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Cuando Elvis Presley fue retratado con uniforme militar, yo apenas era un bebé. Alejandro Lillo ni siquiera había nacido.

JSyALAquél no era nuestro mundo, pero de aquella Europa venimos. ¿Venimos? Me refiero a los autores de este libro que ahora ve la luz: ‘Young Americans’. La cultura del rock (1951-1965). Publicado por Punto de Vista Editores.

http://puntodevistaeditores.com/tienda/young-americans-la-cultura-del-rock-1951-1965/

El continente estaba partido en dos y Alemania era el frente occidental de una disputa nuclear e ideológica. La Unión Soviética mostraba con orgullo su poderío atómico y los Estados Unidos convertían el mundo en un potencial campo de batalla. Era una circunstancia ciertamente comprometida y nadie podía quedar al margen.

En 1958, Elvis es llamado a filas. Abandona temporalmente la canción para viajar a Europa, en concreto a una base americana de la República Federal Alemana. Él es un muchacho patriota, un muchacho que cumple con su cometido, todo un joven que crece y madura… Su madre, Gladys, ya ha muerto. Es, pues, todo un hombre, todo un hombre que ha trastornado y transformado el mundo.

En efecto, para esas fechas, el señor Presley ya ha revolucionado a las gentes de su país, una nación conservadora que preserva las buenas costumbres. Para esas fechas, el rock ya ha provocado una oleada de rebeldía entre los adolescentes.

Hacía 1960, los jóvenes pueden lucir sus cuerpos y moverse incluso obscenamente; pueden vestirse con indumentarias rústicas, poco formales; pueden mostrar su deseo retando a los adultos; pueden ir más rápidos sin padecer vértigos, sin contenerse, sin frenos morales. O eso es a lo que aspiran. Las canciones expresan sus expectativas y fracasos, su velocidad.

Hoy, en 2014, estamos habituados a correr, a perder el fuelle con nuestras prisas. La cosa data de antiguo: aquellos jóvenes de los cincuenta y sesenta fueron los primeros que plantearon la velocidad como una huida, como un escape: el repudio del asentamiento. Lucían sus vehículos como el vaquero que marcha solo, como un caballero medieval anacrónico. Pisaban el acelerador para sentir el vértigo y la urgencia. James Dean se había matado con un Porsche. Bob Dylan tendrá un accidente con una Triumph.

El 4 julio de 1956, Elvis se había retratado a lomos de una Harley. Siempre muy patriótico. Era en Memphis, Tennessee. Hemos visto una y mil veces aquellas fotos; hemos escuchado una y mil veces aquellas canciones. Sentimos nostalgia de algo que los autores de este libro no llegamos a vivir. ¿O es, quizá, melancolía? La melancolía es el dolor por la pérdida de lo que nunca se tuvo.

Regresemos a 1960, con el señor Presley ya crecido, justo cuando vuelve del ejército y su mánager, el Coronel Parker, lo destina al cine, sometiéndose así a una nueva disciplina, la de hacer rápidamente películas estereotipadas.

¿Qué ha sido de su juventud? ¿Qué ha sido del resto de aquellos muchachos que empezaron a contonearse con Elvis, a tararear sus canciones?

En este libro hallarán respuestas, pero sobre todo encontrarán la recreación de un tiempo que no vivimos o del que no fuimos conscientes. Ese es el prodigio de la investigación histórica, el de devolvernos una épica y a una época remotas.

La historia cultural nos hace experimentar sentimientos y pensamientos que no nos pertenecieron. Y así vivimos, de prestado, de lo heredado.

Ya tenemos título. Norteamérica existe en nuestra cabeza y Nueva York está en nuestra memoria. A esos lugares podemos acudir: a esa América en parte imaginaria en la que estamos alojados podemos regresar. Mientras preparamos una Exposición para la Universitat de València, Alejandro Lillo y yo accedemos a un espacio imaginario que nunca podremos visitar. 

No existe esa Norteamérica que tenemos bien aprendida y de la que podríamos indicar destinos y monumentos. Es un país joven y para jóvenes, para aquellos rockers de los cincuenta que hemos imitado o cuyas indumentarias hemos copiado. Es más: de algún modo, quienes envejecemos seguimos instalados allí, en ese mundo ficticio que nos mostraron el cine y la música. De repente nos miramos y nos vemos como réplicas, gentes que aún se visten con tejanos o que todavía llevan cazadoras de cuero. Nuestros cuerpos son perchas, qué perchas, de modelos remotos. De James Dean, por ejemplo. O eso queremos pensar.

