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En una entrevista publicada por el periódico argentino La Nación el 3 de agosto de 2012, Javier Marías respondía a distintas preguntas. Algunas de esas cuestiones ya le habían sido planteadas en numerosas ocasiones. Tal es su celebridad…

Largos y breves estudios aluden directa o circunstancialmente a Marías. De ellos tenemos noticia frecuente. Por su lado, el autor se explica, hace revelaciones, proporciona pistas sobre sus ficciones y sugiere instrucciones de lectura. Aunque protesta razonablemente cuando se le pide una aclaración sobre su obra, Marías acaba también interpretando lo que escribe y por qué lo escribe.

Google nos crea una impresión de actualidad y de densidad, cosa que es cierta en parte. Lo que de Javier Marías se dice no siempre es nuevo o lo que Javier Marías dice de sí mismo puede ser una irremediable repetición. La identidad de los individuos y la actualización incesante a que se les somete en la era de Internet parecen incompatibles. De todo parece haber datos y de todo parece haber novedades. Sobre eso mismo y sobre la permanencia del yo, Marías también responde. Y también ha escrito.

En esa entrevista concedida a La Nación, el autor hablaba inevitablemente sobre su condición intelectual y creadora, de sus motivos: tanto de lo que le mueve a escribir como de lo que permanece en cada una de sus obras. Entre otras cuestiones que se le formulaban había una insólita y a la vez previsible: ¿cuántos escritores hay en el Marías escritor? La identidad y el cambio, lo persistente y lo mudable… La respuesta era terminante y esquiva a un tiempo: “Yo me veo como el mismo en toda ocasión, pero seguramente no lo seré”.

Ser el mismo es ser un autor reconocible gracias a ciertos rasgos comunes o reiterados. Eso no es necesariamente malo. Eso es el estilo: la inspiración sometida a un hallazgo propio, cosa que es frecuente en un novelista que ha alcanzado la madurez. Sus obras reflejarían la continuidad del escritor, la permanencia de ciertas preocupaciones, el mantenimiento de un lenguaje identificable, la familiaridad de los narradores, de las voces.

“La mayoría de mis narradores son intérpretes en un sentido amplio del término”, respondía en la entrevista de La Nación. En efecto, observan y conjeturan sobre lo que ven; mantienen los ojos bien abiertos y se plantean hipótesis sobre lo que divisan o creen estar divisando. Eso no significa que acierten; significa que permanecen alerta y aventuran interpretaciones acerca de los actos humanos. No son exactamente indolentes, pero se demoran examinando el lenguaje, las posibilidades o las consecuencias expresivas de lo que ellos dicen o de lo que sostienen sus contemporáneos y antepasados. Son personajes que han de verbalizar, que han de manifestar constantemente lo que les sucede y lo que perciben. Por ello, en las novelas de Marías no suelen pasar muchas cosas. Por ello, esos narradores –de cada uno de los cuales es de quien depende aquello que sabemos o aquello que llegamos a saber– son reflexivos, minuciosos: cavilan frecuente o constantemente. Son como detectives en estado de vigilia o como individuos preocupados, obsesivos.

¿Quizá como el propio Marías? Volvamos a la entrevista en La Nación. Sobre los narradores de sus novelas, que algo de él quizá tengan, añade el novelista: “No intervienen ni actúan mucho; ven, observan, son testigos a menudo pasivos. Y tienen profesiones en las que transmiten saberes (un profesor) o sirven a la voz de otros (un “negro”, un intérprete en el sentido de traductor, un intérprete de vidas como en Tu rostro mañana). En cierto sentido son fantasmas, y he dicho en muchas ocasiones que el punto de vista de un fantasma me parece un excelente punto de vista para narrar: uno ya no está, ya nada puede pasarle, pero a la vez no es indiferente a los hechos (por eso los fantasmas vuelven y rondan)”.

Habría, sí, voces semejantes que cuentan las cosas de modo parecido. En esa entonación diversa y a la vez variada distinguiríamos la voz de Marías, la fórmula del novelista maduro: un decir largo e introspectivo, una expresión sostenida y a la vez interrumpida por digresiones, por el detalle verbal, por el análisis lingüístico. ¿Y esto? No es una rareza de Marías. Es, más propiamente, un mecanismo de defensa. Los seres humanos pensamos así, con un flujo de conciencia desordenado, con contaminaciones sensoriales, con contagios, con recuerdos que acuden, con asociaciones libres. Una cosa nos lleva a la otra y a otra más para inmediatamente después volver al punto de partida. Así pensamos, sí, y aunque parezca mentira no es raro dedicar muchas cavilaciones a lo que decimos y a cómo lo decimos. Los narradores de Marías son la quintaesencia de ese proceder, de esa preocupación por el lenguaje.

¿Acaso son saberes o pedanterías de quien fue profesor de traducción? Es algo más, o mucho más. Las palabras y las cosas no se ajustan enteramente. Es más: las palabras –que dependen de códigos comunes– forman parte de hablas particulares; se dicen en contextos concretos; tienen significados diversos, incluso contradictorios; y son ecos, reiteraciones de palabras ya dichas. Las palabras pasan de una lengua a otra sin que haya equivalencias exactas o incluso aproximadas. Las palabras siempre son escasas a pesar de su fluir constante. Y, en fin, las palabras son causa de ambigüedades, fuente permanente de malentendidos. Pues eso, los malentendidos, son la materia frecuente de sus ficciones. Situaciones percibidas malamente sobre las que el narrador ha de conjeturar.

Equivocar el sentido de las cosas y confundir palabras –justamente cuando se está viviendo, cuando se está mirando o escuchando– puede ser algo incomodísimo, arriesgado y hasta chistoso, muy divertido. Es lo que les ocurre a los narradores de Javier Marías, siempre tan minuciosos con el lenguaje: y, a la vez, siempre tan observadores, intuitivos pero algo patosos. Ejercen alguna profesión, disponen de alguna competencia. Son gentes que no se resignan ante la confusión o ante el secreto mejor guardado, seres a quienes desborda la realidad de la que disfrutaban. Por eso se ven envueltos en situaciones que ellos no habían previsto ni deseado, situaciones que los desarbolan…

Releo ahora por cuarta vez Corazón tan blanco (1992) y confirmo nuevamente que todo Marías está en dicha novela: el Joven Marías, el que dejaba de serlo, el Marías maduro y sus narradores, dispuestos a contar, callar, averiguar, conjeturar e interpretar lo propio y lo ajeno, lo cercano y lo distante. Toda la novela es un tanteo y nosotros, sus atentos lectores, comprobamos las hipótesis de Juan, el relator; constatamos su perspicacia, su zumba y su carácter irremediablemente neurótico. Pero descubrimos también la minucia de Javier Marías: la observación de lo insignificante es el principio del acierto. Verdaderamente, Dios está en lo particular o el Diablo está en los detalles: en lo más inmediato, en eso de lo que no hay que apartar la vista…

Precisamente: cuando uno no levanta cabeza, invoca a Dios o a todos los Demonios. Ahora, qué diantre, yo no levanto la cabeza. Simplemente leo.

Seguimos….

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Fotografía de Daniel Mordzinski.

Esto es todo, amigos

11 julio 2012

Forges. Vivimos un tiempo de ficciones crecientes para las que nos faltan códigos y claves. Uno de los factores determinantes es la multiplicidad de datos contradictorios. Nos invaden el desconcierto y lo ilusorio. El desconcierto, en el sentido de la decepción y de la frustración; y lo ilusorio en el sentido de la irrealidad y la confusión. Tenemos la cabeza como un bombo, según vemos en la viñeta de Forges para El País del 10 de julio de 2012. La dama está inquisitiva y aburrida; el tipo está derrengado y ojeroso; la tele está apagada, inane; y el periódico boca abajo: no se le caen las letras.

A mí se me caen los palos del sombrajo. Vaya circunstancia. Resulta difícil discernir lo auténtico de lo fantaseado.  De todo parece haber antecedentes y de todo hay su contrario. Cualquier cosa se propaga: de muchos –de celebridades o de personajes circunstanciales– sabemos o creemos saber cualquier cosa gracias a las noticias y a los bulos que corren.

Dolores de Cospedal. Leer la prensa exige cada vez mayor esfuerzo, una laboriosa tarea de análisis. Los titulares son de difícil interpretación: los hechos y sus metáforas se mezclan. Martes, 10 de julio: la portada de El País en papel resulta casi indescifrable: “El déficit detona la subida del IVA”. ¿Detona? O la noticia que el otro día, 29 de junio, sólo tenía una columna con el siguiente titular: “El jefe de Barclays, acorralado por manipular tipos”. ¿Acorralado? Luego nos enteramos de qué iba el asunto. Más valía no haberse enterado… Este bla-bla-bla aturde.

Ciertos políticos dicen cosas graves con atrevida ignorancia, como Dolores de Cospedal. De ella, de la señora De Cospedal, me ocupo en un artículo en El País: qué estomagante me resulta casi todo lo que sostiene o defiende. ¿Han visto con qué suficiencia nos mira? Lo he titulado así:

Dolores de Cospedal

Otros políticos han dicho cosas tremendas y desafiantes. Ahora tienen que pronunciarse en los juzgados, como los adláteres de Francisco Camps. ¿Y los banqueros? Hay gente prudente en este sector, por supuesto que sí. Y hay gente inverosímil que cobra protagonismo, como Rodrigo Rato. Y cobra… ¿Y los ministros? Pues los ministros ponen caras de estar enterados, como Luis de Guindos o su compadre Cristóbal Montoro, tan cachazudo. Podrían hacer de Reyes Magos: para repartir los chuches. Falta un tercero: que pongan a De Cospedal.

Tenemos una dieta abundante, excesiva: nos abastecemos con datos que unos u otros cuentan y que no siempre sabemos interpretar. Hay, sí, un runrún inacabable. Tantos testimonios nos desazonan y, por eso, lo espectacular o lo bizarro, aquellas referencias que se salen de la norma, acaban por imponerse. En consecuencia, la realidad se deforma. Más que en la historia, parecemos vivir en una historieta. Cuánto tiempo nos roban la actualidad, las novedades. Bueno, la actualidad y otros personajes secundarios. De Cospedal es muy secundaria: de hecho, es la segunda de Mariano Rajoy.

