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Carlos Arias Navarro

24 enero 2014

Don Carlos Arias Navarro

Por Justo Serna

En el programa del Gran Wyoming titulado El Intermedio aparecen con mucha CarlosAriasNavarrofrecuencia unas imágenes de don Carlos Arias Navarro. Lo que vemos repetidamente es su intervención del día 20 de noviembre de 1975, ese momento de la mañana cuando desde TVE se dirige a todos los españoles para anunciarles que Francisco Franco ha pasado a mejor vida.

Españoles, Franco ha  muerto”. Es un blanco y negro funerario, rotundo. Sucio. Y la cara del jerarca denota malestar, inquietud. Pocas horas de sueño. O zozobra ante el porvenir. La muerte del Generalísimo dejó inermes a sus más directos seguidores. ¿Acaso porque se les arrebataron los patrimonios o los privilegios?

 No. Sencillamente porque el país había cambiado, porque la sociedad estaba convulsa, porque el mundo se les caía encima. Qué momento tan angustioso. El Caudillo moría y las instituciones lo perpetuaban, según había indicado el propio General. Sí, pero quiénes eran las instituciones. ¿Acaso don Juan Carlos?

 La España posterior al Generalísimo era un Reino sin Constitución; era una Monarquía que se saltaba el orden dinástico; era una extrema derecha que lamentaba y combatía el poder de los enanos infiltrados (gentes franquistas que habría dejado de serlo), una extrema derecha que perseguía a los universitarios díscolos o levantiscos. La España posterior al Caudillo era igualmente una extrema izquierda desnortada, deseosa de implantar el socialismo realmente existente: en especial el chino, el maoísta.

 Federico Jiménez Losantos nos cuenta en uno de sus libros de memorias el apego que le tenía al comunismo amarillo,; nos cuenta su viaje a la República Popular, su caída del caballo. Es enternecedor el relato del periodista. Fue a China a confirmar que aquello era una dictadura. Sin duda, a Jiménez Losantos le faltaban sentido común, estudios y capacidad de observación.

 Pero había una muchachada sensata, gente de izquierdas que supo tragarse sapos para conseguir la democracia y que hizo valer su legitimidad; y gente de derechas que vio venir el declive de la dictadura. No sabemos si lo hicieron bien o mal o regular, por interés o por amor a la patria.

 Lo cierto es que muchos habíamos vivido nuestras infancias y primeras adolescencias bajo una tiranía. Gracias a aquel cambio, alicorto pero cambio, conseguimos salir de un régimen impresentable, incomparable.

 Hoy, la televisión debería repetir una y otra vez las imágenes de aquellos jerarcas del franquismo. Con sus ternos casposos, con sus alientos cariados, con sus ideas envilecidas. Uno de ellos será, sin duda, el suegro de Alberto Ruiz-Gallardón. Mejor dicho, quien será más adelante suegro de Ruiz-Gallardón.

Utrera Molina:  se le llamaba, así, sin nombre. Había sido ministro y había sido valedor de la obra del Caudillo. Aún lo tienen por ahí. Hemos de recordar de dónde venimos.

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Carlos Arias Navarro, Marqués de Arias Navarro, Grande de España

Por Félix Vidal

Carlos Arias Navarro era ministro de la Gobernación cuando fue asesinado el almirante Arias_Navarro_y_FrancoCarrero Blanco. A este último llegó a sustituirlo en el sillón de Castellana 3 en contra de todos los pronósticos. Al parecer, gracias a los buenos oficios del gineceo de El Pardo, donde gozaba de buen predicamento. Inició un timidísimo proceso de apertura que pasó a la Historia como el “Espíritu del doce de Febrero” sin pena ni gloria excepto por el alboroto que provocó en el gallinero del Búnker.

Estamos en la primavera de 1974, Arias presenta ante las Cortes un descafeinado y tardío  proyecto de Asociaciones Políticas que venía coleando desde la década anterior, se podría resumir en el derecho a decir lo mismo (Principios del Movimiento Nacional) de distintas formas y con distintas tonalidades. Para ese viaje no hacían falta tantas alforjas y tantas provocaciones a los irreductibles del Régimen.

La  Guerra Civil sorprende a Arias Navarro en Málaga, donde es protegido de forma generosa  por una familia logrando así salvar su vida amenazada. Liberada la ciudad por el glorioso Ejército Nacional -e italiano-, nuestro hombre es nombrado fiscal por las nuevas autoridades, militares por supuesto,  solicitando y obteniendo la penacapital para los hijos de la familia que le proporcionó refugio, sustento y tranquilidad. En honor a tales méritos adquirió el sobrenombre de “Carnicerito de Málaga”.

Corría el año 1944 cuando inicia su andadura política  en la provincia de León, en calidad de Gobernador Civil y jefe provincial del Movimiento. Será allí en donde conozca a una dama perteneciente a una familia de las más acomodadas y conocidas de la ciudad, a dama a la que desposará. Con el oficio bien aprendido, tras su paso por León y otros gobiernos civiles, alcanzará el importante puesto de Director General de Seguridad donde se anota en su haber la detención del dirigente comunista Julián Grimau, posteriormente fusilado.

Nos encontramos en el ecuador de la década de 1960, la España desarrollista, el Seiscientos,  el boom de la construcción, el turismo, las suecas… Nuestro hombre decide otorgarse un cambio de aires y cambia los severos despachos de la Puerta del Sol por los más confortables de la Alcaldía de Madrid,  la Villa del Oso y el Madroño. En este  nuevo destino puede disfrutar de la cercanía del pueblo llano, inaugurar parques y otros menesteres, todo ello sin menoscabo de los réditos que le reportan su puesto de notario  en Madrid y otros negocios de distinta índole que se cuecen al calor de la urbe en pleno apogeo (entonces no existían las incompatibilidades, esas incompatibilidades).

Pero volvamos al “12 de febrero”, muerto antes de nacer… un aborto por malformación congénita. En 1974, Arias desconfia de todo y de todos, hasta de la Iglesia: a punto está de expulsar del territorio patrio al obispo de Bilbao, sólo la amenaza  de excomunión consigue paralizar la medida. Ni siquiera el entonces Príncipe Juan Carlos  se salva  de que le pinchen los teléfonos del Palacio de la Zarzuela, probablemente no era de fiar.

20 de noviembre de 1975, aniversario de la muerte de José Antonio Primo de Rivera y Buenaventura Durruti (aunque esto no es muy conocido)…”Españoles, Franco ha muerto”… sonrisas y lágrimas. Y el que no era de fiar se convierte en Rey con un Jefe de Gobierno heredado del dictador. Arias, careciendo del más mínimo sentido de la oportunidad, la decencia y la corrección política, no pone su cargo a disposición  del nuevo Jefe del Estado. Aunque tampoco hay que llevarse las manos a la cabeza, con semejante currículo tampoco se pueden pedir peras al olmo. La situación se tensa progresivamente durante siete meses hasta que el Rey logra quitárselo de encima con lo cual se inicia la Transición a la Democracia. Además, lo nombra Marqués con Grandeza de España, casi ná… con tal de perderlo de vista, lo que sea.