En el nuevo número de Ojos de Papel se habla de este mito trágico, pero sobre todo hablo de los créditos de Rebelde sin causa (1955), de la secuencia de apertura. Ahí está todo. O eso intento plasmar… 

¿Qué muchacho no se ha inspirado en él? ¿Qué adolescente no ha calcado consciente o inconscientemente su desazón? En él nos hemos proyectado, de él hemos admirado su belleza o nos hemos compadecido. Pero también nos vemos tarareando canciones de aquellos años gloriosos: de los cincuenta, de los primeros sesenta, precisamente cuando todo estaba cambiando. Las letras decían más de lo que nuestro precario inglés podía entender. Ahora, justamente ahora, descubrimos la poesía de un rock sensual y sexual.

Seleccionamos objetos, leemos y releemos y escribimos para una exposición que será eso: la recreación de un lugar que sólo existe en nuestra fantasía, esa Norteamérica material y consumista de la que creemos saberlo casi todo gracias a las películas y a las canciones, a las novelas y a los discos. Ya tenemos título. Anótenlo:

COVERS (USA, 1951-1964)

Cultura, juventud y rebeldía

En el Centre Cultural de La Nau podrán visitarla. ¿Cuándo? Ah, no se me amontonen, que diría Cantinflas. Pronto les anunciaremos las fechas de inauguración. A partir de marzo vayan haciéndose un hueco en su agenda para acudir a La Nau. Será un viaje a la América de hoy. Sí, a la de hoy: a esa que aún tenemos en nuestra imaginación.

El consumo del rock. La América opulenta y material está en nuestra imaginación y está en los sones que nos llegan de aquella época. Hacia 1955, fecha de estreno de Rebelde sin causa, el rock ‘n’ roll esta naciendo. Poco tiempo después, esa nueva música tiene ya artistas reconocidos, tiene hitos. Se han presentado y han triunfado. En parte, su propia imagen es el espejo en el que se miran los muchachos estadounidenses. El tópico del rocker será el de un tipo con coche o moto, el de un joven peinando su tupé, el de alguien con guitarra…

Avancemos hasta finales de los años cincuenta, apenas ha transcurrido un lustro del estreno de la película que protagoniza James Dean. Un cantante muere pronto. Será un cadáver exquisito del rock, dejando en herencia dos grandes clásicos: Sumertime Blues y C’mon Everybody. Nos referimos a Eddie Cochran. Ambas canciones son el ruido airado de aquella generación y sus ecos sonarán en artistas posteriores: por ejemplo, en The Who o T. Rex (con Marc Bolan).

Elvis Presley era la rebelión del sexo, de la explosión hormonal y de la insinuación explícita. Eddie Cochran era otra cosa. Es la ira, el malestar. Muere pronto y muere en un accidente de coche. Como en el caso de James Dean, también Cochran fallece jovencísimo, pilotando su máquina. Su vida se ha consumido.

Son la generación de la prisa, de los satisfechos materiales y de los descontentos emocionales. Lo quieren todo, con vehemencia, lo quieren sin demoras. Ese hedonismo es una rebelión: pero será también una asimilación. De eso, de rebeldía, juventud y consumo escribe Alejandro Lillo en Ojos de Papel. Fíjense: éstos son esbozos que les presentamos, los breves apuntes de algo que aún no exponemos. Pero les proporcionamos avances. Añadimos reflexiones a la exposición de La Nau. O si prefieren: añadimos exposiciones a la reflexión que mostraremos en la Universitat a partir de marzo.

Como les pasaba a los rockers: esto es un no parar…

¿Volver al pasado? En la exhumación de lo pretérito (de la cultura del rock’n’roll, por ejemplo), hay generalmente melancolía: insólita melancolía. Aunque muchos no hayan vivido en los cincuenta echan en falta aquella forma de vestir, de existir: o de morir joven, incorrupto y temprano. Eso es comprensible.

