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Jueves, 30 de mayo de 2013 a las 19:30

Fran Sanz, Ximo Puig, Justo Serna

imageDebate en la calle Blanquerías, 4 – 46003

Socialistas.
Los ciudadanos, los militantes, los dirigentes
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¿Es posible un debate entre un militante y un dirigente? ¿Una conversación entre un miembro de la base y el máximo mandatario de un partido? Los Socialistas tienen una tradición y tienen protocolos, pero las organizaciones de la izquierda también necesitan ideas, imaginación, estímulos. Que un militante y un dirigente discutan cortésmente, que lo hagan en presencia de un moderador externo, alguien que no pertenece a la organización, dice mucho de la apertura a la que se aspira. El Partit Socialista del País Valencià es una institución decisiva del sistema democrático. No podemos conformarnos con las inercias orgánicas, con las resistencias del aparato; pero tampoco podemos conformarnos con su liquidación, como algunos pretenden: como si todo pudiera hacerse en asamblea permanente.

Los Socialistas son protagonistas de la política valenciana, son interlocutores necesarios. Tienen propuestas y tienen militantes valiosos. Fran Sanz paga su cuota y es abogado. Tiene estudios. Pero sobre todo tiene lecturas, capacidad para pensar y dialogar, para idear y mejorar. Es un activo valioso de una organización política.Tiene cultura y tiene humanidad, no traiciona y es fiable: efectivamente no se fía de su saber y siempre está ampliando sus conocimientos. Es un sabio local.

Por su parte, Ximo Puig empezó como alcalde de Morella y hoy es el secretario general del PSPV. Es periodista de profesión y tiene lecturas. No es raro, no es infrecuente, verlo con un libro de Tony Judt: se vale de historiadores, de pensadores, para mejorar su proyecto, para introducir sentido común y raciocinio en una organización que ha de ser racional y práctica. Puig habla como pocos secretarios hablan: con claridad, que es la cortesía intelectual que debemos exigir a nuestros representantes.

¿Es necesario el Partido Socialista? ¿Es necesario el sistema de Partidos? Los movimientos sociales activan, estimulan y argumentan. Los partidos han de ser una caja de resonancia, una caja de herramientas y, sobre todo, la casa de todos: necesitamos discutir lo básico. Los Socialistas invocan el pasado y unos derechos, pero en realidad van más allá: vaticinan un porvenir distinto y se empeñan en recrear la política.

“Todo ha de ser examinado, todo ha de ser reorganizado, sin excepción y sin miramientos”, había establecido Diderot; y los Socialistas, herederos de la Ilustración, se empeñan en deshacer un orden lleno de defectos, de vicios. Esperamos que los Socialistas no se dejen amilanar por cataclismo alguno, no se dejen derribar. Quisieron guiar y guiarse, dirigir y capitanear su acción y el gobierno de los pueblos. Pero para eso han de escuchar al pueblo: a los militantes, sí, y también a los ciudadanos. En eso están y en eso estamos.

Qué país

15 mayo 2013

GuardiasLifeEn tiempos de crisis, de todo carecemos. Si no hay para comer, no hay para comer; y eso se entiende mal y se explica peor. ¿Cómo es posible que la Consejería de Educación adeude el catering de las escuelas públicas? En varios colegios ya no se sirven platos de caliente, sino bocadillos que imagino saludables pero escasos. Pronto, a nuestros hijos, les quitarán el pan de la boca y todo quedará olvidado.

Pongamos otro ejemplo: la educación. Si no hay para tal cosa, no hay para tal cosa: el porvenir de los estudiantes. Al final se les deja a la intemperie. Me acabo de enterar de que un joven colega, Francisco Fuster, no ha obtenido una beca de las pocas que concede la consejería del ramo. Tiene un currículum excelente y tenía un proyecto prometedor: realizar la biografía de Azorín aprovechando el archivo de la Casa-Museo del escritor. Si no me equivoco, las becas concedidas han premiado proyectos de zoología marina, ciencia molecular y economía aplicada, al menos en Valencia. Eso significa que han sido descartadas las Humanidades. Hay que ser zote para no ver que la historia, la filosofía, la filología, la psicología, la pedagogía son saberes imprescindibles con buenos investigadores, con expertos que nos hacen la vida más llevadera. Me pregunto por los criterios de la selección.

