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Carlos Arias Navarro

24 enero 2014

Don Carlos Arias Navarro

Por Justo Serna

En el programa del Gran Wyoming titulado El Intermedio aparecen con mucha CarlosAriasNavarrofrecuencia unas imágenes de don Carlos Arias Navarro. Lo que vemos repetidamente es su intervención del día 20 de noviembre de 1975, ese momento de la mañana cuando desde TVE se dirige a todos los españoles para anunciarles que Francisco Franco ha pasado a mejor vida.

Españoles, Franco ha  muerto”. Es un blanco y negro funerario, rotundo. Sucio. Y la cara del jerarca denota malestar, inquietud. Pocas horas de sueño. O zozobra ante el porvenir. La muerte del Generalísimo dejó inermes a sus más directos seguidores. ¿Acaso porque se les arrebataron los patrimonios o los privilegios?

 No. Sencillamente porque el país había cambiado, porque la sociedad estaba convulsa, porque el mundo se les caía encima. Qué momento tan angustioso. El Caudillo moría y las instituciones lo perpetuaban, según había indicado el propio General. Sí, pero quiénes eran las instituciones. ¿Acaso don Juan Carlos?

 La España posterior al Generalísimo era un Reino sin Constitución; era una Monarquía que se saltaba el orden dinástico; era una extrema derecha que lamentaba y combatía el poder de los enanos infiltrados (gentes franquistas que habría dejado de serlo), una extrema derecha que perseguía a los universitarios díscolos o levantiscos. La España posterior al Caudillo era igualmente una extrema izquierda desnortada, deseosa de implantar el socialismo realmente existente: en especial el chino, el maoísta.

 Federico Jiménez Losantos nos cuenta en uno de sus libros de memorias el apego que le tenía al comunismo amarillo,; nos cuenta su viaje a la República Popular, su caída del caballo. Es enternecedor el relato del periodista. Fue a China a confirmar que aquello era una dictadura. Sin duda, a Jiménez Losantos le faltaban sentido común, estudios y capacidad de observación.

 Pero había una muchachada sensata, gente de izquierdas que supo tragarse sapos para conseguir la democracia y que hizo valer su legitimidad; y gente de derechas que vio venir el declive de la dictadura. No sabemos si lo hicieron bien o mal o regular, por interés o por amor a la patria.

 Lo cierto es que muchos habíamos vivido nuestras infancias y primeras adolescencias bajo una tiranía. Gracias a aquel cambio, alicorto pero cambio, conseguimos salir de un régimen impresentable, incomparable.

 Hoy, la televisión debería repetir una y otra vez las imágenes de aquellos jerarcas del franquismo. Con sus ternos casposos, con sus alientos cariados, con sus ideas envilecidas. Uno de ellos será, sin duda, el suegro de Alberto Ruiz-Gallardón. Mejor dicho, quien será más adelante suegro de Ruiz-Gallardón.

Utrera Molina:  se le llamaba, así, sin nombre. Había sido ministro y había sido valedor de la obra del Caudillo. Aún lo tienen por ahí. Hemos de recordar de dónde venimos.

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Carlos Arias Navarro, Marqués de Arias Navarro, Grande de España

Por Félix Vidal

Carlos Arias Navarro era ministro de la Gobernación cuando fue asesinado el almirante Arias_Navarro_y_FrancoCarrero Blanco. A este último llegó a sustituirlo en el sillón de Castellana 3 en contra de todos los pronósticos. Al parecer, gracias a los buenos oficios del gineceo de El Pardo, donde gozaba de buen predicamento. Inició un timidísimo proceso de apertura que pasó a la Historia como el “Espíritu del doce de Febrero” sin pena ni gloria excepto por el alboroto que provocó en el gallinero del Búnker.

Estamos en la primavera de 1974, Arias presenta ante las Cortes un descafeinado y tardío  proyecto de Asociaciones Políticas que venía coleando desde la década anterior, se podría resumir en el derecho a decir lo mismo (Principios del Movimiento Nacional) de distintas formas y con distintas tonalidades. Para ese viaje no hacían falta tantas alforjas y tantas provocaciones a los irreductibles del Régimen.

La  Guerra Civil sorprende a Arias Navarro en Málaga, donde es protegido de forma generosa  por una familia logrando así salvar su vida amenazada. Liberada la ciudad por el glorioso Ejército Nacional -e italiano-, nuestro hombre es nombrado fiscal por las nuevas autoridades, militares por supuesto,  solicitando y obteniendo la penacapital para los hijos de la familia que le proporcionó refugio, sustento y tranquilidad. En honor a tales méritos adquirió el sobrenombre de “Carnicerito de Málaga”.

