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Drácula. “Bistritz, 3 de mayo. Salí de Múnich el 1 de mayo a las 8:35 de la tarde, y llegué a Viena al día siguiente por la mañana temprano; debería haber llegado  a las 6:46, pero el tren sufrió una hora de retraso. Buda-Pest parece una ciudad maravillosa, a juzgar por lo que vislumbré desde el tren y lo poco que pude pasera por sus calles. Me dio miedo alejarme demasiado de la estación, ya que, aunque habíamos llegado tarde, volveríamos a  partir con la menor demora posible respecto a la hora prevista. Tuve la impresión de que estábamos abandonando Occidente y adentrándonos en Oriente…”

Ese inicio es célebre. El pasaje, que parece intrascendente, lo tiene todo, lo dice todo: precisa una serie de pormenores muy significativos. ¿Significativos, de qué cosa? Del siglo que acaba, de lo que entonces significa la existencia, de lo que implica la aventura continental, de lo que es la prisa de la vida moderna.

Alguien registra en su diario lo que ha sido el día, el trayecto que sigue, lo que le sorprende y lo que distingue conforme avanza. Es un viajero que se traslada con su dietario, dispuesto a recoger los datos de su experiencia. Su prosa es informativa y precisa.

No se anda con rodeos y parece un hombre práctico y resuelto, un tipo con un objetivo que cumplir o con una meta que alcanzar. Anota el horario de su periplo, la llegada a su destino, el retraso ferroviario. Estamos en el Ochocientos y desplazarse en tren es una novedad del siglo. El ingenio humeante surca el Continente a una velocidad que imprime ritmo a la vida cotidiana. La ventanilla es el umbral de lo que puede ser visto y atisbado. Curioso invento el del ferrocarril.

Quien escribe esos detalles está acostumbrado a contar en minutos. Procede, por tanto, de una ciudad. Es el suyo el tiempo urbano, el tiempo de un burgués, un hombre probablemente ajetreado que tolera mal las demoras en un mundo de negocios. Ese individuo llega, en primer lugar, a una plaza distante, una gran población que observa con curiosidad. La ve pintoresca, propiamente oriental. Percibe el cambio, la contingencia geográfica y cultural a la que se enfrenta. Es, claro, un viajero de Occidente que parece estar ya en Asia o, al menos, en el Levante de Europa. ¿Quién es? ¿Cuál es su destino? Se trata de Jonathan Harker y se encamina hacia los Cárpatos. Lo que hemos leído es, sí, el extracto con el que empieza Drácula (1897), de Bram Stoker. en versión de Óscar Palmer.

“Durante mi estancia en Londres”, aclara Harker,  “había provechado que disponía de cierto tiempo libre para visitar el Museo Británico, en cuya biblioteca consulté los libros y mapas relacionados con Transilvania; se me había ocurrido que ciertos conocimientos previos del país difícilmente dejarían de serme útiles a la hora de tratar con uno de sus nobles”. ¿A quién se refiere? Al Conde Drácula, en efecto.

Con él ha de despachar unos asuntos inmobiliarios: el aristócrata quiere abandonar su país, una tierra distante del mundo moderno, del progreso. Desea  instalarse en  Londres, la metrópoli en la que la vida humana se multiplica sin cesar. El inglés Harker acude al castillo de Drácula como pasante de procurador.

Ahí empieza todo, una novela hecha de fragmentos, de trozos de diarios, de documentos transcritos que, debidamente ordenados, dan cuenta del viaje, del regreso, de la amenaza que sobre Occidente se cierne. O eso creemos. ¿Quién es Drácula? Es un noble feudal, alguien ajeno al mundo capitalista que triunfa en Inglaterra: una rémora del pasado, un tipo trasnochado, una antigualla prodigiosamente viva. ¿Viva? Qué difícil resulta centrarse en un siglo de cambios, de aceleración, de prosperidades materiales, de maquinismo. Drácula es un hombre desorientado, fuera de lugar…

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