Alejandro Lillo. Quiero pensar que dentro de unas semanas dedicaré horas y horas a otra cosa más edificante: a leer y a releer novelas. Creo que debemos cultivar la imaginación. No para alardear de fantasías o de erudiciones pasmosas, sino para ponernos en el lugar del otro, para saber más de la conducta humana. Al historiador le hace falta imaginación. También al individuo corriente.

Eso mismo le cuento a Alejandro Lillo en la conversación que hemos mantenido sobre el particular. La hemos titulado

Historia e imaginación

Se trata de una entrevista que publica Ojos de Papel con motivo del libro La imaginación histórica (del que la revista reproduce unos extractos). No saben qué interlocutor es Alejandro Lillo: se me adelanta y me conoce… El resultado es una conversación agradable y quizá aprovechable. Alejandro lo ha hecho muy bien y yo he hecho lo que he podido: esto es todo, amigos.

Si les apetece, repasen el resto de la revista. Hay artículos de mucha enjundia. Como el de David P. Montesinos dedicado a Mad Men. Cómo lo envidio. Yo perorando de cosas académicas y él hablando de la ficción más notable de nuestros días. Volveré. El número de OdP viene cargadito, bien repleto de reflexiones y contribuciones que merecen horas de lectura y demora y un puntico de imaginación (por ejemplo, la de Miguel Veyrat). Punto y aparte.

Mi padre. Aunque pueda parecer un pelma, he de repetirlo. Buena parte de lo que sé se lo debo a mi padre: , saber, en el sentido de leer. Leo por gusto, por placer personal, pero también por haber sido inducido por mi señor padre. Fue él quien primero me habló de los escritores que tempranamente habían escrito sobre la Guerra Civil: desde Ernest Hemingway hasta José María Gironella. Estamos en julio y estas cosas vuelven…

Lo que me decía de ellos era que daban un testimonio directo del conflicto. Siendo joven leí parte de lo que me recomendó, pero no sentí proximidad alguna con lo relatado, con lo contado. Allí estaban, en casa, aquellas novelas. Mi padre me hablaba con admiración. Y me sugería su lectura por eso, por la cercanía testimonial y por la crudeza.

Sin embargo, había algo en esas historias que no me satisfacían: nos ataban a un pasado reciente que pesaba, propio de otra generación, y del que los jóvenes queríamos desprendernos. Hablo de finales de los sesenta y comienzos de los setenta. Lo español y lo carpetovetónico asfixiaban; y la gran literatura, incluso la literatura foránea, ayudaba a imaginar otros mundos, quizá más civilizados.

Los autores que trato y analizo en La imaginación histórica (Antonio Muñoz Molina, Javier Cercas, Eduardo Mendoza, Luis Landero, Arturo Pérez-Reverte) no convierten la Guerra Civil en materia central de sus novelas. Lo que en sus obras hay es la evocación, la información vicaria, la transmisión generacional: una Guerra contada por los mayores y que estos prosistas reelaboran con esos relatos y con las experiencias de otros, con lecturas, con películas, con informaciones que han recogido después. Se documentan.

Ambientan, por ejemplo, algunas de sus obras en el 36 y recrean las violencias españolas contemporáneas –violencias preferentemente masculinas– pero no para hacer novela histórica, sino para pensar el presente, para representarlo hallando en la actualidad el peso del cainismo, del heroísmo. Estos autores imaginan momentos en que ellos podrían haber estado y se preguntan qué habrían hecho. Se responden fabulando, novelando, conjeturando sobre esa posibilidad. Pero esos autores quieren escapar, quieren huir de ese pasado desastroso: para ello nada mejor que dejarse influir por lo foráneo, por lo extranjero, por las literaturas universales.

Hace años, Javier Marías –de quien no trata en este libro, pero del que hablaré en un volumen venidero– escribió un artículo que bien podría servir de emblema apara lo que digo: ‘Desde una novela no necesariamente castiza”. Los autores que prefiero se arrancan el casticismo, pesada herencia, o lo diluyen con ironías y parodias. O con universalismo. O con hibridaciones literarias, mezclas cervantinas y posmodernas a un tiempo.

Mariano Rajoy. El presidente del Gobierno anuncia en el Congreso que se suprime la paga extra de Navidad. Nos quitan los chuches. Que yo sepa no ha dicho nada de la paga del 18 de julio. Al final se va a cumplir lo que yo vaticiné hace meses: los humanos resistiremos, pero El Corte Inglés, no. Cuando llegue fin de año y los empleados públicos no tengan líquido, la ficción navideña acabará. Adiós a las rebajas y adiós a los Reyes. Yo llevo dos años sin utilizar la tarjeta de dicho establecimiento: se me rajó  y ya no renové el plástico. En El Corte Inglés me han olvidado…

Escapar corriendo. La lectura de El árbol de Teneré (Calima, 2012), de Juan Planas, perturba. Una reseña de Francico Fuster lo deja bien dicho… Abres el libro y lo primero que te encuentras es una entrada de los Diarios de Franz Kafka.

“21 de agosto [de 1912]. He leído a Lenz incesantemente, y él –así estoy yo– me ha hecho entrar en razón”, cita Planas. Pero yo he consultado otra versión de los diarios. No puedo disfrutar del original y por ello me resigno a estas espléndidas e imaginativas traducciones. Leo la edición que Jordi Llovet dirigió para Galaxia Gutenberg.

A Kafka, la lectura le hace entrar en razón, repite Juan Planas. ¿Qué será tal cosa? Entrar en razón. ¿Acaso moderarse? No sé, en mi ejemplar, la versión es distinta: “He leído incesantemente a Lenz y gracias a él –así me encuentro– he vuelto en mí”. He vuelto en mí. No sé: es una confirmación del encierro, de la repetición: uno acaba regresando al personaje nimio que es…

Juan Planas reproduce otro fragmento de esa misma entrada de los Diarios. Según añade Kafka, leer es manifestar simultánea e indirectamente una insatisfacción. Cuando tomamos un libro, levitamos: “todo el mundo levanta los pies del lugar en que se encuentra, para escapar corriendo”. Escapar corriendo: poner los pies en polvorosa, que se decía en los tebeos y dibujos infantiles. O en mi versión: “todo el mundo levanta los pies del sitios en que se encuentra para irse de él”.

En Planas, la realidad no puede ser un mal principio: nos da arraigo y sensatez en un mundo de gentes desnortadas y dementes. La realidad, sí, no puede ser un mal principio: siempre y cuando podamos abordarla para escapar y para, finalmente, volver maltrechos o indemnes. “Pero viajo entre los escombros de los hospitales / y no encuentro mi nombre entre las listas de bajas. / Será que estoy en fuga o, quizá, en el purgatorio / de los que aún tienen fe en el cielo y en el infierno.” Eso precisa Juan Planas.

Leer para perderse. Llega el verano y todo marcha más lento. Ya hay lista de bajas. Uno demora la actualización del blog, dejándose llevar por la haraganería. O eso espera uno tras la agitación de los meses precedentes, tras el trabajo. Aunque, bien mirado, no es más que un deseo, pues en verano estallan guerras y se producen cataclismos… Aún me quedan semanas para disfrutar del dolce far niente, pero ya quiero pasear, hacer ejercicio, tomar aire y broncearme moderadamente. Y ya quiero leer sin tasa novelas, poemas y ensayos. ¿Para qué? Para perderme, para salir de mí mismo. Por eso leemos: para olvidar durante un tiempo esos personajes previsibles que somos.

“He de recuperar el hilo o dejarlo escapar por completo. / Huyo con él y huimos. Huyo contigo y de mí. Huyo”, leo en el libro de Juan Planas: un diagnóstico preciso.

Algo semejante defendía Antonio Muñoz Molina el sábado pasado en Babelia. El mismo día en que aparecía el suplemento de letras y artes de El País, el  7 de julio, el diario vendía a precio reducido El viento de la Luna, uno de esos  libros que he leído, releído, glosado y vuelto a comentar. Me da reparo poner enlaces, pero podrían ser varios a las lecturas y relecturas, menciones y reacciones que dicha novela me provoca, ambientada principalmente en 1969, tres décadas después del fin de la Guerra Civil. Para esas fechas, yo tenía diez años…

 Uno. Tengo el honor de presentarles mi nuevo libro:

La imaginación histórica.

Ensayos sobre novelistas españoles contemporáneos.

Ha sido galardonado con el Premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos 2012, que concede anualmente la Fundación José Manuel Lara y la Obra Social de Ibercaja.

Según la nota que se ha hecho llegar a los medios, “La imaginación histórica, de Justo Serna, es una de las grandes apuestas editoriales del año de la Fundación José Manuel Lara”.

Dos. El volumen ya está editado, disponible en el mercado a partir del 19 de junio. Se presenta a los medios de comunicación en rueda de prensa el 21 de junio, a las 11,30 horas, en la sede del Grupo Planeta en Madrid (Paseo de Recoletos, 4-5ª planta).

Tres. En la contracubierta de este libro puede leerse lo siguiente:

“Este libro es un ensayo de historia cultural. No trata del pasado, sino de la ficción. Trata de la novela y de ciertos novelistas. En concreto reconstruye sus obras y sus correspondencias, las invenciones y las experiencias históricas en que se basan. De todas las posibles, Justo Serna ha escogido las de Eduardo Mendoza, Luis Landero, Arturo Pérez-Reverte, Antonio Muñoz Molina y Javier Cercas. Todos ellos se dan a conocer tras la muerte de Franco y al hacerlo incorporan y rehacen las tradiciones literarias que la Guerra Civil y la Dictadura quebraron o abolieron. ¿De qué modo aprendieron a ser locales y universales, leales a tradiciones previas y a la vez innovadores? El análisis permitirá averiguar qué fue para ellos el pasado, esa contienda del 36 que no vivieron. O qué fue el régimen franquista, que todos padecieron. O qué fue la Transición, que a punto estuvo de atascarse trágicamente. Las novelas expresan miedos, esperanzas y tanteos, repiten esquemas y ensayan nuevos caminos. Los autores son hijos de su tiempo y a la vez se aúpan, se elevan por encima de la corriente. Son individuos más o menos desconcertados, contemporáneos de una época que carga con un pasado del que se distancian”.

Cuatro. Entrevista a JS por Carmen Carballo (Fundación José Manuel Lara), mayo de 2012:

–¿’La imaginación histórica’ es fruto de su trabajo como crítico? ¿Cuánto tiempo le ha llevado?

–No sabría precisar. Así, a bote pronto, yo calculo que este libro me ha costado cincuenta y tantos años de trabajo: como lector de novelas, principalmente. Pero también como historiador, como crítico. Desde pequeño supe que la ficción me era aprovechable; supe que los que crean, me recrean obligándome a salir de mí mismo; descubrí, en fin, que la literatura es una defensa contra las ofensas de la vida (según indicara Cesare Pavese). Sin duda, cuando escribo crítica cultural, cuando hago historia cultural, sigo unos preceptos que espero haber aplicado en este libro.

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Cinco. Entrevista a JS por Ferran Bono para El País (10 de mayo de 2012):

“En palabras del propio Serna: “Como historiador observo la literatura de ficción, ciertas novelas de ciertos autores, todos narradores varones, que asumen el pasado reciente español, cargan con el desastre de nuestro país y después lo reelaboran a través de la ficción, en una suerte de explicación y también de salida´´…”

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Seis. Entrevista a JS por Silvia Hernando para El País (13 de junio de 2012):

“Los novelistas aportan una concepción de la realidad histórica que afecta e influye enormemente en nuestra interpretación del pasado reciente, a veces mucho más de lo que los historiadores pueden decir”, señala el autor. “Mucha gente se forja la visión del franquismo a través de la ficción novelesca”. El rizo se riza con la cuestión de la tradición literaria en España, a la que la Guerra Civil puso freno, y el exilio impuesto a muchos a su fin. “La reconstrucción cultural española se hace incorporando tradiciones rotas e incorporándose los nuevos autores a tradiciones foráneas”, explica Serna. Es decir, que los mundos españoles que los escritores dibujan en sus novelas están también perfilados por el influjo de la literatura universal…”

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Siete. Entrevista a JS por Javier Ors para La Razón (17 de junio de 2012):

“Desde un prisma personal, estos escritores circulan por la orilla de la Historia aportando su visión, una mirada propia, diferenciada, que les distingue del resto. De Mendoza [Justo Serna] subraya «su recreación del pasado con ironía, parodia y un respeto fiel. Pone guasa a ese dolor real que él trata y detalla en sus libros»; de Cercas, que «en sus novelas siempre hay varones desnortados, que no son héroes, pero que poseen pequeñas virtudes que les lleva a actuar con corrección»; de Muñoz Molina, «su concepción de la ficción como un conjunto de vidas posibles que, además, le permiten analizarse a él mismo como autor en unas circunstancias que no ha vivido»; de Landero, que «muestra un tipo de personaje, charlatán fantasioso, que piensa en el futuro para arreglar el pasado», y de Pérez-Reverte, «la idea de cronista. Es el más moralista, aquel que nos alecciona sobre los errores cometidos. En sus relatos siempre está latente la tensión entre el pueblo noble y bruto y unos dirigentes traidores a la causa colectiva».

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Ocho. Entrevista a JS por Esther Peñas para Solidaridad digital (26 de junio de 2012):

“Recuerda en uno de los capítulos las palabras de Pavese a propósito de que “la literatura es un defensa contra las ofensas de la vida”. ¿Por qué hay tan pocas novelas que sean luminosas, es decir, que canten o que recreen la parte no en penumbra de la vida?


Si hiciéramos una inspección o reflexión veríamos que no necesariamente es así; hay muchas novelas que tienen humor, guasa, esos elementos de broma podríamos decir que son una recreación de la felicidad y provocan felicidad. El humor es una defensa contra las ofensas de la vida y, por tanto, una manera de evitar el daño que nos inflige la existencia porque vivimos infelices, creemos que no tenemos lo que debemos y, por tanto, con la narración podemos cotillear en las vidas ajenas y salir airosos o indemnes de las experiencias desastrosas que otros viven y nosotros vemos con superioridad o suficiencia”.

Leer más aquí.


Seguiremos informando.

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-Reseña de La imaginación histórica:

Braulio Ortiz, “Fabulaciones del pasado español”, Diario de Sevilla, Málaga Hoy, Diario de Jerez

-Reseña de La imaginación histórica:

Letras hispanas

Philip Roth, otra vez

6 junio 2012

Philip Roth obtiene el Premio Príncipe de Asturias. Lo descubrí gracias a Antonio Muñoz Molina. Después siempre me lo recomendó Rogelio López Blanco. A Roth le debemos páginas memorables, entre ellas El lamento de Portnoy (1969). Sin embargo, quiero recordar ahora otra novela más reciente, pero no menor: una obra que se me señaló expresamente Alejandro Lillo: La humillación (2010). La leí con inquietud. Con perturbación. La literatura fertiliza, confunde los marcos y mezcla los autores… Aún me acuerdo.

El caminante y su sombra

Uno. Uno puede leer novelas para entretenerse, para pasar el rato: para distraerse o para distraer el tiempo. O uno puede leer novelas para experimentar sin riesgo, pues la ficción no es vida real, sólo un marco de posibilidades que no se cumplen. O uno puede leer para probar lo que jamás ha conocido, esas audacias a las que no se atreve.

Siendo un muchachito, yo disfruté mucho con Huckleberry Finn, de Mark Twain. Me sorprendió lo timorato que podía ser: que yo podía ser. Admiraba a ese joven americano que era capaz de adentrarse por todos los senderos, de sobreponerse a todos sus miedos. Siempre con osadía y sin temer su sombra. Algo aprendí de su coraje.

Es muy saludable leer así: te quita de ti mismo y te hace estar en lugares que jamás has visitado o en sitios que no sueles frecuentar. Te quita de ti mismo, es decir, te rebaja el narcisismo: el espejo te refleja una imagen que no es exactamente la tuya y eso te obliga a mirar bien los perfiles, a escrutar a ese que tienes ahí enfrente, en esas páginas que no relatan tu vida, sino una existencia probable, verosímil, una experiencia que bien podría haber sido la tuya.

Como no lo es, has de sopesar qué hace ese tipo en circunstancias en las que podrías haber estado tú. Sospesas y finalmente sospechas. Somos personajes nimios, previsibles, decía Adolfo Bioy Casares. Siempre acarreamos nuestro propio fardo; y los hechos por los que hemos tenido que pasar son el lastre inevitable. Qué le vamos a hacer, nada podemos hacer.

Menos resignación, menos lobos: sí que podemos hacer. Imaginarnos de otro modo. Por ejemplo, en ocasiones fantaseamos con un nuevo principio de las cosas, con un comienzo diferente, aún impredecible, un curso distinto con una existencia diversa. La madurez confirma parte de nuestras expectativas y a la vez niega otras que sólo eran potenciales, vidas posibles que de materializarse habrían multiplicado nuestra existencia ya consumada y exactamente previsible.

Creo que, de adultos, leemos para rehacer nuestras vidas o, al menos, para examinarnos indirectamente, para contrastar, para comparar lo que somos –ese ser limitado y ya declinante– con lo que otros son. De los otros reales, de nuestros contemporáneos, sabemos poco: la intimidad nos protege y, por tanto, de ellos sólo conocemos una parte ínfima. Pensamos, conjeturamos, anticipamos. Muy poco es lo que se verbaliza de ese mundo interior. Es decir, hasta para los íntimos, los pensamientos son un arcano. Cada uno de nosotros lo es. Si perdiéramos las barreras que nos hacen sociables –la hipocresía–, la vida sería ciertamente transparente y, uf, invivible.

Sólo aceptamos la verdad hasta cierto punto: lo que nos hace convivir es la mentira socialmente tolerada o la verdad que nos conviene, según señalaba Friedrich Nietzsche en Verdad y mentira en un sentido extramoral (1873). Y lo que nos hace mutuamente accesibles y aceptables es el papel que cada uno de nosotros representa: en realidad, los papeles, así en plural, pues uno mismo ejerce de varón, de padre, de esposo, de hijo, etcétera.

La dramaturgia es una metáfora de la vida social que los sociólogos han empleado con frecuencia (al menos desde Erving Goffman) y no es una torpe descripción de lo que hacemos: ya Calderón de la Barca nos lo dijo. En cada espacio representamos uno o varios papeles, tenemos caretas que nos sirven para mostrar lo que somos y tenemos disfraces para adaptarnos a la situación. ¿Hay un ser originario y prístino que pueda salir sin máscaras? De cuando en cuando fantaseamos con esa posibilidad. Mira lo que la vida ha hecho de ti: te ha recubierto de una segunda o tercera piel. Ojalá pudieras arrancarte todos estos afeites.O la piel a tiras…

Es posible que tengamos excesivos ropajes encima, muchos maquillajes, pero es improbable que podamos quedarnos desnudos y desollados para sentirnos más felices y mejores, aquéllos que éramos antes de corrompernos o embadurnarnos. Es una idea bella pero loca o inocente.

Tenemos disfraces o respetamos las reglas de la hipocresía para poder tratarnos sin grave amenaza. No saludamos dándonos la mano para mostrar que no vamos armados. Es un énfasis gestual. En realidad, no hay garantías.

Igualmente, nos callamos una parte esencial de lo que cavilamos e incluso nos callamos para nosotros mismos: esos pensamientos locos, absolutamente disparatados, negativos, positivos o fantasiosos no los decimos en voz alta. Si los dijéramos nos asustaríamos.

En el análisis de Sigmund Freud, el diván vale para tumbarse, para relajarse, para destapar lo que ha estado oculto o en silencio o en penumbra, para exhumar lo que no podría decirse sin escándalo. Otra vez, las sombras.

Observo uno de los grabados que Gustave Doré dedicó a El cuervo. Me fascina el episodio: sólo vemos sombras, o al menos esa penumbrosa realidad es lo significativo. Un caminante de la vida parece caído junto a un sillón. No es un diván exactamente, pero es un asiento confortable en el que el protagonista del poema de Edgar Allan Poe bien pudo fantasear sobre sí mismo, sobre lo que el ave representaba, sobre la vida breve, sobre las amenazas que se ciernen sobre nosotros.

Dos. Me gusta relacionar una cosa con la otra y esa otra con otra más, en un sinfín de referencias y ecos. Lo aprendí del maestro de la referencia y del Eco: Umberto. ¿Para obtener qué cosa? ¿Acaso para exhibir erudición? No, la erudición es una propiedad magra, escasa, siempre amenazada de ruina o escasez, sobre todo en una época en la que ya no podemos pretextar ignorancia: cualquiera con acceso a Google puede alardear de conocimientos recientes o enciclopédicos. Además, quien se vanagloria de su patrimonio erudito, ese fardo que tanto le pesa al paseante, no puede avanzar realmente. Debe acumular más y más, quedando fijo y atrasado, sin vida: eso decía Nietzsche en dos de sus Consideraciones intempestivas.

En realidad, la erudición algo demente que hoy me guía, este despliegue de ideas seguramente banales que a alguno irritará, es el placer de la lectura, de la cultura gráfica, de la memoria visual, las relaciones que entre las obras culturales se establecen, relaciones que dependen del parentesco que apreciamos u observamos.

Las novelas –pero también las películas– nos sirven para imaginarnos en las circunstancias de seres que se nos asemejan. Toman decisiones, cometen errores, se atreven. ¿Cuáles son las consecuencias? No me gustan las novelas con moraleja explícita, aquellas en las que queda claro y sin matices qué es lo bueno y qué es lo malo. Me gustan aquellas narraciones con sombras en las que los efectos de lo que se hace son ambivalentes, quizá aceptables, tal vez perjudiciales, al menos en un cierto sentido. La vida nos da muy pocos datos y el futuro será algo siempre dudoso.

Conforme cumples años, crees que todo está ya más o menos confirmado, lo bueno y lo menos bueno. Compruebas que, a la postre, esa vasta gama de posibilidades que eras cuando empezaste –o que creías que eras– ya no es más que una versión limitada de lo que potencialmente querías ser, un caminante con una escuálida sombra. ¿Te vives como un fracasado? No te precipites, te dices.

Lee novelas y examina qué hacen otros que están como tú o que, siendo muy diferentes a ti, también experimentan dudas corrosivas, paralizantes, las dudas de la edad tardía. Y no hablaré ahora de la novela de Luis Landero, los Juegos de la edad tardía (1989), que tanto me emocionó y sobre la que me extiendo en Héroes alfabéticos (2008). Hablaré de un par de novelas cuyas recensiones publica


Tres. En Ojos de Papel (abril de 2010) acaban de aparecer dos reseñas que tratan de libros relacionados con esto, con lo poco que sabemos, con lo que hacemos para representarnos ante los demás: de lo confuso que es siempre todo. Ambos volúmene son dos novelas. Una, de Phillip Roth, La humillación (2010); y otra, de Enrique Vila-Matas, Dublinesca (2010). La primera reseña la firma Alejandro Lillo; la segunda reseña la firmo yo mismo. Son dos ficciones recomendables, seguramente menos grandiosas de lo que algunos comentaristas han dicho, pero son dos inspecciones clínicas de gran interés.

Dos personajes que han llegado a la sesentena cambian sus respectivas vidas. Toman decisiones. O algo grave les sucede. El resultado es que el porvenir de la vejez ya no va a parecerse a lo que fue su presente maduro y activo. No son pensionistas que hayan perdido su trabajo, sino individuos que sobrepasan los sesenta años con una existencia que se trastorna por algún motivo. Son también tipos que han triunfado, pero a la vez tipos cuyos éxitos ya no lo son o ya no se ven como tales. Sus respectivos mundos, consumados, materializados, pueden valorarse ahora como fracasos o como fraudes. Han dedicado muchas energías a hacer algo en lo que parecían tener habilidad o fortuna y resulta que eso que hacían o ya no les vale o ya no saben hacerlo.

En ambas novelas, las cubiertas españolas son bien significativas. Los libros no son textos; son artefactos materiales, ya lo sabemos, y eso significa que todo cuenta. En primer lugar, el reclamo editorial.

En La humillación –cuyo protagonista es un actor que tuvo gran éxito y ahora está bloqueado, asustado, quizá convencido de su incapacidad paralizante–, la ilustración de la cubierta es un sencillo dibujo (idéntico al original de Milton Glaser): un escenario sobre el que se arroja un chorro de luz, ese foco que alumbra al personaje que no está. No vemos a nadie sobre las tablas y esa luz, que tan poco ilumina, deja en penumbra prácticamente todo, hasta el rótulo de la novela: las letras del título y del autor están en parte sombreadas. Precisamente eso es lo que examina Alejandro Lillo con gran acierto. Leí su reseña antes de que se publicara. Me gustó tanto que le pedí la novela. Mejor dicho, fue él quien amablemente se adelantó a prestármela. La lectura de la narración confirma su crítica punto por punto. La sombra, lo no dicho, lo oculto, lo que ignoramos, es lo relevante de esta obra que Lillo desentraña con mano maestra.

En mi caso, leí Dublinesca, de Vila-Matas, la gran novedad española de la próxima Feria del Libro, totalmente hechizado por la fotografía de su cubierta (Archives du Teme Art/ Photos12/Alamy). Mi reseña empieza así: “Los faldones se agitan como si de una capa se tratara. Un individuo, elegantemente vestido con sombrero y abrigo, corre. Parece tener prisa aunque muestra una cierta vacilación. Lo vemos desplazarse extendiendo la mano izquierda, como si con ello quisiera tener cerca un punto de apoyo, una pared a la que poder asirse en caso de traspié. La fotografía, muy inspiradora, sirve de ilustración a la cubierta de Dublinesca, de Enrique Vila-Matas. Es una imagen en blanco y negro de perfiles imprecisos. Encierra un enigma: alguien marcha apresuradamente, con inseguridad, tanteando lo que se le viene encima, lo que es referencia o estorbo, orientación u obstáculo. El retrato podemos tomarlo como un reclamo gráfico, como una invitación a adentrarse en la nueva novela de Enrique Vila-Matas. ¿Es sólo ornamental?”. Otra vez es la sombra lo que también destaco en esta reseña.

Tres. He recibido estos días algunos correos electrónicos, relacionados con la columna que dediqué al cementerio y relacionados con mi reseña de Dublinesca, de Enrique Vila-Matas. En concreto, una persona me pregunta que por qué no digo nada de los modelos de editor en los que se inspira el novelista catalán.

Dublinesca está protagonizada por un editor barcelonés, Samuel Riba, en el que pueden hallarse rasgos o actos de Carlos Barral, pero sobre todo de Jorge Herralde o incluso de Jaume Vallcorba. Aprovecha este corresponsal para preguntarme por mi impresión de la novela. O, en otros términos, que por qué no digo si me ha gustado o no la obra. Estas palabras me han recordado una conversación que tuve el otro día con un colega sobre este mismo asunto. ¿Responderé a ambas cuestiones? Desde luego no son los asuntos que más me interesan de la novela, de las novelas.

A la hora de hacer una reseña, que a mí me guste poco o mucho una narración es algo finalmente secundario; al igual que es irrelevante leer una novela bajo sospecha, como un roman à clef, como un relato en clave. A la postre, lo importante es ver cómo funciona, de qué recursos se vale y, en todo caso, saber dar con la clave (ahora sí) de lo que allí se nos cuenta. La clave –insisto– no es el subtexto implícito, sino aquello que puede perdurar de la novela una vez pasen la actualidad, lo novedoso o la moda.

De Dublinesca se ha destacado en muchas reseñas lo que el propio autor ha divulgado en la promoción: que si es un homenaje a James Joyce y al Ulises, que si el protagonista real es Samuel Beckett. Sin duda, el rostro anguloso de Beckett, su figura filiforme, su creciente laconismo hasta llegar prácticamente al silencio, todos esos elementos, están presentes en la novela de Vila-Matas. Estamos en una novela aparentemente terminal, la de un editor que ve inútil su trabajo, que ve acabado su tiempo. El protagonista es un hombre paralizado por el curso de los acontecimientos, por la marcha de un negocio que ya no es cultura. Todo parece haber acabado. Sin embargo, aún le queda algo que representar, y lo digo en el sentido teatral del término. Le queda vivir en la ficción de una ficción, hacer real lo que empezó o acabó en el Ulises. ¿Es un artificio?

Vivir la novela o el teatro como algo que se te infiltra hasta desplazar los hechos reales puede ser un delirio, sin duda. Pero puede ser también un modo de examinar el mundo, de hacerlo propio, de analizarlo con mayor lucidez. ¿Delirio o lucidez? Simon Axler, el protagonista de La humillación, es un actor paralizado, también en la vejez, aquejado de impotencia profesional o de ridículo vital. Deja de representar en las tablas. ¿De verdad deja de representar en la vida? Samuel Riba, el personaje de Dublinesca, quiere representar un papel previsible en Dublín, el Bloomsday. Como otros, también quiere estar el 16 de junio para convertir la capital irlandesa en un espacio literario, sólo literario. ¿Repetición? ¿Repite un papel? ¿Hay algo nuevo que allí se pueda hacer, decir o representar?

Chiripa. Volvamos a La humillación. Cuando llega a la sesentena (sesenta o sesenta y cinco o sesenta y seis años…), Axler se siente un actor fracasado, con falta de latento, absolutamente desorientado.

Vive una existencia en la que todo es chiripa o frágil azar. Tanto, que se siente fraudulento, embustero, sin base: algo que le sobreviene con la edad, justamente cuando tiene mayor experiencia y mayores logros.

Se observa con tristeza, vulnerable, como cualquier persona infeliz. O quizá como cualquier individuo que confirma que todo continuará igual cuando muera. Es un agravio corroborar esto: que nuestra muerte supondrá gran alteración. Como es un agravio sentir que nuestros próximos tal vez estén representando un papel. O envidiándonos.

¿Y quién no representa un papel? ¿Y quién no envidia? Quizá una vida rehecha a los sesenta y tantos le salve, eso piensa Axler. O no. Representar acaba vaciándonos, parece decirnos Roth. ¿Pero acaso podemos dejar de actuar?

A Portait of the Publisher as an Old Man. Leo en las páginas 178 y 179 de Dublinesca: “…«Pronto cumpliré sesenta años. Desde hace dos me persigue la realidad de la muerte al tiempo que me dedico a observar lo mal que va el mundo. Como dice un amigo, todo se acabó, o todo se está acabando (…). Y yo ya sólo puedo dedicarme a intentar respirar, abrirle el máximo de espacios posibles a los días que me quedan, tratar de ir en busca de un arte de mi propio ser, de un arte que tal vez pueda perfeccionar algún día haciendo inventario de los que fueron mis principales errores como editor ».

Releo una página del Retrato del artista adolescente (1916) en la traducción ya clásica de Dámaso Alonso. Las palabras que retengo parecen el negativo exacto de lo que dirá Riba a comienzos del siglo XXI. En el Retrato estamos a principios del Novecientos. El protagonista no es un editor, sino un poeta en ciernes.
Con gran decisión, el joven irlandés llamado Stephen Dédalus se libera, se deshace de ataduras. Desanuda todos los vínculos que lo atrapan. Sólo ve por delante un futuro prometedor, emancipado, la expresión del genio.

“–Mira, Cranly –dijo–. Me has preguntado qué es lo que haría y qué es lo que no haría. Te voy a decir lo que haré y lo que no haré. No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi patria o mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo en vida y arte, tan libremente como me sea posible, tan plenamente como me sea posible, usando para mi defensa las solas armas que me permito usar: silencio, destierro y astucia.”

Imaginen al joven Dédalus, muchos años después. No lo piensen como poeta, sino como creador, como un editor que crea. Imaginen que vive su reto como un fracaso en un presente desolado, que todo lo que ha hecho parece confirmar lo errado que estaba. A pesar de ser un creador (o de pensarse como tal) ha quedado atrapado por su hogar –sus padres–, por su patria –Cataluña– o por su religión…

Así empieza Dublinesca. ¿Será posible remendar lo hecho, reinventarse de nuevo? Eso es precisamente lo que la novela nos cuenta: el retrato del editor ya anciano, en parte irrecuperable, que aún espera hallar el y al genio, que todavía busca “lo nuevo, lo vivificador, lo extranjero“.

¿Quién narrará esa gesta, esa epifanía? Quizá haya un joven que lo cuente. El narrador que nos lo detalla a nosotros no lo es. Resulta irónico y algo torpe: desliza bromas frecuentes y comete errores explícitos, concebidos para cazar al lector puntilloso. Por ejemplo, convierte el llamado documento Word en documento World; o la denominada pulsión agresiva “en pulsación digamos que agresiva”. Hay humor y hay citas. Hay ecos de Joyce y hay cultismos. ¿Vanagloria? ¿Posmodernidad? La vida se repite como una tragicomedia y el caminante ha de hacer su propio camino. ¿Y su sombra?

El reino de las sombras. El joven Stephen del Retrato quería desanudar todo lo que le ataba, aquellas pertenencias colectivas que le impedían moverse. Esperaba ser independiente: no se prosterna ante Irlanda (“esa vieja cerda que devora su propia lechigada”, en palabras de Joyce); sólo quiere hacerse como individuo, hacerse artista, amar profundamente, con furia.

Luego, años después (podríamos decir), otro personaje de Joyce toma el testigo: Gabriel, el protagonista de “Los muertos” –el célebre relato de Dublineses–, hace saldo de sus logros y de las sombras de su vida. Descubre que su existencia ha sido gris, quizá anodina. Un episodio narrado por su esposa le muestra lo que es el amor tenaz y heroico y le demuestra las razones por las que hay que vivir intensamente: las palabras de su mujer se refieren a Michael Furey, un joven que la idolatró hasta morir.

“El aire del cuarto le helaba la espalda”, leo Dublineses en la traducción de Guillermo Cabrera Infante. “Se estiró con cuidado bajo las sábanas y se echó al lado de su esposa. Uno a uno se iban convirtiendo ambos en sombras. Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida (…). Su alma se había acercado a esa región donde moran las huestes de los muertos. Estaba consciente, pero no podía aprehender sus aviesas y tenues presencias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se criaron y vivieron se disolvía consumiéndose”, añade.

“Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos”.

Es el fin.

Colofón. “Perderse a sí mismo. Si uno se ha encontrado a sí mismo, debe saber perderse de vez en cuando y luego volverse a encontrar…”, dice Friedrich Nietzsche.

Releo el arranque y el final de El caminante y su sombra (1879). En esta obra, el filósofo alemán comienza a expresarse ya como “espíritu libre”, como un ser que se desembaraza de las pertenencias y de las esclavitudes morales, como un individuo que no teme perderse. Todo son amenazas, incluso él mismo o su sombra.

“Ésta es aún la hora de los individuos“, dice hacia el final. Tiene prisa por afirmarse. Todavía es joven pero el mundo puede acabarse ya, en este mismo instante.

Entre glaciares y lagos suizos Nietzsche anota. Está solo. O eso cree:

La sombra: Como hace tanto que no te oigo hablar, quisiera darte una ocasión para ello.

El caminante: Alguien habla: ¿dónde?, ¿y quién? Casi me parece oírme hablar a mí mismo, sólo que con una voz aún más débil que la mía.

La sombra (tras una pausa): ¿No te alegra tener una ocasión para hablar?

El caminante: Por Dios y por todas las cosas en que no creo: mi sombra habla; lo oigo, pero no lo creo.

La sombra: Admitámoslo y no cavilemos más sobre ello; dentro de una hora todo habrá acabado.

(…)

El caminante: ¿Qué debo hacer?

La sombra: Camina entre esos pinos y mira en torno las montañas; se pone el sol.

El caminante: ¿Dónde estás? ¿Dónde estás?

Hemeroteca

Justo Serna, Reseña de Dublinesca, de Enrique Vila-Matas. Barcelona, Seix Barral, 2010

Alejandro Lillo, Reseña de La humillación, de Philip Roth. Barcelona, Mondadori, 2010

Cero. Mi reseña de Los enamoramientos (2011), de Javier Marías, figura en primer lugar de los miles y miles de páginas que Internet registra sobre dicha novela. No es gran mérito. Ojos de Papel funciona. Y un servidor –que no el servidor– se atiene a lo prescrito. Con legítimo orgullo, no obstante, les reproduzco el texto y el enlace que lleva a dicha revista. Vivir para ver. Ésta es la glosa que publiqué hace un año y pico. Ustedes perdonarán esta fanfarronada.

Uno. Empecemos con una crítica, tal vez muy del gusto del articulista Javier Marías: vivimos en época de brevedad y fragmentación, de urgencias y levedades, de falta de atención. Enseguida nos cansamos y dejamos de mirar, de inquirir. Los empeños cotidianos se nos multiplican y las prisas nos angustian. Toda clase de estímulos perturban nuestra vigilancia y nos distraen. En esas circunstancias, observar con detalle y conjeturar sobre lo que vemos es tarea difícil: muchas cosas nos incitan a cambiar de objeto o de curiosidad. Nada parece durar y si algo permanece, pronto nos aburrimos: todo se nos hace cuesta arriba. Tomémonos en serio la metáfora. Vivir es sortear o salvar obstáculos. Como leer. Para alcanzar la meta hay que poner tesón y proseguir, hacer ejercicio y oxigenarnos. Cuando conseguimos vencer esa resistencia, cuando logramos llegar con bien y complacidos, tras páginas y páginas, entonces nos sentimos dichosos y hasta eufóricos. Pero entonces, justamente entonces, ya todo está consumado. ¿Qué es llegar a la meta sino morir? Retengamos esta imagen. Eso es lo que se nos cuenta en Los enamoramientos, de Javier Marías, y esto es lo que nos pasa.

En el momento de redactar estas líneas, la novela del escritor madrileño va por la segunda edición. En tres semanas se han despachado cien mil ejemplares y encabeza la lista de los libros más vendidos. ¿A qué se debe este éxito? Sin duda hay una buena, una excelente promoción. Pero sobre todo hay dos cosas más. Primera: numerosos lectores fieles a Javier Marías, que han ido creciendo en número y en adhesión, compran la obra. Una nueva novela de autor predilecto será siempre convenientemente recibida. Bien mirado, este argumento no tiene sentido: una novela decepcionante es lo que peor perdonan los lectores devotos de un autor reconocido. ¿Entonces? Segunda cosa a añadir: la novela confirma las expectativas y por tanto corrobora lo que del escritor se espera. Este factor es determinante.

Ésa es la impresión que me causado. He leído Los enamoramientos con placer, con interés creciente y con inquietud, sin aparente esfuerzo, como si subiera una cuesta larga pero no empinada: como si no tuviera cuatrocientas páginas. El resultado es reparador y a la vez asfixiante: al final, cuando salimos de la novela, tenemos la impresión de que hemos llegado a la cima, sí, pero todo lo que creíamos ver está envuelto por la bruma. No tenemos seguridad de lo que hay más allá o de lo que hemos visto o entrevisto. Vamos adentrándonos poco a poco, con brújula, con paso errabundo y reflexivo, como suele decir el propio Javier Marías de su arte narrativo, y a la postre avanzamos con tiento y un poco a ciegas, con escasa luz. El lector, este lector, no sabe qué se va a encontrar a la vuelta de la página. Pero, además, ratifica la impresión de que el autor tampoco sabe gran cosa de lo que se avecina, de lo que va a resultar, cuando escribe y va concibiendo la novela. Es cuestión de esperar, de estar atentos y de ver qué puede ocurrir. Se trata de observar y de no cansarse al primer obstáculo, de no molestarse a la primera digresión o al primer inciso. ¿Y por parte del novelista? Es cuestión de ser coherente con los datos que proporciona: de ser congruente con las informaciones que va dando de cada uno de los personajes, de su pasado y de su presente.

Cuando hemos llegado al final, cuando completamos la historia que se nos cuenta y de la que en principio nada sabíamos con certeza, este lector lo admite: sale convencido e inquieto, como decía. ¿Por qué razón? Porque cuando creía leer una historia de levedad con toques humorísticos comprueba que ha leído una historia de gravedad y muerte con sarcasmos muy dolorosos. De entrada, esta revelación personal que hago no tiene interés alguno. Al fin y al cabo, lo que suceda a uno no es predicable para todos; tampoco significativo. Pero lo declaro porque Marías no me tenía ganado de antemano: debía convencer a un lector que lo sigue desde hace muchos años, un lector que lo ve venir. De nuevo, con los mismos recursos y con otra historia diferente, Marías persuade. ¿Y cuáles son esos recursos? La prosa demorada, de período amplio y de sintaxis retorcida, con su ritmo envolvente y quebrado, su discurrir parsimonioso, sus divagaciones, sus rodeos, sus amplificaciones. Marías aturde y a la vez nos hace reflexionar valiéndose de la elocuencia, de una locuacidad que se reparte entre los distintos personajes que hablan, cuyos discursos se reproducen en estilo directo, en estilo indirecto o en estilo indirecto libre: todos atentos a los indicios, a lo que se ve o entrevé o se barrunta; y todos convocados por una narradora, María Dolz.

Marías nos hace reflexionar en espera de lo que pueda suceder. ¿Y qué va a ocurrir? Ah. Que avancemos sin saber lo que va a pasar, que el escritor no tenga el mapa completo de su mundo de ficción, no significa que quepa cualquier cosa. Yo no veo trampas en Marías, sino el enrevesamiento propio de la vida. ¿De qué va la novela?, pregunta el curioso lector. Como dice Javier Díaz-Varela, un personaje importante de Los enamoramientos: “lo que ocurre en ellas [en las novelas] da lo mismo y se olvida una vez terminadas. Lo interesante son las posibilidades e ideas que nos inoculan y traen a través de sus casos imaginarios”. O como añade más adelante este mismo personaje: “la ficción tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da”.

A lo largo de la novela meditaremos sobre el amor y sobre el estado del enamoramiento: sobre las trampas que una mujer enamorada puede tenderse, sobre los esquivos encuentros con quien es objeto de esa pasión intermitente. Meditaremos sobre la traición y la amistad, sobre la delación y la impunidad, sobre lo que sabemos o no sabemos, sobre lo que retenemos y extraviamos cuando los otros ya no están, sobre la muerte. Porque este último asunto, la pérdida de quienes nos son más cercanos o nos son más importantes es la clave de esta obra y, casi siempre, el motivo constante de Javier Marías. Ya lo era en Todas las almas (1989), en Corazón tan blanco (1992). Como la traición ya estaba presente en El siglo (1983). Ahora en Los enamoramientos, una y otra vez vuelve sobre la disipación, sobre la desaparición, sobre la difuminación. Bien mirado –parece decirnos este novelista– es raro que aceptemos la muerte de quienes nos han ido conformando. No sólo los padres o los consanguíneos y afines, sino también esos otros individuos que sin tratarlos habitualmente estaban en nuestro paisaje. Creemos que sólo nos importan unas pocas personas y no es así. De repente, cuando los desconocidos o vagamente conocidos ya no están, cuando han muerto o nos han abandonado, descubrimos que también ellos formaban parte de nuestro entorno emocional. Aceptemos, pues, a quienes nos rodean y tratemos de pensar la vida sin ellos. De inmediato comprobaremos que la existencia es una continua amputación. ¿Cómo es posible vivir así, sin ellos?

María Dolz trabaja en una editorial y se codea con escritores. Su vida, la existencia de esta mujer de treinta y tantos años, es rutinaria y previsible. Cada mañana, antes de entrar a la oficina, desayuna en una cafetería de la parte alta de Príncipe de Vergara, en Madrid. Es un hábito saludable, pero no por la dieta, sino por la alegría que algunos parroquianos le dan. Todos los días, un hombre y una mujer hacen lo mismo que ella: desayunan antes de separarse. Parecen profesarse todo el amor, una ternura sin énfasis, sin ostentación. Ríen, sonríen y susurran con complicidad, con dicha. María los ve desde una mesa cercana y su satisfacción crece. Envidia su felicidad y a la vez les agradece interiormente el contento que le procuran. Hay personas que nos confortan, que nos infunden optimismo. Su simple presencia nos anima y nos ayuda a sobrellevar lo ordinario y lo repetido, que es el grueso de la existencia. Expresamente no hacen nada por nosotros, pero ese deleite que las envuelve, su dinamismo, su energía sensata o su placidez nos alivian de tanta carencia, de tanta duda, de tanto ultraje secreto o manifiesto que padecemos.

Observemos la fotografía de la cubierta. Es la imagen misma del optimismo y la felicidad. Pertenece a Elliott Erwitt, célebre retratista de la agencia Magnum. Es muy preciso lo que en una página Erwitt dice de su arte y eso que dice es muy pertinente para el caso de esta novela.

“Uno de los resultados más importantes que se pueden conseguir con la fotografía es hacer reír. Si además se altera la risa con las lágrimas, como ha hecho Chaplin, se logra la conquista más importante. Yo no apunto forzosamente tan alto, pero reconozco que se trata del objetivo supremo”.

En parte, eso es lo que nos confiesa María, la narradora de Marías. En una página de la novela leemos sobre esta gran verdad:

“Hay personas, que nos hacen reír aunque no se lo propongan, lo logran sobre todo porque nos dan contento con su presencia y así nos basta para soltar la risa con muy poco, sólo con verlas y estar en su compañía y oírlas”.

Y sigue: “Eran el breve y modesto espectáculo que me ponía de buen humor antes de entrar en la editorial a bregar con mi megalómano jefe y sus autores cargantes”. Más aún: era explícito “lo bien que lo pasaban juntos”, esa pareja tan elegante y cordial, risueños y simpáticos, pero no empalagosos ni edulcorados. De facciones gratas y expresión afectuosa, él lucía hoyuelo en su barbilla. Aún lo recuerda con precisión y todo detalle. Ambos sólo cruzaron con María Dolz “alguna mirada, de mera curiosidad, sin intención y jamás prolongada”. Sentada a una mesa de la cafetería, cerca pero no lo suficientemente cerca, la narradora los veía hablar. Hablaban, en efecto, y María se preguntaba de qué hablaban, pues “su conversación sólo me alcanzaba en fragmentos, o en palabras sueltas”. Trozos de una totalidad que se desconoce, cachitos de un entero que se ignora. ¿Qué significaba todo aquello, todas las voces malamente captadas, expresión de una felicidad ajena? La narradora y esa pareja nunca llegaron a hablar: apenas un par de gestos de reconocimiento o una ligera inclinación de cabeza. Y de repente, él muere.

Miguel Desvern o Deverne –pues hay dudas sobre su apellido—aparece fotografiado “en el periódico, apuñalado y medio descamisado y a punto de convertirse en muerto”. ¿Quién lo ha acuchillado? Por lo que cuentan las crónicas contradictorias de los diarios, el autor del crimen lo hizo “por confusión y sin causa, es decir, imbécilmente”. ¿Por su libre voluntad? ¿Inducido? Buena parte de la novela es una profunda disquisición sobre este particular y es también una inquietante reflexión sobre la conducta de los vivos, de los que permanecen. ¿Qué hacemos los que quedamos? Los deudos pronto olvidamos a nuestro muerto “y nos limitamos a darlo de baja”. Pronto nos acostumbramos a su falta. “No sé cómo lo resistimos, ni cómo nos recuperamos”, se dice María Dolz. La narradora, precisamente, se resiste a olvidar a esta pareja rota, que ella denominó la Pareja Perfecta, a estos seres –Miguel Desvern o Deverne y Luisa Alday– que le daban contento cada mañana mientras todos ellos, en sus respectivas mesas, desayunaban en aquella cafetería de la parte alta de Príncipe de Vergara, un suspiro o un alivio matutinos de felicidad, de felicidad conyugal.

¿Y las lágrimas, las lágrimas de la pareja que Elliott Erwitt no retrata en su bellísima instantánea? ¿Qué pasará cuando alguna de esas personas ya no esté? ¿En qué desamparo nos dejará? ¿Averiguaremos qué fue de ella? Y, en el caso de que entonces sepamos cosas que ignorábamos, ¿cuál será nuestra actitud? Los individuos somos seres decepcionantes. Pero no porque afectemos ser lo que no somos; no porque nos equivoquemos con las apariencias. Somos decepcionantes porque continuamente decimos –y nos decimos– lo falso; porque constantemente mentimos –y nos mentimos— con lo obvio, porque queremos aferrarnos a unas esperanzas que tienen mucho de quimeras. Creemos vivir como adultos, con soberanía y competencia, y resulta que pronto, bien pronto, descubrimos que somos dependientes de personas con las que ni siquiera tenemos trato cercano o íntimo, personas tan inconstantes o tan inestables como nosotros. La red de sociabilidad humana es verdaderamente asombrosa. ¿Cómo es posible que nuestras relaciones se basen en tantos supuestos y en tantas expectativas precarias?

El personaje principal de Los enamoramientos, María Dolz, cree vivir una experiencia de la que sabe lo básico, pero la pareja con la que no trata, los asuntos de los que hablan y los avatares de que participan son confusos, imprecisos, de significado incierto. Al menos para ella y por tanto para nosotros, dado que María es quien nos precisa los hechos y su interpretación. No es un problema de la novela. Es el objetivo de la novela. En este sentido, es una obra de gran realismo. En la vida suelen ocurrir muchas cosas. En las novelas, normalmente también: aunque hay datos no dichos, elipsis que abrevian, saltos en el tiempo, también en ellas se nos proporcionan muchas informaciones sobre hechos numerosos que pasan en el interior de esas ficciones. Los medios de comunicación nos han habituado a este modo de ver y de vivir lo real. La sucesión, la acumulación y la concurrencia de acontecimientos nos parecen lo evidente, lo natural. Todo ocurre a la vez y todo está pasando. Ese vértigo informativo es a la vez saturación.

¿Pero qué pasa cuando acotamos y a la vez profundizamos, cuando detallamos y reproducimos el transcurso del tiempo? Me refiero al tiempo real que pasa lentamente en un presente continuo en el que hay hechos y conjeturas sobre acontecimientos escasos. Si lo pensamos bien, así ocurre en nuestras vidas. Nos pasamos una parte importante de la existencia en suspenso, mudos, especulando: vaticinando lo que aún no ha ocurrido y no es presente. O nos pasamos una parte sustancial de la vida fantaseando, sopesando y columbrando lo que es pasado y ya no tiene remedio. O sí, porque los hechos dependen de sus relatores, de la historia que da significado a los acontecimientos que evocamos. Así lo decía Marías en Mañana en la batalla piensa en mí (1994) y en Negra espalda del tiempo (1998).

María Dolz reconstruye parte de esos hechos pretéritos mientras vive azarosamente un amor que nunca será conyugal. Es propiamente un enamoramiento, algo más ligero, provisional o imprevisible… La narradora será informada por su partenaire con sinceridad o con doblez, sin que nunca ella pueda asegurar la verdad del relato recibido. Amará sin esperar gran cosa; seguirá trabajando en la editorial sin dejar de detestar a los escritores, tan maniáticos y hasta pendencieros, tan involuntariamente cómicos. Pero sobre todo María Dolz cavilará y reconstruirá para nosotros los lectores lo que cree que otros personajes piensan, dicen o hacen. Presumirá constantemente, predecirá retrospectivamente. ¿Por qué razón? Porque sabe poco y lo poco que sabe es incierto, equívoco y posiblemente falso o engañoso. La novela es, pues, un relato posible, una reconstrucción virtual de lo que pudo ocurrir. María se esfuerza en dar significado a las cosas y para eso tiene tratos con algún amigo cercano de Miguel y de Luisa: con Javier Díaz-Varela, ese a quien antes mencionábamos. Es éste un personaje de rasgos reconocibles que yo aquí no desvelaré. No es escritor pero frecuenta a literatos, a profesores de literatura (como ese Profesor Rico a quien ya veíamos en Tu rostro mañana, 2002-2007). Y tendrá tratos con Ruibérriz de la Torre, vinculado a Díaz-Varela y a la postre un tipo chulesco e impulsivo (que ya conocíamos por Mala índole, 1998).

