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Uno. La cueva de Juan Cueto. Por fin, El País -El País Semanal– se toma en serio las series. Las eleva a la categoría de gran arte narrativo. Digo por fin y deb0 desmentirme.

Gracias a dicho periódico aprendí a ver la tele. A examinarla. O gracias a Juan Cueto, que ha sido y es un maestro de la glosa y la ironía. A comienzos de la transición política, sus columnas en El País Semanal o en Triunfo eran sencillamente luminosas.

La cueva del dinosaurio: así se titulaba su colaboración periodística del diario. En ella se dedicaba a analizar la tele, sus emisiones. Lo hacía con una gracia y con una erudición descacharrantes. Miraba recta y esquinadamente.

El dato cinéfilo, la referencia académica, la broma: todo eso cabía en sus columnas. Y cabía en la revista tan culta y tan pop que fundó y dirigió: Los Cuadernos del Norte. Me admiraba que un profesor de filosofía, como era él, se ocupara de la caja tonta. Gracias a su desparpajo y lucidez, hoy podemos hablar de la televisión sin avergonzarnos.

De Cueto leí varios libros: La sociedad de consumo de masas (1982), Mitologías de la modernidad (1982), Exterior noche (1985), Pasiones catódicas (1995). Y, ahora, Cuando Madrid hizo pop (2011), una pequeña antología de algunos de sus mejores escritos periodísticos o ensayísticos. La verdad es que cada vez que hablamos de series deberíamos reconocer el magisterio y la guasa de Cueto.

Dos. ¿Tony Soprano contra Frank Furillo? Concebimos la vida como un certamen. El País ha organizado una especie de torneo televisivo entre las grandes series de las últimas décadas: prácticamente, todas americanas. Cada día, dos ficciones se enfrentan: a ver cuál es la que obtiene mayor número de votos de los lectores de elpais.com El primer día, la pareja de oponentes era Canción triste de Hill Street y Los Soprano.

Yo no voté. Ni pienso hacerlo en las sesiones siguientes. ¿Por qué he de elegir entre Tony y Carmela Soprano y Frank Furillo y la señorita Davenport? ¿Por qué he de optar entre Cristopher Moltisanti y el Sargento Phil Esterhaus? Pertenecen a épocas distintas: a los años ochenta y a la primera década del siglo XXI.

Por lo que parece, en ese primer combate ganó sobradamente Los Soprano con un 63,50% frente al 36,50% de Hill Street. Yo no puedo escoger. Ambas series me han cambiado la vida. La primera, que protagonizaba el Capitán Furillo, me pareció un prodigio ideado por guionistas listísimos: Steven Bochco y Michael Kozoll. La segunda, protagonizada por Tony Soprano, me pareció una obra maestra, una serie crepuscular que debemos a David Chase y finalmente a Matthew Weiner. En Ojos de Papel he hablado en un par de ocasiones: una, para analizar los títulos de crédito; otra para examinar las relaciones psicoanalíticas del mafioso con su terapeuta.

Como dice Tony García en El País:

“…no nos engañemos, la auténtica maestría de Los Soprano (y donde reside su mérito en el asalto al trono de mejor serie de la historia) reside en su inquebrantable voluntad de enterrar el género gansteril, de darle la puntilla. No ha habido más mafia (ni televisiva, ni cinematográfica) después de Tony, simplemente porque al convertir al icono más clásico de la delincuencia en un desgraciado abrazable saltan por los aires todos los automatismos emocionales con los que hemos crecido (el miedo a esa figura de leyenda que ordena y manda). Cuando al mafioso que podría estrujarnos con el meñique le brota la conciencia su imperio se tambalea: el pánico, y no la ley, entierra al rey y a los suyos. Si Los Soprano no es una obra maestra es que —efectivamente— tenemos un problema”.

