Home

Natalia Ginzburg

4 marzo 2014

Natalia-Ginzburg (2)[1] Estoy ultimando una ponencia sobre Natalia Ginzburg. La escribo como lector y como historiador, no como filólogo. Mi competencia es limitada, pero de ese obstáculo obtengo ventaja.

Mi texto es una conferencia para este jueves próximo en la Facultad de Filología de Valencia (salón de grados a las 10 horas). Es un acto académico sobre escritoras italianas. El evento lo organiza Juan Carlos de Miguel, amigo y a la vez profesor de campanillas. Me encanta participar en todo aquello que él prepare.

Mi texto trata de esta escritora italiana y trata de sus modos de expresión, de sus maneras de comunicación. De su gestualidad. Esa forma de abrigarse con una manta o mantilla, al estilo clásico; esa forma de fumar. En la posguerra, fumar era un logro femenino. Abordo la humildad y  la inestabilidad: ser judía y ser a la vez católica. Ese no lugar de quien no fue a la escuela primaria por indicación e instrucción del padre.

Hay un género expansivo, dominante: la novela. Quien la cultiva se envanece justamente con los resultados. Una novela lograda es una conquista cultural: lleva camino de convertirse en un clásico. El lector puede pasar horas, días, semanas en una historia que no le concierne y que –gracias a la autora Natalia Ginzburg en este caso– se convierte en un asunto suyo.

Pienso, por ejemplo, en Léxico familiar (1963) o en Nuestros ayeres (1952): Giznburg convierte en materia de relato lo que es experiencia personal, heridas;  y experiencia fantaseada, lo que es amor y un dolor inextinguible. Lo que es familia y sensibilidad. Lo que es expectativa y fracaso, puro fracaso.

Ella fue una mujer pionera. Murió en 1991 y no hemos dejado de leerla. Se empeñó en ser lo que quiso ser en una posguerra italiana y mundial larga y tensa. Quiso trabajar sin depender del acierto masculino. Tuvo presencia y protagonismo en una editorial de enorme trascendencia (Einaudi). Se casó un par de veces: la primera con un judío oriental, Leone Ginzburg, asesinado por los nazis. Concibió hijos de gran nombre: entre ellos, Carlo Ginzburg, ese historiador de exquisita mirada y mejor formulación al que siempre atiendo. Pero ella quiso ser ella.

Se declaró perezosa, se profesó ajena y solitaria. El resultado de su acción e inacción es una literatura de mucha enjundia. Una escritura de expresión y de laboratorio: no fue mera impresión ni chiripa. Hay un ejercicio de estilo para perfilar y trazar su propio autorretrato. La ficción fue su dominio, pero sus colaboraciones periodísticas fueron también filigranas.

Podemos llamarlas columnas, artículos, ensayos: siempre es un yo que se vuelca, que se abre, que se desnuda con pudor y dolor. No es un autora del montón. Es un montón de literatura lo que podemos hallar en sus escritos. Siempre que la leo es como si acabara de descubrirla. Es sencillamente genial. No exagero: no suelo emplear estos calificativos.

Releo a Natalia Ginzburg y confirmo una y otra vez la suavidad, la honestidad, la humildad.

Qué finura.

Anatomía del monstruo

5 febrero 2014

DraculayFrankenstein

Anatomía del monstruo

Por Serna & Lillo Asociados

Uno. Dos amigos e historiadores, Justo Serna y Alejandro Lillo, se ponen manos a la obra. Escriben Young Americans (un libro que pronto aparecerá en Punto de Vista Editores). Confraternizan y hablan de sus querencias y sus mitos, de la música y otros productos culturales: los jóvenes, aquellas criaturas que se rebelaron, rompiendo con lo establecido. La juventud… La estamos perdiendo, la estamos perdiendo.

Pero ambos historiadores también tienen sus querencias más góticas, de estética más rancia. Son otros productos culturales del pasado, otros seres menos atractivos a los que exhumar. Son muertos vivientes o vivos recientes, tipo repulsivos, odiosos: sin belleza, sin afeites, sin tupés, sin cazadoras, sin jeans. Son también criaturas, como los jovencitos, pero de otra naturaleza.

Son seres de la noche y del horror, como reza el tópico. Tienen otra compostura, otra hechura, otros propósitos. ¿Son bichos? Se lamentan del tiempo que les ha tocado vivir; se lamentan de la ingratitud y del género humano; se lamentan de su suerte. ¿A quiénes nos referimos? Al monstruo de Frankenstein y al Conde Drácula.