Desprovisto por Real Decreto de la Presidencia del Gobierno, nuestro hombre acomete su última aventura política presentándose como candidato al Senado por Madrid en las primeras elecciones democráticas celebradas en junio de 1977. Formaba parte de una candidatura  que se denominaba “Alianza Popular”, que ya no recuerdo bien si era un partido político, una coalición o una federación. Yo era muy joven, ni siquiera pude votar, lo que si recuerdo es queera más conocida como “Los Siete Magníficos”, por estar liderada por siete viejas glorias, exministros de Franco, cuya ala más liberal estaba representada por el sr. Fraga Iribarne. La ingratitud  de los madrileños  impidió que nuestro hombre se convirtiera en senador de la Democracia, cosa que le obligará a retirarse de la vida pública y a disfrutar de su fortuna y títulos nobiliarios en su casa de vacaciones en Salinas.

Historias e historietas

16 enero 2014

Viñetas de posguerra¿Cuál es el poder de la creación? ¿Para qué sirven la literatura y la cultura, el grafismo y el ilusionismo? ¿Para qué sirve la fantasía? De entrada, para nada útil. Si somos fantasiosos, poca ventaja obtendremos. Al menos, la ilusión no puede emplearse inmediatamente, con un objetivo práctico. Las ilusiones no desempeñan funciones operativas: no son herramientas.

Las novelas, las novelas gráficas, las historietas, los tebeos no tienen una utilidad instantánea, pues. Pero son un medio de conocimiento y de instrucción moral. Aprendemos cosas, del aspecto de los personajes, de las circunstancias de los caracteres, de los episodios que viven o padecen. Y nos sirven para cotejarnos, para comparar lo que hacemos con lo que hacen esos personajes reales o inventados.

Los artefactos culturales, los relatos escritos, gráficos o audiovisuales, nos enseñan qué es el bien y qué es el mal, cómo obran algunos para achicar ese mal o para facilitar el bien. O, como diría Carlo Ginzburg, la cultura aumenta y entrena la imaginación moral: nos permite mirar y evaluar las conductas ajenas para así examinarnos a nosotros mismos según el principio de realidad.

Pero la cultura también es una enmienda de lo real, de esa realidad que se nos impone y que frecuentemente nos sofoca. O, por decirlo con frase de Cesare Pavese mil veces repetida: la cultura es una defensa contra las ofensas de la vida, una forma de enfrentar las afrentas ordinarias, esas cosas que nos ocurren y cuyo padecimiento tratamos de calmar. ¿Cuál es el principal daño que padecemos?

El hastío, sin duda. ¿El segundo dolor? La expiración, la muerte, por supuesto. La cultura es un instrumento glorioso, humano y elemental para retrasar esa muerte. O para compensar lo que la existencia nos arrebata. Con los artefactos de la cultura nos engañamos, nos ilusionamos, nos creemos mejores o superiores, nos confirmamos o nos conformamos. O, como diría Sigmund Freud, nos proyectamos para identificarnos, para sublimar lo bajo, lo ruin, lo penoso.

Las composiciones culturales son también un repertorio de voces, la restitución de los lenguajes que hablan los distintos personajes, esos que son duplicado o mala copia de personas reales y que leemos en las historias e historietas. ¿Cuál es el resultado de estas operaciones? Cuando nos adentramos en una novela o en un cómic es probable que leamos una suma de documentos posibles, textos con diferentes sintaxis y con distintos narradores, por ejemplo, que se expresan con variados giros y signos. Es probable que los veamos de modo distinto. Saber captar esa diferente entonación de los personajes hace grande a un autor y nos hace experimentar la verosimilitud de lo contado o mostrado.

Dentro de mí conviven muchos sujetos posibles, pero de esos personajes no lo sé todo: querría conocerlos, incluso caracterizarlos con precisión, hacer de ellos un ordenamiento. Eso mismo declaraba Honoré de Balzac en 1842, en el prefacio de La comedia humana. Pero ya no estamos en el siglo XIX. Frente al candor de Balzac –la posibilidad de presentar el elenco completo de los tipos humanos–, reconocemos la dificultad de saber cómo son de verdad los individuos: los reales y los literarios, los históricos y los inventados, los internos y los externos, los novelísticos o los tebeísticos.

Entre la transparencia y la negrura, el lector se empeña en conocer a esos interlocutores reales o imaginarios de los que algunas cosas se dicen y otras no, hablantes de un mundo interior o exterior, una pluralidad de gentes que no siempre nos dejan en paz.

Desempeñamos papeles diferentes, pero tenemos también significados distintos. Sólo la realidad y la vigilia nos obligan a establecer sucesiones obedeciendo variados códigos. Además, a esas muchas cosas que somos se añaden las que no somos pero con las que especulamos o cavilamos: las suposiciones que hemos desechado o los objetivos que hemos abandonado. O esos personajes que hemos hecho nuestros, esos tipos cuyas experiencias nos sirven para evaluarnos.

Lo no ocurrido también forma parte de nuestro yo virtual. Lo potencial nos pesa tanto como lo acaecido y experimentado propiamente. Y por eso también la cultura nos hace sumar lo que no hemos consumido o vivido. El despliegue de vidas posibles también enaltece lo cotidiano, cierto, pero ese hecho nos hace ver lo accidental de lo que realmente vivimos.

Vivimos más gracias a la hipertextualidad y a la hiperrealidad, decía Umberto Eco. Son instrumentos que multiplican los usos de la escritura y de la existencia, cierto. Nos quitan las rutinas dándonos posibilidades de restaurar lo pensado, lo escrito, vivido… virtualmente. Pero la vida de cada uno se acaba. Los artefactos culturales son textos cerrados con un número variable de palabras, con un número limitado de personajes y situaciones. O de viñetas.

En principio, no es posible modificar esas palabras, esos personajes, esas situaciones, esos dibujos. Parece una trivialidad, pero no lo es: el lector, capaz de rehacer el sentido una y mil veces al final tropieza con un texto y con unas imágenes que son como son, que no tienen remedio ni desenlaces varios, alternativos. Descubrir que la existencia se acaba, que las páginas se acaban, que las novelas o las historietas se acaban es hoy en día una enseñanza muy provechosa, una lección de humildad para todos nosotros, los usuarios de lo virtual.

Y fin. Pongo fin. Quiero ser breve. Yo no puedo acompañarles en Gandía esta tarde en la presentación de Viñetas de posguerra (PUV, 2013), de Óscar Gual. ¿Acaso por el mucho trabajo? No es trabajo ni docencia; es dolencia. Lo que quisiera es pedirles disculpas por no poder estar ahí. Ese malestar inespecífico al que llamamos gripe me impide desplazarme: primero gripe, luego bronquitis, ahora afonía. Nada grave: un trancazo, una molestia general. Es tan pedestre mi malestar que resulta hasta divertido.

Hoy resulta gracioso, sí. Hace unos años, este cuadro vírico me podría haber matado. La historia sirve, por ejemplo, para estas cosas: para saber a qué nos enfrentamos. El malestar no es cosa de broma ni de amenaza, sino de circunstancia: podemos bromear si tenemos recursos, defensas y conocimientos. Y conocimiento. En menos de un año, la dolencia la he padecido dos veces dejándome desarbolado. Tengo que decir lo mismo, pues. El cuerpo es el organismo que disfruta o sufre. Veamos lo segundo.