Corría el año 1944 cuando inicia su andadura política  en la provincia de León, en calidad de Gobernador Civil y jefe provincial del Movimiento. Será allí en donde conozca a una dama perteneciente a una familia de las más acomodadas y conocidas de la ciudad, a dama a la que desposará. Con el oficio bien aprendido, tras su paso por León y otros gobiernos civiles, alcanzará el importante puesto de Director General de Seguridad donde se anota en su haber la detención del dirigente comunista Julián Grimau, posteriormente fusilado.

Nos encontramos en el ecuador de la década de 1960, la España desarrollista, el Seiscientos,  el boom de la construcción, el turismo, las suecas… Nuestro hombre decide otorgarse un cambio de aires y cambia los severos despachos de la Puerta del Sol por los más confortables de la Alcaldía de Madrid,  la Villa del Oso y el Madroño. En este  nuevo destino puede disfrutar de la cercanía del pueblo llano, inaugurar parques y otros menesteres, todo ello sin menoscabo de los réditos que le reportan su puesto de notario  en Madrid y otros negocios de distinta índole que se cuecen al calor de la urbe en pleno apogeo (entonces no existían las incompatibilidades, esas incompatibilidades).

Pero volvamos al “12 de febrero”, muerto antes de nacer… un aborto por malformación congénita. En 1974, Arias desconfia de todo y de todos, hasta de la Iglesia: a punto está de expulsar del territorio patrio al obispo de Bilbao, sólo la amenaza  de excomunión consigue paralizar la medida. Ni siquiera el entonces Príncipe Juan Carlos  se salva  de que le pinchen los teléfonos del Palacio de la Zarzuela, probablemente no era de fiar.

20 de noviembre de 1975, aniversario de la muerte de José Antonio Primo de Rivera y Buenaventura Durruti (aunque esto no es muy conocido)…”Españoles, Franco ha muerto”… sonrisas y lágrimas. Y el que no era de fiar se convierte en Rey con un Jefe de Gobierno heredado del dictador. Arias, careciendo del más mínimo sentido de la oportunidad, la decencia y la corrección política, no pone su cargo a disposición  del nuevo Jefe del Estado. Aunque tampoco hay que llevarse las manos a la cabeza, con semejante currículo tampoco se pueden pedir peras al olmo. La situación se tensa progresivamente durante siete meses hasta que el Rey logra quitárselo de encima con lo cual se inicia la Transición a la Democracia. Además, lo nombra Marqués con Grandeza de España, casi ná… con tal de perderlo de vista, lo que sea.

Desprovisto por Real Decreto de la Presidencia del Gobierno, nuestro hombre acomete su última aventura política presentándose como candidato al Senado por Madrid en las primeras elecciones democráticas celebradas en junio de 1977. Formaba parte de una candidatura  que se denominaba “Alianza Popular”, que ya no recuerdo bien si era un partido político, una coalición o una federación. Yo era muy joven, ni siquiera pude votar, lo que si recuerdo es queera más conocida como “Los Siete Magníficos”, por estar liderada por siete viejas glorias, exministros de Franco, cuya ala más liberal estaba representada por el sr. Fraga Iribarne. La ingratitud  de los madrileños  impidió que nuestro hombre se convirtiera en senador de la Democracia, cosa que le obligará a retirarse de la vida pública y a disfrutar de su fortuna y títulos nobiliarios en su casa de vacaciones en Salinas.

Ana Aznar Botella

7 diciembre 2013

imageUna madre quiere lo mejor para su hija, la mejor educación, una salud envidiable, una energía inagotable. Desea un marido que la cuide, que reconozca su belleza sin par, un marido que sea abierto y fiel, un esposo adinerado y bien situado, con un patrimonio ya hecho, con un capital en ciernes o al menos, un hombre con conocimientos, de trato fácil con gente bien.

Esa es la imagen que Ana Botella da de su futuro yerno en el volumen de memorias ‘Mis ocho años en La Moncloa’ (2004). De ese yerno que se casará con treinta años, Alejandro Agag, alaba su don de gentes, su optimismo, su carácter mundano, su capacidad para establecer relaciones. Hacia el año 2000, el futuro yerno es amigo íntimo de José María Aznaz Botella. Y en uno de aquellos veraneos en Mallorca surgirá el flechazo de Agag con Ana Aznar, que aún no llega a la veintena.

¿Quién es por entonces Ana Aznar? Es la hija del presidente del Gobierno, toda una joya muy preciada en el mercado de la soltería madrileña. “Ana Aznar tiene el rostro dulce. Con los años se le ha ido perfilando, pero la sonrisa ha permanecido como cuando niña miraba con ilusión las intervenciones de su padre. Y los aplausos. Nació en septiembre de 1981″, en la revista ‘¡Hola!’

