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Yo soy funcionario

8 septiembre 2012

Me dicen algunos amigos que qué me ocurre, que el blog no se actualiza, que yo mismo no doy señales de vida. Que no respondo: ¿Me he quedado abúlico?  Mis constantes vitales son mínimas, si me permiten emplear esta desgraciada metáfora. Sobrevivo al tedio y al desinterés. Y a la molicie. Soy funcionario, soy docente. Tengo tareas. Preferiría no hacerlas.

Hasta hace nada, la tierra era más o menos redonda, con sus entrantes, con sus salientes, con sus aristas, con sus agujeros; los niños, por muy guapos que fueran, no venían de París…, aunque a veces les costara pronunciar la erre;  no éramos el centro del universo, pese a considerarnos el ombligo del mundo: teníamos a Francisco Camps, nuestro perchero o timonel. El porvenir resultaba previsible. Éramos funcionarios, gente bien nutrida, algo holgazana y sin aspiraciones. Como probablemente es Mariano Rajoy. No sé si es el caso de Alberto Fabra: ignoro su oficio.

Ahora ya nada es igual. Tengo cincuenta y tres años, hago balance y qué encuentro. A veces leo libros que compro en Gaia. A veces miro en el espejo de casa. Me pongo los lentes  y veo a un funcionario, qué horror. En las pesadillas llevo bata, mandil o sobretodo con lamparones, que son mis uniformes con chorreras; llevo manguitos, que tienen tinta y galones; llevo tocado académico o visera para tapar mi falta de higiene y mis ideas.

Mientras escribo, mientras trabajo (o hago como que trabajo), echo un trago, dormito, canturreo y poco más. Siempre las mismas canciones, con estribillos salaces. Creo saber algo del mundo, pero lo ignoro todo. Justo al revés que Rita Barberá, que luce enormes hombreras para realzar su figura poderosa, esa dama que sabe mucho y que viaja en coche oficial con los pies sobre tierra. Es decir, se desplaza en troncomóvil.  Yo, en cambio, soy poco atlético: aquí estoy, aquí me ven, leyendo un E-Reader. Esperando la carroza. Para salir con los pies por delante.

¿A que no hay bolas?

22 mayo 2012

Uno. Identifiquese. “Vamos, identifíquese”. Eso decía la policía en el Franquismo si unos agentes se tropezaban con dos o tres estudiantes reunidos. ¿A qué epoca me refiero? Esas cosas pasaban en aquellos últimos años de un régimen milenario y mineral. Don Francisco Franco, el Generalísmo, esperaba durar. De hecho duró. Y el Caudillo pensaba que su dictadura se iba a prolongar durante décadas: ¿por qué no mil años? Como una bola que no parara de rodar.

Dos. Sería un irresponsable si yo dijera ahora que el sistema franquista se perpetuó. No, señores. La Constitución de 1978 –para algunos, tan escueta, tan estrecha– reconocía derechos fundamentales y, por tanto, liquidaba los Principios Fundamentales del Movimiento.

El Movimiento no era una corriente pop ni una convulsión estética. Era un sistema de partido único con falangistas valerosos, con policías de la porra y con prensa azul y monocorde: eso sí, hacia el final tenía enanos infiltrados, es decir, gente sensata que se reciclaba. Esto era lo que denunciaba don Blas Piñar, un franquista irredento que alertaba al Caudillo sobre los enemigos interiores.

Por ello, la policía no miraba: sospechaba. Sospechaba de todo lo que se movía. Como el señor Piñar o como tantos otros camisas viejas que veían desmoronarse el Régimen. Lástima.

Tres. Hoy, 22 de mayo de 2012, muchos años después, la policía ha exigido a unos jóvenes que estaban por allí, por la Consellería de Educación en Valencia, que se identificaran.  ¿Había pasado algo? No. Según las noticias de la radio, no había ocurrido nada, pero los gendarmes tomaban medidas por si después había disturbios. Creo que es una medida sensatísima. A la policía habría que pedirle lo mismo: que se identificara. ¿Llevar un uniforme es garantía? En las películas y en la series americanas hemos aprendido que la bofia muestra su placa, que los polis enseñan sus credenciales: que se identifican, vaya. Imaginemos a unos desaprensivos usurpando la identidad de la gendarmería; imaginemos a unos tipos disfrazándose de guardias. ¿Qué seguridad tenemos de que son policías? ¿Qué garantías hay de que son agentes del orden?

22 de mayo, exterior tarde. Hay convocada una manifestación en favor de la enseñanza pública. Voy –vamos– a acudir a ella. Masivamente, aunque luego digan que somos cuatro y el de la guitarra. Veré –veremos– a personas de uniforme. De uniforme. ¿Hay certidumbre de que son lo que parecen ser? No voy a detenerme, pero me dan ganas de pedirles que se identifiquen. Oiga, agente, hágame el favor. ¿Usted es un guardia de la porra? Yo soy profesor, soy padre. Soy ciudadano, soy contribuyente: acabo de dejar en el gestor mi declaración de la renta. ¿Usted me garantiza que los defraudadores fiscales serán severamente reprimidos, perseguidos, castigados? No me mire a mí, que soy persona de orden. Mire a los alborotadores del parqué, de la Bolsa. Mire a los que se han llevado la bolsa y las bolas.

Hablando de bolas. Dice doña Esperanza Aguirre que si en la final futbolística se pita el himno (y, por tanto se ultrajan los símbolos nacionales), lo mejor es clausurar el estadio: que el partido se celebre a puerta cerrada. Qué moderada es la presidenta de la Comunidad de Madrid. Yo propondría suspender la final sine die.

¿A que no hay bolas?

Uno. Miércoles 16 de mayo, presentación del libro que Ana Reig dedica a Rafael Albiñana, un prócer valenciano, un prohombre de otro tiempo. He de estar en el acto del Colegio Mayor Peset a las 19:30 horas. La autora me invitó a participar en dicha presentación junto a Román de la Calle. Y lo hago con mucho gusto, con ganas. Ana fue compañera mía de carrera, una persona con la que compartí trato afectuoso, experiencias académicas y aprendizaje treinta y tantos años atrás. Hoy, Ana es una acreditada estudiosa del pasado y del saber.

El pasado no es un tiempo remotísimo al que echar un vistazo. Lo pretérito es un presente que perdura, una actualidad cuyos efectos todavía no se han extinguido. A veces por las consecuencias de los actos; a veces por la ejemplaridad de las acciones pasadas, que aún nos sirven de referente, malo o bueno, con el que compararnos.  No se trata de estar sacando lecciones continuas de lo que los antecesores hicieron o dejaron de hacer. Aunque tampoco se puede ignorar cómo intervinieron, cómo vivieron, cómo sobrevivieron. La historia no nos corrobora, pero nos concierne. ¿Es la naturaleza humana un desecho de egoísmos, pura inmundicia? Hay gentes emprendedoras, esforzadas, morigeradas, con elegancia moral.

Dos. Observen la fotografía de la cubierta del libro. La imagen se reproduce en un bellísimo blanco y negro. Es una instantánea tierna, aleccionadora.

Al verla sentimos confianza en el género humano: confirmamos que valen la pena siglos y siglos de dolores y esfuerzos, de empeños y voluntades. Hay paz, camaradería y respeto entre los retratados.

Al echar un vistazo, así a bote pronto, no sabemos quiénes son ese señor y esa muchachita. Figuran en los créditos, pero de momento no revelaré sus nombres.

Caminan repitiendo los mismos gestos: cabizbajos, pensativos, probablemente silenciosos, con las manos a la espalda. Pasean sin premuras, reflexivamente, tal vez compartiendo algún secreto o idea u ocurrencia.

El suelo no está empedradro y, por la flora, seguramente los retratados están en un jardín o en el recodo de una calle en algún pueblecito. Son tiempos aún rurales o estivales. Se nota el buen clima que rodea. Los fríos ya son algo lejano.

La niña lleva un batita arrugada y veraniega. Calza sandalias. En cambio, el caballero que acompaña a la joven dama lleva abarcas. La estampa del señor es elegantísima: contrastan el pantalón blanco (probablemente de lino o  de hilo) y las prendas superiores, ambas oscuras y preceptivas: una chaqueta y un sombrero.

És es André Lambert, el pintor de origen suizo que se afincó en Xàbia, lugar que inmortalizó en acuarelas y grabados. La instantánea, tomada hacia 1930, recoge un momento cotidiano: quien acompaña al artista es su hija, aún chiquitita. ¿Qué tiene que ver esa imagen con el contenido del libro? ¿Acaso el retratado y la niña son protagonistas de este volumen?

