Por qué hay que leer novelas. Eso es lo que me preguntaba años atrás en un libro. Ahora, si me permiten, me preguntaré algo levemente distinto: por qué hay que releer novelas. No crean, no es una tontería. Para explicarme pondré un ejemplo. Les pido paciencia. El post me ha salido muy largo. A lo mejor, en algún momento entre todo lo que digo encuentran algo de provecho. Me sentiría muy honrado. Punto y aparte.

Por sexta vez he leído El dueño del secreto (1994), de Antonio Muñoz Molina. ¿Seis veces? Sin duda, alguien puede pensar que estoy chiflado. Un tipo que lee tantas veces un mismo libro no puede estar en sus cabales.  Trataré de explicarme.

Una de las razones por las que releo dicha novela es académica. Estoy escribiendo una memoria, un ensayo en el que trato de Historia y Novela y esta obra tiene un hueco importante entre sus páginas. En estas condiciones, para analizar a un autor o una obra, releer es algo juicioso.

Pero mentiría si dijera que lo único que me motiva es lo académico. Hay, aparte, una primera y primaria razón, emocional: esta novela me une directamente a mi padre. Y eso es algo que ocurre desde que la descubrí en 1994, el año de su publicación.

Hay algo remoto y sentimental en esta elección. Creo haberlo contado ya en alguna ocasión. Antes de que yo llegara a leer una sola línea de Antonio Muñoz Molina, fue mi propio padre su principal propagandista. En mi casa, quiero decir.

“Que lo leas, que lo leas”, me repetía insistentemente. Se refería al escritor de Úbeda. ¿Qué novela?, le preguntaba yo. Beatus ille (1986) me respondía siempre con gran admiración. El hecho de que dicha obra esté ambientada en la Guerra Civil me frenaba. No tenía ganas de remontarme a aquel tiempo. Luego la he leído y releído, creo que hasta tres veces, y estoy seguro de que volveré a leerla, sí.

En cambio, El dueño del secreto me interesó desde el principio. Me recuerdo comprando un ejemplar de la novela en la Feria del Libro de Valencia. Ya digo: en 1994. La historia se desarrolla en Madrid en mayo de 1974, esto es, en plena adolescencia mía. Y además los hechos suceden por unas fechas más o menos coincidentes con mi primer viaje a la capital. La protagonizaba alguien que por aquel entonces era como yo: mejor dicho, algo mayor que yo. La historia me concernía, pues me llevaba a un pasado que podía identificar. Si además empezaba con rotundidad, no podía dejar de atraparme.

“En 1974, en Madrid, durante un par de semanas del mes de mayo, formé parte de una conspiración encaminada a derribar el régimen franquista…” Sobre esta novela escribí en Pasados ejemplares. Historia y narración en Antonio Muñoz Molina (2004), dedicándole un capítulo que, modestia aparte, creo que me quedó redondo. Ahora, años después, una fina y contundente lectora ha vuelto sobre dicha obra para escribir un ensayo interpretativo, que ha publicado en Ojos de Papel. Me refiero a Rosario Sánchez Romero. Mantengo con ella una polémica. Discrepo de su interpretación y sobre todo discuto el análisis que hace del narrador, de la voz que nos cuenta la historia.

Como digo, quien protagoniza los hechos es ese muchacho que está en Madrid en 1974, ese en quien yo proyecto indirectamente mi adolescencia. Pero quien lo cuenta es él dos décadas después, hacia 1993: cuando ya es un adulto instalado en el pueblo. De Madrid salió en 1974. Regresa a su pueblo, en efecto, y por lo que confiesa ya no ha vuelto a la capital. ¿Sabe lo que cuenta? ¿Se equivocó entonces pero ahora, en 1993, acierta al contarlo de determinada manera? Yo sostengo que el narrador tiene serios problemas cognitivos, perceptivos, desiderativos. Perdonen las cacofonías. Cuando era una persona joven confundía la realidad con sus deseos o con sus miedos o con sus fantasías. Mucho tiempo después, cuando narra, sigue confundido echando en falta lo que nunca tuvo, lo que nunca vivió verdaderamente.

Rosario Sánchez, por el contrario, sostiene que el narrador ha madurado, que ajusta cuentas, que hace el duelo y que asume lo que perdió, algo que no estaría perdido del todo porque él dice conservarlo en su memoria. ¿Tiene algún interés esta polémica, fuera de las dos personas implicadas? Quizá pueda aprenderse algo de lo que son las novelas, del mundo posible que hay en ellas. La ficción crea un estado potencial y quien cuenta tiene, por decirlo así, la sartén por el mango. Si no hay nadie que replique, entonces el narrador nos impone su visión y su versión. Pero el lector tiene siempre posibilidades de examinar esa visión y esa versión. Puede haber indicios suficientes que nos permitirán sospechar de los bulos o errores y confusiones de quien nos cuenta las cosas. Permítanme la comparación con el psicoanálisis. Gracias a unos amigos, estoy viendo la serie televisiva En terapia, de Rodrigo García, y es inevitable que acabe con esta analogía. En la sesión psicoanalítica, el terapeuta no accede a los hechos, sólo al testimonio sesgado y desordenado del paciente. ¿Le interesa acceder a la realidad? Lo que al analista le interesa es captar los matices de esa versión, de esa presentación, los efectos que eso tiene en el analizado. Regresemos a Muñoz Molina.