Por su parte, Agag tiene tratos frecuentes con la familia, no sólo por la amistad que mantiene con el hijo mayor, sino también por ser un subordinado del Partido Popular: secretario del ramo, de varios ramos, que el máximo dirigente aprecia. Es normal que una muchachita impresionable quede prendada de su facundia y de sus proyectos tan grandes y prometedores, cosas de finanzas. Agag abandona la política para dedicarse a la cosa bancaria y a estrechar vínculos con los magnates del automovilismo como Flavio Briatore o Bernie Ecclestone.

La joven Aznar Botella aún no alcanza la veintena cuando en Menorca se enamora en secreto, eso sí bajo la atenta mirada de la madre, que sospecha lo que pasa. En unas segundas vacaciones que la familia pasa esquiando, las cosas se confirman. Pero aún será un secreto a voces. Nada más sobrepasar la edad, los novios ya será oficiales. Las televisiones lo difunden y José María Aznar –Jose para Ana Botella– se entera de la feliz noticia regresando de Bruselas, tras asumir la presidencia temporal de la Unión Europea.

Se casarán en septiembre de 2002. Primero se estudia la opción de la Iglesia de San Francisco el Grande. “Todos somos de Madrid, sentimos esta ciudad como nuestra casa y está iglesia reunía todas las condiciones para celebrar la boda de mi hija menos una: estaba en el centro de la ciudad y habría causado muchas complicaciones”, confiesa Ana Botella en sus memorias. Es por por lo que optarán por la basílica del monasterio de El Escorial.

Serán unos meses de locura, de preparativos sin fin. “Quise ocuparme de los más mínimos detalles y, en algunos casos, dedicarles una especial atención”, añade. “Todo parecía estar bajo control cuando nos fuimos de vacaciones. El traje, el permiso de la Iglesia, los invitados, el catering, la decoración… ¡Hasta las mesas estaba colocadas!”. Todo bien amarrado y a salvo de contingencias: quizá un pequeño accidente doméstico o las previsiones meteorológicas para ese mes de septiembre, el 5 de septiembre.

“En España las bodas se celebran, y se celebran mucho. La vida, al final, tiene su punto de ilusión, de puesta en escena, de una magia que reviste esos momentos y que los convierte en hitos en la vida de las personas”, concluye Ana Botella con gran lirismo.

Será una boda grandiosa, con mil cien invitados, oficiada por monseñor Rouco Varela. Un enlace con numerosísimos amigos de las familias, muchos ellos de postín, entre los primeros: los Reyes de España, Tony Blair y Silvio Berlusconi y otros muchos que la ciudadanía desconoce en aquel momento. “Un recuerdo imborrable en mi memoria”, confirma Ana Botella.

También será imborrable para todos los españoles. La grandeza, la ostentación, la exhibición de joyas, trajes, gente principal, harán del bodorrio un síntoma de la megalomanía. José María Aznar parecía haber perdido los concordantes, la cordura, la mesura. Luego hemos sabido que el evento que tantos miles de euros costó era la mínima parte de una herencia inmaterial, la que la pareja recibía, un patrimonio de lujos y conocimientos, de grandes contactos, de regalos exorbitantes.

Costear el convite en la finca de Los Arcos es un obsequio de primera. Ya sabemos que aceptar un regalo te obliga, te fuerza a entrar en un sistema de contraprestaciones. Lo que empezó siendo una donación gratuita acaba por ser un regalo a devolver equivalente o superior. ¿Cuándo empezó? ¿Qué fue primero, el presunto regalo de Francisco Correa, cabecilla de la trama Gürtel? ¿O, por el contrario, las prestaciones y las contratas del partido fueron previas?

La teoría del don, del regalo, nos la enseñó el antropólogo Marcel Mauss cuando estudiaba a los salvajes, a los primitivos. ‘Ensayo sobre el don’ (1925), se titulaba su luminoso estudio. La naturaleza humana no ha cambiado mucho. Seguimos siendo unos salvajes que esperan su recompensa; seguimos siendo unos primitivos que aguardan el obsequio que nos tenemos merecido.

El 5 de septiembre de 2002, ‘El País’ daba cuenta del feliz acontecimiento y precisaba algunos datos que se habían hecho públicos: “Aunque no se ha informado del coste de la celebración, puede estimarse en unos 120.000 euros, a juzgar por los precios medios fijados por la empresa que explota la finca. El pago será costeado a medias entre ambas familias y según La Moncloa el coste de los desplazamientos y alojamiento de los dirigentes extranjeros invitados a la boda no serán costeados con cargo al presupuesto público sino de su propio bolsillo”.

