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Elogio de la novela

8 noviembre 2012

Decía Denis Diderot en su Éloge de Richardson (1761) que una novela no es necesariamente una sucesión de acontecimientos quiméricos o frívolos, mero entretenimiento. Admitía también que la lectura de historias ficticias no es forzosamente peligrosa para el gusto o las buenas costumbres. Piénsese que en el siglo XVIII, este género literario tenía serios detractores (como esbozo e indico en La imaginación histórica).

Diderot era firme partidario de la ficción. Es más, añadía: todo lo que los filósofos o los moralistas compendian en máximas, tratados o ensayos, es lo que los novelistas ponen en acción, presentan y materializan ante nuestros ojos. Eso decía el filósofo para referirse concretamente a las obras de Samuel Richardson, el gran creador inglés. Con las descripciones, con las conversaciones y con las introspecciones, los autores de ficción reproducen lo que bien pudo ser, aquello que pudo ocurrir, cosas que nos parecen verosímiles y que nos incumben e impresionan. Con las novelas, en fin, perdemos el sentido para reencontrarlo de nuevo.

En el espacio de unas cuantas horas, parafraseo a Diderot, pasé por un gran número de situaciones, por tantas que la vida más larga que pueda disfrutar difícilmente podrá ofrecerme. Capté la pasión, el interés, el amor propio en su distintas facetas, me convertí en espectador de multitud de hechos, concluye. ¿Qué más se puede pedir? “Je sentais que j’avais acquis de l’expérience”. “Sentí que había adquirido experiencia”, apostillaba Diderot en su elogio de Samuel Richardson.

Lo mismo podría decir yo tras horas y horas de lectura, tras el tiempo que he dedicado a Antonio Muñoz Molina, a Javier Marías, a Javier Cercas o a Luis Landero. O a Eduardo Mendoza, de quien escribo en el último número de Mercurio. Entre otros muchos, claro. Estos autores no me trasladan a un país remoto ni a un lugar exótico. Tampoco me refieren cuentos de hadas. Como en el caso de Samuel Richardson también en estas novelas, sus personajes están sacados de la sociedad corriente y las pasiones que describen son las que yo mismo siento, por decirlo con Diderot.

Personajes sacados de la sociedad corriente… Las novelas nos han enseñado una verdad igualmente vulgar: que las personas nos asemejamos, añadía Diderot. Nos asemejamos, sí, tanto quienes pueblan las ficciones en páginas de demografía copiosa, como quienes las disfrutan o padecen cuando leen. Compartimos sentimientos, malestares y placeres, esa búsqueda del yo, de la autonomía. Con las historias inventadas, los novelistas nos facilitan la empatía, la compasión, palabra que no sólo alude a la piedad.

Compasión, en el Setecientos, es también sentimiento compartido, identificación, participación vicaria en los hechos narrados, mostrados y vividos. Es comprensión de la subjetividad: un individuo que se afirma y se expresa con vacilación, con arrojo y con cobardías. Es experimentación: probar las emociones ajenas, salir del ensimismamiento, adentrarse en lo ignoto o incierto, constatar la corrupción ordinaria de nuestras vidas. Ya se sabe lo que con cinismo y verdad dijo Jean-Jacques Rousseau en el prefacio de Julia o la nueva Eloísa (1760), “las grandes ciudades necesitan espectáculos y los pueblos corrompidos novelas”. Los lectores corrompidos necesitamos novelas. ¿Por qué? Porque nos sentimos próximos a los personajes y a sus dudas, ya que al conocer sus cuitas sobrellevamos mejor nuestros tormentos. Con intensidad emocional y alivio.

Yo debía escribir una reseña de Las leyes de la frontera (2012), de Javier Cercas para Ojos de Papel. Yo mismo deseaba glosar Absolución (2012), de Luis Landero. Mi dinamismo inconsciente me ha llevado a comprometerme en proyectos que no he podido cumplir, cosa que me frustra. Ambas novelas son especialmente recomendables: tratan de individuos ordinarios, incluso vulgarísimos; tratan de jóvenes que huyen y que a la vez esperan remontar; tratan de varones de poco fuste o de poco fuelle, como somos algunos. La vida nos da serios varapalos y nos pone en nuestro sitio, y ese lugar es siempre decepcionante.

O no. Quizá la mejor lección que pueda extraerse de ambas historias –con versiones no siempre creíbles, quizá falaces– es la ambivalencia de nuestros logros o de nuestras derrotas, la condición exactamente ordinaria de la epopeya. Mientras redacto esto, no escribo aquello a lo que me había comprometido. Qué quieren: soy inconstante. Permítanme repetirme para acabar. Hace años, hablando de Eduardo Mendoza, decía:

“…Ustedes y yo somos bastante decepcionantes, para uno mismo y para los contemporáneos que nos rodean. El ser humano siempre es ese tipo que desmiente todas las expectativas que sobre él se vuelcan, inconstante y escaso como resulta ser. Uno se forja sueños y quimeras, elabora planes, traza proyectos, aspira a completar objetivos y, al final, ve frustrarse buena parte de las ideas fantasiosas que se había hecho acerca de sí mismo. Los demás nos contemplan y los amigos o los enemigos elaboran también una idea muy cumplida de cada uno. Los amigos creen que somos mejores de lo que en realidad podemos ser y tienen de nosotros una imagen poco exacta y nada cabal. Los enemigos también son fieles compañeros: nos detestan, nos odian, y nos toman como el blanco de sus iras convirtiéndonos en el ideal de adversario que les gustaría tener. Cada uno de nosotros, conforme crece y madura, también se hace con un concepto de sí mismo, una idea más o menos elaborada que le sirve para exigirse y para describirse. En ocasiones, nos creemos mejores o peores de lo que en realidad somos. O bien tenemos un concepto eximio, elevadísimo, de nosotros, habiéndonos modelado según un ideal efectivamente poco realista, o bien nos perseguimos tomándonos como seres más odiosos o detestables de lo que de verdad somos o merecemos ser…”

Como los personajes de las novelas. Como los secundarios de Samuel Richardson. Como los tipos que emocionaron a Denis Diderot.