Es entonces, cuando estamos malos, cuando percibimos los límites, la inconsistencia. Y es entonces cuando suelo pensar en La montaña mágica (1924), de Thomas Mann. ¿Recuerdan? Davos, Hans Castorp, un sanatorio suizo. Lo primero que uno evoca al acceder a ese mundo es que efectivamente es el mundo de ayer, como dijera Stefan Zweig. La acción transcurre antes de la Gran Guerra, antes de 1914, en un balneario de los Alpes. La montaña mágica es una de las grandes novelas simbólicas de Mann sobre la Europa burguesa, sobre la historia contemporánea, sobre el arte y la sublimación de lo orgánico y lo material, sobre la enfermedad. Sobre 1914.

Es simbólica porque el espacio, el tiempo y los personajes representan una cosa diferente a lo que creemos. El sanatorio para tuberculosos es algo así como la Europa de preguerra: un sitio estancado, mórbido, frío, un islote desierto. Hans Castorp es un joven huérfano, de origen comercial, que acude al balneario de Davos. Un burgués, un tipo próspero pero aún por definir, alguien de buen linaje y de destino incierto. Settembrini y Naptha, educadores de Castorp, encarnan las grandes posiciones ideológicas de Occidente: lo racional y lo pasional; el iluminismo y el romanticismo. Etcétera. El fin de este mundo aquietado viene con la Gran Guerra, con el alistamiento: todo se viene abajo… Como uno mismo. Hace un siglo de todo esto. No le daremos más vueltas. Me encuentro mal y no puedo acompañarles. Y bien que lo lamento.

Óscar Gual es un tipo serio, formal, trabajador y muy agudo, muy ingenioso. Su análisis del cómic de la posguerra española es sencillamente abrumador, canónico. Quiero decir: examina Roberto Alcázar y Pedrín (1941) y El guerrero del antifaz (1944) y observa con detalle y detenimiento los menores indicios para sacar provecho. Es como un minucioso entomólogo (perdonen el tópico): un analista que ajusta la lente para ver lo que a simple vista no se distingue. Lo cual es paradójico, pues las historietas fueron concebidas para ser vistas sin esfuerzo, para ser absorbidas sin digerirlas. Sin embargo, todo artefacto cultural tiene contexto y tropezones: a poco que paladeemos el producto advertimos lo que por desidia no advertíamos. A Óscar Gual no se le pasa nada. Y lo hace con una prosa correcta, atractiva, por momentos cautivadora. Le dirigí la tesis doctoral y bien que me felicito de ello. El tribunal era de postín y la evaluación fue la máxima.

No se pierdan este libro, ‘Viñetas de posguerra’. Yo aprendí mucho del franquismo gracias a las fantasías anacrónicas de los dibujantes. El franquismo fue un régimen fantasioso y fantasmagórico: como son los tebeos. Pero fue también un sistema cruel, represivo. El cómic permitió sobrellevar lo que era crueldad y malestar. Óscar Gual nos lo hace ver sin condenar a quienes concibieron aquellas historietas y a quienes disfrutaron aquellas historias.

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Ana Aznar Botella

7 diciembre 2013

imageUna madre quiere lo mejor para su hija, la mejor educación, una salud envidiable, una energía inagotable. Desea un marido que la cuide, que reconozca su belleza sin par, un marido que sea abierto y fiel, un esposo adinerado y bien situado, con un patrimonio ya hecho, con un capital en ciernes o al menos, un hombre con conocimientos, de trato fácil con gente bien.

Esa es la imagen que Ana Botella da de su futuro yerno en el volumen de memorias ‘Mis ocho años en La Moncloa’ (2004). De ese yerno que se casará con treinta años, Alejandro Agag, alaba su don de gentes, su optimismo, su carácter mundano, su capacidad para establecer relaciones. Hacia el año 2000, el futuro yerno es amigo íntimo de José María Aznaz Botella. Y en uno de aquellos veraneos en Mallorca surgirá el flechazo de Agag con Ana Aznar, que aún no llega a la veintena.

¿Quién es por entonces Ana Aznar? Es la hija del presidente del Gobierno, toda una joya muy preciada en el mercado de la soltería madrileña. “Ana Aznar tiene el rostro dulce. Con los años se le ha ido perfilando, pero la sonrisa ha permanecido como cuando niña miraba con ilusión las intervenciones de su padre. Y los aplausos. Nació en septiembre de 1981″, en la revista ‘¡Hola!’

Por su parte, Agag tiene tratos frecuentes con la familia, no sólo por la amistad que mantiene con el hijo mayor, sino también por ser un subordinado del Partido Popular: secretario del ramo, de varios ramos, que el máximo dirigente aprecia. Es normal que una muchachita impresionable quede prendada de su facundia y de sus proyectos tan grandes y prometedores, cosas de finanzas. Agag abandona la política para dedicarse a la cosa bancaria y a estrechar vínculos con los magnates del automovilismo como Flavio Briatore o Bernie Ecclestone.

La joven Aznar Botella aún no alcanza la veintena cuando en Menorca se enamora en secreto, eso sí bajo la atenta mirada de la madre, que sospecha lo que pasa. En unas segundas vacaciones que la familia pasa esquiando, las cosas se confirman. Pero aún será un secreto a voces. Nada más sobrepasar la edad, los novios ya será oficiales. Las televisiones lo difunden y José María Aznar –Jose para Ana Botella– se entera de la feliz noticia regresando de Bruselas, tras asumir la presidencia temporal de la Unión Europea.

Se casarán en septiembre de 2002. Primero se estudia la opción de la Iglesia de San Francisco el Grande. “Todos somos de Madrid, sentimos esta ciudad como nuestra casa y está iglesia reunía todas las condiciones para celebrar la boda de mi hija menos una: estaba en el centro de la ciudad y habría causado muchas complicaciones”, confiesa Ana Botella en sus memorias. Es por por lo que optarán por la basílica del monasterio de El Escorial.

Serán unos meses de locura, de preparativos sin fin. “Quise ocuparme de los más mínimos detalles y, en algunos casos, dedicarles una especial atención”, añade. “Todo parecía estar bajo control cuando nos fuimos de vacaciones. El traje, el permiso de la Iglesia, los invitados, el catering, la decoración… ¡Hasta las mesas estaba colocadas!”. Todo bien amarrado y a salvo de contingencias: quizá un pequeño accidente doméstico o las previsiones meteorológicas para ese mes de septiembre, el 5 de septiembre.

“En España las bodas se celebran, y se celebran mucho. La vida, al final, tiene su punto de ilusión, de puesta en escena, de una magia que reviste esos momentos y que los convierte en hitos en la vida de las personas”, concluye Ana Botella con gran lirismo.

Será una boda grandiosa, con mil cien invitados, oficiada por monseñor Rouco Varela. Un enlace con numerosísimos amigos de las familias, muchos ellos de postín, entre los primeros: los Reyes de España, Tony Blair y Silvio Berlusconi y otros muchos que la ciudadanía desconoce en aquel momento. “Un recuerdo imborrable en mi memoria”, confirma Ana Botella.

