Home

Natalia Ginzburg

4 marzo 2014

Natalia-Ginzburg (2)[1] Estoy ultimando una ponencia sobre Natalia Ginzburg. La escribo como lector y como historiador, no como filólogo. Mi competencia es limitada, pero de ese obstáculo obtengo ventaja.

Mi texto es una conferencia para este jueves próximo en la Facultad de Filología de Valencia (salón de grados a las 10 horas). Es un acto académico sobre escritoras italianas. El evento lo organiza Juan Carlos de Miguel, amigo y a la vez profesor de campanillas. Me encanta participar en todo aquello que él prepare.

Mi texto trata de esta escritora italiana y trata de sus modos de expresión, de sus maneras de comunicación. De su gestualidad. Esa forma de abrigarse con una manta o mantilla, al estilo clásico; esa forma de fumar. En la posguerra, fumar era un logro femenino. Abordo la humildad y  la inestabilidad: ser judía y ser a la vez católica. Ese no lugar de quien no fue a la escuela primaria por indicación e instrucción del padre.

Hay un género expansivo, dominante: la novela. Quien la cultiva se envanece justamente con los resultados. Una novela lograda es una conquista cultural: lleva camino de convertirse en un clásico. El lector puede pasar horas, días, semanas en una historia que no le concierne y que –gracias a la autora Natalia Ginzburg en este caso– se convierte en un asunto suyo.

Pienso, por ejemplo, en Léxico familiar (1963) o en Nuestros ayeres (1952): Giznburg convierte en materia de relato lo que es experiencia personal, heridas;  y experiencia fantaseada, lo que es amor y un dolor inextinguible. Lo que es familia y sensibilidad. Lo que es expectativa y fracaso, puro fracaso.

Ella fue una mujer pionera. Murió en 1991 y no hemos dejado de leerla. Se empeñó en ser lo que quiso ser en una posguerra italiana y mundial larga y tensa. Quiso trabajar sin depender del acierto masculino. Tuvo presencia y protagonismo en una editorial de enorme trascendencia (Einaudi). Se casó un par de veces: la primera con un judío oriental, Leone Ginzburg, asesinado por los nazis. Concibió hijos de gran nombre: entre ellos, Carlo Ginzburg, ese historiador de exquisita mirada y mejor formulación al que siempre atiendo. Pero ella quiso ser ella.

Se declaró perezosa, se profesó ajena y solitaria. El resultado de su acción e inacción es una literatura de mucha enjundia. Una escritura de expresión y de laboratorio: no fue mera impresión ni chiripa. Hay un ejercicio de estilo para perfilar y trazar su propio autorretrato. La ficción fue su dominio, pero sus colaboraciones periodísticas fueron también filigranas.

Podemos llamarlas columnas, artículos, ensayos: siempre es un yo que se vuelca, que se abre, que se desnuda con pudor y dolor. No es un autora del montón. Es un montón de literatura lo que podemos hallar en sus escritos. Siempre que la leo es como si acabara de descubrirla. Es sencillamente genial. No exagero: no suelo emplear estos calificativos.

Releo a Natalia Ginzburg y confirmo una y otra vez la suavidad, la honestidad, la humildad.

Qué finura.

Poesía y tiempo muerto

22 febrero 2014

A Antonio Machado.

.
He tenido la fortuna de que un poeta me haga un obsequio, su propia palabra. Quien no lee versos habitualmente no sabe lo que ese gesto significa. Regalar un poema es un acto de desprendimiento, de máxima generosidad, pues el verso no se expele ni se expresa, se concibe, se mide, se elabora.

imageEs un pronto y es una dilatación: suelto, pero a la vez atado a una vecindad léxica y semántica en la que sólo es fragmento posible de una eternidad siempre vasta.

Quien te hace dicho presente es generoso y egoísta a un tiempo: espera de ti a un lector amigo, pero también crítico, un destinatario que lee con la mayor atención y con el menor compromiso, con la menor atadura. Has de sentirte libre para captar lo que el poeta dice y para sorprenderte con lo que tu no sabías manifestar.

Quien es obsequiado y no se dedica a la crítica sólo aspira a la felicidad o al dolor que el poema provoca, sólo anhela la justeza de las palabras, la correspondencia de las palabras y las cosas, la hondura sin reflejo de un poema irrepetible.

La presentación de ‘Un fragmento de eternidad’ (2014) estuvo avalada por Jaime Siles y Rafael Coloma, dos nombres importantes de la cultura, dos creadores con obra y consecuencia. Gregorio Muelas se buscó padrinos de fino olfato para afirmar y afinar su voz lírica. El poemario ‘Un fragmento de eternidad’ no tuvo públicos masivos, muchedumbres en espera de la gran estrella. Pero, a lo que me cuentan, tuvo fieles lectores de un poeta ya maduro, un gentío potencial.

La obra es rica en resonancias culturales, con ecos musicales y referentes semienterrados. Tarea del lector podría ser exhumar ese saber del que Muelas se desprende a manos llenas que deja como hitos. Es una lectura potencial.