        

Fotografías por gentileza de Isabel Zarzuela
Acto del 18 de octubre de 2012 en la Casa del Libro de Valencia

Leo Las leyes de la frontera (2012), de Javier Cercas. Es un libro recién editado que he devorado con pasión y con unción. Dicho así suena muy religioso, sí.

Leo con recogimiento, algo trastornado. Me altera lo que me gusta y me conmueve aquello con lo que me interrogo. Y la última novela de Cercas, diestramente narrada, me hace preguntarme.

Tiene trescientas y pico páginas (aunque yo la he leído en el Kindle y eso no se nota), pero se me han hecho cortas. Convivo durante unos pocos días con gentes perfectamente verosímiles.

Un personaje de conducta equívoca (cuando no simplemente delictiva), un narrador pasivo, un informante algo tontorrón, una mujer perdida y a la vez atractiva, inteligente y vulgar. Un mito…

Los personajes se crecen conforme avanza el relato y las situaciones cobran una dimensión propiamente moral. Estamos juzgando a cada momento sin saber si acertamos o erramos. Eso es lo que hay. Héroes que son villanos, malvados que tienen su bondad, individuos que se ocultan y que finalmente se confiesan, damas que no son tales, caballeros que son ruines.

¿Continúo…?

Eso, ¿continúo…?, es lo que preguntábamos de niños cuando contábamos una película. Formábamos un corro y alguno de nosotros se ponía en medio de todos para ser escuchado. Si tenía habilidades, hacía ver la historia a quienes no aún habían contemplado el film. Se trataba de narrar con orden, de precisar la índole y el carácter de los personajes, de detallar los principales acontecimientos, de enumerar las consecuencias. Y había que hacerlo con énfasis, dando a cada gesto un efecto, cambiando las voces o los tonos, tarareando incluso la banda sonora.

Con Las leyes de la frontera le entran a uno ganas de repetir aquel teatro adolescente, de revelar los hechos, la acción y la moral de los personajes, las consecuencias. Pero en Javier Cercas eso sería un error. Primero porque un parafraseo de lo que el autor ha escrito abrevia y empeora lo que él desarrolla con mucha elocuencia. Segundo, y más importante, porque Las leyes de la frontera es una pesquisa. Un narrador, a quien nunca vamos a identificar, entrevista a los protagonistas de una historia remota, algo ocurrido en Gerona en el verano de 1978.

La novela que leemos son las versiones de algunos de esos personajes, lo que recuerdan treinta años después: la memoria embellece o empeora las cosas, agiganta o achata las gestas o las ruindades. Un adolescente charnego mira el mundo con vehemencia y con miedo, y con él una basca, una cuadrilla de muchachos que viven aventuras y desdichas. El protagonista principal de la obra no tiene vez ni versión y su cuento es contado por alguien que con él compartió experiencias y peligros y por alguien que asistió como testigo. Ahora ya son adultos y los detalles y relatos son consoladores o autopunitivos: o se salvan o se condenan, o se justifican o se lamentan, o se perdonan y se liberan. ¿Es así? ¿Ocurrieron las cosas así? 

Javier Cercas me regaló un ejemplar de su libro, gesto que yo le he agradecido mucho. La historia te atornilla: te ves envuelto en unas circunstancias y vidas remotas que no te conciernen y  efectivamente da otra vuelta de tuerca, un giro más, a la novela de la adolescencia, a la novela de formación. Aprendes o reaprendes lo que es el miedo adolescente, la inconsciencia o la temeridad del jovencito, el futuro de setenta años por vivir. Aprendes o reaprendes que el presente dura, que las apariencias sí engañan. Que la existencia no dura nada.

Menos mal que Cercas ha escrito una historia larga, matizada, con relatos contradictorios. Eso es lo bueno, muy bueno. Lo malo es que se lee en un santiamén.

Jueves, 18 de octubre, a las 19:30 en la Casa del Libro de Valencia.

Presentación:

 

La imaginación histórica (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2012).

¿Qué es la historia? (Madrid, Fórcola Ediciones, 2012).

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Intervenciones de:

Javier Jiménez (editor),

Alejandro Lillo (historiador),

Francisco Fuster (historiador) y 

Justo Serna (historiador).

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Jueves, 18 de octubre, a las 19:30 en la Casa del Libro de Valencia (Passeig Russafa, 11).

0. No hay como el verano para volver a Eduardo Mendoza.  ¿Acaso porque es lectura fácil, cómoda, alimenticia o entretenida? Ya no es fácil leer una prosa que tiene muchos registros; ya no es sencillo entretener con liviandad y con un género –la novela—comercialmente en desuso o en declive. Las obras de Eduardo Mendoza suelen ser desternillantes, con esa mezcla de humor inglés y picardía española que tan bien sabe componer. Tras su aparente sencillez, en sus páginas detectamos un buen oído, la reproducción verosímil de las hablas particulares, de las expresiones de personajes variopintos y dementes. Por otra parte, el mundo en que están ambientadas sus ficciones suele ser el pasado reciente (o incluso remoto). Pero es siempre un tiempo que nos concierne. De hecho, los personajes no son sosias nuestros, aunque nos los mereceríamos. Hablan de cosas universales y tienen problemas que aún están vigentes. Eduardo Mendoza domina la sintaxis y la zumba, escribe con sorna y circunspección, con guasa y gravedad. Nos da lecciones aprovechables. Precisamente, una de las relecturas más aprovechables de mi verano literario es la que he dedicado a Una comedia ligera (1996). No hay ninguna conmemoración que me justifique, salvo que Mendoza es uno de los autores que examino y celebro en La imaginación histórica (2012), el volumen que me han premiado la Fundación Lara y la Obra Social de IberCaja.