Tres. El acto de presentación reveló y rememoró la figura de Rafael Albiñana, un político liberal, inspirado en las ideas krausistas, reformistas, regeneracionistas. Comparamos y contrastamos lo que fue su tiempo (finales del siglo XIX y principios del XX) y lo que es el nuestro, este comienzo de milenio. En ambas épocas, el desconcierto es rasgo común, una impresión de cambio vertiginoso y de crisis material, de transformación de los recursos tecnológicos y de atraso. ¿España atrasada, caciquismo, oligarquía?

Gentes como Albiñana se opusieron a la fatalidad de su tiempo, no se resignaron al determinismo de la pobreza circundante o la pérdida del talento. No se resignaron a la reclusión y minoridad de las mujeres. Es por eso por lo que se propuso planes de reforma local o provincial que tenían mucho de acciones cosmopolitas.

El libro merece una segunda edición: más lujosa, aumentada y corregida, dijo Román de la Calle. Y lo dijo porque el volumen nos despierta todo el interés, el interés por averiguar más cosas de Rafael Albiñana. Creo que la obra se lee de grado, con soltura, con el placer que dan unas páginas que han sido disfrutadas, esmeradamente escritas. Yo no sabía gran cosa de Rafael Albiñana. Tampoco tenía mucho interés en informarme sobre su vida.

Ahora, tras el libro de Ana Reig sé que ha valido la pena: que hubo personas remotas cuyas vidas merecen una exhumación y un homenaje, personas que concibieron otro mundo para las niñas, para los muchachos, para aquellos valencianos sumidos en la depresión de un desastre. A ese desastre cabía oponerle resistencia. Hay personas responsables y ejemplares, sí.

Fotomontaje, cortesía de María Dolores Pérez-Molina

Hemeroteca

Justo Serna, “Soy de Bankia”, El País, 16 de mayo de 2012

Todos somos intelectuales

11 febrero 2012

Todos somos intelectuales. Si es por pensar y juzgar, todos somos filósofos, decía Antonio Gramsci. Vemos y nombramos, damos sentido a las cosas y evaluamos. Ahora bien, con frecuencia eso lo hacemos de carrerilla: con creencias o ideologías que se nos imponen. ¿Qué es lo preferible? ¿Hablar de prestado, pasivamente?

No, responde Gramsci. Hay que pensar y juzgar con autonomía y con crítica: cada persona debe interrogarse sobre lo que hay, sobre lo que ocurre y sobre sí misma, participando activamente en la historia del mundo. Si no lo hacemos nos impondrán opiniones e ideas ajenas: nos someteremos con docilidad.

Todos somos intelectuales. Discurrimos y creamos, nos expresamos e intervenimos en la sociedad. Son intelectuales quienes cumplen esa función y quienes se comprometen públicamente, analizando y exponiendo sus resultados. En principio, no todas las personas desempeñan dichas tareas.

En realidad, cada una puede hacerlo: si de lo que se trata es de pensar y juzgar, la convocatoria es común. Hacen falta voluntades y razones, gentes decididas a pensar por sí mismas, decididas a intervenir y a comunicarse. Eso nos pone en un compromiso: es decir, nos compromete.

Antonio Gramsci fue un filósofo italiano, un intelectual antifascista. Pero fue también un hombre corriente. Murió en 1937, tras años y años de cárcel. En la celda no dejó de pensar y juzgar el mundo terrible que le tocó vivir: razonó, escribió y anotó sin acobardarse.

Sus cavilaciones siguen siendo actuales y nos ayudan a evaluar nuestro propio mundo. ¿Quién piensa por nosotros? ¿Quién nos impone la visión y la versión de las cosas? Gramsci vuelve para proclamar la autonomía del pensamiento y el compromiso de la razón. Necesitamos observadores críticos: necesitamos observar críticamente.

Justo Serna y Anaclet Pons han seleccionado, traducido, introducido y editado nuevamente las anotaciones de Antonio Gramsci en un libro titulado ¿Qué es la cultura popular? El resultado es un volumen de reflexión, un conjunto de instrumentos, una caja de herramientas intelectuales. La destapa Ana Noguera.

Presentación de ¿Qué es la cultura popular?, de Antonio Gramsci (Publicacions de la Universitat de València). El texto superior es un reclamo, una invitación al acto de presentación  del libro de Gramsci del que somos editores, traductores e introductores Anaclet Pons y yo mismo. El acto se realiza gracias a Fran Sanz y a otros amigos (vinculados a Esperanza socialista).

Día, hora y lugar de presentación:

Miércoles 15 de febrero de 2012 a las 19,30 h. en el  OCTUBRE. Centre de Cultura Contemporània
C/ Sant Ferran, 12 – 46001 València
 Presenta el acto

Francisco Sanz.
Abogado. Miembro de la Plataforma Esperanza socialista. Manolo Mata.

Presentan el libro

Ana Noguera Doctora en filosofía, miembro del Consell Valencià de Cultura y profesora de la UNED de Valencia

Anaclet Pons Coautor del libro y profesor de Historia Contemporánea de la Universitat de València

Justo Serna Coautor del libro y profesor de Historia Contemporánea de la Universitat de València

Entidades

Publicacions de la Universitat de València

Esperanza socialista. Manolo Mata  

Octubre. Centre de Cultura Contemporània

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Ronald Fraser. En busca de un pasado

Uno. Cuando se escribe una nota necrológica hay un precepto: no se debe escribir del fallecido si es hablar de uno mismo. Esta regla se incumple frecuentemente, casi siempre. Queriendo decir algo de la persona que abandona la vida terminamos hablando de la persona que nos abandona.

Acabo de leer un obituario que Julián Casanova dedica a Ronald Fraser, historiador británico afincado en España: concretamente en Valencia. El investigador español termina diciendo: “Ronnie me honró con su amistad, en Londres y en España, y para mí siempre fue una referente en el aprendizaje de cómo imaginar y escribir historias. Yo lo recordaré y se lo recordaré a otros”. Como pueden ver, Julián Casanova incumple punto por punto ese precepto y su sentida nota acaba siendo exactamente la despedida de un amigo.

Dos. Al hablar de Ronald Fraser es difícil seguir esa regla de la distancia y la objetividad que imponen las necrologías: se dejaba querer, era muy próximo, mostraba interés manifiesto por lo que hacían los historiadores españoles. Precisamente por eso, yo también incumpliré esa norma: lo conocí, lo traté y siempre me dedicó una generosa atención. “Te leo”, me decía siempre que me veía. Aurora Bosch, su compañera, y colega de mi Departamento lo corrobora. Y al escuchar eso yo sentía un orgullo y mucho apuro.

Era un hispanista, sí, pero sobre todo era un investigador paciente, inquisitivo, amante de la documentación. Era muy escrupuloso con las fuentes históricas, razón por la cual podía emplear años y años en las pesquisas que llevaba a cabo: principalmente, las contiendas, los conflictos españoles. Había nacido en 1930 y, sin duda, la Guerra Civil lo marcó, como marcó a toda una generación de jóvenes intelectuales que crecieron  y maduraron en Gran Bretaña bajo el mito del antifascismo y con la leyenda remota de la lucha peninsular. Desde el Romanticismo hasta hoy, muchos ingleses han vivido y se han sentido atraídos y desazonados por el caso español: lo peculiar, lo castizo y lo mediterráneo, pero también el coraje, el valor y la gallardía de unos meridionales que sabían expresar sus inquinas y que sabían expresarse sin la censura que impone la corrección británica.

Hoy se escribe justamente de Recuérdalo tú y recuérdalo a otros (1979) o de La maldita guerra de España (2006). Se habla muy merecidamente de ambos volúmenes de Fraser. Yo mismo aún recuerdo cuando siendo muy joven leí la entrevista que se le hizo en El País a propósito de aquel libro de 1979. Ahora la hemeroteca me devuelve esas palabras.

Tres. Pero, de todas sus obras, aquella que más me interesó fue En busca de un pasado (1987): una inspección inmisericorde en la historia particular, una indagación sobre el parentesco, sobre la progenie. El prólogo español lo firmaba Carlos Castilla del Pino… Fraser se valía del psicoanálisis para hablarnos de la familia, gente de las clases distinguidas británicas: de un padre severo con altas responsabilidades y de una madre norteamericana, cariñosa, jovial y siempre ausente, a la que idolatraba. Hablaba de su hermano, de su tata alemana de la que se tuvo que despedir, y hablaba, en fin, de esa Inglaterra que se enfrentó bravamente al nazismo, esa Inglaterra que algunos de nosotros también hemos idolatrado.

El subtítulo del libro lo decía todo: La mansión, Amnersfield, 1933-1945. Una mansión es un recinto por descubrir y, seguramente, es un símbolo materno. Pero una mansión es una mansión es una mansión. Leí En busca de un pasado hace veinte años en un ejemplar que me prestó Isabel Burdiel. Les estoy muy agradecido: a Isabel, por haberme descubierto esa obra; y a Ronnie, por haberme mostrado que el historiador no estudia cosas ajenas, distantes; sino asuntos propios, materias que directamente le conciernen y le conmueven.