Yo prefiero, sin embargo, la pura musicalidad de las palabras, esos poemas con estructura métrica o en verso libre. La asociación sonora y semántica, la aleación del cultismo y de la naturaleza, lo primario, lo básico, lo elemental. Son numerosas las imágenes que Muelas nos regala, pero hay una que nos golpea una y otra vez: la nada, la eternidad.

Sorprende que un joven poeta (1977) sea capaz de hablar con tanto tiento del tiempo, de su consumo y final, de la cosa y de la coda que se avecinan. Estamos hechos de presentes discontinuos, que son chiripa y regalo; de instantes que concluyen dejando efectos y también defectos; de momentos que no son nada y que después recordamos u otros recordarán por nosotros.

Muelas obtiene fragmentos de eternidad. Para quienes lo conocemos, su palabra en prosa, su oralidad, es torrencial, probablemente porque teme a la muerte; probablemente porque emplea el discurso como una defensa y como una persuasión. La vida es agresión y decepción. Hay que ponerse a cubierto, pues. En cambio, su palabra en verso es perturbación, es desnudez y es contención: la existencia a la intemperie, un vivir ante la naturaleza, ante la naturaleza caduca, terminal, fatal de las cosas.

No quiero reproducir fragmentos de esa eternidad que Muelas retrata con mano maestra. Y no quiero hacerlo porque mi repetición amputa el verso, el poema, el efecto, esa sonoridad tan bien lograda, esa expresión estricta y evocadora. Compren el libro y léanlo, reléanlo, reléanlo. En cada acto se enriquecerán. Es un poeta de los elementos básicos que se vale de todo tipo de recursos culturales. Es cantor de civilización y verificador y versificador de la muerte siempre potencial. Aún es envidiablemente joven. No se lo pierdan. Él se ha llevado la llama que aún quema.

El joven se acercó al encerado. Se sentía cohibido, tal era la crueldad de sus compañeros, esa cobardía con la que todos acogían el error ajeno. Siempre era lo mismo, la rechifla general.

Tomó aire y respondió tajante, con determinación, a la pregunta formulada. No la había leído en el manual, sino en un volumen que su padre disponía: algo muy raro, pues en casa no había muchos libros y menos de historia. Pero Fernando S. se lo había aprendido con orgullo. Aquello le parecía valioso y verdadero.

El profesor, con malas maneras, había aprovechado para dormitar una siesta intermitente recostado en el pupitre. Fernando S. ignoraba su reacción y, por ello, procuraba pronunciar su disertación en voz baja. Para no molestar su sueño.

Mejor así. Siempre avinagrado, la brusquedad del profesor no tenía límites. Castigaba los errores con violencias. Bofetones, capones. Por supuesto, lanzaba los borradores con furia y las tizas de canto, auténticos proyectiles. Que ahora estuviera sesteando no garantizaba la paz en el aula.

–”La historia sirve para averiguar parte de lo sucedido, lo que puede documentarse, eso que hicieron los antepasados y de lo que quedan restos. Suponemos que de su ejemplo conocido podremos aprender”, fijó Fernando S.

Los otros callaban, salvo un par de compañeros que asentían levemente, sin ningún énfasis. Uno de ellos era de piel cetrina, musculoso. Pasaba por inculto y retador. Le divertía amedrentar como un matón. Se llamabaimage Armero. Fernando S. jamás recordaba su nombre. La odiosa costumbre de interpelar por el apellido… Todas las mañanas, entre Fernando S. y Armero había intercambios de sus respectivos bocadillos. Habían llegado a un pacto. Fernando S. era su protegido.

–”La historia sirve para conocer mejor el presente, siempre a punto de perecer. Con las enseñanzas del pasado, los contemporáneos establecemos comparaciones. Comprobamos si se repiten los hechos o no, si se repiten los traspiés o los éxitos”, siguió Fernando S. con mucha prosopopeya.

Sus compañeros no daban crédito a estas palabras resabiadas. Qué pesadez. O eso es lo que se traslucía de sus rostros confusos, irreales. Al mismo tiempo, el profesor padecía un estrépito digestivo. Prácticamente tumbado sobre el pupitre, dejaba escapar hipos y algún pedo. Todo ello a baja intensidad. ¿Acaso estaba asimilando lo dicho por Fernando S.? No parecía. Allí seguía sin atender. Al menos aparentemente. De pronto, el profesor hizo un gesto despectivo, como una pequeña convulsión, que no se sabía a qué respondía. Quizá al malestar de su metabolismo, quizá al estruendo creciente de los alumnos, quizá a ese mocoso que le estaba largando un discurso impropio.

–”La historia sirve para establecer analogías pudiendo así distinguir lo ocurrido de lo que está por venir. La historia no profetiza, pero ayuda a inferir qué podría suceder, dadas las circunstancias. La historia es la disciplina del contexto y de las diferencias”, recalcó Fernando S.

Los muchachos ya no se reprimían. Habían empezado a realizar molestos ruidos con los lapiceros. Abrían y cerraban la tapa de los pupitres y sin duda eran ya un elemento hostil. Fernando S. buscó la mirada aprobadora de Armero, pero el joven jaleaba a los más alborotadores.