En medio de estas malas noticias me entero de una información feliz, satisfactoria, una de esas que te devuelven la confianza en el país. Me la ha hecho llegar Francisco Oltra. Se trata de una inversión que es fruto del acuerdo de dos instituciones. No es un sarao, tampoco es un evento sandunguero, de esos que se supone traerán muchos cuartos. No es una carrera de cuadrigas ni un certamen náutico; no acuden los ricos, ni se espera a armadores de buques. Aunque, bien mirado, el acontecimiento sí que tiene algo de náutico. Resulta rseapvque dentro de unos días, el 28, se inaugura oficialmente en Internet el Archivo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia.

Reparen en la palabrita, las palabritas: Amigos del País. Hay gente así, gente agrupada en una corporación que tiene más de dos siglos y que se ocupa de la vida material de los valencianos. Aún resulta esperanzadora su labor. Ahora, gracias a la colaboración con la Universidad Politécnica, su abundante archivo en papel, guardado en cajas y legajos, podrán consultarlo todos los internautas. Quienes hemos frecuentado la sede de la Económica para investigar y documentarnos sobre el pasado valenciano nos felicitamos y se nos hace la boca agua. No todo es miseria, ignorancia o recorte.

En el archivo de esta entidad está la Valencia de otro tiempo: las iniciativas que se emprendieron, los ingenios, los ensayos agrícolas y la preocupación social, las cocinas económicas. Uno echa un vistazo a sus papeles, ahora a sus enlaces, y descubre un mundo más cortés, menos bárbaro, con gentes preocupadas por el saber y la mejora material. Había concursos de ciencias y certámenes literarios. Nada de esto parece interesar hoy a quienes nos gobiernan.

La historia y las Humanidades no sacian el hambre. Toda inversión es gasto… Aunque vivir en la ignorancia resulta carísimo: la cultura no nos hace necesariamente mejores, pero la incultura no nos ayuda lo más mínimo.

JS, ‘Qué País’, El País, 14 de mayo de 2013

FOTOGRAFÍA: Eugene Smith (Life, 1950)

Enlace de interés: http://www.uv.es/rseapv/web

RodillaSe pregunta Joaquín Pérez Azaústre sobre la ética y la prótesis: la prótesis de rodilla que un joven de Llíria no podía pagar. A partir de una anécdota lamentable, ocurrida en tierras valencianas (cómo no), el escritor reflexiona sobre la sociedad que estamos edificando o demoliendo. “La ética como prótesis” se titula su artículo (http://bit.ly/16dw8oF)

Yo también me he preguntado por lo mismo y, justamente por ello, me he sentido interpelado por Joaquín Pérez Azaústre. ¿Solidaridad? Solidaridad, sí, pero también camaradería: mi rodilla derecha ha sufrido distintas intervenciones. En una de ellas, aturdido pero despierto con la anestesia epidural, escuchaba los golpes que el cirujano infliglía a mi rótula, creo.

La ética es una prótesis, sí. Una defensa contra las ofensas de la vida. Es lo que nos distancia de la Naturaleza feraz y feroz, lo que nos hace sociales y sociables. Otra cosa es que te quiten la férula, la prótesis o el andamio porque no pagas. Entonces regresamos a lo salvaje, a lo inacabado.

En esta crisis, muchas casas han quedado desarboladas, sin andamio. Edificaciones sin terminar que se deterioran y que un día caerán, causando estropicio y daño. El esqueleto carcomido. Eso sí, puede que antes hayan desaparecido por el pillaje de quienes buscan restos de andamio. Allí los vemos. Van sin prótesis, sin casco.

El techo o el cielo se les cae encima. Y a mí se me cae el alma a los pies.

La farsa valenciana

22 abril 2013

Presentación de La farsa valenciana (Ed. Foca), de Justo Serna.

Lugar: Llibreria Ramon Llull, día 25 de abril a las 20:00 de la tarde.

Presenta: Pilar Carceller. Participan: Josep Torrent, Anaclet Pons y Justo Serna.

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Desde mediados de los noventa, un Gobierno autonómico y sus adláteres han obtenido celebridad no tanto por sus logros, sino por sus despilfarros y excentricidades, por su jactancia, por sus colusiones y colisiones. Y el resultado ha sido una autonomía expansiva y fanfarrona; una ruina. Sin duda, lo sucedido en Valencia es, en chiquitito o a lo grande, una metáfora y condensación de lo ocurrido en España: deuda, ostentación, despilfarro e incluso mal uso de los fondos públicos.