En las obras de este novelista, la voz del narrador es esencial: como en todo relato, se me replicará. Sí, es cierto, pero en este autor tiene una particularidad. El narrador es observador a veces participante, a veces ajeno a la historia que está contando. Por un lado, ese yo que se expresa capta con precisión y sutileza la emoción de las cosas, los sentimientos asociados a los hechos y a los objetos. Es capaz, es perspicaz. Suele acertar de pleno. Por otro, ese narrador no distingue bien lo que le rodea, lo que vive o lo que aprecia en los otros. No suele contar en tiempo real, cuando ocurren los acontecimientos, sino años después. ¿Qué es lo que sucede? Que si se equivocó entonces, se vuelve a equivocar ahora; que si fantaseó, que si cayó en la irrealidad absoluta, recae nuevamente. En ciertos narradores-personajes de Muñoz Molina, la quimera o el error no los corrige la edad. Eso con lo que fabularon es prácticamente lo que les queda después de una vida de derrota o de retirada. Se aferran a la ilusión y viven los hechos sin hacer un duelo correcto. Los viven obnubilados, con una suerte de melancolía llevadera.

Es algo frecuente en las novelas de Antonio Muñoz Molina: por ejemplo, El dueño del secreto (1994), Carlota Fainberg (1999) o En ausencia de Blanca (2000). En los tres casos, los narradores cuentan algo más o menos remoto que les afectó profundamente. Cuando lo rememoran tiempo más tarde, ya disfrutan de cierto acomodo o de cierta estabilidad: estabilidad mediocre, pero aceptable. Son individuos más o menos cobardes o acobardados que se han resignado. Son los damnificados de la provincia, aquellos que tuvieron expectativas, expectativas a las que renunciaron chasqueados. Cuando recuerden, lo harán con autoengaño, con la añoranza confusa de quien cree haber vivido lo que sólo fue una fantasía. La evocación no es, en este caso, madura: no redime. Es consoladora. En las tres novelas citadas, la mujer como figura evanescente, misteriosa, es el centro del error que no se percibió entonces y no se distingue ahora. Los protagonistas masculinos no se enteraron entonces y no se enteran ahora.

En El dueño del secreto, el narrador vive en la ensoñación varias décadas después: aún confunde lo que es real con lo quiso ver y aún cree: que participó en una conspiración antifranquista. Era un muchacho impresionable, un joven provinciano que queda pasmado por el Madrid deslumbrante que un adulto fantasioso le presenta. Es una especie de mentor. ¿Su nombre? Ataúlfo Ramiro Retamar. ¿Su profesión? Abogado. ¿Su condición? Crápula. Sólo es un crápula, un espléndido mentiroso. Pero el narrador no lo vio así y sigue sin verlo. Lo cree un tipo importante y todavía cree en sus embustes. Sin embargo, todo es más prosaico: no hay, no hubo, conspiración. En realidad,  el tal Ataúlfo era un adúltero empedernido. Nada más. La operación política sólo era una tapadera narrativa, pues únicamente había una cuestión de cuernos. Ahora bien, el muchacho se cree coprotagonista de una conspiración. Luego, cuando nos lo cuente años después, aún creerá que fue copartícipe de esa operación. ¿Qué duelo va a hacer quien no sabe lo que tuvo ni lo que perdió?

El propio Muñoz Molina ya apuntó algo sobre esto y yo mismo abundé en Pasados ejemplares, algo que Rosario Sánchez no ha tenido suficientemente en cuenta. Como señaló el novelista en su momento, el personaje de Ataúlfo está inspirado en una persona que él conoció, alguien muy fantasioso y mendaz. Concretamente dice Muñoz Molina: la novela se fundamenta “sobre todo [en] un recuerdo, el de un hombre estrafalario y admirable a quien yo había conocido en Madrid en 1974, y que me había hecho creer, entre otros embustes de su imaginación alucinada y generosa, que estaba implicado en una conspiración para derribar a Franco”. Antonio Muñoz Molina sabe que eso era una fantasía. El narrador de su novela no lo sabe y aún sigue preguntándose por una conspiración de la que no hubo atisbos.

No sé. Podríamos seguir, pero creo que es suficiente. Al menos de momento. ¿Ven para qué sirve releer?  Para mirar con cuidado, cosa que no hizo el protagonista y narrador de El dueño del secreto.

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