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Todos somos intelectuales. Si es por pensar y juzgar, todos somos filósofos, decía Antonio Gramsci. Vemos y nombramos, damos sentido a las cosas y evaluamos. Ahora bien, con frecuencia eso lo hacemos de carrerilla: con creencias o ideologías que se nos imponen. ¿Qué es lo preferible? ¿Hablar de prestado, pasivamente?

No, responde Gramsci. Hay que pensar y juzgar con autonomía y con crítica: cada persona debe interrogarse sobre lo que hay, sobre lo que ocurre y sobre sí misma, participando activamente en la historia del mundo. Si no lo hacemos nos impondrán opiniones e ideas ajenas: nos someteremos con docilidad.

Todos somos intelectuales. Discurrimos y creamos, nos expresamos e intervenimos en la sociedad. Son intelectuales quienes cumplen esa función y quienes se comprometen públicamente, analizando y exponiendo sus resultados. En principio, no todas las personas desempeñan dichas tareas.

En realidad, cada una puede hacerlo: si de lo que se trata es de pensar y juzgar, la convocatoria es común. Hacen falta voluntades y razones, gentes decididas a pensar por sí mismas, decididas a intervenir y a comunicarse. Eso nos pone en un compromiso: es decir, nos compromete.

Antonio Gramsci fue un filósofo italiano, un intelectual antifascista. Pero fue también un hombre corriente. Murió en 1937, tras años y años de cárcel. En la celda no dejó de pensar y juzgar el mundo terrible que le tocó vivir: razonó, escribió y anotó sin acobardarse.

Sus cavilaciones siguen siendo actuales y nos ayudan a evaluar nuestro propio mundo. ¿Quién piensa por nosotros? ¿Quién nos impone la visión y la versión de las cosas? Gramsci vuelve para proclamar la autonomía del pensamiento y el compromiso de la razón. Necesitamos observadores críticos: necesitamos observar críticamente.

Justo Serna y Anaclet Pons han seleccionado, traducido, introducido y editado nuevamente las anotaciones de Antonio Gramsci en un libro titulado ¿Qué es la cultura popular? El resultado es un volumen de reflexión, un conjunto de instrumentos, una caja de herramientas intelectuales. La destapa Ana Noguera.

Presentación de ¿Qué es la cultura popular?, de Antonio Gramsci (Publicacions de la Universitat de València). El texto superior es un reclamo, una invitación al acto de presentación  del libro de Gramsci del que somos editores, traductores e introductores Anaclet Pons y yo mismo. El acto se realiza gracias a Fran Sanz y a otros amigos (vinculados a Esperanza socialista).

Día, hora y lugar de presentación:

Miércoles 15 de febrero de 2012 a las 19,30 h. en el  OCTUBRE. Centre de Cultura Contemporània
C/ Sant Ferran, 12 – 46001 València
 Presenta el acto

Francisco Sanz.
Abogado. Miembro de la Plataforma Esperanza socialista. Manolo Mata.

Presentan el libro

Ana Noguera Doctora en filosofía, miembro del Consell Valencià de Cultura y profesora de la UNED de Valencia

Anaclet Pons Coautor del libro y profesor de Historia Contemporánea de la Universitat de València

Justo Serna Coautor del libro y profesor de Historia Contemporánea de la Universitat de València

Entidades

Publicacions de la Universitat de València

Esperanza socialista. Manolo Mata  

Octubre. Centre de Cultura Contemporània

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Ronald Fraser. En busca de un pasado

Uno. Cuando se escribe una nota necrológica hay un precepto: no se debe escribir del fallecido si es hablar de uno mismo. Esta regla se incumple frecuentemente, casi siempre. Queriendo decir algo de la persona que abandona la vida terminamos hablando de la persona que nos abandona.

Acabo de leer un obituario que Julián Casanova dedica a Ronald Fraser, historiador británico afincado en España: concretamente en Valencia. El investigador español termina diciendo: “Ronnie me honró con su amistad, en Londres y en España, y para mí siempre fue una referente en el aprendizaje de cómo imaginar y escribir historias. Yo lo recordaré y se lo recordaré a otros”. Como pueden ver, Julián Casanova incumple punto por punto ese precepto y su sentida nota acaba siendo exactamente la despedida de un amigo.

Dos. Al hablar de Ronald Fraser es difícil seguir esa regla de la distancia y la objetividad que imponen las necrologías: se dejaba querer, era muy próximo, mostraba interés manifiesto por lo que hacían los historiadores españoles. Precisamente por eso, yo también incumpliré esa norma: lo conocí, lo traté y siempre me dedicó una generosa atención. “Te leo”, me decía siempre que me veía. Aurora Bosch, su compañera, y colega de mi Departamento lo corrobora. Y al escuchar eso yo sentía un orgullo y mucho apuro.

Era un hispanista, sí, pero sobre todo era un investigador paciente, inquisitivo, amante de la documentación. Era muy escrupuloso con las fuentes históricas, razón por la cual podía emplear años y años en las pesquisas que llevaba a cabo: principalmente, las contiendas, los conflictos españoles. Había nacido en 1930 y, sin duda, la Guerra Civil lo marcó, como marcó a toda una generación de jóvenes intelectuales que crecieron  y maduraron en Gran Bretaña bajo el mito del antifascismo y con la leyenda remota de la lucha peninsular. Desde el Romanticismo hasta hoy, muchos ingleses han vivido y se han sentido atraídos y desazonados por el caso español: lo peculiar, lo castizo y lo mediterráneo, pero también el coraje, el valor y la gallardía de unos meridionales que sabían expresar sus inquinas y que sabían expresarse sin la censura que impone la corrección británica.

Hoy se escribe justamente de Recuérdalo tú y recuérdalo a otros (1979) o de La maldita guerra de España (2006). Se habla muy merecidamente de ambos volúmenes de Fraser. Yo mismo aún recuerdo cuando siendo muy joven leí la entrevista que se le hizo en El País a propósito de aquel libro de 1979. Ahora la hemeroteca me devuelve esas palabras.

Tres. Pero, de todas sus obras, aquella que más me interesó fue En busca de un pasado (1987): una inspección inmisericorde en la historia particular, una indagación sobre el parentesco, sobre la progenie. El prólogo español lo firmaba Carlos Castilla del Pino… Fraser se valía del psicoanálisis para hablarnos de la familia, gente de las clases distinguidas británicas: de un padre severo con altas responsabilidades y de una madre norteamericana, cariñosa, jovial y siempre ausente, a la que idolatraba. Hablaba de su hermano, de su tata alemana de la que se tuvo que despedir, y hablaba, en fin, de esa Inglaterra que se enfrentó bravamente al nazismo, esa Inglaterra que algunos de nosotros también hemos idolatrado.

El subtítulo del libro lo decía todo: La mansión, Amnersfield, 1933-1945. Una mansión es un recinto por descubrir y, seguramente, es un símbolo materno. Pero una mansión es una mansión es una mansión. Leí En busca de un pasado hace veinte años en un ejemplar que me prestó Isabel Burdiel. Les estoy muy agradecido: a Isabel, por haberme descubierto esa obra; y a Ronnie, por haberme mostrado que el historiador no estudia cosas ajenas, distantes; sino asuntos propios, materias que directamente le conciernen y le conmueven.

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