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El Lector

5 enero 2014

EllectorHace casi cuarenta años yo sólo era un lector, un muchacho que luchaba por abandonar la adolescencia en el momento mismo de ingresar en la Universidad. Era frecuentemente taciturno y casi no tenía amigos que me agradaran. Esa circunstancia de desamparo se agravaba por el hecho de padecer una huelga interminable de profesores. Los recién ingresados estábamos desorientados, sin saber qué hacer. O tal vez sí: tal vez tuve claro lo que quería hacer. Por eso, por no poder disfrutar de unas aulas vacías y por no poder compartir con nuevos amigos mis inquietudes, solía irme a los Jardines de Viveros, en Valencia, a leer.

No me agradaba la soledad lectora a la que me entregaba en tardes inacabables: sentado en un banco del parque, rodeado de ancianos y de parados, me dedicaba a devorar libros con gusto, con rabia, anotando en escuetos cuadernos o folios arrugados lo que aquellas páginas me sugerían. Echaba vistazos a lo que a mi alrededor pasaba por si algo cambiaba mi suerte. Pero nada ocurría: seguía viendo viejecitos y seguía sin ver jóvenes con quienes comunicarme y discutir sobre lo que leía o veía. Pues bien, sólo por eso acababa leyendo aún más. Tenía tantas ganas de acumular libros (nunca fui un bibliófilo) que los ejemplares que podía adquirir siempre me parecían pocos.

Justo por eso adquirí entonces una costumbre curiosa: la de escribir directamente a las editoriales, la de dirigirme a las grandes casas cuyos fondos deseaba. Solicitaba catálogos, prospectos publicitarios, todo lo que buenamente pudieran mandarme. Hablo de cuando tenía quince o dieciséis años, una edad que me resultaba odiosa, carente, ese tiempo en que adoleces…Yo había vivido el final de mi infancia en Bétera, en donde había hecho buenos amigos, pero conforme llegaba a la adolescencia, un traslado definitivo de mi familia a Valencia y mis propias aficiones lectoras me fueron apartando de aquellos muchachos con los que había crecido. Fue por eso por lo que me refugié pronto en los libros, como un alivio temporal. Lo que empezó siendo provisional acabó, sin embargo, convirtiéndose en duradero. No podía comprender cómo había lectores de un solo libro, cómo podían contentarse con tener un único volumen en la mesilla de noche. A pesar de que mis padres me facilitaban dinero para libros, mi economía adolescente no me permitía grandes compras y por eso, sólo por eso, me dirigía a las editoriales buscando papel impreso y, probablemente también, un interlocutor.

Cada vez que en el buzón familiar aparecía un paquete o carta postal de Alianza, de Península, de Ariel, aquel presente me colmaba de dicha. En aquel envío había novedades y una lista de libros que me llegaban. Los mejores catálogos no sólo contenían un elenco de los fondos: añadían también algunas fotografías de las cubiertas de los volúmenes más destacados e incluso una síntesis de sus contenidos o un extracto de sus páginas. Decía Groucho Marx en ‘Groucho y yo’ que él ejerció de joven como lector gorrón entendiendo por tal actividades depredatorias en las librerías neoyorquinas. No se trataba tanto de robar un volumen cuanto de leerlo gratis.

Algo de esto hice yo también: me recuerdo algunas tardes en la librería de unos grandes almacenes leyendo de gorra, saltando entre las páginas de libros que no me podía comprar…, así hasta que un día (sí, lo admito) hurté un ejemplar muy codiciado y de precio inaccesible: el primer tomo de las obras en colaboración de Borges y Bioy Casares. Dicha necesidad me la alimentaron los catálogos de Alianza, pero también aquellas bellísimas y chocantes cubiertas que Daniel Gil hacía para su fondo. Es decir, los prospectos publicitarios de las editoriales habían provocado en mí su efecto deseado: que no renunciara a tener aquel lujo del pensamiento, de la creación, de la literatura, en fin.

Cuando Ariel o Península me contestaban, me sentía importante, un corresponsal animoso de provincias al que los grandes ejecutivos de Barcelona consideraban todo un señor. Yo, por supuesto, no confesaba nunca mi edad y daba a entender que era un hombre de mundo, resuelto y con mucha determinación. Es más: pensaba que algún día también yo publicaría libros. Qué sueño… Pero sobre todo, entonces, lo que más me atraía era establecer una relación de iguales entre los editores y yo. Era tan inocente que cuando un ejecutivo me contestaba mi soberbia intelectual me hacía creer que yo formaba parte de ese mundo literario o bibliográfico que añoraba. Quería pensarme manso y temerario a la vez, dispuesto a decir, a decir profusamente ante mis interlocutores (en este caso, los editores), ensoberbecido por las palabras y por las imágenes con las que quería expresar mi mundo.

Tanto es así que durante un mes, por ejemplo, un importante comercial de la ‘Enciclopedia Británica’ me estuvo telefoneando a casa para ver si efectivamente compraba ese depósito del saber por el que yo había manifestado tanto interés. Charlábamos durante minutos y minutos sobre aquel repertorio, sobre su calidad. Para que todo fuera creíble yo engolaba la voz y me hacía el mayor, pero sólo para demorar el no, el no puedo, el no puedo adquirir esa joya que usted me propone en cómodos plazos. Ya ven: mis relaciones con los libros fueron en principio y sobre todo con los editores o con sus mediadores: gentes animosas y anhelantes como yo. Sólo después he conocido a escritores, a autores. Sólo después yo mismo he visto cumplir mi sueño: publicar libros. Sin embargo, ahora que lo pienso, mi sueño no es ése.

En realidad, lo que siempre he deseado es seguir siendo lector. Han pasado casi cuarenta años, ya digo, tengo una profesión (soy historiador) y, más allá de mis autores favoritos, de mis libros más apreciados, tengo amigos y amigas con los que compartir dudas. Pero a la vez creo que sigo haciendo básicamente lo mismo: leer… Incluso cuando redacto, escribo aquello que me gustaría leer y que no lo he visto en los fondos de las editoriales.

Ustedes ya me van entendiendo.

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Colección Thyssen-Bornemisza.  Ferdinand Hodler, El lector c. 1885

Karl Marx

31 diciembre 2013

KarlMarxHoy me pongo grave y severo para celebrar el cambio de año. Ustedes perdonarán que hable tanto y tan seguido de historia y de lo que no es historia. Esto que digo es cosa académica. Les ruego que no se me espanten, que no se me vayan aún. Lo de la historia interesa o ha de interesar por fuerza y fuera de la Universidad.

El historiador no es aquel que echa una ojeada a lo remoto o a lo chocante de otros tiempos. Primero, porque no puede acceder a lo ya ocurrido y finalmente desaparecido: sólo a sus restos. Segundo, porque no se dedica a recopilar curiosidades o episodios pintorescos, sino a relacionar, trabar, analizar y narrar lo sucedido y lo no sucedido: es decir, lo que aconteció y también lo que no se consumó por estar sólo en las intenciones y en los pensamientos de los antepasados. De lo que se materializó quedan huellas; de una parte de lo que se pensó sin finalmente ejecutarse, también.

La historia no es una recopilación de éxitos más o menos antiguos que sirvan de orgullo patriótico. Tampoco es una cosecha de derrotas o fatalidades que nos sirvan para alimentar rencores. La historia es un saber laico, racional. Sus oficiantes deben expresarse con la mejor prosa posible administrando la información de una manera documentada, persuasiva y convincente. ¿Para qué? Para aprender del pasado, para alejarnos de los antepasados. En realidad, lo que nos preocupa es el presente, lo que hoy nos inquieta o completa. Por ello, el investigador continuamente se interroga sobre lo que pasa para contrastarlo con lo que sabemos o creemos saber del pasado.