James Dean murió bellísimo y Eddie Cochran falleció cuando solo contaba veintiún años. En cambio, quienes estamos aquí nos perdemos: perdemos pelo, lozanía, vigor. Envejecemos desmintiendo, además, muchas expectativas, frustrando lo que de nosotros se espera o lo que nosotros mismos deseábamos.

La imagen del joven que consume su existencia apurando hasta el último sorbo es un mito actual que en parte procede aquella cultura. Por eso regresamos. Proponemos examinar esa insólita melancolía, algo perfectamente actual. Nos interesa dicho pasado remoto no porque haya muerto, sino porque sigue vivo en los mitos con los que vivimos.

A pesar de que los primeros rockers murieran pronto o malamente, sus ecos nos llegan. O mejor aún: entonamos sus canciones porque advertimos que sus ritmos nos agitan, nos desentumecen; o porque descubrimos que sus letras son la escritura ficticia de nuestra existencia. No somos así, pero pudimos ser así, creemos.

Hay una frase que los historiadores repetimos: la historia se interesa por lo pretérito. Valiéndonos de documentos, reconstruimos el pasado tal cual fue. Esa idea tiene algo de verdad. Y tiene algo de error: para lo que vale la historia es para saber ver el presente.

Si regresamos a los años cincuenta, no es para hacer arqueología cultural de una época ya concluida. El historiador no traslada los huesos de un cementerio a otro. Si volvemos a aquel tiempo es porque el presente es un depósito vivo de una sociedad que entonces nace. Hoy no es ayer, cierto. Pero la vida de nuestros días está hecha de los restos de aquella época. Hacemos cosas que hicieron aquellos antepasados. Decimos cosas que dijeron en los cincuenta o en los sesenta. Vivimos lo que otros vivieron de otro modo.

De otro modo: ahí está la clave. Los historiadores no desenterramos figuras de otro tiempo por melancolía. De repente comprobamos que somos copias desvaídas de personajes pretéritos: impura refacción, ruinas de aquellos muertos gloriosos.


Años cincuenta, años sesenta.
Nos precipitamos.    

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Hemeroteca

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Primera entrega:

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Justo Serna, “James Dean y el sueño americano. Los créditos de la rebeldía”, Ojos de Papel, 1 de febrero de 2012

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Segunda entrega:

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Alejandro Lillo, “Rebeldía, juventud y consumo: apuntes para una reflexión”, Ojos de Papel, 1 de febrero de 2012

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Una exposición. Alejandro Lillo y yo estamos preparando una Exposición sobre la música de los jóvenes americanos: la de la revolución de los años cincuenta y primeros sesenta. Nos centramos en la época gloriosa del rock, en el momento de los grandes iconos, en la imagen que de aquella cultura se daba. La muestra está organizada por el Vice-Rectorat de Cultura de la Universitat de València y podrá visitarse en el Centre cultural La Nau. Sus responsables nos están ayudando con gran profesionalidad. Próximamente les anunciaremos los colaboradores: los amistosos colegas que escriben en el catálogo. Les anunciaremos también la fecha de inauguración y el título exacto. 

En principio, todo es previsible y archisabido, pero no nos resignamos: en los pequeños detalles podemos advertir cosas impensables. Entre las personas que colaboran está Luis Puig, que nos cede sus discos, aquellos que podamos necesitar. Su auxilio es providencial, con un saber y una generosidad que no tienen precio. No es coba: es una descripción literal. Gracias a él nos deleitamos con piezas y joyas verdaderamente deslumbrantes. Por ejemplo, la carátula de una obra histórica: Please, Please, Please, de James Brown, que originariamente fue una canción publicada en 1956. 

Por supuesto, este disco nos interesa por distintas razones. Pertenece a la época que nos ocupa. Pero nos atrae también por su portada. Como nos advierte Luis Puig, es un ejemplo de algo que la industria discográfica norteamericana hacía a menudo por aquellos años. Si se pretendía que el disco de un artista negro estuviera al alcance del gran público, entonces se le quitaba todo elemento abiertamente étnico. Esas carátulas se concebían de manera especial: se ideaban de modo que pudieran exhibirse y venderse en las tiendas para blancos del Sur norteamericano. En la portada de Please, Please, Please, apostilla Luis Puig, no aparece James Brown ni ningún  negro: sólo blancos.

Nos hemos puesto a verla (o recordarla, porque es imposible no haberla visto), y a la vez se nos han ido los ojos y la imaginación. Pensamos en lo que se aprecia inmediatamente y en lo que no se muestra, en lo que está bien visible y en lo que está fuera de campo.  Yo soy muy recatado. Alejandro Lillo lo es menos…

Lo que yo digo. “Está carátula es simplemente una maravilla. Ella sube (por esas fechas, las chicas suben rotundas) y en su atuendo se aprecia la influencia de Christian Dior. Tiene los pies en escalones diferentes. Lleva tacones de aguja (algo reciente y algo preceptivo en aquellos años para una muchacha distinguida que quisiera pisar fuerte). La ropa no oculta sus redondeces:  un trasero bien turgente que perfila la falda. Las manos en la cadera y en la rodilla muestran a una joven desinhibida. De hecho, la postura es la de alguien que ha perdido todo reparo o todo recato, no sé: se está afirmando.

“¿Y él? Adivinamos su ropa de buen paño, elegante, pero informal: no es un terno. El hombre no sube. A pesar de que también tiene los pies en escalones distintos, él está detenido: algo por encima de ella, pero parado. Con unos mocasines recién lustrados, con un porte muy varonil. Ignoramos su rostro y su ánimo, pero hemos de suponerlo rendido ante la dama, que imaginamos bella y maquillada: con sus labios resaltados por el rouge. Hay mucha luminosidad. Estamos en el sur o en la costa oeste y sólo puede ser primavera, el comienzo del verano como mucho, pues ella no lleva chaqueta y él sí: la  elegancia masculina obliga”.

Lo que dice Alejandro. “La portada del disco es muy buena, sí. Yo voy a ser algo malévolo. Aunque a finales de los 50 no sucede como en los 70, los diseñadores saben lo que se hacen. Si prolongamos imaginariamente las líneas que trazan los cuerpos algo nos indican. Ambos tienen una pierna más adelantada que la otra, aunque la postura de ella la veo algo forzada.  La separación de las piernas en la chica le confiere, en efecto, una actitud sugerente, incitadora incluso.

“Pero la postura de él es aún más clara. Los mocasines: están dirigidos hacia ella. Eso no es todo: el hombre, con la piernas abiertas y separadas, tiene casi-casi entre las piernas tres Please, Please, Please rectos, duros, trazados en línea ascendente, apuntándola también a ella. ¿Please, please, please, qué? ¿Qué le está pidiendo por favor? Sutil, subliminal incluso, pero claro. Por otro lado, la rodilla de ella prolonga esa línea imaginaria ascendente que parte del título del disco y nos conduce inevitablemente, como dice Justo, a un trasero turgente. ¿Y qué decir de la posición que ocupa el nombre del autor? Cuando un cliente llegue a la tienda de discos y mire quién es el artista del vinilo, leerá como mucho: James Brown y luego verá dos pechos duros y firmes”.

¿Para qué ver más? Dejemos la carátula de momento. Veamos al propio Brown agitarse con su coreografía espasmódica. Escuchémoslo. Estamos en 1965. En Shindig!, un programa de la ABC. No se pierdan esta actuación; no se pierdan esta Exposición…

Please, Please Me. Tener como cabecera un póster de Abbey Road en vez de un crucifijo es aún síntoma de contestación, de provocación. Sin duda. Corresponde al espíritu de Marisa Bou, que se apresura –ya ven– a mencionarnos esta imagen, una fotografía mil veces comentada y que yo no me atreveré a glosar. Abbey Road es el último disco que grabaron The Beatles en
estudio: en 1969. Ese paso de cebra –que ya no es el original– ha sido pisado por cientos y cientos de de turistas cuando acuden a Londres. Una calle, dos aceras, el asfalto, ese Volkswagen Beetle… Los visitantes imitan, copian, el paso de los cuatro músicos: en fila india, serios, sin uniformidad alguna, propiamente aislados, ajenos, distantes. ¿Abandonan? Parece un funeral, se ha dicho. Hay leyendas sobre el sentido de la fotografía, una mitología que les evitaré.

