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Nino Bravo

18 abril 2013

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JS, “Nino Bravo”, El País, 16 de abril de 2013

Yo lo veía con mucha frecuencia. Me asomaba al balcón de la casa que habitábamos en Bétera y allí estaba. Era Nino Bravo. Llegaba con un coche de grandísimas dimensiones. No recuerdo si un Dodge Dart, el vehículo americano fabricado en Villaverde por Barreiros. Los más refinados pilotaban BMW, importados. Con un modelo de esta última marca, recién adquirido, se mató el cantante en abril de 1973. Yo envidiaba el coche alemán: mi primo Fermín, el de Andorra, venía a recogerme con uno de estos autos y me llevaba al pueblo de mi padre. Me sentía como un potentado, como un magnate que volvía a la tierra de sus mayores. Pero no quería hablarles de eso, sino de Nino Bravo.

Llegaba, ya digo, con cierto ruido. Su coche contrastaba con los turismos humildes que allí había estacionados. Bajaba saludando, repartiendo besos, firmando fotos. Desde mi balcón, yo lo veía alto y desenvuelto. Vestía camisa y pantalones vaqueros, con un toque casual que no era el de sus conciertos o actuaciones. Los tejanos que llevaba eran, por supuesto, acampanados, con esa audacia estética de entonces. Y calzaba zapatos o botas con plataforma que le daban un aire temerario. Su media melena, siempre lacia, era la misma a la que yo estaba condenado.

Acudía allí, al costado de mi casa, para hacerse los trajes. A medida, desde luego. El virtuoso de la tijera era el sastre Roldán, un auténtico perito que había adquirido fama comarcal y del que nosotros éramos orgullosos vecinos. También mi padre se hacía allí los ternos hasta que murió Roldán: ya nunca llevaría pantalones o americanas tan bien cortadas, me dijo un día.

Meses después del fallecimiento del cantante se celebró un concierto de homenaje en la plaza de toros de Valencia. Con mucha antelación, mi padre había adquirido las entradas, tales eran el dolor y la expectativa. Allá fue la familia y allá me emocioné con los restantes espectadores, con el gentío.

Yo nunca había sido mucho de Nino Bravo: tarareaba, sí, sus canciones porque a fuerza de radiarlas acababas conociéndolas. Pensaba que era un ídolo para otras generaciones, para mis padres: joven valenciano natural de Aielo de Malferit, dotado de potentísima voz y buen repertorio, triunfa. Pero lo contracultural y lo rebelde no pasaban por un solista bien trajeado que cantaba a Noelia, a la América que era un edén, a la tierra, mi tierra.

Han pasado muchos años y yo soy más viejo de lo que él nunca pudo llegar a serlo. Lo pienso y me da un respingo. Jamás alcanzó la treintena y yo dejé de ser joven hace varias décadas. Mentiría si dijera que ahora me atrae más que entonces, que solo me gustaba lo justito. Pero admito que escucho sus canciones sin condescendencia, sin esa falsa superioridad del niñato.

Hay una novela de Javier Marías que empieza así: “Dos de los tres han muerto desde que me fui de Oxford”. Podría parafrasear ese íncipit para acabar diciendo que tres de los tres han muerto desde que me fui de Bétera: Nino Bravo, el sastre Roldán y mi señor padre. Bétera no era Oxford y ninguno de los tres era tan sofisticado como los personajes de Marías, pero, ah amigos, siento la misma pena, esa congoja por un mundo ya desaparecido y entonces aún potencial: la Valencia de los setenta.

JS, “Nino Bravo”, El País, 16 de abril de 2013

VIDASESCRITASLa semblanza es un género francamente difícil. Has de proporcionar los datos básicos de un personaje que el público no tiene por qué conocer. Has de provocar el interés en un tipo humano que de entrada no tiene por qué despertar atención alguna. Sea una celebridad o sea una persona del montón.

¿Qué es una persona del montón? No hay tal cosa. Todos somos interesantes vistos de cerca. Con lupa se nos ven los poros, las impurezas de la piel, esa rugosidad imperfecta. En fin. En cambio, de lejos nos desvanecemos para acabar siendo algo borroso e indefinible: el grueso o el paisaje nos desdibujan. Mala suerte.

Pero que ese individuo sea finalmente captado con palabras y que, además, sea trazado en sus rasgos esenciales es tarea colosal. ¿Rasgos esenciales? ¿Y qué es tal cosa? Lo que uno dice de sí mismo no es necesariamente lo que lo otros destacarían. Lo que uno menciona de sí mismo no es forzosamente lo que los demás subrayarían. Por tanto, en una semblanza, el escritor escoge un episodio o rasgo y hace de dichos elementos el objeto de su trazo. O de su caricatura.

vidasescritasgrandeSin duda, Julio Camba supo describir a tipos de los que no sabía demasiado. Supo captar lo pintoresco o lo estrafalario. O supo precisar lo común. En el libro que ha compuesto Francisco Fuster para Fórcola con trozos y restos de Camba hay páginas memorables (descúbranlas…): Caricaturas y retratos (2013). Y ese volumen me reconcilia con las efigies literarias, algunas tan egregias.

Desde que Javier Marías publicó Vidas escritas (1992) no había leído nada que me estimulara especialmente. En Camba hay socarronería. Y saludable ignorancia, el atrevimiento del caricaturista. Mucha osadía. En Marías hay ironía, un dibujo fino y poco exhaustivo. Un simple gesto, mohín, actitud o además del retratado le sirven para perfilar.

Para algunos, Vidas escritas es el mejor libro de Marías: en el elogio hay una maldad, pues la semblanza es un género menor comparado con la novela. Yo prefiero al Marías irónico y desenvuelto, con desparpajo y manías, aquel que transita los géneros: los grandes y los chiquitos. No siempre coincido con sus juicios y con sus alardes, pero sus escritos me hacen despertarme e interesarme por cosas que no me conciernen. O sí.

¿Camba? Caramba, descúbranlo. Hay que admirarlo por sus defectos, no por sus cualidades: justamente lo que él decía de Pío Baroja. “No le he admirado, a pesar de sus incongruencias, sino por sus incongruencias, ni a pesar de sus faltas gramaticales, sino por sus faltas gramaticales, ni a pesar de sus ideas absurdas, sino por sus ideas absurdas”.

Pues eso.

Camba, el fisonomista

27 febrero 2013

caricaturas-y-retratos-9788415174684Julio Camba. Leo Caricaturas y retratos (2013), de Julio Camba en Fórcola. La edición corresponde a Francisco Fuster. Comienza a valorarse lo que este joven investigador hace: selecciona una gavilla de textos perdurables, los corrige, los asea y los introduce con madurez. En este tiempo apresurado, que un erudito documentalista haga esto y lo haga para el gran público es de agradecer. Nos hace leer lo que aún nos pertenece, sin envanecimientos, sin engolamientos académicos.

