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Ludwig_Wittgenstein,_Pencil_on_board2Ludwig Wittgenstein dijo algo en el Tractatus logico-philosophicus (1921) que se ha reiterado en numerosas ocasiones.

Convendrá repetirlo ahora: “de lo que no se puede hablar mejor callar”. Él se refería al sentido de la vida, a los valores, a lo que escapa a la lógica y no puede ser enunciado por la ciencia.

¿Tiene alguna lógica la respuesta que ha dado Mariano Rajoy  en Alemania? Se le había preguntado sobre los papeles que ha publicado El País. Su respuesta es un galimatías.

Dice: “Reitero lo que dije el sábado. Todo lo que se refiere a mí y a mis compañeros de partido no es cierto. Salvo alguna cosa que es lo que han publicado algunos medios de comunicación. Dicho de otra manera es total y absolutamente falso”.

Carece de toda lógica decir que una cosa es y no es al mismo tiempo. Se incurre en contradicción. ¿Cómo puede ser
incierto y a la vez introducir una salvedad? Y se incurre en
redundancia, en énfasis inútil, decir que algo es “total y absolutamente falso”. Si algo es totalmente falso es que es absolutamente falso.

¿Pero qué cosa no es incierta o falsa de todo lo que ha aparecido en los medios? Según Mariano Rajoy, “alguna cosa que es lo que han publicado algunos medios de comunicación”.

Indudablemente en la transcripción falta una coma: “alguna cosa, que es lo que han publicado algunos medios de comunicación”. ¿Pero qué cosa es ésa?

Permítanme este mal uso de Wittgenstein y esta campechanía con la que dirijo al presidente del Gobierno: Sr. Rajoy, “de lo que no se puede hablar mejor callar”. O al revés: Sr. Rajoy, de lo que se puede hablar mejor es no callar.

Hable, por Dios, hable. Con lógica. Con orden y concierto.

biografia_elvisUno. Una amiga me escribe un WhatsApp para informarme de que el 8 de enero es el cumpleaños de Elvis Presley. Y de que este mismo 8 de enero David Bowie is…: vamos, que regresa con una canción y, pronto, con un nuevo disco. Le agradezco a mi amiga esa confidencia que sin duda es pública y universal, además de íntima.

Hace dos o tres veranos leí la biografía de Elvis que escribiera Peter Guralnick en dos volúmenes. Era una minuciosa reconstrucción: Ultimo tren a Memphis y Amores que matan. Lo que más me sorprendió fue el protagonismo del Coronel Parker. Sabía de su importancia, pero ignoraba que tuviera tanta influencia en el Rey. Tanta…

Tengo en casa una biografía dedicada a David Bowie. Su autor es Paul david-bowie-29-03-12Trynka. Aún no la he leído, pero espero no tardar demasiado: la vuelta de Bowie me sirve de acicate.

Aprovechando estas noticias, yo ahora debería recomendarles a ustedes la visita a la Exposición de la que Alejandro Lillo y yo somos comisarios: Covers (Centre Cultural La Nau, Valencia). Como lo he hecho ya infinidad de veces, no repetiré la promoción.

Dos. El rock me cambió la vida: perdonen la trivialidad. Mi inglés precario no fue obstáculo para que siendo joven escuchara a Elvis, a Bowie. Etcétera. Me recuerdo solo, en mi habitación, poniendo vinilos en un tocadiscos portátil. Era rojo y marfil, unos colores muy sesenteros, aunque fue un regalo de comienzos de los setenta. Sorprendentemente lo tiré. Es curioso: procuro deshacerme de todo lo que me recuerda mi pasado. Hay una herida que no cicatriza…

Hablando de heridas: había que tener mucho cuidado con la aguja del tocadiscos (siempre amenazada por mis manazas, por el polvo y por la pelusa) y había que preservar el disco (siempre tan frágil). Recluirse en la habitación era un acto de soberanía. Te daba una potestad sobre tus pertenencias. Estabas en un mundo que tus mayores no entendían.

lou-reed-transformeRecuerdo que en la pared, junto al buró en el que estudiaba, tenía un póster de Lou Reed, una fotografía difuminada procedente del Rock ‘n’ Roll Animal (1974). La copia de mi disco español estaba censurada, por supuesto. Y para rellenar el hueco (Heroine estaba prohibida) los productores habían incluido Walk on the Wild Side (una canción extraída de Transformer, 1972). Y alguna pieza más.

Estoy seguro de que el Rock ‘n’ Roll Animal lo he escuchado miles de veces: no exagero ni un ápice. Y estoy seguro de que las canciones del Transformer me conmocionaron entonces y después. No sabía bien cuál era el mensaje, pero aquello me distinguía.

De todo esto hace mucho tiempo, tanto como cuarenta años, pero la sensación adolescente no la he olvidado.

Aún duele.

Viva la lengua

24 diciembre 2012

normal_parlem_valencia2Qué espectáculo están dando ciertos políticos catalanes. Están flirteando con la independencia. Si a mí me dejaran me haría ciudadano británico. Lo malo es mi menesteroso nivel de inglés. También el opresivo Estado español, que no me deja. De hecho acabo de renovarme el carnet de conducir y veo con  resignación que me pondrán la ignominiosa E.

Los españoles nos hemos acostumbrado al bochorno frecuente: tenemos una clase política de vuelo gallináceo. Vean, si pueden, a Mariano Rajoy. Yo no consigo distinguirlo…

Artur Mas es un representante de la burguesía de medio pelo. Entiéndaseme: yo soy un burgués de baja estofa, es decir, que no le reprocho desdeñosamente lo que no es. Pero ese burgués que encarna, representa, postula intereses empresariales catalanes es un hombre de partido y de corporación.

Que los emprendedores del Principado estén inquietos con su deriva independentista muestra dos cosas. Por un lado, la radical separación que se da entre la superestructura política y la base económica de la sociedad. Mala cosa para el modo de producción ‘catalán’. Por otro, muestra la confusión que hay entre lengua y nación. Los catalanes han de poder expresarse en su idioma sin cortapisas. Por supuesto que sí.

Mis hijos son bilingües y yo no aceptaría recortes verbales… Pero mis vástagos no son sólo catalanoparlantes. Se expresan en castellano que es un primor. De hecho, no sólo hablan bien: es que es una de sus lenguas. ¿Deberían recortarse, reprimirse, amputarse? Mis hijos han estudiado en la línea en valenciano: a pesar de la cicatería del Partido Popular de la Comunidad Valenciana. Es decir, han aprendido el catalán. Y han aprendido bien, incluso muy bien el español. De paso, en casa y fuera empujamos con el francés y el inglés. Al alemán no llegamos. ¿Hemos de lamentarnos?

Ahora, en Navidad, han de leer. De hecho leen. ¿Sólo en catalán? ¿Sólo en castellano? No: leen en todos los idiomas que les son posibles. Cómo envidio esa facilidad. Ellos no traducen cuando pasan del catalán al castellano. O del español al valenciano. Simplemente tienen un registro múltiple. Decía Julián Marías en Consideración de Cataluña que no es cierto que el catalán culto traduzca cuando habla en castellano. Claro que no. Lo tengo archicomprobado.

¿Y eso qué tiene que ver con Artur Mas? Imaginen que mis hijos hubieran nacido en Cataluña. ¿Deberíamos optar? ¿Nuevas nacionalidades? ¿Nuevas identidades? Sin duda, si Cataluña se independiza, yo no voy a desgarrarme las vestiduras. Pero lamentaré las quimeras. Como la España autosuficiente. Sé que esto que digo no me favorece: es posible que amigos virtuales se den de baja de mi lista. Piénsenlo: yo hablo sin envaramientos y sin ensañamientos.

Luego vuelvo…

El filósofo ignorante

1 diciembre 2012

cartasfilosóficasUno. En la Mili, mientras cumplía el período de Instrucción, leí varios libros. No demasiados. El día no daba para mucho y el fuelle, tampoco. Estoy hablando de diciembre de 1981. Tras jornadas agotadoras en las que aprendíamos a desfilar con el Cetme, el fusil de asalto español, el recluta Serna se echaba derrengado en su catre, aquel camastro de muelles. Todo eran ampollas, dolores, luxaciones, una perforación.

Leía mientras otros veían la tele o escribían a la novia. No me consideraba mejor por ello: simplemente quería disfrutar del silencio y de la soledad tras una jornada de camaradería castrense. Estábamos en un cerro de Córdoba: regularmente no había agua corriente y el tufo de hombres, de sobacos y de ingles nos asfixiaba. El mundo se reducía a aquel escenario viril, pobretón, tan gélido. El único escape que el destino nos tenía reservado era leer o aturdirse con alcoholes en la cantina,  con ensoñaciones bajo las sábanas. Por cuestiones de presupuesto, de pudor y por carácter insociable, yo prefería leer.

Recuerdo que uno de los libros más salutíferos que disfruté durante esos días fue una obra de Voltaire editada por Fernando Savater para la Biblioteca Nacional (1976): las Cartas filosóficas. Son las misivas de un filósofo joven que se instala en Inglaterra y que observa con atención, simpatía y estupor la rareza de sus huéspedes, esa nueva forma de vivir y de ensayar lo público y lo privado. Estamos a comienzos del Setecientos.

Me maravillaba la ironía voltairiana, esa broma que se gastaba para sobrevivir en situaciones apuradas. Me agradaba su defensa de John Locke, de la filosofía inglesa, del empirismo, del raciocinio, del discernimiento. Hacía mía su crítica del fanatismo, de la intolerancia. Los mejores momentos que pasé en la Instrucción militar fueron cuando recordaba lo que me esperaba: descanso y acicate con Voltaire. Treinta años después –tras haber leído al philosophe en distintas ocasiones– regreso a sus páginas gloriosas. Ahora, gracias a la editorial Fórcola, a un nuevo libro, una obra que yo no había disfrutado en su primera edición: El filósofo ignorante, también de Voltaire y también con prólogo de Fernando Savater.

VoltaireElfilosofoignoranteDos. Leo ahora El filósofo ignorante que Fórcola edita admirablemente. No se lo creerán, pero sólo he detectado una errata: eso es un portento, tarea del editor.

¿Por qué leer a Voltaire en 2012? Que un sabio declare su ignorancia, que un metomentodo como el philosophe admita desconocer tantas cosas, dice mucho de su actitud: el asombro que precede al conocimiento. Y Voltaire sabe, ya lo creo sabe: declara la moral universal.

¿Ustedes imaginan? En pleno siglo XVIII, un escritor dice que hay unas pocas normas generales más allá de la religión, de la costumbre. Acepta que no hay relativismo cultural (digámoslo así), que todas las sociedades reconocen repudiables la violencia gratuita, el engaño, el fraude.

Voltaire confía en la razón, pero sobre todo espera mucho de la experiencia razonable, de la sensatez, del buen juicio: algo que se extiende por doquier. “Todos estos pueblos proclaman que hay que respetar a su padre y a su madre; que el perjurio, la calumnia, el homocidio son abominables. Así pues, todos deducen las mismas consecuencias del mismo principio de su razón desarrollada”. Eso significa que la idea básica, primaria, de lo justo es natural, “tan universalmente adquirida por todos los hombres, que es independiente de toda ley, de todo pacto, de toda religión”.

Este libro es un librito. Es decir, puede llevarse cómodamente en el bolsillo. Y puede consultarse con prontitud cada uno de sus pasajes. Es un prontuario. O un breviario. ¿Tiene usted una duda sobre la moral? No hay problema: Voltaire le recomendará ser usted mismo, ser racional y ser razonable, evitando todo fanatismo, ese monstruo que siempre acecha. Si en pleno Setecientos, un escritor ya anciano pudo filosofar con esta energía, sabiendo a lo que se exponía, ¿qué no podremos hacer nosotros con su auxilio? La prosa acotada, sintética, sin lirismos y sin retóricas vacuas, nos acerca a la perfección formal: la traducción de Mauro Armiño ayuda, sin duda.

Pero quizá lo más chocante es eso: la ignorancia que admite el filósofo. Bien mirado, eso no es tan raro. La inquisición y la erudición son cualidades de quien razona sin miedo. Pone ejemplos, cita casos, alude a sucesos. Voltaire hace de la anécdota su soporte intelectual y hace del argumento su alarde estético. Porque razonar no es una mera cuestión de lógica: es también y sobre todo un bello ejercicio de expresión. La sintaxis no es ancilar. El filósofo es un artista.

Quién como él…

 

Viva Gibraltar

11 octubre 2012

Un ministro de Educación y Cultura admite que hay que españolizar a los niños catalanes. Forzar y forjar su identidad, amaestrarlos. Un maestro amaestra, efectivamente. A las fieras hay que someterlas a un patrón común. Es una idea interesante, la de José Ignacio Wert, cuyo apellido habría que españolizar…

Reconozco que dicho propósito, el de españolizar a los catalanes, es de  difícil metabolismo. Aceptemos que las élites catalanas han ideado un mundo homogéneo, bien encajado, poco realista. Pero la del ministro y la de Convergència son cavilaciones grandes, ambiciosas, que debemos debatir. Si debe hacerse tal cosa –españolizar o catalanizar– es que hay una falta. Los infantes del Principado carecen de recursos y por eso hay que prestarles una ayuda, reforzar.

¿Eso significa que los niños sorianos, por ejemplo, están españolizados, suficientemente españolizados, medianamente españolizados? ¿Eso quiere decir que los jóvenes castellanos están sobrados de identidad? La cosa no acaba aquí. ¿Qué es ser español? Montar una jaca. ¿Qué es ser catalán? Bailar una sardana. ¿O es algo más complejo? ¿Admitir la unidad de la patria, compartir sentimientos, extender banderas en los estadios, corear himnos? Hacer la ola…

¿Acaso cantar un himno nos da fuerza? La Marcha Real carece de letra y para que sea soportable ha de escucharse con ritmo lentísimo: eso nos advertía Javier Marías en Salvajes y sentimentales. ¿Acaso cantar las glorias de Viriato? Pero Viriato era un pastor lusitano de aspecto fiero. ¿Acaso vivir la tinta roja como sangre, y la amarilla como oro? Mientras hay ciudadanos que pierden derechos y hay catalanes que no acceden a los servicios públicos, las élites españolas se recrean dándose bastonazos con el nacionalismo. No me jodan (con perdón).

Yo me tiro de los pelos, que me quedan pocos. Y Artur Mas, iron man, es el mejor aliado de una derecha sin complejos que se reviste con banderas. Así resolvemos los conflictos: con identidades opuestas y letanías de sacristía. Mañana es el día de la Hispanidad, antiguamente llamado Día de la Raza. Es un evento al que la Generalitat no envía representante. Yo tampoco estaré. La verdad, me dan ganas de irme a Gibraltar: ya no puedo caer más bajo.

Yo soy funcionario

8 septiembre 2012

Me dicen algunos amigos que qué me ocurre, que el blog no se actualiza, que yo mismo no doy señales de vida. Que no respondo: ¿Me he quedado abúlico?  Mis constantes vitales son mínimas, si me permiten emplear esta desgraciada metáfora. Sobrevivo al tedio y al desinterés. Y a la molicie. Soy funcionario, soy docente. Tengo tareas. Preferiría no hacerlas.

Hasta hace nada, la tierra era más o menos redonda, con sus entrantes, con sus salientes, con sus aristas, con sus agujeros; los niños, por muy guapos que fueran, no venían de París…, aunque a veces les costara pronunciar la erre;  no éramos el centro del universo, pese a considerarnos el ombligo del mundo: teníamos a Francisco Camps, nuestro perchero o timonel. El porvenir resultaba previsible. Éramos funcionarios, gente bien nutrida, algo holgazana y sin aspiraciones. Como probablemente es Mariano Rajoy. No sé si es el caso de Alberto Fabra: ignoro su oficio.

Ahora ya nada es igual. Tengo cincuenta y tres años, hago balance y qué encuentro. A veces leo libros que compro en Gaia. A veces miro en el espejo de casa. Me pongo los lentes  y veo a un funcionario, qué horror. En las pesadillas llevo bata, mandil o sobretodo con lamparones, que son mis uniformes con chorreras; llevo manguitos, que tienen tinta y galones; llevo tocado académico o visera para tapar mi falta de higiene y mis ideas.

Mientras escribo, mientras trabajo (o hago como que trabajo), echo un trago, dormito, canturreo y poco más. Siempre las mismas canciones, con estribillos salaces. Creo saber algo del mundo, pero lo ignoro todo. Justo al revés que Rita Barberá, que luce enormes hombreras para realzar su figura poderosa, esa dama que sabe mucho y que viaja en coche oficial con los pies sobre tierra. Es decir, se desplaza en troncomóvil.  Yo, en cambio, soy poco atlético: aquí estoy, aquí me ven, leyendo un E-Reader. Esperando la carroza. Para salir con los pies por delante.

¿A que no hay bolas?

22 mayo 2012

Uno. Identifiquese. “Vamos, identifíquese”. Eso decía la policía en el Franquismo si unos agentes se tropezaban con dos o tres estudiantes reunidos. ¿A qué epoca me refiero? Esas cosas pasaban en aquellos últimos años de un régimen milenario y mineral. Don Francisco Franco, el Generalísmo, esperaba durar. De hecho duró. Y el Caudillo pensaba que su dictadura se iba a prolongar durante décadas: ¿por qué no mil años? Como una bola que no parara de rodar.

Dos. Sería un irresponsable si yo dijera ahora que el sistema franquista se perpetuó. No, señores. La Constitución de 1978 –para algunos, tan escueta, tan estrecha– reconocía derechos fundamentales y, por tanto, liquidaba los Principios Fundamentales del Movimiento.

El Movimiento no era una corriente pop ni una convulsión estética. Era un sistema de partido único con falangistas valerosos, con policías de la porra y con prensa azul y monocorde: eso sí, hacia el final tenía enanos infiltrados, es decir, gente sensata que se reciclaba. Esto era lo que denunciaba don Blas Piñar, un franquista irredento que alertaba al Caudillo sobre los enemigos interiores.

Por ello, la policía no miraba: sospechaba. Sospechaba de todo lo que se movía. Como el señor Piñar o como tantos otros camisas viejas que veían desmoronarse el Régimen. Lástima.

Tres. Hoy, 22 de mayo de 2012, muchos años después, la policía ha exigido a unos jóvenes que estaban por allí, por la Consellería de Educación en Valencia, que se identificaran.  ¿Había pasado algo? No. Según las noticias de la radio, no había ocurrido nada, pero los gendarmes tomaban medidas por si después había disturbios. Creo que es una medida sensatísima. A la policía habría que pedirle lo mismo: que se identificara. ¿Llevar un uniforme es garantía? En las películas y en la series americanas hemos aprendido que la bofia muestra su placa, que los polis enseñan sus credenciales: que se identifican, vaya. Imaginemos a unos desaprensivos usurpando la identidad de la gendarmería; imaginemos a unos tipos disfrazándose de guardias. ¿Qué seguridad tenemos de que son policías? ¿Qué garantías hay de que son agentes del orden?

22 de mayo, exterior tarde. Hay convocada una manifestación en favor de la enseñanza pública. Voy –vamos– a acudir a ella. Masivamente, aunque luego digan que somos cuatro y el de la guitarra. Veré –veremos– a personas de uniforme. De uniforme. ¿Hay certidumbre de que son lo que parecen ser? No voy a detenerme, pero me dan ganas de pedirles que se identifiquen. Oiga, agente, hágame el favor. ¿Usted es un guardia de la porra? Yo soy profesor, soy padre. Soy ciudadano, soy contribuyente: acabo de dejar en el gestor mi declaración de la renta. ¿Usted me garantiza que los defraudadores fiscales serán severamente reprimidos, perseguidos, castigados? No me mire a mí, que soy persona de orden. Mire a los alborotadores del parqué, de la Bolsa. Mire a los que se han llevado la bolsa y las bolas.

Hablando de bolas. Dice doña Esperanza Aguirre que si en la final futbolística se pita el himno (y, por tanto se ultrajan los símbolos nacionales), lo mejor es clausurar el estadio: que el partido se celebre a puerta cerrada. Qué moderada es la presidenta de la Comunidad de Madrid. Yo propondría suspender la final sine die.

¿A que no hay bolas?

Uno. Miércoles 16 de mayo, presentación del libro que Ana Reig dedica a Rafael Albiñana, un prócer valenciano, un prohombre de otro tiempo. He de estar en el acto del Colegio Mayor Peset a las 19:30 horas. La autora me invitó a participar en dicha presentación junto a Román de la Calle. Y lo hago con mucho gusto, con ganas. Ana fue compañera mía de carrera, una persona con la que compartí trato afectuoso, experiencias académicas y aprendizaje treinta y tantos años atrás. Hoy, Ana es una acreditada estudiosa del pasado y del saber.

El pasado no es un tiempo remotísimo al que echar un vistazo. Lo pretérito es un presente que perdura, una actualidad cuyos efectos todavía no se han extinguido. A veces por las consecuencias de los actos; a veces por la ejemplaridad de las acciones pasadas, que aún nos sirven de referente, malo o bueno, con el que compararnos.  No se trata de estar sacando lecciones continuas de lo que los antecesores hicieron o dejaron de hacer. Aunque tampoco se puede ignorar cómo intervinieron, cómo vivieron, cómo sobrevivieron. La historia no nos corrobora, pero nos concierne. ¿Es la naturaleza humana un desecho de egoísmos, pura inmundicia? Hay gentes emprendedoras, esforzadas, morigeradas, con elegancia moral.

Dos. Observen la fotografía de la cubierta del libro. La imagen se reproduce en un bellísimo blanco y negro. Es una instantánea tierna, aleccionadora.

Al verla sentimos confianza en el género humano: confirmamos que valen la pena siglos y siglos de dolores y esfuerzos, de empeños y voluntades. Hay paz, camaradería y respeto entre los retratados.

Al echar un vistazo, así a bote pronto, no sabemos quiénes son ese señor y esa muchachita. Figuran en los créditos, pero de momento no revelaré sus nombres.

Caminan repitiendo los mismos gestos: cabizbajos, pensativos, probablemente silenciosos, con las manos a la espalda. Pasean sin premuras, reflexivamente, tal vez compartiendo algún secreto o idea u ocurrencia.

El suelo no está empedradro y, por la flora, seguramente los retratados están en un jardín o en el recodo de una calle en algún pueblecito. Son tiempos aún rurales o estivales. Se nota el buen clima que rodea. Los fríos ya son algo lejano.

La niña lleva un batita arrugada y veraniega. Calza sandalias. En cambio, el caballero que acompaña a la joven dama lleva abarcas. La estampa del señor es elegantísima: contrastan el pantalón blanco (probablemente de lino o  de hilo) y las prendas superiores, ambas oscuras y preceptivas: una chaqueta y un sombrero.

És es André Lambert, el pintor de origen suizo que se afincó en Xàbia, lugar que inmortalizó en acuarelas y grabados. La instantánea, tomada hacia 1930, recoge un momento cotidiano: quien acompaña al artista es su hija, aún chiquitita. ¿Qué tiene que ver esa imagen con el contenido del libro? ¿Acaso el retratado y la niña son protagonistas de este volumen?

Tres. El acto de presentación reveló y rememoró la figura de Rafael Albiñana, un político liberal, inspirado en las ideas krausistas, reformistas, regeneracionistas. Comparamos y contrastamos lo que fue su tiempo (finales del siglo XIX y principios del XX) y lo que es el nuestro, este comienzo de milenio. En ambas épocas, el desconcierto es rasgo común, una impresión de cambio vertiginoso y de crisis material, de transformación de los recursos tecnológicos y de atraso. ¿España atrasada, caciquismo, oligarquía?

Gentes como Albiñana se opusieron a la fatalidad de su tiempo, no se resignaron al determinismo de la pobreza circundante o la pérdida del talento. No se resignaron a la reclusión y minoridad de las mujeres. Es por eso por lo que se propuso planes de reforma local o provincial que tenían mucho de acciones cosmopolitas.

El libro merece una segunda edición: más lujosa, aumentada y corregida, dijo Román de la Calle. Y lo dijo porque el volumen nos despierta todo el interés, el interés por averiguar más cosas de Rafael Albiñana. Creo que la obra se lee de grado, con soltura, con el placer que dan unas páginas que han sido disfrutadas, esmeradamente escritas. Yo no sabía gran cosa de Rafael Albiñana. Tampoco tenía mucho interés en informarme sobre su vida.

Ahora, tras el libro de Ana Reig sé que ha valido la pena: que hubo personas remotas cuyas vidas merecen una exhumación y un homenaje, personas que concibieron otro mundo para las niñas, para los muchachos, para aquellos valencianos sumidos en la depresión de un desastre. A ese desastre cabía oponerle resistencia. Hay personas responsables y ejemplares, sí.

Fotomontaje, cortesía de María Dolores Pérez-Molina

Hemeroteca

Justo Serna, “Soy de Bankia”, El País, 16 de mayo de 2012

Todos somos intelectuales

11 febrero 2012

Todos somos intelectuales. Si es por pensar y juzgar, todos somos filósofos, decía Antonio Gramsci. Vemos y nombramos, damos sentido a las cosas y evaluamos. Ahora bien, con frecuencia eso lo hacemos de carrerilla: con creencias o ideologías que se nos imponen. ¿Qué es lo preferible? ¿Hablar de prestado, pasivamente?

No, responde Gramsci. Hay que pensar y juzgar con autonomía y con crítica: cada persona debe interrogarse sobre lo que hay, sobre lo que ocurre y sobre sí misma, participando activamente en la historia del mundo. Si no lo hacemos nos impondrán opiniones e ideas ajenas: nos someteremos con docilidad.

Todos somos intelectuales. Discurrimos y creamos, nos expresamos e intervenimos en la sociedad. Son intelectuales quienes cumplen esa función y quienes se comprometen públicamente, analizando y exponiendo sus resultados. En principio, no todas las personas desempeñan dichas tareas.

En realidad, cada una puede hacerlo: si de lo que se trata es de pensar y juzgar, la convocatoria es común. Hacen falta voluntades y razones, gentes decididas a pensar por sí mismas, decididas a intervenir y a comunicarse. Eso nos pone en un compromiso: es decir, nos compromete.

Antonio Gramsci fue un filósofo italiano, un intelectual antifascista. Pero fue también un hombre corriente. Murió en 1937, tras años y años de cárcel. En la celda no dejó de pensar y juzgar el mundo terrible que le tocó vivir: razonó, escribió y anotó sin acobardarse.

Sus cavilaciones siguen siendo actuales y nos ayudan a evaluar nuestro propio mundo. ¿Quién piensa por nosotros? ¿Quién nos impone la visión y la versión de las cosas? Gramsci vuelve para proclamar la autonomía del pensamiento y el compromiso de la razón. Necesitamos observadores críticos: necesitamos observar críticamente.

Justo Serna y Anaclet Pons han seleccionado, traducido, introducido y editado nuevamente las anotaciones de Antonio Gramsci en un libro titulado ¿Qué es la cultura popular? El resultado es un volumen de reflexión, un conjunto de instrumentos, una caja de herramientas intelectuales. La destapa Ana Noguera.

Presentación de ¿Qué es la cultura popular?, de Antonio Gramsci (Publicacions de la Universitat de València). El texto superior es un reclamo, una invitación al acto de presentación  del libro de Gramsci del que somos editores, traductores e introductores Anaclet Pons y yo mismo. El acto se realiza gracias a Fran Sanz y a otros amigos (vinculados a Esperanza socialista).

Día, hora y lugar de presentación:

Miércoles 15 de febrero de 2012 a las 19,30 h. en el  OCTUBRE. Centre de Cultura Contemporània
C/ Sant Ferran, 12 – 46001 València
 Presenta el acto

Francisco Sanz.
Abogado. Miembro de la Plataforma Esperanza socialista. Manolo Mata.

Presentan el libro

Ana Noguera Doctora en filosofía, miembro del Consell Valencià de Cultura y profesora de la UNED de Valencia

Anaclet Pons Coautor del libro y profesor de Historia Contemporánea de la Universitat de València

Justo Serna Coautor del libro y profesor de Historia Contemporánea de la Universitat de València

Entidades

Publicacions de la Universitat de València

Esperanza socialista. Manolo Mata  

Octubre. Centre de Cultura Contemporània

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Ronald Fraser. En busca de un pasado

Uno. Cuando se escribe una nota necrológica hay un precepto: no se debe escribir del fallecido si es hablar de uno mismo. Esta regla se incumple frecuentemente, casi siempre. Queriendo decir algo de la persona que abandona la vida terminamos hablando de la persona que nos abandona.

Acabo de leer un obituario que Julián Casanova dedica a Ronald Fraser, historiador británico afincado en España: concretamente en Valencia. El investigador español termina diciendo: “Ronnie me honró con su amistad, en Londres y en España, y para mí siempre fue una referente en el aprendizaje de cómo imaginar y escribir historias. Yo lo recordaré y se lo recordaré a otros”. Como pueden ver, Julián Casanova incumple punto por punto ese precepto y su sentida nota acaba siendo exactamente la despedida de un amigo.

Dos. Al hablar de Ronald Fraser es difícil seguir esa regla de la distancia y la objetividad que imponen las necrologías: se dejaba querer, era muy próximo, mostraba interés manifiesto por lo que hacían los historiadores españoles. Precisamente por eso, yo también incumpliré esa norma: lo conocí, lo traté y siempre me dedicó una generosa atención. “Te leo”, me decía siempre que me veía. Aurora Bosch, su compañera, y colega de mi Departamento lo corrobora. Y al escuchar eso yo sentía un orgullo y mucho apuro.

Era un hispanista, sí, pero sobre todo era un investigador paciente, inquisitivo, amante de la documentación. Era muy escrupuloso con las fuentes históricas, razón por la cual podía emplear años y años en las pesquisas que llevaba a cabo: principalmente, las contiendas, los conflictos españoles. Había nacido en 1930 y, sin duda, la Guerra Civil lo marcó, como marcó a toda una generación de jóvenes intelectuales que crecieron  y maduraron en Gran Bretaña bajo el mito del antifascismo y con la leyenda remota de la lucha peninsular. Desde el Romanticismo hasta hoy, muchos ingleses han vivido y se han sentido atraídos y desazonados por el caso español: lo peculiar, lo castizo y lo mediterráneo, pero también el coraje, el valor y la gallardía de unos meridionales que sabían expresar sus inquinas y que sabían expresarse sin la censura que impone la corrección británica.

Hoy se escribe justamente de Recuérdalo tú y recuérdalo a otros (1979) o de La maldita guerra de España (2006). Se habla muy merecidamente de ambos volúmenes de Fraser. Yo mismo aún recuerdo cuando siendo muy joven leí la entrevista que se le hizo en El País a propósito de aquel libro de 1979. Ahora la hemeroteca me devuelve esas palabras.

Tres. Pero, de todas sus obras, aquella que más me interesó fue En busca de un pasado (1987): una inspección inmisericorde en la historia particular, una indagación sobre el parentesco, sobre la progenie. El prólogo español lo firmaba Carlos Castilla del Pino… Fraser se valía del psicoanálisis para hablarnos de la familia, gente de las clases distinguidas británicas: de un padre severo con altas responsabilidades y de una madre norteamericana, cariñosa, jovial y siempre ausente, a la que idolatraba. Hablaba de su hermano, de su tata alemana de la que se tuvo que despedir, y hablaba, en fin, de esa Inglaterra que se enfrentó bravamente al nazismo, esa Inglaterra que algunos de nosotros también hemos idolatrado.

El subtítulo del libro lo decía todo: La mansión, Amnersfield, 1933-1945. Una mansión es un recinto por descubrir y, seguramente, es un símbolo materno. Pero una mansión es una mansión es una mansión. Leí En busca de un pasado hace veinte años en un ejemplar que me prestó Isabel Burdiel. Les estoy muy agradecido: a Isabel, por haberme descubierto esa obra; y a Ronnie, por haberme mostrado que el historiador no estudia cosas ajenas, distantes; sino asuntos propios, materias que directamente le conciernen y le conmueven.

Me pregunto…

20 enero 2012

¿La Educación pública? La educación pública, sí. Con orgullo, con legítimo orgullo. ¿Hay que sumarse a una Manifestación por la educación pública? Sí, hay que ir. Yo, desde luego, pienso acudir. Y ello pese a que no suelo frecuentar los eventos multitudinarios: las manifestaciones, quiero decir. ¿Y por qué voy? Pues por vergüenza y por enojo. Hasta aquí hemos llegado.

Nuestros hijos –los míos, al menos– se han educado en la enseñanza pública: a pesar de la cicatería y de la roña de las autoridades autonómicas.  El Gobierno de la Generalitat Valenciana, que ha patroneado el Partido Popular en los últimos años, ha gastado lo que no tenía en eventos vistosos, en espectáculos costosísimos. Y además lo ha hecho fanfarroneando. Yo no me sentía orgulloso.

Ahora, el nuevo Gabinete autonómico del PP nos quiere hacer copartícipes del recorte cuando no somos responsables del despilfarro y de la ostentación. Para ello, para afrontar la deuda, adelgazan los sueldos de los docentes, reducen el gasto social y nos dicen que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Es un sarcasmo.

Yo ahorro, procuro evitar el gasto inútil y sólo me consiento algunos pequeños lujos: siempre al alcance de mi presupuesto. Desde luego lo que no hago es alardear de riquezas que no poseo. Sin duda, es lo que el Gobierno del PP ha hecho en los últimos años. Ahora, todos somos culpables. ¿Ah, sí? Muchos somos moderados, personas morigeradas. Por eso, precisamente por eso, queremos protestar ante este desaire, ante este descaro. No nos resignamos y acudiremos a la Manifestación. ¿Cuándo, dónde?

Sábado  21 de enero, a las 18 horas, en la Plaza de San Agustín de Valencia.

Allí estaremos.

¿Y ahora?

Fotografías hechas con el teléfono móvil:

  

Fotografías hechas por Isabel Zarzuela:

¿Dónde está Eduardo Zaplana? Meses atrás, pronto hará un año, me preguntaba eso exactamente. Pasado un tiempo me sigo interrogando. No es por falta de imaginación, sino por ausencia de respuesta. De respuesta social. ¿La habrá ahora, ahora que vemos peligrar derechos sociales y logros colectivos? En la Comunidad Valenciana, el Partido Popular ha ganado amplia y repetidamente las elecciones. Se le perdonaba el fasto. Y se le perdonaba la ostentación. Parecía que todos estábamos sobrados. Creo que ahora no disculparemos el recorte de gastos sociales y de sueldos. Hubo expectativas de lucro. Hubo descaro. Rapiña, lo llaman algunos. Hoy nos piden paciencia y cooperación.

Don Eduardo Zaplana fue quien irrumpió, quien mostró el camino del triunfo y quien hizo pedagogía del éxito particular, sin complejos. Me sigo preguntando aquello que planteaba en mi columna de El País:

“Echo en falta a don Eduardo Zaplana Hernández-Soro. Qué tiempos, cuando al antiguo alcalde de Benidorm se le dedicaban fiestas y saraos, regocijos públicos que celebraban su liberalidad y su agudeza. Simboliza otras épocas: las del esplendor material. Éramos ricos, creíamos ser ricos o esperábamos ser ricos. Así era él -o eso pensábamos- y así queríamos o creíamos ser: avispados, dispuestos a atesorar fastuosamente, invitados a una recepción en la que de todo podíamos hartarnos. De cualquier cosa había en abundancia hasta quedar ahítos: bienes y recursos, relojes de gama alta y coches de mucha pompa, manjares exquisitos y whiskys finos”.

Continuará…

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