Para qué leo poesía
13 abril 2013
El lenguaje es la casa del Ser, dijo Martin Heidegger. La cárcel, el límite, el lugar acogedor que nos retiene… Quiero entender al filósofo, hasta el detalle de lo indescifrable. Para ello, nada mejor que el libro que le dedicara Luis Fernando Moreno Claros, un volumen luminoso, titulado así: Martin Heidegger. El filósofo del ser, ahora reeditado en versión digital.
Si el lenguaje nos habla, nos limita (como advirtió por su parte Ludwig Wittgenstein), entonces qué hace un poeta, cuál es su tarea. El verso ha de ser leído, recitado, escuchado: es concebido para escuchar ese lenguaje creador, fundador de realidad. ¿El poeta debe comunicar? Hay poesía clara y hay poesía oscura… Más que transmitir inmediata y transitivamente, su fin básico, su primera acción, es el nombrar: ese nombrar las cosas que instaura el ser y la esencia de lo que le rodea, como sostuvo Martin Heidegger.
El suyo no es un decir arbitrario o puramente caprichoso. El decir del poeta está ceñido y es una acción fundadora, aquella que establece y fuerza los límites de la expresión, de lo enunciable. El poeta hace público todo cuanto después hablamos y tratamos en el lenguaje cotidiano, añadía Heidegger en Hölderlin y la esencia de la poesía (1936). Por tanto, ejecuta una acción constitutiva que facilita un uso colectivo, su perseverancia: la poesía no es mero ensimismamiento expresivo, sino arte precisamente creador. Es por eso por lo que el poeta no toma el lenguaje como algo ya dado y archisabido, como un material ya gastado del que servirse con automatismo o habilidad.
El poeta no manufactura; tampoco es un un artesano que repite rutinas: la poesía misma hace posible el lenguaje originario al designar y al forzar el significado último de las cosas nombradas. Hay, pues, algo de fundacional, de primitivo: al nombrar se produce la instauración del ser y de sus designaciones, de cada uno de los objetos en que se materializa. Por eso, por ser el diálogo el fundamento de la existencia humana, una instauración. Hay, por supuesto, un pasado y unas tradiciones con que el poeta carga; hay otros versificadores que lo anteceden. Pero al final es en cada momento de expresión , de epifanía, cuando el poeta se redime rehaciendo lo ya hecho.
Últimamente, leo cada mañana a Javier Jover. No son necesariamente poemas. Pueden ser aforismos, iluminaciones. Sé que pronto aparecerá en Calima su nuevo libro de poemas. Espero las obras de los otros poetas que me conmueven. No tarden, por favor, que el lenguaje se arruina y el ser, mi ser, muere.
En cambio, el otro, el Ser, sí, permanece.
Javier Marías y Julio Camba
12 abril 2013
La semblanza es un género francamente difícil. Has de proporcionar los datos básicos de un personaje que el público no tiene por qué conocer. Has de provocar el interés en un tipo humano que de entrada no tiene por qué despertar atención alguna. Sea una celebridad o sea una persona del montón.
¿Qué es una persona del montón? No hay tal cosa. Todos somos interesantes vistos de cerca. Con lupa se nos ven los poros, las impurezas de la piel, esa rugosidad imperfecta. En fin. En cambio, de lejos nos desvanecemos para acabar siendo algo borroso e indefinible: el grueso o el paisaje nos desdibujan. Mala suerte.
Pero que ese individuo sea finalmente captado con palabras y que, además, sea trazado en sus rasgos esenciales es tarea colosal. ¿Rasgos esenciales? ¿Y qué es tal cosa? Lo que uno dice de sí mismo no es necesariamente lo que lo otros destacarían. Lo que uno menciona de sí mismo no es forzosamente lo que los demás subrayarían. Por tanto, en una semblanza, el escritor escoge un episodio o rasgo y hace de dichos elementos el objeto de su trazo. O de su caricatura.
Sin duda, Julio Camba supo describir a tipos de los que no sabía demasiado. Supo captar lo pintoresco o lo estrafalario. O supo precisar lo común. En el libro que ha compuesto Francisco Fuster para Fórcola con trozos y restos de Camba hay páginas memorables (descúbranlas…): Caricaturas y retratos (2013). Y ese volumen me reconcilia con las efigies literarias, algunas tan egregias.
Desde que Javier Marías publicó Vidas escritas (1992) no había leído nada que me estimulara especialmente. En Camba hay socarronería. Y saludable ignorancia, el atrevimiento del caricaturista. Mucha osadía. En Marías hay ironía, un dibujo fino y poco exhaustivo. Un simple gesto, mohín, actitud o además del retratado le sirven para perfilar.
Para algunos, Vidas escritas es el mejor libro de Marías: en el elogio hay una maldad, pues la semblanza es un género menor comparado con la novela. Yo prefiero al Marías irónico y desenvuelto, con desparpajo y manías, aquel que transita los géneros: los grandes y los chiquitos. No siempre coincido con sus juicios y con sus alardes, pero sus escritos me hacen despertarme e interesarme por cosas que no me conciernen. O sí.
