Cero. De ciertas obras, mi padre solía decirme: este libro tiene mucha lectura. El sentido literal y el sentido figurado estaban en esa expresión. Por un lado quería decirme que este o aquel volumen tenía muchas páginas. Muy animoso hasta el final, mi padre se ponía a leer a pesar de la extensión de esta o de aquella novela, sobre todo si tenían que ver con la Guerra Civil o el Franquismo.

Pero también decía eso cuando quería destacar su cualidad o virtud: que tenía muchas lecturas, muchas intepretaciones; que tenía mucha enjundia, vaya. Bien, me veo en este mes de julio que ahora empieza con libros de mucha lectura, como los que le gustaban a mi padre: sobre la Guerra Civil. Y con un número suficiente de páginas…

Uno. Estoy leyendo y escribiendo sobre la última obra de Santos Juliá. Es una reseña que debo a Ojos de Papel y que muy gustosamente hago. El título de la obra analizada es Hoy no es ayer (RBA). Es un volumen denso, extenso e imprescindible. Por el objeto: la España prometedora y torturada del siglo XX. Y es un libro revelador. Por el enfoque que Juliá adopta: textos de síntesis, previamente publicados, ensayos en los que el autor examina y relata los efectos y los defectos de esa vicisitud española.

Es un libro de retales muy bien cosido. Es una obra acabada y es también una obra en construcción: examinar el pasado reciente es abordar procesos inacabados, cosa que te hace estar en medio del desfile cuando los pasos no han terminado o cuando las ejecuciones o realizaciones no han concluido. De momento no diré más.

El resultado de mi lectura ha de ser la reseña y, por tanto, he de reservas mis fuerzas para el karaoke, que decía Homer Simpson. Pero les adelanto que el autor demuestra gran finura intelectual: sabe componer valiéndose de una prosa cuidada y sabe analizar sirviéndose de una documentación exhaustiva. Sus páginas suelen ser esclarecedoras y polémicas y sólo a veces alguna generalización o cierto tono expresivo empañan la habilidad del autor, su destreza narrativa. Ya les diré cuándo o por qué [aquí].

Dos. Un proyecto para el próximo mes de septiembre que me obliga a releer a Antonio Muñoz Molina (que aquí lo tienen, en fotografía de Ricardo Martín). A releerlo con placer, por supuesto, y a documentarme más sobre la Guerra Civil, sobre los efectos de la contienda.

Anoto: “La Fundación José Manuel Lara colabora un año más con la celebración del Hay Festival de Segovia, y lo hace en esta ocasión aportando la participación de tres escritores que hablarán de su obra más reciente. Se trata de Antonio Muñoz Molina -que protagonizará dos encuentros, los días 3 y 23 de septiembre, éste acompañado de Justo Serna-, Ángeles Caso -que conversará con fernando Delgado el día 24- y Clara Sánchez, que dialogará con el periodista Manuel Calderón”.

Concretamente en el acto previsto para esa jornada en la que participo podemos leer: Día 23 de septiembre: Antonio Muñoz Molina, miembro de la Real Academia Española, conversará con Justo Serna, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Valencia y especialista en Historia Cultural. Ambos disertarán sobre la última gran novela de Muñoz Molina, ‘La noche de los tiempos’, una mirada personal sobre las causas que desembocaron en la guerra civil española”. Un honor. Y un placer regresar a esas páginas. [El resultado de dicho encuentro: aquí].

Tres. En cuanto termine la reseña de Hoy no es ayer me pongo con otra obra de mucha lectura. Me refiero a Sefarad (2001), también de Antonio Muñoz Molina. De ella he de hablar el día 16 de julio en Gandía a las 9:30 horas: participo en el curso que organiza María José Hernández, dedicado a la Educación, memoria y tradición. Se celebra en el Centre Internacional de Gandia (Carrer Fundació Vicent Ferrer, 6).  Concretamente, el título que le he puesto a mi intervención es: Yo, narrador. Historia y memoria en Sefarad, de Antonio Muñoz Molina.

