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theendoldmovie(UIMP, Valencia, 23-25 de octubre, Directores. Telesforo M. Hernández y Mónica Bolufer. Secretario: Juan Gomis)

El cine tiene a sus especialistas, entre ellos los historiadores del ramo. Como la literatura. Unos son historiadores del cine y otros son historiadores de la literatura. Son expertos dedicados a dichos objetos de conocimiento, a esos asuntos. Conocen la cronología específica del cine y de la literatura, los avances técnicos y los cambios de lenguaje, las expresiones artísticas que se dan en distintas épocas. Estudian esos fenómenos como creación del género y del genio humano. Pero saben además que los artistas son menos originales de lo que pensamos, saben que siguen las reglas del arte, sus tradiciones, sus límites, que son las coerciones del gremio a las que se obliga el creador.

La historia cultural no suelen practicarla historiadores expertos en cine o en literatura, sino investigadores que analizan ciertos objetos a partir del contexto de producción, distribución y recepción de la manufactura. La historia cultural estudia una película o una novela como si estos artificios fueran artefactos que debieran ser desactivados, materiales que han de ser desmenuzados para después volver a ser encajados. Tienen partes y son piezas únicas, aunque en realidad pertenecen a un contexto de producción, distribución y recepción con sus propias y diferentes reglas, pudiendo formar parte, además, de series, de totalidades más vastas.

Pero sobre todo los historiadores culturales analizan un cuadro, un conjunto escultórico, una novela, un programa de televisión o un film como si se tratara de manuscritos extranjeros, borrosos, plagados de elipsis, de incoherencias, sospechosas enmiendas y de comentarios tendenciosos. ¿Qué nos indican estas palabras del antropólogo norteamericano Clifford Geertz? Que cualquier producción humana vista de cerca es un depósito de informaciones, de respuestas, pero a la vez un repertorio inacabable de preguntas. Lo que averiguamos cuando estudiamos un objeto nos deja con un mar de dudas. ¿Porque hemos sido incapaces de resolverlas? No: porque el dato, todo dato, la pieza, el engranaje, la parte pertenece al entero analizado, pero también a otros conjuntos que no están en esta novela o en este film. Una obra es un entero, sí, pero sus partes le vienen de otros enteros y el historiador ha de averiguar de qué manera han ido a parar a dicha creación. Cosas así dijo Michel Foucault en ‘La arqueología del saber’.

El entero y las partes, la pieza única y la serie a la que podría pertenecer, la manufactura del genio eximio o vulgar, el film o la novela puede ser conocidos por el historiador. Puede haberlos leído o visto, puede haberlos disfrutado o padecido. Pero cuando el ciudadano adopta el papel de historiador cultural, entonces observa con extrañeza, como si las obras no le resultaran familiares. En ese caso adopta un actitud de prudente extrañamiento, procurando no tomar como evidentes asuntos que cree o sabe conocidos. Lo que suponemos cercano o distante, lo que juzgamos conocido o ajeno, forman una red que exige un esfuerzo interpretativo cuyo acierto no está dado de una vez para siempre. Observar así las cosas es –decía Geertz en ese pasaje muy conocido que he citado previamente— como leer una especie de “manuscrito extranjero, borroso, plagado de elipsis, de incoherencias, sospechosas enmiendas y de comentarios tendenciosos”.

La cultura que rige nuestra existencia –con normas, valores, prohiciones y prescripciones– se manifiesta y se materializa en distintos productos y elaboraciones: de alta cultura o de vulgar manufactura. El historiador cultural se propone averiguar cómo construimos las cosas y los actos, cómo pensamos, cómo hablamos, cómo nos relacionamos y sobre todo cómo dispensamos sentido, cómo otorgamos un significado. Los sujetos hacemos esto individualmente, pero la empresa de vivir es colectiva y nos valemos de recursos justamente comunes para designar las cosas, para dar nombre a las cosas y para darles un sentido.

En La Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en su sede de Valencia, se desarrolla un seminario los días 23, 24 y 25 de octubre titulado: Historia y cine: la construcción del pasado a través de la ficción. Participamos distintos estudiosos, particularmente historiadores y lo que nos proponemos es en parte lo que arriba detallaba: desactivar piezas de la historia del cine para observarlas con la óptica del historiador común, para objetivar nuestra experiencia con la ficción, para analizar casos concretos. El seminario lo dirigen Telesforo M. Hernández y Mónica Bolufer, siendo su secretario Juan Gomis.

Personas como Peter Burke, Áurea Ortiz, Encarna García Monerris, James Amelang, Julio Montero, Armando Alberola, Héctor García Juan Vicente García Marsilla, Juan Carlos Rodríguez, Josep Lluís Sirera o yo mismo estaremos debatiendo sobre estas cuestiones.

