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No tengo palabras

27 febrero 2012

Uno. El día 18 de diciembre de 2011 escribí Las ilusiones, una entrada en este blog en el que arrancaba celebrando la impresión que una película me había causado. Me refería a The Artist (2011).

Disfruté con sencillez, con emoción y, justamente, con ilusión. Las ilusiones son expectativas, la esperanza de que las cosas puedan funcionar de otra manera.

En dicho film, cuando todo parece estar perdido y cuando todo se arruina sin remedio, la porfía y la camaradería te sacan del estupor.

Las ilusiones son también los embelecos que nos alivian, las fantasías en que queremos creer. La vida sin ficción sería sencillamente insoportable.

No aguantamos, en efecto, un exceso de realidad. Total, si vamos a morirnos, ¿para qué vamos a amargarnos constantemente? ¿Justifica eso la mentira? En absoluto, justifica la recreación de lo real, su enmienda. 

Ese día, 18 de diciembre, escribí lo que abajo reproduzco. No sé si estaré equivocado.

La alegría. Veo The Artist (2011), dirigida por Michel Hazanavicius. Está protagonizada por Jean Dujardin, Bérénice Bejo, James Cromwell y John Goodman, entre otros. Conocía el trabajo de John Goodman, aquí un perfecto secundario, pero ignoraba el buen hacer de Dujardin o Bejo. He tardado mucho tiempo, demasiado tiempo. Es una suerte haberlo descubierto.

Acudimos a la primera sesión, a la del estreno: el viernes 16 de diciembre a las 16:30. Llevábamos una semana de mucho trabajo y creímos que era un obsequio que nos merecíamos. Fue una recompensa. Lo indiqué días atrás cuando hablaba de cine, del cine puro. ¿Hay algo más satisfactorio que un film que cumple las expectativas o que te da incluso más de lo que tenías previsto?

He contemplado una película con fotografía de Guillaume Schiffman en blanco y negro sencillamente excepcional. Sin palabras. Durante meses he podido vivir ignorándolo todo sobre este film. Fui al estreno con muy pocos datos, sabiendo sólo que era una historia bien contada, bien interpretada, bien dirigida. Nada más. El resultado es superior a lo esperado. Simplemente es una obra de arte que no tendrá continuidad, una recreación muda de la cinematografía.

Me ha hecho recordar esa época gloriosa que homenajeó Paul Auster en El libro de las ilusiones (2002). En aquella novela, David Zimmer, escritor en horas bajas, emprendía una investigación sobre Hector Mann, un cómico del cine mudo. Esta pesquisa, trepidante, le devolverá la vida.

A su manera, The Artist nos hace regresar al cine mudo, a la vida. Y nos alecciona sobre la importancia del ruido, de los miedos; nos enseña el significado de la expectativa, del fracaso. Y nos muestra qué es la alegría, bailar con arte y dicha. No tengo palabras.

Pero he de seguir. Todo gira. El protagonista se llama Georges Valentin. Es, evidentemente, un trasunto de Rodolfo Valentino y John Gilbert. O, mejor, un híbrido de ambos. Ahora bien, eso es lo de menos. ¿Y qué es lo de más? Saber contar una historia que nos habla de hoy, de la actualidad, con personajes y circunstancias de antaño. Que nos habla… sin decir palabras. Saber plantear un problema universal y constante sin didactismos, sin pedagogías pesadas, pero sí pensadas.

¿Qué ocurre cuando todo cambia y tus habilidades son de otro tiempo? ¿Cómo adaptarse a un contexto que se transforma sin cesar? Tus virtuosismos ya no sirven o al menos ya no te los valoran en un cine que muda, en un mundo de furia y ruido. El presente es algo indescifrable y el porvenir ya no puedes adelantarlo. ¿Tienes algo que hacer? ¿Compadecerte?

No te apiades. Mantén la ilusión. Las ilusiones no son sólo embustes. También son propósitos, metas que nos sacan del aturdimiento o que nos obligan a actuar, a movernos. Eso es un engaño, dirán el escéptico o el pesimista. Y sí: el cine es una ficción, pero una ficción de la que es posible regresar, de la que puedes salir. ¿O no?

Dos. He titulado este post así, con esa frase ambigua: No tengo palabras. Alude, claro, a la película muda que tanto nos sedujo cuando la vimos. Alude también al silencio en que permanece su protagonista: no hay palabras sólo ruidos ambientales que tanto le sorprenden cuando los descubre.

Los cosas hacen bam, bang, bap, bash, blam, blink, bloop, blup, blum, boing, bong, bonk, catacroc, chaf, chas, chomp…: miles de ruidos que las onomatopeyas tan bien, tan precisamente, registran en el cómic.

Uno de los libros más instructivos y bellos que tengo es de Luis Gasca y Román Gubern. ¿Cómo se titula? Diccionario de onomatopeyas del cómic (2008). Gubern y Lasca, expertos en cómic, en cine, en comunicación, hacen inventario. Se nota que son especialistas: en sonidos y silencios. 

Cada día doy más importancia al silencio. En mi casa suele estar prendida la radio. Mis parientes son muy devotos del transitor. Mejor dicho, de los transistores. No es raro que tengamos encendidos varios aparatos con diferentes cadenas a la vez. Todo ello provoca en casa un estéreo incongruente.