Me pregunto…

20 enero 2012

¿La Educación pública? La educación pública, sí. Con orgullo, con legítimo orgullo. ¿Hay que sumarse a una Manifestación por la educación pública? Sí, hay que ir. Yo, desde luego, pienso acudir. Y ello pese a que no suelo frecuentar los eventos multitudinarios: las manifestaciones, quiero decir. ¿Y por qué voy? Pues por vergüenza y por enojo. Hasta aquí hemos llegado.

Nuestros hijos –los míos, al menos– se han educado en la enseñanza pública: a pesar de la cicatería y de la roña de las autoridades autonómicas.  El Gobierno de la Generalitat Valenciana, que ha patroneado el Partido Popular en los últimos años, ha gastado lo que no tenía en eventos vistosos, en espectáculos costosísimos. Y además lo ha hecho fanfarroneando. Yo no me sentía orgulloso.

Ahora, el nuevo Gabinete autonómico del PP nos quiere hacer copartícipes del recorte cuando no somos responsables del despilfarro y de la ostentación. Para ello, para afrontar la deuda, adelgazan los sueldos de los docentes, reducen el gasto social y nos dicen que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Es un sarcasmo.

Yo ahorro, procuro evitar el gasto inútil y sólo me consiento algunos pequeños lujos: siempre al alcance de mi presupuesto. Desde luego lo que no hago es alardear de riquezas que no poseo. Sin duda, es lo que el Gobierno del PP ha hecho en los últimos años. Ahora, todos somos culpables. ¿Ah, sí? Muchos somos moderados, personas morigeradas. Por eso, precisamente por eso, queremos protestar ante este desaire, ante este descaro. No nos resignamos y acudiremos a la Manifestación. ¿Cuándo, dónde?

Sábado  21 de enero, a las 18 horas, en la Plaza de San Agustín de Valencia.

Allí estaremos.

¿Y ahora?

Fotografías hechas con el teléfono móvil:

  

Fotografías hechas por Isabel Zarzuela:

¿Dónde está Eduardo Zaplana? Meses atrás, pronto hará un año, me preguntaba eso exactamente. Pasado un tiempo me sigo interrogando. No es por falta de imaginación, sino por ausencia de respuesta. De respuesta social. ¿La habrá ahora, ahora que vemos peligrar derechos sociales y logros colectivos? En la Comunidad Valenciana, el Partido Popular ha ganado amplia y repetidamente las elecciones. Se le perdonaba el fasto. Y se le perdonaba la ostentación. Parecía que todos estábamos sobrados. Creo que ahora no disculparemos el recorte de gastos sociales y de sueldos. Hubo expectativas de lucro. Hubo descaro. Rapiña, lo llaman algunos. Hoy nos piden paciencia y cooperación.

Don Eduardo Zaplana fue quien irrumpió, quien mostró el camino del triunfo y quien hizo pedagogía del éxito particular, sin complejos. Me sigo preguntando aquello que planteaba en mi columna de El País:

“Echo en falta a don Eduardo Zaplana Hernández-Soro. Qué tiempos, cuando al antiguo alcalde de Benidorm se le dedicaban fiestas y saraos, regocijos públicos que celebraban su liberalidad y su agudeza. Simboliza otras épocas: las del esplendor material. Éramos ricos, creíamos ser ricos o esperábamos ser ricos. Así era él -o eso pensábamos- y así queríamos o creíamos ser: avispados, dispuestos a atesorar fastuosamente, invitados a una recepción en la que de todo podíamos hartarnos. De cualquier cosa había en abundancia hasta quedar ahítos: bienes y recursos, relojes de gama alta y coches de mucha pompa, manjares exquisitos y whiskys finos”.

Continuará…

La mala educación

10 octubre 2011

Blog enlazado por El País (Comunidad Valenciana)

Intruders. Acudí a la sala el sábado 8 de octubre por la tarde. Era la sesión de las 18:30 horas. Me apetecía ver Intruders (2011), la película de Juan Carlos Fresnadillo, un tipo inteligente, habilidoso: un acreditado contador de historias que ya me había convencido años atrás con 28 semanas después (2007).

Intruders no me decepcionó. Es muy difícil realizar una buena película de miedo: los espectadores sabemos tanto, hemos visto tantos films, hemos padecido tantos pavores cinematográficos, que hacerlo bien y con estilo es realmente arduo.

Fresnadillo asume la tradición, obra con materiales viejos y vuelve a contarnos una historia de terror: de terrores infantiles. La protagonista es una niña. 

Como me dijo E. a la salida, en la pantalla hemos visto un cuento de miedo. Tenía toda la razón: hemos asistido a un cuento de miedo, en el sentido más noble de la expresión. 

¿Un cuento? Digo esto y recuerdo un artículo reciente de Antonio Muñoz Molina. Se titulaba, precisamente, El miedo de los niños. Qué precisión, qué habilidad. Cuando lo leí –y ahora que he visto la película de Fresnadillo– recordé mis terrores infantiles.

¿Ustedes han mirado debajo de la cama o dentro del armario? ¿Han encendido las luces para comprobar que no hay intrusos? ¿Han aguzado el oído? Lo primero que debemos hacer cuando somos niños es eso: confirmar que no hay monstruos.

Monstruos S. A. (2001)…, así se titulaba una encantadora historia de Pixar que vi hace años: acudí al estreno con M. y a ambos nos entusiasmó. Quizá ustedes no hayan olvidado a su protagonista, a Boo. Qué niña, qué coraje, qué inconsciencia. No sé por qué pero el film de Fresnadillo me recordó la historia de Monstruos S. A. Tal vez, el protagonismo de la niña… 

Ahora bien, Boo es corajuda. En cambio, la chica de Intruders vive acogotada por esa presencia que se aloja en el armario... Pero lo más curioso no ocurría en la pantalla, sino en la sala: concretamente en la platea, justamente mientras veíamos el film de Fresnadillo.

La mala educación.Cuando yo la vi, el mismo día del estreno,  la sala en que me encontraba estaba al completo, repleta de jóvenes y adolescentes ávidos de pánico e imágenes o sensaciones terroríficas. ¿Cuál fue el resultado? Los espectadores que me rodeaban, lejos de acongojarse o de estremecerse, reían una y otra vez con los temores de los protagonistas, con el miedo con que los directores del film pretendían intimidarnos.

Si se reían, puede deberse a varias razones. ¿Porque, dada su juventud, carecían de cultura cinematográfica, estaban embrutecidos por el gore y sólo eran sensibles al terror explícito? ¿Porque se protegían con una risa defensiva del miedo real y profundo con que les incomodaban? ¿O era porque la película no contaba con suficientes recursos expresivos para  provocar el miedo…?

Lo anterior, lo que está en cursiva, lo escribí en 2000. Se publicó en la revista Lateral. Con esas palabras me refería a la experiencia que yo mismo había vivido cuando el estreno en Valencia de The Blair Witch Project (1999).

Once años después, las risas y el ruido son otros, muy diferentes. Durante la proyección de Intruders, el estrépito era insoportable, carente de sentido. No hablo de un sobresalto protector. Era pura y simplemente mala educación de muchos de los presentes.

Eso ocurría el 8 de octubre de 2011. Numerosos adolescentes hacían ruido todo el tiempo. Muchachos y muchachas haciéndose notar salvaje o irresponsablemente. Reían a mandíbula batiente, daban grititos. ¿Quizá porque la película les provocaba miedo? No. Reían antes y después de que empezara el film.

¿Y cuando se estaba proyectando? La actitud era la misma: voces ensordecedoras, chillidos, carreras que impedían seguir la película. Que literalmente molestaban. Gritaban  incoherentemente: mientras se pasaban secuencias que no provocaban terror alguno. En varias ocasiones, los acomodadores tuvieron que hacer acto de presencia, pidiendo por favor silencio; pidiendo respeto, qué se yo… Todo conspiraba contra el cine: todo te desconcentraba haciéndote perder el hilo.

¿Y luego? Luego, vimos una desolación. Cuando se encendieron las luces de la sala, el espectáculo era deplorable. Por la sala vacía había botes abandonados, palomitas desparramadas, cartones tirados, suciedad rápida y general. Lo de siempre, pero en cantidades descomunales y con mayor descuido o descaro, no sé.

En ese momento eché en falta a Boo, tan atrevida y tan insolente. Tan educada. Sí, ella era una chica educada: la dibujaron así.