Espero verles por allí. En cualquier caso, yo dejaré por escrito cumplida cuenta de mis palabras, dedicadas a ‘El espíritu de la colmena’. El régimen del padre’.

http://www.uimp.es/blogs/valencia/actividades/historia-y-cine/

Just For One Day

8 agosto 2013

Este clip que he realizado es un homenaje a una canción mil, millones de veces escuchada: “Heroes”. Su primera versión la titulé “Heroes” And Covers. Me baso en la serie de imágenes fijas alternativas que se pensaron para la cubierta del álbum de David Bowie titulado también “Heroes” (1977). Las piezas corresponden a Masayoshi Sukita. Bowie gesticula, posa, expresa emociones. El retrato final de la carátula descartó esas emociones. Pero la canción sigue siendo emocionante.

Catacombes

16 abril 2013


CartelCatacombesUno.
Leo un libro sobre la mierda, la historia cultural de la mierda. Su autor es Florian Werner y se titula La materia oscura. Trata del producto de los intestinos, de lo que circula y se retiene, de lo que finalmente sale. Hay vida, vida orgánica, y hay restos jamás expelidos. La finura, la erudición y la guasa del autor son tales que, si me descuido, me orino en cada página. O me cago: damos risa tapando la materia fecal, ocultando los excrementos. Damos risa mandando a lo profundo lo que no queremos que aflore. Hacemos ruidos que disimulen los retortijones.

Dos. Las catacumbas no son sólo corredores subterráneos, cementerios bajo tierra. Imagino las catacumbas como el vientre de la ciudad. Para ello, me inspiro remotamente en Émile Zola: los intestinos que retienen, cuya materia oscura no aflora y que sólo de cuando en cuando expulsa. “La cultura humana se basa en la mierda”, leo en el libro de Werner. Quizá habría sido mejor decir que la cultura humana se basa en lo subterráneo, en lo reservado.

Tres. “Decidamente, lo más interesante pasa siempre en la sombra. Nada se sabe de la verdadera historia de los hombres”, escribía Louis-Ferdinand Céline en ‘Viaje al fin de la noche’ (1932). Este pasaje lo he reproducido en otras ocasiones, pero ahora quiero rememorarlo con motivo del documental, de la película que Víctor Serna está preparando sobre las catacumbas de París (http://www.facebook.com/catacombesdeparis). Está en fase inicial. Tiene muchos metros de rodaje y tiene ya hecha la locución, una voz en off bellísima que en francés nos va relatando el mundo subterráneo.


CatacombesCuatro.
En sus distintas incursiones, el cineasta no ha encontrado mierda, aunque sí restos y vida. No ha encontrado zombis, aunque sí supervivientes del mundo superficial. No sé si en sus corredores ha discurrido lo más interesante, esa verdadera historia de los hombres. O, si por el contrario, los pasillos son un espejo invertido, deformado, de la existencia epidérmica de París. O de cualquier ciudad.

Cinco. El mundo es una mierda, podemos decir. O un Infierno, podemos precisar. En todo caso, esos pasillos subterráneos de la urbe son materia de reconstrucción en un film, que nos apabullará. Faltan meses para su estreno, pero ya le digo al autor: grábalo todo, por tu puta madre, grábalo todo, que después ya veremos la superficie de las cosas, nuestro intestino, nuestro espejo.

ElBornMiserachsBarcelona1964En la Wikipedia se dan los datos básicos:

“Xavier Miserachs nació en Barcelona el 12 de julio de 1937, en plena Guerra Civil Española, hijo de un hematólogo y de una bibliotecaria, Manuel Miserachs y Montserrat Ribalta. Entró en contacto con el mundo de la fotografía en el Instituto Técnico Eulàlia, donde conoció a Ramón Fabregat y su hermano Antonio. Estudió cuatro cursos de la carrera de medicina, pero la abandonó poco antes de finalizarla para dedicarse profesionalmente a la fotografía…”
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La foto que acompaña y ahora reproduzco es sencillamente espectacular. Procede del libro de Miserachs titulado Barcelona, blanc i negre (1964): una joya de la fotografía española. Un trabajador del mercado de El Born acarrea cajas y cajas de fruta y verduras. El capitalismo en estado puro: el envoltorio sin cargamento. Hemos de pensar que los envases están vacíos y que, por tanto, la carga es continente más que contenido. Pero esas cajas pesan y además se mantienen en un difícil equilibrio, en parte gracias a la habilidad del obrero. A mediados de los sesenta el mundo era sólido: pesaba. Había que cargar con las cosas, mientras todo estaba a punto de caerse o de perderse.
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Rogelio López Blanco reproduce en su muro de Facebook una fotografía que parece procedente de Corea del Norte, el paraíso actual de los trabajadores. Hace alguna broma sobre el Estado comunista y se guasea limpiamente de la demencia de esos fanáticos. Con razón. Con la razón, quiero decir. En la España de los sesenta, el mundo era reciente y pobre. El franquismo había aniquilado la dignidad y la honra de los obreros, aquellos productores del Régimen, y cualquier opción alternativa tenía que cargar con un peso desmedido, con un lastre inestable. Xavier Miserachs hizo unas fotografías reales, nada metafóricas. El mundo pesaba y era material.
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Cuando estábamos buscando fotografía para mi libro La imaginación histórica, una ilustración para la cubierta, pensé que la instantánea de Miserachs, datada en 1964, era la mejor opción. Lamentablemente, dicha imagen se emborronaba una vez reproducida. Precisamente por eso, optamos por incluir una fotografía de Santos Yubero, espléndido retratista. No me arrepiento. Santos Yubero es uno de los grandes. ¿Y Miserachs? Por favor vuelvan a mirar la instantánea de El Born. Estamos en 1964. El mundo estaba a punto de derrumbarse. La crisis de los misiles en Cuba era muy reciente. La guerra de Vietnam empezaba. Menos mal que España ganaba la Eurocopa a la Unión Soviética. El capitalismo menesteroso batía al comunismo. Cómo hemos cambiado.
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http://justoserna.com/2012/06/18/la-imaginacion-historica/

Texto de la contracubierta, edición 2013 (Madrid, Akal):                                                                                                                                                    

HISTORIA“Cultura es cualquier creación, material o inmaterial, realizada por los seres humanos; es todo artificio, lo que nos separa de la naturaleza, lo que nos protege, recubre o reprime. Hablamos, pues, de elaboraciones que sirven para construir un entorno humano; o para destruirlo. Pero la cultura es también un repertorio de códigos, lo que nos forma y deforma: los marcos de nuestras acciones, los significados de nuestros actos. La historia cultural estudia el pasado de esos artificios y de esos códigos, su permanencia o las causas de su desaparición. Analiza, también, su sentido y su funcionamiento. ¿Cómo se escribe la historia cultural? El presente libro, una reedición ampliada y revisada de la celebrada monografía publicada años atrás, aborda el estudio de las diferentes escuelas y corrientes que han configurado esta disciplina en la segunda mitad del siglo XX: con sus principales protagonistas, sus obras, sus metodologías, sus influjos y sus objetos. Concebido como un viaje y un rastreo, este volumen nos lleva de Princeton a París, de los Annales al giro lingüístico, de Jacques Le Goff a Peter Burke, de Carlo Ginzburg a Natalie Zemon Davis, de Roger Chartier a Robert Darnton. Concebido como un enigma y una pesquisa, este libro revela las afinidades personales y los lugares de la historia cultural, sus ecos en España, sus influencias y persistencias”.


Inicio del libro, edición 2013:

“Este libro trata de historiografía, de una parte de la historiografía. La palabra se las trae y sin duda es disuasoria, como tantas veces ocurre en el ámbito académico: si alguien dice dedicarse a la historiografía, inmediatamente pensamos en un saber arcano o en una ciencia abstrusa, algo inaccesible y solo apto para especialistas. Grafía viene de grafos. Por tanto, historiografía parece indicar algo que solo interesa a ciertos expertos: la escritura de la historia. Preguntarse cómo se escribe no es exactamente lo que interesa a los lectores de historia. El público que consume libros de esta materia quiere aprender del pasado, quiere aprovechar las lecciones que nos enseña la experiencia y probablemente quiere entretenerse, pasmarse o escandalizarse con lo que los antepasados hicieron: una parte de lo que emprendieron es igual a lo que nosotros ejecutamos y otra parte es totalmente distinta. Por un lado, los seres humanos compartimos una naturaleza que no parece modificarse sustancialmente; por otro lado, los individuos obramos de manera diferente en función de los contextos que nos rodean…”

La historia cultural 2.0

3 diciembre 2012

LahistoriaculturalUno. ¿Para qué sirve la cultura? La cultura es eso que ornamenta, dicen algunos.  Eso que te permite sostener una conversación pareciendo interesante.

La cultura es cornamenta, reponen otros. Eso con lo que amenazas o arremetes. Para achicar: alto ahí…

La cultura es un revestimiento, eso que te cubre y, por tanto, te tapa: con la cultura ocultas tus vergüenzas.