La farsa valenciana es un libro de examen y de combate, de análisis y de intervención, en el que se estudian los protagonistas como si en un drama o en una farsa estuviéramos, como una galería de monstruos, una parada de personajes impensables y hasta inverosímiles. Y todo ello sin perder el humor, aquel que nos permite soportar a unos individuos que se están apoderando de nuestras instituciones.

Una iniciativa de Libreria Gaia, Llibreria Ramon Llull y Editorial Foca.

Aquí les muestro lo que fue la invitación original para el acto: 

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Imágenes:

PresentacionLaFarsa

Que Dios nos asista

9 abril 2013

CampsTaciturno
Ha sido un alivio comprobar que don Francisco Camps y don Ricardo Costa han sido absueltos de la causa de los trajes. Escribí y escribí sobre esto en El País y pronto saldrá La farsa valenciana (Foca editorial). Es mi contribución al caos autonómico. Ahora, gracias al alto tribunal, compruebo que estaba confundido…Que el Partido Socialista centrara en la indumentaria todo su empeño parecía poca cosa. Regalos, comercio de textiles, obsequios de americanas. Nada, poca cosa. Ahora sabemos que, a juicio del Tribunal Supremo, el ex presidente y el ex secretario general de los Populares valencianos eran personas intachables. Por su indumentaria, propiamente intachables (sin tacha, sin mácula), y por sus rostros severos, igualmente compuestos, sabíamos que los iban a exculpar.
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Observen a Camps en la instantánea que se adjunta. Levanta la barbilla con orgullo, afilada, puntiaguda. Como un fiel convencido. O como un creyente aguerrido. Recién afeitado y lubricado. Con ojos entre doloridos y quejumbrosos. Con labios besables, bien perfilados; con mejillas hundidas, tras un dolor irreparable, tras un herida irrestañable.
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Lleva camisa blanca y uniforme de pijo local. Yo me he visto y me he vestido así alguna vez. Me refiero a americana oscura y pantalón beige. Eso sí: cuando me descubrí en el espejo regresé al vaquero. Pero admito que mi pronto y mi gesto son parecidos a los que exhibe Camps en esta foto. Rostro sin mejillas, pronto serio, barbilla afilada… y, en mi mejores momentos, figura filiforme. No soy amanerado, pero tengo mis maneras. Punto y aparte.
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No oímos nada, no leímos nada, no sabíamos nada. ¿Caso Gürtel? ¿Han sido absueltos porque el Tribunal es español? Yo no creo que la razón esté en la nacionalidad de los magistrados, sino en la habilidad de los letrados. Francisco Camps le debe todo a Javier Boix: qué habilidoso…Y la razón está en la bondad de los inculpados. Don Francisco Camps saludó a Dios cuando el Jurado Popular le declaró no culpable. Lo tenía de su parte… Más que saludar, el ex presidente le hizo un guiño, una confirmación. Si Dios corroboraba el fallo del Jurado, ¿iba el Tribunal Supremo a desmentir el juicio de la Provicencia?
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En su momento pedí, y ahora reitero, la vuelta de don Francisco Camps a la Presidencia de la Generalitat. ¿Hasta cuándo ha de padecer este ostracismo? El Partido Popular es cicatero con sus glorias autonómicas. Alberto Fabra no ha ganado unas elecciones. Francisco Camps arrasó en los comicios dejando a los socialistas hundidos. Esperamos la vuelta del ex presidente.
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Y esperamos que Dios nos asista.
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Esta historia del espárrago que aquí reproduzco es la versión extensa del artículo El capital no tiene patria (que publica El País, 3 de abril de 2013). O en otros términos: esta versión es la que escribí antes de ser editada y finalmente impresa, que es siempre más breve, ajustada a los caracteres con espacios que marca el diario. Publico este texto más largo para que vean lo que dejo fuera…

Esparragosenlatados

El capital no tiene patria (Versión extensa)

A los chinos les debemos grandes hallazgos, enormes contribuciones. Los valencianos, por ejemplo, no seríamos nada sin la pólvora de la que ellos son pioneros. Nos gusta hacer castillos en el aire para asombrar a vecinos y visitantes y nos place asustar a locales y foráneos con nuestras explosiones terrenales. Es una machada,  cosa cultural y telúrica. Somos un poco fanfarrones, ya saben.