Moraleja. ¿Hay moraleja en este cuento? En el film de Fresnadillo hay una lección de coraje, de audacia personal. Debemos sobreponernos y debemos afrontar la amenaza de los propios monstruos. ¿Son internos? No, no. A la postre, los monstruos acaban siendo bien reales y su presencia es un acecho que puede vencernos. Un chica mirando  al intruso. Qué bella escena. Somos frágiles, estamos indefensos, pero nuestra fuerza interior nos permite encararnos. Y no digo más…

En la anécdota de los espectadores de la sala, no hay moraleja ni tampoco cuento. Los jóvenes que hacían esos ruidos tan espantosos no provocaban miedo, sino pena: deplorable su mala crianza y sobre todo lamentable su comportamiento colectivo. Eso siempre lo han hecho los adolescentes, se me dirá. No, no exactamente. Los muchachos que compartían la sala del cine el pasado 8 de octubre eran unos atolondrados que no podían rentenerse, que no podían controlarse, que no sabían aguantar. ¿Qué cosa? No podían soportar los tiempos muertos, el aburrimiento. No podían aceptar el silencio. Lo que les espera…

Reflexiones sobre la memoria

21 septiembre 2011

Blog enlazado por El País (Comunidad Valenciana)

Uno. El 21 de septiembre es el Día Internacional del Alzhéimer, la jornada que se dedica en todo el mundo a la difusión y explicación de lo que esta enfermedad es y provoca, de lo que esta dolencia comporta. Millones y millones de personas la padecen. Hoy es un buen día para decir algo, aunque sea poca cosa, sobre la memoria. Yo no soy experto. Por ello hablaré como historiador y como individuo…

Dos. La historia es una actividad intelectual, una pesquisa, un esfuerzo analítico por el que un investigador selecciona un objeto del pasado estudiándolo con documentos, con los vestigios que quedan. ¿Cuando un historiador acude al archivo para consultar unas fuentes hace lo mismo que cuando un individuo recuerda?

En la memoria hay una parte consciente y voluntaria, sí: cuando nos valemos de lo aprendido para no tener que volver a experimentar hacemos también un esfuerzo deliberado y consciente. Pero en la memoria hay mucho de mecanismo emocional: en numerosas ocasiones se pone en marcha a partir de estímulos propiamente externos, justo cuando se activan recuerdos de experiencias propias o ajenas que forman parte de la identidad y que regresan al margen de nuestras voluntades.

Un sabor, un sonido, un roce, una canción, etcétera, nos despiertan, nos quitan el aturdimiento o la indiferencia: hechos pretéritos asociados a determinadas sensaciones vuelven ahora, de repente, con fuerza. Colocamos una nueva cuenta en el ábaco. Algo nos impresiona y ese choque sensible nos hace exhumar un acontecimiento pasado. Pero el recuerdo no es sólo el acontecimiento: son el hecho y su sentido, el sentido que tiene para nosotros. Recordamos un suceso personal y el dolor que nos ocasionó; o evocamos involuntariamente un episodio placentero y la impresión que ello nos dejó. Es a esta memoria azarosa a la que principalmente se refiere Marcel Proust en un célebre pasaje de Por el camino de Swan (Du côté de chez Swann, 1913), obra que citaré en versión de Pedro Salinas. Exagerando el peso de la chiripa, el novelista francés dice:

“Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de sus dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos. Y del azar depende que nos encontremos con ese objeto antes de que nos llegue la muerte, o que no le encontremos nunca”.

Tres. Sin duda, Proust subraya lo fortuito, lo casual, de la memoria: esa sensación que cualquier cosa externa nos puede provocar. Según ese punto de vista, las personas estamos enteramente expuestas a estímulos que nos emocionan, que nos trastornan, y seríamos prácticamente peleles: individuos cuya principal función cognitiva –la de recordar– sería fruto de lo aleatorio, de las circunstancias que nos rodean y que no elegimos. No vivimos en un laboratorio en el que todo esté bajo control. Vivimos en espacios abiertos en donde la rutina es parte; la otra es el azar. Uno hace esfuerzos de memoria y qué obtiene a cambio. Nada o poca cosa, dice Proust. Todo es más impredecible y es menos controlable de lo queremos aceptar.

Desde luego, al novelista podríamos oponerle algo bien cierto. La inteligencia y la voluntad intervienen en lo que recordamos: las reglas mnemotécnicas, por ejemplo, nos permiten evocar datos siempre que queremos y con una utilidad instrumental. Pero hay más. Las instituciones son agregados humanos que se basan en recuerdos compartidos. Las cosas prácticas de la vida ordinaria o funcional las recordamos así, conscientemente, y gracias a ello marcha el mundo: marcha gracias a que es previsible por el recuerdo consciente y cumplido; y marcha, en fin, gracias a los automatismos humanos.

Pero hay otra parte fundamental de la existencia que no depende de lo consciente. Tampoco de la voluntad. Es la memoria involuntaria, la memoria sensible, esa a la que se refiere Proust con obstinación. Mucho de lo que nos sucede se debe a los efectos de lo recordado azarosamente. Ustedes me perdonarán por repetirme, pero no puedo dejar de mencionarlo. Me refiero a ese episodio archiconocido que el novelista francés narró en las primeras de su libro: la impresión que causa mojar una magdalena en té. Concretamente, en ese pasaje, dice:

“…me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que le causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo…”

Cuatro. Todos tenemos pasado y ese dato de la experiencia nos sirve para ver cómo opera la función cognitiva del recuerdo. Todos tenemos pasado y por ello podemos hablar de la memoria intuitivamente: de lo que nos pasa cuando recordamos; cuando olvidamos lo importante o lo secundario; cuando evocamos fragmentaria, selectivamente; cuando tenemos reminiscencias erróneas.

La memoria es experiencia y es expectativa: experiencia de lo ya vivido y valorado; y expectativa de lo que deseamos o tememos. O nos tememos… Sabemos que en el pasado hemos obrado así o asá. Si nos salieron bien las cosas, es probable que repitamos nuestros actos, en la esperanza de que den los mismos resultados. Si la actual circunstancia se parece a aquella, entonces razonamos por analogía: las semejanzas de dos hechos me hacen reiterar o evitar lo que ya hice.

Pero los hechos no son los mismos, como tampoco son idénticos los contextos. ¿Cuál es el resultado? Que las previsiones que nos hacemos se incumplen frecuentemente; que las predicciones que aventuramos pueden fracasar; que los deseos se frustran; que los miedos no se materializan. Etcétera, etcétera.

Ahora imaginemos que todo lo anterior lo perdiéramos, que la memoria dejara de funcionar correctamente. Imaginemos una amnesia irrefrenable. Es más: que los recuerdos se disiparan, que cualquier cosa evocada se hubiera desvanecido. Careceríamos de todo referente, de todo asidero, de todo fundamento. Quedaríamos desarbolados. La identidad perdería fuelle y después solidez y fijación hasta finalmente desaparecer. Es lo que les sucede a quienes padecen la Enfermedad de Alzhéimer: que las cosas pierden su base y que lo aprendido –aquello en lo que hemos sido socializados, educados, instruidos– se desaprende. Las emociones más primarias de las cosas es lo último que se pierde y en ello intervienen especialmente los sentidos.

La música, por ejemplo. Nos sabemos la letra de una canción, podemos tararearla, y no sabemos por qué la sabemos, por qué acabamos aprendiendo aquella tonadilla que jamás olvidaremos. Los enfermos de Alzhéimer padecen un trastorno neurodegenerativo que les hace perder el recuerdo inmediato y finalmente muchas de las funciones motoras y cognitivas.

Cinco. Lo diré con Umberto Eco, que en La misteriosa llama de la reina Loana (Lumen, 2005) precisaba lo que los expertos señalan en sus informes con vocablos técnicos. Quien está aquejado de amnesia grave –indica Eco– verá dañada su memoria implícita, esa “que nos permite ejecutar sin esfuerzo una serie de cosas que hemos aprendido, como lavarse los dientes, encender la radio o anudarse la corbata”. Pero hay otra memoria que se ve afectada: es la explícita.

La memoria explícita es, por un lado, semántica: por ejemplo, es “la que nos permite saber que una golondrina es un pájaro”. Por otro lado, la memoria explícita es también episódica, autobiográfica. ¿Qué ocurre cuando este funcionamiento se daña? Pues, por ejemplo, que alguien “no es capaz de recordar inmediatamente, pongamos al ver un perro, que un mes antes estuvo en el jardín de su abuela y vio un perro, y que es él quien vive las dos experiencias. Es la memoria episódica la que establece un nexo entre lo que somos hoy y lo que hemos sido”.

El protagonista de La misteriosa llama de la reina Loama no ha perdido la memoria semántica y, por tanto, aún sabe que una golondrina es un pájaro; aunque sí ha perdido los recuerdos episódicos de su vida y no sabe que hace un mes estuvo con un perro en el jardín de su abuela. Pero la existencia no es una novela, aunque la firme Umberto Eco. 

