Home

La tarea de educar

10 noviembre 2010

Uno. La revista Mercurio dedica el dossier de noviembre de 2010 a “La tarea de educar”, con un título que reproduzco en este post. Intervenimos Antonio Muñoz MolinaEmilio Calatayud, José Antonio Marina, Ricardo Moreno Castillo, J. M. Sánchez Ron y yo mismo.

Hay grandes y graves disparidades en las cosas que los responsables planteamos. Y hay, por supuesto, aspectos en los que coincidimos. Me complace compartir cartel con algunos nombres tan reconocidos y de los que tan cerca me siento; y me complace colaborar en un dossier en el que también escriben autores con los que tan profundamente polemizo. Pongamos, de momento, dos ejemplos extremos. 

Es honroso que mi artículo de Mercurio pueda estar junto al de Antonio Muñoz Molina; y es interesante que mi texto comparta vecindad con el de Ricardo Moreno Castillo. El primero es un escritor que admiro por muchas cosas; el segundo es un profesor del que discrepo habitualmente.

En esta ocasión, como en otras anteriores, Muñoz Molina  y Moreno Castillo coinciden: básicamente achacan a la pedagogía y a los pedagogos los males de la escuela, la crisis del sistema educativo. Sin ir más lejos, el primer párrafo de Antonio Muñoz Molina es tajante:

“Los miembros de la bien llamada secta pedagógica, muy bien incrustados en el sistema político español, han arruinado, además de la escuela, la parte del lenguaje que tiene que ver con la enseñanza. Como es propio de los estafadores de las pseudociencias, han urdido una jerga opaca que oculta su perfecto vacío detrás de un simulacro de especialización técnica. De modo que para hablar de educación, para debatir con algo de racionalidad y provecho sobre la enseñanza y el saber, lo primero que hace falta es una operación radical de limpieza: negarnos a usar cualquier palabra o expresión que hayan sido inventadas o manejadas por ellos; llamar al pan pan, al vino vino, eludir acrónimos y siglas, porque de otro modo el lenguaje seguirá cautivo de la niebla mental en que lo han sumido los llamados pedagogos o expertos en pedagogía, cuyo mayor éxito en los últimos treinta años ha sido despojar a varias generaciones de las herramientas intelectuales para comprender racionalmente el mundo y para ejercer con soberanía y responsabilidad la ciudadanía. Políticos y pedagogos han alcanzado altos puestos –en algunos casos altísimos– no sólo a pesar de su profunda ignorancia, sino precisamente gracias a ella. Es comprensible que tanto los unos como los otros desconfíen como de la peste de las personas con conocimientos verdaderos que en cualquier momento pueden desenmascararlos. A tal fin, nada les conviene más que extender al común de la sociedad el estado de penuria mental en el que ellos viven. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Cuanta menos gente pueda señalar los disparates que declaman el pedagogo o el político menos peligro habrá de que su falta de formación, su frivolidad o su estupidez salgan a la luz” (Leer el artículo completo)..

Me parece una generalización tremendamente injusta, una acusación grave e irritada. Sé que a Antonio Muñoz Molina le inspira una intención reformadora: la de recuperar el valor de la educación, la de prestigiar el papel de los maestros, la de reforzar las tareas de los profesores. Pero creo que su diagnóstico es muy equivocado. Lo digo con cordialidad.

Las aulas se estremecen día a día no por culpa de los pedagogos –esa secta, según su expresión–, sino por la pérdida de funciones que el sistema educativo tuvo en otro tiempo. Hay numerosos factores externos que descentran la posición de privilegio de que gozó la escuela. La información abundante que sirven los mass media, los datos inacabables que suministra Internet, la reordenación de las familias y el cambio de auctoritas, la discusión de los criterios antes inobjetables, el culto del éxito…: todo parece conspirar contra la estabilidad y el poder de la educación.

En mi artículo abordo dicha cuestión aprovechando la metáfora marinera de Joseph Conrad: la que me inspira El espejo del mar. De hecho he titulado así mi texto: “El espejo de la educación. No es, sin más, una bella imagen: pretendo mostrar la crisis de un mundo para el que habíamos aprendido pericias, justamente cuando el venidero, con sus técnicas y avances, con sus logros y novedades, llega y aún no ha acabado de imponerse:

“…Siglo y pico después, nuestra situación es tan desconcertante como la de Conrad. Aprendimos a manejarnos en un mundo en el que las técnicas se transmitían con jerarquía y orden, en el que los conocimientos se conservaban y valían, en el que los datos duraban, en el que la experiencia era un patrimonio creciente. Teníamos capitanes que comandaban ese aprendizaje y que vigilaban el trabajo de la tripulación. Hallábamos, además, puertos seguros. ¿Que había marinos díscolos o malas singladuras? ¿Que había fatalidades y derrotas erróneas? Cierto, pero el mar bravío, lo real, aún podía entenderse con la educación.

 “¿Qué nos encontramos ahora? Un mar sin límites en el que no siempre sabemos aventurarnos. Navegamos por Internet, un océano sin amarres firmes que además amenaza con anegarlo todo. Es tal la cantidad, es tal el flujo y es tal el oleaje, que sólo con dificultades podemos bracear. Ni veleros ni vapores. Parece que no nos vale el antiguo saber y que la pericia técnica que podemos adquirir pronto será reemplazada por informaciones innumerables, tantos datos que nos ahogan. En esa circunstancia, la familia se ve desbordada: sus muchachos se lanzan a Internet, ese mar incógnito. Y la escuela no puede aportar y aprontar todas las informaciones buenas o malas, esas piezas que ellos atrapan en la red. La tradicional insolencia juvenil parece ahora más extendida e irreparable. Es como si los discentes tuvieran a un preceptor salvaje dando mal ejemplo o a un proveedor munífico proporcionándoles de todo con largueza: confirmándoles sus caprichos…” (Leer el artículo completo).

Dos. ¿De verdad la pedagogía es la responsable de la mala educación? A juicio de Ricardo Moreno Castillo, los pedagogos (con cursiva sarcástica) dicen “que no se ha de educar a los alumnos para ser acrítricos y obedientes”.  El artículo de este profesor, con el tono agraviado que le caracteriza, trata de desmontar dicho supuesto, partiendo de una evidencia: que acríticos y obedientes no son palabras sinónimas.