Uno nace a la vida, a la literatura, en 1818; el otro en 1897, acabando el Ochocientos. Pertenecen ambos a la tradición británica, tan rica en relatos góticos y pavorosos. Ciertamente, esos seres repugnantes nos meten miedo. Nos acobardan con sus malas intenciones. ¿Qué es lo que quieren? En principio, lo que quieren es vivir, sobrevivir y no malvivir como es el caso de ambos. Y algo más…

Uno está mal hecho, es más feo que Picio y tiene un comportamiento impulsivo. Como si fuera un niño. De hecho es un recién nacido, un vivo reciente. Nos referimos al monstruo de Frankenstein. Al estar compuesto de restos de cadáveres que sella Victor, adivinamos el tufo que desprende, ese olor mefítico que notifica su presencia corrompida.

El otro padece una eternidad culpable, una lividez mortuoria y tiene por hábito chupar sangre. ¿Con qué objeto? La sangre le sirve para mantener su triste existencia de siglos, una vejez preternatural y extrema que en principio no se le nota. Nos referimos al Conde Drácula.

No se lo creen, ¿verdad? Piensan que esto sólo es una estratagema publicitaria de Anatomía de la Historia, ¿no es cierto? Creen que no hay nada más que añadir sobre estos monstruos. Repasen lo que ustedes saben de Frankenstein (1818) y de Drácula (1897). O lo que creen saber. Aquí no andamos a medias. Las criaturas vuelven a Serna & Lillo Asociados.

Antes de que regresen con los jóvenes estadounidenses del rock y de la América colorista de los 50 (Young Americans), los autores e historiadores que suscriben avanzan sus reflexiones sobre otros seres: otras criaturas menos inocentes. De miedo: nos lo vamos a pasar de miedo (si aguantamos la presión).


Dos. Anatomía de la Historia ha tenido la gentileza de publicarnos sendos artículos que tratan sobre estos monstruos, sobre estos seres venidos de otro mundo o de otro tiempo, pero que han campado a sus anchas por nuestro imaginario.

¿Qué tienen estos entes que nos resultan tan fascinantes? Desde niños nos educan para creer que somos quienes somos, sabedores de nuestra identidad y dueños de nosotros mismos, de nuestra fisonomía. Afectamos gestos, ademanes, modos y maneras de presentarnos en público, justamente porque siempre habrá quien nos mire y nos escuche prestando atención al relato personal.

Seriamente preocupados por las apariencias, escrupulosos con el aspecto que tenemos, vigilamos nuestro yo y la precisa imagen que lo expresa. Sin embargo, la evidencia de la identidad, tan actual, tan propia de los tiempos modernos, ni es obvia ni es universal ni es para siempre.

Esa disolución del yo y esa confusión entre partes incompatibles se viven dolorosamente por los monstruos, y el daño que los lacera es mayor porque no hay escritura o palabras que suturen o cautericen. Se viven como monstruosos no sólo por su aspecto fiero, tan temible, o por su desaliño indumentario, que pregona lo peor, o por su personalidad troceada.

Se sienten como tales por carecer de una escritura propia con la que relatarse a sí mismos o por no contar con alguien amistoso a quien confesarse. Las memorias o la autobiografía o la revelación ante un interlocutor retienen la identidad varia dando asiento a lo que originariamente es simultáneo e incongruente.

La escritura, la voz confesional, es así una suerte de operación ficticia y apaciguadora. Nos repara, da argamasa a lo disperso y fija lo que pudo ser monstruosamente distinto. Son las palabras propias o ajenas aquello con lo que revestimos esa identidad siempre fracturada y dividida que es la nuestra, el orden verbal que nos permite representarnos sellando partes y cachitos del yo.

Pasen y vean. Pasen y lean. Están todos invitados a participar.

Frankenstein:
http://anatomiadelahistoria.com/2013/12/el-espejo-de-frankenstein/

Drácula:
http://anatomiadelahistoria.com/2014/02/dracula-ante-la-historia/

La angustia, dos o tres cosas que sabemos de ella

Por Serna & Lillo Asociados


EscaleraMiren esa escalera. Aunque ustedes no las vean, hay un par de personas leyendo en la terraza anexa. Probablemente historias de terror. Es verano, están de vacaciones y, sin saber por qué, se torturan con relatos de miedo. La casa está iluminada, pero al frente tienen una oscuridad profunda, como boca de lobo. Uno de los lectores está repasando Frankenstein y Drácula.

Frankenstein y Drácula, los personajes, tienen muchos elementos en común. Quizá el más importante sea la fascinación que estas dos criaturas ejercen sobre pensadores, escritores, críticos literarios y cineastas, por no hablar del impacto que siguen causando entre el público en general.