Una vida aquejada de Alzhéimer es dura prueba para quien la padece y para quien asiste, una dura prueba cuyo resultado se sabe de antemano: el que tiene esa dolencia acaba no siendo quien era y no sabiendo quién es… De lo que se trata, pues, es de conservar denodadamente la memoria episódica para así retrasar el deterioro de la memoria implícita.

Las canciones, lo sensible, retienen la atención: aquello que aún puede emocionar y que aún puede despertar lo autobiográfico, lo episódico. De eso hablo en El País, comentando brevemente una experiencia musical con enfermos de Alzhéimer. Con emoción, precisamente.

Hemeroteca

Justo Serna, “Hagan memoria”, El País, 21 de septiembre de 2011

Filmoteca

Las voces de la memoria

Una persona educada

19 septiembre 2011

Blog enlazado por El País (Comunidad Valenciana)

Uno. Empecemos con lo obvio. Una persona educada es aquella que tiene información y sabe administrarla. Pero es también aquella que tiene formación y sabe obrar en consecuencia. O aquella que posee erudiciones y sabe aplicarlas. Pero no basta.

Hace falta un buen preceptor. Una persona educada es aquella que es consciente de sus ignorancias. No es que viva en la infelicidad, sino en la felicidad de la duda, en la dicha del tanteo, de la exploración. No tiene todos los conocimientos, pero sabe cómo obtener las informaciones que le faltan. Pero no basta.

Dos. En un reciente artículo aparecido en El País, Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea, decía lo siguiente:

 “Una persona educada debe ser capaz de pensar y escribir con
claridad, comunicar con precisión y pensar críticamente (…). Una buena educación, además, debe proporcionar una apreciación crítica de las formas en que obtenemos el conocimiento y la comprensión de la sociedad, conocimientos básicos de los métodos experimentales de las ciencias, de los logros sociales, artísticos y literarios del pasado, de las principales concepciones religiosas y filosóficas que han guiado la evolución de la humanidad (…). La educación debería servir también, por supuesto, para adquirir especialización o formación profesional en algún campo del conocimiento. De una persona educada, en fin, se espera que tenga algún conocimiento sobre los problemas éticos y morales, en constante cambio, que pueda ayudarle a formarse un juicio sólido y elegir entre las diferentes opciones”.

El título de la tribuna es sintomático: El valor de la  educación. En sí mismo es revelador. La educación no tiene precio, sino  valor (ya sabemos que al decir de Antonio Machado es necio aquel confunde valor y precio). En segundo lugar, el título remite voluntaria o  involuntariamente a aquel libro del filósofo Fernando Savater que tanto  éxito tuvo: El valor de educar. Dicho volumen era una defensa del  amor propio, de la autoestima que nos procura la educación. No basta con instruirse, con informarse. Hay que tantear, experimentar, avanzar. Hay que  atreverse y hay que saber colmar lo que ignoramos. Sin criterio, las erudiciones son  mero adorno, un aderezo improductivo.

Tres. Creo que hay aspectos comunes en lo que defendía Fernando Savater y en lo que ahora proclama atinadamente Julián Casanova, el historiador. Cito de memoria, porque no tengo aquí mi ejemplar del volumen: si no me equivoco, el filósofo acababa su libro con dos cartas que eran los capítulos finales, una dirigida a la madre, maestra de profesión; y otra destinada en este caso a la ministra de Educación, entonces Esperanza Aguirre. Cómo pasa el tiempo. O, mejor dicho, parece que no pasa el tiempo. De su madre tomaba ejemplo; a la ministra le pedía que diera ejemplo… 

Casanova  y Savater pueden coincidir en un dato básico: si no informamos, si no formamos, si no instruimos, si no educamos, nuestros jóvenes estarán inermes. ¿Y eso cómo se consigue? Con erudición y con criterios; con noticias y con razonamientos. La información bastísima y vastísima no es suficiente. Hemos de saber orientarnos, discriminando. El alud o la avalancha no nos alivian: nos empeoran. En cambio, el refinamiento o la habilidad siempre son selectivos, cualificados. Con esto no quiero decir que haya que formar especialistas, siempre necesarios; lo que quiero decir es que el dato concreto no da el sentido. Hay que saber muchas cosas para poder olvidar lo redundante o lo secundario. Un buen maestro es eso precisamente: un sabio que conoce los logros o los calamidades de la humanidad, un investigador.

Cuatro. Permítanme decir algo trivial. U otra trivialidad más… Lo pasado –lo histórico– no es material de desecho, algo prescindible y poco útil, sino la base de lo que hoy nos rodea. Por muy peritos que seamos, por muy habilidosos que seamos, poco alcanzaremos si ignoramos el fundamento de lo que nos condiciona. Actuaremos con torpeza. ¿Y los historiadores? Pues los  historiadores son maestros, propiamente educadores. Si no lo son, si no ejercen como tales, al menos deberían serlo o proponérselo. No somos meros depositarios de datos, sino formadores. Ser críticos significa saber –o estar en condiciones de saber– qué nos pasa o por qué.  No se trata de tener muchos datos, sino de acopiarlos bien, de discriminar adecuadamente entre informaciones vastas y bastas.

“Una persona educada”, como decía Julián Casanova en el artículo antes citado, “debe ser capaz de pensar y escribir con claridad, comunicar con precisión y pensar críticamente”. Y para ello hay un remedio milagroso. Sus efectos no tardan en aparecer y además perduran: leer, leer con abundancia, sobradamente; leer subrayando, interpelando. Si los estudiantes no leen, no hay nada que hacer: pensarán, por supuesto; pero no sé si con claridad. Desde luego, serán incapaces de escribir. ¿Tener ideas sin poder expresarlas? ¿Razonar sin poder exponer? ¿Hay algo más descorazonador o más triste?

Cinco. Domingo, 18 de septiembre. En Abc leo una columna de José María Carrascal titulada La educación, ese foso. No puedo poner enlace en abierto a su versión digital. Pero les puedo resumir el argumento.

La educación está hecha unos zorros. Los bachilleres llegan muy mal preparados y de eso, cómo no, tienen la culpa, los socialistas, los izquierdistas, los reformistas. No sé si también los pedagogos. Si no arreglamos la educación, que es esfuerzo y contenidos –dice José María Carrascal–, está todo perdido.

Leo la columna y me hago cruces (últimamente no me hago más que cruces). Carrascal se atreve a diagnosticar el mal estado de la enseñanza y los pésimos conocimientos de nuestros bachilleres mientras él comete una falta por la que habría que remitirlo al PREU, al preuniversitario. Al menos en un par de ocasiones confunde “deber de” con “deber”. Confunde la suposición con la obligación. Por Dios, qué barbaridad: un varón educado y otoñal no puede cometer este desliz. No debe. Un periodista de derechas y superferolítico no puede incurrir en este error. No debe.  Pero comete ese desliz e incurre en ese error: merecería ser castigado con la desposesión del título de bachiller. De cara a la pared, con los brazos en cruz aguantando varios ejemplares del Diccionario pahispánico de dudas.

En clase no me pongo estríctisimo con la ortografía y la sintaxis. ¿Por qué razón? Porque sé que los errores abundantes no se corrigen en un plis-plas. Se arreglan con lectura, con mucha lectura. Con paciencia, observando, anotando, registrando. ¿Eso significa que no me importan las faltas de ortografía, por ejemplo? Por supuesto que me importan. Como me molesta una sintaxis descuidada. “Escribir con claridad, comunicar con precisión”, decía Julián Casanova. Pues eso.

Ilustración: Fotograma de El profesor chiflado (1963), de Jerry Lewis.

Uno. Así, con ese epífrafe (La disciplina de la imaginación) tituló Antonio Muñoz Molina una de sus conferencias, impartida en 1990 en la Universidad Complutense de Madrid. Se refería, claro, a la capacidad de novelar, al esfuerzo de inventar, pero sobre todo al empeño, al sutil y duro empeño, de hacer coherentes todos los elementos de una historia.

No es fácil leer: ha requerido insistencia y persistencia. Como tampoco es sencillo escribir: ha exigido imaginación y transpiración. “Las cosas que más institivamente llevamos a cabo, las que nos parece que nos salen sin esfuerzo, han requerido un apredizaje muy lento y muy difícil”, decía Muñoz Molina. “Los mayores logros del arte, de la música, de la literatura, incluso del deporte, tienen en común una apariencia singular de facilidad. Pero a ese atleta que en menos de diez segundos corre cien metros ese instante único le ha costado años de entrenamiento”.

Es curioso: el pago que recibimos por nuestro esfuerzo se demora, pero cuando llega tiene algo de epifanía: es como una revelación corta y sublime. Las pericias son cantidades (pura repetición) se transforman en cualidades: la habilidad es sobre todo habilidad cultivada o, en otros términos, repetición con mayor nivel de exigencia.

De repente, un día, aquello que realizabas mediocremente alcanza una dimensión nueva, una cualidad superior. Y, así, “ese músico que toca delante de nosotros sin mirar la partitura y ese aficionado que se la sabe de memoria y goza cada instante de música han pasado horas innumerables estudiando aquello que más amaban, negándose al desaliento y a la facilidad”.

De eso, precisamente, trata la nueva columna que publico  en El País: de que nos hacemos promesas vanas, de que somos inconstantes y de que esperamos que las cosas nos salgan bien por suerte, de pura chiripa. Lo titulo ¿Música celestial? 

Y hablo con admiración del trabajo que lleva a cabo el Centre Instructiu Musical de Benimaclet, del que se cumplen cien años. Mis hijos han estudiado o aún estudian solfeo. Han tocado y aprendido algunos instrumentos con desiguales resultados: percusión, trombón de varas, chelo, piano. Hay que tener una madera especial, sí, pero hay que tener disciplina.

Yo carezco de esa pasta, es decir, carezco de oído y mi psicomotricidad fina es no es fina: es simplemente roma. De mí, pues, no se puede sacar nada. Pero, además, tiendo a la pereza o al trabajo de manera ciclotímica o intermitente.

Frente a la indolencia o la furia laboriosa a la que muchos nos entregamos, resulta admirable el empeño diario de los músicos: tienen que ensayar, mejorar, repetir, insistir cotidianamente. ¿Serán capaces de la imaginación?, se preguntan los envidiosos. 

Quitémonos de la cabeza el señuelo del artista arrebatador, la creencia de que hay genios por descubrir y de que éstos aflorarán sin trabajo. Es una imagen muy romántica y consoladora: seguro que soy mejor de lo que creo ser porque lo que efectivamente soy no puede ser este producto sin brillo. Pues eso: si quieres lucir, abrillántate trabajando. La imaginación sin disciplina es una explosión incontrolada que probablemente no alcanza sus objetivos. En cambio, guiada por el trabajo suele dar resultados alentadores y personalmente  placenteros.

Es exactamente lo mismo que dice Mario Vargas Llosa en su emocionado discurso de recepción del Premio Nobel. Por dos veces emplea la palabra disciplina y la repite para mostrarnos el camino. “La literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad”. No hay misterio: ser terco, perseverar, es la clave de toda habilidad o cualidad que deban cultivarse.

Por eso, haciendo el repaso de su vida, haciendo el registro de sus logros, Vargas Llosa señala: “No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia”.

“Trabaja, trabaja, escribe todo lo que puedas, tanto como tu musa te arrastre. Es el mejor corredor, la mejor carroza para avanzar en la vida”, dice Gustave Flaubert en una carta que dirige a Alfred Le Poittevin en septiembre de 1845. Sin duda, es una excelente recomendación, un consejo que el escritor se da a sí mismo aplicándose el mismo remedio: “continúo mi lenta obra como el buen obrero que, con los brazos arremangados y los cabellos sudorosos, golpea el yunque sin preocuparse de si llueve o si hace viento, si graniza o truena. Antes no era así. Este cambio se ha producido naturalmente. También ha influido mi voluntad. Me conducirá lejos, espero. Si bien, temo que se debilite, pues hay días en que siento una desidia que me da pavor…”

Muchos sentimos esa desidia que sólo se combate con la disciplina. Pero la disciplina, que es orden, que es serie, que es secuencia, que es ritmo, que es uniformidad, también tiene sus riesgos. Ahormar lo distinto es imprescindible en una agrupación musical. Justamente es eso: poner orden a individualidades separadas e incluso desafinadas. Pero la disciplina puede tener también efectos desastrosos. ¿Cuáles…?

Dos. La disciplina individual puede tener consecuencias desagradables: las principales de ellas son la falta de espontaneidad, la incapacidad de improvisación, la rigidez, la autopersecución o, también, el sometimiento de nuestro humilde yo, pequeño y decepcionante, a un ideal de la identidad que nos resulta inalcazable y por eso punitivo. La persona muy disciplinada me produce cansancio, asfixia, presión. Suele ser alguien que me mete prisa y me marca el calendario. Yo sé lo que opongo: a veces una irresponsable indolencia o un trabajo obsesivo que no tiene hora ni calendario.

Por su parte, la disciplina colectiva tiene efectos no siempre positivos. Es más, Michel Foucault habló de las sociedades disciplinarias, aquellas en las que las tareas están reguladas, reglamentadas y normalizadas sin que eso se perciba como represión o punición. Hablaba de esta disciplina colectiva como sometimiento sin que esa sujeción sea necesariamente preventiva, represiva o punitiva. ¿Cuál es el resultado?

El resultado es un sujeto, efectivamente: alguien sujetado, como un caballo con riendas. La disciplina nos doma, nos domestica, nos ciñe y hace de nosotros seres intercambiables: lo que tú haces podría hacerlo otro y por tanto nada depende directamente de ti. Cumples funciones que pueden ser desempeñadas por otros que poseen tus mismas competencias.

Pero la disciplina colectiva cobra su auténtica dimensión en la acción de la masa tutelada, guiada, ordenada, estimulada, encaminada: en la sujeción de la muchedumbre. ¿Recuerdan La ola (2008), de Dennis Gansel?

Colofón. Me gustaría repensar esta película, exponerles aquí el tratamiento que el director da al fenómeno de la disciplina colectiva. Pero un resfriado matador me tiene desarbolado y poco lúcido: vaya, parece que los episodios se repiten. Hay momentos del día en que pienso. En esos instantes me sobrepongo a mi congestión y hasta puedo acabar tareas académicas que tengo pendientes; y hay otros momentos en que he perdido los concordantes: tanto es el aturdimiento.

Sin embargo, ahora me esfuerzo. Algo puedo decir sobre este film. Observen otra vez el fotograma que reproduzco. Plano general. Vemos al profesor, de espaldas, haciendo un gesto a sus estudiantes, todos ellos uniformados de blanco, recién planchados. Ese ademán tiene algo de coreográfico y expresa gran autoridad. Es bello, limpio y provoca un escalofrío. Lo veremos hacia el final de la película.

El profesor ha hecho un experimento. Para explicarles a sus alumnos en qué consiste la autocracia, ha ideado unas prácticas que les obligan a representar: deberán tomarse en serio la disciplina colectiva, entendiendo por tal la uniformidad, el espíritu de grupo,  la conciencia de fraternidad, las relaciones de camaradería, la sumisión al líder.

Y vaya si se las toman en serio: los chicos y las chicas, salvo excepciones, se sienten cómodos paciendo juntos, compartiendo sus camisas blancas que a todos aúnan, respondiendo y respetando las jerarquías, saludando marcialmente. Quienes se sentían desorientados ahora tiene metas concretas que cumplir y compartir. Quienes vivían sin criterios tienen ahora valores firmes a los que aferrarse o adherirse. Lo que empezó como un experimento y una representación acaba propiamente como una experiencia de vida: la disciplina contiene y ensancha la existencia del grupo. ¿Dónde queda la individualidad?

Quien se tome en serio la experiencia acabará provocando un cataclismo y por tanto acabará trastornado el orden figurado. Bajo determinadas circunstancias, eso es la disciplina, un orden figurado que no se puede tomar literalmente. La película es una metáfora de la Alemania adulta que simpatizó con el nazismo, pero es también una historia común, ordinaria, de autoritarismo, que a todos podría ocurrirnos. Da miedo, la verdad, el caos que involuntariamente alienta el profesor: imbuido de las mejores intenciones, con ganas de experimentar, de dar rienda suelta a la imaginación, provoca efectos graves. Para quienes somos perezosos o antojadizos, es un consuelo saberse indolentes, sin espíritu de grupo.

Hemeroteca:

Justo Serna, “¿Música celestial?”, El País, 8 de diciembre de 2010.

“Vargas Llosa o la orgía perpetua del lector”, Ojos de Papel, 16 de octubre de 2002

Fotografía de Antonio Muñoz Molina: Jordi Socias, El País

Caricatura de Mario Vargas Llosa: Sciammarella, El País

 Fotograma de La ola (2008), de Dennis Gansel

La tarea de educar

10 noviembre 2010

Uno. La revista Mercurio dedica el dossier de noviembre de 2010 a “La tarea de educar”, con un título que reproduzco en este post. Intervenimos Antonio Muñoz MolinaEmilio Calatayud, José Antonio Marina, Ricardo Moreno Castillo, J. M. Sánchez Ron y yo mismo.

Hay grandes y graves disparidades en las cosas que los responsables planteamos. Y hay, por supuesto, aspectos en los que coincidimos. Me complace compartir cartel con algunos nombres tan reconocidos y de los que tan cerca me siento; y me complace colaborar en un dossier en el que también escriben autores con los que tan profundamente polemizo. Pongamos, de momento, dos ejemplos extremos. 

Es honroso que mi artículo de Mercurio pueda estar junto al de Antonio Muñoz Molina; y es interesante que mi texto comparta vecindad con el de Ricardo Moreno Castillo. El primero es un escritor que admiro por muchas cosas; el segundo es un profesor del que discrepo habitualmente.

En esta ocasión, como en otras anteriores, Muñoz Molina  y Moreno Castillo coinciden: básicamente achacan a la pedagogía y a los pedagogos los males de la escuela, la crisis del sistema educativo. Sin ir más lejos, el primer párrafo de Antonio Muñoz Molina es tajante:

“Los miembros de la bien llamada secta pedagógica, muy bien incrustados en el sistema político español, han arruinado, además de la escuela, la parte del lenguaje que tiene que ver con la enseñanza. Como es propio de los estafadores de las pseudociencias, han urdido una jerga opaca que oculta su perfecto vacío detrás de un simulacro de especialización técnica. De modo que para hablar de educación, para debatir con algo de racionalidad y provecho sobre la enseñanza y el saber, lo primero que hace falta es una operación radical de limpieza: negarnos a usar cualquier palabra o expresión que hayan sido inventadas o manejadas por ellos; llamar al pan pan, al vino vino, eludir acrónimos y siglas, porque de otro modo el lenguaje seguirá cautivo de la niebla mental en que lo han sumido los llamados pedagogos o expertos en pedagogía, cuyo mayor éxito en los últimos treinta años ha sido despojar a varias generaciones de las herramientas intelectuales para comprender racionalmente el mundo y para ejercer con soberanía y responsabilidad la ciudadanía. Políticos y pedagogos han alcanzado altos puestos –en algunos casos altísimos– no sólo a pesar de su profunda ignorancia, sino precisamente gracias a ella. Es comprensible que tanto los unos como los otros desconfíen como de la peste de las personas con conocimientos verdaderos que en cualquier momento pueden desenmascararlos. A tal fin, nada les conviene más que extender al común de la sociedad el estado de penuria mental en el que ellos viven. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Cuanta menos gente pueda señalar los disparates que declaman el pedagogo o el político menos peligro habrá de que su falta de formación, su frivolidad o su estupidez salgan a la luz” (Leer el artículo completo)..

Me parece una generalización tremendamente injusta, una acusación grave e irritada. Sé que a Antonio Muñoz Molina le inspira una intención reformadora: la de recuperar el valor de la educación, la de prestigiar el papel de los maestros, la de reforzar las tareas de los profesores. Pero creo que su diagnóstico es muy equivocado. Lo digo con cordialidad.

Las aulas se estremecen día a día no por culpa de los pedagogos –esa secta, según su expresión–, sino por la pérdida de funciones que el sistema educativo tuvo en otro tiempo. Hay numerosos factores externos que descentran la posición de privilegio de que gozó la escuela. La información abundante que sirven los mass media, los datos inacabables que suministra Internet, la reordenación de las familias y el cambio de auctoritas, la discusión de los criterios antes inobjetables, el culto del éxito…: todo parece conspirar contra la estabilidad y el poder de la educación.

En mi artículo abordo dicha cuestión aprovechando la metáfora marinera de Joseph Conrad: la que me inspira El espejo del mar. De hecho he titulado así mi texto: “El espejo de la educación. No es, sin más, una bella imagen: pretendo mostrar la crisis de un mundo para el que habíamos aprendido pericias, justamente cuando el venidero, con sus técnicas y avances, con sus logros y novedades, llega y aún no ha acabado de imponerse:

“…Siglo y pico después, nuestra situación es tan desconcertante como la de Conrad. Aprendimos a manejarnos en un mundo en el que las técnicas se transmitían con jerarquía y orden, en el que los conocimientos se conservaban y valían, en el que los datos duraban, en el que la experiencia era un patrimonio creciente. Teníamos capitanes que comandaban ese aprendizaje y que vigilaban el trabajo de la tripulación. Hallábamos, además, puertos seguros. ¿Que había marinos díscolos o malas singladuras? ¿Que había fatalidades y derrotas erróneas? Cierto, pero el mar bravío, lo real, aún podía entenderse con la educación.

 ”¿Qué nos encontramos ahora? Un mar sin límites en el que no siempre sabemos aventurarnos. Navegamos por Internet, un océano sin amarres firmes que además amenaza con anegarlo todo. Es tal la cantidad, es tal el flujo y es tal el oleaje, que sólo con dificultades podemos bracear. Ni veleros ni vapores. Parece que no nos vale el antiguo saber y que la pericia técnica que podemos adquirir pronto será reemplazada por informaciones innumerables, tantos datos que nos ahogan. En esa circunstancia, la familia se ve desbordada: sus muchachos se lanzan a Internet, ese mar incógnito. Y la escuela no puede aportar y aprontar todas las informaciones buenas o malas, esas piezas que ellos atrapan en la red. La tradicional insolencia juvenil parece ahora más extendida e irreparable. Es como si los discentes tuvieran a un preceptor salvaje dando mal ejemplo o a un proveedor munífico proporcionándoles de todo con largueza: confirmándoles sus caprichos…” (Leer el artículo completo).

Dos. ¿De verdad la pedagogía es la responsable de la mala educación? A juicio de Ricardo Moreno Castillo, los pedagogos (con cursiva sarcástica) dicen “que no se ha de educar a los alumnos para ser acrítricos y obedientes”.  El artículo de este profesor, con el tono agraviado que le caracteriza, trata de desmontar dicho supuesto, partiendo de una evidencia: que acríticos y obedientes no son palabras sinónimas.

Su conclusión ya la conocíamos (sobre todo quienes habíamos leído su Panfleto antipedagógico, un volumen que analicé tiempo atrás): “para que una escuela funcione, el profesor ha de mandar y los alumnos han de obedecer”. Y, por si ha quedado alguna duda, aclara en su título: “Alumnos sumisos y profesores autoritarios“, eso es lo que precisamos. La confusión, como ustedes comprenderán, es monumental.

Tres. ¿Qué hacer? ¿Besos o palos? Las respuestas que estos planteamientos tienen son variados. El dossier de Mercurio ha provocado efectos: no sólo en mi blog. He recibido mails compartiendo o discutiendo mis posiciones o las de Antonio Muñoz Molina.  No tiene mérito que diga que me han escrito catedráticos de Historia y Teoría de la Educación agradeciéndome que ponga mesura en medio de este fuego cruzado. Son pedagogos, claro. Pero son gente sensata. Llamarlos a todos secta duele. Es lo que con todo respeto he tratado de argumentar en el post, en los comentarios y en el periódico.  Citaré los que aquí, en público, se han expresado.

Comentando lo anterior, Arnau señala ciertos aspectos a tener en cuenta, además de dedicar palabras muy generosas a mí artículo de El País. Convengo con Arnau en que el profesor no es un colega. Como no lo son los padres. Desde luego, el buen trato (la buena educación) no significa estar repartiendo besos. La alternativa, de hecho, no es el palo o el beso. La alternativa es la educación según criterios –cosa a la que pueden ayudar los pedagogos y, por supuesto, los maestros, los profesores– o la instrucción puramente informativa, tarea en la que la escuela o los maestros no pueden competir con medios que son rivales y más poderosos. Los padres, además, han de tomarse en serio su propia tarea sin ver a los pedagogos como enemigos o chamanes.

El conocimiento científico no es lenguaje común ni prejuicio, según indicara Émile Durkheim. Requiere una jerga específica. Lo siento. Como la historia tiene su propia terminología. ¿Imaginan que reprocháramos los males de la sociedad a los sociólogos porque enredan con un argot que a primera vista no se entiende? ¿Imaginan que achácaramos los malestares del individuo a los psiquiatras porque se valen de un lenguaje abstruso?

Desde luego, en todos los ámbitos hay científicos sociales poco rigurosos. Pero lo distintivo de los saberes académicos es el método, el procedimiento, la observación sistemática, la experiencia clínica, si me apuran. Eso pasa en pedagogía o en sociología. ¿Y en historia? Por supuesto hay historiadores que han proporcionado munición ideológica; hay historiadores que han incendiado las ideas y las identidades. Pero afirmar que los historiadores son responsables del mal curso de la historia, de los males que mutuamente nos infligimos, es un error. O una falta de información o una grave confusión.

Cuatro. Pero la respuesta más desarrollada y experimentada la da David P. Montesinos. Sorprenden el saber que acumula como profesor de Medias y la buena disposición que tiene, lejos de todo derrotismo. Y sorprende la capacidad de autoanálisis.

Pensaba concluir el post. No sé si vale la pena. He tenido la suerte de poder leer un texto muy sugerente y claro tras la interrupción del post. David P. Montesinos ha tenido la amabilidad de remitirme un artículo suyo inédito (pero que va a publicar en breve). Se titula La escuela crítica y sus enemigos. Es sencillamente exacto. Me parece simplemente iluminador. Razona tan bien que hasta me hace simpático a un autor que emplea y que me resulta especialmente antipático: Pierre Bourdieu.