También será imborrable para todos los españoles. La grandeza, la ostentación, la exhibición de joyas, trajes, gente principal, harán del bodorrio un síntoma de la megalomanía. José María Aznar parecía haber perdido los concordantes, la cordura, la mesura. Luego hemos sabido que el evento que tantos miles de euros costó era la mínima parte de una herencia inmaterial, la que la pareja recibía, un patrimonio de lujos y conocimientos, de grandes contactos, de regalos exorbitantes.

Costear el convite en la finca de Los Arcos es un obsequio de primera. Ya sabemos que aceptar un regalo te obliga, te fuerza a entrar en un sistema de contraprestaciones. Lo que empezó siendo una donación gratuita acaba por ser un regalo a devolver equivalente o superior. ¿Cuándo empezó? ¿Qué fue primero, el presunto regalo de Francisco Correa, cabecilla de la trama Gürtel? ¿O, por el contrario, las prestaciones y las contratas del partido fueron previas?

La teoría del don, del regalo, nos la enseñó el antropólogo Marcel Mauss cuando estudiaba a los salvajes, a los primitivos. ‘Ensayo sobre el don’ (1925), se titulaba su luminoso estudio. La naturaleza humana no ha cambiado mucho. Seguimos siendo unos salvajes que esperan su recompensa; seguimos siendo unos primitivos que aguardan el obsequio que nos tenemos merecido.

El 5 de septiembre de 2002, ‘El País’ daba cuenta del feliz acontecimiento y precisaba algunos datos que se habían hecho públicos: “Aunque no se ha informado del coste de la celebración, puede estimarse en unos 120.000 euros, a juzgar por los precios medios fijados por la empresa que explota la finca. El pago será costeado a medias entre ambas familias y según La Moncloa el coste de los desplazamientos y alojamiento de los dirigentes extranjeros invitados a la boda no serán costeados con cargo al presupuesto público sino de su propio bolsillo”.

Hay un pasaje de ‘Viaje al fin de la noche’ (1932), de Louis-Ferdinand Céline que me gusta citar. Dice así: “Decididamente, lo más interesante pasa siempre en la sombra. Nada se sabe de la verdadera historia de los hombres”. La pesimista conclusión de Céline alude a nuestra incapacidad para ver, para descubrir lo relevante, para averiguar los manejos de los seres humanos, que obran tantas veces en la sombra.

¿A la sombra? Lo interesante pasa siempre a la luz, a poco que se mite bien. A poco que se mite bien, todo se sabe de la verdadera historia de los hombres. Años después de bodorrio, la prensa divulgó que una parte sustancial de los costes los abonó la trama Gürtel. De Francisco Correa, nada nos dice Ana Botella en sus memorias, a pesar de que lucía como un señor haciendo el paseíllo de entrada?

A despecho de ser la organizadora y celosa vigilante de los preparativos no parece que la mujer de Aznar se enterara o no quisiera enterarse. Con ello se cumpliría una maldición de la esposa pija: estar rodeada de dinero, estar sobrada de posibles, estar acostumbrada a los lujos, estar habituada a recibir regalos carísimos sin apenas percibir el exceso o averiguar la procedencia.

Todo era por la felicidad de Ana, de Ana Aznar, a quien la madre consiguió arrancarle un compromiso: que acabará la carrera, que completara su formación profesional para labrarse un destino independiente. Que se sepa, Ana Aznar y Alejandro Agag tienen ya cuatro vástagos, cuatro hijos. Desde luego, los hijos son un destino y no tienen precio: son un patrimonio inmaterial. Del material ya se ocupan otros.

Juan Pablo II

26 noviembre 2013

imageAunque carezca de todo interés para quien me lea, diré, sin embargo, que soy ateo, no agnóstico o cosas así, sino expresamente ateo. Renuncié a Dios y a sus pompas hace ya muchas décadas. O sea que no soy un advenedizo y tengo plaza reservada, supongo, en el Infierno que aguarda a quienes nos alejamos con arrogancia humana de la divinidad, de la gracia esperada. Soy incluso anticlerical, aunque sin aspavientos porque, como me gusta repetir con Josep Pla, las especulaciones de un ateo se tomarán siempre como irreparablemente ofensivas por los creyentes y, por eso, convendrá expresarlas con talante humilde y una considerable modestia, pues si uno pretende que lo acepten en sociedad a pesar de sus ideas chocantes y anticonvencionales, le convendrá adoptar un aire apacible y resignado. Punto y aparte.

Por razones que no vienen al caso, he debido repasar un volumen relativamente antiguo. Data de 2005. Es un retrato fiel del autor poco antes de morir o, mejor dicho, del interlocutor principal, pues está concebido como una entrevista. Me refiero a ‘Memoria e identidad’, de Juan Pablo II. ‘Memoria e identidad’ es un libro en el que se exponen en forma de diálogo las tesis principales del Papa poco antes de morir. Lejos de reconciliarme con una figura decisiva en la política de nuestro tiempo, dicho volumen me distanció aún más de sus ideas. Lamento ser incorrecto, pero he de decirlo: la obra era una penosa apología de la religión ultramontana. Y con ella se retrataba Karol Wojtyla.

El texto que escribo y los pensamientos que entonces y ahora me suscitan no trazan una semblanza completa del pontífice, no resumen los perfiles variados de aquel Papa. Sólo aspiran a abordar el clericalismo ultramontano del que se sirvió para evangelizar. Nos hemos habituado a las declaraciones animosas del Papa Francisco, a sus ‘happenings’, y parece que olvidamos con qué Iglesia nos las tenemos que ver ‘todavía’. Menudas ideas…

En plena Semana Santa de 2005, mientras descansaba del ajetreo cotidiano, me embarqué en lo que los antiguos llamarían una lectura edificante, en la lectura de ‘Memoria e identidad’, precisamente. Es desolador que Juan Pablo II sostuviera nociones históricas tan equivocadas en dicho volumen; es triste que quien tuvo influencia práctica en el curso de Europa defendiera unas ideas tan arcaicas; es lamentable que quien luchó por la libertad del catolicismo en Polonia creyese, en fin, que el rumbo de Occidente comenzó a perderse con el cartesianismo, con el cógito cartesiano, con el “pienso luego existo”. Vamos, que la razón, la ciencia y el libre discernimiento nos hundieron.

El Papa achacaba el espanto del siglo XX y las “ideologías del mal” al racionalismo, a ese humanismo que se esfuerza en pensarse sin Dios, al hombre rebelde que se aúpa hasta su trono.

La interpretación histórica de Karol Wojtyla es decididamente reaccionaria y me recordaba también a la de Joseph de Maistre, expresada finales del siglo XVIII. De Maistre fue un inteligentísimo retrógrado, un adversario acérrimo de la Ilustración y de la Revolución francesa. ¿Y por qué me la evoca? El Papa, como De Maistre, experimenta una gran añoranza del mundo medieval (¡del mundo medieval!), un tiempo en el que los creyentes vivían la fe “con su universalismo cristiano”, una “fe simple, fuerte y profunda”, sin dudas, sin incertidumbres, añade Juan Pablo II.