1. Una comedia ligera es una novela ambientada en 1947. En ningún momento se da ese dato de manera directa o explícita, pero el narrador –un narrador en tercera persona que nunca se identifica– proporciona distintas pistas para precisar dicha cronología. Lo hace así para que no haya duda alguna. Por ejemplo, Alfried Krupp, un famoso industrial alemán, fue condenado en 1947 en los Juicios de Núremberg: de esa condena se habla en tiempo real en algunas de las páginas de esta novela. O, por ejemplo, en algún instante el narrador se refiere al estreno español de Gilda (1946), algo efectivamente ocurrido en dicho año: en 1947. Estamos en plena posguerra española, en la Barcelona del estraperlo y de los jerarcas franquistas. Pero en la novela se habla de la bomba atómica y de algún avistamiento en Nevada. Que se sepa: la primera prueba nuclear data de 1951. ¿Es un error, un lapsus, un anacronismo? ¿Acaso mezcla deliberadamente hechos de años diversos para así conseguir una época prototípica? Los personajes de esta novela hablan con lenguajes arcaicos, frecuentemente cursis y rebuscados, como era propio de la posguerra escénica: chitón, periquete, atiza, diantre, etcétera. Ésas son palabras propias del teatro burgués de entonces.

Quien cuenta en la novela lo hace como un cronista. “Aquel verano se puso de moda entre las mujeres hacer encaje de bolillos”, empieza la novela. No tenemos datos ciertos que corroboren esa afirmación, pero dicho así no tenemos por qué desconfiar del narrador. La referencia al tiempo, al discurrir estacional, le da fuerza al marco en el que se van a insertar los hechos. ¿Cómo era el invierno? La gente se contaba “los minúsculos pormenores de sus pausadas existencias”. El relator emplea un tono irónico. Quiere simpatizar: simpatizar con el lector, del que quiere confirmación y provocación. ¿Cómo era aquella época?, podríamos preguntarnos. El narrador responde: eran “unos tiempos tranquilos, con pocas diversiones, en los que los días y las horas transcurrían lentamente” en torno a las mesas camillas y los braseros. ¿Ha habido tiempos así? El relator habla de las casas pudientes, de una sociedad distinguida, de familias sobradas que “veraneaban en la costa”. De ésas habla. ¿Y de las de medio pelo? “Las de medio pelo, en la montaña”.

El mundo era lo tocante, lo concerniente, lo inmediato. O aquello que se veía en la pantalla grande, en las tablas o en las ondas. Ni más ni menos: por ejemplo, había películas “de un romanticismo intoxicante y pobladas de mujeres fatales, que levantaban olas de concupiscencia con sus miradas, sus risas y sus bailes”. Olas de concupiscencia: hay que imaginar a damas procaces o a mujeres fatales, efectivamente. En realidad, según precisa el narrador, eran malas mujeres, portadoras del “pecado, la ruina y la discordia”. Uf. Uno hace el esfuerzo de imaginar a criaturas de esa encarnadura…

2. De entrada, la novela es una crónica sentimental e irónica de la posguerra. Contada por un narrador omnisciente, la historia es sobre todo la de una caída. Asistimos a la crisis de un tipo de mediana edad y de clase media, Carlos Prullàs: así, con acento y apellido catalanes y nombre propio en castellano. Es comediógrafo de inspiración clásica, previsible o burguesa: un hombre poco audaz, de imaginación embridada. Está bien casado, con Martita, hija de un magnate: una bicoca, dice su padre. Prullàs tiene a la familia veraneando en Masnou. Como corresponde a la gente de posibles. Y tiene un Studebaker que luce con naturalidad: el automóvil característico de un potentado. Prullàs es, en efecto, un señor, un “señorito tronera” de su tiempo (según lo juzga su suegro). Tiene algún lío con alguna joven de vida alegre a la que seduce, la señorita Lilí Villalba: una joven de mucha facundia que aspira a hacerse un lugar en las tablas y que habla como un personaje de melodrama. Y tiene algún otro lío con alguna dama decente a la que conquista: Marichuli Mercadal. ¿Quién es? Una pelirroja despampanante (en opinión de algunos), esposa de un eminente cirujano, un individuo borrachín: Rafael Mercadal. O esposa de un eminente berzotas, según el diagnóstico del propio Prullàs. Es una mujer algo tronada, con hondo desconsuelo y de tendencias suicidas, una señora creyente que peca con la carne y con el pensamiento y luego se lamenta.

3. Expresado en estos términos, parece que Una comedia ligera es el relato folletinesco y previsible de un adulterio. O de dos adulterios. Discretos, eso sí. Y parece la historia simple de un crimen. En el género novelesco, los cuernos y los muertos son tradiciones bien asentadas. Aquí, quien cuenta parece creer el relato complaciente de aquella Barcelona. Todo es muy espiritual e inspirador. Sin embargo, a partir del segundo capítulo viene el contraste… En todo caso, el narrador detalla episodios de personajes que parecen salidos de una comedia de sal gruesa, de enredo: o del TBO, de La Codorniz y del teatro humorístico de posguerra. Los caracteres parecen ser conscientes de su artificiosidad: o al menos los actores, como Mariquita Pons, a la que siempre el narrador llama “la célebre actriz”. Es ciertamente alguien de mucha notoriedad. “¿Quién es realmente?”, se pregunta el comediógrafo Prullàs. O, quizá, el autor dramático, según gusta de presentarse. “¿Una famosa actriz en el ocaso de su juventud, que sólo anhela agradar y ser querida por su público?, ¿la dama que descuella en los salones por su encanto y su desparpajo?, ¿o cada uno de los personajes que es capaz de encarnar?”