Para otros, es la creación, la máxima elaboración, ese recurso que te faculta y te completa.

La cultura es, en fin, artificio, todo aquello que nos distingue de la naturaleza. ¿Imaginan? La naturaleza nos ataca, nos agrede, nos amenaza. Pues bien, lo cultural es una fina película que nos separa y nos recubre.

Dos. Dentro de unas semanas, la editorial Akal sacará al mercado la segunda edición de La historia cultural, el volumen que Anaclet Pons y yo publicamos en 2005.  Es una revisión historiográfica, pero es también una reflexión menuda sobre la cultura, eso que nos reviste y adereza. El nuevo volumen no es una mera reimpresión. Es una reelaboración con capítulos nuevos. ¿Nos harán la caridad de consultar este libro? En sus páginas hay horas y horas de lectura y un viaje  al pasado…

Esto es todo, amigos

11 julio 2012

Forges. Vivimos un tiempo de ficciones crecientes para las que nos faltan códigos y claves. Uno de los factores determinantes es la multiplicidad de datos contradictorios. Nos invaden el desconcierto y lo ilusorio. El desconcierto, en el sentido de la decepción y de la frustración; y lo ilusorio en el sentido de la irrealidad y la confusión. Tenemos la cabeza como un bombo, según vemos en la viñeta de Forges para El País del 10 de julio de 2012. La dama está inquisitiva y aburrida; el tipo está derrengado y ojeroso; la tele está apagada, inane; y el periódico boca abajo: no se le caen las letras.

A mí se me caen los palos del sombrajo. Vaya circunstancia. Resulta difícil discernir lo auténtico de lo fantaseado.  De todo parece haber antecedentes y de todo hay su contrario. Cualquier cosa se propaga: de muchos –de celebridades o de personajes circunstanciales– sabemos o creemos saber cualquier cosa gracias a las noticias y a los bulos que corren.

Dolores de Cospedal. Leer la prensa exige cada vez mayor esfuerzo, una laboriosa tarea de análisis. Los titulares son de difícil interpretación: los hechos y sus metáforas se mezclan. Martes, 10 de julio: la portada de El País en papel resulta casi indescifrable: “El déficit detona la subida del IVA”. ¿Detona? O la noticia que el otro día, 29 de junio, sólo tenía una columna con el siguiente titular: “El jefe de Barclays, acorralado por manipular tipos”. ¿Acorralado? Luego nos enteramos de qué iba el asunto. Más valía no haberse enterado… Este bla-bla-bla aturde.

Ciertos políticos dicen cosas graves con atrevida ignorancia, como Dolores de Cospedal. De ella, de la señora De Cospedal, me ocupo en un artículo en El País: qué estomagante me resulta casi todo lo que sostiene o defiende. ¿Han visto con qué suficiencia nos mira? Lo he titulado así:

Dolores de Cospedal

Otros políticos han dicho cosas tremendas y desafiantes. Ahora tienen que pronunciarse en los juzgados, como los adláteres de Francisco Camps. ¿Y los banqueros? Hay gente prudente en este sector, por supuesto que sí. Y hay gente inverosímil que cobra protagonismo, como Rodrigo Rato. Y cobra… ¿Y los ministros? Pues los ministros ponen caras de estar enterados, como Luis de Guindos o su compadre Cristóbal Montoro, tan cachazudo. Podrían hacer de Reyes Magos: para repartir los chuches. Falta un tercero: que pongan a De Cospedal.

Tenemos una dieta abundante, excesiva: nos abastecemos con datos que unos u otros cuentan y que no siempre sabemos interpretar. Hay, sí, un runrún inacabable. Tantos testimonios nos desazonan y, por eso, lo espectacular o lo bizarro, aquellas referencias que se salen de la norma, acaban por imponerse. En consecuencia, la realidad se deforma. Más que en la historia, parecemos vivir en una historieta. Cuánto tiempo nos roban la actualidad, las novedades. Bueno, la actualidad y otros personajes secundarios. De Cospedal es muy secundaria: de hecho, es la segunda de Mariano Rajoy.

Alejandro Lillo. Quiero pensar que dentro de unas semanas dedicaré horas y horas a otra cosa más edificante: a leer y a releer novelas. Creo que debemos cultivar la imaginación. No para alardear de fantasías o de erudiciones pasmosas, sino para ponernos en el lugar del otro, para saber más de la conducta humana. Al historiador le hace falta imaginación. También al individuo corriente.

Eso mismo le cuento a Alejandro Lillo en la conversación que hemos mantenido sobre el particular. La hemos titulado

Historia e imaginación

Se trata de una entrevista que publica Ojos de Papel con motivo del libro La imaginación histórica (del que la revista reproduce unos extractos). No saben qué interlocutor es Alejandro Lillo: se me adelanta y me conoce… El resultado es una conversación agradable y quizá aprovechable. Alejandro lo ha hecho muy bien y yo he hecho lo que he podido: esto es todo, amigos.

Si les apetece, repasen el resto de la revista. Hay artículos de mucha enjundia. Como el de David P. Montesinos dedicado a Mad Men. Cómo lo envidio. Yo perorando de cosas académicas y él hablando de la ficción más notable de nuestros días. Volveré. El número de OdP viene cargadito, bien repleto de reflexiones y contribuciones que merecen horas de lectura y demora y un puntico de imaginación (por ejemplo, la de Miguel Veyrat). Punto y aparte.

Mi padre. Aunque pueda parecer un pelma, he de repetirlo. Buena parte de lo que sé se lo debo a mi padre: , saber, en el sentido de leer. Leo por gusto, por placer personal, pero también por haber sido inducido por mi señor padre. Fue él quien primero me habló de los escritores que tempranamente habían escrito sobre la Guerra Civil: desde Ernest Hemingway hasta José María Gironella. Estamos en julio y estas cosas vuelven…

Lo que me decía de ellos era que daban un testimonio directo del conflicto. Siendo joven leí parte de lo que me recomendó, pero no sentí proximidad alguna con lo relatado, con lo contado. Allí estaban, en casa, aquellas novelas. Mi padre me hablaba con admiración. Y me sugería su lectura por eso, por la cercanía testimonial y por la crudeza.

Sin embargo, había algo en esas historias que no me satisfacían: nos ataban a un pasado reciente que pesaba, propio de otra generación, y del que los jóvenes queríamos desprendernos. Hablo de finales de los sesenta y comienzos de los setenta. Lo español y lo carpetovetónico asfixiaban; y la gran literatura, incluso la literatura foránea, ayudaba a imaginar otros mundos, quizá más civilizados.

Los autores que trato y analizo en La imaginación histórica (Antonio Muñoz Molina, Javier Cercas, Eduardo Mendoza, Luis Landero, Arturo Pérez-Reverte) no convierten la Guerra Civil en materia central de sus novelas. Lo que en sus obras hay es la evocación, la información vicaria, la transmisión generacional: una Guerra contada por los mayores y que estos prosistas reelaboran con esos relatos y con las experiencias de otros, con lecturas, con películas, con informaciones que han recogido después. Se documentan.

Ambientan, por ejemplo, algunas de sus obras en el 36 y recrean las violencias españolas contemporáneas –violencias preferentemente masculinas– pero no para hacer novela histórica, sino para pensar el presente, para representarlo hallando en la actualidad el peso del cainismo, del heroísmo. Estos autores imaginan momentos en que ellos podrían haber estado y se preguntan qué habrían hecho. Se responden fabulando, novelando, conjeturando sobre esa posibilidad. Pero esos autores quieren escapar, quieren huir de ese pasado desastroso: para ello nada mejor que dejarse influir por lo foráneo, por lo extranjero, por las literaturas universales.

Hace años, Javier Marías –de quien no trata en este libro, pero del que hablaré en un volumen venidero– escribió un artículo que bien podría servir de emblema apara lo que digo: ‘Desde una novela no necesariamente castiza”. Los autores que prefiero se arrancan el casticismo, pesada herencia, o lo diluyen con ironías y parodias. O con universalismo. O con hibridaciones literarias, mezclas cervantinas y posmodernas a un tiempo.

Mariano Rajoy. El presidente del Gobierno anuncia en el Congreso que se suprime la paga extra de Navidad. Nos quitan los chuches. Que yo sepa no ha dicho nada de la paga del 18 de julio. Al final se va a cumplir lo que yo vaticiné hace meses: los humanos resistiremos, pero El Corte Inglés, no. Cuando llegue fin de año y los empleados públicos no tengan líquido, la ficción navideña acabará. Adiós a las rebajas y adiós a los Reyes. Yo llevo dos años sin utilizar la tarjeta de dicho establecimiento: se me rajó  y ya no renové el plástico. En El Corte Inglés me han olvidado…

En blanco. Hay un sinfín de datos, de informaciones, de fotografías, de cavilaciones que no podrán mostrarse en la Exposición Covers (1951-1964), dedicada a la difusión de la cultura de masas, al rock, a la rebeldía de los jóvenes.

Alejandro Lillo y yo tenemos un problema: nunca podremos reflejar todo lo que hemos leído y consultado; todo lo que Luis Puig, Norberto Piqueras, David P. Montesinos, Juan Calabuig, Francisco Fuster, Áurea Ortiz nos han proporcionado, dado, confesado o prestado. Entre otros…

O todo lo que hemos aprendido desde que empezamos a oír discos de música ligera. De eso hace ya varias décadas: en el caso de Alejandro Lillo, han pasado treinta y tantos años; en el mío, hace más de medio siglo.

Y tenemos otro problema: nunca podremos reflejar lo que se sale de campo o de marco. Nos quedamos en blanco… Fíjense: el disco más vendido de los años sesenta no tiene imagen ni título. Simplemente es The Beatles. Y es eso: literalmente blanco. Luego se ha llamado The White Album. Aparece en el mercado en noviembre de 1968. Se debe a Richard Hamilton.

Se calcula que se han vendido más de 19 millones de copias. ¿Qué hay detrás de esa carátula? Parece un sarcasmo: de este Long Play no podemos hablar pues se sale de fecha (1968) y además carece de fotografía o de color. El nombre del grupo es lo único visible: apenas visible. Y encima aparece levemente torcido.

De negro.  Jueves 22 de marzo. Diez horas. Comienza la clase del Máster de Historia Cultural. Una sesión que en principio es previsible: hoy dedicada a Historia y literatura,  en particular a las novelas. ¿Pueden ser objeto de investigación? ¿Pueden ser fuente para el historiador?  ¿Qué hacemos con la ficción? ¿Qué papel desempeña el narrador?

He acudido con mal cuerpo. Y con mal cuerpo he salido. Lo veía todo negro. He sufrido un derrumbe parcial. No ha sido mayúsculo, pero casi. Simplemente no podía continuar… Como si tuviera unas décimas. O como les pasa a los ciclistas que pierden las fuerzas cuando tienen que remontar una colina muchas veces transitada. Pues lo mismo.

¿Algo grave? Supongo que no. Nada que no pueda arreglarse con un complejo vitamínico o con descanso. ¿Astenia primaveral? Me he repuesto levemente y aquí me tienen: otra vez con el bla-bla-bla.

Antes de ponerme a escribir, para aliviar el fracaso, he empezado a leer la última novela de Enrique Vila-Matas: Aire de Dylan (2012). Prometedora: el protagonista se llama Vilnius, onomástica muy sonora a la que el autor se obliga…  ¿Por qué digo todo esto? Tiene que ver también con la Exposición Covers. Con la música, con lo que diremos o no podremos decir.

El tal Vilnius, un publicista fracasado, tiene un aspecto que nos resulta familiar. Lleva frecuentemente gafas ahumadas. Como dice el narrador al principio: “no lo había visto jamás en persona, pero sabía que solía ir vestido de negro y que su notable cabellera y la nariz y hasta su estatura eran idénticas a las de Bob Dylan”.

¿Es posible? “A veces la gente, por la calle, se reía al confundirlo con el cantante. Su aire a lo Dylan le había creado algunos problemas –sobre todo con su padre, que odiaba ese peinado y la búsqueda del parecido con el músico–, pero a Vilnius le gustaba presentar aquel aspecto, porque creía que le daba un toque de artista sin concesiones”.

Artista sin concesiones…

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Blog de JS en El País:

Presente continuo. Con noticias de actualidad política. 

 Francisco Camps. La entrevista


Hemeroteca:

Justo Serna, “Valium o Tripalium”, El País, Comunidad Valenciana, 21 de marzo de 2012

Bob Dylan. La Exposición COVERS se basa en portadas, en carátulas: algunas de esas imágenes que no han perdido actualidad ni reflejo; que son espejo y posibilidad.

Echen un vistazo a su derecha. Es bellísima la fotografía que ilustra The Freewheelin’ (1963), de Bob Dylan. Vemos a dos muchachos abrazos que avanzan por la calle de un Nueva York nevado. Se aman y se sienten jóvenes. Distinguimos una furgoneta Volkswagen.

Él lleva un Levi’s, el mismo que yo luzco ahora, con cincuenta y tantos. ¿Patético? Adopto una pose similar: muerto de frío y con las manos en los bolsillos. Tuve un cazadora semejante a la chaqueta con la que Dylan se protege. Me doy cuenta: repito ademanes y vivo como réplica.

Mi primer Levi’s lo compré diez años después de que fuera tomada la fotografía. Costaba mil cien pesetas: una fortuna. Mi pantalón actual repite las rozaduras y las arrugas, el camal estrecho, ese tubo.

Releo ahora la glosa que escribió Antonio Muñoz Molina meses atrás con motivo de las memorias de la chica que aparece en dicha foto: Suze Rotolo. Algún día redactaremos con la precisión y el sentimiento de Muñoz Molina:

“La portada de aquel disco que fue el primer LP de Bob Dylan que escuchamos entero, The Freewheelin’ Bob Dylan, tiene algo de foto de familia. El hombre y la mujer de la foto eran increíblemente jóvenes, pero nosotros éramos más jóvenes aún. No entendíamos las letras de aquellas canciones que poseían una fuerza inaudita aunque estaban hechas tan solo con una voz y una guitarra, pero su furia y su ternura traspasaban nuestro desconocimiento del idioma…” (Leer más).

Elvis Presley.  El escritor Javier Marías homenajea a Elvis Presley en Mala índole (1988), un relato divertido, muy cómico. Lo narra Rogelio Ruibérriz de Torres a la altura de 1996 y cuenta ciertos hechos acaecidos en 1963,  cuando el rodaje de Fun in Acapulco, un film menor de Presley. En 1963, Ruibérriz de Torres es un tipo joven: cuenta 22 años. Es patoso, atolondrado.

Décadas después, cuando el personaje reaparezca en Los enamoramientos (2011) será un individuo crepuscular y dinámico, egocéntrico y relamido. Un conquistador, vaya. Para entonces ignoramos exactamente su edad, pero sospechamos que se quita años.

En Mala índole asesora a Elvis Presley como profesor de dicción castellana. Le ayuda con la fonética: fonética peninsular, que no mexicana. Y allí lo acompaña, en aquel rodaje, en aquella “cinta absurda y sin pies ni cabeza según mi criterio”, precisa Ruibérriz de Torres.

“No debe inferirse de este último comentario”, se disculpa en Mala índole, “que yo despreciara ni desprecie al señor Presley. Todo lo contrario. Poca gente habrá habido que lo admirara y lo admire más que yo”.

Pero Ruibérriz de Torres –Roy, como cariñosamente lo llama Elvis– no se engaña: “cada vez que presenciaba el rodaje de una nueva escena yo pensaba: «Oh no, Dios mío, eso no, señor Presley», y lo asombroso era que el señor Presley parecía no dar importancia a nada e incluso disfrutar del horror con su indudable capacidad de zumba”.

Con guasa o no, lo de Acapulco era –a su juicio– un disparate. Por ello Ruibérriz, ignorante de la cultura charra, añade con tono fatuo: “…«Oh no, santo cielo, ahórrenle algo», pensaba yo cuando descubría que Presley iba a tocar la pandereta y a jugar con un sombrero mexicano rodeado de mariachis de feria –el Mariachi Águila y el Mariachi Los Vaqueros, para mí indistinguibles– , mientras cantaban Vino, dinero y amor todos a coro en una cantina. «O Señor, no lo permitas», pensaba cuando me anunciaban que el señor Presley había de vestirse de corto con chorreras en la camisa y faja escarlata para interpretar la solemne canción El Toro al tiempo que zapateaba…”

No puedo dejar de sonreír. Cada vez que leo Mala índole, quiero más a Presley, al señor Presley, tan inerme: “un hombre risueño, de risa fácil y pronta, quizá demasiado, una de esas personas poco exigentes que acaba por caerles bien a todo el mundo, hasta los pelotas y los imbéciles”.

No sé en que categoría estamos…

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Blog de JS en El País:

Presente continuo. Con noticias de actualidad política: Combustible para Fallas.



Exposición

De septiembre de 2012 a enero de 2013

Sala Thesaurus – Centre Cultural La Nau

Horario: de martes a sábado de 10 a 14 horas  y de 16 a 20 horas. Domingos de 10 a 14 horas.

Entrada libre

Organiza: Universitat de València

Produce: Fundació General de la Universitat de València

Patrocina: Bancaixa

Comisarios: Justo Serna y Alejandro Lillo

 

Durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos vive un período de expansión demográfica y económica sin precedentes. A partir de la década de los 50, el nivel de vida de las familias crece imparablemente: América luce con orgullo su supremacía. A la vez teme y se opone a los comunistas, a esos remotos comunistas que se infiltran. Estamos en plena Guerra Fría.

Los estadounidenses alcanzan cotas de bienestar inimaginables unos años antes. Esa bonanza, que está presente en la vida cotidiana de Norteamérica, también se ve en los medios de comunicación. La satisfacción y el logro son portada. Hay ostentación y hay exhibición de riqueza, de prosperidad. La publicidad muestra ropa de vestir y de sport, trajes de espiguilla o vestidos y faldas de mucho vuelo, sombreros para los caballeros y zapatos de aguja para las señoras, joyas que dan luminosidad y gafas puntiagudas, bañadores y lencería fina y de realce.

