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¿Qué hace el Partido Socialista Obrero Español? Dice Alfredo Pérez Rubalcaba que el PSOE no va a la deriva y que él mismo se siente respaldado como máximo dirigente de la organización.

Admitamos que sea así: que esa declaración sea totalmente sincera. Habrá que admitir también que en la sociedad de la comunicación no sólo es verdad lo que es verdad, sino lo que la gente juzga como tal. Y en la opinión pública se está imponiendo un juicio común y probablemente cierto: Alfredo Pérez Rubalcaba fue parte de la solución; y en cambio hoy es parte del problema.

El problema no es lo que hay, sino lo que muchos perciben. Y la percepción es la de que contamos con un partido socialista que se mueve lentamente, que hay militantes válidos que son apartados o simplemente ignorados, que hay dirigentes audaces que lejos de ser promocionados son frenados. Y que Alfredo Pérez Rubalcaba confía en remontar esta coyuntura tan negativa. Pero aquí y allí el Partido Socialista aparece descabezado, mudo o escasamente convincente. El PSOE tiene un problema. O dos. Y bien que lo lamento. Espero que dicha organización se revuelva, se revele y se rebele…

La ciudadanía espera un cambio.

¿Continuará…?

La ciudadanía espera un cambio, sí: un partido abierto; no una organización cerrada que premia el asentimiento y castiga el disentimiento.

Hay electores que esperan un liderazgo dinámico, intelectual y popular. Ni arrogancia iletrada ni antiintelectualismo.

Hay votantes que esperan cuadros y dirigentes que intervienen, que ocupan espacios de opinión, y no simplemente orgánicos. Ocupar un espacio mediático no es alarmar o crear acontecimientos escandalosos o hacer declaraciones pomposas que recogen inmediatamente las televisiones. Es crear las condiciones de la transparencia y de la deliberación: criticar lo obvio.

Hay simpatizantes que esperan participar en la vida interna de la organización, que esperan la renovación de cargos a partir de listas cerradas, pero no bloqueadas.

¿Continúo?

Hace un siglo, Robert Michels diagnosticó el mal de los partidos políticos. Tomaba como dato su propia experiencia dentro del Partido Socialdemócrata alemán. Tituló su obra de manera genérica: Los partidos políticos (1911). En realidad analizaba microscópicamente la organización germana. Sus resultados eran desoladores: no es posible la democracia interna, porque los partidos son maquinarias oligárquicas, entes en los que se enfrentan dirigentes con intereses contrapuestos que buscan sus adeptos en una guerra política de alianzas.

El diagnóstico de Michels parecía muy ajustado y la experiencia histórica no parece sino revalidarlo. Pero la crítica radical de la forma partido conduce al fascismo, que es la opción por la que se inclinó Michels en la última parte de su vida. La clarividencia sin consecuencias lleva al desastre. Aunque la perspicacia con efecto lleva al conocimiento.

En el Partido Socialista Obrero Español hay defectos insoslayables, taras propias de toda organización política. Pero en dicho organismo hay unas tradiciones propiamente democráticas y sobre todo hay un elemento humano muy valioso y aprovechable. Quien disiente lealmente es un valor, no una carga o una rémora. ¿Acaso en la sociedad de la comunicación el partido puede atrincherarse? La opinión pública empezó como el espacio de publicidad: aquel ámbito en donde los ciudadanos exigen porque distinguen.

No pensemos que los nuevos partidos se libran de incurrir en los mismos vicios. La tendencia oligárquica es algo general. La ventaja de la comunicación de masas es que hace visibles el caciquismo y la fontanería.

¿Sigo…?

Leo el editorial que El País dedica al Partido Socialista tras el breve oleaje interno que ha sufrido este fin de semana. Se titula “Lo que necesita el PSOE“. El editorialista da una serie de recomendaciones. Concluye:

“Pero la decisión sobre quién ha de encabezar el cartel en las próximas elecciones no debería retrasarse excesivamente. Lo que necesita urgentemente el PSOE es capacidad de integración. No anda sobrado de fuerzas como para seguir con unas luchas intestinas cuyo único efecto es alienar a sus posibles electores e impedir un debate a fondo de cómo ha llegado a su situación actual y sobre cómo salir de ella, lo que implica ayudar a salir al conjunto de España”.

Encabezar un cartel electoral no es baladí: de su atractivo, de su capacidad de convicción, de su crédito depende una parte de su éxito. Pero también depende de su fuerza, de su dinamismo. No puede presentarse un candidato de aspecto derrengado. No puede luchar un político al que ya vemos amortizado.

El editorialista añade que PSOE necesita capacidad de integración: que se acaben las luchas intestinas, vaya. No sé si entiendo bien la recomendación. Que haya confrontación interna no es malo. Forma parte de la deliberación. Lo que resulta letal es una organización en la que una parte se impone a la otra para luego negarle su integración. Si los debates intestinos se liquidan haciendo callar al otro, lo que el partido pierde es capital humano, recursos efectivamente humanos. Entonces, esa lucha interna sí que es un espectáculo poco edificante.

No pueden atrincherarse los dirigentes, no pueden encastillarse. Si lo hacen, los compañeros se convierten en enemigos y el enemigo siempre está a las puertas. Las puertas de la organización no pueden estar cerradas a debates. No me gusta el asambleísmo, pero menos me gusta el despotismo.

Un partido necesita un liderazgo reconocible, dinámico, persuasivo, con expectativas. Y siempre revocable. Y necesita ocupar un espacio de la opinión. Siento decirlo: pese a sus esfuerzos, el PSOE no ocupa dicho espacio; lo pierde, se desdibuja.

Una reacción interna, una refundación, es el principio, no el objetivo.

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