Su conclusión ya la conocíamos (sobre todo quienes habíamos leído su Panfleto antipedagógico, un volumen que analicé tiempo atrás): “para que una escuela funcione, el profesor ha de mandar y los alumnos han de obedecer”. Y, por si ha quedado alguna duda, aclara en su título: “Alumnos sumisos y profesores autoritarios“, eso es lo que precisamos. La confusión, como ustedes comprenderán, es monumental.

Tres. ¿Qué hacer? ¿Besos o palos? Las respuestas que estos planteamientos tienen son variados. El dossier de Mercurio ha provocado efectos: no sólo en mi blog. He recibido mails compartiendo o discutiendo mis posiciones o las de Antonio Muñoz Molina.  No tiene mérito que diga que me han escrito catedráticos de Historia y Teoría de la Educación agradeciéndome que ponga mesura en medio de este fuego cruzado. Son pedagogos, claro. Pero son gente sensata. Llamarlos a todos secta duele. Es lo que con todo respeto he tratado de argumentar en el post, en los comentarios y en el periódico.  Citaré los que aquí, en público, se han expresado.

Comentando lo anterior, Arnau señala ciertos aspectos a tener en cuenta, además de dedicar palabras muy generosas a mí artículo de El País. Convengo con Arnau en que el profesor no es un colega. Como no lo son los padres. Desde luego, el buen trato (la buena educación) no significa estar repartiendo besos. La alternativa, de hecho, no es el palo o el beso. La alternativa es la educación según criterios –cosa a la que pueden ayudar los pedagogos y, por supuesto, los maestros, los profesores– o la instrucción puramente informativa, tarea en la que la escuela o los maestros no pueden competir con medios que son rivales y más poderosos. Los padres, además, han de tomarse en serio su propia tarea sin ver a los pedagogos como enemigos o chamanes.

El conocimiento científico no es lenguaje común ni prejuicio, según indicara Émile Durkheim. Requiere una jerga específica. Lo siento. Como la historia tiene su propia terminología. ¿Imaginan que reprocháramos los males de la sociedad a los sociólogos porque enredan con un argot que a primera vista no se entiende? ¿Imaginan que achácaramos los malestares del individuo a los psiquiatras porque se valen de un lenguaje abstruso?

Desde luego, en todos los ámbitos hay científicos sociales poco rigurosos. Pero lo distintivo de los saberes académicos es el método, el procedimiento, la observación sistemática, la experiencia clínica, si me apuran. Eso pasa en pedagogía o en sociología. ¿Y en historia? Por supuesto hay historiadores que han proporcionado munición ideológica; hay historiadores que han incendiado las ideas y las identidades. Pero afirmar que los historiadores son responsables del mal curso de la historia, de los males que mutuamente nos infligimos, es un error. O una falta de información o una grave confusión.

Cuatro. Pero la respuesta más desarrollada y experimentada la da David P. Montesinos. Sorprenden el saber que acumula como profesor de Medias y la buena disposición que tiene, lejos de todo derrotismo. Y sorprende la capacidad de autoanálisis.

Pensaba concluir el post. No sé si vale la pena. He tenido la suerte de poder leer un texto muy sugerente y claro tras la interrupción del post. David P. Montesinos ha tenido la amabilidad de remitirme un artículo suyo inédito (pero que va a publicar en breve). Se titula La escuela crítica y sus enemigos. Es sencillamente exacto. Me parece simplemente iluminador. Razona tan bien que hasta me hace simpático a un autor que emplea y que me resulta especialmente antipático: Pierre Bourdieu.

Su texto es tan consistente que no puedo sino aplaudir. Son muchos los factores de la crisis educativa, pero la responsabilidad no hay que achacársela al sesentayochismo (y a los pedagogos, como es costumbre), sino al hedonismo cultural que introduce el capitalismo de consumo. Esa tesis está en este artículo inédito. Me parece muy-muy pertinente el uso que David P. Montesinos
hace de Daniel Bell y de su libro Las contradicciones culturales del capitalismo. Su planteamiento, que dicho así puede parecer cercano al de Ricardo Moreno Castillo, es, por el contrario, su negativo exacto.

Lo siento. El artículo es inédito y no puedo decir más…

De momento.

Colofón. Y de momento, también yo volvería a Mercurio. Lean la revista, este número de noviembre. La puede obtener gratuitamente en las principales librerías. En sus páginas, con tonos distintos y con reflexiones dispares, intentamos plantearnos algo que a muchos nos preocupa: el estado de la educación y el papel de los profesores, la dificultades de hacerse oír, de hacerse atender y entender. 

Hay una separación entre el papel que desempeñan los docentes y el que les corresponde a los discentes. Mientras los primeros han de persuadir y transmitir, formar e instruir; los segundos han de hallarse: han de encontrar aquella cualidad que los hace irrepetibles, aquella habilidad humana suya, que está tan mal repartida. ¿Hace falta ir a la escuela para descubrir esa virtud? Sí, porque la escuela cultiva la habilidad y la desarrolla como valor social y colectivo, la disciplina. El profesor no es un gurú ni un experto. No es un padre ni un colega. Es un docente que sabe explorar las habilidades potenciales.

Pero hoy ha de enfrentarse a un estado convulso y propiamente revolucionario: no me refiero a la violencia, sino a la transformación del saber, de la realidad; al cambio de la percepción y de la acción; a la mutación de las relaciones y de los vínculos familiares. La escuela fue el centro del meritoriaje y del ascenso social, del aprendizaje y de la transmisión del saber, con una autoridad indiscutida basada en la figura del maestro incuestionable. Hoy es una institución a la que le disputan sus lecciones otras instancias poderosas y persuasivas: los mass media e Internet. Esa preocupación es colectiva y no depende únicamente de la escuela: si hay problemas, éstos no pueden ventilarse echando la culpa al sesentayochismo o al libertarismo antipatriarcal. Sería tan fácil cargarlo todo a esos presuntos culpables. Es algo más complejo. Tanto…, que volveremos. 

Y volvemos. Volvemos con una reflexión de Alejandro Lillo, una aproximación que aúna sentido común, experiencia, tanteo y responsabilidad. Dice así:

André Malraux, en La esperanza, tiene una excelente definición del intelectual. Para el escritor francés “el gran intelectual es el hombre del matiz, de la gradación de la calidad, de la complejidad”. Esta definición, sencilla, parece además muy apropiada, muy aplicable en nuestros días. No sólo deja fuera a personajes públicos como Pérez-Reverte o Sánchez Dragó, a los que habría que encuadrar entonces en otra categoría (la dejo a su libre arbitrio), sino que obliga al propio intelectual o aspirante a ello a ser cuidadoso con sus palabras, con sus manifestaciones públicas.