Hay un pasaje de ‘Viaje al fin de la noche’ (1932), de Louis-Ferdinand Céline que me gusta citar. Dice así: “Decididamente, lo más interesante pasa siempre en la sombra. Nada se sabe de la verdadera historia de los hombres”. La pesimista conclusión de Céline alude a nuestra incapacidad para ver, para descubrir lo relevante, para averiguar los manejos de los seres humanos, que obran tantas veces en la sombra.

¿A la sombra? Lo interesante pasa siempre a la luz, a poco que se mite bien. A poco que se mite bien, todo se sabe de la verdadera historia de los hombres. Años después de bodorrio, la prensa divulgó que una parte sustancial de los costes los abonó la trama Gürtel. De Francisco Correa, nada nos dice Ana Botella en sus memorias, a pesar de que lucía como un señor haciendo el paseíllo de entrada?

A despecho de ser la organizadora y celosa vigilante de los preparativos no parece que la mujer de Aznar se enterara o no quisiera enterarse. Con ello se cumpliría una maldición de la esposa pija: estar rodeada de dinero, estar sobrada de posibles, estar acostumbrada a los lujos, estar habituada a recibir regalos carísimos sin apenas percibir el exceso o averiguar la procedencia.

Todo era por la felicidad de Ana, de Ana Aznar, a quien la madre consiguió arrancarle un compromiso: que acabará la carrera, que completara su formación profesional para labrarse un destino independiente. Que se sepa, Ana Aznar y Alejandro Agag tienen ya cuatro vástagos, cuatro hijos. Desde luego, los hijos son un destino y no tienen precio: son un patrimonio inmaterial. Del material ya se ocupan otros.

Cuando acierta Javier Cercas

16 septiembre 2013

Javier Cercas. Cercas acierta plenamente al plantear el caso de Cataluña. Su artículo ‘Democracia y derecho a imagedecidir’ es un modelo de buen juicio, de sensatez.

Javier Cercas nació extremeño y es catalán de adopción (como reza el tópico). Vive en Barcelona tras haber sido profesor de Universidad en Gerona, profesor de Literatura. Tiene también alguna estancia académica en los Estados Unidos, cosa que sin duda le benefició.

Dispone de una cultura amplísima pero eso no lo convierte necesariamente en ciudadano cabal y moral. La moralidad es un ejercicio diario de comprensión. Pero también de intolerancia con las opiniones, tradiciones y esperanzas absurdas.

Cercas es, como muchísimos saben, un novelista acreditado. Urde sus ficciones con gran habilidad y maestría. Alguien cuenta lo que a otros ocurrió y ese que cuenta sabe menos (o más retrospectivamente) que quien protagonizó los hechos. Hay juegos metaliterarios, humor popular, ternura y, finalmente, coraje. Leer todos sus libros es un disfrute impagable: los euros que cuestan dan un rendimiento que no tiene precio.

Sin embargo, este hecho, el placer que procuran sus obras, no es garantía de opiniones sensatas. Tampoco confirma necesariamente su cualidad de columnista.

Pero se da la circunstancia de que Cercas es sensatísimo cuando escribe sus artículos. No jalea a los de un lado o a los del otro. Juzga con mesura y se deja guiar por su buen humor, una sanísima ironía que despierta la ojeriza de los extremistas.

Su filosofía, si Javier me permite, se resume en un par de asertos. Primero, la vida son cuatro días, pero esa vida dura lo suficiente como para protegerla. ¿Eso qué significa? Que no nos basta el ‘carpe diem’ o la locura dionisíaca (‘hoy lo quemo tó’). Segundo aserto: la existencia no es un Valle de Lágrimas o un frente de batalla en los que amargarnos mutuamente. Sabe, además, que la ley es la protección del débil (un argumento remotamente inspirado en Hannah Arendt) y en su experiencia de emigrante. Y sabe en fin que las metas más lejanas pueden lograrse con esa ley y sin marrullerías.

Yo siempre quiero releer a Cercas. Sus novelas son artefactos de mucho peso, productos de brillo maestro. Y tienen un español literario de Barcelona que es un logro cultural. Le dediqué un capítulo en mi libro ‘La imaginación histórica’ (Fundación Lara, 2012) y siempre me siento en deuda. Hay más, mucho más, que de su obra se puede decir. Yo no descarto volver a examinar sus páginas.