Eran unos viejos “buenos tiempos” que “fueron barridos por el Siglo de las Luces y el iluminismo”, una concepción de base atea que “se opuso a aquello que Europa era por efecto de la evangelización”. Fue la consumación del Mal y de ese cataclismo aún no nos hemos repuesto. El Mal, a juicio de Juan Pablo II, habría tenido, sin embargo, un efecto positivo: haber funcionado como un castigo regenerador.

También para el antirrevolucionario Joseph de Maistre, la Revolución francesa habría sido un acto paradójicamente milagroso. De hecho, no fueron los propios rebeldes quienes la habrían provocado, sino los mismos acontecimientos como “fuerza arrolladora” que escapa a la voluntad humana. Para Maistre, la revolución vendría a ser una suerte de paradoja o de prodigio directamente queridos por Dios, el cual, por su parte, habría permitido que las fuerzas satánicas que vuelven insurrecto al hombre triunfasen temporalmente para así perderse.

Al haberse dado la irrupción desnuda del Mal, añade De Maistre, se habría desvelado de manera providencial la corrupción inherente del racionalismo en que se fundaría. De ahí podría derivarse una regeneración catártica: “Si ¡Dios! emplea los instrumentos más viles, es porque castiga para regenerar (…). Si la Providencia borra, es sin duda para escribir de nuevo (…). Verdaderamente, se siente uno inclinado a creer que la Revolución política no es más que un objetivo secundario del gran plan que se desarrolla ante nosotros con una majestad terrible”.

Es decir, el Mal sobreviene, pues, en un mundo ya corrupto como realización del proyecto moderno que niega a Dios. Sólo la vuelta a la esencia del catolicismo salvará a la Europa degradada: como Joseph de Maistre, como Louis de Bonald o como Donoso Cortés, entre otros, también Juan Pablo II se refugia en ‘Memoria e identidad’ en la nostalgia de una civilización católica inmune al contagio de los modernos, una cristiandad medieval de creyentes firmes, de hombres puros. ¿Y los otros? ¿Qué será de ellos?

Como dice el Gran Inquisidor en ‘Los hermanos Karamazov’, de Fedor Dostoievski, “la libertad, el librepensamiento y la ciencia los conducirán a tal laberinto y los situarán en presencia de tales prodigios y misterios insolubles, que algunos hombres, los indomables y furiosos, se matarán a sí mismos; otros, indomables, pero poco fuertes, se matarán entre sí, y un tercer grupo, los que queden, débiles y desdichados, se arrastrarán a nuestros pies y clamarán: Sí, vosotros teníais razón, únicamente vosotros estabais en posesión de su misterio y volvemos a vosotros, ¡salvadnos de nosotros mismos!“

He tratado de vivir ese sentimiento. Débil y desdichado me he echado al suelo dispuesto a arrastrarme hasta los creyentes para clamar: sí, salvadme de mí mismo. No ha habido manera. Ni siquiera la amenaza del Más Allá me ha servido. Sigo aquí arrastrándome sin añorar el misterio. Tras el repaso de ‘Memoria e identidad’, pensé: de uno bueno nos hemos librado, de un santo en ciernes. En la primavera de 2014 ya lo será. Punto y aparte.

Imagino la Plaza de San Pedro como un inmenso plató. Pronto, pronto. Los eventos masivos, aquellos en los que una muchedumbre se congrega, facilitan la expresión de sentimientos colectivos, esos que nos permiten abandonarnos hasta hacer desaparecer nuestra individualidad. El simple hecho de compartir el espacio y de hacer visible esa muchedumbre transfiguran: uno a uno podemos vivir de manera sublime y en comunión lo que una gigantesca totalidad experimenta.

A esta vivencia Freud la denominó sentimiento oceánico, esa experiencia verdaderamente excepcional en el que el yo se desdibuja, en el que los individuos se libran al empuje de lo unánime. Es una circunstancia que, en sus momentos de mayor excitación, se asemeja a la ebriedad, al abismo, al vértigo, un momento transitorio de descarga, de alivio, un momento más o menos duradero, pero que siempre tiene comienzo y conclusión, transcurrido el cual volvemos a la vida de vigilia, a la rutina cotidiana.

Tengo la impresión de que algo de esto sucedió en 2005 con los funerales de Juan Pablo II. Tengo la sospecha de que algo de esto sucederá en la primavera de 2014, cuando una vasta multitud se arremoline en la Plaza de San Pedro en espera de la canonización. Gracias a los medios, que se alimentan de acontecimientos y tanto sirven para retransmitir las acciones colectivas, la multitud del Vaticano se convertirá en un espectáculo. En esa circunstancia y en otras semejantes, la televisión acrecienta el protagonismo de quienes se agolpan, aumenta por inducción o mimetismo la afluencia de quienes se saben retransmitidos, y facilita un sentimiento oceánico entre creyentes o espectadores que viven vicariamente la larga espera: una especie de confraternización catódica.

Que nos pille confesados.

 Justo Serna y Félix Vidal

Franco1975El Generalísimo don Francisco Franco nació en El Ferrol el 4 de diciembre de 1892. Vino al mundo en una familia de tradición militar. Su padre, un hombre de mundo, era capitán de la Armada y su señora madre, un mujer de profundas creencias católicas, era igualmente hija de linaje castrense.

El muchachito vivió el patriotismo desde chico, ese coraje y esa rabia del soldado español dañados por el Desastre colonial de 1898. Tras siglos de dominio, un Imperio se desmorona, un cuerpo político se funde. La herida es incurable. La generación española del cambio de siglo tuvo que arrostrar una decadencia, sí, y casi la agonía de la Nación. Esa dolencia no se sufre en balde.

Sentir que España se desmorona y tratar con un padre mujeriego y vividor son carencias que agrian el carácter de un muchacho recto y afianzan la determinación de la voluntad. Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo nunca tuvo un cuerpo hercúleo, nunca fue un hombrón. Pero siempre hacía por auparse. La anatomía del futuro general y jefe de Estado será escuálida y luego algo mantecosa, con una gordura que suplía la pequeñez de su esqueleto.

No tenemos constancia del atractivo que a su futura esposa le podía despertar la figura marcial de su prometido. Hemos de suponer que estas cosas son muy secundarias cuando es el porvenir de España lo que está en juego. O, mejor, en peligro. La señora Carmen Polo de Franco vistió con gusto y se engalanó con joyas. No era dama bien parecida y su cuerpo tampoco despertaba la lascivia. Eso podemos decir ahora. En otras fechas, la indumentaria pudorosa y un gesto seco eran signo de buena crianza.

Muchos años después, cuando Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo haya crecido, madurado y vivido su época de esplendor político, ese cuerpo volverá a menguar, a achicarse: para gran susto de su señora esposa y demás parientes. El General ya no impresiona y, más bien, apena: a la altura de 1973, pongamos por caso, su uniforme militar parece un disfraz. Y cuando viste de civil, los ternos siempre confirman su figura menguante. Lleva gafas ahumadas para evitar el sol y las miradas insolentes.

