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COVERS (1951-1964). Cultura, Joventut i Rebel·lia

COVERS (1951-1964). Cultura, Juventud y Rebeldía

30/04/2013 – 27/07/2013
Sala EL CUB

Manuel Palomar Sanz, rector de la Universitat d’Alacant, té el gust de convidar-lo a la inauguració de l’exposició COVERS (1951-1964). Cultura, Joventut i Rebel·lia el dimarts 30 d’abril de 2013, a les 13 h.

30/04/2013 – 27/07/2013
Sala EL CUB

Manuel Palomar Sanz, rector de la Universidad de Alicante, tiene el gusto de invitarle a la inauguración de la exposición COVERS (1951-1964). Cultura, Juventud y Rebeldía el martes 30 de abril de 2013, a las 13 h.

Catacombes

16 abril 2013


CartelCatacombesUno.
Leo un libro sobre la mierda, la historia cultural de la mierda. Su autor es Florian Werner y se titula La materia oscura. Trata del producto de los intestinos, de lo que circula y se retiene, de lo que finalmente sale. Hay vida, vida orgánica, y hay restos jamás expelidos. La finura, la erudición y la guasa del autor son tales que, si me descuido, me orino en cada página. O me cago: damos risa tapando la materia fecal, ocultando los excrementos. Damos risa mandando a lo profundo lo que no queremos que aflore. Hacemos ruidos que disimulen los retortijones.

Dos. Las catacumbas no son sólo corredores subterráneos, cementerios bajo tierra. Imagino las catacumbas como el vientre de la ciudad. Para ello, me inspiro remotamente en Émile Zola: los intestinos que retienen, cuya materia oscura no aflora y que sólo de cuando en cuando expulsa. “La cultura humana se basa en la mierda”, leo en el libro de Werner. Quizá habría sido mejor decir que la cultura humana se basa en lo subterráneo, en lo reservado.

Tres. “Decidamente, lo más interesante pasa siempre en la sombra. Nada se sabe de la verdadera historia de los hombres”, escribía Louis-Ferdinand Céline en ‘Viaje al fin de la noche’ (1932). Este pasaje lo he reproducido en otras ocasiones, pero ahora quiero rememorarlo con motivo del documental, de la película que Víctor Serna está preparando sobre las catacumbas de París (http://www.facebook.com/catacombesdeparis). Está en fase inicial. Tiene muchos metros de rodaje y tiene ya hecha la locución, una voz en off bellísima que en francés nos va relatando el mundo subterráneo.


CatacombesCuatro.
En sus distintas incursiones, el cineasta no ha encontrado mierda, aunque sí restos y vida. No ha encontrado zombis, aunque sí supervivientes del mundo superficial. No sé si en sus corredores ha discurrido lo más interesante, esa verdadera historia de los hombres. O, si por el contrario, los pasillos son un espejo invertido, deformado, de la existencia epidérmica de París. O de cualquier ciudad.

Cinco. El mundo es una mierda, podemos decir. O un Infierno, podemos precisar. En todo caso, esos pasillos subterráneos de la urbe son materia de reconstrucción en un film, que nos apabullará. Faltan meses para su estreno, pero ya le digo al autor: grábalo todo, por tu puta madre, grábalo todo, que después ya veremos la superficie de las cosas, nuestro intestino, nuestro espejo.

Para qué leo poesía

13 abril 2013


CalimaedicionesEl lenguaje es la casa del Ser, dijo Martin Heidegger. La cárcel, el límite, el lugar acogedor que nos retiene… Quiero entender al filósofo, hasta el detalle de lo indescifrable. Para ello, nada mejor que el libro que le dedicara Luis Fernando Moreno Claros, un volumen luminoso, titulado así: Martin Heidegger. El filósofo del ser, ahora reeditado en versión digital.

Si el lenguaje nos habla, nos limita (como advirtió por su parte Ludwig Wittgenstein), entonces qué hace un poeta, cuál es su tarea. El verso ha de ser leído, recitado, escuchado: es concebido para escuchar ese lenguaje creador, fundador de realidad. ¿El poeta debe comunicar? Hay poesía clara y hay poesía oscura… Más que transmitir inmediata y transitivamente, su fin básico, su primera acción, es el nombrar: ese nombrar las cosas que instaura el ser y la esencia de lo que le rodea, como sostuvo Martin Heidegger.

El suyo no es un decir arbitrario o puramente caprichoso. El decir del poeta está ceñido y es una acción fundadora, aquella que establece y fuerza los límites de la expresión, de lo enunciable. El poeta hace público todo cuanto después hablamos y tratamos en el lenguaje cotidiano, añadía Heidegger en Hölderlin y la esencia de la poesía (1936). Por tanto, ejecuta una acción constitutiva que facilita un uso colectivo, su perseverancia: la poesía no es mero ensimismamiento expresivo, sino arte precisamente creador. Es por eso por lo que el poeta no toma el lenguaje como algo ya dado y archisabido, como un material ya gastado del que servirse con automatismo o habilidad.

El poeta no manufactura; tampoco es un un artesano que repite rutinas: la poesía misma hace posible el lenguaje originario al designar y al forzar el significado último de las cosas nombradas. Hay, pues, algo de fundacional, de primitivo: al nombrar se produce la instauración del ser y de sus designaciones, de cada uno de los objetos en que se materializa. Por eso, por ser el diálogo el fundamento de la existencia humana, una instauración. Hay, por supuesto, un pasado y unas tradiciones con que el poeta carga; hay otros versificadores que lo anteceden. Pero al final es en cada momento de expresión , de epifanía, cuando el poeta se redime rehaciendo lo ya hecho.

Últimamente, leo cada mañana a Javier Jover. No son necesariamente poemas. Pueden ser aforismos, iluminaciones. Sé que pronto aparecerá en Calima su nuevo libro de poemas. Espero las obras de los otros poetas que me conmueven. No tarden, por favor, que el lenguaje se arruina y el ser, mi ser, muere.

En cambio, el otro, el Ser, sí, permanece.

VIDASESCRITASLa semblanza es un género francamente difícil. Has de proporcionar los datos básicos de un personaje que el público no tiene por qué conocer. Has de provocar el interés en un tipo humano que de entrada no tiene por qué despertar atención alguna. Sea una celebridad o sea una persona del montón.

¿Qué es una persona del montón? No hay tal cosa. Todos somos interesantes vistos de cerca. Con lupa se nos ven los poros, las impurezas de la piel, esa rugosidad imperfecta. En fin. En cambio, de lejos nos desvanecemos para acabar siendo algo borroso e indefinible: el grueso o el paisaje nos desdibujan. Mala suerte.

Pero que ese individuo sea finalmente captado con palabras y que, además, sea trazado en sus rasgos esenciales es tarea colosal. ¿Rasgos esenciales? ¿Y qué es tal cosa? Lo que uno dice de sí mismo no es necesariamente lo que lo otros destacarían. Lo que uno menciona de sí mismo no es forzosamente lo que los demás subrayarían. Por tanto, en una semblanza, el escritor escoge un episodio o rasgo y hace de dichos elementos el objeto de su trazo. O de su caricatura.

vidasescritasgrandeSin duda, Julio Camba supo describir a tipos de los que no sabía demasiado. Supo captar lo pintoresco o lo estrafalario. O supo precisar lo común. En el libro que ha compuesto Francisco Fuster para Fórcola con trozos y restos de Camba hay páginas memorables (descúbranlas…): Caricaturas y retratos (2013). Y ese volumen me reconcilia con las efigies literarias, algunas tan egregias.

Desde que Javier Marías publicó Vidas escritas (1992) no había leído nada que me estimulara especialmente. En Camba hay socarronería. Y saludable ignorancia, el atrevimiento del caricaturista. Mucha osadía. En Marías hay ironía, un dibujo fino y poco exhaustivo. Un simple gesto, mohín, actitud o además del retratado le sirven para perfilar.

Para algunos, Vidas escritas es el mejor libro de Marías: en el elogio hay una maldad, pues la semblanza es un género menor comparado con la novela. Yo prefiero al Marías irónico y desenvuelto, con desparpajo y manías, aquel que transita los géneros: los grandes y los chiquitos. No siempre coincido con sus juicios y con sus alardes, pero sus escritos me hacen despertarme e interesarme por cosas que no me conciernen. O sí.

¿Camba? Caramba, descúbranlo. Hay que admirarlo por sus defectos, no por sus cualidades: justamente lo que él decía de Pío Baroja. “No le he admirado, a pesar de sus incongruencias, sino por sus incongruencias, ni a pesar de sus faltas gramaticales, sino por sus faltas gramaticales, ni a pesar de sus ideas absurdas, sino por sus ideas absurdas”.

Pues eso.

¿Dónde están los sociólogos? ¿Qué hacen? Cuando su disciplina surgió y se institucionalizó, nacía con
Durkheim1pretensiones científicas y, por tanto, con vocación predictiva. La economía, que tiene una vertiente igualmente normativa, aspiraba a describir el orden a partir del intercambio. Homo
oeconomicus, homo sociologicus: perdonen estos latinajos…

Ver para prever, decía Auguste Comte. Ciencias generalizantes (la sociología concretamente) frente a ciencias individualizantes: la historia. Teorías generales acerca del
funcionamiento de la sociedad. Teorías de alcance medio para adelantar el comportamiento o los efectos de los actos humanos.

Los sociólogos tuvieron una época de esplendor: entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Era el tiempo de Émile Durkheim y de Max Weber. De ambos autores y de otros que les son contemporáneos (de Gustave Le Bon o de Ferdinand Tönnies, entre otros muchos) se nutren los sociólogos actuales. Tratar loshechos como cosas para así evitar el subjetivismo o abordar la acción con significado para así captar el sentido del actor y del espectador fueron metas que Durkheim y Weber se propusieron.

Tras la Segunda Guerra Mundial, los sociólogos eran los académicos más reclamados, los eruditos más requeridos. Tenían prestigio. La estructura o el sistema servían para enmarcar (¿o enmascarar?) la acción individual y, por tanto, para restarle singularidad. Había en la sociología un sentido de fatalidad o de fatalismo. O de determinismo (muy propio de las ciencias sociales generalizantes). Como en el marxismo más estrecho.

Las grandes teorías decayeron a partir de los sesenta, pero los oficiantes mantuvieron las teorías de alcance medio: es decir, las descripciones sectoriales y normativas que servían para predecir el comportamiento en la sociedad de masas, el orden cotidiano, los valores de la gente corriente.

¿Dónde están los sociólogos ahora? ¿Predicen o simplemente dicen? ¿Opinan o determinan? ¿Valoran o prescriben?  La sociología nació para explicar una sociedad convulsa: el mundo posterior a la revolución francesa. Nació para dar sentido a lo que parecía caos o anarquía intelectual, social y moral. ¿Qué nos dicen los sociólogos actualmente, tras el desorden? El desorden digital es un volumen que responde a algunas de estas cuestiones. No es obra de sociólogo, sino de historiador (Anaclet Pons), pero tiene gran vuelo…

Repito: ¿qué nos dicen los sociólogos? Yo me muero por saberlo. Soy un practicante de la historia, un oficiante de lo irrepetible. Me gustaría saber qué predicen. Sobre todo porque nos va la vida en ello. De hecho, sigo leyendo a los clásicos de la sociología. Mala cosa, mala cosa. La ciencia olvida sus clásicos, decía Alfred North Whitehead. Yo no olvido y me propongo seguir como Elias Canetti: “Ningún tema te ha abandonado. Todo sigue ahí, como antaño. Lo que te hostiga y lo que te complace…”

Atentamente, Justo Serna.

David Bowie

6 abril 2013


CaratulasdeBowie

David Bowie acaba de sacar nuevo disco tras años de silencio… Se titula The Next Day. Tiene un sentido futurista, acabado, definitivo. Es lo que nos queda…

Y algo más. David Bowie es objeto de una espectacular exposición en Londres. Se titula David Bowie is. Allí se exponen las prendas que lució y los discos que ideó, con sus portadas… Algunos de esos vinilos fueron conceptuales, como por ejemplo el de The Rise and Fall Ziggy Stardust and The Spiders from Mars (1972); y otros una suma de canciones afortunadas que ni siquiera eran suyas, como Pin Ups (1973): un disco de versiones que fue mi primer Bowie. Tengo el catálogo de la Expo en mi poder, como una preciosa posesión. Repasando sus páginas confirmas a Bowie como creador de tendencias estéticas, formales. Su vestuario es como un bólido de Fórmula 1: los arreglos y los excesos después serán copiados; las mejoras y las pifias luego serán imitadas por cientos, por miles de seguidores. E incluso por individuos que no saben que repiten lo que Bowie alguna vez llevó, se calzó o lució.

Es un personaje ambivalente que despierta admiración y rechazo. Por un lado, supo hacerse y rehacerse en fases distintas del rock y del pop, adelantándose a las modas que él mismo instituía. Por ejemplo, el Gay Power, también llamado el Glam, fue una corriente estética que triunfó en los setenta y de la que él fue rey y señor, Marc Bolan aparte. Hacia 1966, aún David Jones, Bowie era un jovencito con ínfulas de rockero, un tipo que admiraba a Little Richard, Elvis y Dylan; cinco, seis años después era un compositor leído, cultivado, con carencias musicales que sabía suplir rodeándose de excelentes técnicos. ¿El principal? El productor Tony Visconti, el mismo Visconti que varias décadas más tarde ha vuelto para materializar The Next Day.

DavidBowieNextDavid Bowie es aún un tipo guapo, incluso bello y elegante. Lo comprobamos hasta cuando rebasa el buen gusto o la edad. Desde antiguo tiene una pose muy femenina, estudiadamente femenina, teatral. No en vano fue decisiva su relación con Lindsey Kemp. Por un lado, se sabe macho, macho man. Por otro, tontea con varones muy masculinos y apuestos. Abrió lo que estaba cerrado, los armarios, los estilos y los sexos… Y supo crearse estéticamente. En las distancias cortas tiene fama de ser un tipo encantador, chistoso, optimista. La imagen pública que de él se tiene no siempre es así: aparece como un individuo manipulador, engreído. Cometió varias torpezas de notable resonancia, como la de vivir enganchado a la cocaína; o como la de vivir tonteando con la estética y la cultura nazis, con el ocultismo. Luego se disculparía debidamente. ¿A qué se deben esas meteduras de pata, esos abismos? ¿A falta de estudios? ¿A simple y llana provocación? Bowie fue tempranamente un tipo muy cultivado, lector insaciable que no sabía muy bien cuál había de ser la transgresión. Hay en él la búsqueda sin fin y el deseo de éxito, de gran estrella. De esa mezcla, transgresión y mercantilismo, nacerían discos espléndidos como “Heroes” (1977) o como Scary Monsters (1980).

A principios de los setenta, yo sólo era un adolescente, un muchacho a medio hacer, y Bowie me imantaba: todo lo que era capaz de crear me interesaba. ¿Acaso porque yo era homosexual? No, no recuerdo haber sido gay en ningún momento. Y no lo digo para salvarme o exculparme. Lo digo porque me complacían su ambigüedad y su vertiente andrógina, su bisexualidad, asunto que sorprendía en un hetero. Pero yo no soy tal cosa, no sé qué cosa. Soy un ser que ama a su chica y a sus hijos, lo que no le impide admirar la belleza masculina. Y Bowie llegó a componer una figura de extrema elegancia (en parte inspirada en Frank Sinatra), vistiendo trajes anacrónicos, propios de los cuarenta y cincuenta, que siempre le han sentado enormemente bien. Quien tuvo retuvo: ha envejecido excelentemente y su porte aún resulta envidiable.

Sus letras hablan frecuentemente del espacio, del espacio exterior, de un futuro de plásticos y de destrucción, de amor y de otras drogas, de muchachos desorientados, de héroes momentáneos, imprevistos. Es uno de los nuestros: somos tipos momentáneos que esperamos lo imprevisto. Poco más.

ElBornMiserachsBarcelona1964En la Wikipedia se dan los datos básicos:

“Xavier Miserachs nació en Barcelona el 12 de julio de 1937, en plena Guerra Civil Española, hijo de un hematólogo y de una bibliotecaria, Manuel Miserachs y Montserrat Ribalta. Entró en contacto con el mundo de la fotografía en el Instituto Técnico Eulàlia, donde conoció a Ramón Fabregat y su hermano Antonio. Estudió cuatro cursos de la carrera de medicina, pero la abandonó poco antes de finalizarla para dedicarse profesionalmente a la fotografía…”
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La foto que acompaña y ahora reproduzco es sencillamente espectacular. Procede del libro de Miserachs titulado Barcelona, blanc i negre (1964): una joya de la fotografía española. Un trabajador del mercado de El Born acarrea cajas y cajas de fruta y verduras. El capitalismo en estado puro: el envoltorio sin cargamento. Hemos de pensar que los envases están vacíos y que, por tanto, la carga es continente más que contenido. Pero esas cajas pesan y además se mantienen en un difícil equilibrio, en parte gracias a la habilidad del obrero. A mediados de los sesenta el mundo era sólido: pesaba. Había que cargar con las cosas, mientras todo estaba a punto de caerse o de perderse.
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Rogelio López Blanco reproduce en su muro de Facebook una fotografía que parece procedente de Corea del Norte, el paraíso actual de los trabajadores. Hace alguna broma sobre el Estado comunista y se guasea limpiamente de la demencia de esos fanáticos. Con razón. Con la razón, quiero decir. En la España de los sesenta, el mundo era reciente y pobre. El franquismo había aniquilado la dignidad y la honra de los obreros, aquellos productores del Régimen, y cualquier opción alternativa tenía que cargar con un peso desmedido, con un lastre inestable. Xavier Miserachs hizo unas fotografías reales, nada metafóricas. El mundo pesaba y era material.
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Cuando estábamos buscando fotografía para mi libro La imaginación histórica, una ilustración para la cubierta, pensé que la instantánea de Miserachs, datada en 1964, era la mejor opción. Lamentablemente, dicha imagen se emborronaba una vez reproducida. Precisamente por eso, optamos por incluir una fotografía de Santos Yubero, espléndido retratista. No me arrepiento. Santos Yubero es uno de los grandes. ¿Y Miserachs? Por favor vuelvan a mirar la instantánea de El Born. Estamos en 1964. El mundo estaba a punto de derrumbarse. La crisis de los misiles en Cuba era muy reciente. La guerra de Vietnam empezaba. Menos mal que España ganaba la Eurocopa a la Unión Soviética. El capitalismo menesteroso batía al comunismo. Cómo hemos cambiado.
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http://justoserna.com/2012/06/18/la-imaginacion-historica/


WalkingDeadApocalipsisZombiYaUno.
Tras meses y meses de espera, el jueves 28 de abril vi un par de capítulos de The Walking Dead. Forman parte de la tercera temporada, que ahora está emitiendo La Sexta. Por razones personales no había podido incorporarme como espectador de esta tercera temporada hasta ahora mismo.

Sin duda, los programadores han elegido buenas fechas. Tenemos un Apocalipsis financiero en ciernes. Estamos hasta los mismísimos… Y hay días en que nos gustaría emplear las armas más letales para dar una lección a tanto espantajo. Como somos sensatos, como somos personas con valores, nos reprimimos. Y así sublimanos nuestra pulsión de muerte, que diría Sigmund Freud. Y así también los mandamos indirectamente al
Infierno: o vicariamente, ya que hablamos de estas cosas.

Dos. En la serie, ya lo saben, hay muertos que reviven o que sobreviven o que malviven: salvo que los secciones, los sajes; o excepto que les atravieses sus partes vitales (¿vitales?). En The Walking Dead, hay Apocalipsis venideros. La comunidad se cierra, claro; se clausura frente a las acometidas del exterior.  Propiamente, los zombis no andan muy bien. Quiero decir: que caminan a trompicones, como desarbolados, con una desarticulación algo patética. Sólo debemos temer su mordedura fatal o su repugnante aspecto. La verdad es que hace falta ser feos para llegar a tal estado de monstruosidad. A veces pienso eso mismo cuando veo a otros personajes de actualidad: no sé si en programas rosa o en telediarios de última hora. Y dicha fealdad, propiamente moral (o inmoral) no sale del mundo de los animales, no. Sale de esta humanidad tan pagada de sí misma que, a poco que la dejes, se convierte en un conjunto de bestias gregarias y malencaradas. No damos para más…

O sí, sí que damos. De repente, en la serie vemos ciudades artificiosamente felices que se han construido como fortines: como fortaleza asediada, por decirlo con expresión tópica. Son bastiones de la humanidad que aún queda. De los restos que aún quedan… ¿Del resto de humanidad que aún queda? En la ciudad van aceptablemente limpios y tienen una dieta aparentemente saludable. En cambio, los protagonistas que esperan llegar allí están perdiendo el norte, el oremus, las ganas de vivir y la fuerza.

Tres. La comunidad ideal está regida por un tipo como nosotros: bueno, quizá un poco más alto, desgarbado. Es David Morrisey, a quien en la serie le llaman ‘El Gobernador’, que suena a personaje de Franz Kafka. Vaya un individuo. Tiene cuerpo, sin duda, pero dirige con mano de hierro una aldea que ha sucumbido a prácticas inhumanas: odiosos combates entre varones rodeados de zombis a los que cuidadosamente les han arrancado los dientes para que no lastimen. Los niños ven y aprenden lo más detestable de la conducta adulta. Ole, ole y ole. No son toros, pero hay sangre abundante y una ferocidad cobarde.

Por mediación de un amigo, Errata naturae me obsequió con un ejemplar de The Walking Dead. Apocalipsis zombi ya. Me dispongo a leer dicho libro, que tiene un aspecto inmejorable. Me dispongo a leerlo si encuentro el volumen, claro. Mi biblioteca se desordena a pasos agigantados. O a pasos pequeños y torpes, como los de los muertos vivientes. Soy un superviviente y veo que El Gobernador, sea quién sea dicho personaje, nos la tiene jurada. Nos hace estar en una ciudad sitiada, con aparente tranquilidad y con un cáncer corrupto que nos liquida. No es metáfora… ¿Europa? Europa nos la tienen raptada, como el mito clásico que en The Walking Dead reaparece. Espero tener una conducta digna.

http://justoserna.com/2011/12/01/los-zombis/

No soy independentista

26 marzo 2013

BernieecclestoneNo soy independentista. No hace falta jurarlo. No soy catalanoparlante. No hace falta corroborarlo. No soy partidario de la identidad firme y uniforme. No hace falta constatarlo. No soy sensible al patriotismo. No hay que rastrear mucho. Me solidarizo con Antonio Muñoz Molina

No me hierve la sangre cuando veo la enseña española o la senyera. Me disgustan los trapos, los pendones, los estandartes. Con ellos te significas: tienen un origen bélico que me repele. Además, yo no quiero identificarme con un signo exterior, sino con mis cosas interiores: con mis vergüenzas. Hablo mal todos los idiomas. Un desastre.

No me eriza los cabellos la enseña nacional. Besé la bandera española en el Servicio Militar: no tenía más remedio. Era un día frío de enero de 1982, en la Córdoba de Cerro Muriano. Llovía. El acto lo realizamos en el gimnasio: quedó muy deslucido. ¿Podía negarme? Sí: podía negarme, siempre y cuando apechugara con prisión. Acabada la condena, vuelta a empezar. Como me pasa con Ardor guerrero, de Muñoz Molina: no sé cuántas veces lo he leído y vuelvo a empezar.

No me conmueve el Himno Nacional, pero me gusta cuando se toca lento y despacito, como el Dios salve a la Reina: eso dijo Javier Marías en un artículo de Salvajes y sentimentales. La Marcha Real es una pieza del Setecientos muy atendible. Nada más. O nada menos. “…cuando nuestra Marcha de Granaderos, del XVIII, no está nada mal, tocada suave y lentamente –de manera derrotista, sólo la he oído así una vez–, llega a ser casi tan melancólica y poco ofensiva como la cuerda de Haydn cuando es sólo cuerda”. Eso apostilla Marías.

No me emociona el Himno de Riego. Tampoco Els segadors. Ni siquiera La Muixeranga. Si el fin de los himnos es aunar, ahormar, afirmar, adherirte e identificarte, lo siento, pero no. No puedo. Siendo joven me compré un single con La Muixeranga. La carátula tenía un texto patriótico de Joan Fuster: no me convenció, pero la música me pareció meritoria, muy meritoria. Es una pieza bonita.

Y así voy…, cargando con lo español. Y con la cosa valenciana. Soy español por accidente, por nacimiento. Y porque no puedo ser nada mejor: no hay mucho dónde elegir. Pero me gusta la lengua española, que diría Julián Marías. Me parece un idioma excelso, de una finura retórica insuperable. Y me gusta el catalán, lengua en la que estudian mis hijos con fervor. Nada más. Sin mayores aspavientos. Lo estudian, entre otras cosas porque es su lengua materna. Lo aprenden porque tiene una rica literatura que combinan con la creación en castellano. Aprenden inglés (como pueden) y saben francés. Todo ello, gracias a la enseñanza pública española.

Vivo sin vivir en mí. No sé si soy patriota o soy un ciudadano que ejerce sus derechos. En Valencia, la Generalitat ha restringido la línea en valenciano y ha reducido los recursos de la enseñanza pública. Así estamos. Vivo sin vivir en mí y tan baja vida espero que no muero porque no puedo.

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Creemos que la ciudad de Valencia está en llamas, que brotan las pavesas, que cunde el fuego, que hay celebración. El mundo fallero ve cómo se carbonizan sus monumentos. Un año más.

En realidad, los hechos son otros. Hay un humo espeso, ceniciento, negro que todo lo impregna. Columnas de asfixia, de polución, que tienen su lado bello, por supuesto. Ese plano general lo he visto ya y lo hemos visto antes. ¿Acaso un ataque?

Las fotografías de Víctor Serna me muestran una localidad insólita, una urbe de pesadilla. Me ahogo sin respirar… La noche del 19 de marzo, yo no osé salir al exterior. Atranqué los postigos y permanecí aislado. Como un personaje de David Bowie, Starman, me recluí en mi cápsula.

Gracias a las instantáneas de Víctor, que tuvo la audacia de subirse a la azotea de Carmen, he podido comprobar qué fue aquello. Queda un vestigio material. O, si lo prefieren, permanece impresionada la ciudad humeante y dorada.

http://www.flickr.com/photos/monigotevalencia/with/8575231875/#photo_8575231875

Sublime… Asomarse a lo sublime no es sólo mirar un acantilado, como los alemanes o los suizos nos hicieron creer. Pero Caspar David Friedrich nos enseñó a distinguirlo:

“…El pintor no debe pintar meramente lo que ve ante sí, sino también lo que ve en sí. Y si en sí mismo no viera nada, que deje entonces de pintar lo que ve ante sí”, señala. ¿Por qué razón? Pues porque, “si no, sus cuadros parecerán biombos tras los que uno sólo espera ver enfermos o, quizá, cadáveres”. Naturaleza muerta, en el peor sentido de la expresión. Realidad inerte. Friedrich, por el contrario, observa. Solo, extraño, quizá algo enajenado, se sube a un promontorio o a una colina. ¿Y qué divisa?  “¡Reproduce las cosas en el cuadro tal y como ellas actúan sobre ti!”, recomienda. Atisbando con dificultad, distinguiendo malamente lo que está al frente…”

http://justoserna.com/2009/11/06/lo-sublime-y-lo-siniestro/

Lo sublime está fuera de los límites, de la marca, de la separación, aquella que distingue lo normal de lo patológico. Asomarse a lo sublime hoy es respirar un humo tóxico, esa carbonilla que tizna y que atora los pulmones. ¿Recuerdan Los Angeles 2019? En Valencia también tenemos rascacielos recostados que burlan la elemental ley de simetría, que se saltan la inclinación obvia.

Valencia es una ciudad que resplandece, con dinamismo. Y es una urbe de ciudadanos enérgicos y energéticos, gentes menestrales, mercantiles que hacen dinero. Apresuradamente. Ahora…, no.

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Pero Valencia, tan bella, es, sí, el infierno tan temido.

Continuará…

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