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Javier Marías, Los enamoramientos…

4 junio 2012

Cero. Mi reseña de Los enamoramientos (2011), de Javier Marías, figura en primer lugar de los miles y miles de páginas que Internet registra sobre dicha novela. No es gran mérito. Ojos de Papel funciona. Y un servidor –que no el servidor– se atiene a lo prescrito. Con legítimo orgullo, no obstante, les reproduzco el texto y el enlace que lleva a dicha revista. Vivir para ver. Ésta es la glosa que publiqué hace un año y pico. Ustedes perdonarán esta fanfarronada.

Uno. Empecemos con una crítica, tal vez muy del gusto del articulista Javier Marías: vivimos en época de brevedad y fragmentación, de urgencias y levedades, de falta de atención. Enseguida nos cansamos y dejamos de mirar, de inquirir. Los empeños cotidianos se nos multiplican y las prisas nos angustian. Toda clase de estímulos perturban nuestra vigilancia y nos distraen. En esas circunstancias, observar con detalle y conjeturar sobre lo que vemos es tarea difícil: muchas cosas nos incitan a cambiar de objeto o de curiosidad. Nada parece durar y si algo permanece, pronto nos aburrimos: todo se nos hace cuesta arriba. Tomémonos en serio la metáfora. Vivir es sortear o salvar obstáculos. Como leer. Para alcanzar la meta hay que poner tesón y proseguir, hacer ejercicio y oxigenarnos. Cuando conseguimos vencer esa resistencia, cuando logramos llegar con bien y complacidos, tras páginas y páginas, entonces nos sentimos dichosos y hasta eufóricos. Pero entonces, justamente entonces, ya todo está consumado. ¿Qué es llegar a la meta sino morir? Retengamos esta imagen. Eso es lo que se nos cuenta en Los enamoramientos, de Javier Marías, y esto es lo que nos pasa.

En el momento de redactar estas líneas, la novela del escritor madrileño va por la segunda edición. En tres semanas se han despachado cien mil ejemplares y encabeza la lista de los libros más vendidos. ¿A qué se debe este éxito? Sin duda hay una buena, una excelente promoción. Pero sobre todo hay dos cosas más. Primera: numerosos lectores fieles a Javier Marías, que han ido creciendo en número y en adhesión, compran la obra. Una nueva novela de autor predilecto será siempre convenientemente recibida. Bien mirado, este argumento no tiene sentido: una novela decepcionante es lo que peor perdonan los lectores devotos de un autor reconocido. ¿Entonces? Segunda cosa a añadir: la novela confirma las expectativas y por tanto corrobora lo que del escritor se espera. Este factor es determinante.

Ésa es la impresión que me causado. He leído Los enamoramientos con placer, con interés creciente y con inquietud, sin aparente esfuerzo, como si subiera una cuesta larga pero no empinada: como si no tuviera cuatrocientas páginas. El resultado es reparador y a la vez asfixiante: al final, cuando salimos de la novela, tenemos la impresión de que hemos llegado a la cima, sí, pero todo lo que creíamos ver está envuelto por la bruma. No tenemos seguridad de lo que hay más allá o de lo que hemos visto o entrevisto. Vamos adentrándonos poco a poco, con brújula, con paso errabundo y reflexivo, como suele decir el propio Javier Marías de su arte narrativo, y a la postre avanzamos con tiento y un poco a ciegas, con escasa luz. El lector, este lector, no sabe qué se va a encontrar a la vuelta de la página. Pero, además, ratifica la impresión de que el autor tampoco sabe gran cosa de lo que se avecina, de lo que va a resultar, cuando escribe y va concibiendo la novela. Es cuestión de esperar, de estar atentos y de ver qué puede ocurrir. Se trata de observar y de no cansarse al primer obstáculo, de no molestarse a la primera digresión o al primer inciso. ¿Y por parte del novelista? Es cuestión de ser coherente con los datos que proporciona: de ser congruente con las informaciones que va dando de cada uno de los personajes, de su pasado y de su presente.