Disculpen lo obvio, pero si Frankenstein (publicada en 1818) y Drácula (aparecida en 1897) son novelas que siguen vivas en la actualidad, que siguen generando interés, será porque hay algo en ellas que continúa vigente. Tienen, como decía Isabel Burdiel, una potencia mítica que no decae. Tienen halo, tienen aura.

Los clásicos no son transparentes. Exigen de nosotros intervención e interpretación. Y generaciones sucesivas se esfuerzan por aclararlos, por liquidar su enigma. Pero no hay enigma que se resuelva de una vez para siempre.

Creemos que los relatos de fantasmas que arrastran sus cadenas por castillos tenebrosos son algo anacrónico, que tuvieron éxito en un período histórico concreto. Creemos hoy conmueven a pocas personas. No es exactamente así. Los fantasmas, los lienzos, las cadenas, el dolor inextinguible aún perturban a los seres más refinados.

Los relatos de M. R. James (Siruela, 1988) son exquisitos: atentan contra los sentidos y especialmente contra el sentido común. Los Cuentos únicos, de Javier Marías (también en Siruela, 1989), son una prueba palpable del amor que aún profesamos a esos desgraciados, a esos seres espectrales que nos persiguen o ayudan: incluso nos auxilian.

Carlota Fainberg (Alfaguara, 1999), de Antonio Muñoz Molina, es una sofisticada historia de fantasmas. Transcurre en nuestro tiempo: lo mismo ocurre con otros relatos de dicho autor. No decaen los espectros. Al contrario, parece que el mundo contemporáneo se nos llena de fantasmas y fantasmones…, de presencias de otro tiempo que se resisten a desaparecer. Y no es una metáfora.

Ahora bien, no hay ningún espectro que haya logrado la celebridad de este par de monstruos de los que venimos hablando. Ni siquiera el fantasma de Canterville ha sobrevivido con tanto vigor como sus cofrades de las tinieblas.

Comparados con la pasión que despiertan estos dos monstruos en la actualidad, los espectros sólo llevan una vida digna, sin grandes aspavientos. En cambio, las fabulaciones de Bram Stoker y de Mary W. Shelley continúan inquietando con fuerza, causando polémicas populares e intelectuales y, en fin, dando que hablar.

Y de ellos, de ese par de figuras espectrales, hablamos en Anatomía de la Historia. Son seres ansiosos, que padecen alguna dolencia anímica, que soportan una existencia angustiosa. La edad, el repudio social, el aislamiento, la nocturnidad, la soledad, la falta de compasión, la fatalidad de un destino mortal. En Drácula hay un fatum y en Frankenstein hay un abandono. ¿Por qué viven o malviven con ese pesadumbre?

No dejen de visitar estos enlaces. Atrévanse a subir, a hacer click.

Más allá hay monstruos.

Frankenstein:
http://anatomiadelahistoria.com/2013/12/el-espejo-de-frankenstein/

Drácula:
http://anatomiadelahistoria.com/2014/02/dracula-ante-la-historia/

Antonio Muñoz Molina

26 octubre 2013

imageHe leído el discurso de Antonio Muñoz Molina en la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Lo he leído con placer, como disfruto tantas palabras suyas. Con emoción.

Hace una defensa del saber cotidiano, de la práctica, del oficio, como dice expresamente. Hace un elogio de las cosas bien hechas: para qué hacerlo todo con rapidez desmañada o con raptos de inspiración, si podemos completar sensatamente las obras, los trabajos, las manufacturas. Hace un encomio de la modestia orgullosa, si se me permite afirmarlo así: es decir, de la abnegación y del empeño, de la dedicación.

Hace una crítica del desaliño, de la corrupción, de la inmoralidad, de la impolítica: esto es, del delito y de la descortesía, de la desfachatez y de la picaresca. Hay tanto caradura suelto y hay tanta gente honesta sin trabajo o alimento.

Antonio Muñoz Molina hace un diagnóstico, escruta. Ve las cosas y, como un artesano que examina y pule la pieza que tiene entre las manos, coloca cada resorte en un todo que funciona. Su discurso funciona porque habla queda, lentamente, con propiedad y sinceridad. Con imaginación y con oficio.

Él es escritor, observa e imagina cosas que luego arma y levanta en novelas. Se ha repetido muchas veces, pero es verdad: como decía Cesare Pavese, la escritura es, puede ser, una defensa contra las ofensas de la vida. Contra las injurias del tiempo o contra los propios miedos, infantiles o adultos.