A la altura de 1975, nos recuerda José Luis Ibáñez Salas se produce “la última aparición pública de Franco”. Es “el día 1 de octubre (…) para cumplimentar a la muchedumbre que le rinde homenaje en la madrileña plaza de Oriente como respuesta a la muy extendida y enérgica actitud internacional de repulsa ante las últimas ejecuciones dictadas por su régimen”. La figura retratada prácticamente es indistinguible y la vocecilla, siempre aflautada, revela el mal estado del nuestro dictador.

Ese cuerpo aún sufrirá mayores injurias, vejaciones que le llevarán a morir de manera esperpéntica, fruto de una agonía prolongada. Desde una primera tromboflebitis que se había hecho pública en 1974 hasta su fallecimiento el 20 noviembre de 1975, el Caudillo ya sólo fue una sombra de sí mismo, quizá un espantajo.

Su yerno, el doctor Cristobal Martínez-Bordiú, marqués de Villaverde, dirigió de una manera personalísima –dictatorial casi podríamos decir– el tratamiento médico recibido por su suegro. En todo momento se intentó ocultar o disfrazar la gravedad de su estado de salud prolongando la agonía al máximo. ¿Por qué razón? Para mantenerlo con vida, aunque sólo fuera vegetativa, y con el fin de preservar la autoridad aún reconocida y, por tanto, con el propósito de conservar los privilegios de la familia Franco.

El último Consejo de Ministros que presidió el Generalísimo lo hizo en unas condiciones tan preocupantes que el equipo médico que lo atendía accedió a ello con la condición de que fuera monitorizado de forma discreta desde una habitación contigua donde se encontraban los facultativos. Al parecer, los ministros desconocían la situación ya que los cables no se encontraban visibles. En un momento dado, los facultativos detectaron una alteración relevante en las constantes, razón por la cual irrumpieron de forma súbita en la Sala del Consejo para prestar asistencia, todo ello ante el asombro de los miembros del Gobierno asistentes.

A pesar del agravamiento de su estado de salud, el yernísimo Martínez-Bordiú insistía en que su suegro no abandonará la residencia oficial, el Palacio del Pardo. Pero ese Palacio no reunía las debidas condiciones para atender a un paciente de estas características. Se llegó a improvisar un quirófano en uno de las dependencias –algo así como un almacén o garaje–, con resultados desastrosos. Hubo que habilitar expresamente un grupo electrógeno, dado que que no había potencia suficiente para iluminar una intervención quirúrgica.

Lo que no empieza bien suele acabar mal. La situación llegó a un punto en que la intervención se hizo insostenible. Por ello se decidió la evacuación del paciente a un centro hospitalario. Cuando lo lógico hubiera sido trasladarlo al Hospital Puerta de Hierro, que se encuentra en las cercanías del Pardo, se determinó su traslado a la Ciudad Sanitaria de La Paz, donde el Dr. Cristóbal Martínez-Bordiú tenía su plaza y su ‘feudo’.

El viaje se realizó en una vieja ambulancia de una marca muy reconocida en aquellas fechas: un Simca 1200. Recuérdese que el modelo inferior, el Simca 1000, se publicitada con el eslogan del ‘Cinco plazas con nervio’. Con nervios debió de llegar el convoy sanitario. Imaginamos el horror y el humor de la travesía. A toda velocidad, por las calles y avenidas de Madrid, con las sirenas y el estrépito de la propia ambulancia y de la escolta policial. A toda pastilla, con unos amortiguadores dañados, el vehículo dando tumbos y pegando botes en los baches mal asfaltados.

El Simca llegó a tiempo. A tiempo de prolongar en el recinto hospitalario la agonía. Fueron momentos de gran avance para la medicina surrealista. Los galenos llevaban tiempo publicando partes acerca del estado del paciente, dando a entender que las cosas marchaban razonablemente bien. El equipo médico habitual no salvó al Caudillo, no pudo. Fue una lucha contrarreloj. Pero nos dio una lección de anatomía recreativa, de medicina interna. El cuerpo no pudo emplearse para ulteriores experimentos, pero el experimento sanitario que inició el Generalísimo, su extirpación del mal, acabó con su traslado.

No sabemos si descansa en paz.

Fabra en el Infierno

14 noviembre 2013

FabraImaginemos un diálogo entre dos filósofos: las ideas que expresan son ciertas, pero el episodio es apócrifo, como si de una comedia televisiva se tratara. Me lo he inventado, eso sí: con fines morales. No sabemos si dichos pensadores están en el Infierno: uno por su ateísmo militante; otro por sus dudas religiosas. Sentados a una misma mesa, en el plató, ambos filósofos discuten sobre la cultura. En uno de ellos se aprecia el desaliño indumentario; en el otro la gravedad de sus ropas.

Con cruel sinceridad, Jean-Paul Sartre, el primero de esos pensadores, dice: “El mundo puede arreglárselas muy bien sin literatura”, sin teatro, sin cultura. Si es un mecanismo que funciona por sí solo, sugiere, la vida no precisa las ficciones que salvan a los que las escriben y a los que las leen o las ven representadas. El otro filósofo asiente. No parece oponer resistencia a dichos argumentos.

Si asumimos el dictamen de Sartre, nosotros, los espectadores, podríamos añadir por nuestra parte que el mundo también puede arreglárselas muy bien sin la televisión. En efecto, si la televisión es cultura, de la cultura igualmente podemos prescindir. Una obra literaria, pregunta Miguel de Unamuno, ¿qué es sino? “Es, después de todo y pese a los moños que los literatos nos ponemos y a nuestras ínfulas, un artículo de comercio”.

Por muchos moños que se pongan los periodistas, por muchas ínfulas culturales que se den, los productos cinematográficos o televisivos únicamente son artículos de comercio: parafraseamos a Miguel de Unamuno, que siendo él mismo escritor elevado, no dudaba del aspecto puramente mercantil de la literatura: seguramente por la gravedad impostada de tantos mequetrefes de la cultura. Bien, admitamos que esta última sólo sea un variado muestrario de géneros de comercio. Pueden comprarse o no; pueden consumirse o no. ¿Entonces?

Sartre, muy escéptico y resabiado, se ajusta las antiparras respondiendo con determinación satánica: la Tierra, ese mismo mundo del que hemos amputado la literatura, el teatro, el cine, la televisión, ese mundo que no necesita de la imaginación o de la fantasía, “aún puede arreglárselas mejor sin seres humanos”. Sobran la cultura y los individuos, sobra el público y, mejor aún, aquellos que escriben dramas, novelas, cuentos, poemas; aquellos que producen, que ruedan, que montan, que editan, que publican; aquellos que elevan el espíritu.

Regularmente, Canal Nou no elevaba el espíritu: tenía un perfil incluso satánico. Como otros medios culturales. Lo normal es que en la vida nos rodeen muchos productos de baja estofa: novelas de chichinabo, teatro mediocre. Pero el ser humano no sólo vive de bocados exquisitos: también se nutre con cultura de segunda. RTVV no ha sido un centro de producción eximio y además ha manipulado y degradado numerosos artículos de comercio, esa cultura que deploraba Unamuno. Podemos prescindir de ellos. Pero, atención, de paso podemos arreglárnoslas mejor sin los seres humanos: aquellos que ahora despiden y aquellos que se despiden de su programación. El mundo puede arreglárselas muy bien sin la tele. Pronto podremos arreglárnoslas muy bien sin Fabra. Palabrita del Niño Jesús: lo mandaremos al Infierno.

