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Ambrose. De vez en cuando, sin periodicidad fija, releo el Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce. Lo hago en la edición que publicó la Biblioteca del Dragón en 1986. Hay otras, pero yo prefiero ésta: la traducción es de Rodolfo Walsh.

De dicha obra se cumple este año el primer centenario. Puede ser un buen motivo para leerla o releerla. Resulta desternillante su sarcasmo: parece mentira que alguien haya podido reunir en un sólo volumen tanto humor negro y tanta zumba, tanto desprecio por la tontería humana. Bierce decidió ser incorrecto y lo logró: no hay entrada que no nos sea de ayuda, de mortificación.

Por lo que él mismo cuenta, no parece que a Ambrose le gustaran los diccionarios. Poner en orden alfabético un repertorio de palabras es un “perverso artificio literario”, decía. Quizá no le faltara razón: en una obra de esta índole cabe la perversidad. O la tontería. A veces, incluso, un diccionario está concebido de tal modo que no queda más que “reírse de él: está hecho sólo para los ignorantes”, apostillaba Gustave Flaubert en su propio diccionario de tópicos.

Anes.  El director de la Real Academia de la Historia, Gonzalo Anes, ha concedido una entrevista a El País con motivo de la publicación del Diccionario biográfico español. Tras el escándalo, el directivo de la institución atiende al periódico más influyente con el fin de responder, de quitar hierro a la polémica sobre ciertas voces de la obra. A los periodistas que hacen la interviú se les nota hostiles. Le formulan preguntas con irritación palpable.

No era necesario: Gonzalo Anes mete la pata sin cesar. Dice
estar cansado, agotado. Me lo creo: vaya semanita. Tras saberse qué criterios se han seguido con el Diccionario, la posición de la Academia de la Historia ha quedado seriamente dañada. No se trata de que sea una institución vetusta, que lo es.

El asunto es que no se han fijado criterios uniformes y generales para la atribución y redacción de las voces. Anes está a la defensiva y además responde calamitosamente. Pone ejemplos inadecuados para su causa y los retira de inmediato. Por otra parte, admite no haber leído las voces más conflictivas (ni siquiera ahora) y para acabarlo de rematar dice algo ofensivo e involuntariamente divertido: que ser historiador requiere muchas horas de trabajo en archivo, que eso lo hacen los varones, que las mujeres tienes tareas domésticas que las apartan de dicha faena. ¿Es una descripción? ¿Es una fatalidad? ¿Es una resignación de Anes?

De esta entrevista podría decirse algo semejante a lo que señalaba Ambrose Bierce cuando definía la conversación: “feria donde se exhibe la mercancía mental menuda” en la que el entrevistado “está demasiado preocupado en arreglar sus propio artículos como para observar los del vecino”.

Franco. Repaso otra voz del Diccionario de Ambrose Bierce. Un dictador, señala el escritor norteamericano, es el “mandatario de un país que prefiere la pestilencia del despotismo a la plaga de la anarquía”. Sin duda podríamos aplicar dicha definición a Francisco Franco. Para evitar una plaga, el Generalísimo prefirió una pestilencia: la del despotismo. Todo muy orgánico, ya ven. Como la democracia que instituyó el Caudillo mientras vivió.

¿Qué concepto de la historia maneja Luis Suárez Fernández cuando redacta la entrada dedicada a Franco en el Diccionario de la Real Academia de la Historia? Podríamos regresar nuevamente a la obra de Ambrose Bierce: para desgracia nuestra, la historia es un “relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernantes pillos o por militares casi siempre necios”. Francisco Franco fue ambas cosas a la vez. 

¿Y la historia? Ojalá nos recuperemos de este escarnio. Ojalá podamos dedicarnos al pasado, esa “pequeña fracción de la eternidad de la que tenemos un leve y lamentable conocimiento”, según apostillaba Bierce.

Suárez. En un editorial de la semana pasada, el diario El Mundo exculpaba a la Academia diciendo que, más allá de ciertos errores, quedará el Diccionario como gran obra. Gran obra lo es, sin duda: han aparecido 25 tomos de los 50 previstos. 

Es más, creo que la obra debería dejarse tal cual, sin afeites, retoques, amputaciones o añadidos: precisamente para que los historiadores pudiéramos consultarla en sus pasajes más descacharrantes e ignominiosos. Para que pudiéramos analizar una a una las entradas: junto a voces irreprochablemente escritas encontraríamos biografías exculpatorias, hagiográficas o simplemente divertidas. ¿Y esto lo vamos a perder? Este Diccionario ha sido editado con voluntad monumental: como repertorio del pasado. Yo creo, más bien, que deberíamos conservarlo como documento.

Por lo que dice Luis Suárez, por ejemplo. Sus palabras no admiten enmienda: son vestigio de lo que cierta derecha intelectual y confesional piensa a la altura de 2011. Y además deberían tomarse como forma impropia de razonamiento histórico. ¿Y eso?

En el proceso de los hechos humanos, Dios no puede ser un factor explicativo. Es lo primero que se les enseña a los estudiantes de Historia. ¿Por qué? ¿Por nuestro ateísmo impenitente? No, por otra razón: la frase histórica no puede remitir a factores que no se puedan comprobar. No hacemos historia sagrada: si apelas a Dios para explicar una acción humana, no hay archivo en el que hacer consultas, no hay documento de su puño y letra que corrobore lo que sostienes.

Leo un pasaje de la entrada dedicada por Luis Suárez a Josemaría Escrivá de Balaguer. ¿Por qué se hizo cura? “Un día de las Navidades de 1917 a 1918 vio, impresas en la nieve, las huellas de un carmelita descalzo: provocaron en él una fuerte conmoción interior, que le llevó a intensificar su vida espiritual. Al sentir esos primeros presagios de una llamada divina, tomó la decisión de hacerse sacerdote…”. ¿Una llamada divina? El sujeto histórico puede justificar su acción como bien desee. Pero el historiador no puede aceptar causalidades inverificables (o no falsables, según Karl Popper).

“El 14 de febrero de 1930, mientras celebraba la santa misa, Dios le hizo entender que el Opus Dei estaba dirigido también a las mujeres”. ¿Dios le hizo entender? ¿Cómo puede expresarse así un historiador? ¿Ha comprobado él, personalmente,  la voluntad de Dios? Según indica Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo, razonar es “pesar probabilidades en la balanza del deseo”. Luis Suaréz no pesa probabilidades: simplemente expresa deseos. Añade Bierce: la religión es “hija del Temor y la Esperanza, que vive explicando a la Ignorancia la naturaleza de lo Incognoscible”. Pues eso.

Teología. El profesor Luis Suárez se salta todos los diques de contención que los historiadores se imponen hoy en día. Que se imponen, ¿para qué? Para no convertir la historia en materia simplemente opinable. Tiene que haber un rigor y nuestro trabajo ha de ser fiscalizado por la comunidad de los investigadores. Pregunten a los medievalistas de los últimos tiempos qué piensan de la obra de Luis Suárez…

¿Y eso que dice el profesor Suárez tiene consecuencias? Desde el punto de vista historiográfico, las posiciones que él mantiene son discutidas cuando no directamente rechazadas. Hablar de nación española ya constituida en plena Edad Media no es una licencia. Resulta un anacronismo, que es el principal reproche que a un historiador se le puede hacer.

Gonzalo Anes defendería el derecho del profesor Suárez a decir lo que dice invocando la libertad de cátedra. Pero la libertad de cátedra tiene que ver con la explicación, con la interpretación, no con la invención. Ni con la fantasía.

La teología, decía Jorge Luis Borges, pertenece a los géneros fantásticos. Cuando el profesor Suárez apela directamente a Dios para escribir la biografía del fundador del Opus Dei acepta el argumento que se da el propio sujeto histórico: la llamada de Dios.

Es como si yo investigo sobre los Machiguenga, de la Amazonía, y acepto los argumentos que dan sobre sí mismos: entre otros, que si paran de caminar se hunde el mundo. Es evidente que debo tenerlos en cuenta: obran de acuerdo con sus representaciones. Pero eso no significa que yo comparta sus concepciones.

No sé si me explico.

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