¿Para ver repeticiones? ¿Para confirmar la fatalidad de una derrota o de una guerra cuyas heridas aún no habrían cicatrizado? ¿Para enorgullecernos de unos triunfos lejanos? Quedarse atado a lo pretérito es negarse a vivir, decía Friedrich Nietzsche en una de sus ‘Consideraciones intempestivas’.

No hay repeticiones históricas. El futuro no está en el pasado. Como tantas veces se ha insistido con razón, el pasado es un país extraño, un repertorio de acciones humanas que hay que interpretar y un conjunto de circunstancias que hay que explicar. Los actos humanos tienen intenciones, justificaciones, racionalizaciones: es decir, los individuos dicen lo que hacen o lo que no hacen y eso que hacen y dicen o no dicen ha de ser comprendido por el historiador. Pero quien investiga no puede quedarse en las razones que esgrimían real o falsamente los antepasados: el historiador no es un portavoz de los muertos. Hay cosas que los vivos de aquel tiempo no pudieron saber, condiciones que les superaban y de las que eran perfectamente ignorantes. Como nos sucede a nosotros con estos tiempos de incertidumbre. El historiador sabe más que aquellos muertos y averigua las circunstancias que desconocían. Averigua el contexto de las cosas.

Y el contexto de cada época nos dice mucho acerca de nosotros mismos: podemos comparar lo que sabemos de nuestro tiempo con lo que ya está documentado para este o aquel momento de la historia. Comparar, contrastar. Lo pasado sólo subsiste en restos materiales o restos inmateriales: desde una vasija milenaria que el arqueólogo completa tentativamente, hasta unas concepciones o fantasías que sobreviven enteras, a cachos o en estado ruinoso. Todas estas ideas, archisabidas, me vienen a la cabeza al pensar en Karl Marx. Ahora diré por qué.

Debemos preguntarnos una y otra vez sobre las condiciones y el contexto de ciertos pensadores originales, osados, esos autores que tan influyentes han sido y que tanto nos han interesado o interesan: individuos que se alejan del común gracias a una gran perspicacia o inteligencia, a un empeño incluso loco por analizar las cosas.

Esos pensadores son propiamente creadores en el sentido más preciso de la palabra: llevan a cabo una tarea diferente a la de muchos y, por ello, son malinterpretados o rechazados. Eso pensaba de sí mismo Friedrich Nietzsche, por ejemplo. Podía ser capaz de sacrificarlo todo, toda su energía, a la tarea que se proponía, determinación admirable y preocupante.

Es admirable porque ese tipo de pensador se sabe dueño de su genialidad; es preocupante, sin embargo, porque no repara en sacrificios, que suele imponerse a sí mismo, pero también a las personas más cercanas. Reflexionaba sobre estas cosas, sobre los grandes creadores, y de chiripa siempre llego a Karl Marx.

Precedida de todas las recomendaciones, críticas y elogios llega la biografía que Jonathan Sperber dedica a Karl Marx para Galaxia Gutenberg. Está recién editada y su lectura me depara un placer intelectual que no me puedo callar. Aunque la traducción tiene algún defecto subsanable (ciertos giros empleados en español), lo cierto es que la obra compensa cualquier pero o reproche. Ya la había anunciado muchos meses atrás Anaclet Pons en su blog Clionauta, que en estas materias siempre va dos o tres pasos por delante de los demás. Así de avispado es mi amigo. Y de generoso, que reparte su saber e informaciones a manos llenas.

Sperber analiza a Marx en su contexto sin dar nada por supuesto procurando no llevarlo al siglo XX: este libro no es una historia del marxismo, sino una biografía de Marx como individuo del siglo XIX. ¿Qué significa nacer judío en Tréveris, Renania, en 1818? ¿Qué significa morir en 1883, como revolucionario, como estudioso entregado fanáticamente a sus obras y a sus conspiraciones? ¿Qué significa fallecer en la cúspide de la celebridad política e intelectual, en lo más alto de las simpatías y antipatías?

La intención de Sperber no es convertir a Marx en nuestro contemporáneo (cosa que se le ha reprochado), sino en lo que realmente es: un antepasado del Ochocientos que le tocó vivir en un mundo completamente distinto al nuestro, un mundo que se transformaba provocando gran incertidumbre. ¿Acaso el biógrafo manda a Marx al pasado para desactivarlo?

De momento no puedo contestar. La obra de Sperber está escrita con genio, con habilidad narrativa, con ánimo exhaustivo. El autor interpreta y explica casi siempre de manera convincente. Tiene cientos de páginas. No he querido mirar el número exacto: así, la dicha se prolongará más.

Breve teoría de la semblanza

14 diciembre 2013

Un libro titulado Semblanzas se encuentra en el mercado. No es el único que lleva ese rótulo. En este caso concreto me semblanzaspiobarojarefiero a un volumen publicado por Caro Raggio Editor. Lo firma Pío Baroja y lo compila e introduce Paco Fuster. Un trío de ases, podríamos decir con justicia porque la obra está justificada, es nueva, sus contenidos están debidademente ordenados y aunados con rigor. Y, aunque la prosa ya es remota, su frescura irreverente continúa.

Una semblanza es un parecido. Es un rostro. Es una pintura. Es un ser humano. Es un escrito. Todo ello a la vez y contradictoriamente. Una semblanza es una composición que toma su modelo del natural. Es una recreación breve, sólo atisbada, de rasgos presentes en el sujeto retratado.

Por ser recreación, hechura y manufactura, quien hace la semblanza toma una parte, sólo una parte, de todo lo que podría decirse del modelo. Esos rasgos son enfáticamente subrayados o subjetivamente exagerados: para hacer un panegírico o para trazar una caricatura.

En cualquier caso, la semblanza viene del natural y es el autor quien amplía o comprime, agiganta o achata. En términos literarios es un género prestigioso: por las figuras que son merecedoras del dibujo, encomio o repudio; o por la finura, bondad o maldad de quien retrata.

De hecho, la semblanza define más a quien escribe que al escrito, a quien compendia que al compendiado. Hay gravedad o severidad en los atributos destacados. O hay broma y mucha ironía en la descripción.

Las semblanzas están pensadas para quien no conoce al retratado o para quienes ya están en antecedentes. Son bosquejos que captan episodios o son retratos de cuerpo entero, con los datos esenciales.

Es importante saber si quien escribe una semblanza tiene simpatía o antipatía por el personaje. Se descubre pronto, pero con ser relevante no es lo esencial. Hay escritos que son auténticos libelos con ultrajes sabiamente adminsitrados. Y hay semblanzas que demuestran cercanía y bonhomía.

Lo más destacado es la generosidad del biógrafo. Cuando digo generosidad no me refiero a que trate con mimo al biografiado. Aludo, por el contrario, a que se entregue, a que se vuelque, aunque esté desollando vivo a su retratado.

No cabe inventar fantasiosamente. Es preferible dos rasgos bien explotados, que un sinfín de quimeras sin probar. No cabe mentir descaradamente. Es preferible decir la verdad aunque duela que buscar el mero lucimiento.

Cuando leo las Semblanzas, de Pío Baroja, veo cumplidas sobradamente estas exigencias. Su prosa ríspida no es cicatera y por tanto no evita el elogio. No diré a quiénes prefiere. Pero sí que diré que sus fobias y filias están perfectamente verbalizadas, con un dominio de la palabra, de la prosa, que muchos envidiamos. Que muchos envidiamos cuando hacemos el bosquejo de esteo de aquel personaje que no merece antención alguna. Además, la guasa sutil o el pronto áspero de Baroja se compadecen perfectamente con los personajes, todos de nivel, de mucha altura.

Francisco Fuster ha hecho un florilegio, un compendio, sin dengues. Con una introducción escueta y sólida. El resultado es un libro materialmente bellísimo, con una cubierta en la que vemos una caricatura entrañable y con un papel cuya textura se agradece. Como se agradecen los retratos del habilidoso donostiarra.