Valiéndose de un género híbrido en el que mezcla ficción e historia, novela y memoria, Antonio Muñoz Molina repasa en Sefarad una a una las vidas de otros, gentes que se vieron en circunstancias extremas o en situaciones más o menos insólitas. Hay que tomarse en serio esas vidas narradas, esas existencias pasadas que sirven para evaluarnos, para enjuiciar nuestros actos de hoy.  En esa obra, Muñoz Molina radiografía un mundo ya desaparecido, un mundo retenido imaginativamente en la memoria: evoca de forma transfigurada las zozobras del último siglo.

Desde este punto de vista, es un libro de difícil clasificación, de incómodo etiquetado. Aunque se presente como una novela, parece un volumen de relatos. Aunque se venda como una ficción, está hecho con numerosos materiales referenciales y con personajes históricos que le dan un sesgo propiamente documental. Es un conjunto de testimonios, de memorias personales que se confunden con el siglo. Tiempo atrás, Ojos de Papel reprodujo el análisis que  de dicha obra hice en mi libro Pasados ejemplares. Ahora, para Gandía, releo dichas páginas, examino esa suma de vidas,  la historia y la memoria, poniéndolas en relación con el testimonio y la invención. Tiene más de seiscientas páginas.

Cuatro. Por qué leer novelas. Las pequeñas virtudes según Javier Cercas. Ése es el título de la otra conferencia que debo impartir en la Universitat d’Estiu de Gandia (23 de julio), en este caso en el curso dedicado al poder del relato. Lo dirigen Milagros Julve y Rafael Aliena. El tema, desde luego, no me resulta extraño.

Una novela es una estructura verbal en prosa en la que se narra algo ficticio, algo que  no ha sucedido. De entrada, la ficción no interesa al analista de la sociedad, al estudioso de la conducta humana: al historiador,por ejemplo. Al fin y al cabo, eso que se narra no ha ocurrido.  Sin embargo, la novela es una recreación posible del mundo real: una conjetura de hechos que bien podrían haber acontecido. Lo mismo sucede con los personajes novelescos: a pesar de ser ficticios son proyecciones de virtudes y defectos humanos. Los caracteres de las novelas están pensados a partir de tipos reales. Son, por tanto, propiamente  humanos. Al leer una novela y al averiguar qué le sucede a alguien verificamos qué nos ocurre a nosotros: no comparamos y, por consiguiente, esos relatos nos sirven para cotejar nuestras propias conductas.

Javier Cercas es uno de los novelistas españoles de mayor éxito y profundidad, uno de los escritores actuales que con mayor hondura ha tratado el problema de la virtud humana. Los protagonistas de sus obras suelen ser varones que intentan averiguar por qué ciertos actos fueron realizados, por qué otros individuos se comportaron como tipos morales y dignos a pesar de las villanías, a pesar del entorno o a pesar de las circunstancias. Esos personajes no son héroes de una pieza, ni titanes. Son personas como nosotros: capaces de obrar el bien o el mal siendo conscientes y mostrando coraje o cobardía.  Cercas observa a aquellos personajes que demuestran valor y que se proponen no agravar el estado del mundo. Los somete a escrutinio en sus obras y descubre en ellos las pequeñas virtudes –por decirlo con Natalia Ginzburg–, las cualidades del hombre ordinario en circunstancias siempre extraordinarias.

Regreso a sus libros y alterno obras… Son volúmenes de mucha lectura. Mi padre no pudo leer Anatomía de un instante (2009). No es una novela, pero la crónica del 23-F le habría encantado: Javier Cercas narra con habilidad prodigiosa esos hechos, pero sobre todo habla de su propio padre. Como dije en la reseña que hice del volumen, “el padre ya no pudo leer la obra del hijo, y la frustración y el dolor se aprecian [en las páginas de Anatomía de un instante], pero se distingue también la generosidad que da la madurez”. Eso dije en Ojos de Papel. “Que yo no soy mejor que él, y que ya no voy a serlo”, admitía Cercas: es ésta una confesión de cuatrocientas y pico páginas que aún nos conmueve. Ustedes entenderán por qué [Resultado de la relectura y revisión: aquí]

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