Etiquetas

, , , , , , , , , , ,

Uno. El día 18 de diciembre de 2011 escribí Las ilusiones, una entrada en este blog en el que arrancaba celebrando la impresión que una película me había causado. Me refería a The Artist (2011).

Disfruté con sencillez, con emoción y, justamente, con ilusión. Las ilusiones son expectativas, la esperanza de que las cosas puedan funcionar de otra manera.

En dicho film, cuando todo parece estar perdido y cuando todo se arruina sin remedio, la porfía y la camaradería te sacan del estupor.

Las ilusiones son también los embelecos que nos alivian, las fantasías en que queremos creer. La vida sin ficción sería sencillamente insoportable.

No aguantamos, en efecto, un exceso de realidad. Total, si vamos a morirnos, ¿para qué vamos a amargarnos constantemente? ¿Justifica eso la mentira? En absoluto, justifica la recreación de lo real, su enmienda. 

Ese día, 18 de diciembre, escribí lo que abajo reproduzco. No sé si estaré equivocado.

La alegría. Veo The Artist (2011), dirigida por Michel Hazanavicius. Está protagonizada por Jean Dujardin, Bérénice Bejo, James Cromwell y John Goodman, entre otros. Conocía el trabajo de John Goodman, aquí un perfecto secundario, pero ignoraba el buen hacer de Dujardin o Bejo. He tardado mucho tiempo, demasiado tiempo. Es una suerte haberlo descubierto.

Acudimos a la primera sesión, a la del estreno: el viernes 16 de diciembre a las 16:30. Llevábamos una semana de mucho trabajo y creímos que era un obsequio que nos merecíamos. Fue una recompensa. Lo indiqué días atrás cuando hablaba de cine, del cine puro. ¿Hay algo más satisfactorio que un film que cumple las expectativas o que te da incluso más de lo que tenías previsto?

He contemplado una película con fotografía de Guillaume Schiffman en blanco y negro sencillamente excepcional. Sin palabras. Durante meses he podido vivir ignorándolo todo sobre este film. Fui al estreno con muy pocos datos, sabiendo sólo que era una historia bien contada, bien interpretada, bien dirigida. Nada más. El resultado es superior a lo esperado. Simplemente es una obra de arte que no tendrá continuidad, una recreación muda de la cinematografía.

Me ha hecho recordar esa época gloriosa que homenajeó Paul Auster en El libro de las ilusiones (2002). En aquella novela, David Zimmer, escritor en horas bajas, emprendía una investigación sobre Hector Mann, un cómico del cine mudo. Esta pesquisa, trepidante, le devolverá la vida.

A su manera, The Artist nos hace regresar al cine mudo, a la vida. Y nos alecciona sobre la importancia del ruido, de los miedos; nos enseña el significado de la expectativa, del fracaso. Y nos muestra qué es la alegría, bailar con arte y dicha. No tengo palabras.

Pero he de seguir. Todo gira. El protagonista se llama Georges Valentin. Es, evidentemente, un trasunto de Rodolfo Valentino y John Gilbert. O, mejor, un híbrido de ambos. Ahora bien, eso es lo de menos. ¿Y qué es lo de más? Saber contar una historia que nos habla de hoy, de la actualidad, con personajes y circunstancias de antaño. Que nos habla… sin decir palabras. Saber plantear un problema universal y constante sin didactismos, sin pedagogías pesadas, pero sí pensadas.

¿Qué ocurre cuando todo cambia y tus habilidades son de otro tiempo? ¿Cómo adaptarse a un contexto que se transforma sin cesar? Tus virtuosismos ya no sirven o al menos ya no te los valoran en un cine que muda, en un mundo de furia y ruido. El presente es algo indescifrable y el porvenir ya no puedes adelantarlo. ¿Tienes algo que hacer? ¿Compadecerte?

No te apiades. Mantén la ilusión. Las ilusiones no son sólo embustes. También son propósitos, metas que nos sacan del aturdimiento o que nos obligan a actuar, a movernos. Eso es un engaño, dirán el escéptico o el pesimista. Y sí: el cine es una ficción, pero una ficción de la que es posible regresar, de la que puedes salir. ¿O no?

Dos. He titulado este post así, con esa frase ambigua: No tengo palabras. Alude, claro, a la película muda que tanto nos sedujo cuando la vimos. Alude también al silencio en que permanece su protagonista: no hay palabras sólo ruidos ambientales que tanto le sorprenden cuando los descubre.

Los cosas hacen bam, bang, bap, bash, blam, blink, bloop, blup, blum, boing, bong, bonk, catacroc, chaf, chas, chomp…: miles de ruidos que las onomatopeyas tan bien, tan precisamente, registran en el cómic.

Uno de los libros más instructivos y bellos que tengo es de Luis Gasca y Román Gubern. ¿Cómo se titula? Diccionario de onomatopeyas del cómic (2008). Gubern y Lasca, expertos en cómic, en cine, en comunicación, hacen inventario. Se nota que son especialistas: en sonidos y silencios. 

Cada día doy más importancia al silencio. En mi casa suele estar prendida la radio. Mis parientes son muy devotos del transitor. Mejor dicho, de los transistores. No es raro que tengamos encendidos varios aparatos con diferentes cadenas a la vez. Todo ello provoca en casa un estéreo incongruente.

No sé cómo se puede vivir así. Yo me lo tomo con humor. Y con resignación. Mientras suena todo eso, yo no hablo. Me quedo sin palabras.

_________________

Blog de JS en El País:

Presente continuo.

Con noticias de actualidad política.

En Los archivos de JS reservamos la reflexión literaria o propiamente cultural

About these ads