Muchas gracias.

Ana Aznar Botella

7 diciembre 2013

imageUna madre quiere lo mejor para su hija, la mejor educación, una salud envidiable, una energía inagotable. Desea un marido que la cuide, que reconozca su belleza sin par, un marido que sea abierto y fiel, un esposo adinerado y bien situado, con un patrimonio ya hecho, con un capital en ciernes o al menos, un hombre con conocimientos, de trato fácil con gente bien.

Esa es la imagen que Ana Botella da de su futuro yerno en el volumen de memorias ‘Mis ocho años en La Moncloa’ (2004). De ese yerno que se casará con treinta años, Alejandro Agag, alaba su don de gentes, su optimismo, su carácter mundano, su capacidad para establecer relaciones. Hacia el año 2000, el futuro yerno es amigo íntimo de José María Aznaz Botella. Y en uno de aquellos veraneos en Mallorca surgirá el flechazo de Agag con Ana Aznar, que aún no llega a la veintena.

¿Quién es por entonces Ana Aznar? Es la hija del presidente del Gobierno, toda una joya muy preciada en el mercado de la soltería madrileña. “Ana Aznar tiene el rostro dulce. Con los años se le ha ido perfilando, pero la sonrisa ha permanecido como cuando niña miraba con ilusión las intervenciones de su padre. Y los aplausos. Nació en septiembre de 1981″, en la revista ‘¡Hola!’

Por su parte, Agag tiene tratos frecuentes con la familia, no sólo por la amistad que mantiene con el hijo mayor, sino también por ser un subordinado del Partido Popular: secretario del ramo, de varios ramos, que el máximo dirigente aprecia. Es normal que una muchachita impresionable quede prendada de su facundia y de sus proyectos tan grandes y prometedores, cosas de finanzas. Agag abandona la política para dedicarse a la cosa bancaria y a estrechar vínculos con los magnates del automovilismo como Flavio Briatore o Bernie Ecclestone.

La joven Aznar Botella aún no alcanza la veintena cuando en Menorca se enamora en secreto, eso sí bajo la atenta mirada de la madre, que sospecha lo que pasa. En unas segundas vacaciones que la familia pasa esquiando, las cosas se confirman. Pero aún será un secreto a voces. Nada más sobrepasar la edad, los novios ya será oficiales. Las televisiones lo difunden y José María Aznar –Jose para Ana Botella– se entera de la feliz noticia regresando de Bruselas, tras asumir la presidencia temporal de la Unión Europea.

Se casarán en septiembre de 2002. Primero se estudia la opción de la Iglesia de San Francisco el Grande. “Todos somos de Madrid, sentimos esta ciudad como nuestra casa y está iglesia reunía todas las condiciones para celebrar la boda de mi hija menos una: estaba en el centro de la ciudad y habría causado muchas complicaciones”, confiesa Ana Botella en sus memorias. Es por por lo que optarán por la basílica del monasterio de El Escorial.

Serán unos meses de locura, de preparativos sin fin. “Quise ocuparme de los más mínimos detalles y, en algunos casos, dedicarles una especial atención”, añade. “Todo parecía estar bajo control cuando nos fuimos de vacaciones. El traje, el permiso de la Iglesia, los invitados, el catering, la decoración… ¡Hasta las mesas estaba colocadas!”. Todo bien amarrado y a salvo de contingencias: quizá un pequeño accidente doméstico o las previsiones meteorológicas para ese mes de septiembre, el 5 de septiembre.

“En España las bodas se celebran, y se celebran mucho. La vida, al final, tiene su punto de ilusión, de puesta en escena, de una magia que reviste esos momentos y que los convierte en hitos en la vida de las personas”, concluye Ana Botella con gran lirismo.

Será una boda grandiosa, con mil cien invitados, oficiada por monseñor Rouco Varela. Un enlace con numerosísimos amigos de las familias, muchos ellos de postín, entre los primeros: los Reyes de España, Tony Blair y Silvio Berlusconi y otros muchos que la ciudadanía desconoce en aquel momento. “Un recuerdo imborrable en mi memoria”, confirma Ana Botella.

También será imborrable para todos los españoles. La grandeza, la ostentación, la exhibición de joyas, trajes, gente principal, harán del bodorrio un síntoma de la megalomanía. José María Aznar parecía haber perdido los concordantes, la cordura, la mesura. Luego hemos sabido que el evento que tantos miles de euros costó era la mínima parte de una herencia inmaterial, la que la pareja recibía, un patrimonio de lujos y conocimientos, de grandes contactos, de regalos exorbitantes.

Costear el convite en la finca de Los Arcos es un obsequio de primera. Ya sabemos que aceptar un regalo te obliga, te fuerza a entrar en un sistema de contraprestaciones. Lo que empezó siendo una donación gratuita acaba por ser un regalo a devolver equivalente o superior. ¿Cuándo empezó? ¿Qué fue primero, el presunto regalo de Francisco Correa, cabecilla de la trama Gürtel? ¿O, por el contrario, las prestaciones y las contratas del partido fueron previas?

La teoría del don, del regalo, nos la enseñó el antropólogo Marcel Mauss cuando estudiaba a los salvajes, a los primitivos. ‘Ensayo sobre el don’ (1925), se titulaba su luminoso estudio. La naturaleza humana no ha cambiado mucho. Seguimos siendo unos salvajes que esperan su recompensa; seguimos siendo unos primitivos que aguardan el obsequio que nos tenemos merecido.

El 5 de septiembre de 2002, ‘El País’ daba cuenta del feliz acontecimiento y precisaba algunos datos que se habían hecho públicos: “Aunque no se ha informado del coste de la celebración, puede estimarse en unos 120.000 euros, a juzgar por los precios medios fijados por la empresa que explota la finca. El pago será costeado a medias entre ambas familias y según La Moncloa el coste de los desplazamientos y alojamiento de los dirigentes extranjeros invitados a la boda no serán costeados con cargo al presupuesto público sino de su propio bolsillo”.

Hay un pasaje de ‘Viaje al fin de la noche’ (1932), de Louis-Ferdinand Céline que me gusta citar. Dice así: “Decididamente, lo más interesante pasa siempre en la sombra. Nada se sabe de la verdadera historia de los hombres”. La pesimista conclusión de Céline alude a nuestra incapacidad para ver, para descubrir lo relevante, para averiguar los manejos de los seres humanos, que obran tantas veces en la sombra.

¿A la sombra? Lo interesante pasa siempre a la luz, a poco que se mite bien. A poco que se mite bien, todo se sabe de la verdadera historia de los hombres. Años después de bodorrio, la prensa divulgó que una parte sustancial de los costes los abonó la trama Gürtel. De Francisco Correa, nada nos dice Ana Botella en sus memorias, a pesar de que lucía como un señor haciendo el paseíllo de entrada?

A despecho de ser la organizadora y celosa vigilante de los preparativos no parece que la mujer de Aznar se enterara o no quisiera enterarse. Con ello se cumpliría una maldición de la esposa pija: estar rodeada de dinero, estar sobrada de posibles, estar acostumbrada a los lujos, estar habituada a recibir regalos carísimos sin apenas percibir el exceso o averiguar la procedencia.

Todo era por la felicidad de Ana, de Ana Aznar, a quien la madre consiguió arrancarle un compromiso: que acabará la carrera, que completara su formación profesional para labrarse un destino independiente. Que se sepa, Ana Aznar y Alejandro Agag tienen ya cuatro vástagos, cuatro hijos. Desde luego, los hijos son un destino y no tienen precio: son un patrimonio inmaterial. Del material ya se ocupan otros.

Elogio de la librería

29 noviembre 2013

imageCuando yo era niño, tres eran los escaparates que más me entretenían en la Valencia de los sesenta: el de una juguetería bien abastecida, el de una librería con las últimas novedades y el de una ferretería con todo tipo de metales, tornillería, resortes y llaves. Eran las rarezas de un muchacho que apenas superaba los ocho años.

He dicho ‘entretenían’ y es la palabra exacta: yo únicamente miraba, examinaba y entreveía; raramente ingresaba en uno de esos tres establecimientos. La paga no me daba para grandes desembolsos. El día en que rebasé yo solo el umbral de mi primera librería dejé de ser un niñito para sentirme mayor y maduro.

Cuarenta y tantos años después sigo cumpliendo el ritual. Visito las librerías y me llevo con alegría infantil algunas de las novedades que me sugieren las libreras, esas chicas que me atienden con prontitud y rigor. Digo libreras porque, salvo Alejandro, que es amigo, muy amigo (que siempre me acoge entre pilas de volúmenes), los restantes profesionales con quienes más me trato son mujeres.

Mis tres libreras favoritas se llaman Lola, Almudena y Nuria, que llevan con entusiasmo Librería Gaia, Llibreria Ramon Llull y Shalakabula Librería: en Valencia y en Mislata. Organizan actos de presentación con gran profesionalidad y éxito, traen autores con públicos que llenan el aforo de Ramon Llull, y viven el negocio como hermanas. Con un sentido cooperativo admirable.

En Gaia, en la calle Daniel de Balaciart, 4, de Valencia, atienden Lola y Alejandro: con cortesía y rigor. Allí compró principalmente mis libros desde hace años, y ambos, Lola y Alejandro, me cuidan, me miman. Yo creo que hasta me quieren. Las librerías de barrio son espacios profesionales y emocionales. En ellas encontramos volúmenes, conversaciones y monstruos reales o figurados, criaturas de la imaginación o con mucha imaginación.

Miro y hablo; husmeo y converso; me dejó aconsejar y me dejo llevar: sus palabras son muy persuasivas y sobre todo las pronuncian personas cultas que conocen el género y a los parroquianos con los que trabajan. Cuando salgo de Gaia con una bolsa repleta de libros me siento feliz y ligero: con menos dinero en la cartera y dispuesto a aprender, a leer y a releer con empeño.

Las librerías me provocan dicha y aturdimiento. Aunque no compre finalmente, sus anaqueles, expositores y escaparates me procuran tal satisfacción que ese comercio ya no lo abandono para siempre. En Valencia me conocen en: Tirant Lo Blanch, con dependientes que te cuidan; en Libreria Viridiana, que vi crecer a Óscar; en La Casa del Libro Valencia, que es lugar en el que me abandono; y en La Traca, cercanos, lugar en el que empecé recién instalado en Benimaclet.

Me conocen, sí, y en algunos casos me gustaría perderme en ellas. No regresar a una realidad tan áspera. En la puerta de mis establecimientos favoritos debería figurar una advertencia: ‘Tengan cuidado ahí fuera’. Vamos, lo que aconsejaba el sargento Phil Esterhaus a sus muchachos: “Let’s be careful out there”. Punto y aparte.

“¿Qué haces que no estás leyendo?”, podríamos decirle al amigo que se aburre, al adolescente que tontamente se consume.

Estemos en verano o e invierno, hagamos acopio de libros para un pasar, para pasar el mes. Es como cuando viene una guerra y acumulamos azúcar y aceite para sobrevivir. Sabes positivamente que esos alimentos son insuficientes, pero sabes también que ligan con cualquier otro producto para completar la dieta, para paladearlos.

Cuando acabe el mes quizá hayamos incumplido parte de los planes lectores que nos habíamos impuesto. Por ello, algunos de esos volúmenes regresarán a sus estantes sin haber sido completados. No importa. La lectura es un placer, un placer de los sentidos y del conocimiento, un plan de evasión y también un reconocimiento: a la inteligencia de los otros, a la sutileza con la que esos otros expresan las cosas, a la frase afortunada que justifica un libro, al párrafo que nos salva.

Dice Martin Amis que un buen libro es aquel que cuando terminas de leerlo te entran ganas de pagarle una copa a su autor. A mí me dan ganas de invitar a mis libreras (y a los caballeros) que me sugirieron un buen libro. Me procuran tanto placer que me entran ganas de pagarles un trago o, mejor, de levantar una Copa. Yo no soy del Gremio, pero las librerías se merecen un Premio.

 Justo Serna y Félix Vidal

Franco1975El Generalísimo don Francisco Franco nació en El Ferrol el 4 de diciembre de 1892. Vino al mundo en una familia de tradición militar. Su padre, un hombre de mundo, era capitán de la Armada y su señora madre, un mujer de profundas creencias católicas, era igualmente hija de linaje castrense.

El muchachito vivió el patriotismo desde chico, ese coraje y esa rabia del soldado español dañados por el Desastre colonial de 1898. Tras siglos de dominio, un Imperio se desmorona, un cuerpo político se funde. La herida es incurable. La generación española del cambio de siglo tuvo que arrostrar una decadencia, sí, y casi la agonía de la Nación. Esa dolencia no se sufre en balde.

Sentir que España se desmorona y tratar con un padre mujeriego y vividor son carencias que agrian el carácter de un muchacho recto y afianzan la determinación de la voluntad. Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo nunca tuvo un cuerpo hercúleo, nunca fue un hombrón. Pero siempre hacía por auparse. La anatomía del futuro general y jefe de Estado será escuálida y luego algo mantecosa, con una gordura que suplía la pequeñez de su esqueleto.

No tenemos constancia del atractivo que a su futura esposa le podía despertar la figura marcial de su prometido. Hemos de suponer que estas cosas son muy secundarias cuando es el porvenir de España lo que está en juego. O, mejor, en peligro. La señora Carmen Polo de Franco vistió con gusto y se engalanó con joyas. No era dama bien parecida y su cuerpo tampoco despertaba la lascivia. Eso podemos decir ahora. En otras fechas, la indumentaria pudorosa y un gesto seco eran signo de buena crianza.

Muchos años después, cuando Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo haya crecido, madurado y vivido su época de esplendor político, ese cuerpo volverá a menguar, a achicarse: para gran susto de su señora esposa y demás parientes. El General ya no impresiona y, más bien, apena: a la altura de 1973, pongamos por caso, su uniforme militar parece un disfraz. Y cuando viste de civil, los ternos siempre confirman su figura menguante. Lleva gafas ahumadas para evitar el sol y las miradas insolentes.

A la altura de 1975, nos recuerda José Luis Ibáñez Salas se produce “la última aparición pública de Franco”. Es “el día 1 de octubre (…) para cumplimentar a la muchedumbre que le rinde homenaje en la madrileña plaza de Oriente como respuesta a la muy extendida y enérgica actitud internacional de repulsa ante las últimas ejecuciones dictadas por su régimen”. La figura retratada prácticamente es indistinguible y la vocecilla, siempre aflautada, revela el mal estado del nuestro dictador.

Ese cuerpo aún sufrirá mayores injurias, vejaciones que le llevarán a morir de manera esperpéntica, fruto de una agonía prolongada. Desde una primera tromboflebitis que se había hecho pública en 1974 hasta su fallecimiento el 20 noviembre de 1975, el Caudillo ya sólo fue una sombra de sí mismo, quizá un espantajo.

Su yerno, el doctor Cristobal Martínez-Bordiú, marqués de Villaverde, dirigió de una manera personalísima –dictatorial casi podríamos decir– el tratamiento médico recibido por su suegro. En todo momento se intentó ocultar o disfrazar la gravedad de su estado de salud prolongando la agonía al máximo. ¿Por qué razón? Para mantenerlo con vida, aunque sólo fuera vegetativa, y con el fin de preservar la autoridad aún reconocida y, por tanto, con el propósito de conservar los privilegios de la familia Franco.