Dicho esto, tengo a Antonio Muñoz Molina por un intelectual de primera fila. Que su artículo en Mercurio (en especial la primera parte) contradiga la definición de Malraux que tanto me gusta y por la que me guío, no va a cambiar la excelente opinión que tengo de él como pensador e intelectual de primer orden. Entiendo que esa crispación contra los pedagogos (no sé si contra la pedagogía como ciencia social) pueda tener que ver con lo que apunta don David en su brillante intervención (“[La ley de educación] Estuvo mal tramada porque se encargaron de ella personas que desconocían el aula, hasta el punto de que, como sospechosamente ocurre con todas las normativas educativas, a los docentes no se nos dio bola. Sí fueron invitados los pedagogos. Parieron la ley y nos hicieron cargar a los demás con ella en la cotidianeidad del aula”). Pero de ahí a cargar contra todo un colectivo me parece excesivo, aunque ya les digo que sobre este asunto poco puedo aportar más allá de mi propia experiencia.

A mí nunca me pegaron en el colegio. Sí había un profesor que nos amenazaba con una vara de avellano mientras nos preguntaba a bocajarro la tabla de multiplicar. Estoy hablando de finales de los años ochenta, que tampoco hace tanto. El mismo individuo, cuando alguien hacía una travesura o hablaba en clase, le mandaba hacer flexiones de piernas, “sentadillas” creo que se dicen. Otros profesores nos han arrojado tizas e incluso borradores, como ya se ha comentado. Dado el ejemplo que algunos profesores nos inculcaban (todos los que lo hacían eran, por cierto, marianistas. Los laicos, que yo recuerde, eran más civilizados) resulta curioso que luego nos abroncaban cuando en el patio había peleas o alguien arrojaba un “típex” por el hueco de la escalera.

A mí nunca me ha motivado ese tipo de instrucción, y digo bien. Los profesores que me han ayudado a estudiar, que no han sido muchos, la verdad, lo han conseguido tratándome con respeto y consideración. No desde un plano de igualdad, pero sí desde la tolerancia y digamos, un tratamiento “adulto”, aunque no lo fuera legalmente. Creo que fue desde esa posición desde la que se ganaron mi respeto y admiración, y desde la que me enseñaron a amar lo que estudiaba. Huelga decir que uno de esos profesores impartía la asignatura de Historia. Aunque también debo añadir que mi aprecio por la literatura surgió por esos años a pesar de los esfuerzos de los maestros por aburrirme mortalmente con el tema.

Porque como apunta el señor Serna en algún momento, y en otro sentido también Montesinos, a la escuela le han salido muchos competidores. Hasta ahora se ha incidido en lo que de negativo tiene este asunto (que comparto, que conste), pero no se ha dicho nada de la parte positiva del mismo. Y un ejemplo de esto último es mi propia experiencia con la literatura. Fue al margen de la escuela donde aprendí a apreciar los libros, debido a determinadas circunstancias familiares.

Dicho esto, debo reconocerles que me canso un poco de oír una verdad que, siendo cierta, insisto, compromete poco: eso de que la educación es cosa de la sociedad entera, que la educación es algo compartido por profesores, padres, etc., etc. No me entiendan mal. Lo que quiero decir es que afirmar que la educación está mal y que todo es un desastre conduce a poco, más allá de constatar una realidad. La sociedad es algo muy vago, que invita al anonimato, que la responsabilidad individual quede diluida o borrosa. Algunos profesores dicen que los padres no educan; algunos padres afirman que la escuela está mal; algunos psicólogos o pedagogos dicen que si el modelo de la tele es nocivo; los políticos en la oposición inciden en otra cosa, etc. etc. ¿Qué tal si dejamos de criticar lo mal que lo hacen los demás y nos proponemos qué podemos hacer nosotros para mejorar la educación? Porque me parece que muchas personas o instancias se parapetan en todas esas quejas para seguir como están: algunos políticos sin mojarse en el asunto; algunos profesores si renovarse y viviendo de rentas; algunos padres evadiendo sus responsabilidades, y, por supuesto, algunos alumnos aprendiendo de todo ello, que aunque la educación brille por su ausencia, los chavales no dejan de aprender cosas. Sólo eso ya debería bastar para reflexionar sobre el asunto.

Me da la sensación, sin ser, ya digo, buen conocedor del tema, que si bien la educación es muy mejorable y se han hecho cosas mal, estamos mucho mejor que hace treinta o cuarenta años. Y creo que la mejora no pasa tanto por criticar lo mal que está todo como por mejorar e incidir en lo que se ha hecho y se sigue haciendo bien, que digo yo que serán muchas cosas. No olvidemos que el comportamiento de los niños de hoy también viene dado por la educación que recibieron ayer sus padres, curiosamente, hace treinta o cuarenta años. Aunque también les reproduzco ahora, para seguir contradiciéndome, un refrán árabe que dice que “los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres”.

Hemeroteca

Justo Serna, “La buena educación”, El País, 10 de noviembre de 2010.

“…Para nosotros y para nuestros padres, la ferocidad parecía inevitable y la aceptábamos con resignación, como si las cosas tuvieran que ser solo así, sin remedio. Supongo que aquellos profesores tan severos tenían una pésima idea de nuestra condición: éramos alumnos decepcionantes y con nosotros no valían las maneras, las formas o la pedagogía, un arte por entonces esotérico. No sé mis compañeros, pero yo me pasaba la semana deseando que acabaran las clases para olvidar las lecciones o las vejaciones…”

About these ads

28 Responses to “La tarea de educar”

  1. Arnau Gómez Says:

    He leido su, como siempre, magnífico artículo de los miercoles en El País. ¡Qué etapa educativa tan violenta sufrió usted!.
    Mi etapa educativa, a la sazón en un colegio religioso de los años 50, tuvo algún momento de violencia física, algún capón, algún tirón de patillas, algún palmetazo en los momentos más exasperantes,supongo, para el profesorado. Cara a la pared y con los brazos en cruz, que me fortalecieron los músculos deltoides. Más adelante, este “ejercicio” me sirvió para poder jugar al balonmano.
    El profesor no es un colega, como algunos profesores, para mí malos, pretenden hacernos creer, ocultando su pésima formación pedagógica con la pseudocamaradería.
    Ya de universitario, recuerdo a catedráticos que influyeron en mi formación, científica y personal y que lo hicieron desde su posición de profesor.
    Malo es pasarse y malo es no llegar. Ni a palos ni a besos. Un cordial saludo.