“La historia no sirve para nada de lo que he dicho”, interrumpió en voz alta, con rabia, casi llorando. “No nos vale”, insistió. “Lo que vale es aprender, leer, retener para expresarte, para razonar con agilidad. Hacerte una cultura de aluvión y de impresión: con poca cosa, con folletos y solapas, aprendes y así te desenvuelves. Lo que lees fermenta y lo que afirmas queda. Di las cosas como si fueran las últimas que fueras a pronunciar, concíbelas y escríbelas como si eso fuera lo único que quedara de ti. Entonces pensarás”, apostilló. “Esto mismo lo leí en la contracubierta de un libro y aquí lo repito”.

Nadie escuchaba y el profesor yacía aturdido con una respiración quejosa, casi un estertor. Fue en ese momento cuando Fernando S. decidió cursar Historia. Quería ser docente. Reparar.

No será exactamente así. Años después, Fernando S. dejará los estudios para montar una empresa de seguridad. Ahora comparte la dirección con Armero y procuran estar al día en dispositivos de protección. Su esposa trabaja como administrativa en la misma compañía: ‘Seguridad Armero’. Llevan una vida feliz, de estabilidad conyugal. Jamás se preguntan por la historia, por el pasado. Se preguntan por el mañana, por lo que será del negocio. La historia no profetiza, se repiten entre risas.

Fernando S. se despierta. Abandona el lecho solitario, esa cama sin calor. Se asea, desayuna rápidamente y se encamina a sus quehaceres. Si no se apresura, no llegará a la primera clase. La de Historia.

Anatomía del monstruo

5 febrero 2014

DraculayFrankenstein

Anatomía del monstruo

Por Serna & Lillo Asociados

Uno. Dos amigos e historiadores, Justo Serna y Alejandro Lillo, se ponen manos a la obra. Escriben Young Americans (un libro que pronto aparecerá en Punto de Vista Editores). Confraternizan y hablan de sus querencias y sus mitos, de la música y otros productos culturales: los jóvenes, aquellas criaturas que se rebelaron, rompiendo con lo establecido. La juventud… La estamos perdiendo, la estamos perdiendo.

Pero ambos historiadores también tienen sus querencias más góticas, de estética más rancia. Son otros productos culturales del pasado, otros seres menos atractivos a los que exhumar. Son muertos vivientes o vivos recientes, tipo repulsivos, odiosos: sin belleza, sin afeites, sin tupés, sin cazadoras, sin jeans. Son también criaturas, como los jovencitos, pero de otra naturaleza.

Son seres de la noche y del horror, como reza el tópico. Tienen otra compostura, otra hechura, otros propósitos. ¿Son bichos? Se lamentan del tiempo que les ha tocado vivir; se lamentan de la ingratitud y del género humano; se lamentan de su suerte. ¿A quiénes nos referimos? Al monstruo de Frankenstein y al Conde Drácula.

Uno nace a la vida, a la literatura, en 1818; el otro en 1897, acabando el Ochocientos. Pertenecen ambos a la tradición británica, tan rica en relatos góticos y pavorosos. Ciertamente, esos seres repugnantes nos meten miedo. Nos acobardan con sus malas intenciones. ¿Qué es lo que quieren? En principio, lo que quieren es vivir, sobrevivir y no malvivir como es el caso de ambos. Y algo más…

Uno está mal hecho, es más feo que Picio y tiene un comportamiento impulsivo. Como si fuera un niño. De hecho es un recién nacido, un vivo reciente. Nos referimos al monstruo de Frankenstein. Al estar compuesto de restos de cadáveres que sella Victor, adivinamos el tufo que desprende, ese olor mefítico que notifica su presencia corrompida.

El otro padece una eternidad culpable, una lividez mortuoria y tiene por hábito chupar sangre. ¿Con qué objeto? La sangre le sirve para mantener su triste existencia de siglos, una vejez preternatural y extrema que en principio no se le nota. Nos referimos al Conde Drácula.

No se lo creen, ¿verdad? Piensan que esto sólo es una estratagema publicitaria de Anatomía de la Historia, ¿no es cierto? Creen que no hay nada más que añadir sobre estos monstruos. Repasen lo que ustedes saben de Frankenstein (1818) y de Drácula (1897). O lo que creen saber. Aquí no andamos a medias. Las criaturas vuelven a Serna & Lillo Asociados.

Antes de que regresen con los jóvenes estadounidenses del rock y de la América colorista de los 50 (Young Americans), los autores e historiadores que suscriben avanzan sus reflexiones sobre otros seres: otras criaturas menos inocentes. De miedo: nos lo vamos a pasar de miedo (si aguantamos la presión).


Dos. Anatomía de la Historia ha tenido la gentileza de publicarnos sendos artículos que tratan sobre estos monstruos, sobre estos seres venidos de otro mundo o de otro tiempo, pero que han campado a sus anchas por nuestro imaginario.

¿Qué tienen estos entes que nos resultan tan fascinantes? Desde niños nos educan para creer que somos quienes somos, sabedores de nuestra identidad y dueños de nosotros mismos, de nuestra fisonomía. Afectamos gestos, ademanes, modos y maneras de presentarnos en público, justamente porque siempre habrá quien nos mire y nos escuche prestando atención al relato personal.