JS, Fabra en el Infierno, El País, 13 de noviembre de 2013

La revista Ojos de Papel, que dirige Rogelio López Blanco, me pública una Tribuna, un artículo de reflexión imagesobre el saber de la historia.

La historia nos ensancha la perspectiva. Saber más de un tiempo pretérito o de otro nos permite gobernarnos mejor, conducirnos con mayor sensatez y juicio. Tanteando, conjeturando. El individuo no se libra del pasado, pero lo pretérito no le justifica. Tus límites o tus logros, tus cobardías o tus audacias, no se deben sólo la historia, al respeto o a la falta de respeto que guardes a los muertos.

Si sabes lo que hicieron los antepasados, es probable que sus errores o aciertos te sirvan de enseñanza. Eso no te libra de elegir, de errar o de atinar. Pero el estudio desapasionado del pasado te proporciona información y raciocinio. Desapasionado no es desinteresado. Yo vivo la historia con sumo interés, la hago mía sin que eso signifique el puro subjetivismo. Espero objetivar mis conocimientos y espero hacer valer el dato en contexto y en proceso.

Ejemplifico lo que digo con dos casos bien sobresalientes: el libro ‘España partida en dos’, de Julián Casanova, y ‘El franquismo’, de José Luis Ibáñez Salas. Las obras de Julián CasanovaJosé Luis Ibáñez Salas tratan del General Franco, de sus andanzas guerreras y de la institucionalización de su dictadura en España. Son volúmenes muy distintos, pero ambos procuran placer intelectual y conocimiento, no venganzas o reparaciones. Tampoco resignaciones.

La historia no está para ganar batallas retrospectivamente, pero el pasado no es una determinación inamovible, ese fardo que deberíamos cargar por fuerza. Vivimos sabiéndonos en medio de un proceso que aún no se ha consumado. Y vivimos aupándonos, elevándonos, sopesando en fin el peso de lo remoto.

http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article=4810

La Virgen

13 octubre 2013

PapaenValenciaEFE¿Por qué festejamos a una Virgen? El Pilar, la Mercè, la Geperudeta, la Moreneta… Ya sé que mi pregunta parecerá sacrílega a algunos lectores. Ya sé que me reprocharán mi ateísmo. Es más, puede que la gente no crea y sin embargo sí que celebre a la patrona de España, de Cataluña o de mi pueblo. Puede que no se acuda jamás a Misa, pero puede también que no se falte el día grande de la procesión.

El 12 de octubre hay un desfile de numerosos zaragozanos que van a honrar a la Virgen del Pilar, sobre todo cuando unos lunáticos han puesto un artefacto explosivo en el interior de la Basílica. Se verá como un acto de desagravio. Durante un par de días de Fallas, un gentío ataviado con el traje regional –o algo así– acude a la Plaza de la Virgen de Valencia para honrar igualmente a la Geperudeta, la de los Desamparados. O, mejor dicho, para llenar de flores una especie de catafalco coronado con una virgen cabezona que parece un ninot. En Barcelona, las fiestas de la Mercè son una locura emocional y devocional, quiero pensar. No hay catalán que no se hinque de rodillas ante la Mare de Déu soñando con una patria sin cadenas. Quiero pensar.

En cada localidad, la madre de Dios tiene sus invocaciones particulares, sus nombres distintos, sus ropajes diferentes. A la postre, lo que se celebra es el milagro de la inmaculada concepción. Tener hijos sin concurso de varón. El calendario civil se confunde con el religioso y, al final, el Estado no confesional celebra a sus patrones: vírgenes, cristos, santos, santas. Todos maravillosos y de vidas ejemplares. Es la hostia… (ustedes perdonen). La historia sagrada se mezcla con la historia profana y los españoles unionistas o soberanistas siguen en espera de una redención cíclica (cada año) o definitiva (el Juicio Final).

¿Qué podemos hacer quienes no creemos en la Virgen? No ir a Misa, se me dirá. No acudir a los desfiles procesionales. No rezar, no esperar nada de la Madre de Dios, de Dios mismo o del más allá. De acuerdo. Es lo que suelo hacer: no aguardo redención alguna ni espero ser perdonado por mis pecados. Pero en la vida ordinaria lo religioso aún invade la esfera civil, institucional y política, y me guste o no me veo involucrado. Ya sé que esto suena fatal. Se me reprochará por tiquismiquis, pero es que no puedo. En serio, no puedo. ¿Habrá algún día en que de verdad podamos librarnos de la Iglesia católica y de los fieles que esperan bendecir su españolidad, catalanidad o valencianía? Ya puestos, a ver si nos libramos también de las restantes confesiones.

Decía Sigmund Freud que la religión era una suerte de delirio universal: la gente ya no distingue bien qué es real y qué es fabuloso o milagroso y, por tanto, mezcla, confunde y vive como auténtico lo que sólo es un deseo o una ensoñación. Hoy en día ya no estamos como en tiempos de Freud: declararse ateo, agnóstico o, simplemente, no profesar creencia alguna no merece el menosprecio o condena de la comunidad o de la multitud. No estamos obligados a rendir honores a las vírgenes tutelares y te puedes escapar del unanimismo. Te puedes escapar, pero los religiosos, los clérigos, los curas y los patriotas aún se entrometen en las vidas ajenas. Con la mejor intención, seguro: la de salvarnos, la de llevarnos al cielo, la de asearnos, la de mejorar nuestra identidad.

Mi alma está tiznada, más oscura que el carbón y peco contra numerosos mandamientos religiosos y preceptos del buen patriota. Pero si lo pienso bien, no tengo la impresión de pecar. ¿Por qué? Porque renuncié a Dios y al patriotismo hace décadas, pero en esta sociedad española lo católico mezclado con lo político se vuelve casi casi obligatorio.

Aún recuerdo cuando vino el Papa a Valencia. Todas las instituciones se rindieron, todas las autoridades principales humillaron la cerviz ante el pontífice. Yo quería que se me tragara la tierra o que el Dios en el que no creo me llevara pronto para no contemplar aquel espectáculo tan clerical, tan beato. Años después hemos sabido que hubo numerosas irregularidades y que el supuesto arrobo de nuestros mandamases no era más que una postiza genuflexión. Vino el Papa, pero la Geperudeta no dio señales. Vino el Papa, pero Dios dejó hacer: dejó cometer latrocinios. Era un evento gigantesco de la Valencia autonómica, festiva y derrochadora.

Al leer el libro que José Luis Ibáñez Salas dedica al franquismo he recordado el Congreso Eucarístico Internacional que tuvo lugar en Barcelona en 1952: no porque yo lo viviera, sino porque había leído otras cosas sobre dicho acontecimiento. Y porque Eduardo Mendoza le dedica de pasada páginas gloriosas y muy divertidas en sus relatos. Para el Régimen del General Franco, el Congreso supuso un nuevo apoyo a su ideología vertebradora: el nacionalcatolicismo. Y supuso un apoyo político de mucha magnitud.