Su texto es tan consistente que no puedo sino aplaudir. Son muchos los factores de la crisis educativa, pero la responsabilidad no hay que achacársela al sesentayochismo (y a los pedagogos, como es costumbre), sino al hedonismo cultural que introduce el capitalismo de consumo. Esa tesis está en este artículo inédito. Me parece muy-muy pertinente el uso que David P. Montesinos
hace de Daniel Bell y de su libro Las contradicciones culturales del capitalismo. Su planteamiento, que dicho así puede parecer cercano al de Ricardo Moreno Castillo, es, por el contrario, su negativo exacto.

Lo siento. El artículo es inédito y no puedo decir más…

De momento.

Colofón. Y de momento, también yo volvería a Mercurio. Lean la revista, este número de noviembre. La puede obtener gratuitamente en las principales librerías. En sus páginas, con tonos distintos y con reflexiones dispares, intentamos plantearnos algo que a muchos nos preocupa: el estado de la educación y el papel de los profesores, la dificultades de hacerse oír, de hacerse atender y entender. 

Hay una separación entre el papel que desempeñan los docentes y el que les corresponde a los discentes. Mientras los primeros han de persuadir y transmitir, formar e instruir; los segundos han de hallarse: han de encontrar aquella cualidad que los hace irrepetibles, aquella habilidad humana suya, que está tan mal repartida. ¿Hace falta ir a la escuela para descubrir esa virtud? Sí, porque la escuela cultiva la habilidad y la desarrolla como valor social y colectivo, la disciplina. El profesor no es un gurú ni un experto. No es un padre ni un colega. Es un docente que sabe explorar las habilidades potenciales.

Pero hoy ha de enfrentarse a un estado convulso y propiamente revolucionario: no me refiero a la violencia, sino a la transformación del saber, de la realidad; al cambio de la percepción y de la acción; a la mutación de las relaciones y de los vínculos familiares. La escuela fue el centro del meritoriaje y del ascenso social, del aprendizaje y de la transmisión del saber, con una autoridad indiscutida basada en la figura del maestro incuestionable. Hoy es una institución a la que le disputan sus lecciones otras instancias poderosas y persuasivas: los mass media e Internet. Esa preocupación es colectiva y no depende únicamente de la escuela: si hay problemas, éstos no pueden ventilarse echando la culpa al sesentayochismo o al libertarismo antipatriarcal. Sería tan fácil cargarlo todo a esos presuntos culpables. Es algo más complejo. Tanto…, que volveremos. 

Y volvemos. Volvemos con una reflexión de Alejandro Lillo, una aproximación que aúna sentido común, experiencia, tanteo y responsabilidad. Dice así:

André Malraux, en La esperanza, tiene una excelente definición del intelectual. Para el escritor francés “el gran intelectual es el hombre del matiz, de la gradación de la calidad, de la complejidad”. Esta definición, sencilla, parece además muy apropiada, muy aplicable en nuestros días. No sólo deja fuera a personajes públicos como Pérez-Reverte o Sánchez Dragó, a los que habría que encuadrar entonces en otra categoría (la dejo a su libre arbitrio), sino que obliga al propio intelectual o aspirante a ello a ser cuidadoso con sus palabras, con sus manifestaciones públicas.

Dicho esto, tengo a Antonio Muñoz Molina por un intelectual de primera fila. Que su artículo en Mercurio (en especial la primera parte) contradiga la definición de Malraux que tanto me gusta y por la que me guío, no va a cambiar la excelente opinión que tengo de él como pensador e intelectual de primer orden. Entiendo que esa crispación contra los pedagogos (no sé si contra la pedagogía como ciencia social) pueda tener que ver con lo que apunta don David en su brillante intervención (“[La ley de educación] Estuvo mal tramada porque se encargaron de ella personas que desconocían el aula, hasta el punto de que, como sospechosamente ocurre con todas las normativas educativas, a los docentes no se nos dio bola. Sí fueron invitados los pedagogos. Parieron la ley y nos hicieron cargar a los demás con ella en la cotidianeidad del aula”). Pero de ahí a cargar contra todo un colectivo me parece excesivo, aunque ya les digo que sobre este asunto poco puedo aportar más allá de mi propia experiencia.

A mí nunca me pegaron en el colegio. Sí había un profesor que nos amenazaba con una vara de avellano mientras nos preguntaba a bocajarro la tabla de multiplicar. Estoy hablando de finales de los años ochenta, que tampoco hace tanto. El mismo individuo, cuando alguien hacía una travesura o hablaba en clase, le mandaba hacer flexiones de piernas, “sentadillas” creo que se dicen. Otros profesores nos han arrojado tizas e incluso borradores, como ya se ha comentado. Dado el ejemplo que algunos profesores nos inculcaban (todos los que lo hacían eran, por cierto, marianistas. Los laicos, que yo recuerde, eran más civilizados) resulta curioso que luego nos abroncaban cuando en el patio había peleas o alguien arrojaba un “típex” por el hueco de la escalera.

A mí nunca me ha motivado ese tipo de instrucción, y digo bien. Los profesores que me han ayudado a estudiar, que no han sido muchos, la verdad, lo han conseguido tratándome con respeto y consideración. No desde un plano de igualdad, pero sí desde la tolerancia y digamos, un tratamiento “adulto”, aunque no lo fuera legalmente. Creo que fue desde esa posición desde la que se ganaron mi respeto y admiración, y desde la que me enseñaron a amar lo que estudiaba. Huelga decir que uno de esos profesores impartía la asignatura de Historia. Aunque también debo añadir que mi aprecio por la literatura surgió por esos años a pesar de los esfuerzos de los maestros por aburrirme mortalmente con el tema.

Porque como apunta el señor Serna en algún momento, y en otro sentido también Montesinos, a la escuela le han salido muchos competidores. Hasta ahora se ha incidido en lo que de negativo tiene este asunto (que comparto, que conste), pero no se ha dicho nada de la parte positiva del mismo. Y un ejemplo de esto último es mi propia experiencia con la literatura. Fue al margen de la escuela donde aprendí a apreciar los libros, debido a determinadas circunstancias familiares.

Dicho esto, debo reconocerles que me canso un poco de oír una verdad que, siendo cierta, insisto, compromete poco: eso de que la educación es cosa de la sociedad entera, que la educación es algo compartido por profesores, padres, etc., etc. No me entiendan mal. Lo que quiero decir es que afirmar que la educación está mal y que todo es un desastre conduce a poco, más allá de constatar una realidad. La sociedad es algo muy vago, que invita al anonimato, que la responsabilidad individual quede diluida o borrosa. Algunos profesores dicen que los padres no educan; algunos padres afirman que la escuela está mal; algunos psicólogos o pedagogos dicen que si el modelo de la tele es nocivo; los políticos en la oposición inciden en otra cosa, etc. etc. ¿Qué tal si dejamos de criticar lo mal que lo hacen los demás y nos proponemos qué podemos hacer nosotros para mejorar la educación? Porque me parece que muchas personas o instancias se parapetan en todas esas quejas para seguir como están: algunos políticos sin mojarse en el asunto; algunos profesores si renovarse y viviendo de rentas; algunos padres evadiendo sus responsabilidades, y, por supuesto, algunos alumnos aprendiendo de todo ello, que aunque la educación brille por su ausencia, los chavales no dejan de aprender cosas. Sólo eso ya debería bastar para reflexionar sobre el asunto.

Me da la sensación, sin ser, ya digo, buen conocedor del tema, que si bien la educación es muy mejorable y se han hecho cosas mal, estamos mucho mejor que hace treinta o cuarenta años. Y creo que la mejora no pasa tanto por criticar lo mal que está todo como por mejorar e incidir en lo que se ha hecho y se sigue haciendo bien, que digo yo que serán muchas cosas. No olvidemos que el comportamiento de los niños de hoy también viene dado por la educación que recibieron ayer sus padres, curiosamente, hace treinta o cuarenta años. Aunque también les reproduzco ahora, para seguir contradiciéndome, un refrán árabe que dice que “los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres”.

Hemeroteca

Justo Serna, “La buena educación”, El País, 10 de noviembre de 2010.

“…Para nosotros y para nuestros padres, la ferocidad parecía inevitable y la aceptábamos con resignación, como si las cosas tuvieran que ser solo así, sin remedio. Supongo que aquellos profesores tan severos tenían una pésima idea de nuestra condición: éramos alumnos decepcionantes y con nosotros no valían las maneras, las formas o la pedagogía, un arte por entonces esotérico. No sé mis compañeros, pero yo me pasaba la semana deseando que acabaran las clases para olvidar las lecciones o las vejaciones…”

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