Seriamente preocupados por las apariencias, escrupulosos con el aspecto que tenemos, vigilamos nuestro yo y la precisa imagen que lo expresa. Sin embargo, la evidencia de la identidad, tan actual, tan propia de los tiempos modernos, ni es obvia ni es universal ni es para siempre.

Esa disolución del yo y esa confusión entre partes incompatibles se viven dolorosamente por los monstruos, y el daño que los lacera es mayor porque no hay escritura o palabras que suturen o cautericen. Se viven como monstruosos no sólo por su aspecto fiero, tan temible, o por su desaliño indumentario, que pregona lo peor, o por su personalidad troceada.

Se sienten como tales por carecer de una escritura propia con la que relatarse a sí mismos o por no contar con alguien amistoso a quien confesarse. Las memorias o la autobiografía o la revelación ante un interlocutor retienen la identidad varia dando asiento a lo que originariamente es simultáneo e incongruente.

La escritura, la voz confesional, es así una suerte de operación ficticia y apaciguadora. Nos repara, da argamasa a lo disperso y fija lo que pudo ser monstruosamente distinto. Son las palabras propias o ajenas aquello con lo que revestimos esa identidad siempre fracturada y dividida que es la nuestra, el orden verbal que nos permite representarnos sellando partes y cachitos del yo.

Pasen y vean. Pasen y lean. Están todos invitados a participar.

Frankenstein:
http://anatomiadelahistoria.com/2013/12/el-espejo-de-frankenstein/

Drácula:
http://anatomiadelahistoria.com/2014/02/dracula-ante-la-historia/

La angustia, dos o tres cosas que sabemos de ella

Por Serna & Lillo Asociados


EscaleraMiren esa escalera. Aunque ustedes no las vean, hay un par de personas leyendo en la terraza anexa. Probablemente historias de terror. Es verano, están de vacaciones y, sin saber por qué, se torturan con relatos de miedo. La casa está iluminada, pero al frente tienen una oscuridad profunda, como boca de lobo. Uno de los lectores está repasando Frankenstein y Drácula.

Frankenstein y Drácula, los personajes, tienen muchos elementos en común. Quizá el más importante sea la fascinación que estas dos criaturas ejercen sobre pensadores, escritores, críticos literarios y cineastas, por no hablar del impacto que siguen causando entre el público en general.

Disculpen lo obvio, pero si Frankenstein (publicada en 1818) y Drácula (aparecida en 1897) son novelas que siguen vivas en la actualidad, que siguen generando interés, será porque hay algo en ellas que continúa vigente. Tienen, como decía Isabel Burdiel, una potencia mítica que no decae. Tienen halo, tienen aura.

Los clásicos no son transparentes. Exigen de nosotros intervención e interpretación. Y generaciones sucesivas se esfuerzan por aclararlos, por liquidar su enigma. Pero no hay enigma que se resuelva de una vez para siempre.

Creemos que los relatos de fantasmas que arrastran sus cadenas por castillos tenebrosos son algo anacrónico, que tuvieron éxito en un período histórico concreto. Creemos hoy conmueven a pocas personas. No es exactamente así. Los fantasmas, los lienzos, las cadenas, el dolor inextinguible aún perturban a los seres más refinados.

Los relatos de M. R. James (Siruela, 1988) son exquisitos: atentan contra los sentidos y especialmente contra el sentido común. Los Cuentos únicos, de Javier Marías (también en Siruela, 1989), son una prueba palpable del amor que aún profesamos a esos desgraciados, a esos seres espectrales que nos persiguen o ayudan: incluso nos auxilian.

Carlota Fainberg (Alfaguara, 1999), de Antonio Muñoz Molina, es una sofisticada historia de fantasmas. Transcurre en nuestro tiempo: lo mismo ocurre con otros relatos de dicho autor. No decaen los espectros. Al contrario, parece que el mundo contemporáneo se nos llena de fantasmas y fantasmones…, de presencias de otro tiempo que se resisten a desaparecer. Y no es una metáfora.

Ahora bien, no hay ningún espectro que haya logrado la celebridad de este par de monstruos de los que venimos hablando. Ni siquiera el fantasma de Canterville ha sobrevivido con tanto vigor como sus cofrades de las tinieblas.

Comparados con la pasión que despiertan estos dos monstruos en la actualidad, los espectros sólo llevan una vida digna, sin grandes aspavientos. En cambio, las fabulaciones de Bram Stoker y de Mary W. Shelley continúan inquietando con fuerza, causando polémicas populares e intelectuales y, en fin, dando que hablar.

Y de ellos, de ese par de figuras espectrales, hablamos en Anatomía de la Historia. Son seres ansiosos, que padecen alguna dolencia anímica, que soportan una existencia angustiosa. La edad, el repudio social, el aislamiento, la nocturnidad, la soledad, la falta de compasión, la fatalidad de un destino mortal. En Drácula hay un fatum y en Frankenstein hay un abandono. ¿Por qué viven o malviven con ese pesadumbre?

No dejen de visitar estos enlaces. Atrévanse a subir, a hacer click.

Más allá hay monstruos.

