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El Tercer Reich. “El interés que despierta la reciente historia alemana no decae. Pasan las décadas, y los naturales, los amigos o los antiguos enemigos siguen preo­cupándose por esa época de crisis: los años treinta y cuarenta del siglo XX. Un país de gran cultura, de tradiciones remotas, de logros verdaderamente admirables, se pierde: de repente se abandona a la barbarie política. Una nación arraigada, de noblezas y de linajes milenarios, de pronto se ve sacudida y degradada por una corte y una cohorte de plebeyos a los que aúpa y sigue”, empiezo así la reseña que publico en el número de octubre de la revista Mercurio.

Titulo el texto Las vidas ejemplares y lo dedico a glosar Hammerstein o el tesón (2011), de Hans Magnus Enzensberger. El protagonista de la obra es Kurt von Hammerstein-Equord, el que fuera jefe del Alto Mando alemán.

El interés por el Tercer Reich no decae. Domingo 2 de octubre: veo en La Primera, de TVE, Operación Walkiria. O en versión original: Valkyrie (2008). Es una película norteamericana protagonizada por Tom Cruise y dirigida por Bryan Singer. En dicho film, Cruise interpreta a Claus von Stauffenberg, el coronel que encabezó la organización y la trama del atentado contra Adolf Hitler el 20 de julio de 1944. La película es entretenida y no tiene anacronismos destacables. Me entrego a ella.

Al acabar la película leo. ¿Qué cosa? HHhH (2011), de Laurent Binet. Es una novela dedicada a Reinhard Heydrich, jefe de la Gestapo. En 1942, dos miembros de la Resistencia aterrizan en paracaídas en Praga con la misión de asesinarlo. ¿Qué ocurre? Leo con furia, con un interés que ya no recordaba, esta historia en la que se mezclan ficción e historia. Debo escribir una reseña de este libro y me felicito por la elección. Me doy cuenta de que la chiripa ha hecho que coincidan tres obras sobre la resistencia alemana: las leo o las veo.

Compromiso y distancia. Cuando hablo del pasado reciente, hay personas que me preguntan qué es la historia objetiva, cómo puede alcanzarse si aquello que analizamos está muy cerca. Al sentirte concernido, ¿cómo haces para no juzgar subjetivamente?, me dicen. ¿No será mejor dedicarse a lo remoto?

A eso suelo responder añadiendo: el rigor no se logra necesariamente cuando tratamos objetos distantes. El historiador se siente comprometido con su tiempo, pero no convierte el pasado en mero reflejo de sus obsesiones o emociones. Es más: un hecho lejano en el tiempo y en el espacio  –un suceso auténticamente viejo– puede provocarnos e incitarnos hasta el punto de hacernos perder el equilibrio o los concordantes.

Podemos vivir como una herida aún abierta lo que es una vejación antigua y ajena. Podemos vivir como una gloria propia lo que es algo remotísimo e inerte. Cada vez que llega el Once de Setembre (en Cataluña), el Nou d’Octubre (en Valencia) o el Doce de Octubre (en España) siento lo mismo: una enorme distancia, un abismo de siglos, tedio. Por eso repito ilustración. Ustedes me perdonarán, pero las fiestas patrióticas no me conmueven. Tampoco el pasado que tomamos como reflejo actual o la historia como justificación del presente.

¿Qué es lo deseable? Lo ideal es no volcar sobre los antecesores lo que nosotros hacemos o no hacemos. Debemos mantener la distancia crítica y debemos hacer autocrítica. La primera supone contextualizar e interpretar las acciones (no compartirlas necesariamente). La segunda implica analizarse uno a sí mismo: ¿por qué abordo esta figura?, ¿por qué me interesa este hecho?, ¿en qué me afecta? Lo que investigo o sobre lo que leo está en un documento o en un libro. Permítanme repetir la pregunta obvia: ¿quién dice qué a quién con qué medios y con qué efectos?

Hemeroteca:

Mercurio, núm. 134 (octubre de 2011), Reseña de La cultura de Weimar, de Peter Gay, por Alejandro Lillo

Hemeroteca del día:

Justo Serna, “San Para Mí”, El País, 5 de octubre de 2011

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