A los chinos, aquí asentados, les debemos los bazares a los que acudimos. ¿Quién no ha recurrido a estas tiendas de baratijas y comestibles? Se esfuerzan por endosarnos el producto aun cuando no sea exactamente lo que buscamos. Me cuenta un familiar que la palita para remover y recoger la caca del gato, algo que necesitaba para su minina, acabó comprándola en un Chino tras la insistencia que puso el comerciante asiático. Una vez fuera del establecimiento la herramienta le resultaba inservible, pero por unos pocos céntimos, ¿qué iba a hacer?, admitió. Pues eso: premiar al esforzado negociante.

A los chinos de la China popular o de Taiwan les debemos parte de la indumentaria que vestimos. Amancio Ortega ha trasladado su producción de textiles creando puestos de trabajo en ciudades orientales. Allí los nativos, apiñados en naves propias de tiempos decimonónicos, los fabrican con salarios reducidos y en condiciones precarias. Aquí, gracias a los asalariados asiáticos de don Amancio, nos mostramos como clientes distinguidos. Al menos los miles y miles de jóvenes españoles que seguramente carecen de empleo, pero lucen muy modernos. O muy rumbosos.

A los chinos les debemos todo tipo de artefactos tecnológicos. Un amigo me muestra un smartphone de línea blanca. Literalmente de línea blanca: es de ese color y además no le veo la marca. Es una  perfecta reproducción de un móvil de gama alta y muy apreciado por todos los públicos. No se cuántas horas habrá detrás de su producción. Gracias a nuestros móviles, a nuestras tabletas, a nuestros ordenadores, alimentamos o mal alimentamos a un ejército industrial de asiáticos. Aquí, los desempleados de unas fábricas y servicios clausurados esperan una ocupación poco probable. Forman lo que Karl Marx llamó un ejército industrial de reserva.

Leo en El País que el Gobierno de la República Popular ha decretado migraciones masivas del campo a la ciudad. Tal cosa debería ocurrir en pocos años y supondría el traslado de 200 millones de chinos. Los imaginamos ya hacinados en las periferias urbanas produciendo las quincallas o las joyas industriales que los occidentales precisamos:  aumentando la fabricación que en Europa se pierde, es decir, ordenadores, tabletas, frigoríficos, móviles y escobillas de baño.

Alemania se enorgullece de su tecnología y sus productos sofisticados, tan apreciados. Nada, nada. En poco tiempo será también una industria en declive, quizá un país fallido. ¿Dónde están los ordenadores alemanes. ¿A quién se los venden? ¿Y sus teléfonos? Los coches y los electrodomésticos germanos aún se exportan y tienen prestigio, se responderá. Nada, nada. También  en pocos años, los autos y los cachivaches asiáticos sustituirán el parque móvil y semoviente de los occidentales. ¿Que eso no sucederá? No: ya está sucediendo.

A los chinos les debemos una gastronomía agridulce, con pollo, repollo, lechuga, almendras, gambas, arroz y rollitos. Es un almuerzo que nos resultaba exótico y económico, un tentempié o una comilona que en estos momentos ya no apreciamos. Pero los orientales, avispados como son, han decidido cambiar y ahora nos sirven, por ejemplo, sepia, sepionet, calamares, patatas bravas y cerveza: lo más demandado por el valenciano que sale a picar.

El mundo cambia vertiginosamente y nos aferramos a las rutinas. Yo acostumbro a comprar en distintos establecimientos las vituallas de la casa: en el supermercado o en el paquistaní de la esquina. Y cuando puedo me escapo al Mercado Central. Soy un comprador con prisas… No suelo examinar las etiquetas de los productos. Por pereza, por irresponsabilidad: qué sé yo. Pues bien, a partir de ahora lo haré. Esta semana, mi cuñada me ha hecho un gran descubrimiento: los espárragos enlatados que adquiero en Mercadona o en Consum también son chinos.

Quedé estupefacto cuando me lo confesó. Al corroborarlo me daban ganas de mandar a freír espárragos a los responsables de ambas empresas; me daban ganas de mandarlos a escarbar cebollinos. De repente pensé en los ricos trigueros de España: en trigueros, en rústicos y en carniceros. De repente pensé en Amancio Ortega y en Juan Roig, en su patriotismo. Según dice el castizo, tiene cojones la cosa. Como los espárragos de Navarra, tan cojonudos. El capital no tiene patria ni corazón, su alma ha emigrado, y nosotros estamos descolocados. O mejor, deslocalizados: como los millones de chinos a los que su Gobierno sin alma también forzará a emigrar.