He disfrutado las semblanzas que ahora muy justamente glosa con brevedad Luis Antonio de Villena en El Mundo. ¿Qué hay en Camba, que tanto interés despierta? El episodio que revela, el rasgo de destapa, el tono entre jocoso y severo. Es un cronista, sí, pero es sobre todo un fisonomista.

Caricaturas y retratos me parece un volumen de excelente factura con una introducción imprescindible. Sólo una pega: el Camba terminal y el Camba incipiente no son lo mismo. Hay, sin duda, un rasgo indeleble y hay una voluntad explícita de retener el mundo y sus hombres con la palabra, con el adjetivo –ya dijo Josep Pla que era la parte más importante de la oración–, con la paradoja y con la anécdota.

Son vidas reescritas según el enfoque de un tipo serio y guasón a un tiempo. Hay algunas piezas que me parecen filigranas y otras que se me antojan aliños de rápida confección. Pero un periodista que sabe escribir es una perla. Resulta un observador. Justamente es eso Camba en estas Caricaturas y retratos: un fisonomista. No hay que abrumar con erudiciones sin fin. Tampoco hay que hacer literatura esforzada, de lirismos torpones. Con Camba, la semblanza parece salir sin dificultad.

No siempre entiende a sus escritores, pero qué bien los perfila. ¿Para qué? Yo creo que está claro desde el principio del libro: para protegerse, para ampararse, para reproducirse o proyectarse en autores a los que admira o detesta. Es un tipo llegado de la Galicia profunda y Madrid le da el todo. O eso cree. En cualquier caso, escribe sobre autores que han llegado al público, que han logrado celebridad y un sinfín de glosas. En Camba, el retrato es una alusión al referente que allí estuvo; es un trazado sutil y a veces grosero de un espejo en el que el periodista se ve reflejado o deformado.

Francisco Fuster es un tipo hábil: hace como que no trabaja, como que Camba resucita de milagro. No lo crean. Quien lo exhuma es Fuster, que aprecia el idioma español de otro tiempo. Quien lo edita primorosamente es Javier Jiménez en Fórcola. El periodista gallego sale a la luz, nos llama la atención: desde esa ilustración de la cubierta hasta el detalle de su prosa. Yo dejaría la actualidad y me iría a otro tiempo: esa época en que los periodistas gozaban de eso, de tiempo, sobrados de horas y de habilidades. De momento, me quedo en esta época tan desastrosa, no menos lamentable que la España que a Camba le tocó vivir.

Friedrich Nietzsche. La entrada que Julio Camba dedica al filósofo alemán en Caricaturas y retratos (Francisco Fuster, Fórcola, 2013) es, seguramente, uno de los textos menos ocurrentes, menos elaborados. Nietzsche era difícil de captar, de retener, de comprender. Para cuando Camba escribe (1913 y 1915), hace años que Friedrich ha muerto: Alemania es un bullicio patriótico, un ardor nacionalista, la antesala de lo peor.

Nietzsche parece el inspirador de un renacer y así nos lo dice Camba. Pero lo que olvida Camba es que Nietzsche batalló consigo mismo, que fue un individualista cotumaz. No pasó de enfermero en el campo de batalla y su militarismo fue apocado y aplacado. Su imaginación guerrera fue una fantasía enferma, una demencia que no podía comunicarse.

Pero Camba es muy perspicaz: sabe ver el uso o el mal uso que de Nietzsche hicieron los alemanes. ¿Genio, locura? Ambos estados del alma los tiene en cuenta ese gran fisonomista que fue Camba. Venga, anímense, lean al periodista gallego: mejorará su español y perfilarán su ironía. De paso verán: Nietzsche no es una antigualla; es un autor que entonces dolía. Ahora sigue hiriendo.

La posteridad. Al leer Caricaturas y retratos, el volumen de Julio Camba preparado por Francisco Fuster para Fórcola, te preguntas por la posteridad. Es un concepto inaprensible, de muy difícil definición. ¿Qué queda? Una obra anónima, un autor dudoso. O peor aún: lo que queda es un resto de vasija, un trozo de hacha, una esquirla. Poco más.Hay escritores que han forjado su fama posesionados de esa idea, la quimera del porvenir. Hay autores que han logrado la inmortalidad sin mayor esfuerzo: sencillamente son grandes, de prosa inconmensurable, intempestivos. Formulan las preguntas que permanecen. Hay creadores que saben rebasar su época, su contexto, su limitación, que es este mundo estrecho que nos toca vivir. O esta muerte absurda que nos matará. Para vivir no hacen falta muchos recursos. Es preciso estar satisfecho con los dones, con las habilidades. Es preciso estar contento con la virtud, menor o mayor, de la que estás tocado.

Sin duda, la eternidad se logra saltándose las fronteras del tiempo. Pocos escritores lo alcanzan; pocos se engalan con el estatuto de clásico. Un clásico no es una pieza de museo; tampoco un objeto o sujeto reverenciados y no usados.

Los grandes sobresalen y te dejan incómodo, te dejan inhábil, sin saber qué hacer. Un escritor que rebasa su era es un individuo que se adentra en el pasado para anticipar el presente, para observarlo y diagnosticarlo. Julio Camba trata de gente corriente y de grandes, de imperecederos y de autores olvidados. Lo que llama la atención es la guasa con que los enfrenta. La sorna con que se ríe de la posteridad.

Vicente Blasco Ibáñez. Resulta sorprendentemente certera la ironía con la que Julio Camba trata a su contemporáneo Vicente Blasco Ibáñez. La semblanza que se recoge en Caricaturas y retratos data de 1912 y la finura con la que se emplea es exacta. Blasco despertó las envidias de los letraheridos, de los galeotes de la pluma, de los reporters.

Era capaz de escribir una novela en un santiamén y era capaz de soliviantar al pueblo con su periódico homónimo: dirigía un diario, precisamente llamado El Pueblo, que era material explosivo, de petardo y detonación. Blasco era capaz de describir con tino la Valencia agraria o urbana, idealizada y a la vez vilipendiada, y era capaz de imaginar una utopía austral, allende los mares, en aquella Argentina tan prometedora.

Julio Camba admira su enormidad, su activismo. Al mismo tiempo, escéptico y sobradamente cínico, descree de su poderío. Camba desconfía del dinamismo de Blasco. ¿Un español conquistando el mundo? ¿Un valenciano adueñándose de su público? Estos excesos mediterráneos son bravuconadas. Y son afirmación de una psique expansiva. Pero sabía escribir, admite Camba.