¿Camba? Caramba, descúbranlo. Hay que admirarlo por sus defectos, no por sus cualidades: justamente lo que él decía de Pío Baroja. “No le he admirado, a pesar de sus incongruencias, sino por sus incongruencias, ni a pesar de sus faltas gramaticales, sino por sus faltas gramaticales, ni a pesar de sus ideas absurdas, sino por sus ideas absurdas”.
Pues eso.
¿Qué hacemos con Nietzsche?
22 febrero 2013
Uno. He leído con interés la columna que Joan Francesc Mira dedica a Friedrich Nietzsche en el Quadern valenciano de El País.
Digo con interés porque nada de lo que escriba Mira me parece irrelevante y nada de lo que se diga de Nietzsche me resulta indiferente.
Me sorprende que el profesor Mira se sorprenda de la vigencia de Nietzsche. Bueno, no exactamente. Mira se pasma de que filósofos como Eugenio Trías –ya fallecido– lo tuvieran como referencia. O que a Trías se le concediera el Premio Nietzsche en Alemania. Propone, en cambio, como nombres más dignos de galardones filosóficos a Kant o Hegel.
Pasa después a espigar algunas citas de Nietzsche para asombrarse o para confirmar que era un pensador bestial o inquietante, precedesor del fascismo mussoliniano.
Concretamente, el profesor Mira menciona dos obras relevantes: La gaya ciencia y La genealogía de la moral. Sin duda, si leemos así sin más los extractos que reproduce, repugnan. Y confirmamos que, como poco,
Nietzsche era misógino y un tipo algo tronado.
Nada nuevo. Durante décadas, Nietzsche luchó consigo mismo, se sometió a una tensión insoportable… ¿Con qué resultados? El profesor Mira empieza diciendo que el filósofo alemán era “un geni” y “un boig excel·lent“. No entiendo bien esos calificativos: si era un genio y sobresalía locamente, entonces no era un tipo ordinario. Pero destacar por la demencia no le da a uno un puesto en el canon filosófico. ¿Entonces? Tenía algo que lo distinguía, si entiendo bien al profesor Mira: la brutalidad, la bestialidad.
Sin lugar a dudas, a Nietzsche nose le domestica y su individualismo, su antigregarismo, su aristocratismo son tónicos o tóxicos. A este autor hay que tomarlo en pequeñas dosis. Yo le propongo revisar Sobre la utilidad y abuso de la historia para la vida o Schopenhauer como educador. Basta con estos textos intempestivos para que Nietzcsche no se nos atragante.
Defendió el cuerpo, la jovialidad, el bienestar, la vida: frente a la historia, el pasado, la gloria de los antecesores, las deudas sociales. A la vez se hundió en la enfermedad y en la locura. Habló del superhombre, una figura fuerte que puede ser tomada como un líder carismático (así lo hizo su hermana Elisabeth) o como el individuo que no necesita nación. Cuando hablaba del superhombre desaparecía el Estado.
Nietzsche fue un tipo absolutamente libre y contradictorio: sus incongruencias nos aturden. Sus aciertos nos abruman. ¿Qué aciertos?
Dos. Los aciertos posibles de Nietzsche son sus radicalidades, que no sus bestialidades. Dijo muchas cosas, algunas ciertamente contradictorias y algunas que hoy nos asombran.
En el mismo cuerpo y en la misma mente, la expresión de un pensamiento podía ser iluminador o simplemente adocenado. En cualquier caso, él se propuso no caminar a favor de la corriente, sino en contra del curso previsible de las cosas. Él no quiso ser hijo de su tiempo, predecible e intercambiable: él quiso ir contra su tiempo. Por eso se declaró intempestivo y jovial frente al orden burgués de las naciones europeas, tan severas, tan gregarias.
Criticará la moral, la religión, la escuela, la historia, el pasado al que perteneceríamos y que nos ataría irreparablemente a los antecesores. No hay losa de la que no puedas desprenderte. ¿Por qué? Porque no hay Dios, no hay sentido, no hay un más allá o una colectividad (el reino de Dios o una nación) a los que sacrificarte. En cada acto te defines y te salvas, designas tu acción, te reafirmas frente a la rutina y los automatismos.
Por supuesto, de sus ideas pueden derivarse enormidades de consecuencias tóxicas; pero, como antes decía, tomado en pequeños sorbos Nietzsche tonifica, oxigena, singulariza y hace sentir que uno es algo: que lo que llaman vicios son virtudes, que nuestras renuncias son nuestros dolores, que la vida es autodeterminación y autogobierno… individuales.