La revista Life, por ejemplo, recoge con precisión las tendencias de la época. O las comedias televisivas, como I Love Lucy. Pero la publicidad también muestra coches, motocicletas, neveras, batidoras, televisores: todo tipo de aparatos que satisfacen necesidades humanas, pequeños lujos que hacen más confortable y más acelerada la existencia. Vistos ahora, esos complementos y esas máquinas tienen un aire vintage, cool, y hay anuncios que aún hoy nos atraen por su glamour.

Pero la dicha material también esconde o tapa distintos malestares que no todo el mundo advierte. Uno de ellos, nada desdeñable, es el de la juventud americana: jóvenes a quienes se les ve la inquietud y a quienes se les ve con inquietud. Frecuentemente manifiestan descontento, con actitudes de rechazo, para pasmo de sus mayores. Parecen desdeñar lo heredado, lo recibido, el mundo adulto o esa prosperidad de la que se benefician. Y lo hacen vistiéndose de otra manera, uniformándose con indumentarias que los distinguen, luciendo jeans y cazadoras de cuero o pantalones de pitillo. Lo hacen al ritmo de la música, de canciones que expresan sus malestares y sus anhelos: el amor, el cuerpo, el deseo, la velocidad.

La radio y la televisión transmiten el cambio. El porvenir no dura y los jóvenes lo quieren todo ya. Ese afán, ese repudio y esa insolencia llegarán a convertirse en algo característico de las siguientes generaciones. Son rebeldes, muchachos que se agrupan en pandillas, que pilotan, que se afirman, que luchan contra la hipocresía de los adultos: son The Outsiders, como recreará Susan E. Hinton años después (1967) y rememorará Francis Ford Coppola (1983).

De los orígenes de ese malestar es de lo que se ocupa Covers. La Exposición nos pone en ruta, en la carretera: regresar a esa Nación opulenta y nerviosa, necesitada de psicoanálisis, de terapias que alivien. Nos propone volver a ese país en el que se manifiestan por primera vez la inquietud y la rebeldía juveniles tal y como hoy las conocemos. Emprendemos un recorrido por la América de los años cincuenta y primeros sesenta.

En 1951, J. D. Salinger publica The Catcher in the Rye. O como se tradujo en español: El guardián entre el centeno. En 1964, The Beatles y The Rolling Stones llegan a los Estados Unidos para actuar en la televisión, en el Show de Ed Sullivan, y para dar conciertos. Entre ambas fechas, con Marlon Brando como icono salvaje, nacen propiamente lo joven y la rebeldía. Nace también el rock y triunfa Elvis Presley, que mueve sus caderas. Entre mediados de los cincuenta y mediados de los sesenta, James Dean o John F. Kennedy ocupan la escena, son portada y mueren pronto: van a escape, toman drogas o viven el sexo. Es el tiempo de los Beatniks. La revolución de los jóvenes ha estallado provocando hondas sacudidas. Es una explosión cultural que cambia el aspecto, la existencia cotidiana, los modos de vida, los valores. Ya nada será como antes. Pero no todo es grave. Hay alegría, optimismo: como el twist que tantos bailan a comienzos de los sesenta.

A través de esas manifestaciones culturales, a través de la imagen y la apariencia, Covers pretende mostrar el origen de la contestación y la rebeldía, de las ganas de vivir y de morir joven. Con secuencias de películas, portadas de discos, canciones, fotografías y obras literarias, Covers destapará la identidad de aquellos pioneros, sus valores, lo que fue portada, lo que tuvo cobertura: lo que las cubiertas dejan ver y ocultan.¿Cómo era la América opulenta? ¿Cómo eran esos jóvenes rebeldes? ¿Qué música escuchaban y repetían? ¿Qué canciones versionaban?

Cover es versión: reitera algo ya conocido pero a la vez introduce elementos nuevos. Las letras expresan anhelos y confirman deseos. En esa leyenda están la expectativa y la frustración, lo que se repite. La cultura de masas es eso: repetición.  ¿Cómo se presentaban y se nos presentan aquellos jóvenes? De aquellos modelos y de aquellos papeles se han hecho innumerables copias: versiones y réplicas.

En 1959 aparece The Presentation of Self in Everyday Life, de Erving Goffman: La presentación de la persona en la vida cotidiana, un estudio sociológico de la dramaturgia social, de las relaciones y representaciones de los americanos. Todo un teatro. Con guión e improvisación, con música de fondo. Con banda sonora.

Bienvenidos a la América acogedora, familiar y vistosa.  Bienvenidos a los años del rock ‘n’ roll.

Universitat de València, Cultura


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