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Los espárragos y yo:
http://justoserna.com/2010/04/07/interludio/

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Creemos que la ciudad de Valencia está en llamas, que brotan las pavesas, que cunde el fuego, que hay celebración. El mundo fallero ve cómo se carbonizan sus monumentos. Un año más.

En realidad, los hechos son otros. Hay un humo espeso, ceniciento, negro que todo lo impregna. Columnas de asfixia, de polución, que tienen su lado bello, por supuesto. Ese plano general lo he visto ya y lo hemos visto antes. ¿Acaso un ataque?

Las fotografías de Víctor Serna me muestran una localidad insólita, una urbe de pesadilla. Me ahogo sin respirar… La noche del 19 de marzo, yo no osé salir al exterior. Atranqué los postigos y permanecí aislado. Como un personaje de David Bowie, Starman, me recluí en mi cápsula.

Gracias a las instantáneas de Víctor, que tuvo la audacia de subirse a la azotea de Carmen, he podido comprobar qué fue aquello. Queda un vestigio material. O, si lo prefieren, permanece impresionada la ciudad humeante y dorada.

http://www.flickr.com/photos/monigotevalencia/with/8575231875/#photo_8575231875

Sublime… Asomarse a lo sublime no es sólo mirar un acantilado, como los alemanes o los suizos nos hicieron creer. Pero Caspar David Friedrich nos enseñó a distinguirlo:

“…El pintor no debe pintar meramente lo que ve ante sí, sino también lo que ve en sí. Y si en sí mismo no viera nada, que deje entonces de pintar lo que ve ante sí”, señala. ¿Por qué razón? Pues porque, “si no, sus cuadros parecerán biombos tras los que uno sólo espera ver enfermos o, quizá, cadáveres”. Naturaleza muerta, en el peor sentido de la expresión. Realidad inerte. Friedrich, por el contrario, observa. Solo, extraño, quizá algo enajenado, se sube a un promontorio o a una colina. ¿Y qué divisa?  “¡Reproduce las cosas en el cuadro tal y como ellas actúan sobre ti!”, recomienda. Atisbando con dificultad, distinguiendo malamente lo que está al frente…”

http://justoserna.com/2009/11/06/lo-sublime-y-lo-siniestro/

Lo sublime está fuera de los límites, de la marca, de la separación, aquella que distingue lo normal de lo patológico. Asomarse a lo sublime hoy es respirar un humo tóxico, esa carbonilla que tizna y que atora los pulmones. ¿Recuerdan Los Angeles 2019? En Valencia también tenemos rascacielos recostados que burlan la elemental ley de simetría, que se saltan la inclinación obvia.

Valencia es una ciudad que resplandece, con dinamismo. Y es una urbe de ciudadanos enérgicos y energéticos, gentes menestrales, mercantiles que hacen dinero. Apresuradamente. Ahora…, no.

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Pero Valencia, tan bella, es, sí, el infierno tan temido.

Continuará…

Aparato y delito

20 marzo 2013

Ornamentidelicte

JS, “Aparato y delito”, El País, 19 de marzo de 2013

Un valenciano de a pie acude al centro de la ciudad. Vamos a llamarle el Paseante. El Paseante camina y sortea multitudes, carpas y monumentos, sobrellevando sus sustos: tal es el miedo que le provocan las estampidas de los cohetes. Tras superar obstáculos consigue llegar al centro histórico. Hay numerosos visitantes y hay estrépito. Lo normal, vaya.

A dicho valenciano no le gustan especialmente las Fallas y se le nota. Teme la pólvora y las detonaciones, esa expansión del padre que con petardos ilustra y jalea al hijo. El Paseante deplora el monumentalismo, esas formas rotundas, igualmente explosivas, de la construcción fallera. Por ello se queja habitualmente de los primores decorativos: del retorcimiento, de las volutas, del ornato sobrante, del énfasis, de los ninots pintarrajeados y voluptuosos, de la actualidad oportunista. El Paseante es rarito. Lo padece como una tara íntima.

A este ciudadano, al Paseante, le tranquiliza la originalidad: no porque él sea original o extravagante, pues al fin y al cabo podría pasar por un turista común. Pero, bien mirado, es un extraño en la ciudad. O al menos así se siente. Esas explosiones auténticamente bélicas le extenúan. Hay un silencio presunto; hay una antesala amenazadora. De repente un estruendo hace saltar los nervios, el último resto de compostura humana. Pierde de inmediato el equilibrio y se pregunta por el sentido de la vida, de la existencia civilizada que le rodea. Confirma que el suelo está mugriento y pegajoso: litros de alcoholes, de orines y de aceites ensucian las aceras y las calzadas. No parece que la alcaldesa se queje al Gobierno de Madrid: de allí nos llegan todos los desechos, ¿no es cierto?

Pero los desperdicios los tenemos aquí, se nos amontonan en casa, en las instituciones políticas, y se repiten cada año: desde la corrupción edilicia hasta la sisa; desde las rutinas gubernamentales hasta el derroche. El aire viciado del interior no se ventila o al menos no acaba de ventilarse. Los partidos se cierran para evitar todo contacto, toda liberalización, toda discusión. Y los ciudadanos se decepcionan, se desentienden. Ellos sí que pierden el contacto.

El ciudadano de a pie, el Paseante, llega finalmente a su destino. A la falla Mosen Sorell-Corona. Visita el monumento. Lo primero que distingue el Paseante es que no es eso: no es un monumento, sino una pila de desechos ornamentales, toda la fanfarronería estética de esta ciudad. Por eso lo han titulado Ornament i delicte. Y descubre que es la propia casa ventilada la que vomita la basura, la que arroja. A los creadores Ibán Ramón y Dídac Ballester les ha concedido muy justamente el Primer Premi de Falles Experimentals i Innovadores. Resulta curioso: lo que era tradición —echar desperdicios para airear, para aliviarse y para quemarlos— ahora es coraje fallero, todo un alarde de imaginación. Quitarse de encima tanto aparato, tanta falsa solemnidad.

En política hay desechos, falta coraje y escasea la imaginación. Hay rutinas y aparatos inservibles. El suelo de las instituciones también está mugriento y pegajoso. Hay que airear. No pido una estampida; tampoco grandes detonaciones. Solo que se lo piensen bien. Habrá que aligerar, aventar este aire viciado: antes de que todos vomitemos.

JS, “Aparato y delito”, El País, 19 de marzo de 2013

Aquí huele a azufre

6 marzo 2013

CentratsentuElMundo(El País, 6 de marzo de 2013)

Leo lo que dice la prensa y me hago cruces. Me digo que no, que no puede ser, que personas tan pías no pueden haber hecho cosas tan pecaminosas. Al anterior presidente de la Generalitat y a la actual alcaldesa se les atribuyen presuntos delitos de mucha gravedad. En crónica desde Palma, Andreu Manresa señala que “el yerno del Rey admite los contratos a dedo que le dieron los dos dirigentes del PP”. Es decir, sin concurso público, a hurtadillas: quitando a otros cristianos e infieles la posibilidad de acceder a las licitaciones. Y el periodista añade que el juez, en su auto, concluye: “Los convenios no fueron otra cosa que la forma arbitraria de vestir el santo”.

Sin duda, el negocio del que hablamos no era el de vestir literalmente santos. Era algo más profano. Me ha hecho gracia esa expresión, lo de vestir el santo, que es castiza y católica y, por eso, he leído con unción las declaraciones de Iñaki Urdangarin ante el juez Castro. En principio, solo buscaba dicha fórmula tan española y, claro, lo que me he encontrado son muchas palabras que no me cabían en la cabeza. El fiscal, el letrado, el declarante, el propio juez en un cruce de preguntas y respuestas simplemente agotador. Una cruz. Alguien toma nota, registra; y luego alguien procesa esa información, que se añade a los miles de folios que suma el caso Nóos.

Lo que se dice en dicho documento del señor Camps y de la señora Barberá es muy comprometido, para qué nos vamos a engañar. Indudablemente, no tengo por qué creer lo que recuerda don Iñaki Urdangarin. Pero quiero confiar en la Justicia, en su capacidad para discernir, para reunir pruebas, para inculpar, para condenar. Si finalmente Francisco Camps y Rita Barberá fueran declarados culpables, entonces el bochorno se apoderaría de mí. Piensen lo que podrían preguntarnos o decirnos amigos de otras comunidades autónomas, de otras ciudades.

Que si nos han gobernado rufianes, que si hemos votado a villanos. Que si nos han desvalijado, que si nos han saqueado. Que si hemos callado e incluso jaleado a quienes nos han desplumado, que si nos han dejado endeudados. Que si… Que sí, que sí: tendríamos que admitir todo ello con un sofoco de aúpa. En cualquier parte se ha gastado a manos llenas, desde luego, pero aquí teníamos más: ideas de mucho ensueño, quimeras arbitristas y ambiciones, Ciudades de mucho rumbo, de la Ciencia, de la Euforia, de la Luz, de las Lenguas. Y alguna otra que me dejo en el tintero. Como ven, algunos andaban muy sobrados. Gasto público y políticos manirrotos con celebrities del cuché; arquitectos fantasiosos y conseguidores de postín.

Vestir el santo. Menuda expresión… Si son ciertas las cosas que vamos sabiendo, aquí no ha habido santos, ni curitas. Pero sí que hemos tenido creyentes, postulantes y huchas: diablos vestidos de Prada, de Loewe, de Milano. Las suyas no serían propiamente diabluras, temeridades de poca monta. Serían delitos y graves pecados. Si se confirman, penarán. Pero hay más. El día del Juicio Final se las verán con Dios, que colérico los condenará por haber arramblado con todo: fuisteis como un río desbocado y dejasteis cubierto de arena el suelo por donde pasabais. Ay, pecadores, aquí huele a azufre.

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/03/05/valencia/1362506910_387957.html

La Valencia popular

14 enero 2013

521460_Ferrari-27Escribo un libro, un libro sobre asuntos valencianos. Decir asuntos valencianos era antes cosa de alegría y fiesta. Traca, cohetes, horchata, pólvora. En el peor de los casos, lo valenciano se asociaba a la fiesta fulera. ¿Somos así? Tampoco hay que exagerar. Los valencianos somos poco fiables (eso reza el tópico): gentes que te invitan formalmente para después desentenderse. Admitamos que ello sea así. De todos modos, no solemos iniciar grandes destrucciones o guerras. Por cobardía o por el buen tiempo… Vivimos resguardados bajo el solecito mediterráneo.

El libro que he de entregar en breve lo escribo con guasa y dolor. Es decir, que tendrá broma y análisis, zumba e inspección. Es el recorrido de un espectador valenciano en los últimos veinte años. Un profesor que mira. Los docentes no tenemos especial clarividencia. Tampocos los historiadores acertamos necesariamente con lo que hay u ocurre. Sencillamente, los profesores de historia saben qué pasó tiempo atrás y que nos pesa o con qué hemos de acarrear.

Cuando empecé a escribir sobre dicho asunto (que me resulta antipático, a qué negarlo), Valencia era el caso prototípico de fracaso: de fracaso de la revolución industrial. Carecíamos de burguesía, de clase emprendedora. Nos faltaban industriales y, sobre todo, nos faltaba imaginación fabril. Luego, Valencia fue emblema de la pequeña industria, de la gente activa y conceptiva que tenía mundos y proyectos en la cabeza. Se asociaba a las Fallas, y la fantasía local era industriosa (al menos). Finalmente, Valencia aparecía –aparece– como la tierra de los especuladores, de los ventajistas: tipos avispados, muy mundanos, que sabían qué hacer para enriquecerse y de paso para asear una Comunidad añosa. Eran el ejemplo de la prosperidad.

¿Qué hacemos? Resulta fatigoso volver sobre asuntos y sobre escritos antiguos, pero no veo mejor forma de reconstruir un mundo que en parte ya está en ruinas. Lujos cuarteados, brillos opacos. Un asco.

Dicho libro aparacerá en la Feria del Libro de Madrid y se venderá en toda España. No sé si alegrarme o avergonzarme. Por una vez, los valencianos no somos el hazmerreír de España: somos el ejemplo de lo sucedido. O, mejor aún, el modelo en que otros se han inspirado.

El libro no es un examen pericial del despilfarro. Es un análisis impresionista y doloroso de la herida valenciana. Y es un estudio de caracteres, esos personajes y sus trapisondas… Me valgo de la antropología, de la psiquiatría. Y de la historia, claro.

Ya les avisaré.

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