En 2004, a una pregunta que yo le hacía sobre la brutalidad masculina, el escritor respondía: ” Yo de niño era muy consciente de la fuerza bruta de la que carecía, y viví atemorizado por ella con mucha frecuencia. En Úbeda, en mi calle, los niños mayores podían ser temibles, y en la escuela y luego en el colegio de curas donde hice tres cursos de bachillerato elemental había individuos que, sinceramente, me causaban pánico. Había una pareja tremenda en segundo de bachiller, dos forajidos que iban siempre juntos, internos, con mirada torva y granos en la cara. Uno se llamaba Endrino y el otro, adecuadamente, Rufián Rufián. Yo me sentía cobarde y débil, y me avergonzaba de mi debilidad”.

Muchos años después, Antonio Muñoz Molina ha demostrado sobradamente su fortaleza, su coraje. No hay rufián o rufián a los que no pueda hacer frente: con la palabra, con el sentido común, con el trabajo, con la imaginación.

Esta semblanza me ha quedado muy amistosa. Así es. Con claridad lo digo y no la voy a oscurecer.

———

1.-Discurso de Antonio Muñoz Molina:

http://ep00.epimg.net/descargables/2013/10/25/9afc1bbdbbcdf2defd7934b2b0d017f4.pdf

2.-Entrevista de Antonio Muñoz Molina por Justo Serna (para ‘Ojos de Papel’, 2004):

http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article=2172

3.-Fotografía de Antonio Muñoz Molina por Ricardo Martín (para ‘Mercurio’)

http://revistamercurio.es/galerias/retratos-de-ricardo-martin/

image“¿Qué haces que no estás leyendo?”, podríamos decirle al amigo que se aburre, al adolescente que en la playa se consume.

Estamos en agosto y algunos hemos hecho acopio de libros para un pasar, para pasar el mes. Es como cuando viene una guerra y acumulamos azúcar y aceite para sobrevivir. Sabes positivamente que esos alimentos son insuficientes, pero sabes también que ligan con cualquier otra producto para completar la dieta.

Cuando llega agosto nos llevamos unos cuantos libros –o muchos– para asegurarnos alimento espiritual o el puro entretenimiento. Luego, cuando acaba el mes, hemos incumplido parte de los planes. Por ello, algunos de esos volúmenes regresan a sus estantes sin haber sido completados. No importa.

La lectura es un placer, un placer de los sentidos y del conocimiento, un plan de evasión y también un reconocimiento: a la inteligencia de los otros, a la sutileza con la que esos otros expresan las cosas, a la frase afortunada que justifica un libro, al párrafo que nos salva.

Estoy leyendo ahora un volumen que no parece muy adecuado para el ‘dolce far niente’ estival. Se titula a ‘El acontecimiento de la literatura’ (Península, 2013). Su autor es Terry Eagleton. La obra es un análisis enjundioso de la literatura, de su definición posible y de los rasgos probables que emplearíamos para determinar que un libro es literatura y que, en cambio, aquel otro, no. Eagleton es altamente sofisticado y se vale de la lógica para avanzar en su objeto de estudio.

Sin duda no es lectura para el ocio. Pero Eagleton es una fiesta irónica y dispone de una mirada ocurrente. Pone numerosos ejemplos y sus abstracciones las alivia con el humor inglés. No siempre le entiendes todo lo que dice, no siempre captas todas sus referencias eruditas o no siempre estás de acuerdo con lo que sostiene. Pero una página suya justifica el esfuerzo y el placer que procura.

A fin de cuentas, leer es descubrir un acierto, la fortuna de una expresión, su sonoridad, belleza o imageconocimiento. Un libro es un diálogo del autor consigo mismo y un tanteo con otros interlocutores potenciales. Nosotros, los lectores, tal vez hallemos en las últimas líneas de una página una iluminación, un logro verbal y emocional, lucidez o jovialidad.

Yo no les recomendaría ‘El acontecimiento de la literatura’, de Terry Eagleton, como lectura veraniega. Pero también les diría que yo he obtenido beneficio de sus páginas luminosas. Eso es lo que hemos de procurar: acopien libros y lean por placer buscando y hallando en cada párrafo, en cada estrofa, en cada línea, en cada verso, en cada palabra la recompensa. Permítanme acabar con algo trivial y archisabido. La lectura es el placer de lo inmediato, un tónico o un tóxico que nos administramos en grandes o pequeñas dosis y que tiene efectos secundarios.

Yo aún me resiento. Y eso… que no soy alérgico a casi nada.

Tomeo--644x362Fotografía: Agencia EFE

Ha muerto Javier Tomeo. No ganamos para sustos. ¿Por qué se nos muere gente a la que admiramos, escritores y actores por ejemplo, y en cambio duran y duran sinvergüenzas, pillastres, crápulas o delincuentes? De Javier Tomeo tengo muchos libros que llenan baldas y baldas. Escribió y publicó numerosas obras de las cuales creo disponer de casi todas a partir de Amado monstruo (1985). Con regularidad casi puntual, una o dos al año, Tomeo publicaba sus libros y libritos. Y yo, con fidelidad, adquiría y leía lo nuevo.