Pero antes que nada disfrutaré otra vez con la frase de Cercas, esa que contiene la tradición cervantina, el eco remoto de la picaresca, la devoción por Borges, el malabarismo posmoderno y la moral, la virtud de las pequeñas cosas, la ética del hombre cercano.

La virtud de las pequeñas cosas , esa ética del hombre cercano, es lo que a Javier Cercas le impide desvariar. Él es una persona acostumbrada a la forma, a las formas, vigilante del detalle y del proceso. Es por eso por lo que su artículo sobre Cataluña es un ataque contra las quimeras y contra los atajos.

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Democracia y derecho a decidir.

http://elpais.com/elpais/2013/09/13/eps/1379095000_774993.html

Inde, Inde, Independèn, ci, a

14 septiembre 2013

BanderaPlazaColonEFE

En Italia, unos representantes de la Liga Norte han aparecido en sede parlamentaria luciendo camisetas que eran banderas esteladas, es decir, señeras independentistas de Cataluña. Imagino que el episodio habrá desagradado a los secesionistas del Principado. Que tus simpatizantes internacionales sean estos señores de la Liga Norte dice mucho de ti: un grupo político que aspira a independizarse de Italia porque afirma estar sometido a un expolio fiscal para sostener el Estado del Bienestar. Son xenófobos, son racistas, desprecian a los meridionales, los ‘terroni’, y exhiben con orgullo y siempre que pueden banderas propias, símbolos distintivos.

Entre mis pequeñas excentricidades está odiar la exhibición de banderas; detesto hacer ostensible los símbolos que nos unen; me incomoda manifestarme bajo un trapo que a otros conmueve. La cosa podría no tener interés alguno, incluso podría ser una patología mía. He acudido a manifestaciones públicas, por supuesto, pero procuro evitar los pendones, marchar bajo los pendones. ¿Agarofobia? En absoluto: me desenvuelvo normalmente. Sólo que los actos colectivos, que a otros excitan, a mí me enervan. Los nacionalistas pueden reprocharme mi nacionalismo banal: estás tan seguro de tu orden simbólico, que puedes rechazar los trapos comunes; eres tan narcisista, que no quieres sumarte a algo que desinvidualiza. Por eso te puedes permitir el lujo de rechazar las banderas. Pues no, es una razón más trivial y, quién sabe, tal vez más consecuente: detesto exhibirme con un trapo colectivo porque no siento nada. Nada.

Cuando hice el servicio militar, la jura de bandera fue un acto fracasado: llovía a mares y, justamente por ello, debimos realizarlo en un gimnasio. El acontecimiento perdía todo su brillo, todo debía acelerarse y todo quedaba seriamente deslucido. Fue para mí un alivio. Tanta bandera, tanta enseña, tanto besuqueo me ponía enfermo. ¿Acaso por la bandera de España? No, no le tengo tirria especial a la enseña nacional española. Me habría pasado lo mismo sí el besuqueo textil hubiera estado destinado a cualquier otro pendón. ¿Acaso por odio a lo que significa? ¿Defender la patria con tu vida? No: de darse el caso, yo no habría defendido patria alguna con mi vida. Padezco una moral indolora, que dijo Gilles Lipovetsky. Que no me aten. Que no me maten.

No es deseable ni siquiera posible la sujeción de las personas a las propiedades que las encadenan real o supuestamente a las comunidades de origen o de pertenencia, a las familias o a las naciones. Hacerlo así, forzar lo que nos ata, es violentarnos a cada uno de nosotros, es asociarnos con idéntico perfil a quienes por fuerza son distintos. Nos obliga dicha operación a vivir solidarios con una imagen predefinida de cada uno, esto es, al vincularnos por fuerza a nuestro grupo de pertenencia se multiplican efectivamente las diferencias que hay en el mundo entre los distintos grupos étnicos o culturales, pero a la vez se empobrece dicho planeta, pues éste o aquél, tú o yo, por mucho que compartamos rasgos que nos alejen de otros, somos algo más que autómatas obligados a comportarse fatalmente. Es decir, que la alegre defensa de la diferencia étnica, en el fondo, oculta la auténtica diversidad de cada cual o, en otros términos, la murga de los rasgos colectivos irrevocables que me definen impediría la diferencia efectiva.

En el pasado, en el siglo XIX, por ejemplo, los individuos carecían de plurales fuentes de información y lo común era abastecerse con un único canal a través del cual se recibían las percepciones de lo real y las actuaciones prescritas a que estaba obligado cada uno. El hijo de un rico hacendado tendía a reproducir lo obvio, lo que era indiscutible para sus mayores y lo que por tradición o herencia le llegaba, que no era sólo un conjunto de bienes materiales, sino también una concepción del mundo congruente con el medio del que procedía. La educación formal, la socialización y la propia maduración del individuo en un espacio afín reforzaban ese patrimonio inmaterial que era el sentido común heredado (o lo que Marx llamó ideología).