Cuando hemos llegado al final, cuando completamos la historia que se nos cuenta y de la que en principio nada sabíamos con certeza, este lector lo admite: sale convencido e inquieto, como decía. ¿Por qué razón? Porque cuando creía leer una historia de levedad con toques humorísticos comprueba que ha leído una historia de gravedad y muerte con sarcasmos muy dolorosos. De entrada, esta revelación personal que hago no tiene interés alguno. Al fin y al cabo, lo que suceda a uno no es predicable para todos; tampoco significativo. Pero lo declaro porque Marías no me tenía ganado de antemano: debía convencer a un lector que lo sigue desde hace muchos años, un lector que lo ve venir. De nuevo, con los mismos recursos y con otra historia diferente, Marías persuade. ¿Y cuáles son esos recursos? La prosa demorada, de período amplio y de sintaxis retorcida, con su ritmo envolvente y quebrado, su discurrir parsimonioso, sus divagaciones, sus rodeos, sus amplificaciones. Marías aturde y a la vez nos hace reflexionar valiéndose de la elocuencia, de una locuacidad que se reparte entre los distintos personajes que hablan, cuyos discursos se reproducen en estilo directo, en estilo indirecto o en estilo indirecto libre: todos atentos a los indicios, a lo que se ve o entrevé o se barrunta; y todos convocados por una narradora, María Dolz.

Marías nos hace reflexionar en espera de lo que pueda suceder. ¿Y qué va a ocurrir? Ah. Que avancemos sin saber lo que va a pasar, que el escritor no tenga el mapa completo de su mundo de ficción, no significa que quepa cualquier cosa. Yo no veo trampas en Marías, sino el enrevesamiento propio de la vida. ¿De qué va la novela?, pregunta el curioso lector. Como dice Javier Díaz-Varela, un personaje importante de Los enamoramientos: “lo que ocurre en ellas [en las novelas] da lo mismo y se olvida una vez terminadas. Lo interesante son las posibilidades e ideas que nos inoculan y traen a través de sus casos imaginarios”. O como añade más adelante este mismo personaje: “la ficción tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da”.

A lo largo de la novela meditaremos sobre el amor y sobre el estado del enamoramiento: sobre las trampas que una mujer enamorada puede tenderse, sobre los esquivos encuentros con quien es objeto de esa pasión intermitente. Meditaremos sobre la traición y la amistad, sobre la delación y la impunidad, sobre lo que sabemos o no sabemos, sobre lo que retenemos y extraviamos cuando los otros ya no están, sobre la muerte. Porque este último asunto, la pérdida de quienes nos son más cercanos o nos son más importantes es la clave de esta obra y, casi siempre, el motivo constante de Javier Marías. Ya lo era en Todas las almas (1989), en Corazón tan blanco (1992). Como la traición ya estaba presente en El siglo (1983). Ahora en Los enamoramientos, una y otra vez vuelve sobre la disipación, sobre la desaparición, sobre la difuminación. Bien mirado –parece decirnos este novelista– es raro que aceptemos la muerte de quienes nos han ido conformando. No sólo los padres o los consanguíneos y afines, sino también esos otros individuos que sin tratarlos habitualmente estaban en nuestro paisaje. Creemos que sólo nos importan unas pocas personas y no es así. De repente, cuando los desconocidos o vagamente conocidos ya no están, cuando han muerto o nos han abandonado, descubrimos que también ellos formaban parte de nuestro entorno emocional. Aceptemos, pues, a quienes nos rodean y tratemos de pensar la vida sin ellos. De inmediato comprobaremos que la existencia es una continua amputación. ¿Cómo es posible vivir así, sin ellos?