Frankenstein:
http://anatomiadelahistoria.com/2013/12/el-espejo-de-frankenstein/

Drácula:
http://anatomiadelahistoria.com/2014/02/dracula-ante-la-historia/

Breve teoría de la semblanza

14 diciembre 2013

Un libro titulado Semblanzas se encuentra en el mercado. No es el único que lleva ese rótulo. En este caso concreto me semblanzaspiobarojarefiero a un volumen publicado por Caro Raggio Editor. Lo firma Pío Baroja y lo compila e introduce Paco Fuster. Un trío de ases, podríamos decir con justicia porque la obra está justificada, es nueva, sus contenidos están debidademente ordenados y aunados con rigor. Y, aunque la prosa ya es remota, su frescura irreverente continúa.

Una semblanza es un parecido. Es un rostro. Es una pintura. Es un ser humano. Es un escrito. Todo ello a la vez y contradictoriamente. Una semblanza es una composición que toma su modelo del natural. Es una recreación breve, sólo atisbada, de rasgos presentes en el sujeto retratado.

Por ser recreación, hechura y manufactura, quien hace la semblanza toma una parte, sólo una parte, de todo lo que podría decirse del modelo. Esos rasgos son enfáticamente subrayados o subjetivamente exagerados: para hacer un panegírico o para trazar una caricatura.

En cualquier caso, la semblanza viene del natural y es el autor quien amplía o comprime, agiganta o achata. En términos literarios es un género prestigioso: por las figuras que son merecedoras del dibujo, encomio o repudio; o por la finura, bondad o maldad de quien retrata.

De hecho, la semblanza define más a quien escribe que al escrito, a quien compendia que al compendiado. Hay gravedad o severidad en los atributos destacados. O hay broma y mucha ironía en la descripción.

Las semblanzas están pensadas para quien no conoce al retratado o para quienes ya están en antecedentes. Son bosquejos que captan episodios o son retratos de cuerpo entero, con los datos esenciales.

Es importante saber si quien escribe una semblanza tiene simpatía o antipatía por el personaje. Se descubre pronto, pero con ser relevante no es lo esencial. Hay escritos que son auténticos libelos con ultrajes sabiamente adminsitrados. Y hay semblanzas que demuestran cercanía y bonhomía.

Lo más destacado es la generosidad del biógrafo. Cuando digo generosidad no me refiero a que trate con mimo al biografiado. Aludo, por el contrario, a que se entregue, a que se vuelque, aunque esté desollando vivo a su retratado.

No cabe inventar fantasiosamente. Es preferible dos rasgos bien explotados, que un sinfín de quimeras sin probar. No cabe mentir descaradamente. Es preferible decir la verdad aunque duela que buscar el mero lucimiento.

Cuando leo las Semblanzas, de Pío Baroja, veo cumplidas sobradamente estas exigencias. Su prosa ríspida no es cicatera y por tanto no evita el elogio. No diré a quiénes prefiere. Pero sí que diré que sus fobias y filias están perfectamente verbalizadas, con un dominio de la palabra, de la prosa, que muchos envidiamos. Que muchos envidiamos cuando hacemos el bosquejo de esteo de aquel personaje que no merece antención alguna. Además, la guasa sutil o el pronto áspero de Baroja se compadecen perfectamente con los personajes, todos de nivel, de mucha altura.

Francisco Fuster ha hecho un florilegio, un compendio, sin dengues. Con una introducción escueta y sólida. El resultado es un libro materialmente bellísimo, con una cubierta en la que vemos una caricatura entrañable y con un papel cuya textura se agradece. Como se agradecen los retratos del habilidoso donostiarra.

Muchas gracias.

Elogio de la librería

29 noviembre 2013

imageCuando yo era niño, tres eran los escaparates que más me entretenían en la Valencia de los sesenta: el de una juguetería bien abastecida, el de una librería con las últimas novedades y el de una ferretería con todo tipo de metales, tornillería, resortes y llaves. Eran las rarezas de un muchacho que apenas superaba los ocho años.

He dicho ‘entretenían’ y es la palabra exacta: yo únicamente miraba, examinaba y entreveía; raramente ingresaba en uno de esos tres establecimientos. La paga no me daba para grandes desembolsos. El día en que rebasé yo solo el umbral de mi primera librería dejé de ser un niñito para sentirme mayor y maduro.

Cuarenta y tantos años después sigo cumpliendo el ritual. Visito las librerías y me llevo con alegría infantil algunas de las novedades que me sugieren las libreras, esas chicas que me atienden con prontitud y rigor. Digo libreras porque, salvo Alejandro, que es amigo, muy amigo (que siempre me acoge entre pilas de volúmenes), los restantes profesionales con quienes más me trato son mujeres.

Mis tres libreras favoritas se llaman Lola, Almudena y Nuria, que llevan con entusiasmo Librería Gaia, Llibreria Ramon Llull y Shalakabula Librería: en Valencia y en Mislata. Organizan actos de presentación con gran profesionalidad y éxito, traen autores con públicos que llenan el aforo de Ramon Llull, y viven el negocio como hermanas. Con un sentido cooperativo admirable.

