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Uno. Hay una España que trabaja, si puede, y que hace las cosas con esfuerzo, con empeño, con vergüenza torera y con satisfacción. Si hay que arrimarse,  se arrima; si hay que compartir, se comparte; si hay que vivir con estrecheces, se vive: eso sí, siempre que la estrechez no asfixie. Hay una España solidaria que elabora, labra, comercia, manufactura, pinta, escribe… con busca-cuatreros-del-phishing-llega-el-superhe-L-hfHNQhlegítimo orgullo. Recibe el sobre a fin de mes. Con competencia y habilidad, con la alegría de las cosas bien hechas, se siente legítimamente pagada.

Y luego hay un país de listos y dinámicos que se valen de su presunta agudeza y de sus fraudes pícaros para llevarse las bolsas o los sobres. Son presuntos delincuentes. O cuatreros. En efecto, la España corrupta es un país de bolsas y sobres:  sacos llenos de dinero, cantidades de fábula, fastuosas, como el oro de los cuentos. Aún hay algo rústico en todo esto… Los cuarenta ladrones, los villanos que se adueñan de la hacienda y de los bienes, no son propiamente figuras de cuento. Son los monstruos de una pesadilla. Y la gente que paga a Hacienda, que somos unos cuantos, nos sentimos estafados, burlados. Pero esto no acaba aquí: el cuento ya no nos convence. Las instituciones se derrumban y con ellas nuestra confianza. Nunca pensé que fuéramos a llegar a esta circunstancia.

Dos. La corrupción urbanística y temas afines interesan, precisamente, a los valencianos: motivo de escándalo y principal deterioro de la comunidad política. Si en esta o en aquella población hay manejos o enjuagues dudosos, si hay recalificaciones escandalosas, si hay enriquecimientos deshonestos de auténticos forajidos, ¿ustedes creen que la solución es renunciar a la política? Ya lo dije años atrás: cada vez que un representante institucional, en un municipio, en una Diputación, etcétera, ejerce con arbitrariedad o abusa de la confianza aprovechándose del empleo o del cargo público se deteriora el crédito de la democracia. Siempre podrá aducirse: nuestro sistema político tiene paliativos, como la vigilancia de la oposición, la independencia del poder judicial o la observancia de la prensa.   

Pero, si lo pensamos bien, el sistema ha de tener a los ciudadanos como principal instrumento de crítica. Nuestra democracia es manifiestamente mejorable y el sistema de partidos desde luego no está pensado para poner diques a la corrupción, pero somos nosotros quienes hemos de debatir, de juzgar, de castigar electoralmente. John Dewey hablaba de democracia creativa para hablar de la deliberación ciudadana. Seguramente no es preciso llamarla así. Basta con que la ciudadanía se implique en la exigencia y en la transparencia: sin grandes experimentos, desde luego, pero sin grandes renuncias… Debemos “desprendernos del hábito de concebir la democracia como algo institucional y externo, adquiriendo el hábito de tratarla como un modo de vida personal”, decía Dewey en 1939.           

Tres. “Su puesta en práctica significa que la democracia sólo puede enfrentarse a los poderosos enemigos que hoy la acechan creando nuevas actitudes personales en los seres humanos individualmente considerados”, añadía Dewey. Los antagonistas de la democracia siempre han sido los totalitarios, en 1939, aunque también los acosadores que rompen las urnas o que amenazan con el viejo y el nuevo escuadrismo. Ahora volvemos a escuchar amenazas: que si estamos en 1934, que si estamos en situación de emergencia militar. Pero los enemigos de la democracia son igualmente aquellos representantes nuestros que destruyen el espíritu público, la virtud ciudadana, con lucros injustificados propios de salteadores. ¿Y qué hacer frente a ellos? ¿Votar en blanco en espera de mejor ocasión, cuando nuestro partido ideal nos salve de la decepción?

“Me inclino a creer que la base y la garantía última de la democracia se halla en las reuniones libres de vecinos en las esquinas de las calles, discutiendo y rediscutiendo las noticias del día leídas en publicaciones sin censura, y en las reuniones de amigos en los salones de sus casas, conversando libremente”, concluía John Dewey.  

Pues eso. La tribu está amenazada por los cuatreros.

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