María Dolz trabaja en una editorial y se codea con escritores. Su vida, la existencia de esta mujer de treinta y tantos años, es rutinaria y previsible. Cada mañana, antes de entrar a la oficina, desayuna en una cafetería de la parte alta de Príncipe de Vergara, en Madrid. Es un hábito saludable, pero no por la dieta, sino por la alegría que algunos parroquianos le dan. Todos los días, un hombre y una mujer hacen lo mismo que ella: desayunan antes de separarse. Parecen profesarse todo el amor, una ternura sin énfasis, sin ostentación. Ríen, sonríen y susurran con complicidad, con dicha. María los ve desde una mesa cercana y su satisfacción crece. Envidia su felicidad y a la vez les agradece interiormente el contento que le procuran. Hay personas que nos confortan, que nos infunden optimismo. Su simple presencia nos anima y nos ayuda a sobrellevar lo ordinario y lo repetido, que es el grueso de la existencia. Expresamente no hacen nada por nosotros, pero ese deleite que las envuelve, su dinamismo, su energía sensata o su placidez nos alivian de tanta carencia, de tanta duda, de tanto ultraje secreto o manifiesto que padecemos.

Observemos la fotografía de la cubierta. Es la imagen misma del optimismo y la felicidad. Pertenece a Elliott Erwitt, célebre retratista de la agencia Magnum. Es muy preciso lo que en una página Erwitt dice de su arte y eso que dice es muy pertinente para el caso de esta novela.

“Uno de los resultados más importantes que se pueden conseguir con la fotografía es hacer reír. Si además se altera la risa con las lágrimas, como ha hecho Chaplin, se logra la conquista más importante. Yo no apunto forzosamente tan alto, pero reconozco que se trata del objetivo supremo”.

En parte, eso es lo que nos confiesa María, la narradora de Marías. En una página de la novela leemos sobre esta gran verdad:

“Hay personas, que nos hacen reír aunque no se lo propongan, lo logran sobre todo porque nos dan contento con su presencia y así nos basta para soltar la risa con muy poco, sólo con verlas y estar en su compañía y oírlas”.

Y sigue: “Eran el breve y modesto espectáculo que me ponía de buen humor antes de entrar en la editorial a bregar con mi megalómano jefe y sus autores cargantes”. Más aún: era explícito “lo bien que lo pasaban juntos”, esa pareja tan elegante y cordial, risueños y simpáticos, pero no empalagosos ni edulcorados. De facciones gratas y expresión afectuosa, él lucía hoyuelo en su barbilla. Aún lo recuerda con precisión y todo detalle. Ambos sólo cruzaron con María Dolz “alguna mirada, de mera curiosidad, sin intención y jamás prolongada”. Sentada a una mesa de la cafetería, cerca pero no lo suficientemente cerca, la narradora los veía hablar. Hablaban, en efecto, y María se preguntaba de qué hablaban, pues “su conversación sólo me alcanzaba en fragmentos, o en palabras sueltas”. Trozos de una totalidad que se desconoce, cachitos de un entero que se ignora. ¿Qué significaba todo aquello, todas las voces malamente captadas, expresión de una felicidad ajena? La narradora y esa pareja nunca llegaron a hablar: apenas un par de gestos de reconocimiento o una ligera inclinación de cabeza. Y de repente, él muere.

Miguel Desvern o Deverne –pues hay dudas sobre su apellido—aparece fotografiado “en el periódico, apuñalado y medio descamisado y a punto de convertirse en muerto”. ¿Quién lo ha acuchillado? Por lo que cuentan las crónicas contradictorias de los diarios, el autor del crimen lo hizo “por confusión y sin causa, es decir, imbécilmente”. ¿Por su libre voluntad? ¿Inducido? Buena parte de la novela es una profunda disquisición sobre este particular y es también una inquietante reflexión sobre la conducta de los vivos, de los que permanecen. ¿Qué hacemos los que quedamos? Los deudos pronto olvidamos a nuestro muerto “y nos limitamos a darlo de baja”. Pronto nos acostumbramos a su falta. “No sé cómo lo resistimos, ni cómo nos recuperamos”, se dice María Dolz. La narradora, precisamente, se resiste a olvidar a esta pareja rota, que ella denominó la Pareja Perfecta, a estos seres –Miguel Desvern o Deverne y Luisa Alday– que le daban contento cada mañana mientras todos ellos, en sus respectivas mesas, desayunaban en aquella cafetería de la parte alta de Príncipe de Vergara, un suspiro o un alivio matutinos de felicidad, de felicidad conyugal.