En Gaia, en la calle Daniel de Balaciart, 4, de Valencia, atienden Lola y Alejandro: con cortesía y rigor. Allí compró principalmente mis libros desde hace años, y ambos, Lola y Alejandro, me cuidan, me miman. Yo creo que hasta me quieren. Las librerías de barrio son espacios profesionales y emocionales. En ellas encontramos volúmenes, conversaciones y monstruos reales o figurados, criaturas de la imaginación o con mucha imaginación.

Miro y hablo; husmeo y converso; me dejó aconsejar y me dejo llevar: sus palabras son muy persuasivas y sobre todo las pronuncian personas cultas que conocen el género y a los parroquianos con los que trabajan. Cuando salgo de Gaia con una bolsa repleta de libros me siento feliz y ligero: con menos dinero en la cartera y dispuesto a aprender, a leer y a releer con empeño.

Las librerías me provocan dicha y aturdimiento. Aunque no compre finalmente, sus anaqueles, expositores y escaparates me procuran tal satisfacción que ese comercio ya no lo abandono para siempre. En Valencia me conocen en: Tirant Lo Blanch, con dependientes que te cuidan; en Libreria Viridiana, que vi crecer a Óscar; en La Casa del Libro Valencia, que es lugar en el que me abandono; y en La Traca, cercanos, lugar en el que empecé recién instalado en Benimaclet.

Me conocen, sí, y en algunos casos me gustaría perderme en ellas. No regresar a una realidad tan áspera. En la puerta de mis establecimientos favoritos debería figurar una advertencia: ‘Tengan cuidado ahí fuera’. Vamos, lo que aconsejaba el sargento Phil Esterhaus a sus muchachos: “Let’s be careful out there”. Punto y aparte.

“¿Qué haces que no estás leyendo?”, podríamos decirle al amigo que se aburre, al adolescente que tontamente se consume.

Estemos en verano o e invierno, hagamos acopio de libros para un pasar, para pasar el mes. Es como cuando viene una guerra y acumulamos azúcar y aceite para sobrevivir. Sabes positivamente que esos alimentos son insuficientes, pero sabes también que ligan con cualquier otro producto para completar la dieta, para paladearlos.

Cuando acabe el mes quizá hayamos incumplido parte de los planes lectores que nos habíamos impuesto. Por ello, algunos de esos volúmenes regresarán a sus estantes sin haber sido completados. No importa. La lectura es un placer, un placer de los sentidos y del conocimiento, un plan de evasión y también un reconocimiento: a la inteligencia de los otros, a la sutileza con la que esos otros expresan las cosas, a la frase afortunada que justifica un libro, al párrafo que nos salva.

Dice Martin Amis que un buen libro es aquel que cuando terminas de leerlo te entran ganas de pagarle una copa a su autor. A mí me dan ganas de invitar a mis libreras (y a los caballeros) que me sugirieron un buen libro. Me procuran tanto placer que me entran ganas de pagarles un trago o, mejor, de levantar una Copa. Yo no soy del Gremio, pero las librerías se merecen un Premio.

Julián Casanova

3 noviembre 2013

imageMe gusta leer la buena prosa de mis colegas, disfrutar con placer y dicha esos libros que nos llevan al pasado, que nos hacen sentir la experiencia de estar allí. Como si estuviéramos allí. Libros que nos instruyen. Me gusta leerlos con la satisfacción que procura una bella y efectiva prosa, una escritura erudita con personajes creíbles y situaciones bien reales. ¿Ejemplos? ¿Queremos ejemplos?

El último libro que he disfrutado de Julián Casanova es ‘España partida en dos’ (Crítica, 2013), una síntesis atractiva y de lectura adictiva. Cuando lo empiezas, el autor te atrapa y ya sabes que no podrás desprenderte de la historia que te cuenta. ¿Por el tema inacabable de la Guerra Civil? No exactamente.

Los historiadores han de abordar sus asuntos como si sus lectores no tuvieran interés alguno en el objeto relatado: deben captarlos y retenerlos. Los historiadores han de presentar sus obras como si sus destinatarios carecieran de toda información previa. ¿Para qué? ¿Para tomarlos por ignorantes? No, por descontado: deben hacerlo así para no dar nada por supuesto o sabido. Es decir, han de explicarse.

Julián Casanova se explica bien, incluso requetebién, con solvencia y contundencia. Tiene una gran capacidad de trabajo inagotable, imparable. Sus amigos y conocidos nos preguntamos de dónde saca tanta energía. Es un fino observador, experto, estudioso. Sabe lo que es un archivo, qué hay detrás de un legajo, de un expediente. Sabe descifrar la sintaxis farragosa de las fuentes históricas. Sabe interpretar los actos humanos y, además, les saca consecuencias.

Los individuos no tienen un plan de lo que va a suceder. Carecen de saberes predictivos, pero comparan lo que les pasa con lo acaecido. ¿Con qué fin? Con el propósito de aventurarse y de acertar.

La historia no es un repertorio de simplezas, un conjunto de respuestas tranquilizadoras, sino la base, la plataforma de nuevas preguntas, un modo de interrogarnos a nosotros mismos. Contrastamos el presente con el pasado y aprendemos de la diferencia, de lo que nos diferencia.