El último Consejo de Ministros que presidió el Generalísimo lo hizo en unas condiciones tan preocupantes que el equipo médico que lo atendía accedió a ello con la condición de que fuera monitorizado de forma discreta desde una habitación contigua donde se encontraban los facultativos. Al parecer, los ministros desconocían la situación ya que los cables no se encontraban visibles. En un momento dado, los facultativos detectaron una alteración relevante en las constantes, razón por la cual irrumpieron de forma súbita en la Sala del Consejo para prestar asistencia, todo ello ante el asombro de los miembros del Gobierno asistentes.

A pesar del agravamiento de su estado de salud, el yernísimo Martínez-Bordiú insistía en que su suegro no abandonará la residencia oficial, el Palacio del Pardo. Pero ese Palacio no reunía las debidas condiciones para atender a un paciente de estas características. Se llegó a improvisar un quirófano en uno de las dependencias –algo así como un almacén o garaje–, con resultados desastrosos. Hubo que habilitar expresamente un grupo electrógeno, dado que que no había potencia suficiente para iluminar una intervención quirúrgica.

Lo que no empieza bien suele acabar mal. La situación llegó a un punto en que la intervención se hizo insostenible. Por ello se decidió la evacuación del paciente a un centro hospitalario. Cuando lo lógico hubiera sido trasladarlo al Hospital Puerta de Hierro, que se encuentra en las cercanías del Pardo, se determinó su traslado a la Ciudad Sanitaria de La Paz, donde el Dr. Cristóbal Martínez-Bordiú tenía su plaza y su ‘feudo’.

El viaje se realizó en una vieja ambulancia de una marca muy reconocida en aquellas fechas: un Simca 1200. Recuérdese que el modelo inferior, el Simca 1000, se publicitada con el eslogan del ‘Cinco plazas con nervio’. Con nervios debió de llegar el convoy sanitario. Imaginamos el horror y el humor de la travesía. A toda velocidad, por las calles y avenidas de Madrid, con las sirenas y el estrépito de la propia ambulancia y de la escolta policial. A toda pastilla, con unos amortiguadores dañados, el vehículo dando tumbos y pegando botes en los baches mal asfaltados.

El Simca llegó a tiempo. A tiempo de prolongar en el recinto hospitalario la agonía. Fueron momentos de gran avance para la medicina surrealista. Los galenos llevaban tiempo publicando partes acerca del estado del paciente, dando a entender que las cosas marchaban razonablemente bien. El equipo médico habitual no salvó al Caudillo, no pudo. Fue una lucha contrarreloj. Pero nos dio una lección de anatomía recreativa, de medicina interna. El cuerpo no pudo emplearse para ulteriores experimentos, pero el experimento sanitario que inició el Generalísimo, su extirpación del mal, acabó con su traslado.

No sabemos si descansa en paz.

image1. Me pregunto por qué leo el periódico en papel. No soy nostálgico ni me gusta anclarme en el pasado. Por eso también consulto las ediciones digitales de la prensa. ¿Con qué fin? Obviamente para actualizar mi información. Pero la lectura del papel aún resulta monumental y ritual, un momento particular del día, una celebración de la actualidad. En fin, me molesta estar apegado a algo que tuvo sentido y que ahora hacemos por rutina, el automatismo de otro tiempo.

2. Soy de otro tiempo, en efecto. Soy un resto de otra época, soy una ruina milagrosamente sobrevivida. ¿Ruina? Si por tal entendemos un trozo, algo incompleto, sí: soy una ruina. La vida joven es una fortuna que se pierde, una decadencia que nos deja en mal estado, como los restos de un edificio deteriorado o destruido. Como un periódico desfasado.

3. “Yo nací (perdonadme) / en la edad de la pérgola y el tenis”, como decía en 1959 Jaime Gil de Biedma en versos mil veces repetidos. Nací, sí, en esa fecha: cuando salía de la factoría inglesa el primer Mini, un coche popular. Nací cuando el gran Partido Comunista de España decretaba la Huelga Nacional Pacífica como instrumento de lucha antifranquista.

4. Nací cuando se inauguraba el Valle de los Caídos. El maestro de ceremonias fue Francisco Franco, un dictador algo achacoso. No se metía en política, decía. El mundo vivía el enfrentamiento político, bipolar, atómico. La carrera espacial estaba comenzando tras el lanzamiento del Sputnik, una liza entre astronautas y cosmonautas. Y España estaba fuera de órbita.

5. Hoy, el Mini es un vehículo alemán de grandes dimensiones, algo chic; el Partido Comunista de España es una organización pequeña, prácticamente irrelevante, sin aura; y el dictador ya está en los cielos, tras haber ganado su carrera espacial.

6. Actualmente disponemos de AVE. De televisiones de plasma y de cristal líquido. De ordenadores y de smartphones para hablar. Contamos también con un presidente prácticamente mudo que no se mete en política. Tenemos democracia: defectuosa, sí, pero nos vamos apañando. Otros se apañan afanando, como leíamos en ‘Mortadelo y Filemón’. El caso es que vamos tirando.

Lamento este final tan poco épico. Es el final de los tiempos.

imageUno. Es probable que la gente joven ignore quién es don Eduardo Zaplana Hernández-Soro. Desde joven fue un hombre simpático, lucía sonrisa de pillo y de vendedor. Era un chisgarabís, pero se hizo grande. Aún sonríe.

 O se ríe de todos nosotros: los folletines acaban bien, parece decirse. Y su vida es algo así: el folletín con de muchacho ambicioso y trepador.¿Recuerdan ‘Rojo y negro’, de Stendhal? Allí aparecía un personaje temible y voraz. Julien Sorel se llamaba. Pues bien, don Eduardo Zaplana Hernández-Soro no se le asemeja: eso quiero creer. Ambos se parecen en la ambición y en el aprecio femenino, pero Sorel no acaba bien. En cambio, a don Eduardo Zaplana Hernández-Soro le salen las cosas de perlas. De puta madre, diría el castizo.

Dos. Hace años que está retirado de la política activa, de la primera línea de combate. Lo fue todo: ministro de trabajo, presidente de la Generalitat Valenciana y, sobre todo, Alcalde de Benidorm. Permítanme esta mayúscula. Fue su trampolín: esta ciudad fue en donde empezó a hacer fortuna o a hacerse una fortuna, no sé. Luego, los cargos políticos que siguieron fueron menores, un pálido reflejo de aquel sitial. Allí se le recuerda como en Madrid a Carlos III: ¿quizá el mejor alcalde? No, no: se le recuerda por las cacerías. Digámoslo así.

Ahora, don Eduardo Zaplana Hernández-Soro sólo reaparece en las grandes ocasiones: para lucirse y para lucir el cuerpo que ha ido esculpiendo en gimnasios de postín. Cuando empezó en la política valenciana carecía de una figura apolínea. No estaba exactamente gordo, pero el volumen de sus carrillos le delataba. Tenía el aspecto de quien se da atracones tras hambres y carencias.

Ahora después de años quemando calorías, la dieta lo ha convertido en un ser filiforme. Gana mucho bien trajeado, pues sus calzones de gimnasta descubren unas canillas aún inelegantes. Corre mucho pero no parece tener musculatura. O fin.

Dispone de un empleo en Telefónica. Creo que atiende, que atiende sobre todo a extranjeros. Es algo rara esa ocupación. Cuando piensas en una operadora de teléfonos, lo normal es que sea un señor o señora inmigrantes quienes te atienden. Que si la tarifa delfín, que si la tarifa fusión, etcétera. Aquí, con don Eduardo Zaplana Hernández-Soro ocurre al revés.

