado de la dama, de esa esposa que ha regresado sin saber muy bien qué hacer a partir de entonces. ¿Entonces…?

Hervey ve a su mujer, la examina, la observa para ver sus cambios de humor, para verificar su estado de ánimo. A pesar del regreso, que puede interpretarse como la derrota femenina, como la humillación de una dama, la esposa parece tener ahora un gran poder. De repente, el marido comprueba que es una esfinge con secreto, alguien con un mundo interior impenetrable. Ya no es transparente. “¿Qué significaba esa palidez, ese rostro pálido, esa frente cándida, esos ojos puros? ¿Qué había pensado ella durante todos esos años? ¿Qué pensaba ayer, hoy? ¿Qué pensaría mañana? Tenía que descubrirlo… ¿Pero cómo lograrlo”, nos dice el narrador pafraseando los pensamientos de Hervey. “Imposible saber nada”, admite. “Esta mujer lo había aceptado, lo había abandonado, y había regresado a él. Y en los tres casos, él nunca sabría la verdad”. Ante el más mínimo reproche, la esposa afecta servidumbre y una lasitud muy femenina, pero tras su pose hay una rebelde que se afirma frente al marido que dice haberla querido:

“Te equivocas. Nunca me has querido. Necesitabas una compañera, una mujer, cualquier mujer capaz de pensar, de hablar y conducirse de cierta manera; de una manera que aprobases. Te querías a ti mismo”.

¿Folletinesco? ¿Acaso estos pasajes revelan un tono folletinesco? Pues no: lo que muestran es un cambio moral decisivo, la quiebra de un modelo conyugal. Ya no es posible sobrevivir con la mera hipocresía; ya no es posible sujetar a esa dama capaz de analizar tan cruelmente al marido. ¿Qué hacer cuando ese mundo efectivamente se derrumba? Para unos sólo queda la huida. Para otros…, pues para otros queda lo que aparece en las páginas 50 y 51 de Héroes alfabéticos y que yo ahora no revelaré.

Hemeroteca

Justo Serna, “Todo es lo que parece”, El País, 23 de junio de 2010


Los libros marinos de Joseph Conrad son tantos y tan memorables que siempre se piensa en él a bordo de un velero y se olvida que los últimos treinta años de su existencia los pasó en tierra, llevando una vida insospechadamente sedentaria. En realidad, como buen marino, detestaba viajar, y nada lo reconfortaba tanto como estar encerrado en su estudio, escribiendo con indecibles dificultades o charlando con sus amigos más íntimos.
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