Nuevo, lo que se dice nuevo, no había mucho en Tomeo. No lo digo como reproche. Él escribía prácticamente la misma historia de tipos solitarios, avenados, retóricos y con tendencia al travestismo. Él escribió novelas y relatos protagonizados por seres tarados, de ojos desiguales, con tenencia al delirio y la paranoia. Lo demás le importaba un rábano.

Normalmente, el protagonista tiene siempre un personaje que le replica, alguien a quien creemos demente. No siempre es así. La chifladura la vemos y finalmente la diagnosticamos en quien creíamos cuerdo o sensato. En Héroes alfabéticos (PUV, 2008) le dediqué un homenaje en el capítulo titulado “Licántropos”. Mientras, aprovechaba para reírme a gusto.

Reproduzco aquí un artículo que publiqué en 2006. Me valgo de Tomeo para pensar Cataluña en forma de fábula. La de entonces, la del Estatut; y también, por qué no, la actual. El artículo tiene vigencia. Cataluña tiene hortalizas y deseos de independencia. De eso hablo: de rábanos y de actividades fraccionales.

Los rábanos de Cataluña

Levante-EMV, 11 de mayo de 2006

Hace unos años, Javier Tomeo publicó ‘La rebelión de los rábanos’ en la editorial Destino. Lo leí. Hace unos meses lo releí y escribí una anotación en el blog que por entonces tenía. Ahora he vuelto sobre esa novela y veo, para mi sorpresa, la extraordinaria clarividencia del autor. Tanto…, que parece una predicción de ciertas cosas que pasan. La rebelión de los rábanos es una simpática fábula, pero no protagonizada por animales (como dicta la tradición), sino por hortalizas. Las hortalizas de Tomeo son unos seres parlanchines dispuestos a crear un Estado propio, un Estado de independencia. Para lograrlo deciden escoger una receta culinaria como emblema. De lo que se trata es de acertar, de dar con el texto definitivo e irrepetible. Una tras otra se proponen recetas reales (esas a las aún nos atrevemos nosotros, los humanos), recetas inventadas (esas que todavía no hemos degustado), recetas razonables o disparatadas (esas cuyos ingredientes no casan, no pueden casar). La escogida finalmente ha de ser el símbolo que represente a la colectividad. Pues bien, lo que en principio parece tarea sencilla que a todos reúne, ese propósito entre grandilocuente y mayestático, es pronto motivo de enfrentamiento, de rencillas, de reproches mutuos, de envidias y, a la postre, de rencores entre socios y aliados.

¿Acaba ahí el conflicto? No, por cierto. Inmediatamente vemos aparecer la acción fraccional separatista de los rábanos que, por su mala cabeza, abren la jaula de los caracoles para que éstos, enemigos declarados, liquiden a las restantes hortalizas. Todo ocurre con tan mala fortuna, con tan poco tiento, que éstas y aquéllos (los rábanos) acaban devorados por los ladinos gasterópodos, unos caracoles que arrastran una pesada armadura y cuyo silencio, el silencio con que avanzan, resulta de lo más espantoso. ¿Habían reparado ustedes en su mutismo? “Saben que tienen la razón de su parte”, dice el narrador, “y por eso consideran que no tienen necesidad de dar a nadie cuenta de sus movimientos”, en este caso de sus movimientos letales. “Les importa un pimiento la opinión pública. No tienen por qué justificarse ante nadie”, precisa el narrador. “No actúan en función de lo que ellos consideran la dictadura del voto”, esa ley del número que los autoritarios detestan (también los silentes caracoles). Discutir sobre textos (las recetas) concebidos como símbolos unificadores es ocioso o comprometido, viene a decirnos el narrador: es trivial y hasta ridículo cuando de ello se deriva un estado de independencia que en nada favorece los intereses de los rábanos, pues lejos de aportar ventaja para los separados hunde a todos en la ruina o en la muerte provocada por el gasterópodo invasor.

La novela de Tomeo resuelve muy bien la fábula, y el apólogo no es meramente chistoso, sino que nos da lecciones profundas acerca de la estupidez humana. Además, el narrador, la voz que allí se expresa y cuenta, consciente de la inverosimilitud de una fábula moral en este milenio, echa mano de la ironía, así como de constantes apelaciones al lector. Ese narrador, insisto, sabe que no son creíbles cuentos al estilo de Samaniego y, por eso, además de la broma se esfuerza por dar verismo a lo que pasa. Justamente por eso, los rábanos no andan. ¿Hubo alguien, en el jardín fresco del edén, que viera alguna vez a estas hortalizas dando un paseíto? Si los rábanos no andan, entonces…: ruedan. Pero los guisantes no son menos verosímiles. Un petulante guisante se atreve a enfrentarse a la fiera, al gasterópodo, creyendo ser capaz de convencerlo… “¿Será usted capaz de comerse a una legumbre liberal y progresista que acepta de buen grado el hermafroditismo de todos los de su familia?, le dice al caracol. En la novela, las cosas no acaban bien puesto que al gasterópodo le importa un pito o un comino la cultura, añade el narrador, y el guisante es plato suculento para el caracol.