Julián Casanova es envidiado, admirado y detestado por su forma de comunicar, de transmitir, de influir. ¿Ustedes lo han visto en acción? Se apasiona con lo que dice y escribe: nada le resulta indiferente y se entrega con frases certeras y ciertas. Los historiadores no quieren que su disciplina sea confundida con un género literario. Lo entiendo, lo entiendo, si por tal hablamos de arbitrariedad y genio, de fantasía y poesía.

La historia es la búsqueda de hechos verdaderos, sometidos al condicionante de la prueba. La historia es relato, sí, aunque también es pesquisa, averiguación: conocimiento sometido a método, a protocolo, a rutinas. Pero nuestra disciplina es comunicación, la transmisión de un dato de manera verosímil. Julián Casanova domina el arte de la retórica, que no es mera persuasión.

Los libros de Julián Casanova nos advierten y nos invierten: cambian la idea perezosa que teníamos de las cosas. Sus reflexiones sobre la Iglesia, sobre la violencia, sobre la Guerra Civil, sobre el primer franquismo no son vaguedades bien escritas, sino verdades admirablemente transcritas y transmitidas. Bien hecha, la historia es una operación detectivesca y es una narración rigurosa que convence.

Me felicito por ser colega de Julián Casanova.

Antonio Muñoz Molina

26 octubre 2013

imageHe leído el discurso de Antonio Muñoz Molina en la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Lo he leído con placer, como disfruto tantas palabras suyas. Con emoción.

Hace una defensa del saber cotidiano, de la práctica, del oficio, como dice expresamente. Hace un elogio de las cosas bien hechas: para qué hacerlo todo con rapidez desmañada o con raptos de inspiración, si podemos completar sensatamente las obras, los trabajos, las manufacturas. Hace un encomio de la modestia orgullosa, si se me permite afirmarlo así: es decir, de la abnegación y del empeño, de la dedicación.

Hace una crítica del desaliño, de la corrupción, de la inmoralidad, de la impolítica: esto es, del delito y de la descortesía, de la desfachatez y de la picaresca. Hay tanto caradura suelto y hay tanta gente honesta sin trabajo o alimento.

Antonio Muñoz Molina hace un diagnóstico, escruta. Ve las cosas y, como un artesano que examina y pule la pieza que tiene entre las manos, coloca cada resorte en un todo que funciona. Su discurso funciona porque habla queda, lentamente, con propiedad y sinceridad. Con imaginación y con oficio.

Él es escritor, observa e imagina cosas que luego arma y levanta en novelas. Se ha repetido muchas veces, pero es verdad: como decía Cesare Pavese, la escritura es, puede ser, una defensa contra las ofensas de la vida. Contra las injurias del tiempo o contra los propios miedos, infantiles o adultos.

En 2004, a una pregunta que yo le hacía sobre la brutalidad masculina, el escritor respondía: ” Yo de niño era muy consciente de la fuerza bruta de la que carecía, y viví atemorizado por ella con mucha frecuencia. En Úbeda, en mi calle, los niños mayores podían ser temibles, y en la escuela y luego en el colegio de curas donde hice tres cursos de bachillerato elemental había individuos que, sinceramente, me causaban pánico. Había una pareja tremenda en segundo de bachiller, dos forajidos que iban siempre juntos, internos, con mirada torva y granos en la cara. Uno se llamaba Endrino y el otro, adecuadamente, Rufián Rufián. Yo me sentía cobarde y débil, y me avergonzaba de mi debilidad”.

Muchos años después, Antonio Muñoz Molina ha demostrado sobradamente su fortaleza, su coraje. No hay rufián o rufián a los que no pueda hacer frente: con la palabra, con el sentido común, con el trabajo, con la imaginación.

Esta semblanza me ha quedado muy amistosa. Así es. Con claridad lo digo y no la voy a oscurecer.

———

1.-Discurso de Antonio Muñoz Molina:

http://ep00.epimg.net/descargables/2013/10/25/9afc1bbdbbcdf2defd7934b2b0d017f4.pdf

2.-Entrevista de Antonio Muñoz Molina por Justo Serna (para ‘Ojos de Papel’, 2004):

http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article=2172

3.-Fotografía de Antonio Muñoz Molina por Ricardo Martín (para ‘Mercurio’)

http://revistamercurio.es/galerias/retratos-de-ricardo-martin/

Uno. Me entero por la Llibreria Ramon Llull de que a finales de agosto de 1962 murió el poeta Leopoldo Panero. Lo sabía, pero lo había olvidado.

leopoldomariapaneroPrácticamente nadie recuerda ya a Leopoldo Panero, una evanescencia. Y prácticamente nadie recuerda ya su poesía, unos logros expresivos que no se reeditan con éxito. Fue un señorito del régimen franquista, alguien dado a los excesos y al fascismo verboso. Tenía una gran habilidad lírica y sus hijos heredaron esa capacidad y sus demencias: demencia es también fantasía.

Panero era de Astorga, en León, y fue el gran amigo de Luis Rosales. O al revés: Rosales fue el gran amigo de Panero, un tipo entrometido que siempre estaba platicando y tomando copas con Panero, según nos cuenta Felicidad Blanch. Felicidad Blanch tiene un papel decisivo en la vida de Panero: aparte de ser su esposa y madre de sus díscolos hijos, ella fue una mujer sutil y un ser evitable, vaya.

Dos. Para mí, El desencanto’ (1976), de Jaime Chávarri, fue una conmoción. Yo tenía dieciséis o diecisiete años cuando la vi por primera vez en el momento de su estreno en Valencia. Era un cine de Arte y Ensayo de mucho postín. Creo que era el Xerea. Me acompañaba un amigo que amaba a Jean-Paul Sartre y a John Denver a la vez, es decir, el padre del existencialismo y el padre del ‘country’ más comercial. Me convenció: yo también acabé amando a Sartre y a Denver. Éramos así.

Ambos procedíamos de familias bien instaladas en el régimen: de eso que se llamaba el ‘franquismo sociológico’. Bien instaladas no quiere decir riqueza, recursos o poder. Quiere decir: la tranquilidad o la protección que el régimen daba a los funcionarios y trabajadores que no protestaban…

Tres. La película de Jaime Chávarri, El desencanto, nos cambió la vida: no nos hicimos antrifranquistas imaginarios –que ya lo éramos–, pero nos perturbó moral e intelectualmente. Ambos salíamos de la adolescencia, de esa época de espinillas, sexo frustrado y desacierto. Nuestras familias nos parecían exageradamente pedestres, vulgarísimas… Nosotros leíamos a Jorge Luis Borges, a Sartre (ya digo). De repente, al contemplar El desencanto descubríamos a un grupo de poetas apellidados igual, los Panero, absolutamente desencantados: a los veintipocos años nada menos.

Estaban de vuelta de todo. Y adoptaban una pose intelectual y chic que yo no me podía permitir. Y tenían una madre atractiva, inteligente, con el pelo blanco. Una perla y un veneno. Yo tenía una madre normal, me decía.

Cuatro. Los hermanos Panero nos parecían tan cosmopolitas, tan gloriosamente pedantes, tan acabados… Con un padre, Leopoldo Panero, absolutamente franquista, autoritario y alcohólico. Era todo tan freudiano. Nuestra vida –al menos, la mía– mudó tras ver esa película. Podía vivir en la fantasía inalcanzable… Menos mal que fuimos sensatos, vulgares y mediocres: no imitamos el malditismo ni entramos en una fase de autodestrucción. Éramos sólo pequeñoburgueses.

Es increíble la modernidad del film de Chávarri. Sólo tiene un lastre: su pésimo sonido. No quise ver la película de Ricardo Franco muchos años después, aquella en la que volvían los Panero: en este caso con ese gran cineasta que fue Franco. No quise ver la decrepitud absoluta.

Ya me tocarán: la película y la decrepitud.

A José-Carlos Mainer

PioBarojaporSantosYubero1941Uno. Momentum catastrophicum. Así, con esta fórmula, titula Pío Baroja una de sus conferencias luego publicada por Caro Raggio y recientemente reeditada. Data de 1918 y es un examen sarcástico y dolido de la España de entonces, el examen de un anarquista sentimental y racional, de un individualista pertinaz.Siempre me ha interesado Baroja y es un gusto que comparto con muchos e importantes lectores. Con Eduardo Mendoza, que escribió una biografía muy socarrona del vasco. O con Francisco Fuster, que escribió una tesis doctoral muy valiosa sobre El árbol de la ciencia (1911).
.
 
Dos. Baroja deplora los nacionalismos, la política de escaso vuelo, la sociedad inerme y paralizada, la España sucia. Y todas esas críticas y derogaciones las expresa rotundamente, sin atemperarlas. Como admite en otras páginas, a él le piden hacer el ogro. ¿Por qué razón? Por la fama de escritor áspero y sincero que tiene. Es un ogro, pues. Aunque no le consta al propio Baroja haberse comido a un niño crudo. Eso apostilla.Su deseo era convertir España en un país verdaderamente constitucional y jurídicamente europeo, sin casticismos clericales, sin ventajistas o logreros de la política. Un país con derechos individuales reconocidos y respetados. Con gentes cultas y deferentes. Sin fanáticos.

.

Tres. Pero su sueño vasco, local y universal a la vez, era pensar en una futura República del Bidasoa. Nada menos… No era partidario del nacionalismo, ya digo, y era celosamente contrario a toda separación. Qué se le va a hacer…

Pero, puestos a soñar con independencias, su quimera es muy aseada, nada historicista y nada utópica: él podía pensarse en «un pequeño país limpio, agradable, sin moscas, sin frailes y sin carabineros». Sin trepas, sin logreros, sin sectarios, sin fanáticos.

¿Imaginan? Podría tener el tamaño de Gibraltar, pero no es Gibraltar. Podría tener el tamaño de Andorra, pero no es Andorra, según Baroja advierte.

En realidad, el tamaño no importa. Únicamente necesitamos un país limpio, agradable, sin moscas, sin frailes y sin carabineros. Sin trepas, sin logreros, sin sectarios, sin fanáticos.
——–

Fotografía: Santos Yubero, 1941

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.005 seguidores

%d personas les gusta esto: