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Uno. Algunos escribimos periódicamente sobre la Fallas para lamentarnos de su deriva y para deplorar la exaltación agónica de la alcaldesa de Valencia. En el caso de Rita Barberá, una exaltación agónica es también una proclama demagógica. En La farsa valenciana (Foca, 2013) dedico unas páginas a este ciclo purificador, a las Fallas como reiteración populista. No hay manera: nos caen miles y miles de euros, pero mientras tanto miles y miles de valencianos procuran huir de una fiesta que es el infierno tan temido.
Dos. El populismo no es un concepto gastado ni una realidad intangible, como algunos académicos nos quieren hacer creer. El populismo es precisamente una exaltación de lo popular, de lo que previamente ha sido definido como popular. Es un extremismo: una celebración incondicional del pueblo y sus virtudes, de la comunidad y sus valores, de sus representantes y sus cualidades. El populismo es un encomio de rasgos y habilidades que presuntamente definen lo común, lo plebeyo. Viva el plebeyismo.
 
Tres. Algunos llevamos años diciendo lo mismo, reiterando lo evidente, criticando la dejación culpable de las autoridades locales. Así hago en La farsa valenciana. El rugido comunal de Rita Bárberá da inicio a días y días de regocijos públicos. Los que escribimos siempre decimos lo mismo y, por supuesto, eso que repetimos no sirve de nada: la mayor parte de las Fallas se desparraman en cientos de calles, se agigantan inúltimente y, de paso, exaltan lo obvio, un concepto artístico que a muchos nos produce escalofríos. 
 
Cuatro. La ciudad se desborda durante semanas de estrépito y mugre, de cascos y meadas. ¿Qué vemos? Carpas plásticas de lujo oriental; calles cortadas con ostentación, con arrogancia; paellas cocinadas de modo primitivo, pesadamente aceitosas; iluminaciones de feria, con arabescos, farolillos y perillas, puro derroche mediterráneo. ¿Qué más vemos? Muchos monumentos de estética disuasoria habitados siempre por la inevitable pareja fallera: un pisaverde escuálido y una tiarrona de carnes opulentas.
 
Cinco. Los aceites refritos ahogan, las detonaciones nos hacen tremolar (como dicen aquí), el jaleo nos mantiene en vela: cohetes de gran estruendo estallan siempre a tu costado. Todo parece un frente bélico, con proyectiles alegremente lanzados.  Hay una pestilencia rancia de alcoholes y orines; hay un tufo abrasador cuando el sol valenciano rehoga a fuego lento no el cartón-piedra, sino la mefítica humanidad. Hay botes y también ampollas astilladas.
 
Seis. Mientras tanto, la alcaldesa, doña Rita Barberá Nolla, padece una furia explosiva y una ronquera creciente, un carraspeo constante. Salta, tira petardos, jalea a las masas y su voz se pierde. Ay, el carraspeo. También lo padecen quienes tienen sus cuerdas vocales tocadas por la lija de los licores.
Siete. Las falleras mayores son dos beldades locales. Estupendamente maquilladas y peinadas, da gozo verlas. Son chicas que hacen excelentemente su trabajo, que es representar anacrónicamente la valencianía y la muchachada. Son jóvenes que se merecen lo mejor: como tantos y tantos falleros que se entregan con ganas, recibiendo sólo a cambio el reproche. ¿El reproche de quiénes? El desdén de quienes ya no soportamos este botellón demente. Entretanto, la ciudadanía maravillada asiste impávida al vandalismo, al incendio de papeleras y contenedores, algo propio y típico de una ciudad sitiada.

Fabra en el Infierno

14 noviembre 2013

FabraImaginemos un diálogo entre dos filósofos: las ideas que expresan son ciertas, pero el episodio es apócrifo, como si de una comedia televisiva se tratara. Me lo he inventado, eso sí: con fines morales. No sabemos si dichos pensadores están en el Infierno: uno por su ateísmo militante; otro por sus dudas religiosas. Sentados a una misma mesa, en el plató, ambos filósofos discuten sobre la cultura. En uno de ellos se aprecia el desaliño indumentario; en el otro la gravedad de sus ropas.

Con cruel sinceridad, Jean-Paul Sartre, el primero de esos pensadores, dice: “El mundo puede arreglárselas muy bien sin literatura”, sin teatro, sin cultura. Si es un mecanismo que funciona por sí solo, sugiere, la vida no precisa las ficciones que salvan a los que las escriben y a los que las leen o las ven representadas. El otro filósofo asiente. No parece oponer resistencia a dichos argumentos.

Si asumimos el dictamen de Sartre, nosotros, los espectadores, podríamos añadir por nuestra parte que el mundo también puede arreglárselas muy bien sin la televisión. En efecto, si la televisión es cultura, de la cultura igualmente podemos prescindir. Una obra literaria, pregunta Miguel de Unamuno, ¿qué es sino? “Es, después de todo y pese a los moños que los literatos nos ponemos y a nuestras ínfulas, un artículo de comercio”.

Por muchos moños que se pongan los periodistas, por muchas ínfulas culturales que se den, los productos cinematográficos o televisivos únicamente son artículos de comercio: parafraseamos a Miguel de Unamuno, que siendo él mismo escritor elevado, no dudaba del aspecto puramente mercantil de la literatura: seguramente por la gravedad impostada de tantos mequetrefes de la cultura. Bien, admitamos que esta última sólo sea un variado muestrario de géneros de comercio. Pueden comprarse o no; pueden consumirse o no. ¿Entonces?

Sartre, muy escéptico y resabiado, se ajusta las antiparras respondiendo con determinación satánica: la Tierra, ese mismo mundo del que hemos amputado la literatura, el teatro, el cine, la televisión, ese mundo que no necesita de la imaginación o de la fantasía, “aún puede arreglárselas mejor sin seres humanos”. Sobran la cultura y los individuos, sobra el público y, mejor aún, aquellos que escriben dramas, novelas, cuentos, poemas; aquellos que producen, que ruedan, que montan, que editan, que publican; aquellos que elevan el espíritu.

Regularmente, Canal Nou no elevaba el espíritu: tenía un perfil incluso satánico. Como otros medios culturales. Lo normal es que en la vida nos rodeen muchos productos de baja estofa: novelas de chichinabo, teatro mediocre. Pero el ser humano no sólo vive de bocados exquisitos: también se nutre con cultura de segunda. RTVV no ha sido un centro de producción eximio y además ha manipulado y degradado numerosos artículos de comercio, esa cultura que deploraba Unamuno. Podemos prescindir de ellos. Pero, atención, de paso podemos arreglárnoslas mejor sin los seres humanos: aquellos que ahora despiden y aquellos que se despiden de su programación. El mundo puede arreglárselas muy bien sin la tele. Pronto podremos arreglárnoslas muy bien sin Fabra. Palabrita del Niño Jesús: lo mandaremos al Infierno.

JS, Fabra en el Infierno, El País, 13 de noviembre de 2013

Juan Cotino

4 octubre 2013

imageJuan Cotino es un señor de Valencia, nacido en Xirivella. Hasta hace nada, era poco conocido: pasó de concejal de la ciudad a director general de la Policía de España, que es una carrera política previsible. Lo normal, vaya. Pero poco más: que si una consejería por aquí, que si otra consejería por allí. Nada serio, agricultura, medio ambiente, cosas así: como muy del terreno.

Hasta qué no llegó a la Presidencia de Les Corts Valencianes no adquirió cierta notoriedad. Fue entonces cuando se hizo martillo de herejes y de camisetas, censor de Mònica Oltra, que siempre aparecía en sede parlamentaria con letreros de mucha peligrosidad. Según dicen, la insultó gravemente a propósito de su progenitor. Usted no conoce ni a su padre, vino a decirle. O eso cuentan los testigos.

Pero a Cotino la fama le llegó un día y desde entonces forma parte de la jet set local: algunos se ponen gafas ahumadas y otros se dejan barba. Él se deja barba. Cotino es conocido ahora gracias a la televisión, concretamente gracias a ‘Salvados’, de La Sexta. Es lo que hay. Tuvo sus quince minutos de gloria ante Jordi Évole, incluso sin decir ni pío alcanzando una gran celebridad. “El mudo de Valencia, el mudo de Valencia”, decían los retoños a sus madres cuando lo divisaban. Los muchachos huían despavoridos. No sé por qué, la verdad: tampoco es el hombre del saco ni un ogro.

Es feote, eso sí; está grueso y tiene cara o boca de rape. Pero es un santo varón, un hombre piadoso, de mucha religiosidad. Pertenece al Opus Dei, del que es agregado, cosa que seguramente no se le perdona: los envidiosos reconocen que ya tiene ganado el cielo, lugar de gentes honradas. Lo tiene ganado a pesar de sus pecadillos (que los tienes, bellaco) y a pesar de esa boca de rape de gruesos labios, nada sensuales.

Desde entonces, desde que apareciera en ‘Salvados’, lo persigue “la izquierda marxista”, ha declarado el propio Cotino. Por los clavos de Cristo, parece que volvemos a la saña del anticlericalismo, cuando los rojos se comían crudos a los capellanes. Esta comprobado: sales en la pequeña pantalla o no tan pequeña que algunos ya tienen aparatos de muchas pulgadas, sales en la pequeña pantalla –ya digo– y las hordas te amedrentan y te hostigan. ¿De qué le acusan? De beneficiar a las empresas familiares, de tener conexiones con la trama Gürtel. Él lo niega con vehemencia y hemos de creerle. Amén.

Pero no todo el mundo es tan crédulo como yo. Quizá por eso, el sr. Cotino se ha dejado barba: a ver sí ya no se le reconoce por la calle. Pero, claro, ya ha aparecido por televisión con su nuevo look otoño-invierno y los rojos han renovado las fichas de identificación del enemigo. Alguien debería aconsejarle que se pusiera una máscara para hacer declaraciones o para presidir les Corts Valencianes. Podría ser de demonio o de San Sebastián, de Sant Vicent o de Rosita Amores: como ninguno de ellos tiene nada que ver con él ni por admiración ni por devoción, pasaría inadvertido.

Habla pésimamente el valenciano, con un acento ‘apitxat’ que duele, que duele a los oídos. No hace nada por mejorar su dicción y el uso que hace del idioma forma parte de la campaña institucional: “Destrossem la nostra llengua”. De su vida privada poco se puede decir. Es tan anodina su figura, tan escaso su relumbre, que los espías rojos dejaron de seguirle.

Toma cortados en el bar de las Cortes (que son más baratos), come paellas (algo aceitosas) en el Palmar, reza con unción y veranea, dicen, en el Perellonet o en Cullera o en Sollana o en Gandía o en la casa familiar de Xirivella: con su hermano, el otro Cotino, el que respondía telefónicamente a Jordi Évole.

El hermanito tiene una voz profunda, varonil, que denota mucha personalidad. Podría tener un futuro. Ya verán: lo veremos en La Voz. Por su parte, los malos dicen que Juan Cotino visitará pronto el plató de ‘Encarcelados’, de La Sexta.

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La fotografía es de la agencia EFE.

5404 LA FARSA VALENCIANA.inddLa farsa valenciana es un libro de examen y de combate, de análisis y de intervención, en el que se estudian los protagonistas como si en un drama o en una farsa estuviéramos, como una galería de monstruos, una parada de personajes impensables y hasta inverosímiles. Y todo ello sin perder el humor, aquel que nos permite soportar a unos individuos que se están apoderando de nuestras instituciones.

La farsa valenciana es un libro sobre la corrupción, sobre el clientelismo, sobre los usos y abusos del poder. Por las páginas del libro desfilan personajes impensables, una parada de monstruos. Análisis y guasa, humor negro y drama.

La farsa valenciana. Ésta es la historia de cuento de hadas. De jóvenes príncipes que se enriquecieron y de damas que se ennoblecieron. Valencia fue tierra de promisión. Allí todo fue posible, allí todo se arruinó.

La farsa valenciana, episodio tres. Fenómenos paranormales, situaciones inéditas, personajes desconocidos. ‘La farsa valenciana, episodio tres’ es un clip promocional del libro de Justo Serna. Algo especial, algo espacial. Los personajes levitan…

GuardiasLife

Hacia julio de 2012, el Gobierno español nos parecía un organismo impotente, un repertorio de chistosos y malcarados con Cristóbal Montoro a la cabeza. A sus ministros se les acumulaban los problemas o ellos mismos ocasionaban problemas. ¿El principal? Aparte de la crisis española, que no es poca cosa, el suplicio era y es aguantar a un presidente tan escaso, tan escueto, tan romo. Y me sobran adjetivos. Nadie atisbaba solución alguna. Y Mariano Rajoy menos que nadie. A los ciudadanos nos parecía que nada podía ir tan mal, que no podíamos estropearnos más.

Un año después, las circunstancias no son peores. Son equiparables. Sólo notamos una triste resignación entre los parroquianos, un fatalismo leve, un lastre o desastre. Vemos al presidente del Gobierno y nos preguntamos, otra vez, si hay alguien ahí, si contamos con un líder. No. No contamos con un líder, pero que al menos sea héroe durante un solo día, un solo día, cantamos. Y cómo desafinamos.

Esto es lo que hay: todo lo que era sólido se evapora. Como dice Antonio Muñoz Molina en un libro homónimo, las cosas que nos parecían obvias se marchitan. Mientras tanto, el partido del Gobierno, el PP, arrastra una crisis mayúscula, un escándalo morrocotudo. Si es cierto aquello de lo que se le acusa, dicha organización no da una a derechas. ¿Es posible que circulara tanto parné para tanto listo? Dios y la justicia ordinaria los castigarán.

¿Y qué decir del PSOE? El partido opositor se desvanece por falta de crédito: su organización, con un aparato tan férreo, está amenazada de extenuación. Eso sí: hay militantes instalados que esperan repetir una cómoda hecatombe con ellos dentro.

En Cataluña, CiU puede volatilizarse, arrasada y arrastrada por el abrazo del oso, ERC, tras una política suicida de los conservadores: eso sí que es un auténtico hecho diferencial. En Galicia, ya no resta mucho: un PP marchito y poco más. Los preferentistas parecen encabezar la oposición gallega. ¿En el País Vasco? Cualquiera sabe lo que queda allí aparte de los sensatos. ¿Quizá unos machotes, alegres y combativos, que despliegan banderas y viven como Dios, con cupo y con cupones? En Andalucía, los pobres aumentan, mientras al partido de los trabajadores se le encausa por el presunto desvío de fondos, que es cosa fea y delictiva. Se pongan como se pongan.

¿Y en Valencia? Esto es trama aparte, una postración. En la Comunidad Valenciana podemos desaparecer todos a una. Como en una pieza de Lope de Vega. Es un portento posible. O, mejor, un apocalipsis provinciano, propio de Calderón de la Barca. Pero no: en Lope y en Calderón hay severidad y algo de efectismo. Aquí sólo hay sainetes, picardías, demagogia y billetes de quinientos euros. Aquí hay avispados que aún se salvan y delincuentes que todavía se mofan.

Vuelve el paletismo de las lenguas inventadas, la política gallinácea, de vuelo corto y rasante; y miramos de soslayo los restos materiales del delirio: el cascarón o esqueleto de tantos edificios malogrados.

Mientras esto escribo ignoro la suerte de Mariano Rajoy y de Alberto Fabra. Lo que sí sé es la decepción que me causa un partido calamitoso y comatoso al que no voté. Ánimo, ciudadanos, que ya queda menos. No sé qué es peor: si un desastre sin fin o un fin con desastre.

 

 

La reina de la farsa

1 julio 2013

imageEn 2009, el artista Monigote realizó una plantilla para camiseta. Era toda una prenda con mensaje, una Political T-Shirt.

Una camiseta no es sólo indumentaria, tejido que tapa o cubre: es leyenda y moraleja, promoción, publicidad, propaganda, concepto de vida o crítica de costumbres. Yo poseo dos camisetas de The Soprano’s, ya envejecidas. Me sientro otro cuando me pongo una de ellas. Parezco un matón de patio de colegio.

“Una simple camiseta lisa, sin el estorbo de una chaqueta o camisa, era un sitio muy bueno en el que se podía escribir algo”, dice Troth Wells en La camiseta. Un artículo universal (2009). “Ahí, en el pecho, donde todos pudieran ver el mensaje”, añade. “¿Quién lo hizo por primera vez?”, pregunta Troth Wells. El autor se responde con un caso americano de los años cuarenta. Es posible.

La camiseta concebida por Monigote no es propiamente política (Dios nos libre), pues hay una imagen piadosa con aura. Nadie se puede sentir ofendido, ya que está dedicada a una efigie religiosa. Es una recreación de un célebre óleo español.

Quienes la han visto detenidamente dicen que tiene un vago parecido con un personaje actual. La prenda, además, añade una leyenda significativa: “Lo que se da no se quita”. Enigmático mensaje y oscuras palabras. ¿Qué querrá decir? Demonios, qué difícil nos lo pone.

Ahora dicha plantilla se ha incorporado a las páginas interiores, a las primeras planas, de La farsa valenciana (Foca, 2013). Los editores quisieron incluirla –con el permiso del autor, claro– y allí está.

¿Acaso es la madre de todas las valencianas? ¿Es quizá la reina de esta farsa? Yo no me creo capaz de afirmar dicha profanación. Por otra parte no distingo bien los parecidos… Soy muy malo para las fisonomías.

¿Ustedes tienen alguna idea? ¿Ustedes qué creen? Allí en La farsa valenciana, la plantilla ilustra con guasa irrespetuosa la severidad de lo escrito. Yo acepto resignadamente su influencia benigna: a ver si se vende La farsa. No espero menor milagro.

 

http://www.facebook.com/Lafarsavalenciana

LafarsaMonigoteLa farsa valenciana es un libro sobre la corrupción, sobre el clientelismo, sobre los usos y abusos del poder. Del poder local. O no tanto: el caso valenciano es ejemplar y, gracias a los eventos, universal. Por las páginas del libro desfilan personajes impensables, una parada de monstruos. Encontrarán análisis y guasa, humor negro y drama. Un triste ejemplo.

Más detalles en:

http://www.facebook.com/Lafarsavalenciana

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JS, “La cara de Rita Barberá”, El País, 11 de junio de 2013

Ritabarberaelprincipio Durante años la hemos visto sonreír. Incluso reír a mandíbula batiente, con esa ronquera de felicidad que dan el poder y la campechanía. Los episodios son memorables. La hemos descubierto haciendo la ola cuando el Valencia CF ganaba ligas. Con mucho aspaviento coreaba el triunfo. Nos hemos habituado a sus actuaciones falleras, saltando con energía insensata. ¿Quién no recuerda aquella breve secuencia de los explosivos? En una grabación doméstica de hace unos años tira petardos al suelo con júbilo infantil evitando a la vez que su rival se haga con su ración de pólvora.

La hemos visto celebrar éxitos electorales con la cara desencajada. La recordamos respondiendo enérgicamente, con los lentes caídos y con sonrisa pícara o malvada. Su presencia no puede pasar inadvertida: su corpulencia y los colores rotundos de sus trajes la hacen bien visible. Para mi gusto tiene gestos algo ordinarios. Según mi entender, debería haberse sometido a un asesor que limara o corrigiera ciertos excesos verbales o ademanes. Pero imagino que ella se habrá negado: si se la quiere, es por su llaneza, pensará. Por su robusta estampa.

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Ahora, tras años cultivando dicha pose, esa puesta en escena, su imperio local se derrumba. Hay desconfianza sobre su gestión. Y aquello que fue campechanía se ve como autoritarismo, sí. El cesarismo de municipio cae sin el apoyo o el auxilio de sus conmilitones. Tomó o alentó decisiones que provocaron duda y rechazo. La Copa del América, El Cabanyal, el circuito de fórmula 1, el Parque Ferrari, el nuevo estadio del Valencia, etcétera. Grandes obras o eventos que provocaban el repudio de muchos ciudadanos y de sus organizaciones cívicas. Ella creía hacer una política de costosa grandiosidad. Por eso se trataba con príncipes del automovilismo o magnates de la realeza. O al revés, vaya. Por eso afectaba plebeyismo: había que codearse con el pueblo común y con su estructura orgánica, las fallas. Sabía que los casales, a los que acude gente de toda clase y condición, son el centro del poder simbólico, un sentimiento primario.

Pero ahora todo parece derrumbarse. En pleno festejo de los dos años de Alberto Fabra como presidente de la Generalitat, la señora le robó todo el protagonismo anunciando que se presentaba nuevamente como alcaldesa. Tan desesperada parecía estar. Y de nuevo otra vez, cuando se celebra la convención del Partido Popular en Peñíscola, se la ha vuelto a ver rara. Hay una foto de familia, la instantánea final que las principales autoridades se hacen. Es una imagen estudiada que los medios difunden. Y es el reflejo de un estado de ánimo o, al menos, del estado de ánimo que se quiere mostrar. Pues bien, en dicha fotografía solo sonríe Alberto Fabra, mientras Mariano Rajoy, algo mustio, parece despistado. A los restantes retratados se les ve tristes, incluso mohínos.

Pero el rostro y la actitud de Rita Barberá me son desconocidos. Expresan un abatimiento ignorado, muy inquietante. Su cara se ve taciturna, con algo de extravío, inflamada y ajada: como si los pliegues y surcos del rostro marcaran un dolor incurable. La mirada gacha, ensimismada, y las manos cogidas, cruzadas, ya sin aspavientos. Todo está acabado. Su política, sombría, también. Y la de sus émulos.

La guerre est finie.

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/06/11/valencia/1370970596_172269.html


LA FARSAMakingOffEmpecemos con lo sabido. En nuestra vida hay una separación de lo público y lo privado. Por un lado tenemos la esfera de la publicidad, de la visibilidad, ese lugar en el que los actos se emprenden a vista de todos; y, por otro, la reserva de lo privado, ese espacio en el que se protegen el secreto y lo íntimo.

El corrupto traslada hábitos privados a la esfera de lo público y basa su actuación en el favor, en el amparo, en la mezcla.

Así, cuando en la esfera pública decimos de alguien que concede u
obtiene favores nos referimos a aquel que presta o logra ayudas,
protecciones, supuestamente gratuitas…, protecciones y ayudas que
comprometen: gracias que se realizan en apariencia sin esperar pago o recompensa.

En realidad, esas concesiones se basan en la capacidad de
influencia, en ese ascendiente que alguien tiene sobre personas que
toman decisiones o que gozan de autoridad. Ya lo sabemos: una persona influyente es alguien bien situado, ubicación de la que se aprovecha para producir o remover obstáculos.

Conviene observar que al hablar de la influencia no me refiero al individuo que desempeña su tarea prevista, institucional o reglamentaria: no aludo a quien se atiene a las normas según las atribuciones que le están asignadas de antemano y públicamente. Antes bien, me refiero a aquel que hace valer su predominio más allá de la ordenanza, a aquel que se vale de su persona, de su habilidad o de sus conocimientos para conceder auxilios
particulares.

Decía Max Weber que la política y la burocracia contemporáneas progresan al eliminar ese factor personal, justamente
porque convierten la labor desempeñada en una tarea sometida a visibilidad y fiscalización: lo importante no es el individuo que la
ejecuta, que sólo es alguien solvente pero sustituible. Lo decisivo es el correcto cometido que ustedes o yo podríamos hacer si estuviéramos preparados para dicha función. En el sistema pensado por Max Weber, un empleo público o un cargo en la Administración o un puesto político no son recursos patrimoniales que sirvan para otorgar favores o despachar presentes, sino 5404 LA FARSA VALENCIANA.indduna ocupación reglamentaria que se ejecuta para beneficio de la sociedad.

¿Y cuál es la base de esa actuación que implica a distintas personas? La confianza. Confiar es esperar que el otro cumpla con la obligación o con la expectativa. Cuando esto no se verifica, cuando no hay un sistema eficaz de sanciones para quien incumple sus funciones, cuando se burla la ley de manera ostentosa y achulapada, entonces la confianza se deteriora, la irresponsabilidad se premia y el crédito público se malogra.

Hasta aquí la reflexión o la prosa pesadamente sociológicas de las que me sirvo. Ustedes, sin embargo, me pedirán nombres en negrita: tienen la sospecha de que hay, de que ha habido (¿de que seguirá habiendo?) casos de favores, de regalos, de granjerías entre políticos en ejercicio, casos llamativos, desvergonzados, de enriquecimientos súbitos o de alardes lujosos, de ventajistas que se valen de promociones edilicias y de obras asiáticas. ¿Quieren que les diga en quiénes pienso? Me estaba mordiendo la lengua para no dar nombres.

En La farsa valenciana (Foca, 2013) doy nombres.

Jueves, 30 de mayo de 2013 a las 19:30

Fran Sanz, Ximo Puig, Justo Serna

imageDebate en la calle Blanquerías, 4 – 46003

Socialistas.
Los ciudadanos, los militantes, los dirigentes
.

¿Es posible un debate entre un militante y un dirigente? ¿Una conversación entre un miembro de la base y el máximo mandatario de un partido? Los Socialistas tienen una tradición y tienen protocolos, pero las organizaciones de la izquierda también necesitan ideas, imaginación, estímulos. Que un militante y un dirigente discutan cortésmente, que lo hagan en presencia de un moderador externo, alguien que no pertenece a la organización, dice mucho de la apertura a la que se aspira. El Partit Socialista del País Valencià es una institución decisiva del sistema democrático. No podemos conformarnos con las inercias orgánicas, con las resistencias del aparato; pero tampoco podemos conformarnos con su liquidación, como algunos pretenden: como si todo pudiera hacerse en asamblea permanente.

Los Socialistas son protagonistas de la política valenciana, son interlocutores necesarios. Tienen propuestas y tienen militantes valiosos. Fran Sanz paga su cuota y es abogado. Tiene estudios. Pero sobre todo tiene lecturas, capacidad para pensar y dialogar, para idear y mejorar. Es un activo valioso de una organización política.Tiene cultura y tiene humanidad, no traiciona y es fiable: efectivamente no se fía de su saber y siempre está ampliando sus conocimientos. Es un sabio local.

Por su parte, Ximo Puig empezó como alcalde de Morella y hoy es el secretario general del PSPV. Es periodista de profesión y tiene lecturas. No es raro, no es infrecuente, verlo con un libro de Tony Judt: se vale de historiadores, de pensadores, para mejorar su proyecto, para introducir sentido común y raciocinio en una organización que ha de ser racional y práctica. Puig habla como pocos secretarios hablan: con claridad, que es la cortesía intelectual que debemos exigir a nuestros representantes.

¿Es necesario el Partido Socialista? ¿Es necesario el sistema de Partidos? Los movimientos sociales activan, estimulan y argumentan. Los partidos han de ser una caja de resonancia, una caja de herramientas y, sobre todo, la casa de todos: necesitamos discutir lo básico. Los Socialistas invocan el pasado y unos derechos, pero en realidad van más allá: vaticinan un porvenir distinto y se empeñan en recrear la política.

“Todo ha de ser examinado, todo ha de ser reorganizado, sin excepción y sin miramientos”, había establecido Diderot; y los Socialistas, herederos de la Ilustración, se empeñan en deshacer un orden lleno de defectos, de vicios. Esperamos que los Socialistas no se dejen amilanar por cataclismo alguno, no se dejen derribar. Quisieron guiar y guiarse, dirigir y capitanear su acción y el gobierno de los pueblos. Pero para eso han de escuchar al pueblo: a los militantes, sí, y también a los ciudadanos. En eso están y en eso estamos.

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