Desde hace tiempo, las cosas ya no son exactamente así. La vastedad y la variedad de fuentes de información, tan contradictorias, el debilitamiento de las reglas comunes y prescriptivas (sustituidas, en parte, por eso que Gilles Lipovetsky llamó la moral indolora) han hecho de nuestro tiempo un mundo efectivamente hecho pedazos. La circunstancia nos concede una gran libertad, pues ni el padre, ni la familia, ni la escuela, ni las autoridades pueden sujetar una socialización que se desborda y en la que la coherencia de los datos acopiados se hace casi imposible. Pero es también nuestro infierno. Es tal la avalancha que los muchachos pueden crecer angustiados por la saturación informativa (por la vecindad de lo alto, de lo bajo, de lo relevante, de lo irrelevante) y por el deterioro o la falta de criterios de discriminación. De ahí que la identificación colectiva que se estimula con sentimiento logre lo que la razón no alcanza. Las banderas resurgen, los himnos nacionales se entonan, los sentimientos de pertenencia se excitan. No sé si soy un bicho raro (creo que no, creo que soy muy normalito), pero ya les digo que no me pillarán vivo envolviéndose en una bandera, la que sea, o enfundándome una camiseta patriótica. No me pillarán vivo.

Todos mienten

30 agosto 2013

ToshibayMacEn septiembre de 2011 padecí una hecatombe informática. En agosto de 2013 he vuelto a sufrir un desastre semejante. La primera vez fue con un Sony Vaio, espantosamente grande, de tacto desagradable, de estética rezagada…, y expuesto a toda clase de virus y troyanos. ¿Qué ocurrió? Le di insistentemente a la tecla equivocada.
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La segunda vez ha sido hace nada: semanas atrás, precisamente cuando empezaban las vacaciones. En este caso, el ordenador era un MacBook de Apple, muy cool. ¿Causa? Apagar el cacharro cuando se estaba actualizando el Mozilla. ¿Resultado? El Mac quedó en el limbo. En el limbo informático.
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En ambas ocasiones he perdido todos los archivos que conservaba en los discos duros. Así, tan ricamente. ¿Y eso?, se preguntarán algunos de ustedes. Ay, no es fácil de explicar y tampoco me favorece como ser humano.
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¿A qué se debe esta pérdida, esta serie de catastróficas desdichas? Sin duda, a mi mala cabeza. A un tipo desordenado como soy yo le puede pasar esto y cosas peores. Bueno, me dirá el lector, pero habrá hecho copias de seguridad, ¿no? Pues no. No he hecho copias de seguridad.
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Aunque no lo parezca me gusta vivir peligrosamente. me gusta enterrar, asfaltar y empezar. Empezar de nuevo. No le doy mayor importancia a lo que escribo. O justamente al revés: le doy tanta relevancia, que lo que escribo me decepciona y por eso no me importa mandarlo todo al infierno. Al infierno informático.
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¿Y qué hago después? Lo poco que conservo es porque está publicado o porque está como adjunto en el correo electrónico. Lo demás hay que reconstruirlo, que es una tarea que me emociona: siempre pienso que me puede salir mejor…
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¿Qué se siente cuando pierdes dos discos duros? Para empezar, los ordenadores eran míos, pero nunca pensé que el destino final fuera formatearlos para limpiar el terreno. Y nunca pensé que esto pudiera perjudicar a nadie.
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Esta irresponsabilidad mía no la concibo en el tesorero de un partido. Si tú llevas las cuentas de una empresa, y el PP es una corporación de muchos caudales, todo ha de tener copia de seguridad. Si tú eres responsable de un partido, por principio no eliminas discos duros para aprovechar los aparaticos: un Toshiba y un Mac.
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Moraleja. En este asunto informático del PP, todos mienten o todos son unos mendrugos: don Luis Bárcenas y el Partido Popular.
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Todos mienten.
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A José-Carlos Mainer