Qué quieren, en cuanto veo numerosos clérigos, actos de afirmación religiosa y adhesiones políticas, me pregunto cuánto tardará en llegar el Juicio Final. Lo espero, lo anhelo: a ver si se los llevan a todos, a vírgenes y patriotas incluidos.

Madredelamorhermoso.

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La fotografía corresponde a la agencia EFE y recoge una instante de la visita del Papa Benedicto XVI a la Jornada Mundial de la Juventud en Valencia.

Juan Cotino

4 octubre 2013

imageJuan Cotino es un señor de Valencia, nacido en Xirivella. Hasta hace nada, era poco conocido: pasó de concejal de la ciudad a director general de la Policía de España, que es una carrera política previsible. Lo normal, vaya. Pero poco más: que si una consejería por aquí, que si otra consejería por allí. Nada serio, agricultura, medio ambiente, cosas así: como muy del terreno.

Hasta qué no llegó a la Presidencia de Les Corts Valencianes no adquirió cierta notoriedad. Fue entonces cuando se hizo martillo de herejes y de camisetas, censor de Mònica Oltra, que siempre aparecía en sede parlamentaria con letreros de mucha peligrosidad. Según dicen, la insultó gravemente a propósito de su progenitor. Usted no conoce ni a su padre, vino a decirle. O eso cuentan los testigos.

Pero a Cotino la fama le llegó un día y desde entonces forma parte de la jet set local: algunos se ponen gafas ahumadas y otros se dejan barba. Él se deja barba. Cotino es conocido ahora gracias a la televisión, concretamente gracias a ‘Salvados’, de La Sexta. Es lo que hay. Tuvo sus quince minutos de gloria ante Jordi Évole, incluso sin decir ni pío alcanzando una gran celebridad. “El mudo de Valencia, el mudo de Valencia”, decían los retoños a sus madres cuando lo divisaban. Los muchachos huían despavoridos. No sé por qué, la verdad: tampoco es el hombre del saco ni un ogro.

Es feote, eso sí; está grueso y tiene cara o boca de rape. Pero es un santo varón, un hombre piadoso, de mucha religiosidad. Pertenece al Opus Dei, del que es agregado, cosa que seguramente no se le perdona: los envidiosos reconocen que ya tiene ganado el cielo, lugar de gentes honradas. Lo tiene ganado a pesar de sus pecadillos (que los tienes, bellaco) y a pesar de esa boca de rape de gruesos labios, nada sensuales.

Desde entonces, desde que apareciera en ‘Salvados’, lo persigue “la izquierda marxista”, ha declarado el propio Cotino. Por los clavos de Cristo, parece que volvemos a la saña del anticlericalismo, cuando los rojos se comían crudos a los capellanes. Esta comprobado: sales en la pequeña pantalla o no tan pequeña que algunos ya tienen aparatos de muchas pulgadas, sales en la pequeña pantalla –ya digo– y las hordas te amedrentan y te hostigan. ¿De qué le acusan? De beneficiar a las empresas familiares, de tener conexiones con la trama Gürtel. Él lo niega con vehemencia y hemos de creerle. Amén.

Pero no todo el mundo es tan crédulo como yo. Quizá por eso, el sr. Cotino se ha dejado barba: a ver sí ya no se le reconoce por la calle. Pero, claro, ya ha aparecido por televisión con su nuevo look otoño-invierno y los rojos han renovado las fichas de identificación del enemigo. Alguien debería aconsejarle que se pusiera una máscara para hacer declaraciones o para presidir les Corts Valencianes. Podría ser de demonio o de San Sebastián, de Sant Vicent o de Rosita Amores: como ninguno de ellos tiene nada que ver con él ni por admiración ni por devoción, pasaría inadvertido.

Habla pésimamente el valenciano, con un acento ‘apitxat’ que duele, que duele a los oídos. No hace nada por mejorar su dicción y el uso que hace del idioma forma parte de la campaña institucional: “Destrossem la nostra llengua”. De su vida privada poco se puede decir. Es tan anodina su figura, tan escaso su relumbre, que los espías rojos dejaron de seguirle.

Toma cortados en el bar de las Cortes (que son más baratos), come paellas (algo aceitosas) en el Palmar, reza con unción y veranea, dicen, en el Perellonet o en Cullera o en Sollana o en Gandía o en la casa familiar de Xirivella: con su hermano, el otro Cotino, el que respondía telefónicamente a Jordi Évole.

El hermanito tiene una voz profunda, varonil, que denota mucha personalidad. Podría tener un futuro. Ya verán: lo veremos en La Voz. Por su parte, los malos dicen que Juan Cotino visitará pronto el plató de ‘Encarcelados’, de La Sexta.

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La fotografía es de la agencia EFE.

De Dexter a Jeff Daniels

25 septiembre 2013

imageUno. Dexter envolvía, sujetaba, aprisionaba a sus víctimas en plásticos tensos, tirantes. Procedía así para eliminar a los malos. Los fijaba. Como si empleara un celofán gigante. Lo digo en pasado porque el personaje y su historia han concluido. Yo sólo he visto la primera temporada, emisión en la que confirmas que Dexter es un tarado retorcido. ¿Hace el bien? ¿Obra como un psicópata? Espero disfrutar de las restantes temporadas a pesar de que no me entusiasma la serie. Sin embargo, me parece digna, entretenida y levemente intelectual, con su protagonista, grandioso, recién llegado de ‘A dos metros bajo tierra’ (‘Sixt Feet Under’, 2001-2005): Michael C. Hall. Los títulos de crédito de ‘Dexter’ (2006-2013) dan mucha grima: todo visto de cerca cobra una dimensión monstruosa. Imaginemos, pues, planos detalle con los pelos de la barba, un afeitado con la gota de sangre que brota, el zumo de una naranja sanguina, una loncha de carne congelada también envuelta en plástico. Etcétera.

imageDos. En 2013, Jeff Daniels ha recibido el Emmy al mejor actor por su interpretación en ‘The Newsroom’. Veo la primera temporada de la serie, correspondiente a 2011, y me deja frío. Me parece concebida mecánicamente, con diálogos chispeantes, forzadamente ingeniosos. Muy ‘cool’. ¿Era imprescindible conceder el papel protagonista a Daniels? Lo veo y no puedo olvidar ‘Dos tontos muy tontos’ (1994), en la que tenía un rol sobresaliente. Sé que ha interpretado mejores papeles y que su padre tenía un aserradero. Eso lo explicaría todo. Aaron Sorkin, autor de la espléndida ‘The West Wing’ (‘El ala oeste de la Casa Blanca’, 1999-2006) ha hecho con ‘The Newsroom’ un esmerado trabajo para HBO: los títulos de crédito son refinados, todo un repaso a la historia reciente americana, una recreación de los grandes del periodismo. Desde Edward R. Murrow hasta Walter Cronkite. Tras ellos aparece Jeff Daniels. Etcétera.

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