Cuando estuve en la capital británica, yo no hice lo que tantos: quiero decir que no fui a Abbey Road. Pero no por originalidad o por extravagancia, sino por falta de tiempo: tenía que decidirme entre Madame Tussauds o Abbey Road. No me pregunten por qué, pero preferí acudir a aquel museo de los horrores. Ay.

De joven, algunos pensábamos que The Beatles era un grupo pop muy blandito: música ligera, propiamente dicha. Sí, ya sé lo que me dirán: que sus canciones son memorables, que sus letras tienen incluso hondura, que la producción de George Martin convirtió aquellas piezas en auténticos poemas. Pero, qué quieren, su sonido no me resultaba desgarrador, que era lo que un adolescente –yo al menos– necesitaba… Además, a algunos nos sorprendió la separación de The Beatles con poca edad.

Luego he procurado reparar esa inconsciencia y esa mala cabeza (u oído): las canciones de The Beatles forman parte de mi dieta musical, como la de tantos millones de consumidores. No abuso de ellas, pero me las administro siempre que puedo. Como me deleito siempre que puedo con las portadas de sus discos. Una carátula de ellos es una foto fija, un instante detenido, un tiempo congelado. Lo externo queda establecido de una vez para siempre y justamente por eso te preguntas qué había antes y después de que John Lennon, Ringo Starr, Paul MacCartney y George Harrison atravesaran la calle. Por lo que se sabe, la sesión fotográfica duró pocos minutos, pero esa instantánea se prolonga en el tiempo: nos detiene en el Londres de los sesenta.

Pero no quiero hacer nostalgia de lo que yo no viví. A los historiadores se nos prohíbe la melancolía y se nos prescribe la investigación. Remontémonos, pues. Vayamos atrás, aún más atrás. A 1963. The Beatles acaban de sacar su primer LP: Please, Please Me. Como James Brown, los muchachos de Liverpool también piden por favor: piden, ruegan, exigen a su chica que sea cariñosa, que no se vaya. Esas primeras letras, de Brown o de Lennon, son sencillitas, pero expresan el deseo, el roce sexual, la exposición de los cuerpos. Tienen un sentido quejica, aunque en el fondo reclaman placer. 

Fijémonos en la fotografía del álbum, una famosísima imagen sobre la que también hay muchas erudiciones. Es de Angus McBean. Los muchachos se asoman al patio de luces de la EMI. Es una instantánea literal y metafórica: se asoman a la barandilla. Salen y se exponen en un contrapicado luego repetido, imitado, parodiado. Sonríen. Tienen toda la vida por delante. Irrumpen. Por favooooor.

Las músicas ligeras

21 diciembre 2011

Uno. El ciclo Bandas Sonoras. Los jóvenes, la música y la revolución cultural llega a su fin, tras un experiencia realmente espléndida. Ahora toca el cierre, el colofón.

Las jornadas, organizadas por el Vicedecanato de Cultura de la Facultat de Geografia i Història de la Universitat de València, empezaron el 9 de noviembre. Con mesas redondas, con proyecciones de películas, con discusiones y debates entre públicos e invitados.  El miércoles 21 de diciembre, Bandas sonoras concluye con un conferenciante de altura, de mucho talento y fina ironía. Me refiero a Luis Suñén.

Luis Suñén es poeta, es editor, es periodista. Y es melómano: desarrolla numerosas actividades como experto y crítico musical. Escribe en prensa. Por ejemplo, en Babelia, de El País. Es responsable de la revista Scherzo (en donde podemos seguir su blog). Y dirige un programa radiofónico dedicado precisamente a la cultura musical, como Juego de espejos en Radio Clásica. Además de por su saber, Luis Suñén destaca por su bonhomía. No sé ustedes, pero yo no me pierdo su conferencia en la Facultad de Historia a las 17 horas del 21 de diciembre.

Dos. El conferenciante emprenderá un recorrido por la música ligera: la música que los jóvenes hicieron popular en el siglo XX, esa cultura asociada a la rebeldía, al consumo y a las masas del Novecientos. Pondrá ejemplos bien sonoros. ¿Con trazas autobiográficas, quizá? ¿Con referencias generacionales? Luis Suñén, nacido en 1951, vivió el éxito de The Beatles en su primera juventud. Vivió también otras músicas y  culturas pop, las propias del Swinging London. Y asistió en vivo, como un contemporáneo más, a la reinvención del rock que trajeron las fusiones americanas de los años sesenta. ¿Y la psicodelia? ¿Y el folk y la canción instrumental y el rock sinfónico?

Música ligera fue una expresión corriente entre los críticos musicales de la España de los sesenta y setenta. En nuestro país se empleó genéricamente. Aludía al rock y al pop y con ella los locutores de radio se referían a los ritmos bailables, a esas canciones que duraban tres minutos o menos con estribillos pegadizos e instrumentaciones sencillitas. ¿Sencillito? No fue todo tan simple: ni las melodías eran tan esquemáticas ni las letras eran tan ramplonas. Del swing al rock, del folk al pop, muchas de esas canciones han reinventado el mundo, han afirmado valores de los que no se hablaba.Los ritmos de la música ligera son el fondo sonoro de varias generaciones y nos mueven, nos hacen movernos. Cuando alguien tararea música ligera siente, en efecto, una ligereza. Como si se le fueran los pies, como si no pudiera parar: dispuesto a taconear o a dar los pasos, dispuesto a seguir el ritmo.    

Ignoro qué revisión nos hará Luis Suñén en su charla, en qué hitos se detendrá.  Acudiré encantado a la conferencia. Les aviso: Luis derrochará saber, ritmo, jovialidad y ligereza, esa cortesía que el auténtico experto tiene con su público. Con mucho swing. Insisto: ¿se lo van a perder? Yo no haría eso. Recuerden: la entrada es libre y la salida, agradecida. En  la Sala Joan Fuster de la Facultat de Geografia i Història a las 17 horas. Luego seguiremos aquí.

Tres. La música ligera no es arte despreciable. No es mero fondo, la sonoridad que tenemos asociada a un hecho. No es sólo un ritmo bailable, esquemático y repetitivo. La música ligera es cultura de masas, es un producto más o menos esmerado y de disfrute colectivo. La asociamos involuntariamente a un acontecimiento personal o común y, sin duda, se nos van los pies cuando empezamos a escucharla. Los creadores podrán ser más o menos virtuosos. O nada. Pero son los públicos quienes convierten una pieza de tres minutos y pico en fragmentos de un todo sonoro. El que escucha hace suya la canción, la tararea, la recuerda y en su evocación o repetición la vincula a una circunstancia emocional. Las emociones no son un subroducto de lo humano. Son estados del alma, si me permiten decirlo así. Son los humores que se escapan, exhalaciones del ánimo: y esta manifestación individual siempre es ruidosa y seguramente colectiva.

De eso y de mucho más habló Luis Suñén la tarde del miércoles 21 de diciembre. Habló con conocimiento y desparpajo, y con énfasis: se supo atraer al público presente, interesándolo por unas canciones que exhumaba con gracia y erudición. Puso varias piezas, pero la última nos emocionó, justamente. ¿Quién no responde ante una simpatiquísima provocación? ¿Quién no responde ante Tom Jones cantando It’s Not Unusual (1965)…

Atención: Bandas sonoras

9 noviembre 2011

Blog enlazado por El País (Comunidad Valenciana)

Bandas sonoras.

Los jóvenes, la música y la revolución cultural

Cero. Jornadas organizadas por el Vice-Deganat de la Facultat de Geografia i Història de la Universitat de València.  Las diversas actividades se celebrarán en el salón de Actos de la Facultat de Geografia i Història, Sala Joan Fuster.  Comité organizador: Encarna García Monerris, Áurea Ortiz, Justo Serna, Marc Baldó, Vicente Galbis.

Uno. Observen la imagen que tienen a su derecha. Data de 1967 y se atribuye a Luis Vidal.

Una fotografía. Unos jóvenes, correctamente vestidos pero con atisbos de rebeldía, miran atentamente hacia el Claustro de la Universitat de València. Algo sucede. Están en los años sesenta del siglo XX y los tiempos están cambiando.

La juventud escucha canciones, baila en guateques, acude al cine, coquetea, trabaja o estudia. No da la espalda a la realidad. Al contrario: se expresa y protesta, se organiza y además lo hace poniéndole música y letra. Con seriedad y con frivolidad.

Del 9 de noviembre al 21 de diciembre de 2011, la Facultat de Geografia i Història de la Universitat de València organiza unas jornadas dedicadas a Los jóvenes, la música y la revolución cultural. Repasamos los años cincuenta, sesenta y setenta: mesas redondas, conferencias, películas, canciones. Con expertos y con un público atento.

Todo tiene un aire vagamente vintage. Pero todo es plenamente actual: desde la revolución y el cine hasta las músicas colectivas, que son las bandas sonoras de los jóvenes y de la protesta. Esto también es historia…

Sí, los tiempos están cambiando.

Dos. Primera Jornada: Miércoles 9 de noviembre, 17 h.

 Acto inaugural:  Los jóvenes. Cultura de masas y contracultura

Mesa redonda a cargo de
David P. Montesinos, Mónica Granell y Justo Serna

Segunda Jornada: Estados Unidos. Martes 15 de noviembre, 17 h.

Mesa redonda: Cultura de masas y juventud en Estados Unidos

A cargo de Vicente Galbis y Julio Arce

Proyecciones:

-Semilla de maldad (1958), de Richard Brooks. Miércoles 16 de noviembre, 10 h.

 -Fiebre del sábado noche (1977),  de John Badham. Jueves 17 de noviembre, 17 h.

 Presentación y forum a cargo de Vicente Galbis y  dos alumnos de
la Facultat de Geografía e Historia.

 
Tercera Jornada:  Gran Bretaña. Martes 22 de noviembre, 10 h.

 Mesa redonda: Del Pop al Punk

A cargo de Eduardo Viñuela y Eduardo Guillot.

 Proyecciones:

 -¡Qué noche la de aquel día! (1964), de Richard Lester. Miércoles 23 de noviembre, 17 h.

-The Great Rock ‘n’ Roll Swindle (1980), de Julien Temple. Jueves 24 de noviembre, 10 h.       

Presentación y forum a cargo de Eduardo Guillot y  dos alumnos
de la Facultat de Geografia i Història.
 

 

Cuarta Jornada: Francia. Martes 29 de noviembre, 10 h.

Mesa redonda: Revuelta política y mayo del 68

A cargo de Áurea Ortiz y  Santiago Barrachina

 Proyecciones:

 -Masculino y femenino (1966), de Jean-Luc Godard. Miércoles 30 de noviembre, 17 h.

 -Una canta, la otra no (1976),  de Agnès Varda. Jueves 1 de diciembre, 10 h.

Presentación y forum a cargo de Áurea Ortiz y  dos alumnos de la Facultat de Geografia i Història.

Quinta Jornada: España. Martes 13 de diciembre, 17 h.

Mesa redonda: Rebelión y frivolidad

A cargo de Marc Baldó y Nacho Moreno.

Proyecciones:

 -Un, dos, tres al escondite inglés (1969), de Iván Zulueta. Miércoles 14 de diciembre, 10 h.

 -¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? (1978), de Fernando Colomo. Jueves 15 de diciembre, 17 h.

 Presentación y forum a cargo de Nacho Moreno  y  dos alumnos de la Facultat de Geografía e Historia.     

 

Jornada de Clausura. Martes 20 de diciembre, 17 h.

Conferencia de clausura a cargo de:

Luis Suñén

Sala Joan Fuster, Facultat de Geografía i Història

 

 SESIÓN CONTINUA DE CINE

 (21 de diciembre)

 -Dame un poco de amor (1968), José María Forqué

- Woodstock (1969), Michael Wadleigh

-Tommy, (1975), Ken Russell

-Canet Rock (1976), Francesc Bellmunt

-Rock and roll High School  (1979), Allan Arkush.

-Hair (1979), Milos Forman

 

EXPOSICIÓN

Los actos en la Facultat se complementarán con una exposición en el Centre Cultural La Nau, de la Universitat de València, sobre la música a través de las carátulas de los discos, carteles cinematográficos y filmaciones de conciertos. La base archivística principal pertenece a Luis Puig.

Los comisarios son Justo Serna y Alejandro Lillo. 

Organizada por el Vice-Rectorat de Cultura de la Universitat de València. Inauguración prevista, marzo de 2012.

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Primera Jornada. 9 de noviembre de 2011

Fotografías (gentileza de Isabel Zarzuela):

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