PioBarojaporSantosYubero1941Uno. Momentum catastrophicum. Así, con esta fórmula, titula Pío Baroja una de sus conferencias luego publicada por Caro Raggio y recientemente reeditada. Data de 1918 y es un examen sarcástico y dolido de la España de entonces, el examen de un anarquista sentimental y racional, de un individualista pertinaz.Siempre me ha interesado Baroja y es un gusto que comparto con muchos e importantes lectores. Con Eduardo Mendoza, que escribió una biografía muy socarrona del vasco. O con Francisco Fuster, que escribió una tesis doctoral muy valiosa sobre El árbol de la ciencia (1911).
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Dos. Baroja deplora los nacionalismos, la política de escaso vuelo, la sociedad inerme y paralizada, la España sucia. Y todas esas críticas y derogaciones las expresa rotundamente, sin atemperarlas. Como admite en otras páginas, a él le piden hacer el ogro. ¿Por qué razón? Por la fama de escritor áspero y sincero que tiene. Es un ogro, pues. Aunque no le consta al propio Baroja haberse comido a un niño crudo. Eso apostilla.Su deseo era convertir España en un país verdaderamente constitucional y jurídicamente europeo, sin casticismos clericales, sin ventajistas o logreros de la política. Un país con derechos individuales reconocidos y respetados. Con gentes cultas y deferentes. Sin fanáticos.

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Tres. Pero su sueño vasco, local y universal a la vez, era pensar en una futura República del Bidasoa. Nada menos… No era partidario del nacionalismo, ya digo, y era celosamente contrario a toda separación. Qué se le va a hacer…

Pero, puestos a soñar con independencias, su quimera es muy aseada, nada historicista y nada utópica: él podía pensarse en «un pequeño país limpio, agradable, sin moscas, sin frailes y sin carabineros». Sin trepas, sin logreros, sin sectarios, sin fanáticos.

¿Imaginan? Podría tener el tamaño de Gibraltar, pero no es Gibraltar. Podría tener el tamaño de Andorra, pero no es Andorra, según Baroja advierte.

En realidad, el tamaño no importa. Únicamente necesitamos un país limpio, agradable, sin moscas, sin frailes y sin carabineros. Sin trepas, sin logreros, sin sectarios, sin fanáticos.
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Fotografía: Santos Yubero, 1941

image1. Leo en ‘El País’: “Correos de altos mandos de Al Qaeda desatan una alerta mundial”. Corroboro ese titular en otros periódicos. Estados Unidos ha interceptado mensajes electrónicos de la organización y parecen estar relacionados con la posible preparación de atentados. Los norteamericanos cierran veintiuna o veintidós embajadas en países de Oriente Próximo y del norte de África.

2. ¿Qué hacer? La sociedad actual está hiperinformada. Se transmiten múltiples noticias y crónicas, aparte de rumores, datos falsos y cuentos sobre el próximo Apocalipsis. Todo esa caudal informativo provoca varios efectos: aparte del miedo, quizá una saturación y una vacunación. O hasta rabia.

3. Constatamos cada día que el mundo está a punto de estallar, razón por la cual una parte de la audiencia reacciona con escepticismo o hartazgo. O mucho enojo. Pero que haya ruido, redundancia o informaciones falsas e interesadas no significa que todo sea puro embuste.

4. Tenemos la impresión de que vivimos en un mundo desbocado del que creemos saber mucho (por las noticias que nos llegan). Pero a la vez tenemos la sospecha de que nada de lo que vemos es enteramente real, de que los acontecimientos son puestas en escena.

5. Cuando hablamos de terrorismo global, hemos de ser especialmente responsables. ¿Por qué razón? Porque toda esa información a la que accedemos procede de los servicios secretos y éstos no dan puntadas sin hilo, no proporcionan noticias sin examinar sus posible efectos.

6. Porque sabemos que puede haber un atentado, los Gobiernos reaccionan, quizá evitando la hecatombe. Si eso es así, si no pasa nada, podemos pensar que era una información falsa. ¿La prueba? No ha ocurrido nada. Pero tal vez la audiencia esté equivocada: justamente por ser una información verdadera y difundida se abortan los operativos terroristas. Una noticia cierta produce consecuencias contrarias a las que muy ajustadamente había previsto el servicio secreto.

7. Todo es muy raro y a la vez muy previsible. Estamos deseando unas merecidas vacaciones y don Mariano Rajoy el primero, en esa casa gallega que entre todos le costeamos. Tal vez allí, en ese retiro rural, encuentre motivos para la contrición. Estamos deseando que agosto sea un mes informativamente lánguido, irrelevante y que don Mariano nos deje en paz y encuentre la paz.

8. Pero al mismo tiempo sospechamos: seguro que habrá alguna crisis local o mundial, el estallido de una contienda, un atentado, un desastre natural, otro desgraciado descarrilamiento. Pues eso: que cada vez cuesta más descansar. A poco que te descuidas, un horror perturba nuestro breve veraneo. Y todo se desboca o descarrila.