Hay burla, broma, en todo esto. ¿Cómo puede alguien llamarse Mariquita Pons? El teatro y la realidad se confunden en la novela. El personaje principal es Prullàs. Vive como puede su declive: el drama se renueva y él sigue escribiendo piezas de sofá, de salón, de ambiente burgués: comedias costumbristas. O “sainetes tontos”, según su propio director de escena. ¿Cómo se titula su última obra, aquella de la que hay ensayos en esta novela? ¡Arrivederci, pollo! ¿Qué es? “Se trata, como todas mis obras, de una intriga policiaca en clave de humor”. No es Calderón de la Barca. Puede que sea un auténtico petardo, según admite Mariquita Pons: tiene el tono ridículo de las piezas de entonces, con chistes malos o previsibles. “A ver, ¿por qué es un petardo…?”, pregunta Prullàs en plan retador. La respuesta no deja opción: “Porque el argumento es forzado, los personajes son inverosímiles y los chistes son más viejos que la sarna”, concluye Pons. No, dice Prullàs: “…la trama es ingeniosa, el desenlace es sorprendente y los chistes son tan graciosos que yo mismo me río al oírlos”. ¿Chistes? Sale un tartamudo, algo previsible… Sí, pero, hasta ahora, a los espectadores les ha gustado: “con el material más deleznable”, dice el director de escena, “hemos acabado levantando un éxito, y esta vez no va a ser de otro modo”. ¿Y ello? Ello gracias al “artificio de las sombras”.

Pero, eso sí, no debe confundirse con el cine, arte en el que “todo es falso” y que Prullàs no entiende: ¿”…unas fotografías que hablan?”, apostilla. Es más: “en el cine americano la gente se llama de un modo imposible de recordar y vive todo el año en casas de veraneo”. Eso dice, paradójicamente, Prullàs, acostumbrado a inventarse situaciones y personajes ficticios. Sin embargo, replica Mariquita Pons, “a las personas normales les gusta soñar que viven en una casa de dos plantas, con porche, garaje y jardín. También les gusta soñar que no se llaman Pérez ni García”. Resulta paradójico –o cómico— que Mariquita deba explicar esto a Prullàs. ¿No ha comprendido que necesitamos la ficción? “Las personas viven dentro de una película continua que se proyecta en el interior de sus cabezas”.

4. De Eduardo Mendoza podríamos decir lo que el doctor Mercadal dice de Prullàs: “admiro su ingenio, pero no sólo eso. Admiro también su penetración psicológica, la maña que se da para pintar personajes tomados de la vida misma. Todo bajo una apariencia frívola y desenfadada, como debe ser, sin prosopopeya”. Quien dice esto es un cornudo, un tipo que apura whiskies sin parar, un individuo que elogia a quien se beneficia a su mujer… No ve el engaño de su esposa (o sí que lo ve, pero no lo quiere impedir): una señora que no esta bien de la cabeza, de carácter inestable.

Pero el personaje más sobresaliente es don , vaya apellido para un alto cargo. De verdad, es un tipo temible: olfatea el delito político, se adelanta a las traiciones y sospecha, siempre sospecha en una Barcelona de posguerra. Desconfía, mira con recelo a unos catalanes que untuosamente se adhieren al Régimen y duda de las gentes de la farándula, siempre tan obsequiosas con el Gobierno Civil y las autoridades. Sabe de crímenes y de literatura, de teatro y de engaño, de comedias y de tragedias. Habla con un lenguaje hinchado, muy retórico y campanudo.

5. La España de aquel tiempo es mezquina, con familias distinguidas de poco fuelle, con pobretones sin esperanza, con jerarcas amenazantes. Todo es ceguera, expectativa incierta y miedo: de aquellas torpezas y de aquella artificiosidad nos reímos ahora. Menos lobos… No tenemos por qué sentirnos mejores ni superiores. Ahora nos dicen que corremos el riesgo de regresar a aquellos tiempos, de retroceder a un país menesteroso y sin recursos. No lo descartamos. Sólo nos falta la reaparición del estraperlo y del mercado negro. O sólo nos faltan la sorna y el dolor de un cronista como Mendoza, alguien que haga el retrato y el escarnio de una España opulenta y ostentosa, ficticia: una España ahora tutelada que se encomienda a la superioridad. O a Dios.

Menuda broma.

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Fotografía de Ricardo Martín.

En una entrevista publicada por el periódico argentino La Nación el 3 de agosto de 2012, Javier Marías respondía a distintas preguntas. Algunas de esas cuestiones ya le habían sido planteadas en numerosas ocasiones. Tal es su celebridad…

Largos y breves estudios aluden directa o circunstancialmente a Marías. De ellos tenemos noticia frecuente. Por su lado, el autor se explica, hace revelaciones, proporciona pistas sobre sus ficciones y sugiere instrucciones de lectura. Aunque protesta razonablemente cuando se le pide una aclaración sobre su obra, Marías acaba también interpretando lo que escribe y por qué lo escribe.

Google nos crea una impresión de actualidad y de densidad, cosa que es cierta en parte. Lo que de Javier Marías se dice no siempre es nuevo o lo que Javier Marías dice de sí mismo puede ser una irremediable repetición. La identidad de los individuos y la actualización incesante a que se les somete en la era de Internet parecen incompatibles. De todo parece haber datos y de todo parece haber novedades. Sobre eso mismo y sobre la permanencia del yo, Marías también responde. Y también ha escrito.

En esa entrevista concedida a La Nación, el autor hablaba inevitablemente sobre su condición intelectual y creadora, de sus motivos: tanto de lo que le mueve a escribir como de lo que permanece en cada una de sus obras. Entre otras cuestiones que se le formulaban había una insólita y a la vez previsible: ¿cuántos escritores hay en el Marías escritor? La identidad y el cambio, lo persistente y lo mudable… La respuesta era terminante y esquiva a un tiempo: “Yo me veo como el mismo en toda ocasión, pero seguramente no lo seré”.

Ser el mismo es ser un autor reconocible gracias a ciertos rasgos comunes o reiterados. Eso no es necesariamente malo. Eso es el estilo: la inspiración sometida a un hallazgo propio, cosa que es frecuente en un novelista que ha alcanzado la madurez. Sus obras reflejarían la continuidad del escritor, la permanencia de ciertas preocupaciones, el mantenimiento de un lenguaje identificable, la familiaridad de los narradores, de las voces.

“La mayoría de mis narradores son intérpretes en un sentido amplio del término”, respondía en la entrevista de La Nación. En efecto, observan y conjeturan sobre lo que ven; mantienen los ojos bien abiertos y se plantean hipótesis sobre lo que divisan o creen estar divisando. Eso no significa que acierten; significa que permanecen alerta y aventuran interpretaciones acerca de los actos humanos. No son exactamente indolentes, pero se demoran examinando el lenguaje, las posibilidades o las consecuencias expresivas de lo que ellos dicen o de lo que sostienen sus contemporáneos y antepasados. Son personajes que han de verbalizar, que han de manifestar constantemente lo que les sucede y lo que perciben. Por ello, en las novelas de Marías no suelen pasar muchas cosas. Por ello, esos narradores –de cada uno de los cuales es de quien depende aquello que sabemos o aquello que llegamos a saber– son reflexivos, minuciosos: cavilan frecuente o constantemente. Son como detectives en estado de vigilia o como individuos preocupados, obsesivos.

¿Quizá como el propio Marías? Volvamos a la entrevista en La Nación. Sobre los narradores de sus novelas, que algo de él quizá tengan, añade el novelista: “No intervienen ni actúan mucho; ven, observan, son testigos a menudo pasivos. Y tienen profesiones en las que transmiten saberes (un profesor) o sirven a la voz de otros (un “negro”, un intérprete en el sentido de traductor, un intérprete de vidas como en Tu rostro mañana). En cierto sentido son fantasmas, y he dicho en muchas ocasiones que el punto de vista de un fantasma me parece un excelente punto de vista para narrar: uno ya no está, ya nada puede pasarle, pero a la vez no es indiferente a los hechos (por eso los fantasmas vuelven y rondan)”.

Habría, sí, voces semejantes que cuentan las cosas de modo parecido. En esa entonación diversa y a la vez variada distinguiríamos la voz de Marías, la fórmula del novelista maduro: un decir largo e introspectivo, una expresión sostenida y a la vez interrumpida por digresiones, por el detalle verbal, por el análisis lingüístico. ¿Y esto? No es una rareza de Marías. Es, más propiamente, un mecanismo de defensa. Los seres humanos pensamos así, con un flujo de conciencia desordenado, con contaminaciones sensoriales, con contagios, con recuerdos que acuden, con asociaciones libres. Una cosa nos lleva a la otra y a otra más para inmediatamente después volver al punto de partida. Así pensamos, sí, y aunque parezca mentira no es raro dedicar muchas cavilaciones a lo que decimos y a cómo lo decimos. Los narradores de Marías son la quintaesencia de ese proceder, de esa preocupación por el lenguaje.

¿Acaso son saberes o pedanterías de quien fue profesor de traducción? Es algo más, o mucho más. Las palabras y las cosas no se ajustan enteramente. Es más: las palabras –que dependen de códigos comunes– forman parte de hablas particulares; se dicen en contextos concretos; tienen significados diversos, incluso contradictorios; y son ecos, reiteraciones de palabras ya dichas. Las palabras pasan de una lengua a otra sin que haya equivalencias exactas o incluso aproximadas. Las palabras siempre son escasas a pesar de su fluir constante. Y, en fin, las palabras son causa de ambigüedades, fuente permanente de malentendidos. Pues eso, los malentendidos, son la materia frecuente de sus ficciones. Situaciones percibidas malamente sobre las que el narrador ha de conjeturar.

Equivocar el sentido de las cosas y confundir palabras –justamente cuando se está viviendo, cuando se está mirando o escuchando– puede ser algo incomodísimo, arriesgado y hasta chistoso, muy divertido. Es lo que les ocurre a los narradores de Javier Marías, siempre tan minuciosos con el lenguaje: y, a la vez, siempre tan observadores, intuitivos pero algo patosos. Ejercen alguna profesión, disponen de alguna competencia. Son gentes que no se resignan ante la confusión o ante el secreto mejor guardado, seres a quienes desborda la realidad de la que disfrutaban. Por eso se ven envueltos en situaciones que ellos no habían previsto ni deseado, situaciones que los desarbolan…

Releo ahora por cuarta vez Corazón tan blanco (1992) y confirmo nuevamente que todo Marías está en dicha novela: el Joven Marías, el que dejaba de serlo, el Marías maduro y sus narradores, dispuestos a contar, callar, averiguar, conjeturar e interpretar lo propio y lo ajeno, lo cercano y lo distante. Toda la novela es un tanteo y nosotros, sus atentos lectores, comprobamos las hipótesis de Juan, el relator; constatamos su perspicacia, su zumba y su carácter irremediablemente neurótico. Pero descubrimos también la minucia de Javier Marías: la observación de lo insignificante es el principio del acierto. Verdaderamente, Dios está en lo particular o el Diablo está en los detalles: en lo más inmediato, en eso de lo que no hay que apartar la vista…

Precisamente: cuando uno no levanta cabeza, invoca a Dios o a todos los Demonios. Ahora, qué diantre, yo no levanto la cabeza. Simplemente leo.

Seguimos….

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Fotografía de Daniel Mordzinski.

Esto es todo, amigos

11 julio 2012

Forges. Vivimos un tiempo de ficciones crecientes para las que nos faltan códigos y claves. Uno de los factores determinantes es la multiplicidad de datos contradictorios. Nos invaden el desconcierto y lo ilusorio. El desconcierto, en el sentido de la decepción y de la frustración; y lo ilusorio en el sentido de la irrealidad y la confusión. Tenemos la cabeza como un bombo, según vemos en la viñeta de Forges para El País del 10 de julio de 2012. La dama está inquisitiva y aburrida; el tipo está derrengado y ojeroso; la tele está apagada, inane; y el periódico boca abajo: no se le caen las letras.

A mí se me caen los palos del sombrajo. Vaya circunstancia. Resulta difícil discernir lo auténtico de lo fantaseado.  De todo parece haber antecedentes y de todo hay su contrario. Cualquier cosa se propaga: de muchos –de celebridades o de personajes circunstanciales– sabemos o creemos saber cualquier cosa gracias a las noticias y a los bulos que corren.

Dolores de Cospedal. Leer la prensa exige cada vez mayor esfuerzo, una laboriosa tarea de análisis. Los titulares son de difícil interpretación: los hechos y sus metáforas se mezclan. Martes, 10 de julio: la portada de El País en papel resulta casi indescifrable: “El déficit detona la subida del IVA”. ¿Detona? O la noticia que el otro día, 29 de junio, sólo tenía una columna con el siguiente titular: “El jefe de Barclays, acorralado por manipular tipos”. ¿Acorralado? Luego nos enteramos de qué iba el asunto. Más valía no haberse enterado… Este bla-bla-bla aturde.

Ciertos políticos dicen cosas graves con atrevida ignorancia, como Dolores de Cospedal. De ella, de la señora De Cospedal, me ocupo en un artículo en El País: qué estomagante me resulta casi todo lo que sostiene o defiende. ¿Han visto con qué suficiencia nos mira? Lo he titulado así:

Dolores de Cospedal

Otros políticos han dicho cosas tremendas y desafiantes. Ahora tienen que pronunciarse en los juzgados, como los adláteres de Francisco Camps. ¿Y los banqueros? Hay gente prudente en este sector, por supuesto que sí. Y hay gente inverosímil que cobra protagonismo, como Rodrigo Rato. Y cobra… ¿Y los ministros? Pues los ministros ponen caras de estar enterados, como Luis de Guindos o su compadre Cristóbal Montoro, tan cachazudo. Podrían hacer de Reyes Magos: para repartir los chuches. Falta un tercero: que pongan a De Cospedal.

Tenemos una dieta abundante, excesiva: nos abastecemos con datos que unos u otros cuentan y que no siempre sabemos interpretar. Hay, sí, un runrún inacabable. Tantos testimonios nos desazonan y, por eso, lo espectacular o lo bizarro, aquellas referencias que se salen de la norma, acaban por imponerse. En consecuencia, la realidad se deforma. Más que en la historia, parecemos vivir en una historieta. Cuánto tiempo nos roban la actualidad, las novedades. Bueno, la actualidad y otros personajes secundarios. De Cospedal es muy secundaria: de hecho, es la segunda de Mariano Rajoy.

Alejandro Lillo. Quiero pensar que dentro de unas semanas dedicaré horas y horas a otra cosa más edificante: a leer y a releer novelas. Creo que debemos cultivar la imaginación. No para alardear de fantasías o de erudiciones pasmosas, sino para ponernos en el lugar del otro, para saber más de la conducta humana. Al historiador le hace falta imaginación. También al individuo corriente.

Eso mismo le cuento a Alejandro Lillo en la conversación que hemos mantenido sobre el particular. La hemos titulado

Historia e imaginación

Se trata de una entrevista que publica Ojos de Papel con motivo del libro La imaginación histórica (del que la revista reproduce unos extractos). No saben qué interlocutor es Alejandro Lillo: se me adelanta y me conoce… El resultado es una conversación agradable y quizá aprovechable. Alejandro lo ha hecho muy bien y yo he hecho lo que he podido: esto es todo, amigos.

Si les apetece, repasen el resto de la revista. Hay artículos de mucha enjundia. Como el de David P. Montesinos dedicado a Mad Men. Cómo lo envidio. Yo perorando de cosas académicas y él hablando de la ficción más notable de nuestros días. Volveré. El número de OdP viene cargadito, bien repleto de reflexiones y contribuciones que merecen horas de lectura y demora y un puntico de imaginación (por ejemplo, la de Miguel Veyrat). Punto y aparte.

Mi padre. Aunque pueda parecer un pelma, he de repetirlo. Buena parte de lo que sé se lo debo a mi padre: , saber, en el sentido de leer. Leo por gusto, por placer personal, pero también por haber sido inducido por mi señor padre. Fue él quien primero me habló de los escritores que tempranamente habían escrito sobre la Guerra Civil: desde Ernest Hemingway hasta José María Gironella. Estamos en julio y estas cosas vuelven…

Lo que me decía de ellos era que daban un testimonio directo del conflicto. Siendo joven leí parte de lo que me recomendó, pero no sentí proximidad alguna con lo relatado, con lo contado. Allí estaban, en casa, aquellas novelas. Mi padre me hablaba con admiración. Y me sugería su lectura por eso, por la cercanía testimonial y por la crudeza.

Sin embargo, había algo en esas historias que no me satisfacían: nos ataban a un pasado reciente que pesaba, propio de otra generación, y del que los jóvenes queríamos desprendernos. Hablo de finales de los sesenta y comienzos de los setenta. Lo español y lo carpetovetónico asfixiaban; y la gran literatura, incluso la literatura foránea, ayudaba a imaginar otros mundos, quizá más civilizados.

Los autores que trato y analizo en La imaginación histórica (Antonio Muñoz Molina, Javier Cercas, Eduardo Mendoza, Luis Landero, Arturo Pérez-Reverte) no convierten la Guerra Civil en materia central de sus novelas. Lo que en sus obras hay es la evocación, la información vicaria, la transmisión generacional: una Guerra contada por los mayores y que estos prosistas reelaboran con esos relatos y con las experiencias de otros, con lecturas, con películas, con informaciones que han recogido después. Se documentan.

Ambientan, por ejemplo, algunas de sus obras en el 36 y recrean las violencias españolas contemporáneas –violencias preferentemente masculinas– pero no para hacer novela histórica, sino para pensar el presente, para representarlo hallando en la actualidad el peso del cainismo, del heroísmo. Estos autores imaginan momentos en que ellos podrían haber estado y se preguntan qué habrían hecho. Se responden fabulando, novelando, conjeturando sobre esa posibilidad. Pero esos autores quieren escapar, quieren huir de ese pasado desastroso: para ello nada mejor que dejarse influir por lo foráneo, por lo extranjero, por las literaturas universales.

Hace años, Javier Marías –de quien no trata en este libro, pero del que hablaré en un volumen venidero– escribió un artículo que bien podría servir de emblema apara lo que digo: ‘Desde una novela no necesariamente castiza”. Los autores que prefiero se arrancan el casticismo, pesada herencia, o lo diluyen con ironías y parodias. O con universalismo. O con hibridaciones literarias, mezclas cervantinas y posmodernas a un tiempo.

Mariano Rajoy. El presidente del Gobierno anuncia en el Congreso que se suprime la paga extra de Navidad. Nos quitan los chuches. Que yo sepa no ha dicho nada de la paga del 18 de julio. Al final se va a cumplir lo que yo vaticiné hace meses: los humanos resistiremos, pero El Corte Inglés, no. Cuando llegue fin de año y los empleados públicos no tengan líquido, la ficción navideña acabará. Adiós a las rebajas y adiós a los Reyes. Yo llevo dos años sin utilizar la tarjeta de dicho establecimiento: se me rajó  y ya no renové el plástico. En El Corte Inglés me han olvidado…

Escapar corriendo. La lectura de El árbol de Teneré (Calima, 2012), de Juan Planas, perturba. Una reseña de Francico Fuster lo deja bien dicho… Abres el libro y lo primero que te encuentras es una entrada de los Diarios de Franz Kafka.

“21 de agosto [de 1912]. He leído a Lenz incesantemente, y él –así estoy yo– me ha hecho entrar en razón”, cita Planas. Pero yo he consultado otra versión de los diarios. No puedo disfrutar del original y por ello me resigno a estas espléndidas e imaginativas traducciones. Leo la edición que Jordi Llovet dirigió para Galaxia Gutenberg.

A Kafka, la lectura le hace entrar en razón, repite Juan Planas. ¿Qué será tal cosa? Entrar en razón. ¿Acaso moderarse? No sé, en mi ejemplar, la versión es distinta: “He leído incesantemente a Lenz y gracias a él –así me encuentro– he vuelto en mí”. He vuelto en mí. No sé: es una confirmación del encierro, de la repetición: uno acaba regresando al personaje nimio que es…

Juan Planas reproduce otro fragmento de esa misma entrada de los Diarios. Según añade Kafka, leer es manifestar simultánea e indirectamente una insatisfacción. Cuando tomamos un libro, levitamos: “todo el mundo levanta los pies del lugar en que se encuentra, para escapar corriendo”. Escapar corriendo: poner los pies en polvorosa, que se decía en los tebeos y dibujos infantiles. O en mi versión: “todo el mundo levanta los pies del sitios en que se encuentra para irse de él”.

En Planas, la realidad no puede ser un mal principio: nos da arraigo y sensatez en un mundo de gentes desnortadas y dementes. La realidad, sí, no puede ser un mal principio: siempre y cuando podamos abordarla para escapar y para, finalmente, volver maltrechos o indemnes. “Pero viajo entre los escombros de los hospitales / y no encuentro mi nombre entre las listas de bajas. / Será que estoy en fuga o, quizá, en el purgatorio / de los que aún tienen fe en el cielo y en el infierno.” Eso precisa Juan Planas.

Leer para perderse. Llega el verano y todo marcha más lento. Ya hay lista de bajas. Uno demora la actualización del blog, dejándose llevar por la haraganería. O eso espera uno tras la agitación de los meses precedentes, tras el trabajo. Aunque, bien mirado, no es más que un deseo, pues en verano estallan guerras y se producen cataclismos… Aún me quedan semanas para disfrutar del dolce far niente, pero ya quiero pasear, hacer ejercicio, tomar aire y broncearme moderadamente. Y ya quiero leer sin tasa novelas, poemas y ensayos. ¿Para qué? Para perderme, para salir de mí mismo. Por eso leemos: para olvidar durante un tiempo esos personajes previsibles que somos.

“He de recuperar el hilo o dejarlo escapar por completo. / Huyo con él y huimos. Huyo contigo y de mí. Huyo”, leo en el libro de Juan Planas: un diagnóstico preciso.

Algo semejante defendía Antonio Muñoz Molina el sábado pasado en Babelia. El mismo día en que aparecía el suplemento de letras y artes de El País, el  7 de julio, el diario vendía a precio reducido El viento de la Luna, uno de esos  libros que he leído, releído, glosado y vuelto a comentar. Me da reparo poner enlaces, pero podrían ser varios a las lecturas y relecturas, menciones y reacciones que dicha novela me provoca, ambientada principalmente en 1969, tres décadas después del fin de la Guerra Civil. Para esas fechas, yo tenía diez años…

 Uno. Tengo el honor de presentarles mi nuevo libro:

La imaginación histórica.

Ensayos sobre novelistas españoles contemporáneos.

Ha sido galardonado con el Premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos 2012, que concede anualmente la Fundación José Manuel Lara y la Obra Social de Ibercaja.

Según la nota que se ha hecho llegar a los medios, “La imaginación histórica, de Justo Serna, es una de las grandes apuestas editoriales del año de la Fundación José Manuel Lara”.

Dos. El volumen ya está editado, disponible en el mercado a partir del 19 de junio. Se presenta a los medios de comunicación en rueda de prensa el 21 de junio, a las 11,30 horas, en la sede del Grupo Planeta en Madrid (Paseo de Recoletos, 4-5ª planta).

Tres. En la contracubierta de este libro puede leerse lo siguiente:

“Este libro es un ensayo de historia cultural. No trata del pasado, sino de la ficción. Trata de la novela y de ciertos novelistas. En concreto reconstruye sus obras y sus correspondencias, las invenciones y las experiencias históricas en que se basan. De todas las posibles, Justo Serna ha escogido las de Eduardo Mendoza, Luis Landero, Arturo Pérez-Reverte, Antonio Muñoz Molina y Javier Cercas. Todos ellos se dan a conocer tras la muerte de Franco y al hacerlo incorporan y rehacen las tradiciones literarias que la Guerra Civil y la Dictadura quebraron o abolieron. ¿De qué modo aprendieron a ser locales y universales, leales a tradiciones previas y a la vez innovadores? El análisis permitirá averiguar qué fue para ellos el pasado, esa contienda del 36 que no vivieron. O qué fue el régimen franquista, que todos padecieron. O qué fue la Transición, que a punto estuvo de atascarse trágicamente. Las novelas expresan miedos, esperanzas y tanteos, repiten esquemas y ensayan nuevos caminos. Los autores son hijos de su tiempo y a la vez se aúpan, se elevan por encima de la corriente. Son individuos más o menos desconcertados, contemporáneos de una época que carga con un pasado del que se distancian”.

Cuatro. Entrevista a JS por Carmen Carballo (Fundación José Manuel Lara), mayo de 2012:

–¿’La imaginación histórica’ es fruto de su trabajo como crítico? ¿Cuánto tiempo le ha llevado?

–No sabría precisar. Así, a bote pronto, yo calculo que este libro me ha costado cincuenta y tantos años de trabajo: como lector de novelas, principalmente. Pero también como historiador, como crítico. Desde pequeño supe que la ficción me era aprovechable; supe que los que crean, me recrean obligándome a salir de mí mismo; descubrí, en fin, que la literatura es una defensa contra las ofensas de la vida (según indicara Cesare Pavese). Sin duda, cuando escribo crítica cultural, cuando hago historia cultural, sigo unos preceptos que espero haber aplicado en este libro.

Leer más aquí.

Cinco. Entrevista a JS por Ferran Bono para El País (10 de mayo de 2012):

“En palabras del propio Serna: “Como historiador observo la literatura de ficción, ciertas novelas de ciertos autores, todos narradores varones, que asumen el pasado reciente español, cargan con el desastre de nuestro país y después lo reelaboran a través de la ficción, en una suerte de explicación y también de salida´´…”

Leer más aquí.

Seis. Entrevista a JS por Silvia Hernando para El País (13 de junio de 2012):

“Los novelistas aportan una concepción de la realidad histórica que afecta e influye enormemente en nuestra interpretación del pasado reciente, a veces mucho más de lo que los historiadores pueden decir”, señala el autor. “Mucha gente se forja la visión del franquismo a través de la ficción novelesca”. El rizo se riza con la cuestión de la tradición literaria en España, a la que la Guerra Civil puso freno, y el exilio impuesto a muchos a su fin. “La reconstrucción cultural española se hace incorporando tradiciones rotas e incorporándose los nuevos autores a tradiciones foráneas”, explica Serna. Es decir, que los mundos españoles que los escritores dibujan en sus novelas están también perfilados por el influjo de la literatura universal…”

Leer más aquí.

Siete. Entrevista a JS por Javier Ors para La Razón (17 de junio de 2012):

“Desde un prisma personal, estos escritores circulan por la orilla de la Historia aportando su visión, una mirada propia, diferenciada, que les distingue del resto. De Mendoza [Justo Serna] subraya «su recreación del pasado con ironía, parodia y un respeto fiel. Pone guasa a ese dolor real que él trata y detalla en sus libros»; de Cercas, que «en sus novelas siempre hay varones desnortados, que no son héroes, pero que poseen pequeñas virtudes que les lleva a actuar con corrección»; de Muñoz Molina, «su concepción de la ficción como un conjunto de vidas posibles que, además, le permiten analizarse a él mismo como autor en unas circunstancias que no ha vivido»; de Landero, que «muestra un tipo de personaje, charlatán fantasioso, que piensa en el futuro para arreglar el pasado», y de Pérez-Reverte, «la idea de cronista. Es el más moralista, aquel que nos alecciona sobre los errores cometidos. En sus relatos siempre está latente la tensión entre el pueblo noble y bruto y unos dirigentes traidores a la causa colectiva».

Leer más aquí.

Ocho. Entrevista a JS por Esther Peñas para Solidaridad digital (26 de junio de 2012):

“Recuerda en uno de los capítulos las palabras de Pavese a propósito de que “la literatura es un defensa contra las ofensas de la vida”. ¿Por qué hay tan pocas novelas que sean luminosas, es decir, que canten o que recreen la parte no en penumbra de la vida?


Si hiciéramos una inspección o reflexión veríamos que no necesariamente es así; hay muchas novelas que tienen humor, guasa, esos elementos de broma podríamos decir que son una recreación de la felicidad y provocan felicidad. El humor es una defensa contra las ofensas de la vida y, por tanto, una manera de evitar el daño que nos inflige la existencia porque vivimos infelices, creemos que no tenemos lo que debemos y, por tanto, con la narración podemos cotillear en las vidas ajenas y salir airosos o indemnes de las experiencias desastrosas que otros viven y nosotros vemos con superioridad o suficiencia”.

Leer más aquí.


Seguiremos informando.

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-Reseña de La imaginación histórica:

Braulio Ortiz, “Fabulaciones del pasado español”, Diario de Sevilla, Málaga Hoy, Diario de Jerez

-Reseña de La imaginación histórica:

Letras hispanas

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