No sé cómo se puede vivir así. Yo me lo tomo con humor. Y con resignación. Mientras suena todo eso, yo no hablo. Me quedo sin palabras.

_________________

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6 Responses to “No tengo palabras”

  1. Sigue... Says:

    Dos. He titulado este post así, con esa frase ambigua: No tengo palabras. Alude, claro, a la película muda que tanto nos sedujo cuando la vimos. Alude también al silencio en que permanece su protagonista: no hay palabras sólo ruidos ambientales que tanto le sorprenden cuando los descubre.

    Los cosas hacen bam, bang, bap, bash, blam, blink, bloop, blup, blum, boing, bong, bonk, catacroc, chaf, chas, chomp…: miles de ruidos que las onomatopeyas tan bien, tan precisamente, registran en el cómic.

    Uno de los libros más instructivos y bellos que tengo es de Luis Gasca y Román Gubern. ¿Cómo se titula? Diccionario de onomatopeyas del cómic (2008). Gubern y Lasca, expertos en cómic, en cine, en comunicación, hacen inventario. Se nota que son especialistas: en sonidos y silencios.

    Cada día doy más importancia al silencio. En mi casa suele estar prendida la radio. Mis parientes son muy devotos del transitor. Mejor dicho, de los transistores. No es raro que tengamos encendidos varios aparatos con diferentes cadenas a la vez. Todo ello provoca en casa un estéreo incongruente.

    No sé cómo se puede vivir así. Yo me lo tomo con humor. Y con resignación. Mientras suena todo eso, yo no hablo. Me quedo sin palabras.

  2. jplanas Says:

    Esto del cine es algo raro… Me gustaron muchísimo más El árbol de la vida, La invención de Hugo y (casi) Los Descendientes… Y ayer mismo me quedé fascinado con Una semana con Marilyn. Con todo -y sé que no coincidimos- puede que Medianoche en París me gustara mucho más que todas esas juntas…

  3. jserna Says:

    Sr. Planas. Le agradezco mucho este comentario. Sólo me cabe decir un par de cosas. O tres. No he visto ‘El árbol de la vida’. No puedo opinar. No he visto ‘La invención de Hugo’. No puedo pronunciarme. No he visto (pero espero ver) ‘Una semana con Marilyn’. No puedo indicar nada.

    Pero sí que he visto ‘Los descendientes’. Voy a decir ciertas cosas en plan grosero.

    Siento discrepar completamente, sr. Planas. Me pareció una historia ternurista, políticamente correcta, hecha para lucimiento blando de George Clooney. Qué pesadez me pareció: conforme la veía me preguntaba cuándo acababa esta historia almibarada.

    ¿Por qué?

  4. jserna Says:

    ¿Por qué es tan majo el personaje que interpreta George Clooney? Tan consciente, tan razonable: en Hawaii. Vemos la película y de paso disfrutamos de vistas paradisíacas: me refiero al guapo Clooney. Pero tiene que parar. Está tan delgado que su cuerpo corre el riesgo de jibarizarse. Y la foto del cartel. ¿Qué me dicen? Con ese perfil tan serio, con el ceño fruncido. Todo esto lo digo por envidia.

  5. Juan Calabuig Says:

    Sin palabras me quedé yo también cuando hace algunos años, al desgarrar RRRIPPP! el envoltorio de un regalo navideño, me apareció este Diccionario de onomatopeyas del cómic WHOOPEE!!! Desde el principio, y como le pasa a don Justo, este libro pasó a ocupar un lugar de privilegio en mi biblioteca por su belleza. Pero si tenía alguna duda sobre su utilidad, pronto caí en la cuenta de que toda la familia acudiríamos a remirar entre sus páginas¡HMM-M, el regalo era mío y, a lo peor, hasta tendría que ponerme a la cola!: Mi mujer lo ha utilizado como material para componer su último libro de texto; mi hijo ha aprendido más entre sus onomatopeyas sobre el lenguaje del cómic que en su libro de lengua. Y por lo que a mí respecta: a menudo me suelo refugiar desordenadamente entre sus viñetas que muchas veces sirven como lenitivo para superar lecturas Z-Z-Z-Z. Luis Gasca y Román Gubern nos advierten en el prólogo de esta joya que “las palabras participan de la naturaleza de las cosas que designan”, y bien que lo puedo atestiguar: Este mes de febrero que ahora acaba ha sido de poco cine en esta casa por razones que han ido desde el contagioso AH-CHOOO! a la molesta COF! COF! pero por unanimidad de pareja, está claro que Los descendientes no ha superado nuestro primer YAWN y que El árbol de la vida de Malick sí que nos ha conmovido PLAS,PLAS,PLAS. El resto, amigos, mucha crítica, mucho BLABLABLABLABLA…

  6. jplanas Says:

    Qué bueno, querido Justo. Pero mi relación con el cine es mucho más desastrosa e intranscendente de lo que usted imagina. A Los Descendientes le puse un (casi) porque logré aguantarla algo más de tres cuartos de hora. Con The Artist me bastó media hora y un suspiro para abandonar. Las otras que le citaba, sin embargo, si creo que las vi al completo… Pero tampoco estoy muy seguro. Usted ya me sabrá entender :-P

    No obstante, también es cierto que cuando tropiezo con una película que de verdad me gusta la suelo ver varias veces. Blue Velvet, por ejemplo, y no tiene años ese film… Abrazos!


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