¿Y las lágrimas, las lágrimas de la pareja que Elliott Erwitt no retrata en su bellísima instantánea? ¿Qué pasará cuando alguna de esas personas ya no esté? ¿En qué desamparo nos dejará? ¿Averiguaremos qué fue de ella? Y, en el caso de que entonces sepamos cosas que ignorábamos, ¿cuál será nuestra actitud? Los individuos somos seres decepcionantes. Pero no porque afectemos ser lo que no somos; no porque nos equivoquemos con las apariencias. Somos decepcionantes porque continuamente decimos –y nos decimos– lo falso; porque constantemente mentimos –y nos mentimos— con lo obvio, porque queremos aferrarnos a unas esperanzas que tienen mucho de quimeras. Creemos vivir como adultos, con soberanía y competencia, y resulta que pronto, bien pronto, descubrimos que somos dependientes de personas con las que ni siquiera tenemos trato cercano o íntimo, personas tan inconstantes o tan inestables como nosotros. La red de sociabilidad humana es verdaderamente asombrosa. ¿Cómo es posible que nuestras relaciones se basen en tantos supuestos y en tantas expectativas precarias?

El personaje principal de Los enamoramientos, María Dolz, cree vivir una experiencia de la que sabe lo básico, pero la pareja con la que no trata, los asuntos de los que hablan y los avatares de que participan son confusos, imprecisos, de significado incierto. Al menos para ella y por tanto para nosotros, dado que María es quien nos precisa los hechos y su interpretación. No es un problema de la novela. Es el objetivo de la novela. En este sentido, es una obra de gran realismo. En la vida suelen ocurrir muchas cosas. En las novelas, normalmente también: aunque hay datos no dichos, elipsis que abrevian, saltos en el tiempo, también en ellas se nos proporcionan muchas informaciones sobre hechos numerosos que pasan en el interior de esas ficciones. Los medios de comunicación nos han habituado a este modo de ver y de vivir lo real. La sucesión, la acumulación y la concurrencia de acontecimientos nos parecen lo evidente, lo natural. Todo ocurre a la vez y todo está pasando. Ese vértigo informativo es a la vez saturación.

¿Pero qué pasa cuando acotamos y a la vez profundizamos, cuando detallamos y reproducimos el transcurso del tiempo? Me refiero al tiempo real que pasa lentamente en un presente continuo en el que hay hechos y conjeturas sobre acontecimientos escasos. Si lo pensamos bien, así ocurre en nuestras vidas. Nos pasamos una parte importante de la existencia en suspenso, mudos, especulando: vaticinando lo que aún no ha ocurrido y no es presente. O nos pasamos una parte sustancial de la vida fantaseando, sopesando y columbrando lo que es pasado y ya no tiene remedio. O sí, porque los hechos dependen de sus relatores, de la historia que da significado a los acontecimientos que evocamos. Así lo decía Marías en Mañana en la batalla piensa en mí (1994) y en Negra espalda del tiempo (1998).

María Dolz reconstruye parte de esos hechos pretéritos mientras vive azarosamente un amor que nunca será conyugal. Es propiamente un enamoramiento, algo más ligero, provisional o imprevisible… La narradora será informada por su partenaire con sinceridad o con doblez, sin que nunca ella pueda asegurar la verdad del relato recibido. Amará sin esperar gran cosa; seguirá trabajando en la editorial sin dejar de detestar a los escritores, tan maniáticos y hasta pendencieros, tan involuntariamente cómicos. Pero sobre todo María Dolz cavilará y reconstruirá para nosotros los lectores lo que cree que otros personajes piensan, dicen o hacen. Presumirá constantemente, predecirá retrospectivamente. ¿Por qué razón? Porque sabe poco y lo poco que sabe es incierto, equívoco y posiblemente falso o engañoso. La novela es, pues, un relato posible, una reconstrucción virtual de lo que pudo ocurrir. María se esfuerza en dar significado a las cosas y para eso tiene tratos con algún amigo cercano de Miguel y de Luisa: con Javier Díaz-Varela, ese a quien antes mencionábamos. Es éste un personaje de rasgos reconocibles que yo aquí no desvelaré. No es escritor pero frecuenta a literatos, a profesores de literatura (como ese Profesor Rico a quien ya veíamos en Tu rostro mañana, 2002-2007). Y tendrá tratos con Ruibérriz de la Torre, vinculado a Díaz-Varela y a la postre un tipo chulesco e impulsivo (que ya conocíamos por Mala índole, 1998).

