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En una entrevista publicada por el periódico argentino La Nación el 3 de agosto de 2012, Javier Marías respondía a distintas preguntas. Algunas de esas cuestiones ya le habían sido planteadas en numerosas ocasiones. Tal es su celebridad…

Largos y breves estudios aluden directa o circunstancialmente a Marías. De ellos tenemos noticia frecuente. Por su lado, el autor se explica, hace revelaciones, proporciona pistas sobre sus ficciones y sugiere instrucciones de lectura. Aunque protesta razonablemente cuando se le pide una aclaración sobre su obra, Marías acaba también interpretando lo que escribe y por qué lo escribe.

Google nos crea una impresión de actualidad y de densidad, cosa que es cierta en parte. Lo que de Javier Marías se dice no siempre es nuevo o lo que Javier Marías dice de sí mismo puede ser una irremediable repetición. La identidad de los individuos y la actualización incesante a que se les somete en la era de Internet parecen incompatibles. De todo parece haber datos y de todo parece haber novedades. Sobre eso mismo y sobre la permanencia del yo, Marías también responde. Y también ha escrito.

En esa entrevista concedida a La Nación, el autor hablaba inevitablemente sobre su condición intelectual y creadora, de sus motivos: tanto de lo que le mueve a escribir como de lo que permanece en cada una de sus obras. Entre otras cuestiones que se le formulaban había una insólita y a la vez previsible: ¿cuántos escritores hay en el Marías escritor? La identidad y el cambio, lo persistente y lo mudable… La respuesta era terminante y esquiva a un tiempo: “Yo me veo como el mismo en toda ocasión, pero seguramente no lo seré”.

Ser el mismo es ser un autor reconocible gracias a ciertos rasgos comunes o reiterados. Eso no es necesariamente malo. Eso es el estilo: la inspiración sometida a un hallazgo propio, cosa que es frecuente en un novelista que ha alcanzado la madurez. Sus obras reflejarían la continuidad del escritor, la permanencia de ciertas preocupaciones, el mantenimiento de un lenguaje identificable, la familiaridad de los narradores, de las voces.

“La mayoría de mis narradores son intérpretes en un sentido amplio del término”, respondía en la entrevista de La Nación. En efecto, observan y conjeturan sobre lo que ven; mantienen los ojos bien abiertos y se plantean hipótesis sobre lo que divisan o creen estar divisando. Eso no significa que acierten; significa que permanecen alerta y aventuran interpretaciones acerca de los actos humanos. No son exactamente indolentes, pero se demoran examinando el lenguaje, las posibilidades o las consecuencias expresivas de lo que ellos dicen o de lo que sostienen sus contemporáneos y antepasados. Son personajes que han de verbalizar, que han de manifestar constantemente lo que les sucede y lo que perciben. Por ello, en las novelas de Marías no suelen pasar muchas cosas. Por ello, esos narradores –de cada uno de los cuales es de quien depende aquello que sabemos o aquello que llegamos a saber– son reflexivos, minuciosos: cavilan frecuente o constantemente. Son como detectives en estado de vigilia o como individuos preocupados, obsesivos.

¿Quizá como el propio Marías? Volvamos a la entrevista en La Nación. Sobre los narradores de sus novelas, que algo de él quizá tengan, añade el novelista: “No intervienen ni actúan mucho; ven, observan, son testigos a menudo pasivos. Y tienen profesiones en las que transmiten saberes (un profesor) o sirven a la voz de otros (un “negro”, un intérprete en el sentido de traductor, un intérprete de vidas como en Tu rostro mañana). En cierto sentido son fantasmas, y he dicho en muchas ocasiones que el punto de vista de un fantasma me parece un excelente punto de vista para narrar: uno ya no está, ya nada puede pasarle, pero a la vez no es indiferente a los hechos (por eso los fantasmas vuelven y rondan)”.

Habría, sí, voces semejantes que cuentan las cosas de modo parecido. En esa entonación diversa y a la vez variada distinguiríamos la voz de Marías, la fórmula del novelista maduro: un decir largo e introspectivo, una expresión sostenida y a la vez interrumpida por digresiones, por el detalle verbal, por el análisis lingüístico. ¿Y esto? No es una rareza de Marías. Es, más propiamente, un mecanismo de defensa. Los seres humanos pensamos así, con un flujo de conciencia desordenado, con contaminaciones sensoriales, con contagios, con recuerdos que acuden, con asociaciones libres. Una cosa nos lleva a la otra y a otra más para inmediatamente después volver al punto de partida. Así pensamos, sí, y aunque parezca mentira no es raro dedicar muchas cavilaciones a lo que decimos y a cómo lo decimos. Los narradores de Marías son la quintaesencia de ese proceder, de esa preocupación por el lenguaje.

¿Acaso son saberes o pedanterías de quien fue profesor de traducción? Es algo más, o mucho más. Las palabras y las cosas no se ajustan enteramente. Es más: las palabras –que dependen de códigos comunes– forman parte de hablas particulares; se dicen en contextos concretos; tienen significados diversos, incluso contradictorios; y son ecos, reiteraciones de palabras ya dichas. Las palabras pasan de una lengua a otra sin que haya equivalencias exactas o incluso aproximadas. Las palabras siempre son escasas a pesar de su fluir constante. Y, en fin, las palabras son causa de ambigüedades, fuente permanente de malentendidos. Pues eso, los malentendidos, son la materia frecuente de sus ficciones. Situaciones percibidas malamente sobre las que el narrador ha de conjeturar.

Equivocar el sentido de las cosas y confundir palabras –justamente cuando se está viviendo, cuando se está mirando o escuchando– puede ser algo incomodísimo, arriesgado y hasta chistoso, muy divertido. Es lo que les ocurre a los narradores de Javier Marías, siempre tan minuciosos con el lenguaje: y, a la vez, siempre tan observadores, intuitivos pero algo patosos. Ejercen alguna profesión, disponen de alguna competencia. Son gentes que no se resignan ante la confusión o ante el secreto mejor guardado, seres a quienes desborda la realidad de la que disfrutaban. Por eso se ven envueltos en situaciones que ellos no habían previsto ni deseado, situaciones que los desarbolan…

Releo ahora por cuarta vez Corazón tan blanco (1992) y confirmo nuevamente que todo Marías está en dicha novela: el Joven Marías, el que dejaba de serlo, el Marías maduro y sus narradores, dispuestos a contar, callar, averiguar, conjeturar e interpretar lo propio y lo ajeno, lo cercano y lo distante. Toda la novela es un tanteo y nosotros, sus atentos lectores, comprobamos las hipótesis de Juan, el relator; constatamos su perspicacia, su zumba y su carácter irremediablemente neurótico. Pero descubrimos también la minucia de Javier Marías: la observación de lo insignificante es el principio del acierto. Verdaderamente, Dios está en lo particular o el Diablo está en los detalles: en lo más inmediato, en eso de lo que no hay que apartar la vista…

Precisamente: cuando uno no levanta cabeza, invoca a Dios o a todos los Demonios. Ahora, qué diantre, yo no levanto la cabeza. Simplemente leo.

Seguimos….

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Fotografía de Daniel Mordzinski.

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