  2. jserna Says:

    Arnau, gracias por sus generosas palabras. Trataré de responder.

    El profesor no es un colega, ciertamente. Como no lo son los padres. Desde luego, el buen trato (la buena educación) no significa estar repartiendo besos. La alternativa, de hecho, no es el palo o el beso. La alternativa es la educación según criterios –cosa a la que pueden ayudar los pedagogos y, por supuesto, los maestros, los profesores– o la instrucción puramente informativa, tarea en la que la escuela o los maestros no pueden competir con medios que son rivales y más poderosos. Los padres, además, han de tomarse en serio su propia tarea sin ver a los pedagogos como enemigos o chamanes.

    El conocimiento científico no es lenguaje común ni prejuicio, según indicara Émile Durkheim. Requiere una jerga específica. Lo siento. Como la historia tiene su propia terminología.

    ¿Imaginan que reprocháramos los males de la sociedad a los sociólogos porque enredan con un argot que a primera vista no se entiende? ¿Imaginan que achácaramos los malestares del individuo a los psiquiatras porque se valen de un lenguaje abstruso?

    Desde luego, en todos los ámbitos hay científicos sociales poco rigurosos. Pero lo distintivo de los saberes académicos es el método, el procedimiento, la observación sistemática, la experiencia clínica, si me apuran. Eso pasa en pedagogía o en sociología.

    ¿Y en historia? Por supuesto hay historiadores que han proporcionado munición ideológica; hay historiadores que han incendiado las ideas y las identidades. Pero afirmar que los historiadores son responsables del mal curso de la historia, de los males que mutuamente nos infligimos, es un error. O una falta de información o una grave confusión.

  3. PL Says:

    blablablablabla

  4. Arnau Gómez Says:

    Afortunadamente el blablabla es lo que diferencia al hombre del mono. El grito es lo que más le aproxima

  5. David P.Montesinos Says:

    (Van a perdonar la extensión, pero necesito espacio para explicarme. Les pido que no se asusten de entrada y lean hasta el final)

    Señor Serna. En contra de mi costumbre voy a ponerme serio. Al empezar a leer su intervención y saber que participaba en el número de Mercurio el profesor Moreno Castillo, he supuesto que sería ese el referente de sus hostilidades, habida cuenta de que, por el artículo que a vueltas con el mismo tema publica hoy en El País, pretende usted defender a los pedagogos del acoso demonizador que padecen en nuestros días. Después me encuentro con que el tono de alguien que a usted y a mí nos es más caro que Moreno Castillo, el escritor Antonio Muñoz Molina, es prácticamente el mismo que el que sostiene aquél habitualmente. Ha tenido usted el coraje de ser coherente y decir “no”, aunque sea un no menos radical que el “sí” que ofrecen sus dos interlocutores. Leeré en profundidad el artículo de Muñoz Molina, pues sólo sé de sus planteamientos respecto al tema educacional lo que usted cita hoy, pero sí conozco bien la postura de Moreno Castillo, por lo que no me sorprenderá nada de lo que exprese en la revista, pues se trata de un discurso fácil, monocorde y, en mi opinión, bastante plano.

    Me referiré a él. Y lo haré porque, nos guste o no, el Panfleto antipedagógico fue un insospechado best seller en los claustros de los institutos hace cinco años, cuando empezó a circular por Internet , pasando después –visto el éxito- a la categoría de libro. No dudo de la honradez de MC. Quería “intervenir”, “avisar”, en cierto modo pretendía dar esperanza o hacer que se sintieran acompañados tantos y tantos profesores que hoy en día lo pasan francamente mal en sus aulas, no por motivos menores, sino porque soportan cotidianamente situaciones profesionalmente muy frustrantes, y a veces incluso dolorosas y humillantes. No pretendía vender libros, estoy seguro, pero eso, y el hecho de que muchos profesores le crean, no nos debe desorientar: su planteamiento es reaccionario, imposible de llevar a la práctica y, por tanto, demagógico, por más que él insista en declararse votante del PSOE y lamente que sea justamente un partido de izquierdas el que haya generado con la monstruosidad de la LOGSE el actual dislate educativo.

    Vaya por delante que comparto con este autor sus opiniones con respecto a la asignatura de Religión y a la devaluación que, desde la LOGSE, han ido sufriendo las materias vinculadas al departamento de Filosofía. En todo lo demás discrepo de él. No hay aquí espacio para explicar detalladamente mis razones, pero me referiré a grandes rasgos al que para mí es el error de fondo de su planteamiento: la escuela no está peor de lo que ha estado nunca, como una vez y otra escuchamos. Lo que sucede es que la escuela absorbe más funciones de las que ha absorbido nunca, y, por tanto, la gestión es infinitamente más difícil. Hace cuatro décadas –y comparto punto por punto la descripción de la propia experiencia como alumno que relata Serna- la idílica escuela del tardofranquismo era un perfecto reflejo de un Régimen donde la diferencia entre el buen y el mal alumno era su grado de sumisión, y al profesor, cual dictador, se le debía temer. Así hasta el punto de que cuando un profe demasiado imbuido de ciertas nuevas doctrinas que venían “de fuera” le daba por tratarnos como a personas, era muy probable que los jefes le llamaran la atención y le sugirieran que fuera más duro e intransigente, vamos que nos soltase alguna hostia de vez en cuando.