Con Díaz-Varela y con Ruibérriz, con sus presencias reales, María vive una historia distinta, una historia propiamente humana, dudosa, sin compromisos firmes y con miedos: te doy para que me des; te digo para que me digas. Buena parte de la novela es el diálogo que mantienen María y Javier. Lo narra ella, pero reproduciendo largos pasajes en estilo directo. Así, los lectores accedemos o creemos acceder a lo que Javier sostiene y defiende. Es un tipo de verbo inflamado que sermonea, que discursea, que incluso conferencia privadamente; un tipo que se vale de ejemplos literarios (Balzac, Dumas) para ilustrar sus pláticas. ¿Por pedantería? No es una afectación o una impostación: simplemente, él es así. Vive la literatura como si las novelas fueran exámenes potenciales y de ellas extrae enseñanzas. Pues bien, todo lo que leemos y todo lo que María dice que dice Javier gira en torno a Miguel y a Luisa… María escucha y literalmente se embelesa. Ha de hacer esfuerzos para no dejarse atrapar por esa labia, por esos labios. Ha de hacer esfuerzos para no dejarse derrotar por la contundencia expresiva y corporal de Ruibérriz. Ella misma, después, nos contará las cosas con elocuencia, con extensión, pero sin discursear. Ella misma reproducirá para nosotros los largos parlamentos de Javier.

En esta novela hay ironía y hay desenvoltura, una expresión que se dilata y una reflexión sobre unos cuantos asuntos, una reflexión que se precipita en honduras. Hay palabras que vuelven como un ritornello –y al repetirlas adquieren resonancias nuevas– y hay una corriente de conciencia, una especie de monólogo y una confesión que informan y dan sentido: nos intrigan, nos hacen suspender el ánimo, en espera de lo que va a ocurrir o del significado real de las cosas. El lector no sabe y el autor parece saber menos que su narradora. María nos cuenta los hechos manifestando su sorpresa y confesando sus estados de ánimo, siempre pasajeros y sucesivos: conforme los incidentes suceden y se precipitan. Pero no hay vértigo de los acontecimientos… La prosa de Los enamoramientos activa un mundo calmo de gentes distraídas, atentas o preocupadas que toman decisiones, que realizan acciones, algunas punibles. O no. Sus páginas conforman un espacio suspendido, algo borroso, en el que los personajes entrevén y prevén, presumen y suponen, charlan y engañan.

Leemos algo que María nos cuenta y de cuya veracidad no tenemos pruebas. Relata y por ello creemos acceder a su intimidad. ¿Pero con qué fin narra esto que ahora leemos? ¿Por qué verbaliza lo que ve? ¿Por qué dice lo que siente, experimenta o sospecha? No sabremos la razón. Pero narrar siempre es un alivio, una forma de descargar lo que pesa o daña; o es un forma de justificarse, de legitimarse, de racionalizar lo que hicimos o dejamos de hacer. ¿Cuánto hay de verdad en este cuento de María? La narradora cree haber hecho cosas de las que se arrepiente o cree que ha dejado de hacer cosas que debería haber realizado. Todo eso nos lo detalla. Es, pues, muy precisa, pero al mismo tiempo confía en que ciertos hechos no se destapen, no se revelen. Confía en que determinados actos y pensamientos queden sin saberse. “No está de más que algunos hechos civiles, si es que no la mayoría, se queden sin registrar, ignorados, como es norma”.

