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El volumen de tapas rojas. Al ver su cara de sorpresa o estupor inmediatamente nos preguntamos qué libro está leyendo. Se trata de un cartel de César Barceló.

¿Es un astronauta o es un submarinista? ¿Se eleva hasta el espacio exterior o se sumerge en los fondos abisales? Tengo para mí que es un viajero de las estrellas. Parece haberse detenido para leer. O está suspendido, flotando.

Hay algo urgente, irrefrenable, en dicha operación. No ha tenido tiempo de sacarse el casco. O quizá no puede quitárselo porque le faltaría el oxígeno. Atrapa con fuerza el volumen de tapas rojas. Promete lo mejor: de sus páginas se desprenden letras. Sólo hay que ver el rostro de incredulidad, de miedo incluso, que se le ha puesto al viajero.

Los lectores somos muy cotillas y envidiosos: ¿qué libro le puede estar provocando dicha reacción? No distinguimos el título. Habrá que ir a la Feria del Libro de Valencia para encontrar esa obra que augura lo mejor.

Hay que ir. Quienes acudimos regularmente a las librerías, este evento no nos hace comprar más: simplemente lo hacemos a lo largo del año. Pero una Feria en el Jardín de Viveros durante un par de semanas de primavera es una tentación a la que es difícil resistirse.

Hay sol y multitudes, libros que aún no tienes y amigos que allí reencuentras. O sea, que hay que ir, hay que acercarse por la mañana o por la tarde, en día laborable o en festivo, para beneficiarse de los descuentos, para enterarse de las preferencias de los libreros. Etcétera. Acicálense, póngase las gafas ahumadas y disfruten. Verán cómo se les pinta la felicidad en el rostro. Observen a su izquierda: no hay persona más bella y elegante. Así se nos pone la cara..

Yo no soy librero, pero leo volúmenes y escribo reseñas. Me permitirán que ahora inicie un post –aquí y en Presente continuo, mi blog en El País– para sugerirles novedades. O para recordarles clásicos que aún nos conciernen. Como se dice en ¡Absalón, Absalón! (1936), “la mayoría de las acciones que puede realizar el hombre, sean malas o buenas, obtengan recompensa, alabanzas o reprobación, habían sido realizadas ya, y sólo podían aprenderse en los libros”. Siempre me gusta repetir ese dictamen de William Faulkner.

Empezamos… 

Tristes tópicos. ¿Somos originales? ¿Pensamos las cosas que decimos? De repente, un día tengo una idea. Constato que no repito lo que otros antes ya habían escrito. Cuidado, nos advierte André Comte-Sponville, una idea nueva tiene muchas probabilidades de resultar una estupidez. Eso que digo y que creo distinto puede ser una repetición; o aquello que afirmo y que juzgo inaudito puede ser una ocurrencia.

La originalidad o el ingenio incomodan. Los seres humanos solemos ser rutinarios: simplemente reiteramos lo que ya ha sido dicho. Con eso evitamos la cogitación, la faena de pensar. Pero hay personas que cavilan de verdad: que meditan y que evitan la mera ocurrencia o la pura repetición. Son individuos que se interrogan sobre lo que creen.

La cultura humana está hecha de experiencia y de singularidad. Está hecha de ideas ya consumadas y de originalidades. La humanidad avanza a golpes de ingenio. Los grandes del pensamiento nos fuerzan a ver las cosas de otra manera. Pero la humanidad también es mecanismo: frases comunes, tópicos mil veces repetidos. ¿Para que nos sirve un tópico? Pues para eso: para evitar el ingenio, para no tener que ingeniárnoslas, para sentirnos acompañados en los lugares comunes.

Aurelio Arteta ha escrito un libro que es un preservativo contra el tópico, un antídoto contra la pereza. Arteta es filósofo moral y justamente por ello hace una historia del pensamiento descuidado, de las negligencias. La obra se titula Tantos tontos tópicos (2012). La podría haber titulado Tantos tristes tópicos (como él mismo admite en alguna página). Los califica de tontos porque corroboran la necedad. Son tristes porque confirman nuestra abulia intelectual. Pensar es darle vueltas a lo evidente; aunque también es darle la vuelta a lo evidente. Pero es sobre todo hablar por uno mismo evitando ser mero portavoz de ideas ajenas.

En los tiempos actuales, los tópicos tienen dos fuentes: la tradición y el refrán, por un lado; y la publicidad y la propaganda, por el otro. O, en otros términos, con las frases hechas suturamos nuestras heridas, sellamos el miedo que lo inesperado nos provoca: y lo inesperado es la muerte; el dolor o, simplemente, la vida. El tópico es ganga verbal, adhesión a las convenciones y a las percepciones corrientes. El pensamiento es un esfuerzo contra el sentido común, contra las evidencias que se imponen y sobre las que no nos interrogamos, decía Émile Durkheim, siempre tan preocupado por el estudio de la moral. Si los tópicos son repeticiones y vulgaridades, ¿de qué sirve hacer un inventario o de qué sirve analizarlos? Arteta pisa terreno firme: el lugar común. Si examinamos el repertorio de frases hechas, averiguaremos lo endeble de nuestras construcciones; averiguaremos por qué nos dejamos llevar, por qué nos dejamos arrastrar por el engaño y las ilusiones.

En el País Vasco, Arteta se ha destacado como pugnaz oponente de lo obvio, de lo presuntamente obvio. Con sus libros y con sus artículos ha cavilado y ha demostrado que lo que muchos creían necesario y fatal no era más que vagancia o cobardía. Tantos tontos tópicos es un manual de instrucciones o una caja de herramientas: como un artificiero o como un sutil mecánico, Arteta desactiva los mecanismos colectivos, los engranajes a los que los individuos se dejan encadenar. Ataca lo políticamente correcto y para ello, con inteligente paradoja, se vale de la tradición, del mejor pensamiento heredado. Esto no es filosofía corriente: es filosofía práctica.

Reseña publicada en la revista Mercurio, abril de 2012.

27 de abril de 1937: muere Antonio Gramsci. Hoy, precisamente hoy, 27 de abril de 2012 hace setenta y cinco años de su fallecimiento: eso me decía ayer mismo. ¿Tenemos algo que celebrar? Lo he indicado con frecuencia y con tono rabioso, casi infantil: la muerte es un escándalo, algo incomprensible de lo que no nos alivia la vida eterna.

Gramsci fue un pensador modesto, alguien inquieto que no paraba de escribir, que no dejaba de evaluar, de comparar. Leía con voracidad y con pasión: lo alto y lo bajo, las grandes obras y la morralla. Se nutría, se valía de la letra impresa para entender el mundo. Y para comprenderse a sí mismo: un tipo de origen plebeyo, popular, que alcanzó un puesto destacado en un sitio distante, ajeno a su raíz.

Hace unas semanas, con motivo de la presentación de ¿Qué es la cultura popular? (PUV, 2012), un libro que hemos editado Anaclet Pons y yo, decía las palabras que abajo reproduzco. Me permitirán que ahora las repita y las enlace: sirven como reclamo para la Feria del Libro de Valencia y sirven como homenaje a un autor todavía intempestivo:

Todos somos intelectuales. Si es por pensar y juzgar, todos somos filósofos, decía Antonio Gramsci. Vemos y nombramos, damos sentido a las cosas y evaluamos. Ahora bien, con frecuencia eso lo hacemos de carrerilla: con creencias o ideologías que se nos imponen. ¿Qué es lo preferible? ¿Hablar de prestado, pasivamente?

No, responde Gramsci. Hay que pensar y juzgar con autonomía y con crítica: cada persona debe interrogarse sobre lo que hay, sobre lo que ocurre y sobre sí misma, participando activamente en la historia del mundo. Si no lo hacemos nos impondrán opiniones e ideas ajenas: nos someteremos con docilidad.

Todos somos intelectuales. Discurrimos y creamos, nos expresamos e intervenimos en la sociedad. Son intelectuales quienes cumplen esa función y quienes se comprometen públicamente, analizando y exponiendo sus resultados. En principio, no todas las personas desempeñan dichas tareas.

En realidad, cada una puede hacerlo: si de lo que se trata es de pensar y juzgar, la convocatoria es común. Hacen falta voluntades y razones, gentes decididas a pensar por sí mismas, decididas a intervenir y a comunicarse. Eso nos pone en un compromiso: es decir, nos compromete.

Antonio Gramsci fue un filósofo italiano, un intelectual antifascista. Pero fue también un hombre corriente. Murió en 1937, tras años y años de cárcel. En la celda no dejó de pensar y juzgar el mundo terrible que le tocó vivir: razonó, escribió y anotó sin acobardarse.

Sus cavilaciones siguen siendo actuales y nos ayudan a evaluar nuestro propio mundo. ¿Quién piensa por nosotros? ¿Quién nos impone la visión y la versión de las cosas? Gramsci vuelve para proclamar la autonomía del pensamiento y el compromiso de la razón. Necesitamos observadores críticos: necesitamos observar críticamente [Leer más aquí]

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