Es él, español de Cartagena, quien vende el producto a gentes de otros países. Dicen que ocupa un alto cargo en Telefónica Europa. Está bien: está bien situado, quiero decir. Sabrá y idiomas, cosa que confirma que el saber no ocupa lugar.

Tres. Y sí se sabe mucho de él, de su primer enlace matrimonial con una dama de la dinastía de los Barceló. Como en las buenas familias de antaño, también un listo sin linaje conquistó el amor de una inocente mujercita. Se sabe que se ha hecho una hacienda y se sabe que nunca volverá a pasar hambre: hambre patrimonial, quiero decir.

Su carrera política la hizo en el Partido Popular, pero supo retirarse a tiempo: antes de que los escándalos pudieran manchar su nombre ya linajudo. Si me pusiera muy novelero diría que como buen pillastre que es, él no deja nada: todo se lo lleva crudo, hasta las huellas. Pero no sostengo tal cosa porque carezco de pruebas.

Y, en fin, ahí lo tienen en la fotografía de EFE: calladito y haciendo de anfitrión del expresidente del Gobierno. Dicen que se ha operado la nariz. Los malos conjeturan con Pinocho: que sí le crecía el apéndice. No sé. Supongo que no. Supongo que ahora respira bien. Y seduce mejor. ¿Que cómo acaba esta historia?

Ah, lean ‘La farsa valenciana’. Allí dedico un apartado a este pillo, que sí, que es más listo que el hambre. De moral no hablo ni allí ni aquí: no se la conozco y, por tanto, nada puedo aventurar.

lifejackieEl País se hace eco de la exposición que la Fundación Loewe inaugura en Madrid, con fotografías de Mark Shaw (http://bit.ly/10T0HNi). “Ecos de los Kennedy” se titula.

En la muestra Covers, que Alejandro Lillo y yo mismo comisariamos para el Vicerrectorado de la Universitat de València, intentamos reflejar la América de John F. Kennedy. Reflejar y recrear con portadas, cubiertas, carátulas. Tomamos, entre otras cosas, las revistas Life y Time como espejos, como espejos deformados o retocados de un mundo opulento, de un bienestar material. Las cosas estaban cambiando y los jóvenes estaban haciéndose presentes, con malestar e impertinencia. Reproduzco dos partes del libro que acompañó a la exposición. Es posible que estos pasajes que redactamos Alejandro Lillo y yo despierten interés y puedan ser motivo para leer el catálogo. Entero. La fotografía que reproduzco data de 1953. Pertenece al fondo Life de la Universitat de València. Es cool.

1. Life y Time. Las revistas ilustradas son el espejo del mundo, un reflejo deformado y agrandado, un calco mejorado de lo que hay. Son expectativa y directiva: indican qué esperar, cómo verse, cómo reproducir y lucir la indumentaria y el aspecto de las celebridades. Son fuente de instrucción moral, pues aleccionan sobre el bien y lo deseable, sobre el mal y lo repudiable. En su interior hay moda y hay reportajes de sociedad, prescripciones y orden. Enseñan qué es el éxito, la belleza, el dinamismo, el progreso. Las cubiertas de las revistas muestran y tapan, difunden una imagen y callan sobre su reverso, ocultan parte de sus contenidos. En una América que tiene prisa, la prensa da las claves para entender lo que pasa, y lo que queda fuera de ellas parece como que no existe. El colorido vistoso de sus primeras planas es un reclamo que imanta al ciudadano. Todo el mundo ha de estar presentable, todos han de posar: siempre hay un objetivo abierto, siempre hay una instantánea que mejora.

2. La juventud de Kennedy. El 20 de enero de 1961, el nuevo presidente de los Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy pronuncia el discurso inaugural de su mandato. Habla a los congregados y habla al resto de la Nación valiéndose de las cámaras. De hecho, es la audiencia televisiva el auténtico destinatario de sus palabras y de sus gestos, del aplomo que luce. Kennedy es un ‘joven’ político de cuarenta y tres años que ha sabido expresar los anhelos de unos compatriotas que viven la prosperidad capitalista, la rivalidad de la Guerra Fría, el temor nuclear y la carrera espacial.

Es de familia rica, católica: que alguien así acceda a la Presidencia es un exotismo histórico, una novedad. Los norteamericanos padecen una crisis, una crisis propiamente cultural. El bienestar les hace ser más exigentes y más hedonistas. La juventud se está reafirmando, diferenciando su identidad, y tal cosa se vive con vértigo y desconcierto. Kennedy sabe expresar ese tránsito generacional. Él es un hombre que ha luchado en la Guerra Mundial, que ha sido un bravo combatiente, que sabe lo que es trabajar duro. Es joven, en efecto, y aún le queda mucho por vivir…

Pero sobre todo Kennedy sabe persuadir. En él la oratoria es un instrumento esencial y con él empieza una nueva forma de hacer política. Para auparle se han hecho campañas de imagen, numerosas encuestas, viajes, mítines, contactos personales y apariciones constantes en los medios de comunicación. Sabe venderse y saben presentarlo fresco, como un atractivo producto publicitario: todo lo que ha aprendido a lo largo de los años lo demuestra en su discurso de toma de posesión. El joven Kennedy se vale de la palabra que aúna la descripción y la alusión, el retrato colectivo y la apelación individual, lo pretérito y lo reciente. Se remonta a la historia fundacional de los Estados Unidos y recuerda el estado de cosas presente, la Guerra Fría. Se expresa con contundencia armada y con generosidad hegemónica para dirigirse a sus compatriotas, a los amigos y aliados, a los adversarios, a la humanidad en su conjunto. Su retórica es universalista y patriótica a un tiempo, algo característico de la tradición política norteamericana. Sabe condensar expectativas en frases contundentes y memorables. Memorables en el sentido de que podrán ser recordadas.

Se vale, en efecto, de imágenes reconocibles, de expreso lirismo: “la antorcha ha pasado a manos de una nueva generación”, dice entre otras cosas. Y él, precisamente, es quien encabeza el cambio, la irrupción de los jóvenes. Es una fórmula bien vistosa, muy gráfica. Pero no sólo constata lo que ocurre: además propone luchar, valiéndose para ello de la técnica del slogan. La televisión manda. Apela al coraje y a la prudencia de los americanos frente al enemigo: “No negociemos nunca por temor, pero no tengamos nunca temor a negociar”, afirma refiriéndose al adversario soviético. Habla a la Nación, pero habla a cada individuo: “Así pues, compatriotas: preguntad, no qué puede hacer vuestro país vosotros; preguntad qué podéis hacer vosotros por vuestro país”, dice alentando a cada estadounidense.

Kennedy es hijo involuntario de la Revolución rusa, de esa conmoción que le reta como norteamericano. Sus decisiones más graves estarán relacionadas con la amenaza soviética en un contexto de incertidumbre estadounidense. La carrera espacial, por ejemplo, es una rivalidad vistosa que ha empezado a perderse en 1957 con el lanzamiento soviético del Sputnik. Kennedy sabrá devolver el orgullo: ganaremos el dominio del espacio y llegaremos a la Luna. Regresaremos con vida. ”Independientemente de toda opinión política, desde un simple punto de vista imaginativo, pienso que la mayoría de nosotros preferiría que fueran los americanos los primeros en llegar a la Luna. En efecto, a los americanos en la Luna nos los imaginamos”, decía Umberto Eco en un artículo de 1959, recogido después en Diario mínimo. ¿Que por qué nos los imaginábamos? Porque para aquellas fechas toda una literatura de ciencia-ficción había facilitado esa posibilidad aún pasmosa e irrealizable. ¿Y los rusos? También los soviéticos podían llegar a la Luna. Al fin y al cabo, el lanzamiento del Sputnik en 1957 había sido una proeza en plena Guerra Fría. ¿Un satélite artificial alrededor de la Tierra? Aquello abatió a los norteamericanos, dicen: esa afrenta tecnológica dio origen al programa Explorer y, después, a la misión Apolo. Diez años después de que Umberto Eco escribiera ese artículo, los norteamericanos llegaban a la Luna. El Apolo 11 consumaba un sueño y sobre todo unas fantasías propiamente literarias.