9. “Obama insta a su equipo de seguridad a proteger al pueblo estadounidense”, leo en ‘El Mundo’. La noticia es de alcance aunque el titular sea obvio y rutinario. ¿No es eso, proteger al pueblo, lo que hacen los equipos de seguridad de los gobiernos? En fin, le deseo a don Mariano Rajoy que pase tranquilamente sus vacaciones, pero le insto también a que nos proteja y a que se proteja.

10. Estoy condicionado: el sábado 3 de agosto fui con unos amigos al cine. Vimos ‘Guerra Mundial Z’, un entretenido y reflexivo producto. Los malos eran los zombis, muy rabiosos, cuyo número se propagaba bíblicamente, con mucha desmesura. Un país de los acosados tenía construidos grandes muros para evitar la invasión y el contagio. Nada de esto frenará la irrupción zombi.

11. He visto que la casa rural en la que se hospedará don Mariano Rajoy tiene unos buenos muros. Por favor no se aísle: no crea que los malos le van a dejar en paz. Los terroristas globales están relativamente cerca. Por otro lado somos ya un país de zombis. Estamos muy rabiosos.

Habla, mudito

1 agosto 2013

La farsa valenciana producciones presenta

La historia de un muchacho calladito que un día rompió a hablar. ¿Su nombre? Mariano Rajoy

image1. Me pregunto por qué leo el periódico en papel. No soy nostálgico ni me gusta anclarme en el pasado. Por eso también consulto las ediciones digitales de la prensa. ¿Con qué fin? Obviamente para actualizar mi información. Pero la lectura del papel aún resulta monumental y ritual, un momento particular del día, una celebración de la actualidad. En fin, me molesta estar apegado a algo que tuvo sentido y que ahora hacemos por rutina, el automatismo de otro tiempo.

2. Soy de otro tiempo, en efecto. Soy un resto de otra época, soy una ruina milagrosamente sobrevivida. ¿Ruina? Si por tal entendemos un trozo, algo incompleto, sí: soy una ruina. La vida joven es una fortuna que se pierde, una decadencia que nos deja en mal estado, como los restos de un edificio deteriorado o destruido. Como un periódico desfasado.

3. “Yo nací (perdonadme) / en la edad de la pérgola y el tenis”, como decía en 1959 Jaime Gil de Biedma en versos mil veces repetidos. Nací, sí, en esa fecha: cuando salía de la factoría inglesa el primer Mini, un coche popular. Nací cuando el gran Partido Comunista de España decretaba la Huelga Nacional Pacífica como instrumento de lucha antifranquista.

4. Nací cuando se inauguraba el Valle de los Caídos. El maestro de ceremonias fue Francisco Franco, un dictador algo achacoso. No se metía en política, decía. El mundo vivía el enfrentamiento político, bipolar, atómico. La carrera espacial estaba comenzando tras el lanzamiento del Sputnik, una liza entre astronautas y cosmonautas. Y España estaba fuera de órbita.

5. Hoy, el Mini es un vehículo alemán de grandes dimensiones, algo chic; el Partido Comunista de España es una organización pequeña, prácticamente irrelevante, sin aura; y el dictador ya está en los cielos, tras haber ganado su carrera espacial.

6. Actualmente disponemos de AVE. De televisiones de plasma y de cristal líquido. De ordenadores y de smartphones para hablar. Contamos también con un presidente prácticamente mudo que no se mete en política. Tenemos democracia: defectuosa, sí, pero nos vamos apañando. Otros se apañan afanando, como leíamos en ‘Mortadelo y Filemón’. El caso es que vamos tirando.

Lamento este final tan poco épico. Es el final de los tiempos.

5404 LA FARSA VALENCIANA.inddLa farsa valenciana es un libro de examen y de combate, de análisis y de intervención, en el que se estudian los protagonistas como si en un drama o en una farsa estuviéramos, como una galería de monstruos, una parada de personajes impensables y hasta inverosímiles. Y todo ello sin perder el humor, aquel que nos permite soportar a unos individuos que se están apoderando de nuestras instituciones.

La farsa valenciana es un libro sobre la corrupción, sobre el clientelismo, sobre los usos y abusos del poder. Por las páginas del libro desfilan personajes impensables, una parada de monstruos. Análisis y guasa, humor negro y drama.

La farsa valenciana. Ésta es la historia de cuento de hadas. De jóvenes príncipes que se enriquecieron y de damas que se ennoblecieron. Valencia fue tierra de promisión. Allí todo fue posible, allí todo se arruinó.

La farsa valenciana, episodio tres. Fenómenos paranormales, situaciones inéditas, personajes desconocidos. ‘La farsa valenciana, episodio tres’ es un clip promocional del libro de Justo Serna. Algo especial, algo espacial. Los personajes levitan…

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