    Aquella escuela funcionaba bien porque estaba basada en el terror, así de sencillo. Y otra cosa importante, hasta que entró la ley de enseñanza obligatoria, los centros filtraban a los alumnos, de tal manera que quien a los catorce años era flojo como estudiante o disruptivo, salía del sistema o pasaba a la FP, que es a donde –según se decía en aquella época tan memorable- iban los tontos. Esto acaba con la LOGSE, que pasará a la historia por haber integrado a los alumnos de hasta dieciséis años en el sistema escolar de forma obligatoria. ¿Fue una buena ley? No, no quiero que se me malinterprete, fue un desastre, y sus consecuencias las seguimos sufriendo actualmente. Estuvo mal tramada porque se encargaron de ella personas que desconocían el aula, hasta el punto de que, como sospechosamente ocurre con todas las normativas educativas, a los docentes no se nos dio bola. Sí fueron invitados los pedagogos. Parieron la ley y nos hicieron cargar a los demás con ella en la cotidianeidad del aula, unas aulas que ciertamente son a veces muy desagradables. Es esta, señor Serna, la razón por la que los pedagogos tienen mala fama en los claustros de profesores. Y además de mal tramada, estuvo nefastamente aplicada. Había supuestamente mucho dinero que invertir en la escuela, pero luego hubo otras cosas en que gastarse el dinero –siempre hay al parecer cosas más importantes que la inversión educativa-, de tal manera que el proyecto quedó a medias y fue peor el remedio que la enfermedad. Y de esto son culpables fundamentales los políticos y quienes se tragan sus discursos sobre la educación y luego se olvidan de si las promesas se cumplen o no.

    Verá que intentó explicarle por qué Moreno tiene seguidores y también por qué yo no me cuento entre ellos. En un segundo de la ESO, un profesor puede tranquilamente estar cargando con veintiocho alumnos. Si no le conceden un desdoble –y ahora no suelen concederlos porque, ya sabe, hay crisis- se tiene que comer dar una clase de mates y además tratar individualizadamente la problemática de sus alumnos, de los cuales hay un cincuenta por cien mínimo con dificultades de aprendizaje, y un veinte que presenta alteraciones conductuales. Como ese profe no es Supermán, termina convirtiendo una tarea tan digna como la de la integración de alumnos con retrasos en una labor burocrática. ¿Se da cuenta? El espíritu de la Reforma educativa pedía grupos de quince alumnos, pero los que hay son el doble.

    ¿Cabe una solución como la que plantea Moreno, es decir, sacar del sistema a los “malos alumnos”? Leyendo cosas como ésta que aparecen en el Manifiesto antipedagógico descubro lo lejos que estoy de este planteamiento:

    …los modales se imponen, no se pueden dialogar y razonar, porque los modales son precisamente la premisa indispensable que hace posible el diálogo. Y si para imponerlos se hace necesaria una bofetada, pues adelante.

    No ha leído mal, señor Serna, Moreno piensa exactamente lo mismo que aquellos maestros del tardofranquismo que nos partieron la cara a usted y a mí. Pero lea más:

    Si una norma la manda el profesor debe ser respetada, precisamente, porque la manda el profesor. Y si a algún alumno no le gusta, que se esfuerce por sobrellevarlo con paciencia. Es un esfuerzo muy sano

    Lo siento, señor Moreno Castillo, pero no solo no me gustan sus ideas, es que su retórica me recuerda a personajes de mi pasado a los que deseo olvidar. Qué fácil sería dar clases en institutos donde todos los alumnos fueran aplicados y obedientes. Tanto como sería habitar un claustro donde todos los profesores tuvieran un comportamiento profesional ejemplar. O una sociedad donde no hubiera familias desestructuradas, ni drogas, ni violencia en las calles, ni medios de comunicación que desautorizan a la escuela. Y lo mejor del mundo sería una clase sin alumnos, conozco profes que bordarían sus clases en un aula desierta. Pero el problema es que tenemos una materia prima, y no es una materia fácil, eso desde luego.

    Quiero acabar con algunas reivindicaciones. El profesorado tiene razones para desconfiar de la llamada “secta pedagógica”. Pero cuidado, la pedagogía es tan vieja como la filosofía. No son cuatro pelagatos los que se vienen planteando desde hace milenios qué enseñar, para qué y cómo; sería a este respecto platicar sobre Platón, sobre Rousseau, Kant, Dewey, Adorno… Por otra parte, y dado que siempre hay cañones contra gente como Jean Piaget, padre de la psicopedagogía, yo rompo una lanza a favor del primer principio del constructivismo: la misión del profesor no es impartir una lección magistral, sino implicarse en el proceso de aprendizaje. Creo que quienes piensan como Moreno Castillo no entienden esto. Y por eso la mayoría son desgraciados en su profesión.

    Segunda. Los departamentos de Orientación de los centros, me da igual que los dirijan miembros de la secta pedagógica, coordinan algunas labores fantásticas. Por ejemplo las referidas a la atención a niños disminuidos físicos, la adaptación e integración de alumnos con dificultades de aprendizaje, el trabajo con contextos familiares problemáticos, la mediación de conflictos… ¿Quieren que siga?

    Concluyo. Según Moreno Castillo el problema no es invertir más en educación, el problema son los principios fundacionales de la LOGSE. Discrepo, el problema de la LOGSE no son los principios de obligatoriedad o integración, el problema es cómo se hizo y cómo se desarrolló. Y para solucionar eso no basta con volver a la Ley Villar Palasí de los setenta ni soltarles capones a los niños que se portan mal. Sí hay que invertir más, hay que invertir más y mejor. Para empezar habría que poner la educación en manos de políticos responsables. Quienes me leen desde el País Valenciano deben saber muy bien a qué me refiero.

  6. jserna Says:

    Sr. Montesinos, en primer lugar, le agradezco –no sabe cuánto– el razonado comentario que hace.

    Comprendo su disgusto con lo que Ricardo Moreno Castillo defiende: entre otras cosas, los modales a bofetadas, si es preciso. Por cierto, que eso lo analicé en un artículo de 2006, recién salido el ‘Panfleto Antipedagógico’

    (http://www.uv.es/jserna/Violenciapedagogica)

    Comparto muchas, pero muchas, de las cosas que dice. Le he leído de principio a fin y me quito el sombrero ante la experiencia que hay detrás de sus palabras. Pero, fíjese que en este asunto me gustaría que habláramos más de los padres.

    Usted dice que la escuela tiene más funciones que antaño. No se lo discuto, pero algunas de sus funciones primordiales y tradicionales han sido expropiadas por otras instancias o instituciones sociales. Es el cambio histórico, en parte. Creo, como digo en el post, que lo que tiene la escuela es más rivales, rivales que le quitan centralidad. Y eso repercute en su desprestigio u obsolescencia: por ello no se puede reducir a la LOGSE o a la labor de los pedagogos. Los muchachos pueden ver el aula como una herencia del pasado, como algo efectivamente obsoleto. ¿Por qué no lo es? Hay que razonarlo y demostrarlo: si las autoridades académicas no lo impiden y si la cicatería no lleva a recortes imposibles. Las condciones generales son las mismas para todos, pero no todos los profesores hacen lo mismo: como sucede con los padres.