Pero regresemos a 1959. ¿Y los rusos?, se preguntaba Umberto Eco. “Los rusos… Hay que hacer un esfuerzo para imaginárselos allí”, se respondía el ensayista italiano. La literatura de ciencia ficción de la que habla Eco ha creado una experiencia de lo imaginario (la llegada a la Luna) y una expectativa de lo posible: el triunfo de los americanos en lucha contra la amenaza roja o contra el ataque exterior. O dicho en otros términos: las novelas –el cine y el curso histórico– han creado un espacio de experiencia y un horizonte de expectativas de lo que es probable, temido o deseado. Y en la ciencia o en la técnica también lo probable, temido o deseado, suele ser lo que ya creemos saber con las narraciones…

Estados Unidos es una Nación poderosa, sí, pero no es impermeable al cambio. Los jóvenes lo están desestabilizando todo, no sólo la tradicional forma de hacer política. Las caretas comienzan a caer. Los modelos familiares están cambiando, las relaciones domésticas se resienten, el ideal de ama de casa se disuelve. La televisión da cuenta de ello a su manera. Por ejemplo, Pedro y Vilma Picapiedra aún encarnan a gentes satisfechas y desconcertadas. The Flintstones (1960-1966) eran, sí, una familia: una familia de primitivos que se parecían extraordinariamente a los norteamericanos de los sesenta. Vivían en una prehistoria muy singular. Se vestían con taparrabos, pero de diseño. Daba gusto vivir así, rodeados de aquellos lujos materiales, que eran precisamente los de comienzos de los sesenta. ¿Cómo eran sus existencias? Su casa está en Rocadura: una zona residencial, una inmensa urbanización de bungalows, es decir, de viviendas unifamiliares. Wilma y Pedro Picapiedra disfrutan de una comodidad material evidente. Pedro trabaja en una pedrera o cantera, pelando la montaña a lomos de un dinosaurio gigantesco. Wilma ejerce sólo de ama de casa. Atiende a su maridito cuando éste regresa. El esposo es algo bruto y, por eso, suele gritar de alegría (Yabba-dabba-doo) o suele dar órdenes terminantes a su mujer: ¡Wilma, ábreme la puerta! Son clase media americana con bienes materiales, con tocadiscos, con electrodomésticos. Compran en un hipermercado gigantesco: gozan de la prosperidad de la Edad de Piedra. Tienen un autocine cercano, como lo tenían los estadounidenses de los cincuenta. Si hay un autocine es porque disponen de coche. La rueda ya se ha inventado, por supuesto. Así es: la familia es propietaria de un vehículo muy aireado, una suerte de cabriolet. Nos referimos al troncomóvil.

El troncomóvil no viene con extras pero es muy fashion. Funciona con tracción animal (los pies de Pedro), las ruedas son dos pesadísimos cilindros y la carrocería es de madera. Tiene capacidad para cuatro adultos: aparte del matrimonio Picapiedra, otra pareja de amigos, Pablo y Betty Mármol. Ah, y sus respectivos hijos: Pebbles y Bamm Bamm. No recordamos si Dino, la mascota que hace las veces de perro y que disputa con Pedro también se sube al carro. Lo que sí recordamos es el inmenso costillar que les sirven cuando se disponen a ver una película en el autocine. Es la opulencia de la Norteamérica de Kennedy. Vilma sabe atender…

Como Norman Bates sabe atender, gerente de un motel de carretera. Estrenada en 1960, Psycho, Psicosis en castellano, narra precisamente la historia de un joven que no ha podido o sabido rebelarse, ese muchacho interpretado por Anthony Perkins que ha reprimido su contestación. Alfred Hitchcock muestra esa otra cara de la sociedad estadounidense, su soledad y la perturbación de sus habitantes.

Mientras tanto, Jacqueline es el modelo de esposa atenta, cuidadosa, vigilante de su hogar: esa Casa Blanca que presentará a todos sus conciudadanos, como debe hacer una buena anfitriona. Pero es también el modelo de mujer moderna, de gran dinamismo, de sólida formación intelectual: rica y a la vez estilosa. Todo su aspecto e indumentaria acabarán dependiendo del diseñador Oleg Cassini, que la viste como una europea a la manera estadounidense: con elegante simplicidad. El resultado es seductor. Una dama de pelo oscuro y de actitud y pronto enigmáticos, glamurosos, finos: ya no encarna a la rubia teñida y carnal, como tantas y tantas mujeres de los cincuenta o como la propia Marilyn, siempre preocupada por el tinte. Ahora, a comienzos de los sesenta, la indumentaria de Jackie se impone como norma. Con ella triunfan la sofisticación, el lujo y la sencillez, rasgos que a su modo encarna también Audrey Hepburn, la dama que lucirá como nadie la naturalidad. Dos modelos de mujer pugnan por imponerse: el que representa Marilyn y el personificado por Jackie. Rubia contra morena, contención frente a deseo. ¿Es preciso elegir?, preguntarán algunos.

Y entonces, en febrero de 1963, sale al mercado The Feminine Mystique, La mística de la feminidad, un ensayo de Betty Friedan, un ama de casa cuatro años más joven que Kennedy, que va a trastornarlo todo. Friedan denuncia la imagen de mujer que han fabricado los medios, vinculada con la reclusión de las féminas en la esfera doméstica, apartándolas así de los asuntos públicos y de la posibilidad de realizarse como personas. La denuncia de Friedan es más real que la imagen hogareña y familiar del matrimonio Kennedy, que tiene mucho de pose, de artificio, de maravillosa puesta en escena: la pareja tiene otra cara, repleta de infidelidades presidenciales y promiscuidad sexual.

Porque la forma de enfocar el sexo también está cambiando. En 1960, por ejemplo, el Departamento de Alimentación y Fármacos de Estados Unidos aprueba el primer anticonceptivo oral del mundo. Se comercializará con el nombre de Enovid. Las costumbres sexuales se relajan. Es entonces, en 1962, cuando otro joven de 34 años, un prometedor cineasta llamado Stanley Kubrick, estrena Lolita. El estrépito, de nuevo, será grande. Y aunque la película modifica algunos de los aspectos más controvertidos de la novela homónima de Vladímir Nabokov, como la edad de la nínfula o lo expreso de las escenas sexuales, las relaciones entre una niña de 14 años y un profesor de mediana edad eran algo escandaloso para la moral de la época. ¿Qué destapa Lolita? ¿Qué expone a la luz pública? ¿La sexualidad de los niños? No exactamente, pues eso ya lo había advertido Sigmund Freud a comienzos del siglo XX. Más bien lo que la película muestra es la atracción, el deseo sexual que los adultos, en especial los hombres, sienten hacia las adolescentes, hacia quienes ya tienen cuerpo de mujer pero mentalidad de niñas. El sexo ya no es sólo cosa de adultos, tampoco es algo que se desarrolle en la intimidad de un cuarto o de una estancia: el sexo es una joven de 14 años –en la novela tiene 12– moviendo el Hula Hoop en el jardín y un adulto de origen europeo, Humbert Humbert, sucumbiendo ante Dolores Haze: Dolly o Lolita o Lo. Lolita es una nínfula ciertamente: “una niña demoníaca”, al decir del narrador, en la que se mezclan una “tierna y soñadora puerilidad” y una “especie de vulgaridad descarada”: una doncella que embruja, una muchachita que ejerce un atractivo sexual desde su propia inocencia perversa. ¿Inocencia perversa? ¿Dónde arraiga la perversidad? ¿En Humbert Humbert o en Lo?