No me pregunten quiénes son los rábanos y quiénes las restantes hortalizas, quiénes los bichitos con caparazón y quién el guisante vanidoso. Pero la vida no es un cuento y yo espero que todo acabe sin fractura y con consenso. Los políticos de Cataluña tienen mucho que perder si la resultante del proceso es el deterioro de los consensos parlamentarios: pueden ser devorados por los caracoles.
…………………

Si lo pienso bien, me importan un rábano, los guisantes, las hortalizas y los caracoles. Lo que importa y me duele es Javier Tomeo, un hombre aragonés, tímido y antiguo, siempre dado a la gamberrada y al escrutinio metafísico.

24 de septiembre de 2010, Fotografía de Ricardo Martín

Antonio Muñoz Molina ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Si les digo que me alegro mucho, me quedo corto. Si les digo que mi felicitación es pura alegría, me quedo cortísimo. Voy a romper una norma que me impongo: no celebrar los logros de los demás refiriéndome a mí mismo. Pero no tengo más remedio. Ahora verán por qué.

Antonio Muñoz Molina es, para mí, un autor de referencia: probablemente el novelista más importante de mi madurez. Fue mi padre quien me insistió en que lo leyera. Tanto y tanto me lo dijo, que acabé disfrutando El dueño del secreto (1994), obra que por entonces acababa de aparecer y que he leído de momento seis veces.

http://justoserna.com/2011/03/24/por-que-hay-que-releer-novelas/

Muñoz Molina fue para mí un descubrimiento relativamente tardío: 1994. Desde entonces no he dejado de leer sus obras. No he dejado de releer sus libros, de escribir ensayos sobre sus ficciones, de publicar reseñas, de presentarlo en Valencia y en Segovia, de vernos, de tratarnos, de almorzar, de compartir unas cervezas. Es más: él tuvo el gesto de avalar Diario de un burgués (2006), del que somos autores Anaclet Pons y yo, en un Madrid gélido: en el Círculo de Bellas Artes. Normalmente, no hay fidelidad que dure tanto. Pues bien, espero serle leal hasta que me muera.

Es un autor que se compromete, que escribe admirablemente, con el que discrepo y convengo, con quien comparto y disiento. No hay frase irrelevante. No hay obra menor. No hay texto breve. No hay idea secundaria. Todo en él es significativo y discutible. Todo en él es prueba de amor propio, de esfuerzo, de valor. De cultura y de lectura.

Puedo considerarme amigo suyo. No saben de qué premio gozo. Una tarde de 2004, en la cafetería del Colegio Mayor Rector Peset, de Valencia, tuvimos una conversación tres personas: Antonio, mi padre y yo. ¿Imaginan? Fue probablemente el día más feliz de la vejez de mi padre. Aún me emociono. Yo viví aquello con una dicha absoluta.

Antonio, un fuerte abrazo y mi enhorabuena.
Justo.

——

Fotografía: Ricardo Martín

Elogio de la novela

8 noviembre 2012

Decía Denis Diderot en su Éloge de Richardson (1761) que una novela no es necesariamente una sucesión de acontecimientos quiméricos o frívolos, mero entretenimiento. Admitía también que la lectura de historias ficticias no es forzosamente peligrosa para el gusto o las buenas costumbres. Piénsese que en el siglo XVIII, este género literario tenía serios detractores (como esbozo e indico en La imaginación histórica).

Diderot era firme partidario de la ficción. Es más, añadía: todo lo que los filósofos o los moralistas compendian en máximas, tratados o ensayos, es lo que los novelistas ponen en acción, presentan y materializan ante nuestros ojos. Eso decía el filósofo para referirse concretamente a las obras de Samuel Richardson, el gran creador inglés. Con las descripciones, con las conversaciones y con las introspecciones, los autores de ficción reproducen lo que bien pudo ser, aquello que pudo ocurrir, cosas que nos parecen verosímiles y que nos incumben e impresionan. Con las novelas, en fin, perdemos el sentido para reencontrarlo de nuevo.