Mi experiencia con Blasco es algo distinta. Le admito a Camba su interés y su repelús. Pero Blasco nunca fue un escritor propiamente admirable. Que uno redacte torrencialmente no significa nada; que uno capte los caracteres y psicologías locales, tampoco es gran cosa: el roce hace el cariño y el hábito facilita las descripciones. En Blasco, todo era tan sanguíneo, tan explosivo, en efecto. Sus mejores páginas son siempre las remansadas, aquellas en las que no pasa nada. Demasiado poco para un tipo tan excitable.

MarshallMcluhanUno vive una creciente sensación de desconcierto. No es para menos. El devenir es pura incertidumbre y el caos emocional se adueña de los espíritus.

¿Dónde acabará trabajando mi hijo? Canadá es una posibilidad que contempla verosímilmente. Lejos de inquietarme, me enorgullece su arrojo. Me apena que se pueda ir tan lejos, pero a la vez me envanezco con su coraje. Qué grande. Y mi hija, un empeño de mujer, una muchacha grande que tendrá un futuro políglota y abierto, esforzado y esmerado.

No como yo: reducido a mi balbuciente español. Digo balbuciente porque no doy para más: mi castellano es lo mínimo. Más bajo no puedo caer. ¿Y las restantes lenguas? Una vergüenza: leo en ellas con soltura y poco más. No hablo, quizá por timidez o simplemente por incapacidad.

España está exportando capital humano. Suena técnico, pero es algo emocional. El mundo aldeano de antes es ahora la aldea global que anticipó Marshall McLuhan. Todos lo recuerdan, ¿no es cierto?. McLuhan es aquel experto, aquel comunicólogo que Woody Allen sacaba en la cola del cine para desmentir a un pedante. Lo leí siendo adolescente y algo de su libertad intelectual aprendí. Miraba más allá y sobre todo hacía aleaciones académicas. No se limitaba a lo que la Universidad le obligaba.

Yo no tengo a MacLuhan, tan distante y tan sabio. Pero tengo a mis hijos, tan cercanos y tan sabios. Su conversación me devuelve a la realidad. Y me emociona. No puedo más que vivir con honra lo que es una suerte.

Observo la foto de McLuhan, esta que pongo, de mediana edad, y me recuerda a mi padre a sus mismos años. Un hombre de bigotito siempre bien vestido, con ese porte de posguerra menesteroso y elegante. Con corbata, por supuesto, mirando más allá, a un objetivo que nos trasciende.

Aquí me quedo.

biografia_elvisUno. Una amiga me escribe un WhatsApp para informarme de que el 8 de enero es el cumpleaños de Elvis Presley. Y de que este mismo 8 de enero David Bowie is…: vamos, que regresa con una canción y, pronto, con un nuevo disco. Le agradezco a mi amiga esa confidencia que sin duda es pública y universal, además de íntima.

Hace dos o tres veranos leí la biografía de Elvis que escribiera Peter Guralnick en dos volúmenes. Era una minuciosa reconstrucción: Ultimo tren a Memphis y Amores que matan. Lo que más me sorprendió fue el protagonismo del Coronel Parker. Sabía de su importancia, pero ignoraba que tuviera tanta influencia en el Rey. Tanta…

Tengo en casa una biografía dedicada a David Bowie. Su autor es Paul david-bowie-29-03-12Trynka. Aún no la he leído, pero espero no tardar demasiado: la vuelta de Bowie me sirve de acicate.

Aprovechando estas noticias, yo ahora debería recomendarles a ustedes la visita a la Exposición de la que Alejandro Lillo y yo somos comisarios: Covers (Centre Cultural La Nau, Valencia). Como lo he hecho ya infinidad de veces, no repetiré la promoción.

Dos. El rock me cambió la vida: perdonen la trivialidad. Mi inglés precario no fue obstáculo para que siendo joven escuchara a Elvis, a Bowie. Etcétera. Me recuerdo solo, en mi habitación, poniendo vinilos en un tocadiscos portátil. Era rojo y marfil, unos colores muy sesenteros, aunque fue un regalo de comienzos de los setenta. Sorprendentemente lo tiré. Es curioso: procuro deshacerme de todo lo que me recuerda mi pasado. Hay una herida que no cicatriza…

Hablando de heridas: había que tener mucho cuidado con la aguja del tocadiscos (siempre amenazada por mis manazas, por el polvo y por la pelusa) y había que preservar el disco (siempre tan frágil). Recluirse en la habitación era un acto de soberanía. Te daba una potestad sobre tus pertenencias. Estabas en un mundo que tus mayores no entendían.

lou-reed-transformeRecuerdo que en la pared, junto al buró en el que estudiaba, tenía un póster de Lou Reed, una fotografía difuminada procedente del Rock ‘n’ Roll Animal (1974). La copia de mi disco español estaba censurada, por supuesto. Y para rellenar el hueco (Heroine estaba prohibida) los productores habían incluido Walk on the Wild Side (una canción extraída de Transformer, 1972). Y alguna pieza más.

Estoy seguro de que el Rock ‘n’ Roll Animal lo he escuchado miles de veces: no exagero ni un ápice. Y estoy seguro de que las canciones del Transformer me conmocionaron entonces y después. No sabía bien cuál era el mensaje, pero aquello me distinguía.

De todo esto hace mucho tiempo, tanto como cuarenta años, pero la sensación adolescente no la he olvidado.

Aún duele.

Aznar ilustrado

26 diciembre 2012

AznarMemoriasI

Columna de El País Comunidad Valenciana

He de leer el último libro de José María Aznar, ese que lleva por título Memorias I. Me gusta el género autobiográfico, aquel en el que alguien rememora. Siempre hay un contraste entre el que uno fue y el que ahora es. Esa distancia es un abismo del que algunos salieron indemnes.

Los memorialistas tienden a adaptar lo pasado a lo actual, lo hecho a lo deseable. Si, además, han sido políticos en ejercicio, entonces esa tensión es aún mayor: lo grande que fui y lo irrelevante que soy ahora; el poder que tuve y del que dispuse con inteligencia y la vida tan poco excitante que ahora llevo. En fin.

En estos volúmenes, antes de entregarme a la literatura, me deleito con las imágenes, con los santos. Por ejemplo, la ilustración de la cubierta o sobre cubierta. En el caso de Aznar, la impresión es clara: su rostro es más grande que la instantánea, que debemos a David Mudarra. El Aznar ilustrado no cabe en la foto y una parte de su busto está fuera de campo. El efecto que se persigue es obvio: el personaje es magno, incluso tiene algo de regio.

Aznar va bien rasurado. Sin duda se ha sometido a una limpieza de cutis. No se ven poros negros y el moreno estival ya no mancha la superficie. El bigote cano pierde espesor y tiende a confundirse con la epidermis, de modo que de lejos no se sabe si lleva o no lleva su célebre mostacho. La nariz es ancha, gruesa y con una peca que el dermatólogo debería vigilar.

Apoya su mano derecha sobre la cara en una actitud descansada, tranquila. Afecta eso, paciencia y sabiduría. Esos ojos lo han visto todo y ya no se les aprecia rencor. Quizá porque José María Aznar está por encima de todo. La camisa azul celeste sin corbata demuestra campechanía, un casual wear de hombre limpio y bien planchado. Se nota que es de clase media. Nos espera. Esa es también la pose de Aznar: al mirar así al posible destinatario, apoyando levemente su rostro en el dorso de la mano parece aguardar una respuesta. Lee y dime. Aprende y verás. Durante un tiempo le estuve dando vueltas, preguntándome una y otra vez dónde había visto yo algo parecido.

Francisco_de_Goya_y_Lucientes_-_Gaspar_Melchor_de_JovellanosDe repente caí. Francisco de Goya pinta a don Gaspar Melchor de Jovellanos hacia 1798. Es un hombre abrumado. Dice Antonio Muñoz Molina en El atrevimiento de mirar (2012): “Jovellanos mira la tarea colosal que tiene por delante, mide sus propias fuerzas y tal vez comprende que son muy inferiores a su entusiasmo (…). En la mirada de Jovellanos hay melancolía, pero también hay limpieza”.

Yo no puedo juzgar la limpieza de los ojos de Aznar. No sé si hay un resto de melancolía. Ignoro si es un hombre ilustrado o abrumado como Jovellanos. Pero sé que la mirada del antiguo presidente español expresa otra cosa. José María Aznar nos mira directamente, con una pose resultona, incluso mundana, de quien anda sobrado. En los ojos se le aprecia algo de resignación. Como ese maestro que debe repetir las cosas, que ha de remachar lo evidente para unos discípulos algo torpones. Siento frío ante su mirada y siento aprecio por aquel Jovellanos taciturno, tan desalentado, tan noble.

Qué cosas. Ahora cuando lea a Aznar lo juzgaré con los ojos de Jovellanos, con ese temple sencillo nada arrogante, de quien fuera ministro y sabio.

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/12/26/valencia/1356517092_267782.html

Leo Las leyes de la frontera (2012), de Javier Cercas. Es un libro recién editado que he devorado con pasión y con unción. Dicho así suena muy religioso, sí.

Leo con recogimiento, algo trastornado. Me altera lo que me gusta y me conmueve aquello con lo que me interrogo. Y la última novela de Cercas, diestramente narrada, me hace preguntarme.

Tiene trescientas y pico páginas (aunque yo la he leído en el Kindle y eso no se nota), pero se me han hecho cortas. Convivo durante unos pocos días con gentes perfectamente verosímiles.

Un personaje de conducta equívoca (cuando no simplemente delictiva), un narrador pasivo, un informante algo tontorrón, una mujer perdida y a la vez atractiva, inteligente y vulgar. Un mito…

Los personajes se crecen conforme avanza el relato y las situaciones cobran una dimensión propiamente moral. Estamos juzgando a cada momento sin saber si acertamos o erramos. Eso es lo que hay. Héroes que son villanos, malvados que tienen su bondad, individuos que se ocultan y que finalmente se confiesan, damas que no son tales, caballeros que son ruines.

¿Continúo…?

Eso, ¿continúo…?, es lo que preguntábamos de niños cuando contábamos una película. Formábamos un corro y alguno de nosotros se ponía en medio de todos para ser escuchado. Si tenía habilidades, hacía ver la historia a quienes no aún habían contemplado el film. Se trataba de narrar con orden, de precisar la índole y el carácter de los personajes, de detallar los principales acontecimientos, de enumerar las consecuencias. Y había que hacerlo con énfasis, dando a cada gesto un efecto, cambiando las voces o los tonos, tarareando incluso la banda sonora.

Con Las leyes de la frontera le entran a uno ganas de repetir aquel teatro adolescente, de revelar los hechos, la acción y la moral de los personajes, las consecuencias. Pero en Javier Cercas eso sería un error. Primero porque un parafraseo de lo que el autor ha escrito abrevia y empeora lo que él desarrolla con mucha elocuencia. Segundo, y más importante, porque Las leyes de la frontera es una pesquisa. Un narrador, a quien nunca vamos a identificar, entrevista a los protagonistas de una historia remota, algo ocurrido en Gerona en el verano de 1978.

La novela que leemos son las versiones de algunos de esos personajes, lo que recuerdan treinta años después: la memoria embellece o empeora las cosas, agiganta o achata las gestas o las ruindades. Un adolescente charnego mira el mundo con vehemencia y con miedo, y con él una basca, una cuadrilla de muchachos que viven aventuras y desdichas. El protagonista principal de la obra no tiene vez ni versión y su cuento es contado por alguien que con él compartió experiencias y peligros y por alguien que asistió como testigo. Ahora ya son adultos y los detalles y relatos son consoladores o autopunitivos: o se salvan o se condenan, o se justifican o se lamentan, o se perdonan y se liberan. ¿Es así? ¿Ocurrieron las cosas así? 

Javier Cercas me regaló un ejemplar de su libro, gesto que yo le he agradecido mucho. La historia te atornilla: te ves envuelto en unas circunstancias y vidas remotas que no te conciernen y  efectivamente da otra vuelta de tuerca, un giro más, a la novela de la adolescencia, a la novela de formación. Aprendes o reaprendes lo que es el miedo adolescente, la inconsciencia o la temeridad del jovencito, el futuro de setenta años por vivir. Aprendes o reaprendes que el presente dura, que las apariencias sí engañan. Que la existencia no dura nada.

Menos mal que Cercas ha escrito una historia larga, matizada, con relatos contradictorios. Eso es lo bueno, muy bueno. Lo malo es que se lee en un santiamén.

Uno. La literatura política circunstancial es un género extraordinariamente entretenido, una rama de la edición de la que me he ocupado en repetidas ocasiones. Leerla no es una pérdida de tiempo. Es un medio de análisis cultural. Aprendes mucho. Para qué emplear el poco tiempo de que disponemos en obras pasajeras que sólo sirven para ensalzar a los políticos retirados o a los aspirantes con expectativas, se preguntará el lector escéptico.

Yo creo que la historia cultural ha de examinar con detalle estos productos: son documentos pensados para legitimación o para racionalización del postulante o del jubilado. En ellos vuelcan sus deseos y aspiraciones y en ellos mostramos nuestra simpatía u ojeriza. Los políticos los toman como el yo que se rehace con la escritura. Y nosotros los tomamos como una pantalla o como un espejo en el que los vemos o nos vemos. Solos o en compañía de otros escriben sus memorias, sus autobiografías, sus diarios, sus balances. O sus prontuarios, sus decálogos, sus mandamientos.

Dos. Esperanza Aguirre es una líder del Partido Popular que no oculta sus pretensiones. Todo político de campanillas ha de tener el volumen que lo justifique. Ella carecía de una obra digna de inmortalizar su pensamiento. Es más, ella se considera una mujer de principios doctrinales. Por tanto, necesitaba un texto que resumiera y reuniera ordenadamente las convicciones de que se vale. Ya lo tiene: es el vademécum de sus ideas, la biblia de su liberalismo. El título es enfático y obvio, como no podía ser de otra manera:Discursos para la libertad. Momentos que forjaron la civilización occidental. Si el lector va buscando una obra sólida y de especulación profunda, se decepcionará. Su misma concepción y lo escueto de su trabajo desmerecen una edición tan cuidada. Por tanto, no recomiendo su compra. Vamos, que no recomiendo el desembolso de veintintantos euros. Eso digo en la columna que hoy publico en El País con el titulo de “Esperanza Aguirre“. Es un artículo breve, como no podía ser de otra manera: de dos mil ochocientos y pico caracateres con espacio. Aquí, en el blog, detallaré la forma y el fondo, la cubierta y los contenidos. Prepárense para la historia intelectual de Aguirre. Yo les hago este servicio.

Tres. De la editorial Ciudadela ya hemos hablado en este blog. En mayo de 2007 decía de ella que es “una editorial pujante: Ciudadela. Así se llama, nada menos. El bastión de las verdades, el dique de la increencia, el freno del relativismo. Le debo estos detalle editoriales a Alejandro Lillo, que me tiene al día de las insólitas novedades que estos militantes publican. Es hasta probable que lea alguno de estos opúsculos: ¡tanto es mi interés por la literatura fantástica!”

Literatura fantástica. Bien, el momento ha llegado: la historia intelectual que Esperanza Aguirre traza en este volumen de Ciudadela pertenece, por género, a la literatura fantástica, a la pura imaginería: talla personajes fabulosos a hechura de sí misma. Por eso, he disfrutado con las audacias históricas, con los anacronismos, con las continuidades imaginarias que la presidenta traza en un proceso intelectual que abarcaría desde Pericles hasta Juan Pablo II.

El pasado como espejo. ¿Cómo puede hermanar a gentes tan distantes y tan dispares? ¿De verdad emplean el mismo concepto de libertad? Para Esperanza Aguirre no hay fronteras espaciales o temporales. La historia es, sobre todo, un arma cargada de futuro, un depósito para fines inmediatos, un recurso con el que perfilarse ella misma. El pasado no existe, carece de profundidad contextual y sólo es un baúl del que tomar lo que nos interesa y nos justifica. ¿Que los pensamientos o las palabras se dijeron en una circunstancia determinada? No importa: arrancar esas expresiones, sacarlas de contexto, para apropiarnos de ellas no es delito intelectual, cree Aguirre.

Esperanza glosa. Decía Richard Rorty que hay dos clases de lectores: los metódicos y los creativos. Los metódicos se someten al contexto y a las reglas del texto, que lo leen con respeto a la circunstancia en que fue alumbrado. A los creativos no les ciñe esa circunstancia: toman el texto como excusa para hablar de otra cosa, como instrumento para otros fines. El creativo es un salvaje que tritura lo que lee. Esperanza Aguirre no es metódica, no. Tampoco es salvaje: le falta la chispa de inspiración que tienen los creativos, esos que leen desmenuzando o pulverizando los textos. Esperanza Aguirre lee deprisa y de su asimilación sólo salen gotitas, glosas chiquitas, unos anémicos comentarios de nula o escasa erudición. Por eso, la editorial Ciudadela tiene que componerle el libro…

Poner el nombre. Ciudadela pone al servicio de Esperanza Aguirre un artefacto promocional. Ella, a cambio, pone el nombre. Así aparece en la cubierta, en blanco, con letras destacadas que las yemas de los dedos pueden recorrer. Es un blanco nuclear que deja en la sombra a los autores que ella recopila. Apenas entrevemos esas imágenes, que sólo son fondo, precisamente. El rótulo con su nombre y el título en dorado e igualmente sobresaliente atraen la mirada: Discursos para la libertadparece un enunciado traducido, casi un anglicismo de uso corriente. Esa preposición “para” nos resulta extraña, nos incomoda. Lo dicho. Ella pone el nombre, pero, como carece de tiempo o de preparación suficiente o de ambas cosas a la vez, la empresa le hace el trabajo más oscuro, la tarea fatigosa. Se lo hace José R. Barros. Barros es un reportero de Alba, esa publicación del catolicismo ultramontano. Aquí, en este libro, hace las tareas de edición y algo más. Así se lo agradece Aguirre en una nota inicial, en la que reconoce sólo “su colaboración en esta obra”. Inmediatamente le agradece también “su asistencia en la documentación, edición y corrección de textos”. Esto es, ha sido su documentalista y su corrector, labores que aligeran enormemente la enojosa tarea de escribir y, sobre todo, de publicar. Si te documentan y te corrigen, la escritura se vuelve un trabajillo muy liviano.Como livianas son las acotaciones de Aguirre. Eso sí: eleva la voz para subrayar los valores, los principios, en declaraciones algo pomposas o triviales.

Contra el apaciguamiento. “Cada vez que repaso estos discursos y pienso en los difíciles momentos históricos en que fueron pronunciados hay una conclusión que se me hace evidente: la libertad merece la pena. En los momentos difíciles, especialmente en los momentos difíciles, es cuando no podemos tirar la toalla, sino pelear por lo que somos y recuperar lo mejor de lo que hemos sido”. Por su formación anglosajona, Aguirre tiene un modelo de excelencia al que siempre se refiere, un modelo que aquí también es protagonista: Winston Churchill. Como en el caso de José María Aznar, la presidenta de Madrid siempre cree estar en el borde mismo del apocalipsis, en el instante anterior a la derrota ignominiosa, cuando sus iguales postulan el apaciguamiento. Justamente por eso, un leve movimiento, un gesto de autoridad o una voz la agrandan. Se enfrenta sin remilgos. Hay enemigos poderosos y hay un pueblo desorientado y quizá dispuesto a claudicar: un líder capitanea la reacción. Churchill le resulta atractivo: es un tipo gordo, algo zafio y, sin embargo, de gran energía. Es un héroe cuyas limitaciones lo agigantan.

