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Uno. ¿De qué sirve un libro que habla de otro tiempo? Vivimos al instante y lo antiguo nos parece algo remotísimo y sin valor. Sin embargo, lo sucedido es lo que aún afecta. En este libro nos preguntamos sobre lo que nos asemeja a nuestros antepasados y sobre lo que nos distancia.

El presente dura.

Dos. En El País publico un artículo que he titulado Los burgueses de Valencia. Es una columna en la que indico apretadamente qué pueden encontrar en este libro que se presenta ya mismo, el jueves 23 de febrero, en la Librería Tirant Lo Blanch  de Valencia (Artes Gráficas, 14). A las 20:15 horas. Tras el acto habrá un piscolabis muy cumplido que debemos a la generosidad del editor: desde vino a tortilla de patatas con otras delicatessen. ¿Se lo van a perder?

Un artículo lo escribes en poco tiempo. Si tienes cierta habilidad y algo de experiencia, los párrafos te salen solos. Pero un libro, un libro de investigación, cuesta. Lo diré tontamente: cuesta horrores. Exigen mucho esfuerzo y mucha dedicación. Durante semanas y semanas, incluso durante meses, hemos estado escribiendo, retocando, ampliando, corrigiendo Los triunfos del burgués. Durante mucho tiempo hemos estado documentándonos. ¿El fin? Poder redactar esas páginas.

Pensemos una cosa: para escribir de la Valencia del siglo XIX hay que trasladarse a la localidad de aquella época. ¿Y cómo se hace eso?  El documento siempre es algo indirecto, vicario: un medio para saber lo que nunca podrás ver o repetir; para saber algo de lo que ocurrió o algo de lo que pensaron, sintieron o fantasearon los antepasados. Obtienes informaciones, sí, pero siempre son insuficientes. La intimidad o la verdad no siempre se revelan, y lo general y lo colectivo no siempre se describen con nuestra perspectiva. Hemos de hacer un esfuerzo para captar lo que queda oculto, reservado, lo que no se detalla; y hemos de hacer un esfuerzo para averiguar de qué modo vivían lo público.

Las vidas de aquellos individuos se parecen a las nuestras. Se parecen lejanamente. Tenían familias, tenían casas, tenían coches. Padecían enfermedades, fallecían, enterraban a sus muertos. Paseaban y dedicaban horas al ocio, al dolce far niente. Y trabajaban: procuraban su beneficio y esperaban dejar patrimonios y bienes a sus herederos. Pero su modo de mirar era distinta; su manera de percibir las cosas era diferente. El mundo de ayer no es la sociedad de nuestros días: una perogrullada que hay que probar sobre el papel. Y creo, sinceramente, que lo demostramos en un relato que es colectivo. Pero con muchos detalles y pormenores: podemos decir que es también un ejercicio de microhistoria.

Aparte de nuestros familiares, son muchas las personas que nos ayudado. Para empezar, por ejemplo, Joan Romero, que dirige la colección y que confió en nosotros con mucho entusiasmo. O, por ejemplo también, Alejandro Lillo, que leyó el original, el texto primitivo: nos hizo sugerencias y nos mejoró lo que a veces resolvíamos con descuido. Y, por supuesto, otros colegas y amigos que, sin haber leído aún este libro, nos han escuchado y soportado cuando hablábamos de cosas de otro tiempo: de un mundo que no es nuestro, pero del que quedan muchos vestigios.

Hemeroteca

Justo Serna, “Los burgueses de Valencia”, El País Comunidad Valenciana, 22 de febrero de 2012


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