He mencionado a Matthew Weiner, responsable de Mad Men, en la que Don Draper campea como un tiburón dañado. Pero podría haber aludido también a House (que examina David P. Montesinos) o A dos metros bajo tierra (que disecciona Alejandro Lillo). De estas series hemos hablado aquí, en este blog, en Ojos de Papel, en La cueva del gigante y en el muro que Rogelio López Blanco tiene en Facebook. En realidad, nos gusta debatir sobre ficciones que poco a poco van creando un mundo propio, que tienen pasado y un porvenir que vamos descubriendo, con personajes cuyas intimidades e inseguridades los humanizan.

Tres. Rita Barberá, todo un personaje. Escribe David P. Montesinos:

“Una conductora de autobús detiene el vehículo repleto de gente en la parada de turno, que a la sazón resulta ser la más cercana al domicilio de la mandamás consistorial. Ésta, que acaba de salir de un taxi, advierte que el autobús –“su” autobús– viaja adornado con carteles que le aluden directamente a ella acusándola de perezosa con los pagos. Visiblemente, enojada, la preboste –sospecho que ante la mirada atónita del chófer del coche oficial– se lanza como un toro bravo sobre el autobús. (A ver quién es el agente policial que se atreve a ponerle una multa si, con el encabritamiento, le dio por cruzar en rojo). En ese momento, y a grandes voces –a esto le han llamado sus portavoces “tuvo unas palabras”– recrimina a la conductora su sueldo de tres mil euros y pico y le conmina a arrancar urgentemente las insidiosas pegatinas. Reconózcanme que esta historia –obviamente ficcional– se le hubiera podido muy bien ocurrir a Eduardo Mendoza, pero, claro, como me la ha inventado yo no van ustedes a atribuirme ningún mérito”.

No hay tanta ficción… El señor Montesinos me lee los pensamientos. Adivinen de qué va, de quién va, mi columna de El País, que he escrito sin haber leído el comentario de David. Pues sí, han acertado: de doña Rita Barberá. La he titulado Tres mil y pico. Me refiero al sueldo que, según la alcaldesa, cobran los conductores de la Empresa Municipal de Transportes:

“…poca cosa si esa paga la comparamos con las mensualidades, las exenciones, las regalías o las dietas de que disfruta doña Rita Barberá. Tiene coche oficial las veinticuatro horas del día, dispone de uniformados durante todo el tiempo, pisa siempre la moqueta que otros asean, puede comer viandas de lujo y puede beber refrescos sin tasa, sin limitación. Y además no precisa subir al autobús…”

Como soy muy moderado y no quiero que me enchironen, procuro emplear sutilmente  la ironía: sin alcanzar, claro, la sorna de Montesinos. Leo también un post de Josep Torrent dedicado a la alcaldesa. Con el periodista comparto semejantes argumentos. Nos reiteramos, pero es que la señora Barberá parece repetir su papel.

Creo en efecto que estamos ante un personaje, todo un personaje perfectamente posible en cualquier enredo de Eduardo Mendoza. Llevo días y días releyendo varias novelas del escrito barcelonés. No saben lo que me estoy divirtiendo. La guasa aparentemente costumbrista de Mendoza mejora con los años y en relectura: todo es parodia sangrienta hecha, eso sí, con sutileza y mucha caballerosidad. Esto mismo lo trato en La imaginación histórica, el libro que la Fundación José Manuel Lara me acaba de premiar.

Rita Barberá no tiene un nombre tan jocoso como Marichuli Mercadal (una de las protagonistas de Una comedia ligera, 1996), pero merecería figurar en ese elenco de caracteres. ¿Ustedes imaginan? Hace tiempo pedí a Eduardo Mendoza que su nueva novela la ambientara en Valencia. Titulé la columna Milagros. Sin éxito: no conseguí doblegar la fijación que el escritor tiene con Barcelona. O a lo mejor es que los personajes locales, los de Valencia, carecen de profundidad. Para aparecer en una novela de Mendoza hay que tener un carácter muy serio…

Hemeroteca

JS, “Tres mil y pico”, El País, Comunidad Valenciana, 27 de junio de 2012.

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