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El fantasma de Canterville. “Cuando el señor Hiram B. Otis, ministro de Estados Unidos, compró el castillo de Canterville, todos seguraron que cometía una estupidez, puesto que aquella finca estaba embrujada. El mismo lord Canterville, que era un caballero escrupuloso y honrado, se creyó obligado a prevenir al señor Otis cuando trataron del precio:

–Incluso nosotros  –dijo lord Canterville– nos hemos abstenido de vivir allí desde la época de mi tía abuela, la duquesa viuda de Bolton, que contrajo una dolencia nerviosa causada por el terror que sintió una noche en el castillo. Dos manos de esqueleto se posaban sobre sus hombros, mientras se vestía para la la cena. Es mi deber advertirle que el fantasma ha sido visto por varios miembros de mi familia todavía vivos y por el párroco del pueblo, el padre Augusto Dampier, agregado del King’s College de Cambridge. Después del lamentable accidente que le ocurrió a la duquesa, ninguno de los criados quiso permanecer en la casa, y lady Canterville comenzó a pasarse las noches en vela, oyendo ruidos misteriosos en la galería y en la biblioteca.

–Compraré la finca y el fantasma por el mismo precio, milord –contestó el ministro–. Venimos de un país en donde podemos tener todo cuanto proporciona el dinero. Como nuestros jóvenes son muy despiertos y recorren el viejo continente quitándoles a los europeos sus mejores actrices y cantantes, creo que si queda un fantasma auténtico en Europa vendrán a buscarlo para exhibirlo en uno de nuestros museos públicos, para  mostrarlo como un fenómeno de barraca de feria”.

El pasaje que precede es el principio de El fantasma de Canterville, una novela breve que Oscar Wilde publicó en 1887. La releo en la versión de Mario Lacruz, recientemente recuperada por la editorial Funambulista. ¿Es un relato gótico? ¿Es propiamente una novela de fantasmas? Como indica su título trata de espectros, de aparecidos, sí. Trata de un ser que penosamente sobrevive o malvive desde 1584. Nada menos.

Estamos a finales del siglo XIX y, por tanto, el fantasma lleva mucho tiempo haciéndose presente, manifiesto: asomando en el momento en que va a ocurrir una desgracia, una defunción en la familia propietaria del castillo. Desde luego es para pensárselo: quiero decir, es para pensarse la compra de una heredad cuyos habitantes se ven periódicamente trastornados por esa fantasmal presencia, unas apariciones que certifican y confirman una desgracia doméstica, una predicción o su misma causa.

La respuesta del comprador, Hiram B. Otis, de espíritu tan práctico y estadounidense, no ofrece dudas: ¿me dice, milord, que cada vez que alguien enferma y muere se hace presente el fantasma? Bueno, igual hacen los médicos de cabecera, lord Canterville. “Los fantasmas no existen”, aclara el ministro norteamericano, “y supongo que las leyes de la Naturaleza no hacen una excepción con respecto a la aristocracia inglesa”.

Es curioso: años después, hacia 1897, Drácula, el viejo noble feudal que arrastra siglos de penosa vida viaja a Inglaterra para comprar fincas: tierras e inmuebles que habrán de convertirle en un hacendado. Se desplaza al centro del Imperio, al núcleo del capitalismo industrial, comercial, inmobiliario. Los fines están claros: apoderarse del fluido vital de la Gran Bretaña. En cambio, en la novela de Oscar Wilde, son los estadounidenses los que llegan para adueñarse no sólo de sus viejos castillos, sino también de los bienes inmateriales, de esas propiedades intangibles que son sus fantasmas: en realidad, para arrebatarles incluso el pasado que es su gloria y mayor pertenencia. Pasado y heredad son la rúbrica de una nación poderosa.

La obra de Wilde no es exactamente terrorífica, sino humorística, con esa melancolía algo triste de quien ve mudar el mundo y sus certidumbres más arraigadas. “El tema de El fantasma de Canterville pertenece a la novela  gótica, pero, afortunadamente para el lector, el tratamiento no lo es. En este divertido relato, los americanos no toman en serio al fantasma, y ni los lectores ni Wilde toman en serio a los americanos”, dice Jorge Luis Borges en uno de sus prólogos. La obra es una mezcla de sátira y farsa, con esa elegancia de la que es y será capaz el autor de El retrato de Dorian Gray (1890) o La importancia de llamarse Ernesto (1895).

La imagen que da de los norteamericanos es ambivalente, claro. Por un lado son gente de gran sentido pragmático. Por otro son individuos que achatan la egregia solera inglesa. Como había escrito Wilde en sus Impresiones de Yanquilandia (1881), quizá no sean elegantes, pero qué cómodamente visten los estadounidenses; quizá carezcan de la suave indolencia británica, pero qué ajetreo tan desenvuelto; quizá no tengan el silencio milenario de las ruinas europeas, pero que ruido tan industrioso; quizá no dispongan del primor histórico o estético de Oxford o Cambridge, pero qué belleza imprevista hay por muchos parajes americanos. Todo tiene una insólita, una imponente grandeza, con ese horizonte, con ese Oeste que nunca acaba de alcanzarse.

Ah, el vagón movido por una máquina de vapor que avanza y avanza eficazmente, sin poesía. El volumen de las cosas es su canon de belleza y la altura de las construcciones, su patrón de excelencia, añade Wilde. ¿Previsible lo que dice el escritor? Hay que tener en cuenta que Wilde viaja por Estados Unidos en 1881. Por tanto, sus impresiones son tempranas y describen con precisión muy satírica y elegante lo que es Norteamérica.

En estas circunstancias, con naturales de esa índole, ¿qué puede sucederle a un fantasma, a ese espectro de Canterville que cae en manos de los estadounidenses? Pronto estará chasqueado, abatido: desconsideradamente tratado, ya no puede deprimirse más. Se ve víctima de la mala educación de los muchachos americanos y del burdo materialismo de Hiram B. Otis. Se decepciona, en fin, pues ya no vale para impresionar, para atemorizar a la familia yanqui, que vive imperturbable en la vieja residencia señorial.

¿Tantos siglos de culpa para esto? “Hace trescientos años que no duermo y me encuentro muy fatigado”, admite pronto ante Virginia, la joven norteamericana. Y  lo necesita, vaya si lo necesita: reposar blandamente abandonando toda esperanza. ¿Esperanza, un fantasma?  En realidad, es otra cosa lo que precisa: “no saber que existe el ayer ni el mañana… Olvidar el tiempo y la vida, yacer en paz… Usted podría ayudarme”. ¿Es posible lo que estamos leyendo? ¿Un fantasma pidiendo ayuda a una jovencita? Ojalá lo consiga. Visto de lejos, un fantasma da miedo, señala Wilde; de cerca…, de cerca nos provoca una gran compasión.

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