Con Díaz-Varela y con Ruibérriz, con sus presencias reales, María vive una historia distinta, una historia propiamente humana, dudosa, sin compromisos firmes y con miedos: te doy para que me des; te digo para que me digas. Buena parte de la novela es el diálogo que mantienen María y Javier. Lo narra ella, pero reproduciendo largos pasajes en estilo directo. Así, los lectores accedemos o creemos acceder a lo que Javier sostiene y defiende. Es un tipo de verbo inflamado que sermonea, que discursea, que incluso conferencia privadamente; un tipo que se vale de ejemplos literarios (Balzac, Dumas) para ilustrar sus pláticas. ¿Por pedantería? No es una afectación o una impostación: simplemente, él es así. Vive la literatura como si las novelas fueran exámenes potenciales y de ellas extrae enseñanzas. Pues bien, todo lo que leemos y todo lo que María dice que dice Javier gira en torno a Miguel y a Luisa… María escucha y literalmente se embelesa. Ha de hacer esfuerzos para no dejarse atrapar por esa labia, por esos labios. Ha de hacer esfuerzos para no dejarse derrotar por la contundencia expresiva y corporal de Ruibérriz. Ella misma, después, nos contará las cosas con elocuencia, con extensión, pero sin discursear. Ella misma reproducirá para nosotros los largos parlamentos de Javier.

En esta novela hay ironía y hay desenvoltura, una expresión que se dilata y una reflexión sobre unos cuantos asuntos, una reflexión que se precipita en honduras. Hay palabras que vuelven como un ritornello –y al repetirlas adquieren resonancias nuevas– y hay una corriente de conciencia, una especie de monólogo y una confesión que informan y dan sentido: nos intrigan, nos hacen suspender el ánimo, en espera de lo que va a ocurrir o del significado real de las cosas. El lector no sabe y el autor parece saber menos que su narradora. María nos cuenta los hechos manifestando su sorpresa y confesando sus estados de ánimo, siempre pasajeros y sucesivos: conforme los incidentes suceden y se precipitan. Pero no hay vértigo de los acontecimientos… La prosa de Los enamoramientos activa un mundo calmo de gentes distraídas, atentas o preocupadas que toman decisiones, que realizan acciones, algunas punibles. O no. Sus páginas conforman un espacio suspendido, algo borroso, en el que los personajes entrevén y prevén, presumen y suponen, charlan y engañan.

Leemos algo que María nos cuenta y de cuya veracidad no tenemos pruebas. Relata y por ello creemos acceder a su intimidad. ¿Pero con qué fin narra esto que ahora leemos? ¿Por qué verbaliza lo que ve? ¿Por qué dice lo que siente, experimenta o sospecha? No sabremos la razón. Pero narrar siempre es un alivio, una forma de descargar lo que pesa o daña; o es un forma de justificarse, de legitimarse, de racionalizar lo que hicimos o dejamos de hacer. ¿Cuánto hay de verdad en este cuento de María? La narradora cree haber hecho cosas de las que se arrepiente o cree que ha dejado de hacer cosas que debería haber realizado. Todo eso nos lo detalla. Es, pues, muy precisa, pero al mismo tiempo confía en que ciertos hechos no se destapen, no se revelen. Confía en que determinados actos y pensamientos queden sin saberse. “No está de más que algunos hechos civiles, si es que no la mayoría, se queden sin registrar, ignorados, como es norma”.

Hay una constante en Marías: en esta novela y en otras suyas. Es el ocultamiento que indebidamente se ha revelado o amenaza con destaparse, un secreto que casi siempre se refiere a la muerte. Con frecuencia, el incipit en Marías ya adelanta el asunto: la revelación del arcano y la referencia a la muerte. Hagamos una breve enumeración de esos inicios. Empecemos con Corazón tan blanco:

“No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados”.

Prosigamos con Mañana en la batalla piensa en mí:

“Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda. Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento más inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo, y creemos que nadie que no esté previsto habrá de morir junto a nosotros. Muchas veces se ocultan los hechos o las circunstancias: a los vivos y al que se muere –si no tiene tiempo de darse cuenta– les avergüenza a menudo la forma de la muerte posible y sus apariencias, también la causa.

Y concluyamos con Tu rostro mañana:

“No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido. Contar es casi siempre un regalo, incluso cuando lleva e inyecta veneno el cuento, también es un vínculo y otorgar confianza, y rara es la confianza que antes o después no se traiciona, raro el vínculo que no se enreda o anuda, y así acaba apretando y hay que tirar de navaja o filo para cortarlo”.

Ahora, en Los enamoramientos, el motivo de la muerte también se sabe desde el principio:

“La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última que lo vio su mujer, Luisa, lo cual no dejó de ser extraño y quizá injusto, ya que ella era eso, su mujer, y yo era en cambio una desconocida…”

Pero la necesidad de ocultar es algo que sólo aparecerá más adelante conforme avancemos en el desarrollo de unos acontecimientos confusos o que la narradora ve o quiere ver como confusos. ¿Por qué? Repitamos lo que dice: que ciertos hechos civiles queden olvidados. Esto es, en la impunidad. ¿Pero, entonces, cómo es que leemos esta larga confesión? En principio, ella misma se dice: nadie va a juzgarme; tampoco hay testigos de mis pensamientos. ¿Cómo que no hay testigos? Eso no es exactamente así: la novela que ahora leemos es una exposición de dichos pensamientos. Nosotros somos cómplices. Lo evidente y lo enredado nos llegan gracias a ese caudal escrito, a ese torrente de revelaciones seguramente inexactas.

En primera persona, el yo narrador confiesa y expone, parafrasea a otros personajes y reproduce conversaciones. Pero sobre todo reconstruye hipotéticamente los actos, los pensamientos y los sentimientos de terceros: conjetura sobre lo que ellos mismos han podido conjeturar, de modo que nos hace ingresar en un mundo evanescente de círculos concéntricos; en un mundo hecho de posibilidades y de probabilidades –de actos y de significados potenciales–; en un mundo del que lo ignoramos casi todo y del que intuimos o sospechamos mucho más. El yo que habla supone y presupone con atención despierta o con recelo. Es una persona impresionable, también sugestionable, muy dada a profetizar lo que ya ha ocurrido. No sabe mucho de lo que ve: la muerte o su simple amenaza la dejan desamparada. Cavila y se abandona a reflexiones interminables, a presunciones.

Y el lector, tras cuatrocientas páginas, lamenta el fin, el cese de una narración que bien podría habernos llevado a una novela aún más extensa y meditabunda, a un cuento largo de intimidades que nos están vedadas. Cotilleamos, pues. Hay melodrama y hay suspense, hay una historia de amor no correspondido y hay costumbrismo, paradójico costumbrismo: una radiografía borrosa de almas que son fantasmales, sombra o voz. Todo transcurre en Madrid, en una novela “no necesariamente castiza”. Allí aparecen tipos locales y bien característicos, gentes inestables y poco constantes a las que también dañan el desaire, la traición, la pérdida. Es, pues, un retrato muy preciso. ¿O es más bien un autorretrato? ¿De quién?

Leer la reseña original en Ojos de Papel.

Uno. Nota de prensa de la Fundación José Manuel Lara. La imaginación histórica. Ensayos sobre novelistas españoles contemporáneos, de Justo Serna, ha recibido el Premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos. Por su parte, Carmen. Biografía de un mito, de José Manuel Rodríguez Gordillo, ha ganado el Premio de Biografías Antonio Domínguez Ortiz.

Los premios los concede la Fundación José Manuel Lara e Ibercaja Obra Social en memoria de estas dos personalidades del mundo de la cultura y la investigación, que fueron patronos de dicha fundación. Serán entregados el sábado 12 de mayo en el Ayuntamiento de Sevilla en el marco de la Feria del Libro.

El Jurado  de los dos premios ha estado compuesto por José María Casado Raigón, Pedro Cerezo Galán, Jacobo Cortines Torres, Ignacio F. Garmendia, Magdalena Lasala Pérez, Joaquín Pérez Azaústre y Antonio Prieto Martín. El Jurado destacó en La imaginación histórica. Ensayos sobre novelistas españoles contemporáneos, de Justo Serna, “la originalidad y  actualidad de su enfoque aplicado a desvelar desde la Historia las relaciones entre realidad y ficción en la obra de cinco narradores españoles contemporáneos (Luis Landero, Arturo Pérez Reverte, Eduardo Mendoza, Antonio Muñoz Molina y Javier Cercas), que cultivan la ficción como una forma de construir nuevas realidades”.

Seguiremos informando… 

Ilustración: El monstruo lee, por Monigote

Drácula en la Academia

22 abril 2012

Uno. Por Drácula (1897), de Bram Stocker, siento especial simpatía: casi casi un apego inexplicable. Sin duda, el cine ha contribuido. Siempre que puedo veo la película de Tod Browning (1931) y siempre veo a Bela Lugosi y a Helen Chandler encarnando sus papeles. Escribí un artículo para Claves de razón práctica en 2002. De eso hace ya diez años (cómo pasa el tiempo). No tanto, no tanto: nada en el cómputo vampírico. Luego, debidamente rectocada, dicha reflexión (Simpatía por el vampiro) fue a parar a uno de mis libros, a Hérores alfabéticos.

No era un mero reciclaje de materiales ya publicados; era un rescate. Yo tenía una obligación y un compromiso: a Drácula había que auxiliarlo porque, por hache o por be, estaba y está a punto de ser arrollado, aplastado. ¿Por quiénes? En primer lugar, por aquellos contemporáneos suyos que lo persiguen con el fin de eliminarlo. Estamos a finales del Ochocientos y coetáneos del Conde son, entre otros,  Jonathan Harker, el Profesor Van Helsing y Quincey P. Morris. ¿Coetáneos? Tal vez no sea una palabra apropiada… En segundo lugar, por quienes lo leemos y releemos: lo hacemos con el fin de experimentar algo arriesgado y lascivo, algo propiamente pecaminoso. De nuestro apego hay que salvar al Conde.

Dos. Harker es el joven burgués, próspero, prometedor, meritorio que asciende en la clase media. Nace en Exeter y empieza su vida laboral como pasante de procurador. Van Helsing es el científico experimental, sabio, erudito, sagaz, con escaso sentido práctico, pero a la postre hábil conocedor del submundo o de lo inmundo. Lo paranormal y lo inconsciente resultan, en aquellas fechas, terrenos comunes o lindantes, y el espiritismo es el entretenimiento mayor de los aburridos victorianos. ¿Y Quincey P. Morris? Es otro de esos varones con los que simpatizo, el americano contundente, poco dado a la ensoñación o a la duda, eficaz con el rifle Winchester de repetición. No me pregunten por qué me atrae. ¿Quizá porque es sencillo y expeditivo?

¿Y las mujeres? Contamos, entre otras, con Mina Murray (luego Harker), Lucy Westenra. Son jóvenes, bellas, bonitas, dispuestas a cumplir el papel para el que están reservadas, pero también muchachas audaces, a punto de abandonar las funciones para las que han sido educadas. Son mujeres victorianas, sí, cubiertas con vestidos que apenas dejar ver algún centímetro de su epidermis. Pero son chicas que aspiran a algo, algo más. Mina, por ejemplo, tiene un secreto, una meta que la llena de satisfacción o por la que se siente orgullosa: quiere ser periodista. Repito: estamos a finales del siglo XIX. La historia que Bram Stocker nos cuenta en Drácula es la de una cacería, caza mayor: la persecución de un vampiro que espera adueñarse del mundo y de las almas de sus congéneres. Eso hay que impedirlo, se dicen Harker y su cofradía.

Tres. ¿Por que siento tanto apego por Drácula? De entrada no comparto nada con él. ¿Quién es el Conde? ¿Un vampiro que arrastra durante siglos su vieja condición? ¿Un noble que sobrevive a las revoluciones tratando de adaptarse al orden victoriano del mundo? Adaptarse es un verbo incorrecto. En realidad, Drácula resulta un inadaptado. No es un aristócrata que quiera hacerse perdonar su pasado feudal. Él no se disculpa por las cacerías que  emprende. No siente malestar por lo que hace y lo que hace es también caza mayor. El vampiro sobrevive eliminando a sus antiguos congéneres, sorbiendo sus fluidos, especialmente la sangre de esas mujeres que son tentación y que a él le dan vida. O mejor: los líquidos femeninos lo tonifican. Él es un varón devorador, un hombre que las seduce con sus modales arcaicos y refinados, con su acecho emocional. Las violenta, sí… Si las muerde, el bocado las envenena, las perturba, sacando de ellas su parte libidinosa, la furia sexual. ¿A cambio de qué? ¿De placeres carnales, de frote, de excitación permanente? Parece un futuro prometedor. Pero la condición del vampiro es una agonía inacabable:  un estertor y un coma; una sucesión de convulsiones y aletargamientos. Y es agonía en el sentido de ansia, de deseo vehemente, y también en el sentido de angustia física y psíquica: Drácula siempre tiene mal cuerpo.

Eso, todo eso, es lo que creemos, lo que nos hacen creer: lo que Jonathan Harker dice como narrador y organizador de los materiales del relato. La novela está concebida como una sucesión de documentos, extractos de diarios, etcétera, que Harker dispone para nosotros. Pero el buen señor nos confiesa algo, hacia el final, que nos hace dudar de su palabra. Dice:

“He sacado los documentos de la caja de caudales donde permanecieron hasta nuestro regreso. Nos impresionó el hecho de que en todo ese material de que se compone la terrible historia, apenas haya un documento auténtico. Sólo está formado por un conjunto de cuartillas mecanografiadas (…). Difícilmente, por tanto, podríamos exigirle a nadie que los aceptase como prueba irrefutable de una historia tan fantástica”.

Esta acotación la hace Jonathan. Y esta observación la escribe, claro, Bram Stoker. De Harker, yo no me fiaría mucho: ¿por qué hemos aceptarle una historia tan terrible de seres que duran una eternidad y que chupan la sangre humana? ¿No será acaso el delirio de un varón aturdido por excitaciones sexuales, por la lectura de sucesos, por los libros de vampirismo, por leyendas que han pertubardo sus entendederas? Los historiadores pedimos documentos originales, pruebas irrefutables. Harker sólo puede aportarnos copias que estaban encerradas en una caja fuerte. ¿Y cuál es el crédito que todo eso merece? ¿Su palabra?  En fin… Pero a Bram Stoker se lo aceptamos todo: le aceptamos esta historia increíble de vampiros que leo y releo y que sigue mereciendo atención.

Hace cien años que murió Stoker. En la última sesión del del Máster de Historia Cultural que impartimos Anaclet Pons y yo mismo en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia, Drácula apareció y reapareció, sobrevolaba. Aparte de otros personajes literarios que nos rondan desde hace siglos o de caracteres recién inventados, el Conde tuvo especial protagonismo en la clase.

La historia cultural rastrea y examina objetos y artefactos, materiales o inmateriales, productos que nacen en un contexto y que tienen efectos (y también defectos). En la última semana, a Drácula se le ha tratado en prensa: Gregorio Belinchón le ha dedicado un artículo muy sentido. Y También Boris Izaguirre, sí. De la novela y del autor se han dicho cosas buenas y críticas: que no escribía admirablemente bien, que había cierta tosquedad o descuido en el personaje. Paparruchas, paparruchas.

Si alguien me pidiera consejo para reconstruir fantasiosamente el siglo XIX, si alguien quisiera adentrarse en la época victoriana y me solicitara guía, yo le recomendaría Drácula. Pero a la vez le advertiría. Ya es demasiado tarde: el Conde está aquí y Alejandro Lillo ya está tratándolo. Con él, sí, tiene tratos. Y a un tratamiento lo somete. El resultado será un informe pericial y terapéutico de primer orden.

Ándense con cuidado.

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Presente continuo. Con noticias de actualidad política.

 

Ese individuo solitario

26 marzo 2012

Uno. Si no me equivoco, de Antonio Tabucchi creo haber escrito un par de veces. Sólo un par de veces. La primera fue con motivo de una pequeña polémica que el novelista mantuvo con Umberto Eco. Yo hablaba de los intelectuales y la controversia entre ambos me resultaba muy didáctica. Era en 2005.

La segunda fue en 2010, al recordar mi lectura de Sostiene Pereira (1994), una novela que había comentado con mi padre en 1996 y que había  leído por la misma época en que lo había hecho con el clásico de J. D. Salinger El guardián entre el centeno (1951). ¿Qué tienen que ver ambas obras?

De entrada no hay nada que las emparente. Pero si lo pensamos bien tienen mucho en común: Caulfield y Pereira son individuos apocados, tímidos y solitarios que un día deciden erguirse. Tienen algo de ridículos y de egregios. Caulfield es un adolescente inquieto y maldito, simpático e integrado. Su relato tiene un tono cómico y finalmente optimista.

El protagonista de Sostiene Pereira es un pequeño héroe de los tiempos sombríos, en el Portugal de 1938: alguien temeroso que se convierte poco a poco en un tipo digno y moderadamente rebelde. Un acto final lo redime, un acto épico e inteligente. Sostiene Pereira es una novela sencilla que va agravándose y creciendo. Nos dice mucho de la vida y de nosotros. Más que un tratado:

“La filosofía parece ocuparse sólo de la verdad, pero quizá no diga más que fantasías, y la literatura parece ocuparse sólo de fantasías, pero quizá diga la verdad”.

Mi padre me había hablado de estos libros…: conforme pasa el tiempo, su falta se me hace más explícita y dolorosa. No compartíamos lecturas ni entusiasmos literarios, pero sus recomendaciones siempre me hacían interrogarme. Justamente por eso, este fin de semana he pensado lo que dice Vilnius, el personaje de Aires de Dylan (2012), de Enrique Vila-Matas: en ocasiones creo que él ocupa mi pensamiento. Punto y aparte.

Dos. Como me entusiasmo enseguida con lo que me atrae, el nuevo objeto imanta todo lo que leo. Son pequeñas obsesiones que no hacen daño a terceros. O eso creo.

Recuerdo cuando años atras leía y leía sin parar cualquier página de Fernando Pessoa y sobre Fernando Pessoa. Era uno de esos clásicos que tenía pendientes, que no había disfrutado aún, cosa por lo que me sentía culpable. Cuando descubrí la virtud del autor portugués, entonces no pude parar. Libros gruesos y finos, eruditos y ensayísticos: una dieta bulímica (si me permiten esta expresión tan desgraciada).

De todas las páginas que leí, aquellas  que me deslumbraron por su sencillez y justeza fueron las de Un baúl lleno de gente (1997) de Antonio Tabucchi. Con precisión, el escritor italiano (finalmente portugués) detalla por qué hay que leer a Pessoa: a él, a sus heterónimos y a sus semiheterónimos. Ahora me doy cuenta de que ese volumen de Tabucchi me influyó mucho en la reseña que escribí del Libro del desasosiego para Ojos de Papel. La publiqué en 2003 con motivo de la nueva traducción que de esta obra había hecho Perfecto E. Cuadrado.

El volumen de Tabucchi tiene páginas exactas sobre el desdoblamiento (o, mejor, la multiplicación), el trabajo sedentario del oficinista (al modo de Franz Kafka), la soledad, la condición extranjera, el amor, el alcohol, la desazón (o propiamente el desassossego), la ensoñación infantil, las trivialidades. La vida. Fue Tabucchi quien más me enseñó sobre Pessoa, quien me hizo ver que la extraterritorialidad es una condición que se puede vivir internamente.

Titulé aquella reseña Interior noche: Tabuchi ha regresado a esa noche real y metafórica. Su viuda se llama Maria José Lancastre. ¿Qué puedo decir? Que la acompaño en el sentimiento. Su apellido, tan portugués, es una derivación de Lancaster: originario del inglés, claro. Ahora, dicho linaje reaparece en Vilnius Lancastre y en su padre, personajes de la última novela de Enrique Vila-Matas (Aire de Dylan).

Qué cosas.

Imágenes:

Antonio Tabucchi, AFP

Marcello Mastroianni, fotograma de Sostiene Pereira (1996), de Roberto Faenza.
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