Hay una constante en Marías: en esta novela y en otras suyas. Es el ocultamiento que indebidamente se ha revelado o amenaza con destaparse, un secreto que casi siempre se refiere a la muerte. Con frecuencia, el incipit en Marías ya adelanta el asunto: la revelación del arcano y la referencia a la muerte. Hagamos una breve enumeración de esos inicios. Empecemos con Corazón tan blanco:

“No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados”.

Prosigamos con Mañana en la batalla piensa en mí:

“Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda. Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento más inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo, y creemos que nadie que no esté previsto habrá de morir junto a nosotros. Muchas veces se ocultan los hechos o las circunstancias: a los vivos y al que se muere –si no tiene tiempo de darse cuenta– les avergüenza a menudo la forma de la muerte posible y sus apariencias, también la causa.

Y concluyamos con Tu rostro mañana:

“No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido. Contar es casi siempre un regalo, incluso cuando lleva e inyecta veneno el cuento, también es un vínculo y otorgar confianza, y rara es la confianza que antes o después no se traiciona, raro el vínculo que no se enreda o anuda, y así acaba apretando y hay que tirar de navaja o filo para cortarlo”.

Ahora, en Los enamoramientos, el motivo de la muerte también se sabe desde el principio:

“La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última que lo vio su mujer, Luisa, lo cual no dejó de ser extraño y quizá injusto, ya que ella era eso, su mujer, y yo era en cambio una desconocida…”

Pero la necesidad de ocultar es algo que sólo aparecerá más adelante conforme avancemos en el desarrollo de unos acontecimientos confusos o que la narradora ve o quiere ver como confusos. ¿Por qué? Repitamos lo que dice: que ciertos hechos civiles queden olvidados. Esto es, en la impunidad. ¿Pero, entonces, cómo es que leemos esta larga confesión? En principio, ella misma se dice: nadie va a juzgarme; tampoco hay testigos de mis pensamientos. ¿Cómo que no hay testigos? Eso no es exactamente así: la novela que ahora leemos es una exposición de dichos pensamientos. Nosotros somos cómplices. Lo evidente y lo enredado nos llegan gracias a ese caudal escrito, a ese torrente de revelaciones seguramente inexactas.

En primera persona, el yo narrador confiesa y expone, parafrasea a otros personajes y reproduce conversaciones. Pero sobre todo reconstruye hipotéticamente los actos, los pensamientos y los sentimientos de terceros: conjetura sobre lo que ellos mismos han podido conjeturar, de modo que nos hace ingresar en un mundo evanescente de círculos concéntricos; en un mundo hecho de posibilidades y de probabilidades –de actos y de significados potenciales–; en un mundo del que lo ignoramos casi todo y del que intuimos o sospechamos mucho más. El yo que habla supone y presupone con atención despierta o con recelo. Es una persona impresionable, también sugestionable, muy dada a profetizar lo que ya ha ocurrido. No sabe mucho de lo que ve: la muerte o su simple amenaza la dejan desamparada. Cavila y se abandona a reflexiones interminables, a presunciones.

Y el lector, tras cuatrocientas páginas, lamenta el fin, el cese de una narración que bien podría habernos llevado a una novela aún más extensa y meditabunda, a un cuento largo de intimidades que nos están vedadas. Cotilleamos, pues. Hay melodrama y hay suspense, hay una historia de amor no correspondido y hay costumbrismo, paradójico costumbrismo: una radiografía borrosa de almas que son fantasmales, sombra o voz. Todo transcurre en Madrid, en una novela “no necesariamente castiza”. Allí aparecen tipos locales y bien característicos, gentes inestables y poco constantes a las que también dañan el desaire, la traición, la pérdida. Es, pues, un retrato muy preciso. ¿O es más bien un autorretrato? ¿De quién?

Leer la reseña original en Ojos de Papel.

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One Response to “Javier Marías, Los enamoramientos…”


  1. Hola, nos ha gustado tu detallada reseña. La enlazamos en el perfil del autor en nuestra web:

    http://www.letrasdeencuentro.es/detalles.php?resenia=774&fuente=Los%20archivos%20de%20Justo%20Serna

    ¡Un saludo!


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