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Uno. La literatura política circunstancial es un género extraordinariamente entretenido, una rama de la edición de la que me he ocupado en repetidas ocasiones. Leerla no es una pérdida de tiempo. Es un medio de análisis cultural. Aprendes mucho. Para qué emplear el poco tiempo de que disponemos en obras pasajeras que sólo sirven para ensalzar a los políticos retirados o a los aspirantes con expectativas, se preguntará el lector escéptico.

Yo creo que la historia cultural ha de examinar con detalle estos productos: son documentos pensados para legitimación o para racionalización del postulante o del jubilado. En ellos vuelcan sus deseos y aspiraciones y en ellos mostramos nuestra simpatía u ojeriza. Los políticos los toman como el yo que se rehace con la escritura. Y nosotros los tomamos como una pantalla o como un espejo en el que los vemos o nos vemos. Solos o en compañía de otros escriben sus memorias, sus autobiografías, sus diarios, sus balances. O sus prontuarios, sus decálogos, sus mandamientos.

Dos. Esperanza Aguirre es una líder del Partido Popular que no oculta sus pretensiones. Todo político de campanillas ha de tener el volumen que lo justifique. Ella carecía de una obra digna de inmortalizar su pensamiento. Es más, ella se considera una mujer de principios doctrinales. Por tanto, necesitaba un texto que resumiera y reuniera ordenadamente las convicciones de que se vale. Ya lo tiene: es el vademécum de sus ideas, la biblia de su liberalismo. El título es enfático y obvio, como no podía ser de otra manera:Discursos para la libertad. Momentos que forjaron la civilización occidental. Si el lector va buscando una obra sólida y de especulación profunda, se decepcionará. Su misma concepción y lo escueto de su trabajo desmerecen una edición tan cuidada. Por tanto, no recomiendo su compra. Vamos, que no recomiendo el desembolso de veintintantos euros. Eso digo en la columna que hoy publico en El País con el titulo de “Esperanza Aguirre“. Es un artículo breve, como no podía ser de otra manera: de dos mil ochocientos y pico caracateres con espacio. Aquí, en el blog, detallaré la forma y el fondo, la cubierta y los contenidos. Prepárense para la historia intelectual de Aguirre. Yo les hago este servicio.

Tres. De la editorial Ciudadela ya hemos hablado en este blog. En mayo de 2007 decía de ella que es “una editorial pujante: Ciudadela. Así se llama, nada menos. El bastión de las verdades, el dique de la increencia, el freno del relativismo. Le debo estos detalle editoriales a Alejandro Lillo, que me tiene al día de las insólitas novedades que estos militantes publican. Es hasta probable que lea alguno de estos opúsculos: ¡tanto es mi interés por la literatura fantástica!”

Literatura fantástica. Bien, el momento ha llegado: la historia intelectual que Esperanza Aguirre traza en este volumen de Ciudadela pertenece, por género, a la literatura fantástica, a la pura imaginería: talla personajes fabulosos a hechura de sí misma. Por eso, he disfrutado con las audacias históricas, con los anacronismos, con las continuidades imaginarias que la presidenta traza en un proceso intelectual que abarcaría desde Pericles hasta Juan Pablo II.

El pasado como espejo. ¿Cómo puede hermanar a gentes tan distantes y tan dispares? ¿De verdad emplean el mismo concepto de libertad? Para Esperanza Aguirre no hay fronteras espaciales o temporales. La historia es, sobre todo, un arma cargada de futuro, un depósito para fines inmediatos, un recurso con el que perfilarse ella misma. El pasado no existe, carece de profundidad contextual y sólo es un baúl del que tomar lo que nos interesa y nos justifica. ¿Que los pensamientos o las palabras se dijeron en una circunstancia determinada? No importa: arrancar esas expresiones, sacarlas de contexto, para apropiarnos de ellas no es delito intelectual, cree Aguirre.

Esperanza glosa. Decía Richard Rorty que hay dos clases de lectores: los metódicos y los creativos. Los metódicos se someten al contexto y a las reglas del texto, que lo leen con respeto a la circunstancia en que fue alumbrado. A los creativos no les ciñe esa circunstancia: toman el texto como excusa para hablar de otra cosa, como instrumento para otros fines. El creativo es un salvaje que tritura lo que lee. Esperanza Aguirre no es metódica, no. Tampoco es salvaje: le falta la chispa de inspiración que tienen los creativos, esos que leen desmenuzando o pulverizando los textos. Esperanza Aguirre lee deprisa y de su asimilación sólo salen gotitas, glosas chiquitas, unos anémicos comentarios de nula o escasa erudición. Por eso, la editorial Ciudadela tiene que componerle el libro…

Poner el nombre. Ciudadela pone al servicio de Esperanza Aguirre un artefacto promocional. Ella, a cambio, pone el nombre. Así aparece en la cubierta, en blanco, con letras destacadas que las yemas de los dedos pueden recorrer. Es un blanco nuclear que deja en la sombra a los autores que ella recopila. Apenas entrevemos esas imágenes, que sólo son fondo, precisamente. El rótulo con su nombre y el título en dorado e igualmente sobresaliente atraen la mirada: Discursos para la libertadparece un enunciado traducido, casi un anglicismo de uso corriente. Esa preposición “para” nos resulta extraña, nos incomoda. Lo dicho. Ella pone el nombre, pero, como carece de tiempo o de preparación suficiente o de ambas cosas a la vez, la empresa le hace el trabajo más oscuro, la tarea fatigosa. Se lo hace José R. Barros. Barros es un reportero de Alba, esa publicación del catolicismo ultramontano. Aquí, en este libro, hace las tareas de edición y algo más. Así se lo agradece Aguirre en una nota inicial, en la que reconoce sólo “su colaboración en esta obra”. Inmediatamente le agradece también “su asistencia en la documentación, edición y corrección de textos”. Esto es, ha sido su documentalista y su corrector, labores que aligeran enormemente la enojosa tarea de escribir y, sobre todo, de publicar. Si te documentan y te corrigen, la escritura se vuelve un trabajillo muy liviano.Como livianas son las acotaciones de Aguirre. Eso sí: eleva la voz para subrayar los valores, los principios, en declaraciones algo pomposas o triviales.

Contra el apaciguamiento. “Cada vez que repaso estos discursos y pienso en los difíciles momentos históricos en que fueron pronunciados hay una conclusión que se me hace evidente: la libertad merece la pena. En los momentos difíciles, especialmente en los momentos difíciles, es cuando no podemos tirar la toalla, sino pelear por lo que somos y recuperar lo mejor de lo que hemos sido”. Por su formación anglosajona, Aguirre tiene un modelo de excelencia al que siempre se refiere, un modelo que aquí también es protagonista: Winston Churchill. Como en el caso de José María Aznar, la presidenta de Madrid siempre cree estar en el borde mismo del apocalipsis, en el instante anterior a la derrota ignominiosa, cuando sus iguales postulan el apaciguamiento. Justamente por eso, un leve movimiento, un gesto de autoridad o una voz la agrandan. Se enfrenta sin remilgos. Hay enemigos poderosos y hay un pueblo desorientado y quizá dispuesto a claudicar: un líder capitanea la reacción. Churchill le resulta atractivo: es un tipo gordo, algo zafio y, sin embargo, de gran energía. Es un héroe cuyas limitaciones lo agigantan.

Persona non grata. Churchill es un comandante que guía a la sociedad civil. Curtido en batallas coloniales y en los escaños, tiene la experiencia militar y parlamentaria. Dsiponía de la condición de Sir y de otra quizá más valiosa: “desde 1929″, precisa Aguirre, “tenía extraoficialmente el título de persona non grata dentro de su propio partido, el Conservador”. ¿Se puede aspirar a más alta distinción? No lo dudo: que sepas granjearte la animadversión de tus correligionarios es un timbre de gloria superior al que te pueden conceder las victorias sobre tus enemigos. Esperanza Aguirre emplea el pasado como espejo que la confirma, como lugar de corroboración. Ella se ganará el liderazgo de su partido a pesar de la ojeriza que despierta su energía incansable y su contundencia expresiva. O precisamente por eso. Churchill era un “orador excepcional, poseedor de una de las prosas más brillantes de todo el siglo XX”, pero lo verdaderamente importante era que “también sabía expresarse, cuando la ocasión lo requería, con una sequedad, contundencia y falta de remilgos verdaderamente explosivas”. Eso apostilla Aguirre, y lo apostilla porque eso es ella: no una oradora excepcional, sino alguien que cree expresarse con sequedad, con contundencia y sin remilgos. De eso se enorgullece

The lady es not for turning. “…Esta señora no se amilana o, dicho más castizamente, esta señora no se achanta…”, traduce Esperanza Aguirre. ¿A quién alude? A Margaret Thatchet, por supuesto. O mejor dicho: se refiere a sí misma. También en el caso de la ex primera ministra británica, lo que Aguirre destaca es lo que la confirma, aquello que le sirve para trazar mejor su propio autorretrato, tan parecido a un Churchill femenino. “Si en algo coinciden tanto los amigos como los advesarios”, dice de ella, “es el poco miedo que (…) siempre le ha tenido a la polémica. Sus recortes presupuestarios en educación, al mes de ser elegida ministra, causaron honda polémica social”. Esperanza Aguirre la envidia, la imita y, como ella, se presenta “tomando posturas que, en no pocas ocasiones, contrariaban incluso a la oficial de su propio partido”. ¿Por que digo todo esto? ¿Es que, acaso, no son ciertos estos rasgos? Por supuesto, Aguirre no falsea la biografía de Tatcher: simplemente la adelgaza, recordándonos únicamente lo que hace de ella, de la ex primera ministra, una figura entera, inflexible, completa. Lo tiene todo, a juicio de la presidente de la Comunidad de Madrid. La señora Tatcher es de origen humilde, con un padre que ejercía de modesto tendero, y alcanza las mayores distinciones nobiliarias: Baronesa Thatcher. Nace en el seno de una familia fervorosamente creyente, frecuenta el templo metodista en el que su padre predica y consigue dos títulos universitarios: Ciencias Químicas y Derecho. Aguirre se mira en su figura y, por encima de todo, envidia su gran logro, una victoria tan grande como la de Churchill: “el desmantelamiento del monstruoso Estado del bienestar”. Estamos a la espera.

¿España? No hay español alguno que merezca figurar en el canon liberal de Esperanza Aguirre. ¿De qué peca la presidente madrileña? ¿De provincianismo o de papanatismo, esa tontería distinguida de quien sólo frecuentó el Instituto británico de la Villa y Corte? ¿O es que un exceso de cultura british ha excluido el casticismo de su bagaje personal? “Hasta no hace muchas generaciones, cualquier estudiante de bachillerato de cualquier país de Europa conocía estas palabras”, dice Aguirre refiriéndose a la catilinaria de Cicerón: “Quosque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?” Con paciencia, Aguirre admite la derrota de Europa, la caída del pensamiento: “lamentablemente, el cultivo de las humanidades hoy no es el mismo, y los estudiantes de la LOGSE lo ignorarán ya para siempre”. La eduación está en declive, sí, y la juventud está perdida desde hace unas generaciones, qué digo generaciones: desde que dejamos de hablar en Latín. Tanta nostalgia de latines y no dice nada del casticismo. Porque sí, en su patronimonio intelectual, echo a faltar eso, lo castizo, una cosa tan nuestra. Por ello, el elenco que Aguirre nos propone no es una amalgama subjetiva, sino arbitraria: puro extranjerismo.

Nación. ¿Por qué deja fuera a defensores patrios de la libertad, del concepto de libertad, que ella dice profesar con tanto ahínco? El liberalismo español fue temprano, doctrinalmente atendible e intelectualmente destacable. ¿Que no tuvimos a Thomas Jefferson o Alexis de Tocqueville? Cierto, pero hubo pensadores menesterosos que con el iluminismo supieron proponer el fomento del país, su reforma material, el avance del librecambio, la mejora de las infraestructuras: justamente ese progreso modesto de las cosas (del que hablaba yo mismo el otro día). Frenta a utopismos, España fue cuna de liberales empeñosos, contradictorios y sobresalientes. ¿Los menciona alguna vez? No en estas páginas: aquí habla de la civilización, de la que España debe de ser su periferia, seguro. Cuando Aguirre se acuerda de ellos, de esos liberales peninsulares, sólo es para fines nacionalistas y presentistas, precisamente cuando profesan una idea enfática de nación, justamente cuando sus ideas liberales, modestas o templadas, se consuman en la Nación que ahora predica como una letanía. Tuvimos una muestra en la conmemoración de 1808 (qué cruz) y la tendremos en la celebración de 1812.

¿Ortega y Gasset? Y, sin embargo, hay filósofos castizos que rebasan el contexto en que pensaron y que una pensadora como Esperanza Aguirre no puede dejar de considerar. Es lamentable que no entronice a Salvador de Madariaga o a José Ortega y Gasset. Pongamos a don José, vaya. El publicista madrileño no merece un puesto de honor en la lista urgente de Aguirre. No lo entiendo. Es un descuido imperdonable en quien se las da de liberal a toda hora. No entiendo, en efecto, el olvido de la mejor, de la más noble defensa del liberalismo. La leí en un pasaje de La rebelión de las masas (1929). Dice así: “La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Ella lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es el prototipo de la ‘acción indirecta’. El liberalismo es el principio de derecho político según el cual el Poder público, no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo y procura aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría. El liberalismo –conviene hoy recordar esto– es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a las minorías y es, por tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo; más aún, con el enemigo débil. Era inverosímil que la especie humana hubiese llegado a una cosa tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural (…). ¡Convivir con el enemigo! ¡Gobernar con la oposición! ¿No empieza a ser ya incompatible semejante ternura?”

Tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural. En efecto, Esperanza Aguirre no peca de semejante ternura (convivir con el enemigo débil), un concepto tan bonito, tan paradójico, tan elegante, tan acrobático, tan antinatural. Si una tiene convicciones, parece decirse la presidenta constantemente, cómo va a aceptar la tolerancia doctrinal o los equilibrios intelectuales. Eso es incurrir en el relativismo: anything goes? Además, ella está destinada a convivir con líderes morales de proyección histórica y mundial, y Ortega sólo es un filósofo local fuertemente influido por los alemanes.

¿De qué libertad nos habla? ¿Dije filósofo? Resulta decepcionante que nuestra pensadora no profundice en unas categorías de la libertad que son ya patrimonio común de la tradición política. Porque, en efecto, el primer cargo que cabría oponerle a la presidenta es haber ignorado un principio básico: el que separa la libertad de los antiguos de la libertad de los modernos. O, en otros términos, el criterio que distingue entre la libertad positiva y la libertad negativa, una concepción que cabría remontar a Benjamin Constant. La teorizó Isaiah Berlin: la primera es la capacidad que tiene el individuo para emprender algo, para realizar sus acciones, capacidad que depende del marco institucional, de la Constitución que reconoce la intervención; la segunda es la ausencia de coerción, del Estado limitado o incluso mínimo, en virtud del cual el ciudadano hace sus cosas y marca sus planes porque no está sometido a coacción. Esperanza Aguirre no distingue estas dos nociones de la libertad y, por tanto, sus pensadores parecen hablar un mismo lenguaje, parecen decir los mismos conceptos, parecen compartir idearios comunes. ¿El principal de todos ellos? Su oposición al relativismo: como si el relativismo fuera un mal más o menos eterno y se definiera igual en todo tiempo.

Conservadurismo. Edmund Burke, el gran pensador británico, que asiste despavorido al estallido de 1789 y que escribe sus incisivas Reflexiones sobre la Revolución francesa, merece un puesto de honor en el club de los filósofos muertos, justamente por oponerse a tal cosa, a la revolución. La biografía que de él nos presenta Esperanza Aguirre es lamentablemente breve y sesgada, cuatro apuntes de manual o de enciclopedia. De él sólo destaca todo lo que fundamente el conservadurismo en el que la presidenta quiere inspirarse. Y es cierto, sí, que Burke fue un pensador del Setecientos opuesto a la revolución, un escritor que prefirió la conservación. Pero fue también un observador de vastísimos intereses que aquí, en las páginas de este volumen, no se mencionan. Por ejemplo, ¿por qué Aguirre no habla del ensayo que Burke dedicó al concepto de lo sublime? ¿Lo sublime es sólo un concepto de la estética? Aquí tratamos esta cuestión días atrás: lo sublime es una forma de concebir el mundo, que mucho tendrá que ver con la sensibilidad romántica y con la idea revolicionaria. Pero Aguirre enmudece, seguramente porque lo dicho por Burke sobre este punto encaja mal en la tesis que ella sostiene.

¿Dije relativismo? De Edmund Burke, Esperanza Aguirre destaca especialmente la vuelta al sentido religioso de la existencia, una reivindicación que la presidenta saca de contexto. En la Gran Bretaña del Setecientos, Dios no es ese ser extremado, exigente, metomentodo, intervencionista, estatalista que en el Continente asfixia la libertad pública y privada. En Francia, los revolucionarios apean a ese ser trascendente y en su lugar erigen nuevas deidades, es cierto. Pero cuando Burke postula una vuelta a lo religioso, lo hace en términos templados, moderados: tras siglos de guerras de religión, tras persecuciones. En cambio, en Esperanza Aguirre, el retorno a lo trascendente es el regreso a un clericalismo encubierto. “Porque, parafraseando a Chesterton, cuando el hombre deja de creer en Dios no lo hace para no creer en nada, sino para empezar a creer en cualquier cosa. Lo que suele traducirse, en última instancia, en la sustitución de las convicciones religiosas por credos ideológicos de cariz totalitario”. ¡Por los clavos de Cristo! ¿Si yo no creo en Dios, si yo he perdido mis convicciones religiosas, entonces profeso credos totalitarios? ¿Eso es lo que suele suceder? Conozco agnósticos e incluso ateos, gentes que no tienen esas convicciones religiosas que proclama la presidenta. Pues bien, son personas sensatas, morigeradas, incluso más moderadas que la militante Aguirre. Hagan, por favor, examen de conciencia, no sea que ustedes estén intoxicados por algún credo ideológico de cariz totalitario.

Colofón. ¿Hay alguna conclusión que podamos sacar de este libro? Los libros son como los cerdos: todo en ellos es aprovechable. Si nos saltamos los prefacios de Esperanza Aguirre para ir directamente a los textos recopilados no perderemos gran cosa. Ya digo que sus anotaciones son sumarias, escuetas, extractos de enciclopedia. Todo muy manejable… Por tanto –podríamos decirnos– leamos a los clásicos aquí reunidos. Pero entonces la pregunta sigue: ¿para qué leer textos que no siempre son completos?

En ocasiones, uno tiene la impresión de que lo secundario ha sido amputado: como esa fotografía que tienen a la derecha. Imaginemos que de un retrato sólo nos interesaran las extremidades superiores. Entonces, quitaríamos de esa imagen el resto de cuerpo. Las manos retratadas de las que ofrecemos un detalle serían el cacho de un entero. Es eso lo que nosotros vemos. Nada más. Queda fuera lo irrelevante: es decir, el resto del cuerpo, el fondo. Como queda fuera de este libro lo que Esperanza Aguirre o su asistente consideran marginal. Pero en el desarrollo de un pensamiento no hay nada irrelevante: lo secundario, lo que parece insustancial, da la medida exacta de un pensamiento.

Indudablemente, Esperanza Aguirre hace una declaración de fe sobre la libertad. Pero esta manifestación es eso: una declaración de fe, de confianza, de esperanza. Es una manifestación campanuda. ¿Hay alguien que, de entrada, se niegue a celebrar teóricamente la libertad? Los totalitarios, responderá Aguirre. Y quienes no comulgamos con las doctrinas de la presidenta punto por punto, ¿qué somos? ¿Totalitarios? En ella, en la presidenta de la Comunidad de Madrid, la profesión de liberalismo no tiene fecha: aunque da un breve apunte circunstancial de cada pensador, lo cierto es que los descontextualiza al establecer una serie. Según su artificio, habría una corriente subterránea o manifiesta que llevaría desde la Antigüedad hasta hoy (bueno, también Hayek sostuvo algo parecido aunque con mayor enjundia…). Pero, amiga presidenta, la historia no es lo que nos identifica o aquello en lo que nos reconocemos, sino lo que nos permite diferenciar, lo que nos faculta para entender lo distinto. El pasado es un país extraño…

Pero, para Aguirre, la historia de la libertad es la historia de un puñado de individuos que compartirían un credo básico: por eso, puede trazar una línea de continuidad. ¿Y por qué decir esto ahora, por qué proponer eso, justamente en este instante? Nunca es tarde para defender la libertad, responderá la presidenta. En nuestro caso y ahora precisamente, son el caos y el relativismo hacia los que nos precipitamos los factores que nos mueven: aquello que exige dar un paso al frente. “No sólo España, sino el conjunto de las naciones que solemnos denominar Occidente, atraviesan momentos históricos difíciles”, momentos “de duda e incertidumbre. Dudas sobre lo que somos y sobre lo que queremos ser. Dudas sobre lo que hemos ido y sobre los principios que nuestros antepasados escogieron para construir nuestra comunidad”.

Me los imagino: de Pericles a Wojtyla, un grupo de esclarecidos pensadores, un pelotón selecto sabe cuáles son los criterios a defender, las convicciones a mantener, las doctrinas a compartir. Se trata de apretar los dientes, proclamar los principios, confiar en la Nación, amar a Dios y esperar el advenimiento de un guía tutelar que revele el camino.

¿Cuál es el colofón? No hay colofón: hay hilo un conductor: la persona que vislumbra lo que para muchos es oscuro, Esperanza Aguirre.

Hemeroteca

Justo Serna, “Esperanza Aguirre”, El País 9 de diciembre de 2009

http://justoserna.com/2009/12/09/de-que-escribe-esperanza-aguirre/

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