    En fin, me perdonará. No puedo continuar ahora. Luego vuelvo. Releeré su sensatísimo comentario.

  7. David P.Montesinos Says:

    No puedo considerar su posición rival de la mía, puesto que no me parece que sean excluyentes, y la suya la comparto. Una vez le dije a un amigo que mi mayor problema como profesor es que “la atención se ha puesto muy cara”, es decir, que el alumno, en medio de un marasmo de medios expertos en procedimientos para atraer la mirada, tiene menos razones que nunca para hacer caso a un tipo que le habla de Cervantes o de polinomios en un aula. Tampoco creo que el proceso histórico al que usted se refiere invalide ese al que yo me refiero, el cual es un proceso específico y localizado en el tiempo. Lo que yo digo es que los centros de enseñanza media albergan ahora a niños que, entre los 11 y los 16 años, se integran en un proceso de educación obligatoria. Durante los casi veinte años de vigor de la ley Villar Palasí -la de la EGB,el BUP y el COU- la cosa estaba muy clara: al menos un cincuenta por cien de los alumnos que empezaban dejaban el colegio o instituto a los catorce, a veces incluso antes, pues no existía el concepto de educación obligatoria, lo cual supone que los conflictos se trasladaban o a la calle o, en el mejor de los casos, a la FP . Ahora están todos en los institutos, todos sin excepción, hasta el punto de que cada centro tiene un empleado del ayuntamiento que se encarga de buscar a los alumnos absentistas para obligarles a ellos o a sus padres a venir al centro. Esto significa que no solo multiplicamos el número de almas, sino que, sobre todo, debemos atender un paisaje humano infinitamente más difícil y refractario, lo cual supone que, en caso de mala gestión -como es el caso-, o de recortes de inversión -como es el caso- los institutos pueden terminar convirtiéndose en lugares desagradables con una carga considerable de violencia, algo así como un mixto entre una guardería y una prisión. Fíjese, mi centro tiene un veinte por cien de alumnos con severas deficiencias de aprendizaje, un tanto por cien muy considerable de alumnos con profundos problemas conductuales, alumnos con problemas de minusvalías muy serios y que necesitan una ayuda personalizada y casi constante hasta para cuestiones de higiene personal… Además hace falta hacer trabajar muy duro los servicios de orientación, las tutorías… Es vital que -como no se está haciendo- las bajas y vacantes se cubran con urgencia. Podemos hablar también del shock de la inmigración, de las familias desestructuradas y cómo sus problemas nos salpican en las aulas, de los chicos extranjeros que llegan sin saber ni palabra de castellano y te los meten en clase para que les expliques esas cosas tan bonitas que decimos en clase de Ética…

    ¿Ven a dónde voy a parar? En El valor de educar, Fdo Savater alude a la manía tan políticamente correcta de decir que los problemas del país se arreglan a partir de la educación, pero luego resulta que los políticos, que a veces ganan elecciones jugando esa carta, en el momento en que tienen que recortar empiezan siempre por las escuelas, lo cual luego no es nunca lo que más desgaste electoral les causa. Vamos, que con este tema o la sociedad es algo hipócrita o es inconsecuente. ¿Me siguen? Que necesitamos ayuda y no recortes, demonio.

    (pdta: y no digo nada de la enseñanza concertada, lo dejo en barbecho, que el tema es bien gordo, no les quepa duda)

  8. David P.Montesinos Says:

    Por cierto, ya había leído su artículo sobre el Panfleto, que conste.

  9. jserna Says:

    Es simplemente odioso que los recortes empiecen por los servicios públicos esenciales. Pueden cerrar una línea de tren o pueden eliminar una consejería o ministerio. La educación no es una infraestructura más.

    Luego vuelvo.

  10. Alejandro Lillo Says:

    Señores, soy yo el que me quito el sombrero. Muy aleccionador e interesante. Impresionante. Mañana volveré a leerles y les planteo algunas cuestiones. ¡Qué barbaridad!

    Y don David, usted no sale de aquí sin hablarnos de la escuela concertada.

  11. David P.Montesinos Says:

    Espere, espere, Alejandro, que se me ha hinchado la vena.

  12. aleskander62 Says:

    No funciona muy bien la enseñanza.
    En primer lugar debe crearse la Formación Profesional de Grado Elemental, para, de ahí, poder acceder al Grado Medio y Grado Superior.
    Los institutos deben volver a ser Centros de Cultura. Tener alumnos interesados en sus estudios.

  13. David P.Montesinos Says:

    Es muy razonable lo que dice, Aleskander, una opinión que sostiene mucha gente sensata, gente para la cual, una verdadera reforma de la FP ha sido la verdadera asignatura pendiente de la Logse. El problema sería hacer tomar una decisión de tanta trascendencia para su vida futura a niños de trece y catorce años. En cualquier caso, esto no debería acabar con el principio de educación obligatoria.

  14. Leda Says:

    Cuánta categoría tiene este blog. Qué placer leerles.

  15. jserna Says:

    Me perdonarán el silencio de ayer. No pude intervenir o acabar el post. Acabé el día desarbolado.

    Espero intervenir hoy con sensatez…

  16. jserna Says:

    Buenas tardes. Pensaba concluir el post. No sé si vale la pena. He tenido la suerte de poder leer un texto muy sugerente y claro tras la interrupción del post. David P. Montesinos ha tenido la amabilidad de remitirme un artículo suyo inédito (pero que va a publicar en breve). Se titula ‘La escuela crítica y sus enemigos’. Es sencillamente exacto. Me parece simplemente iluminador. Razona tan bien que hasta me hace simpático a un autor que emplea y que me resulta especialmente antipático: Pierre Bourdieu.

    Su texto es tan consistente que no puedo sino aplaudir. Son muchos los factores de la crisis educativa, pero la responsabilidad no hay que achacársela al sesentayochismo (y a los pedagogos, como es costumbre), sino al hedonismo cultural que introduce el capitalismo de consumo. Esa tesis está en este artículo inédito. Me parece muy-muy pertinente el uso que David P. Montesinos hace de Daniel Bell y de su libro ‘Las contradicciones culturales del capitalismo’. Su planteamiento, que dicho así puede parecer cercano al de Ricardo Moreno Castillo, es, por el contrario, su negativo exacto.

    Lo siento. El artículo es inédito y no puedo decir más…

    De momento.

  17. David P.Montesinos Says:

    Me alegra inmensamente haber conseguido interesarle, señor Serna.

    Señor Lillo, en atención a la cuestión por la que me preguntaba, un linkecito, no se lo pierda, es esclarecedor, y pone como ejemplo un simpático colegio de señoritas que tiene usted cerca de su librería y que sin duda conoce. Adivine. http://www.revistafusion.com/2005/julio/nacional142-t.htm

  18. jserna Says:

    Gracias, sr. Montesinos, por los enlaces. Y sepa que su artículo, que aquí no podemos reproducir, es una observación sensatísima y aguda, perspicaz y documentada, del asunto que nos ocupa. Desde luego, usted no escribe de oídas o a ojo. Pero tampoco es un docente irritado que se conforma con socializar su desazón.

    Si no tienen nada más que añadir, de momento al menos, cambiaré el post esta misma tarde o mañana. El hecho de que lo cambie no altera el interés que el tema educacitivo sigue despertando, por supuesto: un tema al que volveremos.

  19. Alejandro Lillo Says:

    Un momento, que voy.

  20. Sigue... Says:

    Colofón. Y de momento, también yo volvería a Mercurio. Lean la revista, este número de noviembre. La puede obtener gratuitamente en las principales librerías. En sus páginas, con tonos distintos y con reflexiones dispares, intentamos plantearnos algo que a muchos nos preocupa: el estado de la educación y el papel de los profesores, la dificultades de hacerse oír, de hacerse atender y entender.

    Hay una separación entre el papel que desempeñan los docentes y el que les corresponde a los discentes. Mientras los primeros han de persuadir y transmitir, formar e instruir; los segundos han de hallarse: han de encontrar aquella cualidad que los hace irrepetibles, aquella habilidad humana suya, que está tan mal repartida. ¿Hace falta ir a la escuela para descubrir esa virtud? Sí, porque la escuela cultiva la habilidad y la desarrolla como valor social y colectivo, la disciplina. El profesor no es un gurú ni un experto. No es un padre ni un colega. Es un docente que sabe explorar las habilidades potenciales.

    Pero hoy ha de enfrentarse a un estado convulso y propiamente revolucionario: no me refiero a la violencia, sino a la transformación del saber, de la realidad; al cambio de la percepción y de la acción; a la mutación de las relaciones y de los vínculos familiares. La escuela fue el centro del meritoriaje y del ascenso social, del aprendizaje y de la transmisión del saber, con una autoridad indiscutida basada en la figura del maestro incuestionable. Hoy es una institución a la que le disputan sus lecciones otras instancias poderosas y persuasivas: los mass media e Internet. Esa preocupación es colectiva y no depende únicamente de la escuela: si hay problemas, éstos no pueden ventilarse echando la culpa al sesentayochismo o al libertarismo antipatriarcal. Sería tan fácil cargarlo todo a esos presuntos culpables. Es algo más complejo. Tanto.., que volveremos.

  21. Alejandro Lillo Says:

    André Malraux, en “La esperanza”, tiene una excelente definición del intelectual. Para el escritor francés “el gran intelectual es el hombre del matiz, de la gradación de la calidad, de la complejidad”. Esta definición, sencilla, parece además muy apropiada, muy aplicable en nuestros días. No sólo deja fuera a personajes públicos como Pérez-Reverte o Sánchez Dragó, a los que habría que encuadrar entonces en otra categoría (la dejo a su libre arbitrio), sino que obliga al propio intelectual o aspirante a ello a ser cuidadoso con sus palabras, con sus manifestaciones públicas.

    Dicho esto, tengo a Antonio Muñoz Molina por un intelectual de primera fila. Que su artículo en Mercurio (en especial la primera parte) contradiga la definición de Malraux que tanto me gusta y por la que me guío, no va a cambiar la excelente opinión que tengo de él como pensador e intelectual de primer orden. Entiendo que esa crispación contra los pedagogos (no sé si contra la pedagogía como ciencia social) pueda tener que ver con lo que apunta don David en su brillante intervención (“[La ley de educación] Estuvo mal tramada porque se encargaron de ella personas que desconocían el aula, hasta el punto de que, como sospechosamente ocurre con todas las normativas educativas, a los docentes no se nos dio bola. Sí fueron invitados los pedagogos. Parieron la ley y nos hicieron cargar a los demás con ella en la cotidianeidad del aula”). Pero de ahí a cargar contra todo un colectivo me parece excesivo, aunque ya les digo que sobre este asunto poco puedo aportar más allá de mi propia experiencia.

    A mí nunca me pegaron en el colegio. Sí había un profesor que nos amenazaba con una vara de avellano mientras nos preguntaba a bocajarro la tabla de multiplicar. Estoy hablando de finales de los años ochenta, que tampoco hace tanto. El mismo individuo, cuando alguien hacía una travesura o hablaba en clase, le mandaba hacer flexiones de piernas, “sentadillas” creo que se dicen. Otros profesores nos han arrojado tizas e incluso borradores, como ya se ha comentado. Dado el ejemplo que algunos profesores nos inculcaban (todos los que lo hacían eran, por cierto, marianistas. Los laicos, que yo recuerde, eran más civilizados) resulta curioso que luego nos abroncaban cuando en el patio había peleas o alguien arrojaba un “típex” por el hueco de la escalera.

    A mí nunca me ha motivado ese tipo de instrucción, y digo bien. Los profesores que me han ayudado a estudiar, que no han sido muchos, la verdad, lo han conseguido tratándome con respeto y consideración. No desde un plano de igualdad, pero sí desde la tolerancia y digamos, un tratamiento “adulto”, aunque no lo fuera legalmente. Creo que fue desde esa posición desde la que se ganaron mi respeto y admiración, y desde la que me enseñaron a amar lo que estudiaba. Huelga decir que uno de esos profesores impartía la asignatura de Historia. Aunque también debo añadir que mi aprecio por la literatura surgió por esos años a pesar de los esfuerzos de los maestros por aburrirme mortalmente con el tema.

    Porque como apunta el señor Serna en algún momento, y en otro sentido también Montesinos, a la escuela le han salido muchos competidores. Hasta ahora se ha incidido en lo que de negativo tiene este asunto (que comparto, que conste), pero no se ha dicho nada de la parte positiva del mismo. Y un ejemplo de esto último es mi propia experiencia con la literatura. Fue al margen de la escuela donde aprendí a apreciar los libros, debido a determinadas circunstancias familiares.

