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Cuando Elvis Presley fue retratado con uniforme militar, yo apenas era un bebé. Alejandro Lillo ni siquiera había nacido.

JSyALAquél no era nuestro mundo, pero de aquella Europa venimos. ¿Venimos? Me refiero a los autores de este libro que ahora ve la luz: ‘Young Americans’. La cultura del rock (1951-1965). Publicado por Punto de Vista Editores.

http://puntodevistaeditores.com/tienda/young-americans-la-cultura-del-rock-1951-1965/

El continente estaba partido en dos y Alemania era el frente occidental de una disputa nuclear e ideológica. La Unión Soviética mostraba con orgullo su poderío atómico y los Estados Unidos convertían el mundo en un potencial campo de batalla. Era una circunstancia ciertamente comprometida y nadie podía quedar al margen.

En 1958, Elvis es llamado a filas. Abandona temporalmente la canción para viajar a Europa, en concreto a una base americana de la República Federal Alemana. Él es un muchacho patriota, un muchacho que cumple con su cometido, todo un joven que crece y madura… Su madre, Gladys, ya ha muerto. Es, pues, todo un hombre, todo un hombre que ha trastornado y transformado el mundo.

En efecto, para esas fechas, el señor Presley ya ha revolucionado a las gentes de su país, una nación conservadora que preserva las buenas costumbres. Para esas fechas, el rock ya ha provocado una oleada de rebeldía entre los adolescentes.

Hacía 1960, los jóvenes pueden lucir sus cuerpos y moverse incluso obscenamente; pueden vestirse con indumentarias rústicas, poco formales; pueden mostrar su deseo retando a los adultos; pueden ir más rápidos sin padecer vértigos, sin contenerse, sin frenos morales. O eso es a lo que aspiran. Las canciones expresan sus expectativas y fracasos, su velocidad.

Hoy, en 2014, estamos habituados a correr, a perder el fuelle con nuestras prisas. La cosa data de antiguo: aquellos jóvenes de los cincuenta y sesenta fueron los primeros que plantearon la velocidad como una huida, como un escape: el repudio del asentamiento. Lucían sus vehículos como el vaquero que marcha solo, como un caballero medieval anacrónico. Pisaban el acelerador para sentir el vértigo y la urgencia. James Dean se había matado con un Porsche. Bob Dylan tendrá un accidente con una Triumph.

El 4 julio de 1956, Elvis se había retratado a lomos de una Harley. Siempre muy patriótico. Era en Memphis, Tennessee. Hemos visto una y mil veces aquellas fotos; hemos escuchado una y mil veces aquellas canciones. Sentimos nostalgia de algo que los autores de este libro no llegamos a vivir. ¿O es, quizá, melancolía? La melancolía es el dolor por la pérdida de lo que nunca se tuvo.

Regresemos a 1960, con el señor Presley ya crecido, justo cuando vuelve del ejército y su mánager, el Coronel Parker, lo destina al cine, sometiéndose así a una nueva disciplina, la de hacer rápidamente películas estereotipadas.

¿Qué ha sido de su juventud? ¿Qué ha sido del resto de aquellos muchachos que empezaron a contonearse con Elvis, a tararear sus canciones?

En este libro hallarán respuestas, pero sobre todo encontrarán la recreación de un tiempo que no vivimos o del que no fuimos conscientes. Ese es el prodigio de la investigación histórica, el de devolvernos una épica y a una época remotas.

La historia cultural nos hace experimentar sentimientos y pensamientos que no nos pertenecieron. Y así vivimos, de prestado, de lo heredado.

Serna & Lillo Asociados

Cincuenta años de la invasión británica

Beatles0“…Hay cuatro fotografías de The Beatles tomadas por Bill Eppridge especialmente significativas. Datan de 1964 y recogen distintos momentos de la llegada del grupo a los Estados Unidos. Están a la venta en la Monroe Gallery of Photography. Todo lo que rodea al grupo aún es objeto de compraventa y sus precios suelen ser elevados, muy elevados. Un tesoro de carísima quincalla con aura.

Pero ese año, 1964, es un momento esencial de la Beatlemanía, esa afección y afición que por todas partes se extiende. Las instantáneas de Bill Eppridge podemos verlas, pero también podemos reconstruirlas mentalmente. En el fondo no son muy diferentes de las que por cientos, por miles, les hicieron en el momento de llegar a Nueva Yoyk.