La sexualidad está a la orden del día: la pasión y el deseo se palpan en el ambiente. Quizá sea por la tensión que provoca el recrudecimiento de la Guerra Fría, con la Invasión de Bahía de Cochinos y la construcción del Muro de Berlín en 1961, pero parece haber una necesidad de aliviar tensiones, de relajar los músculos, de soltar los corsés. No es casual que por esos años el Hula Hoop arrase en ventas. Ese aro que uno hace girar moviendo las caderas evoca la sensualidad de las sacudidas de Elvis, como también se equipara al baile nacido del rock y que se ejecuta, literalmente, como si te estuvieras secando con una toalla. Hablamos del twist, popularizado por Chubby Checker a partir de 1960, con tan sólo 19 años. A diferencia de los bailes de pareja más vinculados con el rock, en los que priman los movimientos rápidos y los giros y piruetas espectaculares, en el twist el chico y la chica bailan separados pero insinuándose. El contacto, al ser visual, deja trabajar a la imaginación, deja espacio para el deseo: permite contemplar esa agitación lenta y rítmica de las caderas, esos vaivenes del torso y de los brazos, de la pelvis y las nalgas. Promesas de placeres futuros que hay que posponer, que aún están por descubrir. Y es tan fácil bailarlo. Sí: desliza los brazos como si te estuvieras secando la espalda con la toalla después de la ducha; gira el pie como si estuvieras apagando una colilla. Ya tienes el resultado: movimientos incitantes de parejas que aún no se tocan. Algunos críticos censurarán este baile: el individuo solitario gira sobre sí mismo, como una metáfora del mundo moderno. Los joviales muchachos que se entregaron con frenesí no lo juzgaban así: quien baila el vals se abstrae de lo que le rodea; en cambio quien se agita con el twist observa el entorno, justamente esas parejas potenciales.

Todo es sexo y desenfreno, dirán los padres más conservadores, los adultos más apegados a las tradiciones. Y justamente por eso tratarán de contraatacar. Lo cierto es que tras el empuje inicial del rock de mediados de los 50, distintas circunstancias favorecen cierta vuelta a la normalidad: Little Richard abandona la música temporalmente en 1957, y algo parecido le sucede a Jerry Lee Lewis, que en la práctica desaparece de los escenarios debido a su escandaloso matrimonio con una chica de tan sólo 13 años; Chuck Berry es detenido en 1959, acusado de tráfico de menores, permaneciendo en prisión desde febrero de 1962 hasta octubre de 1963; Buddy Holly, Richie Valens y Big Bopper Richardson, tres prometedores rockers, mueren en un accidente de avión el 3 de febrero de 1959; Eddie Cochran, otro de los pioneros de la nueva música, fallece poco después, el 17 de abril de 1960, en otro accidente, en esta ocasión de automóvil; Elvis Presley ya no vuelve a ser el mismo tras su regreso del Ejército el 2 de marzo de 1960. Vuelve corregido, en efecto.

El vacío dejado por todos estos artistas es ocupado por otros que ya habían cosechado importantes éxitos pero que tratan ahora de copar el mercado. Estamos a principios de los 60: Paul Anka, Frankie Avalon, Pat Boone, Neil Sedaka, Dion o Del Shannon representan el lado amable del rock, chicos buenos y románticos, tradicionales y educados, muy alejados de gamberros y sinvergüenzas como Elvis Presley, Chuck Berry o Eddie Cochran.

Pero también entra un poco de aire fresco, anticipo de lo que vendrá después. The Beach Boys, un alegre y desenfadado grupo californiano, canta con abundantes coros y distintas voces lo maravilloso que es ser joven y las bondades de la playa, de las vacaciones, del calor, del verano. ¿Se puede aspirar a algo más saludable? Aunque el verano del 63 no estaba para muchas fiestas. Poco después de la aparición de Surfin´ USA, el segundo álbum de los Beach Boys, se celebraba en agosto la Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad. La manifestación, que aglutina a numerosas personas, reivindica la igualdad de derechos civiles y el fin de la segregación racial. Se reúnen los líderes de los movimientos civiles, distintas personalidades y cantantes, entre ellos Bob Dylan. Allí, Martin Luther King pronunció un discurso resonante, de gran influencia: I Have a Dream. La Marcha sobre Washington concentra a unas doscientas cincuenta mil personas, de todas las razas, y fue una demostración de fuerza y de expectativa: la de una clase media que aspira al mérito y a la felicidad constitucionales. El sueño del que habla King cuestiona el maltrato racial, por supuesto: “algún día mis cuatro hijos pequeños vivirán en una Nación en la que no serán juzgados por el color de su piel”. Pero incluye algo más: la esperanza de un mañana en que se valore por igual a todos, “negros y blancos, judíos y cristianos, católicos y protestantes”.

Sin embargo, antes de que acabe el año, otro suceso trastorna la vida de millones de norteamericanos. John Fitzgerald Kennedy es asesinado mientras recorre las calles de Dallas. ¿Acaso han sido los soviéticos?, se oye decir a algún locutor. La televisión retransmite la conmoción, el llanto del norteamericano medio, el estupor. Nos muestra a una elegantísima Jackie enfundada completamente de negro, con velo y con duelo: haciendo explícito el dolor de la primera dama. Decididamente, aquello representa un punto y aparte.

De genios y locos

6 junio 2013

FernandoPessoaGenioLocura“Sin la locura, ¿qué es el hombre más que una bestia sana, un cadáver aplazado que se reproduce?, decía Fernando Pessoa. Pessoa es un autor al que admiro y al que siempre vuelvo. Ahora ya nos hemos acostumbrado a su genio y a su locura, a esa demencia creativa que le llevaba a multiplicarse en heterónimos, en personajes bien reales.

Pero pensémoslo bien: ese desdoblamiento es sublime por la calidad de sus creaciones. La locura no produce genios necesariamente. El genio es la capacidad para sacar de sí lo que no era previsible; es la habilidad para inventar, sostener y caracterizar una identidad que se ignoraba. Con arte.

Pessoa demostró sobradamente gran habilidad para ser otro, otros, para desdoblarse, cosa que le ponía en el umbral de la locura. Por eso decía que “vivir es ser otro”, algo que tomado en serio es perfectamente real. ¿Acaso es posible ser siempre el mismo? “Ni sentir es posible si hoy se siente como ayer se sintió: sentir hoy lo mismo que ayer no es sentir, es acordarse hoy de lo que se sintió ayer, ser hoy el cadáver vivo de lo que ayer fue la vida perdida”, añadía Pessoa.

Por la Llibreria Ramon Llull me entero de esta novedad del escritor portugués, de esta traducción en Acantilado. Esa obra, cuyos contenidos literales aún ignoro, nos depararán horas de zozobra y pensamiento. Habrá pasajes conocidos y otros descubrimientos inéditos del baúl de Pessoa…

“La locura, lejos de constituir una anomalía, es la condición normal humana. No tener conciencia de ella, y que no resulte excesiva, es ser un hombre normal. No terner conciencia de ella, y que sea grande, es ser loco. Tener conciencia de ella y que sea pequeña es ser desilusionado. Tener conciencia de ella y que sea grandes es ser un genio”, decía Pessoa. Cómo lo envidiamos. Siempre, eso sí, que la locura no nos lleve al puro delirio, sino a la alegría transitoria. Recordemos algo trivial: para que el genio no se hunda en el delirio, hay que saber volver. Hay que poder volver.

Si me pongo pequeñoburgués y sensato, mi recomendación es no asomarse al acantilado. O en otros términos: no tener conciencia de la locura, una locura particular que no resulte excesiva. ¿Para qué? Para ser una persona normal. No aspiro a más.

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