Uno. La revista Mercurio dedica el dossier de noviembre de 2010 a “La tarea de educar”, con un título que reproduzco en este post. Intervenimos Antonio Muñoz MolinaEmilio Calatayud, José Antonio Marina, Ricardo Moreno Castillo, J. M. Sánchez Ron y yo mismo.

Hay grandes y graves disparidades en las cosas que los responsables planteamos. Y hay, por supuesto, aspectos en los que coincidimos. Me complace compartir cartel con algunos nombres tan reconocidos y de los que tan cerca me siento; y me complace colaborar en un dossier en el que también escriben autores con los que tan profundamente polemizo. Pongamos, de momento, dos ejemplos extremos. 

Es honroso que mi artículo de Mercurio pueda estar junto al de Antonio Muñoz Molina; y es interesante que mi texto comparta vecindad con el de Ricardo Moreno Castillo. El primero es un escritor que admiro por muchas cosas; el segundo es un profesor del que discrepo habitualmente.

En esta ocasión, como en otras anteriores, Muñoz Molina  y Moreno Castillo coinciden: básicamente achacan a la pedagogía y a los pedagogos los males de la escuela, la crisis del sistema educativo. Sin ir más lejos, el primer párrafo de Antonio Muñoz Molina es tajante:

“Los miembros de la bien llamada secta pedagógica, muy bien incrustados en el sistema político español, han arruinado, además de la escuela, la parte del lenguaje que tiene que ver con la enseñanza. Como es propio de los estafadores de las pseudociencias, han urdido una jerga opaca que oculta su perfecto vacío detrás de un simulacro de especialización técnica. De modo que para hablar de educación, para debatir con algo de racionalidad y provecho sobre la enseñanza y el saber, lo primero que hace falta es una operación radical de limpieza: negarnos a usar cualquier palabra o expresión que hayan sido inventadas o manejadas por ellos; llamar al pan pan, al vino vino, eludir acrónimos y siglas, porque de otro modo el lenguaje seguirá cautivo de la niebla mental en que lo han sumido los llamados pedagogos o expertos en pedagogía, cuyo mayor éxito en los últimos treinta años ha sido despojar a varias generaciones de las herramientas intelectuales para comprender racionalmente el mundo y para ejercer con soberanía y responsabilidad la ciudadanía. Políticos y pedagogos han alcanzado altos puestos –en algunos casos altísimos– no sólo a pesar de su profunda ignorancia, sino precisamente gracias a ella. Es comprensible que tanto los unos como los otros desconfíen como de la peste de las personas con conocimientos verdaderos que en cualquier momento pueden desenmascararlos. A tal fin, nada les conviene más que extender al común de la sociedad el estado de penuria mental en el que ellos viven. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Cuanta menos gente pueda señalar los disparates que declaman el pedagogo o el político menos peligro habrá de que su falta de formación, su frivolidad o su estupidez salgan a la luz” (Leer el artículo completo)..

Me parece una generalización tremendamente injusta, una acusación grave e irritada. Sé que a Antonio Muñoz Molina le inspira una intención reformadora: la de recuperar el valor de la educación, la de prestigiar el papel de los maestros, la de reforzar las tareas de los profesores. Pero creo que su diagnóstico es muy equivocado. Lo digo con cordialidad.

Las aulas se estremecen día a día no por culpa de los pedagogos –esa secta, según su expresión–, sino por la pérdida de funciones que el sistema educativo tuvo en otro tiempo. Hay numerosos factores externos que descentran la posición de privilegio de que gozó la escuela. La información abundante que sirven los mass media, los datos inacabables que suministra Internet, la reordenación de las familias y el cambio de auctoritas, la discusión de los criterios antes inobjetables, el culto del éxito…: todo parece conspirar contra la estabilidad y el poder de la educación.

En mi artículo abordo dicha cuestión aprovechando la metáfora marinera de Joseph Conrad: la que me inspira El espejo del mar. De hecho he titulado así mi texto: “El espejo de la educación. No es, sin más, una bella imagen: pretendo mostrar la crisis de un mundo para el que habíamos aprendido pericias, justamente cuando el venidero, con sus técnicas y avances, con sus logros y novedades, llega y aún no ha acabado de imponerse:

“…Siglo y pico después, nuestra situación es tan desconcertante como la de Conrad. Aprendimos a manejarnos en un mundo en el que las técnicas se transmitían con jerarquía y orden, en el que los conocimientos se conservaban y valían, en el que los datos duraban, en el que la experiencia era un patrimonio creciente. Teníamos capitanes que comandaban ese aprendizaje y que vigilaban el trabajo de la tripulación. Hallábamos, además, puertos seguros. ¿Que había marinos díscolos o malas singladuras? ¿Que había fatalidades y derrotas erróneas? Cierto, pero el mar bravío, lo real, aún podía entenderse con la educación.

 “¿Qué nos encontramos ahora? Un mar sin límites en el que no siempre sabemos aventurarnos. Navegamos por Internet, un océano sin amarres firmes que además amenaza con anegarlo todo. Es tal la cantidad, es tal el flujo y es tal el oleaje, que sólo con dificultades podemos bracear. Ni veleros ni vapores. Parece que no nos vale el antiguo saber y que la pericia técnica que podemos adquirir pronto será reemplazada por informaciones innumerables, tantos datos que nos ahogan. En esa circunstancia, la familia se ve desbordada: sus muchachos se lanzan a Internet, ese mar incógnito. Y la escuela no puede aportar y aprontar todas las informaciones buenas o malas, esas piezas que ellos atrapan en la red. La tradicional insolencia juvenil parece ahora más extendida e irreparable. Es como si los discentes tuvieran a un preceptor salvaje dando mal ejemplo o a un proveedor munífico proporcionándoles de todo con largueza: confirmándoles sus caprichos…” (Leer el artículo completo).

Dos. ¿De verdad la pedagogía es la responsable de la mala educación? A juicio de Ricardo Moreno Castillo, los pedagogos (con cursiva sarcástica) dicen “que no se ha de educar a los alumnos para ser acrítricos y obedientes”.  El artículo de este profesor, con el tono agraviado que le caracteriza, trata de desmontar dicho supuesto, partiendo de una evidencia: que acríticos y obedientes no son palabras sinónimas.

Su conclusión ya la conocíamos (sobre todo quienes habíamos leído su Panfleto antipedagógico, un volumen que analicé tiempo atrás): “para que una escuela funcione, el profesor ha de mandar y los alumnos han de obedecer”. Y, por si ha quedado alguna duda, aclara en su título: “Alumnos sumisos y profesores autoritarios“, eso es lo que precisamos. La confusión, como ustedes comprenderán, es monumental.

Tres. ¿Qué hacer? ¿Besos o palos? Las respuestas que estos planteamientos tienen son variados. El dossier de Mercurio ha provocado efectos: no sólo en mi blog. He recibido mails compartiendo o discutiendo mis posiciones o las de Antonio Muñoz Molina.  No tiene mérito que diga que me han escrito catedráticos de Historia y Teoría de la Educación agradeciéndome que ponga mesura en medio de este fuego cruzado. Son pedagogos, claro. Pero son gente sensata. Llamarlos a todos secta duele. Es lo que con todo respeto he tratado de argumentar en el post, en los comentarios y en el periódico.  Citaré los que aquí, en público, se han expresado.

Comentando lo anterior, Arnau señala ciertos aspectos a tener en cuenta, además de dedicar palabras muy generosas a mí artículo de El País. Convengo con Arnau en que el profesor no es un colega. Como no lo son los padres. Desde luego, el buen trato (la buena educación) no significa estar repartiendo besos. La alternativa, de hecho, no es el palo o el beso. La alternativa es la educación según criterios –cosa a la que pueden ayudar los pedagogos y, por supuesto, los maestros, los profesores– o la instrucción puramente informativa, tarea en la que la escuela o los maestros no pueden competir con medios que son rivales y más poderosos. Los padres, además, han de tomarse en serio su propia tarea sin ver a los pedagogos como enemigos o chamanes.

El conocimiento científico no es lenguaje común ni prejuicio, según indicara Émile Durkheim. Requiere una jerga específica. Lo siento. Como la historia tiene su propia terminología. ¿Imaginan que reprocháramos los males de la sociedad a los sociólogos porque enredan con un argot que a primera vista no se entiende? ¿Imaginan que achácaramos los malestares del individuo a los psiquiatras porque se valen de un lenguaje abstruso?

Desde luego, en todos los ámbitos hay científicos sociales poco rigurosos. Pero lo distintivo de los saberes académicos es el método, el procedimiento, la observación sistemática, la experiencia clínica, si me apuran. Eso pasa en pedagogía o en sociología. ¿Y en historia? Por supuesto hay historiadores que han proporcionado munición ideológica; hay historiadores que han incendiado las ideas y las identidades. Pero afirmar que los historiadores son responsables del mal curso de la historia, de los males que mutuamente nos infligimos, es un error. O una falta de información o una grave confusión.

Cuatro. Pero la respuesta más desarrollada y experimentada la da David P. Montesinos. Sorprenden el saber que acumula como profesor de Medias y la buena disposición que tiene, lejos de todo derrotismo. Y sorprende la capacidad de autoanálisis.

Pensaba concluir el post. No sé si vale la pena. He tenido la suerte de poder leer un texto muy sugerente y claro tras la interrupción del post. David P. Montesinos ha tenido la amabilidad de remitirme un artículo suyo inédito (pero que va a publicar en breve). Se titula La escuela crítica y sus enemigos. Es sencillamente exacto. Me parece simplemente iluminador. Razona tan bien que hasta me hace simpático a un autor que emplea y que me resulta especialmente antipático: Pierre Bourdieu.

Su texto es tan consistente que no puedo sino aplaudir. Son muchos los factores de la crisis educativa, pero la responsabilidad no hay que achacársela al sesentayochismo (y a los pedagogos, como es costumbre), sino al hedonismo cultural que introduce el capitalismo de consumo. Esa tesis está en este artículo inédito. Me parece muy-muy pertinente el uso que David P. Montesinos
hace de Daniel Bell y de su libro Las contradicciones culturales del capitalismo. Su planteamiento, que dicho así puede parecer cercano al de Ricardo Moreno Castillo, es, por el contrario, su negativo exacto.

Lo siento. El artículo es inédito y no puedo decir más…

De momento.

Colofón. Y de momento, también yo volvería a Mercurio. Lean la revista, este número de noviembre. La puede obtener gratuitamente en las principales librerías. En sus páginas, con tonos distintos y con reflexiones dispares, intentamos plantearnos algo que a muchos nos preocupa: el estado de la educación y el papel de los profesores, la dificultades de hacerse oír, de hacerse atender y entender. 

Hay una separación entre el papel que desempeñan los docentes y el que les corresponde a los discentes. Mientras los primeros han de persuadir y transmitir, formar e instruir; los segundos han de hallarse: han de encontrar aquella cualidad que los hace irrepetibles, aquella habilidad humana suya, que está tan mal repartida. ¿Hace falta ir a la escuela para descubrir esa virtud? Sí, porque la escuela cultiva la habilidad y la desarrolla como valor social y colectivo, la disciplina. El profesor no es un gurú ni un experto. No es un padre ni un colega. Es un docente que sabe explorar las habilidades potenciales.

Pero hoy ha de enfrentarse a un estado convulso y propiamente revolucionario: no me refiero a la violencia, sino a la transformación del saber, de la realidad; al cambio de la percepción y de la acción; a la mutación de las relaciones y de los vínculos familiares. La escuela fue el centro del meritoriaje y del ascenso social, del aprendizaje y de la transmisión del saber, con una autoridad indiscutida basada en la figura del maestro incuestionable. Hoy es una institución a la que le disputan sus lecciones otras instancias poderosas y persuasivas: los mass media e Internet. Esa preocupación es colectiva y no depende únicamente de la escuela: si hay problemas, éstos no pueden ventilarse echando la culpa al sesentayochismo o al libertarismo antipatriarcal. Sería tan fácil cargarlo todo a esos presuntos culpables. Es algo más complejo. Tanto…, que volveremos. 

Y volvemos. Volvemos con una reflexión de Alejandro Lillo, una aproximación que aúna sentido común, experiencia, tanteo y responsabilidad. Dice así:

André Malraux, en La esperanza, tiene una excelente definición del intelectual. Para el escritor francés “el gran intelectual es el hombre del matiz, de la gradación de la calidad, de la complejidad”. Esta definición, sencilla, parece además muy apropiada, muy aplicable en nuestros días. No sólo deja fuera a personajes públicos como Pérez-Reverte o Sánchez Dragó, a los que habría que encuadrar entonces en otra categoría (la dejo a su libre arbitrio), sino que obliga al propio intelectual o aspirante a ello a ser cuidadoso con sus palabras, con sus manifestaciones públicas.

Dicho esto, tengo a Antonio Muñoz Molina por un intelectual de primera fila. Que su artículo en Mercurio (en especial la primera parte) contradiga la definición de Malraux que tanto me gusta y por la que me guío, no va a cambiar la excelente opinión que tengo de él como pensador e intelectual de primer orden. Entiendo que esa crispación contra los pedagogos (no sé si contra la pedagogía como ciencia social) pueda tener que ver con lo que apunta don David en su brillante intervención (“[La ley de educación] Estuvo mal tramada porque se encargaron de ella personas que desconocían el aula, hasta el punto de que, como sospechosamente ocurre con todas las normativas educativas, a los docentes no se nos dio bola. Sí fueron invitados los pedagogos. Parieron la ley y nos hicieron cargar a los demás con ella en la cotidianeidad del aula”). Pero de ahí a cargar contra todo un colectivo me parece excesivo, aunque ya les digo que sobre este asunto poco puedo aportar más allá de mi propia experiencia.

A mí nunca me pegaron en el colegio. Sí había un profesor que nos amenazaba con una vara de avellano mientras nos preguntaba a bocajarro la tabla de multiplicar. Estoy hablando de finales de los años ochenta, que tampoco hace tanto. El mismo individuo, cuando alguien hacía una travesura o hablaba en clase, le mandaba hacer flexiones de piernas, “sentadillas” creo que se dicen. Otros profesores nos han arrojado tizas e incluso borradores, como ya se ha comentado. Dado el ejemplo que algunos profesores nos inculcaban (todos los que lo hacían eran, por cierto, marianistas. Los laicos, que yo recuerde, eran más civilizados) resulta curioso que luego nos abroncaban cuando en el patio había peleas o alguien arrojaba un “típex” por el hueco de la escalera.

A mí nunca me ha motivado ese tipo de instrucción, y digo bien. Los profesores que me han ayudado a estudiar, que no han sido muchos, la verdad, lo han conseguido tratándome con respeto y consideración. No desde un plano de igualdad, pero sí desde la tolerancia y digamos, un tratamiento “adulto”, aunque no lo fuera legalmente. Creo que fue desde esa posición desde la que se ganaron mi respeto y admiración, y desde la que me enseñaron a amar lo que estudiaba. Huelga decir que uno de esos profesores impartía la asignatura de Historia. Aunque también debo añadir que mi aprecio por la literatura surgió por esos años a pesar de los esfuerzos de los maestros por aburrirme mortalmente con el tema.

Porque como apunta el señor Serna en algún momento, y en otro sentido también Montesinos, a la escuela le han salido muchos competidores. Hasta ahora se ha incidido en lo que de negativo tiene este asunto (que comparto, que conste), pero no se ha dicho nada de la parte positiva del mismo. Y un ejemplo de esto último es mi propia experiencia con la literatura. Fue al margen de la escuela donde aprendí a apreciar los libros, debido a determinadas circunstancias familiares.

Dicho esto, debo reconocerles que me canso un poco de oír una verdad que, siendo cierta, insisto, compromete poco: eso de que la educación es cosa de la sociedad entera, que la educación es algo compartido por profesores, padres, etc., etc. No me entiendan mal. Lo que quiero decir es que afirmar que la educación está mal y que todo es un desastre conduce a poco, más allá de constatar una realidad. La sociedad es algo muy vago, que invita al anonimato, que la responsabilidad individual quede diluida o borrosa. Algunos profesores dicen que los padres no educan; algunos padres afirman que la escuela está mal; algunos psicólogos o pedagogos dicen que si el modelo de la tele es nocivo; los políticos en la oposición inciden en otra cosa, etc. etc. ¿Qué tal si dejamos de criticar lo mal que lo hacen los demás y nos proponemos qué podemos hacer nosotros para mejorar la educación? Porque me parece que muchas personas o instancias se parapetan en todas esas quejas para seguir como están: algunos políticos sin mojarse en el asunto; algunos profesores si renovarse y viviendo de rentas; algunos padres evadiendo sus responsabilidades, y, por supuesto, algunos alumnos aprendiendo de todo ello, que aunque la educación brille por su ausencia, los chavales no dejan de aprender cosas. Sólo eso ya debería bastar para reflexionar sobre el asunto.

Me da la sensación, sin ser, ya digo, buen conocedor del tema, que si bien la educación es muy mejorable y se han hecho cosas mal, estamos mucho mejor que hace treinta o cuarenta años. Y creo que la mejora no pasa tanto por criticar lo mal que está todo como por mejorar e incidir en lo que se ha hecho y se sigue haciendo bien, que digo yo que serán muchas cosas. No olvidemos que el comportamiento de los niños de hoy también viene dado por la educación que recibieron ayer sus padres, curiosamente, hace treinta o cuarenta años. Aunque también les reproduzco ahora, para seguir contradiciéndome, un refrán árabe que dice que “los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres”.

Hemeroteca

Justo Serna, “La buena educación”, El País, 10 de noviembre de 2010.

“…Para nosotros y para nuestros padres, la ferocidad parecía inevitable y la aceptábamos con resignación, como si las cosas tuvieran que ser solo así, sin remedio. Supongo que aquellos profesores tan severos tenían una pésima idea de nuestra condición: éramos alumnos decepcionantes y con nosotros no valían las maneras, las formas o la pedagogía, un arte por entonces esotérico. No sé mis compañeros, pero yo me pasaba la semana deseando que acabaran las clases para olvidar las lecciones o las vejaciones…”

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