En una de ellas distinguimos al grupo británico cuando ya ha descendido del avión y los muchachos se encuentran caminando por la terminal del John F. Kennedy. Van dispuestos a conceder su primera rueda de Beatles1prensa norteamericana. Como ya es habitual, caminan sonrientes, expectantes, ante el grandioso recibimiento que se les ha dispensado. Su actitud es de simpatía y asombro. Como único equipaje de mano llevan un bolsa de Pan Am.

La rueda de prensa será chispeante, multitudinaria, con una sabia y sencilla puesta en escena en la que dicen y no dicen. Bromean para ser corteses y para responder sin comprometerse.

En la siguiente imagen distinguimos a John Lennon. En la fotografía lo vemos solo en el Hotel Plaza. Permanece serio y oculto tras unas Beatles3gafas ahumadas, unas Wayfarer. Los lentes oscuros le dan un aspecto interesante, casi enigmático, pero quizá en esa pose hay algo más banal: Lennon tiene problemas de vista que él ha ocultado durante años para no ser el gafotas del rock. Es probable que esté agotado tras el viaje intercontinental, por lo que sus ojos irritados precisen un descanso. En la última instantánea vemos a Lennon nuevamente solo en el ferrocarril que les lleva de Nueva York a Washington. Se disponen a dar su segunda gran actuación y los éxitos son tumultuosos.

La fotografía recoge un momento de aislamiento, de Beatles4recogimiento. Eso sí: con la actitud retadora que Lennon gasta, una actitud que le sale del alma, exactamente del alma. Él es un muchacho angustiado, rabioso, que arrastra un dolor, una carencia emocional: siendo chico fue abandonado por sus padres en brazos de su tía Mimí. Las relaciones serán tortuosas y los contactos ulteriores con la madre no llegaran a cerrar esa herida. Al menos eso es lo que de momento se sabe.

¿Su rabia la convierte en energía creativa? En la fotografía de Eppridge, Lennon mira por la ventanilla, fuma y permanece sentado de una manera informal, quizá excesiva y hasta rebelde: con los pies apoyados en la ventana. Ignoramos qué les espera, algo a la vez rutinario (el éxito, las muchedumbres, etcétera) e imprevisible: la pesadísima carga y los efectos que el triunfo provoca.

En 1964, las vidas de los cuatro Beatles se han convertido en un viaje trepidante, en un frenesí sin descanso. Suena cursi, ¿verdad? Trepidante, frenesí: las palabras no dan cuenta de las cosas y lo que estos muchachos disfrutan o padecen es casi inefable. George Harrison suele ser el taciturno del grupo; Ringo, siempre chistoso, parece aprovechar los dones de la popularidad; Paul, con su cara de buen chico, da siempre la mejor impresión.

¿Y John? No sabe qué espera. Viven rodeados de grouppies, de chicas que se les entregan, de placeres terrenales. Es un oneroso lastre muy bien llevado: siempre sonríen al público, siempre bromean, visten limpios, se les ve guapos y se sienten recompensados. Empezaron en Liverpool, luego tocaron en Hamburgo y luego su fama ya fue creciendo gracias a su buen hacer, a su inventiva y a sus asesores. Lo mejor estaba por llegar. Y lo peor…”

Serna & Lillo Asociados, Young Americans. La cultura del rock (1951-1965). Madrid, Punto de Vista Editores, 2014 (en prensa).

DavidBowiePinUpsMioUno. David Jones nace en 1947 en una Inglaterra que ha salido victoriosa de la guerra. Pero también en una posguerra de estrecheces y expectativas. Toda la infancia de Jones es un continuo experimento, con un padre imaginativo que alienta las esperanzas del muchacho. La música, la composición, la interpretación, el teatro: todo en él suma y es congruente. En 1966 muere David Jones y nace David Bowie. La razón ha sido mil veces contada: su nombre se confundía con el de Davy Jones de The Monkees). Adoptará como apellido Bowie, el célebre cuchillo de caza que popularizó Jim Bowie. Dos. Cuando a finales de 1973 publica ‘Pin Ups’ ya es un cantante conocido, mundialmente conocido. Ha tenido un éxito indiscutible en 1969: ‘Space Oddity’ (del que ahora escribo en ‘Anatomía de la Historia’). Ha publicado ‘The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spider from Mars’ (1972) y ‘Aladdin Sane’ (1973). Y ha producido ‘Transformers’ (1972), de Lou Reed. ‘Pin Ups’ es un álbum recopilatorio, con ‘covers’ de la segunda mitad de los sesenta. Bowie canta versiones de Them, Pink Floyd, The Yardbirds, The Who, The Kinks, entre otros. Ese LP será número uno en el Reino Unido. Se cumplen cuarenta años de su edición y se preparan actos para conmemorar el acontecimiento. No tiene interés alguno la revelación que voy a hacer, pero no me reprimo: ‘Pin Ups’ fue el primer LP que me compré. No el primer disco, pues antes me había agenciado otros ‘singles’. Pero ese álbum será mi primera gran adquisición. Trescientas y pico pesetas era su precio. Ahora, mientras escribo, lo tengo a mi lado y veo su envejecimiento: el cartón amarillea y la foto tomada por Justin de Villeneuve de Bowie y Twiggy pierde los colores originales. La reproduzco gracias a Instagram. Tres. Lo que no pierde vigor es aquel sonido, la fortaleza extraña de un individuo con pupilas de distinta coloración. ‘Pin Ups’ será decisivo para mí. Estudiando entre curas, con severos preceptores de moral, de repente descubro el ‘Gay Power’, el ‘Glam’. ¿Qué significa esto? ¿Acaso que yo era gay? No, pero me fascinaba un cantante de aspecto extraño, andrógino, que se atrevía a declararse gay o bisexual, o ambiguo: un tipo guapo cuya anatomía podía soportar todos los cambios y todos los retorcimientos; un individuo que se vestía con trajes de plástico de colores chillones, que llevaba una cabellera roja cortada al estilo alienígena. O que se uniformaba con un terno la mar de elegante. Así aparece en la fotografía de los créditos.

Tenía pocos años y Bowie cantaba una pieza que me entusiasmaba: ‘Where Have All The Good Times Gone’, cuya letra venía en el interior de la carpeta de ‘Pin Ups’. Tan joven y ya preguntándose adónde habían ido los buenos tiempos, incluso los viejos buenos tiempos. El ‘Swinging London’ triunfaba y Bowie se hacía un hueco.

Cuatro. Pero de todas las canciones incluidas en ‘Pin Ups’, la que me emocionó y aún me trastorna es ‘Sorrow’. ¿Por qué? Lo he contado antes pero lo vuelvo a relatar…

A comienzos de los setenta, yo vivía en un población cercana a Valencia. En dicho pueblo había unos jóvenes pandilleros, especializados en armar peloteras en las dos discotecas existentes. Una de las salas se llamaba Les Corones; la otra, Azor (no sé si llevaba hache intercalada para hacerla más exótica). Allí acudían los Cachibufas y los Semicachibufas –que así se llamaban– para zurrar a los rivales de otros pueblos. Los broncas locales no podían tolerar las intromisiones de los foráneos, esos que habían tenido la osadía de acudir a aquellas discotecas. Incluso con cadenas llegaron a desafiarse. Eso ocurría los fines de semana, no sé si todos o de vez en cuando. Mi memoria agranda los sucesos y me hace pensar que esas reyertas sucedían cada festivo. No sé… ¿Y qué hacían a diario o los sábados por la tarde? Acudían a unos futbolines.

Había allí una máquina de discos, una Jukebox, y por unas monedas cualquiera de nosotros podía elegir las canciones de su preferencia: salvo que estuvieran los Cachibufas, claro. En ese caso, nadie se atrevía a estorbarlos o a enojarlos. Yo permanecí en aquellos recreativos muchos sábados por la tarde o domingos por la mañana, después de la preceptiva misa: en algún sitio había que pasar los largos fines de semana de la España franquista, ¿no es cierto? Quienes merodeábamos por allí aceptábamos, por supuesto, los gustos musicales de los bravucones locales. Con su exhibición de fuerza y su leyenda, nadie se atrevía a llevarles la contraria.

¿Y cuál era la pieza que más escuchaban? No era de Nino Bravo ni de Camilo Sesto. Era una vieja canción de los sesenta, de mediados de los sesenta: ‘Sorrow’, en versión de David Bowie. Estábamos en plena época del ‘Glam’. Nunca comprendí la elegancia de los Cachibufas. ¿Cómo era posible que unos pandilleros de tres al cuarto se deleitaran con una canción tan sofisticada? El rock tuvo su parte camorrista. Y tuvo su arte: era una de las bandas sonoras de aquella España raquítica y esperanzada. ‘Sorrow’ significa dolor, tristeza. Si me pongo a tararear la canción de Bowie no siento otra cosa.

Cinco. Eso decía tiempo atrás en una columna de ‘El País’, al recordar aquel tiempo. Por supuesto, del primer Bowie hay otras piezas que me aún impresionan. Entre ellas, ‘Space Oddity’, esa canción de 1969 a la que antes aludía y sobre la que ahora escribo. Es un cuento, la historia de un astronauta que se pierde. Los más jóvenes de hoy quizá no puedan hacerse una idea cabal de la admiración que sentíamos por aquellos viajeros espaciales. Los niños de entonces pensábamos en astronautas, en cosmonautas y fantaseábamos con el espacio sideral.

En ‘Space Oddity’, el Major Tom se perdía. Se perdía en el espacio exterior pilotando un cacharro de hojalata. Desde control central le llamaban y él se alejaba irremisible, peligrosamente… En su letra están los cuentos infantiles, está el miedo, está el coraje del aventurero. Está también ’2001′, de Kubrick, recién estrenada. Y está la conmoción de mi primera adolescencia que ahora revivo.

De todo hace cuarenta años. O más.

Enlaces:

Revista Anatomía de la Historia:
http://anatomiadelahistoria.com/

Justo Serna, “Space Oddity, la soledad cósmica”:
http://anatomiadelahistoria.com/2013/09/space-oddity-la-soledad-cosmica/

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Apéndice:
El cuchillo Bowie y otras armas de matarbowiemalditosbastardos
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Uno. Cuando frisaba los catorce años le pedí a mi padre un regalo comprometedor: lo que yo llamaba un machete. O en términos más correctos un cuchillo estilo o inspiración Bowie. ¿Para qué lo quería? ¿Para desenvolverme en la selva urbana? Por supuesto que no. Era para ir a la alta montaña, a la que solíamos marchar de excursión: en concreto al Montcabrer, al costado de Cocentaina. Aún conservo la pieza. No pertenezco a ninguna asociación del rifle ni del arma blanca, pero he tenido ambos: un rifle de perdigones, con el que, aparte de hacer puntería en latas e inmundicias, un día maté un pajarillo.
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Dos. Yo era un niño cuando a Franco le estalló la escopeta [en diciembre de 1961] y no supe del accidente hasta que pasó mucho tiempo. Años después, cuando ya era un muchacho, mi padre me compró ese rifle de perdigones: un lujo accesible y bastante común entre los jovencitos de entonces. Cuando disparaba, yo siempre tenía miedo de aquellos balines. Pero disparaba, vaya. La munición podía obturarse: podía quedar alojada en el cañón. O el plomo podía saltarle un ojo a un paseante eventual. Tenía miedo, pero disparaba, vaya. Siempre tiraba a las latas de conserva que la gente arrojaba aquí y allá. Era común en la España de Franco que el dominguero dejara inmundicias sin preocuparse de recogerlas. Por eso quienes ibámos a disparar –acompañados, eso sí, de un adulto– tomábamos los botes como blanco. Un día, ya adolescente, apunté a un pájaro, en efecto. No era como las palomas de Franco, sino un colorín: el preferido de mi abuelo. Apunté, vaya si lo hice. Abatí mi primera pieza con un horror infantil. Fue entonces cuando abandoné el rifle y los perdigones. El arma permaneció arrinconada durante años. Sola, incongruente. Mi padre y yo nunca volvimos a hablar del rifle. Recuerdo cuando presioné a mi padre para que depositáramos el rifle de perdigones en el contenedor. A la basura.
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Tres. Con el cuchillo Bowie, mi relación ha sido distinta. Cuando íbamos de acampada o salíamos al campo para pernoctar en corrales, debías llevar aparejos imprescindibles, fueras de la OJE, de los Scouts o de los Juniors. Entre esos utensilios estaban una cantimplora metálica (por supuesto), un plato igualmente metálico, una mochila de roce duro, de textil resistente que luego recuperé en la mili cuando me entregaron el petate. Y lo más importante: un cuchillo estilo Bowie o machete. Se suponía que debías ir bien armado si salías a la intemperie. Se suponía que debías valerte de esa herramienta para hacer figuritas en la corteza de los árboles, para tallar en corcho, para cortar las viandas y, lo más importante, para defenderte en caso de ser atacado. Nunca pregunté exactamente por quién podríamos ser atacados cuando nos alojábamos en aquellos corrales. ¿Por una fiera, un animal? ¿Tal vez, por un ser humano con intenciones homicidas? Tras mucha presión de mi parte, mi señor padre me compró el arma blanca para ir al Montcabrer, que se sujetaba a la correa y que el adolescente lucía con orgullo viril.
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Cuatro. Aún conservo el cuchillo. Mi padre reforzó con un inverosímil escai la funda, originariamente de cuero muy blandito. El añadido que me puso simulaba la piel de un animal salvaje, tipo tigre. Nunca se lo perdoné. Era un espanto. Y lo sigue siendo. Pero ahí está el cuchillo, en el cajón de la cubertería, en la parte trasera. No sé si por vergüenza o por precaución, lejos del uso corriente. De Bowie, ya ven, me quedan muchas cosas. Le debo tanto…

 

Just For One Day

8 agosto 2013

Este clip que he realizado es un homenaje a una canción mil, millones de veces escuchada: “Heroes”. Su primera versión la titulé “Heroes” And Covers. Me baso en la serie de imágenes fijas alternativas que se pensaron para la cubierta del álbum de David Bowie titulado también “Heroes” (1977). Las piezas corresponden a Masayoshi Sukita. Bowie gesticula, posa, expresa emociones. El retrato final de la carátula descartó esas emociones. Pero la canción sigue siendo emocionante.

“Heroes” And Covers

3 agosto 2013

Este clip que he realizado es un homenaje a una canción mil, millones de veces escuchada: “Heroes”. Me baso en la serie de imágenes fijas alternativas que se pensaron para la cubierta del álbum de David Bowie titulado también “Heroes” (1977). Las piezas corresponden a Masayoshi Sukita. Bowie gesticula, posa, expresa emociones. El retrato final de la carátula descartó esas emociones. Pero la canción sigue siendo emocionante.

Frank Sinatra 2

14 mayo 2013

14 de mayo de 2013. Hace quince años que murió Frank Sinatra. Repasemos y reparemos.

FrankSinatrafichapolicial1El 26 de noviembre de 1938, Frank Sinatra es detenido en la oficina del sheriff de Bergen Country, en Hackensack (Nueva Jersey). Se le arresta bajo la acusación de seducción. El expediente que incoó el FBI no tiene desperdicio y algunas de las pruebas reunidas son pistas de un mundo mojigato.

Entre el 2 y el 9 de noviembre de 1938, el joven cantante había hecho promesas de matrimonio a una muchacha del distrito de Lodi. No sólo promesas. El detenido “había tenido relaciones sexuales con la demandante, que era una mujer de buena reputación que vivía sola”. Esa relación vulneraba un código de 1937. La sanción no fue menor: Sinatra se vio obligado a abonar 1.500 dólares, suma cuyo pago le valió la puesta en libertad.

Semanas después, el 22 de diciembre de ese mismo año, se descubrirá algo nuevo: la dama con la que había mantenido relaciones no era esa mujer de buena reputación que vivía sola. No: la señora estaba casada. En esa circunstancia, la tipificación del delito cambia y a Frank Sinatra se le acusa de adulterio. La multa desciende a 500 dólares.

Años después, en 1963, la revista Plaboy le hace una entrevista al cantante, ya mayor. Le preguntan por su confesión religiosa. Él, con esa chispa cínica que tenía, habló en efecto de sus creencias:

“Yo estoy a favor de todo aquello que te hace pasar la noche, ya sea una oración, somníferos o una botella de Jack Daniel’s”
La foto de aquella detención es justamente la que ahora tienen, esta que reproduzco y en la que se atisban los rasgos del Sinatra maduro. La instantánea resulta insólita. O no tanto. Procede de un libro la mar de interesante, que leí años atrás y que te muestra la imagen policial de cantantes y actores: Fichados. Una historia del siglo XX en 366 fotos policiales, de Giacomo Papi. De cantantes y actores, pero también de asesinos múltiples, como Charles Manson, aquel tipo avenado que acribilló a Sharon Tate en 1969. Creo que sigue en prisión.

A cualquiera de nosotros, que no somos crooners ni psicópatas, nos cambiarían el aspecto si nos arrestaran. La instantánea del guardia sacaría nuestro lado más siniestro o sombrío; o desangelado y estúpido. En cambio, fíjense en Sinatra: el flash no altera la elegancia de su calavera y del calavera que ya es. Si alguna vez tienen que hacerme un regalo, por favor obséquienme con un póster, un cartel, de esta fotografía. Tony Soprano la tiene, bien ampliada, en su oficina. Es el principal elemento decorativo del Bada Bing! Y es también el principal elemento votivo, podríamos decir.

Pues finalmente unos amigos muy cariñosos me regalaron esta instánea, formato gigante…

Soprano, el mafioso de Nueva Jersey (de dónde iba a ser), recuerda al viejo crooner y, como buen italonorteamericano, lo homenajea mostrando su lado más bronco, su foto más canalla. Destacan, sí, sus ojos azules. Sobresalen esas greñas indómitas que caen. Y resultan apetecibles esos gruesos labios de joven conquistador. Qué imagen, por Dios. Sigo viendo y completando la serie (¿a destiempo?) y Los Soprano me tienen totalmente seducido. Frank Sinatra murió en 1998. Lástima. Justo un año después comenzaba la serie que protagoniza James Gandolfini. De haber vivido, me apuesto doble contra sencillo a que Frank se hubiera pasado por el Bada Bing!, el club que regenta Tony y en cuya trastienda está la foto del Sinatra joven y aún prometedor.

‘Covers’ en Alicante

29 abril 2013

CoversAlicante

COVERS (1951-1964). Cultura, Joventut i Rebel·lia

COVERS (1951-1964). Cultura, Juventud y Rebeldía

30/04/2013 – 27/07/2013
Sala EL CUB

Manuel Palomar Sanz, rector de la Universitat d’Alacant, té el gust de convidar-lo a la inauguració de l’exposició COVERS (1951-1964). Cultura, Joventut i Rebel·lia el dimarts 30 d’abril de 2013, a les 13 h.

30/04/2013 – 27/07/2013
Sala EL CUB

Manuel Palomar Sanz, rector de la Universidad de Alicante, tiene el gusto de invitarle a la inauguración de la exposición COVERS (1951-1964). Cultura, Juventud y Rebeldía el martes 30 de abril de 2013, a las 13 h.

Nino Bravo

18 abril 2013

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JS, “Nino Bravo”, El País, 16 de abril de 2013

Yo lo veía con mucha frecuencia. Me asomaba al balcón de la casa que habitábamos en Bétera y allí estaba. Era Nino Bravo. Llegaba con un coche de grandísimas dimensiones. No recuerdo si un Dodge Dart, el vehículo americano fabricado en Villaverde por Barreiros. Los más refinados pilotaban BMW, importados. Con un modelo de esta última marca, recién adquirido, se mató el cantante en abril de 1973. Yo envidiaba el coche alemán: mi primo Fermín, el de Andorra, venía a recogerme con uno de estos autos y me llevaba al pueblo de mi padre. Me sentía como un potentado, como un magnate que volvía a la tierra de sus mayores. Pero no quería hablarles de eso, sino de Nino Bravo.

Llegaba, ya digo, con cierto ruido. Su coche contrastaba con los turismos humildes que allí había estacionados. Bajaba saludando, repartiendo besos, firmando fotos. Desde mi balcón, yo lo veía alto y desenvuelto. Vestía camisa y pantalones vaqueros, con un toque casual que no era el de sus conciertos o actuaciones. Los tejanos que llevaba eran, por supuesto, acampanados, con esa audacia estética de entonces. Y calzaba zapatos o botas con plataforma que le daban un aire temerario. Su media melena, siempre lacia, era la misma a la que yo estaba condenado.

Acudía allí, al costado de mi casa, para hacerse los trajes. A medida, desde luego. El virtuoso de la tijera era el sastre Roldán, un auténtico perito que había adquirido fama comarcal y del que nosotros éramos orgullosos vecinos. También mi padre se hacía allí los ternos hasta que murió Roldán: ya nunca llevaría pantalones o americanas tan bien cortadas, me dijo un día.

Meses después del fallecimiento del cantante se celebró un concierto de homenaje en la plaza de toros de Valencia. Con mucha antelación, mi padre había adquirido las entradas, tales eran el dolor y la expectativa. Allá fue la familia y allá me emocioné con los restantes espectadores, con el gentío.

Yo nunca había sido mucho de Nino Bravo: tarareaba, sí, sus canciones porque a fuerza de radiarlas acababas conociéndolas. Pensaba que era un ídolo para otras generaciones, para mis padres: joven valenciano natural de Aielo de Malferit, dotado de potentísima voz y buen repertorio, triunfa. Pero lo contracultural y lo rebelde no pasaban por un solista bien trajeado que cantaba a Noelia, a la América que era un edén, a la tierra, mi tierra.

Han pasado muchos años y yo soy más viejo de lo que él nunca pudo llegar a serlo. Lo pienso y me da un respingo. Jamás alcanzó la treintena y yo dejé de ser joven hace varias décadas. Mentiría si dijera que ahora me atrae más que entonces, que solo me gustaba lo justito. Pero admito que escucho sus canciones sin condescendencia, sin esa falsa superioridad del niñato.

Hay una novela de Javier Marías que empieza así: “Dos de los tres han muerto desde que me fui de Oxford”. Podría parafrasear ese íncipit para acabar diciendo que tres de los tres han muerto desde que me fui de Bétera: Nino Bravo, el sastre Roldán y mi señor padre. Bétera no era Oxford y ninguno de los tres era tan sofisticado como los personajes de Marías, pero, ah amigos, siento la misma pena, esa congoja por un mundo ya desaparecido y entonces aún potencial: la Valencia de los setenta.

JS, “Nino Bravo”, El País, 16 de abril de 2013

David Bowie

6 abril 2013


CaratulasdeBowie

David Bowie acaba de sacar nuevo disco tras años de silencio… Se titula The Next Day. Tiene un sentido futurista, acabado, definitivo. Es lo que nos queda…

Y algo más. David Bowie es objeto de una espectacular exposición en Londres. Se titula David Bowie is. Allí se exponen las prendas que lució y los discos que ideó, con sus portadas… Algunos de esos vinilos fueron conceptuales, como por ejemplo el de The Rise and Fall Ziggy Stardust and The Spiders from Mars (1972); y otros una suma de canciones afortunadas que ni siquiera eran suyas, como Pin Ups (1973): un disco de versiones que fue mi primer Bowie. Tengo el catálogo de la Expo en mi poder, como una preciosa posesión. Repasando sus páginas confirmas a Bowie como creador de tendencias estéticas, formales. Su vestuario es como un bólido de Fórmula 1: los arreglos y los excesos después serán copiados; las mejoras y las pifias luego serán imitadas por cientos, por miles de seguidores. E incluso por individuos que no saben que repiten lo que Bowie alguna vez llevó, se calzó o lució.

Es un personaje ambivalente que despierta admiración y rechazo. Por un lado, supo hacerse y rehacerse en fases distintas del rock y del pop, adelantándose a las modas que él mismo instituía. Por ejemplo, el Gay Power, también llamado el Glam, fue una corriente estética que triunfó en los setenta y de la que él fue rey y señor, Marc Bolan aparte. Hacia 1966, aún David Jones, Bowie era un jovencito con ínfulas de rockero, un tipo que admiraba a Little Richard, Elvis y Dylan; cinco, seis años después era un compositor leído, cultivado, con carencias musicales que sabía suplir rodeándose de excelentes técnicos. ¿El principal? El productor Tony Visconti, el mismo Visconti que varias décadas más tarde ha vuelto para materializar The Next Day.

DavidBowieNextDavid Bowie es aún un tipo guapo, incluso bello y elegante. Lo comprobamos hasta cuando rebasa el buen gusto o la edad. Desde antiguo tiene una pose muy femenina, estudiadamente femenina, teatral. No en vano fue decisiva su relación con Lindsey Kemp. Por un lado, se sabe macho, macho man. Por otro, tontea con varones muy masculinos y apuestos. Abrió lo que estaba cerrado, los armarios, los estilos y los sexos… Y supo crearse estéticamente. En las distancias cortas tiene fama de ser un tipo encantador, chistoso, optimista. La imagen pública que de él se tiene no siempre es así: aparece como un individuo manipulador, engreído. Cometió varias torpezas de notable resonancia, como la de vivir enganchado a la cocaína; o como la de vivir tonteando con la estética y la cultura nazis, con el ocultismo. Luego se disculparía debidamente. ¿A qué se deben esas meteduras de pata, esos abismos? ¿A falta de estudios? ¿A simple y llana provocación? Bowie fue tempranamente un tipo muy cultivado, lector insaciable que no sabía muy bien cuál había de ser la transgresión. Hay en él la búsqueda sin fin y el deseo de éxito, de gran estrella. De esa mezcla, transgresión y mercantilismo, nacerían discos espléndidos como “Heroes” (1977) o como Scary Monsters (1980).

A principios de los setenta, yo sólo era un adolescente, un muchacho a medio hacer, y Bowie me imantaba: todo lo que era capaz de crear me interesaba. ¿Acaso porque yo era homosexual? No, no recuerdo haber sido gay en ningún momento. Y no lo digo para salvarme o exculparme. Lo digo porque me complacían su ambigüedad y su vertiente andrógina, su bisexualidad, asunto que sorprendía en un hetero. Pero yo no soy tal cosa, no sé qué cosa. Soy un ser que ama a su chica y a sus hijos, lo que no le impide admirar la belleza masculina. Y Bowie llegó a componer una figura de extrema elegancia (en parte inspirada en Frank Sinatra), vistiendo trajes anacrónicos, propios de los cuarenta y cincuenta, que siempre le han sentado enormemente bien. Quien tuvo retuvo: ha envejecido excelentemente y su porte aún resulta envidiable.

Sus letras hablan frecuentemente del espacio, del espacio exterior, de un futuro de plásticos y de destrucción, de amor y de otras drogas, de muchachos desorientados, de héroes momentáneos, imprevistos. Es uno de los nuestros: somos tipos momentáneos que esperamos lo imprevisto. Poco más.

magacimwebUno. Los niños cantan, cuentan, corean. Leen, escuchan música e intervienen. Tararean y parafrasean. Y sueñan con un mundo exterior, de rarezas espaciales y héroes cercanos: con personajes insólitos y con personajes del barrio que son extravagantes y próximos.

A poco que tengan una ambiente hospitalario, las chicas se adueñan del espacio, se incorporan y se hacen presentes. A poco que dispongan de un entorno agradable, los chicos se afirman, se introducen y se plasman.

En Benimaclet, Valencia, se materializa dicho sueño. Desde hace meses, los niños de este barrio valenciano conducen un programa de televisión, un informativo. No es una ficción. Es la pura realidad. Eso sí: con muchos colorines, joviales y serios. ¿Recuerdan la canción When I Live My Dream (1967), de David Bowie?

Diles que tengo un sueño

Y diles que tú tienes el papel principal

Diles que soy un soñador

Y que haré realidad mi sueño

Diles que viviré mi sueño

Diles que se pueden reír de mí

Pero no olvides tu cita conmigo

Cuando viva mi sueño

Dos. El MagaCim es un programa de televisión hecho por esa infancia de Benimaclet: una producción de ZurdosTV, el TheLifeAquaticStudioSessionslaboratorio creativo de la productora Barret Films. Todo empezó por petición del Centre Instructiu Musical de Benimaclet. Y ahora se cumple un año. El Taller de Tele, donde se fabrica este programa, pretende dar voz a los vecinos del barrio a través de la gente pequeña, que es la que se encarga de grabar, entrevistar y participar en la ideación de los contenidos del programa. De esta forma aprenden a través del juego a utilizar los medios de comunicación y las nuevas tecnologías de una forma responsable, defendiendo valores.

Tres. Mientras escribo esto escucho The Life Aquatic (2005), de Seu Jorge, un disco de versiones de David Bowie. ¿Quién tuvo una circunstancia más favorable cuando era un muchacho? ¿David Bowie o Seu Jorge? David Jones (David Bowie) nació en 1947, creció en la dura posguerra del Sur de Londres (ese lugar destruido tras los bombardeos de la Luftwaffe) y confió en sus capacidades creativas. Jorge Mário da Silva (Seu Jorge) nació en 1970 en SpaceOddityBelford Roxo, Río de Janeiro: fue un muchacho de favela y un homeless. Ambos sabían desde niños que querían ser creadores, músicos o comediantes. Ambos querían actuar. No tenían medios, pero se obró el milagro…

El MagaCim pone en marcha una estructura en la que puede participar todo el vecindario. Los muchachos que la realizan aspiran a convertirla en una televisión comunitaria y de barrio, un soporte en el que los propios habitantes de Benimaclet puedan publicar sus vídeos y consultarlos en la web. Recientemente, el MagaCim recogió el premio Tirant Avant Escolar de manos de ACICOM (Asociación Ciudadanía y Comunicación).

Cuatro. El jueves 14 de Marzo se celebra en el Musical de Benimaclet (calle Barón de San Petrillo, 14) a las 20 horas el primer aniversario del Magacim. Presentará la gala la gente menuda del programa. Enseñarán los mejores vídeos de la temporada descubriendo algunos de los secretos del taller de televisión al público que quiera asistir. La entrada es libre y gratuita, y el espectáculo está asegurado. Vean, si no me creen, el vídeo de promoción de la gala.

Por lo que sabemos, David Bowie y Seu Jorge no podrán asistir: son numerosos los compromisos previos. Lástima. Nosotros sí que podemos vivir ese sueño que una vez cantaron Bowie y Jorge.

…Tell them I’m a dreaming kind of guy

And I’m going to make my dream

Tell them I will live my dream

Tell them they can laugh at me

But don’t forget your date with me

When I live my dream

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