Persona non grata. Churchill es un comandante que guía a la sociedad civil. Curtido en batallas coloniales y en los escaños, tiene la experiencia militar y parlamentaria. Dsiponía de la condición de Sir y de otra quizá más valiosa: “desde 1929″, precisa Aguirre, “tenía extraoficialmente el título de persona non grata dentro de su propio partido, el Conservador”. ¿Se puede aspirar a más alta distinción? No lo dudo: que sepas granjearte la animadversión de tus correligionarios es un timbre de gloria superior al que te pueden conceder las victorias sobre tus enemigos. Esperanza Aguirre emplea el pasado como espejo que la confirma, como lugar de corroboración. Ella se ganará el liderazgo de su partido a pesar de la ojeriza que despierta su energía incansable y su contundencia expresiva. O precisamente por eso. Churchill era un “orador excepcional, poseedor de una de las prosas más brillantes de todo el siglo XX”, pero lo verdaderamente importante era que “también sabía expresarse, cuando la ocasión lo requería, con una sequedad, contundencia y falta de remilgos verdaderamente explosivas”. Eso apostilla Aguirre, y lo apostilla porque eso es ella: no una oradora excepcional, sino alguien que cree expresarse con sequedad, con contundencia y sin remilgos. De eso se enorgullece

The lady es not for turning. “…Esta señora no se amilana o, dicho más castizamente, esta señora no se achanta…”, traduce Esperanza Aguirre. ¿A quién alude? A Margaret Thatchet, por supuesto. O mejor dicho: se refiere a sí misma. También en el caso de la ex primera ministra británica, lo que Aguirre destaca es lo que la confirma, aquello que le sirve para trazar mejor su propio autorretrato, tan parecido a un Churchill femenino. “Si en algo coinciden tanto los amigos como los advesarios”, dice de ella, “es el poco miedo que (…) siempre le ha tenido a la polémica. Sus recortes presupuestarios en educación, al mes de ser elegida ministra, causaron honda polémica social”. Esperanza Aguirre la envidia, la imita y, como ella, se presenta “tomando posturas que, en no pocas ocasiones, contrariaban incluso a la oficial de su propio partido”. ¿Por que digo todo esto? ¿Es que, acaso, no son ciertos estos rasgos? Por supuesto, Aguirre no falsea la biografía de Tatcher: simplemente la adelgaza, recordándonos únicamente lo que hace de ella, de la ex primera ministra, una figura entera, inflexible, completa. Lo tiene todo, a juicio de la presidente de la Comunidad de Madrid. La señora Tatcher es de origen humilde, con un padre que ejercía de modesto tendero, y alcanza las mayores distinciones nobiliarias: Baronesa Thatcher. Nace en el seno de una familia fervorosamente creyente, frecuenta el templo metodista en el que su padre predica y consigue dos títulos universitarios: Ciencias Químicas y Derecho. Aguirre se mira en su figura y, por encima de todo, envidia su gran logro, una victoria tan grande como la de Churchill: “el desmantelamiento del monstruoso Estado del bienestar”. Estamos a la espera.

¿España? No hay español alguno que merezca figurar en el canon liberal de Esperanza Aguirre. ¿De qué peca la presidente madrileña? ¿De provincianismo o de papanatismo, esa tontería distinguida de quien sólo frecuentó el Instituto británico de la Villa y Corte? ¿O es que un exceso de cultura british ha excluido el casticismo de su bagaje personal? “Hasta no hace muchas generaciones, cualquier estudiante de bachillerato de cualquier país de Europa conocía estas palabras”, dice Aguirre refiriéndose a la catilinaria de Cicerón: “Quosque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?” Con paciencia, Aguirre admite la derrota de Europa, la caída del pensamiento: “lamentablemente, el cultivo de las humanidades hoy no es el mismo, y los estudiantes de la LOGSE lo ignorarán ya para siempre”. La eduación está en declive, sí, y la juventud está perdida desde hace unas generaciones, qué digo generaciones: desde que dejamos de hablar en Latín. Tanta nostalgia de latines y no dice nada del casticismo. Porque sí, en su patronimonio intelectual, echo a faltar eso, lo castizo, una cosa tan nuestra. Por ello, el elenco que Aguirre nos propone no es una amalgama subjetiva, sino arbitraria: puro extranjerismo.

Nación. ¿Por qué deja fuera a defensores patrios de la libertad, del concepto de libertad, que ella dice profesar con tanto ahínco? El liberalismo español fue temprano, doctrinalmente atendible e intelectualmente destacable. ¿Que no tuvimos a Thomas Jefferson o Alexis de Tocqueville? Cierto, pero hubo pensadores menesterosos que con el iluminismo supieron proponer el fomento del país, su reforma material, el avance del librecambio, la mejora de las infraestructuras: justamente ese progreso modesto de las cosas (del que hablaba yo mismo el otro día). Frenta a utopismos, España fue cuna de liberales empeñosos, contradictorios y sobresalientes. ¿Los menciona alguna vez? No en estas páginas: aquí habla de la civilización, de la que España debe de ser su periferia, seguro. Cuando Aguirre se acuerda de ellos, de esos liberales peninsulares, sólo es para fines nacionalistas y presentistas, precisamente cuando profesan una idea enfática de nación, justamente cuando sus ideas liberales, modestas o templadas, se consuman en la Nación que ahora predica como una letanía. Tuvimos una muestra en la conmemoración de 1808 (qué cruz) y la tendremos en la celebración de 1812.

¿Ortega y Gasset? Y, sin embargo, hay filósofos castizos que rebasan el contexto en que pensaron y que una pensadora como Esperanza Aguirre no puede dejar de considerar. Es lamentable que no entronice a Salvador de Madariaga o a José Ortega y Gasset. Pongamos a don José, vaya. El publicista madrileño no merece un puesto de honor en la lista urgente de Aguirre. No lo entiendo. Es un descuido imperdonable en quien se las da de liberal a toda hora. No entiendo, en efecto, el olvido de la mejor, de la más noble defensa del liberalismo. La leí en un pasaje de La rebelión de las masas (1929). Dice así: “La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Ella lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es el prototipo de la ‘acción indirecta’. El liberalismo es el principio de derecho político según el cual el Poder público, no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo y procura aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría. El liberalismo –conviene hoy recordar esto– es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a las minorías y es, por tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo; más aún, con el enemigo débil. Era inverosímil que la especie humana hubiese llegado a una cosa tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural (…). ¡Convivir con el enemigo! ¡Gobernar con la oposición! ¿No empieza a ser ya incompatible semejante ternura?”

Tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural. En efecto, Esperanza Aguirre no peca de semejante ternura (convivir con el enemigo débil), un concepto tan bonito, tan paradójico, tan elegante, tan acrobático, tan antinatural. Si una tiene convicciones, parece decirse la presidenta constantemente, cómo va a aceptar la tolerancia doctrinal o los equilibrios intelectuales. Eso es incurrir en el relativismo: anything goes? Además, ella está destinada a convivir con líderes morales de proyección histórica y mundial, y Ortega sólo es un filósofo local fuertemente influido por los alemanes.

¿De qué libertad nos habla? ¿Dije filósofo? Resulta decepcionante que nuestra pensadora no profundice en unas categorías de la libertad que son ya patrimonio común de la tradición política. Porque, en efecto, el primer cargo que cabría oponerle a la presidenta es haber ignorado un principio básico: el que separa la libertad de los antiguos de la libertad de los modernos. O, en otros términos, el criterio que distingue entre la libertad positiva y la libertad negativa, una concepción que cabría remontar a Benjamin Constant. La teorizó Isaiah Berlin: la primera es la capacidad que tiene el individuo para emprender algo, para realizar sus acciones, capacidad que depende del marco institucional, de la Constitución que reconoce la intervención; la segunda es la ausencia de coerción, del Estado limitado o incluso mínimo, en virtud del cual el ciudadano hace sus cosas y marca sus planes porque no está sometido a coacción. Esperanza Aguirre no distingue estas dos nociones de la libertad y, por tanto, sus pensadores parecen hablar un mismo lenguaje, parecen decir los mismos conceptos, parecen compartir idearios comunes. ¿El principal de todos ellos? Su oposición al relativismo: como si el relativismo fuera un mal más o menos eterno y se definiera igual en todo tiempo.

Conservadurismo. Edmund Burke, el gran pensador británico, que asiste despavorido al estallido de 1789 y que escribe sus incisivas Reflexiones sobre la Revolución francesa, merece un puesto de honor en el club de los filósofos muertos, justamente por oponerse a tal cosa, a la revolución. La biografía que de él nos presenta Esperanza Aguirre es lamentablemente breve y sesgada, cuatro apuntes de manual o de enciclopedia. De él sólo destaca todo lo que fundamente el conservadurismo en el que la presidenta quiere inspirarse. Y es cierto, sí, que Burke fue un pensador del Setecientos opuesto a la revolución, un escritor que prefirió la conservación. Pero fue también un observador de vastísimos intereses que aquí, en las páginas de este volumen, no se mencionan. Por ejemplo, ¿por qué Aguirre no habla del ensayo que Burke dedicó al concepto de lo sublime? ¿Lo sublime es sólo un concepto de la estética? Aquí tratamos esta cuestión días atrás: lo sublime es una forma de concebir el mundo, que mucho tendrá que ver con la sensibilidad romántica y con la idea revolicionaria. Pero Aguirre enmudece, seguramente porque lo dicho por Burke sobre este punto encaja mal en la tesis que ella sostiene.

¿Dije relativismo? De Edmund Burke, Esperanza Aguirre destaca especialmente la vuelta al sentido religioso de la existencia, una reivindicación que la presidenta saca de contexto. En la Gran Bretaña del Setecientos, Dios no es ese ser extremado, exigente, metomentodo, intervencionista, estatalista que en el Continente asfixia la libertad pública y privada. En Francia, los revolucionarios apean a ese ser trascendente y en su lugar erigen nuevas deidades, es cierto. Pero cuando Burke postula una vuelta a lo religioso, lo hace en términos templados, moderados: tras siglos de guerras de religión, tras persecuciones. En cambio, en Esperanza Aguirre, el retorno a lo trascendente es el regreso a un clericalismo encubierto. “Porque, parafraseando a Chesterton, cuando el hombre deja de creer en Dios no lo hace para no creer en nada, sino para empezar a creer en cualquier cosa. Lo que suele traducirse, en última instancia, en la sustitución de las convicciones religiosas por credos ideológicos de cariz totalitario”. ¡Por los clavos de Cristo! ¿Si yo no creo en Dios, si yo he perdido mis convicciones religiosas, entonces profeso credos totalitarios? ¿Eso es lo que suele suceder? Conozco agnósticos e incluso ateos, gentes que no tienen esas convicciones religiosas que proclama la presidenta. Pues bien, son personas sensatas, morigeradas, incluso más moderadas que la militante Aguirre. Hagan, por favor, examen de conciencia, no sea que ustedes estén intoxicados por algún credo ideológico de cariz totalitario.

Colofón. ¿Hay alguna conclusión que podamos sacar de este libro? Los libros son como los cerdos: todo en ellos es aprovechable. Si nos saltamos los prefacios de Esperanza Aguirre para ir directamente a los textos recopilados no perderemos gran cosa. Ya digo que sus anotaciones son sumarias, escuetas, extractos de enciclopedia. Todo muy manejable… Por tanto –podríamos decirnos– leamos a los clásicos aquí reunidos. Pero entonces la pregunta sigue: ¿para qué leer textos que no siempre son completos?

En ocasiones, uno tiene la impresión de que lo secundario ha sido amputado: como esa fotografía que tienen a la derecha. Imaginemos que de un retrato sólo nos interesaran las extremidades superiores. Entonces, quitaríamos de esa imagen el resto de cuerpo. Las manos retratadas de las que ofrecemos un detalle serían el cacho de un entero. Es eso lo que nosotros vemos. Nada más. Queda fuera lo irrelevante: es decir, el resto del cuerpo, el fondo. Como queda fuera de este libro lo que Esperanza Aguirre o su asistente consideran marginal. Pero en el desarrollo de un pensamiento no hay nada irrelevante: lo secundario, lo que parece insustancial, da la medida exacta de un pensamiento.

Indudablemente, Esperanza Aguirre hace una declaración de fe sobre la libertad. Pero esta manifestación es eso: una declaración de fe, de confianza, de esperanza. Es una manifestación campanuda. ¿Hay alguien que, de entrada, se niegue a celebrar teóricamente la libertad? Los totalitarios, responderá Aguirre. Y quienes no comulgamos con las doctrinas de la presidenta punto por punto, ¿qué somos? ¿Totalitarios? En ella, en la presidenta de la Comunidad de Madrid, la profesión de liberalismo no tiene fecha: aunque da un breve apunte circunstancial de cada pensador, lo cierto es que los descontextualiza al establecer una serie. Según su artificio, habría una corriente subterránea o manifiesta que llevaría desde la Antigüedad hasta hoy (bueno, también Hayek sostuvo algo parecido aunque con mayor enjundia…). Pero, amiga presidenta, la historia no es lo que nos identifica o aquello en lo que nos reconocemos, sino lo que nos permite diferenciar, lo que nos faculta para entender lo distinto. El pasado es un país extraño…

Pero, para Aguirre, la historia de la libertad es la historia de un puñado de individuos que compartirían un credo básico: por eso, puede trazar una línea de continuidad. ¿Y por qué decir esto ahora, por qué proponer eso, justamente en este instante? Nunca es tarde para defender la libertad, responderá la presidenta. En nuestro caso y ahora precisamente, son el caos y el relativismo hacia los que nos precipitamos los factores que nos mueven: aquello que exige dar un paso al frente. “No sólo España, sino el conjunto de las naciones que solemnos denominar Occidente, atraviesan momentos históricos difíciles”, momentos “de duda e incertidumbre. Dudas sobre lo que somos y sobre lo que queremos ser. Dudas sobre lo que hemos ido y sobre los principios que nuestros antepasados escogieron para construir nuestra comunidad”.

Me los imagino: de Pericles a Wojtyla, un grupo de esclarecidos pensadores, un pelotón selecto sabe cuáles son los criterios a defender, las convicciones a mantener, las doctrinas a compartir. Se trata de apretar los dientes, proclamar los principios, confiar en la Nación, amar a Dios y esperar el advenimiento de un guía tutelar que revele el camino.

¿Cuál es el colofón? No hay colofón: hay hilo un conductor: la persona que vislumbra lo que para muchos es oscuro, Esperanza Aguirre.

Hemeroteca

Justo Serna, “Esperanza Aguirre”, El País 9 de diciembre de 2009

http://justoserna.com/2009/12/09/de-que-escribe-esperanza-aguirre/

Yo soy funcionario

8 septiembre 2012

Me dicen algunos amigos que qué me ocurre, que el blog no se actualiza, que yo mismo no doy señales de vida. Que no respondo: ¿Me he quedado abúlico?  Mis constantes vitales son mínimas, si me permiten emplear esta desgraciada metáfora. Sobrevivo al tedio y al desinterés. Y a la molicie. Soy funcionario, soy docente. Tengo tareas. Preferiría no hacerlas.

Hasta hace nada, la tierra era más o menos redonda, con sus entrantes, con sus salientes, con sus aristas, con sus agujeros; los niños, por muy guapos que fueran, no venían de París…, aunque a veces les costara pronunciar la erre;  no éramos el centro del universo, pese a considerarnos el ombligo del mundo: teníamos a Francisco Camps, nuestro perchero o timonel. El porvenir resultaba previsible. Éramos funcionarios, gente bien nutrida, algo holgazana y sin aspiraciones. Como probablemente es Mariano Rajoy. No sé si es el caso de Alberto Fabra: ignoro su oficio.

Ahora ya nada es igual. Tengo cincuenta y tres años, hago balance y qué encuentro. A veces leo libros que compro en Gaia. A veces miro en el espejo de casa. Me pongo los lentes  y veo a un funcionario, qué horror. En las pesadillas llevo bata, mandil o sobretodo con lamparones, que son mis uniformes con chorreras; llevo manguitos, que tienen tinta y galones; llevo tocado académico o visera para tapar mi falta de higiene y mis ideas.

Mientras escribo, mientras trabajo (o hago como que trabajo), echo un trago, dormito, canturreo y poco más. Siempre las mismas canciones, con estribillos salaces. Creo saber algo del mundo, pero lo ignoro todo. Justo al revés que Rita Barberá, que luce enormes hombreras para realzar su figura poderosa, esa dama que sabe mucho y que viaja en coche oficial con los pies sobre tierra. Es decir, se desplaza en troncomóvil.  Yo, en cambio, soy poco atlético: aquí estoy, aquí me ven, leyendo un E-Reader. Esperando la carroza. Para salir con los pies por delante.

Escapar corriendo. La lectura de El árbol de Teneré (Calima, 2012), de Juan Planas, perturba. Una reseña de Francico Fuster lo deja bien dicho… Abres el libro y lo primero que te encuentras es una entrada de los Diarios de Franz Kafka.

“21 de agosto [de 1912]. He leído a Lenz incesantemente, y él –así estoy yo– me ha hecho entrar en razón”, cita Planas. Pero yo he consultado otra versión de los diarios. No puedo disfrutar del original y por ello me resigno a estas espléndidas e imaginativas traducciones. Leo la edición que Jordi Llovet dirigió para Galaxia Gutenberg.

A Kafka, la lectura le hace entrar en razón, repite Juan Planas. ¿Qué será tal cosa? Entrar en razón. ¿Acaso moderarse? No sé, en mi ejemplar, la versión es distinta: “He leído incesantemente a Lenz y gracias a él –así me encuentro– he vuelto en mí”. He vuelto en mí. No sé: es una confirmación del encierro, de la repetición: uno acaba regresando al personaje nimio que es…

Juan Planas reproduce otro fragmento de esa misma entrada de los Diarios. Según añade Kafka, leer es manifestar simultánea e indirectamente una insatisfacción. Cuando tomamos un libro, levitamos: “todo el mundo levanta los pies del lugar en que se encuentra, para escapar corriendo”. Escapar corriendo: poner los pies en polvorosa, que se decía en los tebeos y dibujos infantiles. O en mi versión: “todo el mundo levanta los pies del sitios en que se encuentra para irse de él”.

En Planas, la realidad no puede ser un mal principio: nos da arraigo y sensatez en un mundo de gentes desnortadas y dementes. La realidad, sí, no puede ser un mal principio: siempre y cuando podamos abordarla para escapar y para, finalmente, volver maltrechos o indemnes. “Pero viajo entre los escombros de los hospitales / y no encuentro mi nombre entre las listas de bajas. / Será que estoy en fuga o, quizá, en el purgatorio / de los que aún tienen fe en el cielo y en el infierno.” Eso precisa Juan Planas.

Leer para perderse. Llega el verano y todo marcha más lento. Ya hay lista de bajas. Uno demora la actualización del blog, dejándose llevar por la haraganería. O eso espera uno tras la agitación de los meses precedentes, tras el trabajo. Aunque, bien mirado, no es más que un deseo, pues en verano estallan guerras y se producen cataclismos… Aún me quedan semanas para disfrutar del dolce far niente, pero ya quiero pasear, hacer ejercicio, tomar aire y broncearme moderadamente. Y ya quiero leer sin tasa novelas, poemas y ensayos. ¿Para qué? Para perderme, para salir de mí mismo. Por eso leemos: para olvidar durante un tiempo esos personajes previsibles que somos.

“He de recuperar el hilo o dejarlo escapar por completo. / Huyo con él y huimos. Huyo contigo y de mí. Huyo”, leo en el libro de Juan Planas: un diagnóstico preciso.

Algo semejante defendía Antonio Muñoz Molina el sábado pasado en Babelia. El mismo día en que aparecía el suplemento de letras y artes de El País, el  7 de julio, el diario vendía a precio reducido El viento de la Luna, uno de esos  libros que he leído, releído, glosado y vuelto a comentar. Me da reparo poner enlaces, pero podrían ser varios a las lecturas y relecturas, menciones y reacciones que dicha novela me provoca, ambientada principalmente en 1969, tres décadas después del fin de la Guerra Civil. Para esas fechas, yo tenía diez años…

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