    Dicho esto, debo reconocerles que me canso un poco de oír una verdad que, siendo cierta, insisto, compromete poco: eso de que la educación es cosa de la sociedad entera, que la educación es algo compartido por profesores, padres, etc., etc. No me entiendan mal. Lo que quiero decir es que afirmar que la educación está mal y que todo es un desastre conduce a poco, más allá de constatar una realidad. La sociedad es algo muy vago, que invita al anonimato, que la responsabilidad individual quede diluida o borrosa. Algunos profesores dicen que los padres no educan; algunos padres afirman que la escuela está mal; algunos psicólogos o pedagogos dicen que si el modelo de la tele es nocivo; los políticos en la posición inciden en otra cosa, etc. etc. ¿Qué tal si dejamos de criticar lo mal que lo hacen los demás y nos proponemos qué podemos hacer nosotros para mejorar la educación? Porque me parece que muchas personas o instancias se parapetan en todas esas quejas para seguir como están: algunos políticos sin mojarse en el asunto; algunos profesores si renovarse y viviendo de rentas; algunos padres evadiendo sus responsabilidades, y, por supuesto, algunos alumnos aprendiendo de todo ello, que aunque la educación brille por su ausencia, los chavales no dejan de aprender cosas. Sólo eso ya debería bastar para reflexionar sobre el asunto.

    Me da la sensación, sin ser, ya digo, buen conocedor del tema, que si bien la educación es muy mejorable y se han hecho cosas mal, estamos mucho mejor que hace treinta o cuarenta años. Y creo que la mejora no pasa tanto por criticar lo mal que está todo como por mejorar e incidir en lo que se ha hecho y se sigue haciendo bien, que digo yo que serán muchas cosas. No olvidemos que el comportamiento de los niños de hoy también viene dado por la educación que recibieron ayer sus padres, curiosamente, hace treinta o cuarenta años. Aunque también les reproduzco ahora, para seguir contradiciéndome, un refrán árabe que dice que “los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres”.

  22. jserna Says:

    Decía más arriba que el tema es más complejo de lo que habíamos escrito y que, por tanto, volveríamos sobre él. Y tanto…, que volveremos, decía.

    Y volvemos. Volvemos con una reflexión de Alejandro Lillo, una aproximación que aúna sentido común, experiencia, tanteo y responsabilidad.


  23. Justo,
    ya leí que en tu artículo en Mercurio ofrecías una visión de la educación mucho más matizada que Muñoz Molina o Ricardo Moreno (la verdad es que ponerlos al mismo nivel es una desmesura), pero, además, leo en esta entrada que compartimos una visión bastante crítica con respecto a sus opiniones.
    Lo que resulta sorprendente es la facilidad con la que algunas de estas ideas prejuiciadas arraigan en las mentes de personas que buscan respuestas sencillas a un asunto bastante complejo.
    Tiene gracia pensar que la educación en nuestro país se arreglaría metiendo en un barco a todos los pedagogos y pedagogas y enviándolos a Australia. Claro que después habría que fletar otro barco con los psicopedagogos, y otro con los psicólogos educativos, y otro con los educadores constructivistas,….. Vamos que la solución saldría algo cara.

    Un cordial saludo

  24. jserna Says:

    Creo que debemos poner mesura y sensatez en esta cuestión. Es raro que no se tengan experiencias negativas con la educación. Si me permite la pedantería: como discentes y como docentes. Los pedagogos no son los responsables de nuestros males. Pero quienes critican a los pedagogos no son unos taimados. Sus posiciones reflejan un estado de opinión más o menos extenso y con alguna base real.

    El asunto es complejo, ya digo, y hay numerosos factores: entre ellos, el capitalismo de consumo; el hedonismo que rebaja las metas; el poco fuelle que nos queda para ejercer de alumnos, de padres, de profesores…

    David P. Montesinos, autor de ‘La juventud domesticada’, tiene un artículo iluminador en este sentido (‘La escuela crítica y sus enemigos’). Esperemos que se publique pronto para que todo el mundo pueda leerlo.

    Yo sigo a Antonio Muñoz Molina, autor al que admiro y que en este punto comparte posiciones con Ricardo Moreno Castillo. No sé por qué. No consigo comprender esta circunstancia. Pero comparten esas mismas posiciones autores que respeto o admiro igualmente: Eduardo Mendoza o Fernando Savater. No sé de dónde viene el malestar intelectual. Digo bien: intelectual. No lo sé.

    Mi artículo en ‘Mercurio’, titulado ‘El espejo de la educación’, no es literario en el sentido volátil del término. No hago arabescos… Ya sé que usted me ha entendido. Pero,insisto, lo que digo no lo expreso con un sentido ornamental: lo digo manifestando el mismo desconcierto que padeció Joseph Conrad, un marinero de veleros en un océano de vapores.

  25. Laspra Says:

    Soy profesor de instituto desde hace treinta años y coincido plenamente tanto con Serna como con Montesinos. También soy un ferviente lector de Muñoz Molina y me molestan sus afirmaciones sobre el sistema educativo. Por cierto, cada vez que las leo me pregunto de dónde procede su conocimiento de los centros de Secundaria actuales y llego a la conclusión de es una mezcla entre un recuerdo sublimado de su propia experiencia como alumno y las cuitas de algún colega que no ve la manera de abandonar la dura tarea docente para poder dedidarse en exclusiva a escribir. Y me entran unas ganas locas de invitarle a pasar unos días en mi instituto para que conozca quiénes son y cómo se manejan los adolescentes de hoy. Es decir, algo muy distinto de ir a dar una charla a un centro ante un alumnado seleccionado, motivado y que espera con nerviosismo y unción la llegada de una figura de la literatura.
    En cuanto a ese anunciado artículo del señor Montesinos, se puede saber cuándo se publicará y cómo poder acceder a él.

  26. jserna Says:

    Hola, sr. Laspra. El artículo de David P. Montesinos aparecerá en ‘Pasajes. Revista de pensamiento contemporáneo’. No le puedo decir la fecha concreta: supongo que no tardará. De todos modos, aquí lo festejaremos como se debe: pondré un post en el que analizaremos lo que dice, la experiencia en que se basa y los recursos intelectuales que emplea. Bienvenido, sr. Laspra.


Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.006 seguidores

%d personas les gusta esto: