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Un ministro de Educación y Cultura admite que hay que españolizar a los niños catalanes. Forzar y forjar su identidad, amaestrarlos. Un maestro amaestra, efectivamente. A las fieras hay que someterlas a un patrón común. Es una idea interesante, la de José Ignacio Wert, cuyo apellido habría que españolizar…

Reconozco que dicho propósito, el de españolizar a los catalanes, es de  difícil metabolismo. Aceptemos que las élites catalanas han ideado un mundo homogéneo, bien encajado, poco realista. Pero la del ministro y la de Convergència son cavilaciones grandes, ambiciosas, que debemos debatir. Si debe hacerse tal cosa –españolizar o catalanizar– es que hay una falta. Los infantes del Principado carecen de recursos y por eso hay que prestarles una ayuda, reforzar.

¿Eso significa que los niños sorianos, por ejemplo, están españolizados, suficientemente españolizados, medianamente españolizados? ¿Eso quiere decir que los jóvenes castellanos están sobrados de identidad? La cosa no acaba aquí. ¿Qué es ser español? Montar una jaca. ¿Qué es ser catalán? Bailar una sardana. ¿O es algo más complejo? ¿Admitir la unidad de la patria, compartir sentimientos, extender banderas en los estadios, corear himnos? Hacer la ola…

¿Acaso cantar un himno nos da fuerza? La Marcha Real carece de letra y para que sea soportable ha de escucharse con ritmo lentísimo: eso nos advertía Javier Marías en Salvajes y sentimentales. ¿Acaso cantar las glorias de Viriato? Pero Viriato era un pastor lusitano de aspecto fiero. ¿Acaso vivir la tinta roja como sangre, y la amarilla como oro? Mientras hay ciudadanos que pierden derechos y hay catalanes que no acceden a los servicios públicos, las élites españolas se recrean dándose bastonazos con el nacionalismo. No me jodan (con perdón).

Yo me tiro de los pelos, que me quedan pocos. Y Artur Mas, iron man, es el mejor aliado de una derecha sin complejos que se reviste con banderas. Así resolvemos los conflictos: con identidades opuestas y letanías de sacristía. Mañana es el día de la Hispanidad, antiguamente llamado Día de la Raza. Es un evento al que la Generalitat no envía representante. Yo tampoco estaré. La verdad, me dan ganas de irme a Gibraltar: ya no puedo caer más bajo.

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