En el espacio de unas cuantas horas, parafraseo a Diderot, pasé por un gran número de situaciones, por tantas que la vida más larga que pueda disfrutar difícilmente podrá ofrecerme. Capté la pasión, el interés, el amor propio en su distintas facetas, me convertí en espectador de multitud de hechos, concluye. ¿Qué más se puede pedir? “Je sentais que j’avais acquis de l’expérience”. “Sentí que había adquirido experiencia”, apostillaba Diderot en su elogio de Samuel Richardson.

Lo mismo podría decir yo tras horas y horas de lectura, tras el tiempo que he dedicado a Antonio Muñoz Molina, a Javier Marías, a Javier Cercas o a Luis Landero. O a Eduardo Mendoza, de quien escribo en el último número de Mercurio. Entre otros muchos, claro. Estos autores no me trasladan a un país remoto ni a un lugar exótico. Tampoco me refieren cuentos de hadas. Como en el caso de Samuel Richardson también en estas novelas, sus personajes están sacados de la sociedad corriente y las pasiones que describen son las que yo mismo siento, por decirlo con Diderot.

Personajes sacados de la sociedad corriente… Las novelas nos han enseñado una verdad igualmente vulgar: que las personas nos asemejamos, añadía Diderot. Nos asemejamos, sí, tanto quienes pueblan las ficciones en páginas de demografía copiosa, como quienes las disfrutan o padecen cuando leen. Compartimos sentimientos, malestares y placeres, esa búsqueda del yo, de la autonomía. Con las historias inventadas, los novelistas nos facilitan la empatía, la compasión, palabra que no sólo alude a la piedad.

Compasión, en el Setecientos, es también sentimiento compartido, identificación, participación vicaria en los hechos narrados, mostrados y vividos. Es comprensión de la subjetividad: un individuo que se afirma y se expresa con vacilación, con arrojo y con cobardías. Es experimentación: probar las emociones ajenas, salir del ensimismamiento, adentrarse en lo ignoto o incierto, constatar la corrupción ordinaria de nuestras vidas. Ya se sabe lo que con cinismo y verdad dijo Jean-Jacques Rousseau en el prefacio de Julia o la nueva Eloísa (1760), “las grandes ciudades necesitan espectáculos y los pueblos corrompidos novelas”. Los lectores corrompidos necesitamos novelas. ¿Por qué? Porque nos sentimos próximos a los personajes y a sus dudas, ya que al conocer sus cuitas sobrellevamos mejor nuestros tormentos. Con intensidad emocional y alivio.

Yo debía escribir una reseña de Las leyes de la frontera (2012), de Javier Cercas para Ojos de Papel. Yo mismo deseaba glosar Absolución (2012), de Luis Landero. Mi dinamismo inconsciente me ha llevado a comprometerme en proyectos que no he podido cumplir, cosa que me frustra. Ambas novelas son especialmente recomendables: tratan de individuos ordinarios, incluso vulgarísimos; tratan de jóvenes que huyen y que a la vez esperan remontar; tratan de varones de poco fuste o de poco fuelle, como somos algunos. La vida nos da serios varapalos y nos pone en nuestro sitio, y ese lugar es siempre decepcionante.

O no. Quizá la mejor lección que pueda extraerse de ambas historias –con versiones no siempre creíbles, quizá falaces– es la ambivalencia de nuestros logros o de nuestras derrotas, la condición exactamente ordinaria de la epopeya. Mientras redacto esto, no escribo aquello a lo que me había comprometido. Qué quieren: soy inconstante. Permítanme repetirme para acabar. Hace años, hablando de Eduardo Mendoza, decía:

“…Ustedes y yo somos bastante decepcionantes, para uno mismo y para los contemporáneos que nos rodean. El ser humano siempre es ese tipo que desmiente todas las expectativas que sobre él se vuelcan, inconstante y escaso como resulta ser. Uno se forja sueños y quimeras, elabora planes, traza proyectos, aspira a completar objetivos y, al final, ve frustrarse buena parte de las ideas fantasiosas que se había hecho acerca de sí mismo. Los demás nos contemplan y los amigos o los enemigos elaboran también una idea muy cumplida de cada uno. Los amigos creen que somos mejores de lo que en realidad podemos ser y tienen de nosotros una imagen poco exacta y nada cabal. Los enemigos también son fieles compañeros: nos detestan, nos odian, y nos toman como el blanco de sus iras convirtiéndonos en el ideal de adversario que les gustaría tener. Cada uno de nosotros, conforme crece y madura, también se hace con un concepto de sí mismo, una idea más o menos elaborada que le sirve para exigirse y para describirse. En ocasiones, nos creemos mejores o peores de lo que en realidad somos. O bien tenemos un concepto eximio, elevadísimo, de nosotros, habiéndonos modelado según un ideal efectivamente poco realista, o bien nos perseguimos tomándonos como seres más odiosos o detestables de lo que de verdad somos o merecemos ser…”

Como los personajes de las novelas. Como los secundarios de Samuel Richardson. Como los tipos que emocionaron a Denis Diderot.