¿Lo demás? Lo demás son gregarismos. ¿Repudio de los débiles? Sí, si por tal se entiende la vida de resignación y resentimiento. Qué le vamos a hacer: Nietzsche es nuestro contemporáneo, ese contemporáneo incómodo que nos hace apearnos de los tópicos, de las ideas recibidas. El riesgo que Nietzsche corre es hacerlo un inmoralista desnatado, sólo útil para épater le bourgeois, para escandalizar brevemente. Por eso hay que leerlo: para escandalizarse enteramente.
Blogosfera
Todo lo sólido
20 febrero 2013
Antonio Muñoz Molina
11 febrero 2013
Ojos bien abiertos
Reseña para Mercurio de El atrevimiento de mirar (Galaxia Gutenberg) y de Todo lo lo que era sólido (Seix Barral)
Un novelista acreditado publica dos libros de ensayo. Un narrador consumado escribe sobre arte y sobre política. ¿Qué avales tiene para pronunciarse? Por una parte, es licenciado en Historia del Arte; por otro tiene estudios de periodismo. ¿Esos saberes son los que le facultan para cultivar dicho género y para enjuiciar la pintura o la actualidad? Los conocimientos académicos no valen si no fermentan, si no se desarrollan, si no se aplican con inteligencia e intuición. Hay que informarse, pero sobre todo hay que adiestrarse, instruirse. Cabe un don especial. Escribir una novela es mirar un mundo potencial, hacerlo visible, materializarlo con palabras. Se necesitan habilidades singulares para observar con detalle y con tino. Se precisan recursos: preparación y discernimiento. Y se requieren condiciones intelectuales: más propiamente, ser un intelectual, alguien que se pronuncia, que tiene la audacia de enjuiciar, de sopesar. Eso sí: después de mucha información y erudición.
El caso que describo es el de Antonio Muñoz Molina. Estudió Historia del Arte y Periodismo, pero eso no le faculta especialmente. Hay algo más. El creador es, antes que nada, un observador: un tipo que otea y que examina, que se familiariza con lo extraño y que se sorprende con lo evidente. Vemos lo que tenemos delante, aquello que nos frena, que nos sorprende favorable o desfavorablemente. Vemos lo que nos deja indiferentes, aquello que nos repugna, que nos satisface. Pero también podemos no ver, podemos no apreciar lo que está enfrente. Por decisión o por descuido. La mirada no es una mera impresión sensorial: es un delicado ejercicio intelectual, una laboriosa operación. Damos significado a lo que distinguimos. ¿Valiéndonos de qué? De los ojos, pero también de los códigos, de la educación. Muchos vemos poco y pocos ven mucho, alcanzando a descubrir lo que a simple vista no se distingue: por distante o por cercano. Por estar muy lejos, sin que sea posible divisarlo; por estar muy próximo, sin que sea posible advertirlo, de tan obvio que es.
Antonio Muñoz Molina se atreve a mirar, como hiciera Goya en otro tiempo. O como lo hace Edward Hopper, con un realismo fantasioso. O como hacen los científicos con sus lentes. Se atreve a sondear lo que está a nuestro lado y por descuido no vemos. Se atreve a examinar lo obvio. Y se atreve a echar un vistazo a lo distante. Los pintores —como Georges de La Tour, como Juan Genovés, como Miguel Macaya— resaltan lo invisible.
Decía Gustave Flaubert que cualquier cosa observada de cerca, empieza a perder la impresión de familiaridad o de extrañeza, pero además comienza a ser interesante, incluso monstruosa o común. Una piel con sus poros, un país con sus agujeros. Un pasado con sus mitos, un porvenir en ruinas.
El atrevimiento de mirar y Todo lo que era sólido son inspecciones. Con prosa libre, con forma demorada y envolvente, sin academicismos y sin barbarismos, sin tedio y sin sobreentendidos, Muñoz Molina se empeña en averiguar el estado de España. Como un antropólogo de la vieja escuela. Como un explorador atento y algo perdido. Habla de su pretérito imperfecto, de su presente continuo y de su futuro incierto. No es un lamento noventayochista ni un ejercicio de estilo. Tampoco contemporiza. El escritor subraya lo que son las normas y lo que son las licencias, lo que es crear y trabajar, lo que es esforzarse humildemente para ver más, más grande o mejor, y lo dice con una sintaxis precisa. Muchas veces estamos despistados y algunos de nuestros contemporáneos descubren y describen lo que nos pasa y no queremos apreciar. Es entonces cuando se demuestra la grandeza del observador. Sin aspavientos señala lo que tantos no saben o no quieren distinguir. La mirada se adelanta.
La principal particularidad de la prosa de Muñoz Molina es su implicación, su identificación, su puesta en escena: con un yo que habla se compromete. Hace de historiador y, para ello, acude a la hemeroteca; hace de crítico y, para ello, se justifica leyendo a especialistas; hace de estudioso y, para ello, se esfuerza, se disciplina. Muñoz Molina no es el intelectual sabelotodo que interviene valiéndose de su nombradía. Es alguien que quiere aprender y que, por tanto, se documenta. El resultado es deslumbrante. Si habla de Goya, sus palabras son atinadas y modestas; si habla del presente de España, su diagnóstico no es fatuo ni grandilocuente: él no vio, no supo ver, los indicios que había en el paisaje y en la prensa, las huellas de un exceso que ahora estamos pagando. La historia de España es eso y el literato admite su ignorancia para examinar con clarividencia. No son precisas muchas erudiciones: la mera consulta del periódico nos alerta. La simple enumeración de noticias de enero y febrero de 2007 nos aturde. Muñoz Molina acumula esas informaciones y provoca un efecto: una vergüenza para los españoles que no quisieron ver, una suntuosidad impostada, artificial. El diagnóstico de Muñoz Molina es, a mi juicio, certero. Es más: es doloroso y lamentable. El país que supo remontar el franquismo, que supo quitarse la herencia carpetovetónica, se sume en las quimeras de nuevo rico.
Y hablando de nuevos ricos, el título Todo lo que era sólido alude a Karl Marx, al Manifiesto comunista (1848). Alude a la capacidad de volver evanescente lo que creíamos arraigado, permanente, estable. La revolución conforma y los espejismos trastornan. Las quimeras españolas —tan bien representadas por los óleos de Goya— son ya una tradición. Esperemos que esta ceguera, esta servidumbre voluntaria, desaparezca.
Fotografía: Ricardo Martín
En España todavía es posible enfrentarse al Gobierno
3 febrero 2013
Sábado 2 de febrero, Mariano Rajoy sale en pantalla para defenderse. Se exculpa. Su intervención no es propiamente una rueda de prensa. Es un soliloquio en el que lamenta el acoso al que están siendo sometidos su partido y él.
Mientras esto escribo escucho a mi hija tocar una pieza en el violoncelo. Sonata número 1 en fa mayor de Beethoven. No les voy a revelar cuáles son mis sentimientos. El fragmento tiene un tono lastimero. Me sirve de fondo musical, de marco sonoro, a una reflexión que tiene mucho de lamentación y tristeza.
Yo no tengo simpatía especial por Mariano Rajoy. Tampoco tengo singular predilección por el Partido Popular, pero siempre he querido salvar al PP de sus propios demonios y de su tendencia autodestructiva. Necesitamos un partido de derechas que haga los deberes, que se comporte y cuyos líderes me inspiren confianza. No puedo pensar una España sin gente conservadora, sensata y morigerada.
¿Qué es lo que yo vi y escuché el sábado 2 de febrero? Un líder disminuido. Mejor dicho: capitidisminuido. Escuché y vi a un Presidente de Gobierno pidiendo confianza frente a pruebas documentales que él calificaba de apócrifas. Escuché y vi a un Presidente del Partido Popular entonando un discurso sin fuerza, a punto del desmayo.
La circunstancia es gravísima. Lo grave es por la consecuencia. Y lo grave es por la incomparecencia: salir a hacer un monólogo es una manera de evitar toda responsabilidad; y es un modo de evitar toda rendición de cuentas.
La derecha española tiende últimamente a resucitar a Winston Churchill. Creo que es un buen ejemplo. Un tipo gordo, amante de los alcoholes de alta graduación, de pensamiento contundente y de gustos poco refinados, sí. Pero a la vez un líder, un tipo que supo anteponer la democracia a sus propias inclinaciones: a sus tendencias tiránicas o su amor propio. No creo que necesitemos a Churchill.
Necesitamos a un líder de la derecha que sepa rendir cuentas, asumir culpas o responsabilidades y que nos pida apretar los dientes. José María Aznar López puede volver: yo, por mi parte, no lo celebraría. Esperanza Aguirre Gil de Biedma puede postularse: yo, por mi parte, no la aclamaría. Estamos es situación límite: la derecha no sabe qué hacer y su líder en el Gobierno apela exclusivamente a su crédito personal.
¿Y la izquierda? ¿Por qué es tan poco convincente Alfredo Pérez Rubalcaba? O se abre a los restantes partidos de la oposición, o su suerte política está echada. O abre su partido a las primarias, o su destino es corto.
Hay días en que es mejor no pensar, no analizar, no examinar. “No leer, no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, y vivir como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia…”, decía Jaime Gil de Biedma. Ya sé que es un verso mil veces repetido, pero su escepticismo me lleva a releerlo hoy, domingo 3 de febrero. Concretamente, a recuperar el Retrato del artista en 1956:
“¡Veinte años bobos no han embobado a todos! Si los asfixiantes años posteriores a la guerra civil no han logrado sofocar irremediablemente al país, dudo de que las desproporcionadas y ridículas represalias de ahora puedan cancelar el hecho insólito de que en España todavía es posible enfrentarse al Gobierno”.
Un desmedido ánimo de lucro
1 febrero 2013
Leo en el blog de Antonio Muñoz Molina: “Hay días que abrir el periódico español da un mareo literal, una sensación de derrumbamiento”. Lo constato personalmente. En ocasiones, mi sensación también ha sido de mareo, como ese leve achispamiento que no estaba previsto y que tras dos copas te deja desmadejado. No es el placer del alcohol tomado poco a poco. Es el aturdimiento repentino. No te responden los músculos y la impresión es de una lucidez mayor y a la vez de un embotamiento.
La prensa española nos transmite sin parar noticias alarmantes, decepcionantes. Perdonen tanto calificativo, pero la circunstancia no alivia y el observador se queda –ya digo– desmadejado. ¿Qué podemos hacer? Como dice Muñoz Molina, “uno quisiera aprovecharse de la lejanía [física o emocional] para no enterarse, pero no hay manera, y si la hubiese no sería lícito”. No hay manera de no enterarse y además no es caballeroso hacer como que no te enteras. No estamos para aparentar, para oír llover. Lo que está cayendo no es agua, es un aguacero. Pero esto no limpia. ¿Por qué? Porque todos se ponen a cubierto en espera de que escampe. Y no escampa: cada día hay novedades.
El Partido Popular se exculpa, lo niega todo y se afirma en sus principios. Peor. Porque no es una cuestión de principios, sino de formalidades. Un partido con gente tan distinguida no sabe guardar las formas? ¿Tantos años de educación severa para llegar al choriceo? Choriceo, qué palabra tan ordinaria. Me parecen ordinarios muchos dirigentes del Partido Popular. Deberían ser más corteses, educados, formados. A Mariano Rajoy le faltan lecturas.
¿Y el Partido Socialista? Escucho con aburrimiento creciente las intervenciones de Alfredo Pérez Rubalcaba. Son palabras sensatas sin mayor trascendencia. Son expresiones juiciosas que no convencen. La gente espera un partido de oposición contundente y consistente. Lo que nos encontramos es un estado general de abulia. Tenemos ojeras, estamos cansados y no levantamos cabeza. Describo a Pérez Rubalcaba: o a mí mismo en estado tristón.
Prosigue Muñoz Molina: “¿Cómo ha llegado el sistema a corromperse tanto, mucho más de lo que casi todos sospechábamos o temíamos, la trama infame de favores políticos y regalos de empresarios, la desvergüenza de quienes teniendo posiciones públicas no parecían conocer el miedo a ser descubiertos? ¿Qué enorme claudicación social ha permitido que fermentara esa atmósfera de robo consentido, esa descarada impunidad del que no teme que lo avergüencen en público, del que sabe que nunca pagará, que siempre habrá un indulto, una fecha oportuna de prescripción de delito, un silencio, un enjuague?”
El párrafo de Muñoz Molina es memorable. Cómo nos gustaría que se equivocase, que fuera un diagnóstico errado y exagerado. Cómo desearíamos que sus observaciones fueran hiperbólicas y desenfocadas. Encima es español (puaj). Pero no: el nacionalismo no tiene nada que ver con esto. El asunto de la corrupción es una cosa carpetovetónica. De norte a sur, de este a oeste. Cómo nos parecemos…
Antonio habló y habla en su nuevo libro –que está a punto de aparecer– de delirio. Lo he leído con urgencia, con estupor, con admiración. Hay un delirio, dice: una forma de negar la realidad, de instalarse en la enajenación culpando a quienes destapan lo sucedido. Hay una forma de confusión que todos hemos padecido. Pero luego están la caradura, la desvergüenza, la desfachatez de quienes acapararon, atesoraron. El juez del caso Nóos afirma que este tinglado del duque de Palma (si es que el duque de Palma estuvo al frente de Nóos) “se montó para enriquecerse y con un ‘desmedido ánimo de lucro…’ ”.
Días atrás comentaba la expresión enriquecerse. Hoy, sin embargo, me sorprende esa fórmula: “desmedido ánimo de lucro”. ¿No hay un comedido ánimo de lucro? ¿No existe ánimo de lucro sin afanes desmesurados? No es un caso, el de yerno del Rey que presuntamente llena las arcas con riquezas inverosímiles. No es un caso, el de un alcalde que con la llegada de un supuesto mafioso ruso ve el cielo abierto: el cielo católico u ortodoxo.
Son muchos casos. ¿Cómo le explico yo a mis hijos que hay que ser decente, sensato, morigerado? ¿Cómo les explico cuál es la ley moral? No se trata de religiones: mis hijos han crecido en la increencia y son bellísimas personas. De lo que se trata es de frenar e impedir la impunidad legal, la frivolidad moral, la desmesura. Parezco un antiguo y un rancio. Pero no veo otra salida. Los modernos son los que saquean. Yo ahora, si me permiten, me voy a releer el discurso del Gran Inquisidor de Los hermanos Karamazov (1879-1880). Fiodor Dostoievski cansa con sus jeremiadas, pero de cuando en cuando conviene ponerse apocalíptico.
Amy Martin. El pleonasmo
25 enero 2013
La impostura es fingimiento o engaño con apariencia de verdad. Irene Zoe Alameda admite haber creado un pseudónimo con el que firmar textos, obras, que entregaba a la Fundación Ideas bajo contrato. Como consecuencia de su juego literario (que tiene relación con una novela en curso), su ex marido ha sido destituido: a Carlos Mulas se le atribuía el fingimiento. Alameda reconoce que no: que su ex esposo Mulas no tenía nada que ver.
“En 2009, separada sentimental y físicamente de Carlos Mulas y a sabiendas de que la Fundación Ideas buscaba colaboradores para la sección Global Observer que publicaran artículos multidisciplinares y originales tanto en inglés como en español, tomé la decisión de ponerme en contacto con la Fundación que él dirigía y de hacerme pasar por Amy Martin para ofrecer mis servicios como autora. El nombre de Amy Martin lo elegí por coincidir con el de una conocida de mis años de estudios en Nueva York…”
Una novela es una novela. Y un ensayo es un ensayo. En una novela, el autor puede aparentar escribir un ensayo; y en un ensayo, el autor puede escribir narrativamente, como si fuera en efecto un novelista. Todo es correcto siempre que sepamos de qué va la cosa; siempre que el lector sepa que lo que lee es una novela que finge ser un ensayo o un ensayo escrito como una obra de ficción. Si los supuestos están claros, si el juego literario está avisado, si no se hace pasar lo que no es, entonces no hay impostura dolosa.
Ahora bien, si yo utilizo un pseudónimo para escarnecer, para vilipendiar, entonces soy un cobarde.Hace años, nueve nada menos, lo dije en un artículo que titulé “¿Hay alguien ahí?”
Por otra parte, si yo empleo un alias para hacer como que existe alguien y de ello se siguen consecuencias para otros, entonces soy un caradura. Si además, digo ser progresista y de ello hago causa, entonces estafo, confundo a quienes están dispuestos a creerme. Hay muchacredulidad en este lado… Enric Marco fue un caso ejemplar de esta conducta, según me recuerda Rogelio López Blanco. De ello escribí en 2005.
No doy crédito. Todo esto me parece irresponsable. Y el comunicado de Irene Zoe Alameda, lejos de salvar a su ex marido, lo deja como un pardillo. ¿Y los dirigentes de la Fundación? Cobrar tres mil euros por un artículo –como así parece que cobró Amy Martin– es fastuoso. ¿No tiene vergüenza Amy? Creo que Martin debería devolver hasta el último euro y creo que en la Fundación deberían dimitir en cadena, en escala, en cascada. Por pardillos, por palurdos, por catetos. ¿A quién se le paga tres mil euros por un texto? No sé si, además, aquí hay delito…
Finalmente, ¿qué es eso que dice Alameda de su ex marido? Admite estar “separada sentimental y físicamente de Carlos Mulas”. Trato de pensar en esa expresión bifronte y no me cabe. Cuando estás separado sentimentalmente, no hay cuerpo, ni roce, ni caricia. Aunque te toquen, no hay nada. Esa precisión (sentimental y físicamente) me parece un pleonasmo: algo muy reprensible en una escritora. Así, me pregunto: ¿cuando hacía de Amy Martin era un ente físico o puramente sentimental? Es más: ¿tuvo estómago para cobrar tres mil euros por artículo sin sentir un cierto malestar físico? O sentimental.
Helmut Berger y Tadzio
22 enero 2013
Uno. Helmut Berger tiene actualmente 68 años. Es decir, quince más que yo. ¿Cómo estaré cuando llegue a esa edad? Berger fue uno de los actores más guapos de los setenta. Era decir Helmut y todos callaban: su apostura rubia, su torso bien esculpido, su rostro fino, elegante… Desde hace años le había perdido la pista. Al parecer, tras décadas de
desenfreno y ruina, su aspecto ha empeorado. Normal.
Conserva el pelo tintado, pero tiene el rostro abotargado de quienes han ingerido litros y litros de alcohol. Yo no soy ‘gay’, pero podría serlo… No tengo inconveniente en reconocer su guapeza. Admito sin problema cuando un varón es bello: en este caso, guapo de cojones. Para mí, Berger era como Tadzio, el adolescente de ‘La muerte en Venecia’ (1971), la película de Lucchino Visconti. No sé por qué pero voy a para a esta historia… Qué recuerdos. Permítanme volver a ella, a las cosas que ya escribí.
Dos. ‘La muerte en Venecia’. “Gustav Aschenbach –o von
Aschenbach, como se le conocía oficialmente desde su quincuagésimoaniversario— salió de su apartamento de la Pinzregentenstrasse, en Munich, para dar un largo paseo a solas. Era una tarde de primavera de aquel año de 19…, que durante meses mostró a nuestro continente un rostro tan amenazador y cargado de peligros. Sobreexcitado por el difícil y azaroso trabajo matinal, que le exigía justamente en esos días un máximo de cautela, perspicacia, penetración y voluntad de rigor, el escritor no había podido, ni siquiera después de la comida, detener en su interior las expansiones del impulso creador, de ese motus animi continuus en el cual reside, según Cicerón, la esencia de la oratoria, ni había encontrado tampoco ese sueño reparador que, dado el creciente desgaste de sus fuerzas, tanto necesitaba una vez al día. Por eso
decidió salir de casa después del té, confiando en que un poco de aire y
movimiento lo ayudarían a recuperarse y le procurarían una fructífera
velada”.
Leo y reproduzco el principio de una novela corta, de una ‘nouvelle’, que aún me asombra y me incomoda. Lo hago en la versión de Juan del Solar. Los protagonistas son dos personajes en los que uno podría mirarse fantasiosamente: el primero, un escritor que sobrepasa la cincuentena, afligido y aburguesado, quiere ser capaz de la gran creación; el segundo, un adolescente, bello e ignorante de los efectos que provoca, es primitivo, literal o quizá perverso. Inevitablemente, al leer ‘La muerte en Venecia’ (1912), de Thomas Mann, no podemos dejar de pensar en la adaptación cinematográfica de Luchino Visconti.
Uno siempre llega tarde a esta novela. El lector también es espectador y
recuerda a Dick Bogarde encarnando a Gustave Aschenbach. Aún ve al
personaje enamorado y finalmente patético, cayéndole churretes de
maquillaje derretido. Qué dramatismo grotesco: que personaje triste,
descentrado, ansioso y vencido.
Dice Mario Vargas Llosa en ‘La verdad de las mentiras’ (1990) que esta obra “merece figurar junto a obras maestras del género”. Como las de Kafka o Tolstói. ¿Qué destaca en ella? “La excelencia formal, lo fascinante de su anécdota y, sobre todo, la casi infinita irradiación de asociaciones, simbolismos y ecos que el relato va generando en el ánimo del lector”, precisa Vargas Llosa. Sin duda, es cierto todo eso. Pero hay algo más: lo que por encima de todo sobresale en La muerte en Venecia es el problema de la creación, de la sublimación, de la expectativa artística, del triunfo o de la derrota.
¿Qué hacemos cuando queremos ser originales? ¿Es posible hacer algo nuevo, distinto, grande, propiamente irrepetible, o nos conformamos con lo alcanzado y ya ensayado? En Thomas Mann hay una pregunta recurrente: la cuestión del arte y de la vida, el interrogante sobre la relación conflictiva entre la inspiración y la existencia. El protagonista de ‘La muerte en Venecia’ es un escritor, ese Gustave Aschenbach que nos revela el inicio de la novela. Es un creador ya célebre, asentado e instalado en la cumbre burguesa de su gloria. Eso le hace ser conservador en las formas y en las ideas, dedicado exclusivamente a cultivar el arte. ¿El arte por el arte?
Un día sale a la calle. Comienza el mes de mayo. Tras varias semanas de humedad y frío, el ambiente mejora, quedando “un tiempo falsamente estival”. Von Aschenbach se deja llevar por esa sugestión, que le excita grandemente. La impresión perdura. Algo le impulsa a abandonar su ciudad para establecerse provisionalmente en Venecia. Es el sur; es uno de los destinos del Grand Tour. En la ciudad italiana busca relajación y también expansión, paz, algo que amortigüe la exaltación o el impulso de su genio. ¿Es así?
Venecia es el arte, la belleza, pero también es la putrefacción, la derrota de lo elevado y espiritual. En aquella urbe triunfan lo orgánico y lo que corrompe y se corrompe. Allí,Aschenbach se enamora platónicamente de Tadzio. ¿Quién es? Un efebo de catorce años, un jovencito polaco que lo trastorna con su sola presencia.
Ambos coinciden en el Excelsior, hotel en el que se alojan. Poco a poco, el delirante amor que el artista siente aumenta, se hincha, y con ese sentimiento crece también la degradación: crece conforme se extiende la invasión del cólera asiático en la ciudad. La muerte y los sentidos destruyen la tranquilidad y la honorabilidad burguesas de Aschenbach: él, que tanto se protegía de sus propias pasiones e inclinaciones; él, que tanto se resguardaba de lo carnal con un elegante autodominio.
La novela está narrada en tercera persona bajo la perspectiva del artista. Por ello, son frecuentes las reflexiones sobre la creación, interesantes y grandilocuentes reflexiones sobre la creación. El arte es una frágil coraza, una defensa contra las ofensas de la pasión. ¿Sucumbe el personaje? ¿Le pueden la vida o el instinto de muerte? Las góndolas semejan ataúdes, y Venecia parece un cementerio marino, con sus mefíticas emanaciones. La vehemencia y el escalofrío que despiertan en el creador, el viaje que emprende como huida, el trastorno sentimental que disloca al burgués: el abismo, la humedad pantanosa y sensual que arrebata, que extenúa, que despierta lo dionisíaco, el puro desvarío. “¿Qué podían importarle ahora el arte y la virtud frente a las ventajas del caos?”, leemos en una página.
¿Quién mira y quién pervierte? ¿Quién triunfa y quién queda derrotado? ¿El creador envejecido y maquillado que busca la belleza o el joven efebo que ignora su perfección? Madurar e incluso envejecer no garantizan nada. Todo esto podría ser risible, ridículo, sino fuera por la ironía que siempre hay en la prosa de Thomas Mann y enla elegante traducción española. Pero eso es ya otra historia.
Punto final.
Fuera de órbita
11 enero 2013
Jueves, 10 de enero de 2013. Al caer la tarde leo elpais.com. Salgo deprimido. “El amenazador asteroide Apofis es mayor de lo que se creía”, reza el titular. Y prosigue el texto: “La Tierra abre los ojos para intentar descartar el riesgo de colisión con la roca de 325 metros de diámetro en el año 2036″. ¿La Tierra abre los ojos? ¿Esto qué es? ¿Una metáfora o un cruel despertar?
Luego sigo por el periódico digital y leo la noticia de apertura. Es la referida a Cataluña. He de frotarme los ojos. No es metáfora; es literalmente lo que hago. Leo en catalán y en castellano la Decalaración de soberanía del pueblo catalán. Me parece increíble lo mal redactada que está y los extravíos jurídicos e históricos que contiene. ¿Cómo puede titularse un manifiesto “Proposta de Resolució d’aprovació de la Declaració de Soberanía del Poble Català“. Para empezar todo son cacofonías.
Leo en la Wikipedia que “un asteroide es un cuerpo rocoso, carbonáceo o metálico más pequeño que un planeta y mayor que un meteoroide, que orbita alrededor del Sol en una órbita interior a la de Neptuno”. Desde luego Cataluña es un cuerpo rocoso más pequeño que España, que no es planeta, aunque ocupa una parte fundamental de la Península Ibérica y además es Estado Español (según la expresión de los redactores de la declaración). No sé si Cataluña orbita alrededor de algún Sol, pero creo que sus líderes están fuera de órbita. ¿Por qué?, se preguntarán.
Uno. “El poble de Catalunya, al llarg de la seva història, ha manifestat democràticament la voluntat d’autogovernar-se”. Tal cosa no es exactamente así. El “pueblo” es una expresión que se emplea cuando no se quiere utilizar la voz “ciudadano”. En todo caso, esa voluntad de autogobernarse no se ha dado “al llarg de la seva història”, sino en época contemporánea, reciente. Si empleamos el adverbio “democràticament”, no hay historia remota.
Dos. Se habla de modelo autonomista, que sería consecuencia de una larga transición que llevaría del régimen franquista al Estado Español. Esta expresión la empleaba el franquismo. Tras el régimen, hay una monarquía parlamentaria o un reino de España. No es un Estado Español que fue invento del anterior régimen. Por otra parte, sería más propio decir “modelo autonómico”. El autonomismo es una aspiración, no un modelo, según los redactores de la declaración.
Tres. El freno del Tribunal Constitucional al proyecto de nuevo Estatuto, según CiU y ERC, habría comportado una “radical negativa a l’evolució democràtica de les voluntats col·lectives del poble català”. Aparte de la lectura de la sentencia del Constitucional, lo que me llama la atención es eso de las “voluntades colectivas del pueblo catalán”. No existe tal cosa. O existe la voluntad colectiva, fórmula ciertamente peligrosa; o existen las voluntades individuales que, agregadas, producen un efecto.
Intermezzo. “Sostenemos como sagradas e innegables estas verdades: que todos los hombres son creados iguales e independientes, que de esa creación igual reciben derechos inherentes e inalienables, entre los cuales están la preservación de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Eso leemos en el primer borrador de la Declaración de Independencia de Estados Unidos (1776) escrito por Thomas Jefferson. Está redactado con una prosa enérgica, de altos vuelos, con argumentación y no con mera aserción. En el texto catalán hay una sintaxis exclusivamente desiderativa. Hace falta más retórica.
Cuatro. “…el Parlament de Catalunya acorda declarar la sobirania democràtica del poble de Catalunya com a subjecte polític i jurídic…” La formulación es confusa. Un parlamento no declara una soberanía: ésta precede como acto institucional al parlamento. Por otra parte, no existe la soberanía democrática. Existe la soberanía real, la mixta, la nacional, la popular. Pero la soberanía democrática es una incongruencia. Por otro lado, Cataluña es un sujeto político y jurídico antes de esta declaración. ¿Existe o no existe la Generalitat? Si es así, entonces la institución ya está reconocida…