        

Fotografías por gentileza de Isabel Zarzuela
Acto del 18 de octubre de 2012 en la Casa del Libro de Valencia

Leo Las leyes de la frontera (2012), de Javier Cercas. Es un libro recién editado que he devorado con pasión y con unción. Dicho así suena muy religioso, sí.

Leo con recogimiento, algo trastornado. Me altera lo que me gusta y me conmueve aquello con lo que me interrogo. Y la última novela de Cercas, diestramente narrada, me hace preguntarme.

Tiene trescientas y pico páginas (aunque yo la he leído en el Kindle y eso no se nota), pero se me han hecho cortas. Convivo durante unos pocos días con gentes perfectamente verosímiles.

Un personaje de conducta equívoca (cuando no simplemente delictiva), un narrador pasivo, un informante algo tontorrón, una mujer perdida y a la vez atractiva, inteligente y vulgar. Un mito…

Los personajes se crecen conforme avanza el relato y las situaciones cobran una dimensión propiamente moral. Estamos juzgando a cada momento sin saber si acertamos o erramos. Eso es lo que hay. Héroes que son villanos, malvados que tienen su bondad, individuos que se ocultan y que finalmente se confiesan, damas que no son tales, caballeros que son ruines.

¿Continúo…?

Eso, ¿continúo…?, es lo que preguntábamos de niños cuando contábamos una película. Formábamos un corro y alguno de nosotros se ponía en medio de todos para ser escuchado. Si tenía habilidades, hacía ver la historia a quienes no aún habían contemplado el film. Se trataba de narrar con orden, de precisar la índole y el carácter de los personajes, de detallar los principales acontecimientos, de enumerar las consecuencias. Y había que hacerlo con énfasis, dando a cada gesto un efecto, cambiando las voces o los tonos, tarareando incluso la banda sonora.

Con Las leyes de la frontera le entran a uno ganas de repetir aquel teatro adolescente, de revelar los hechos, la acción y la moral de los personajes, las consecuencias. Pero en Javier Cercas eso sería un error. Primero porque un parafraseo de lo que el autor ha escrito abrevia y empeora lo que él desarrolla con mucha elocuencia. Segundo, y más importante, porque Las leyes de la frontera es una pesquisa. Un narrador, a quien nunca vamos a identificar, entrevista a los protagonistas de una historia remota, algo ocurrido en Gerona en el verano de 1978.

La novela que leemos son las versiones de algunos de esos personajes, lo que recuerdan treinta años después: la memoria embellece o empeora las cosas, agiganta o achata las gestas o las ruindades. Un adolescente charnego mira el mundo con vehemencia y con miedo, y con él una basca, una cuadrilla de muchachos que viven aventuras y desdichas. El protagonista principal de la obra no tiene vez ni versión y su cuento es contado por alguien que con él compartió experiencias y peligros y por alguien que asistió como testigo. Ahora ya son adultos y los detalles y relatos son consoladores o autopunitivos: o se salvan o se condenan, o se justifican o se lamentan, o se perdonan y se liberan. ¿Es así? ¿Ocurrieron las cosas así? 

Javier Cercas me regaló un ejemplar de su libro, gesto que yo le he agradecido mucho. La historia te atornilla: te ves envuelto en unas circunstancias y vidas remotas que no te conciernen y  efectivamente da otra vuelta de tuerca, un giro más, a la novela de la adolescencia, a la novela de formación. Aprendes o reaprendes lo que es el miedo adolescente, la inconsciencia o la temeridad del jovencito, el futuro de setenta años por vivir. Aprendes o reaprendes que el presente dura, que las apariencias sí engañan. Que la existencia no dura nada.

Menos mal que Cercas ha escrito una historia larga, matizada, con relatos contradictorios. Eso es lo bueno, muy bueno. Lo malo es que se lee en un santiamén.

Jueves, 18 de octubre, a las 19:30 en la Casa del Libro de Valencia.

Presentación:

 

La imaginación histórica (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2012).

¿Qué es la historia? (Madrid, Fórcola Ediciones, 2012).

.

Intervenciones de:

Javier Jiménez (editor),

Alejandro Lillo (historiador),

Francisco Fuster (historiador) y 

Justo Serna (historiador).

.

Jueves, 18 de octubre, a las 19:30 en la Casa del Libro de Valencia (Passeig Russafa, 11).
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.006 seguidores

%d personas les gusta esto: